anamar26
Rango9 Nivel 40 (3143 ptos) | Escritor autopublicado

La señora Esther recibió una carta en la que el señor Álvaro Quiroga le pedía que abriera y acondicionara la mansión para su regreso.
Hacía casi cinco años que se había cerrado la gran casa, y el señor se había marchado sin decir a dónde iba ni cuándo regresaría.
En ese tiempo, lo vivido en la mansión había pasado a formar parte de un simple recuerdo triste y desconcertante.
Esther cogió las llaves que guardaba en un pequeño armario colgado en la pared de la cocina de su hogar y pidió a su hija que la acompañara. Ya tenía edad para ayudarla y, tal vez, el señor le daría un trabajo de doncella.
Como ama de llaves tenía encomendado airear la casa de vez en cuando. Y lo había hecho todos los meses, aunque no le gustaba regresar a ese lugar que consideraba maldito.
Ella no era una mujer supersticiosa, al menos así lo quería creer, pero sí era religiosa y temerosa de Dios y el Más Allá. Por ello, no le agradaba permanecer en la mansión mucho tiempo, tentando la suerte de encontrarse con algún espíritu.
Desde el trágico fallecimiento de la señora Clara, la esposa del señor Álvaro, la gente...

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Flaneta
Rango12 Nivel 56
hace 3 meses

Aunque el rollo no me va siento que su esfuerzo bien merece el corazoncito.


#2

2

La mansión había sido construía a comienzos del siglo XVIII conservando parte de la estructura de una antiguo pazo (un palacio típico de Galicia). Y fue reformada varias veces, añadiéndole elementos típicos de una mansión inglesa. Esta decisión tenía su explicación, la familia Quiroga pasaba parte del año en tierras británicas. Admiraban la cultura y gentes de ese lugar y habían querido tener un pequeño recuerdo de ese lugar en su tierra.
El edificio estaba rodeado de hermosos jardines y caminos que conducían al pueblo o al bosque y el río, donde tenían costumbre de dar paseos en barca, si el tiempo lo permitía.

La señora Esther llegó al lugar en su carro tirado por una mula. La acompañaba su hija, una joven pelirroja que apenas se parecía a la madre.
Delante de la puerta de la casa había un carruaje. Le sorprendió, pues no esperaba que ya hubiesen llegado los señores.
Entraron en el vestíbulo. Los muebles estaban cubiertos por telas blancas. Esther descubrió unas sillas y se levantó una nube de polvo. Frunció el ceño.
─Hay mucho que hacer en esta casa.
─¿Lo haremos nosotras? ─preguntó su hija, Patricia.
─Ya he dejado recado en la tienda para solicitar trabajadoras. Las antiguas sirvientas se han ido pero quizás regrese alguna. La señora Hortensia siempre se mostró interesada en seguir trabajando como cocinera en la mansión.
─La señora Hortensia nunca salía de la cocina, salvo para ir a la despensa ─rió Patricia─. Pero dudo que las otras chicas regresen. A nadie le gusta encontrarse con fantasmas ─añadió.
─¡No digas eso, jovencita! ─la recriminó su madre─. Aquí no hay fantasmas. Eso son tonterías que dicen los viejos del pueblo para asustar a las jóvenes ingenuas como tú.
─¡Por favor, mamá! ─exclamó con sorna─. Pero si tú misma aceptaste hace tiempo que no te gusta venir aquí porque sientes que hay algo malévolo en el ambiente ─le recordó.
La señora Esther iba a replicar a su hija cuando alguien entró en el vestíbulo llamando su atención.
─¡Señor Francisco! ─exclamó el ama de llaves.
El señor Francisco García era el mejor amigo del señor Álvaro, y también le ayudaba a llevar sus negocios, pues era abogado. Se habían conocido en la Universidad, cuando Álvaro era estudiante y Francisco ayudante de un profesor de Derecho. Pero la diferencia de edad no impidió que trabaran una buena y firme amistad.
─Señora Esther ─se acercó a ella─. Me alegro de verla. ¿Y esta joven es?
─Es mi hija, Patricia.
La joven sonrió con timidez. El señor Francisco asintió con la cabeza y se dirigió nuevamente al ama de llaves para explicar su presencia en la casa.
─El señor Álvaro me ha pedido que viniera a poner en orden unos asuntos en su despacho.
─¡Oh, pero la casa no está en condiciones todavía! ─exclamó Esther─. Eso le impedirá trabajar con comodidad, señor.
─No se preocupe. Lo que necesitaba está en un cajón al que he tenido fácil acceso. Supongo que ya sabe que el señor Álvaro regresará en breve.
─Así me lo ha hecho saber, señor.
─Y vendrá acompañado ─sonrió─. Se ha vuelto a casar. ¡Dios quiera que la dicha los acompañe por muchos años!
─Así lo queremos todos ─asintió Esther.
─Bien. Yo ya he concluido aquí. Me retiro. Me alegro de haberlas visto. Hasta pronto.
─Adiós, señor Francisco.
El hombre se retiró y lo contemplaron hasta que subió al carruaje. Era un hombre de rasgos correctos y maneras elegantes.
A lo lejos, Esther vio a Pepe, el jardinero y encargado de cuidar los caballos. Contaba con la ayuda de su hijo Cosme. Lo saludó con la mano.

anamar26
Rango9 Nivel 40
hace 2 meses

Estos meses la salud no me acompaña y me cuesta más concentrarme. Muchas gracias por tus anotaciones. @IndigoDolphins_73. Y gracias por leer la historia.


#3

3

En el transcurso de unos días la mansión funcionaba casi al cien por cien. La señora Hortensia había regresado a la cocina y ya tenía la despensa llena.
De las antiguas criadas solo habían podido localizar a una. Las demás eran chicas del pueblo que preferían trabajar cerca de casa a tener que ir a la ciudad o más lejos para buscarse un porvenir.
Alguna de ellas se había atrevido a preguntar si era cierto que la mansión estaba embrujada y la señora Esther les había prohibir que se volviera a comentar esa tontería y menos delante de los señores.
La mansión estaba limpia, ordenada y aireada. Las primeras flores de la primavera lucían en diferentes jarrones de porcelana.
Las chimeneas del salón, la biblioteca, el comedor y las habitaciones de los señores tenían el fuego encendido.
El ama de llaves comprobó que todo estaba en orden y se unió a la fila de los criados para esperar la llegada de los señores que era inminente. Cosme ya había dado el aviso de que el carruaje se acercaba a la mansión.
Los uniformes del servicio lucían impecables ocultando el nerviosismo de todos cuando los señores y el mayordomo, el señor Claudio, entraron en el vestíbulo.
La señora Esther se adelantó un paso para recibirlos. Intentó mostrar una de sus mejores sonrisas pero la curiosidad le podía y se quedó en una simple mueca, entre aprobación y sorpresa por el parecido que creyó encontrar entre la nueva esposa del señor y la fallecida.
El señor Álvaro había mejorado su aspecto desde la última vez que lo vio. No en vano pasaron cinco años desde la muerte de su primera esposa y parecía enamorado. Sus ojos azules brillaban tanto como los grises de la nueva señora Quiroga. Formaban una bonita pareja. Ambos eran muy atractivos y mostraban su felicidad con cada gesto, mirada y sonrisa, por muy sutil que fuera.
El mayordomo recogió las ropas de abrigo mientras el señor se acercaba al ama de llaves.
─Me alegro de volver a verla, señora Esther.
─El placer es mío, señor. Permítame darles la bienvenida en nombre del servicio.
─Gracias ─miró a todos los sirvientes─. Veo caras nuevas. Pero también compruebo gratamente que usted sigue con nosotros ─se acercó a la señora Hortensia─. Será un placer poder deleitar sus manjares nuevamente.
─¡Oh, señor! ─exclamó ruborizándose─. Me halaga usted exageradamente.
─No exagero en absoluto.
Se acercó a su esposa y la tomó de la mano, mirándola con una gran sonrisa de complicidad.
─Les presento a la señora de la casa, Mercedes. Ahora será ella quien se encargue de dirigir las tareas del hogar.
Todos los sirvientes hicieron una breve inclinación para saludarla y aceptar a la nueva dueña y señora de la mansión.
Mercedes sonrió con timidez y miró a su esposo quien la alentó a que dijera algo.
─Estoy segura de que usted ─se dirigió al ama de llaves─ y yo nos entenderemos sin problemas y podrá llevar la casa con la misma destreza que demostró hasta ahora, como el señor me ha comentado en más de una ocasión.
─La confianza que deposita el señor en mí me congratula ─dijo Esther─, y espero poder se digna de su confianza, señora.
─Pueden regresar a sus tareas. Esther, quiero que una de las sirvientas se ocupe personalmente de las necesidades de la señora ─pidió Álvaro.
─Quizás pueda contar con la ayuda de mi hija, Patricia. Aunque es joven la he educado bien y sabrá estar a la altura ─comentó Esther y su hija avanzó un paso.
─Está bien. Si a la señora le parece bien… ─miró a Mercedes, quien asintió.
Patricia regresó a la fila. Los señores subieron a su habitación y los sirvientes regresaron a sus tareas.
─¿Debo subir ya con ella? ─preguntó Patricia a su madre en voz baja.
─No. Espera a que te llamen. Los señores van juntos y querrán intimidad.
─Ya deberían venir hartos de tanta intimidad ─dijo una de las sirvientas, Julia, con picardía, mientras se recogía un mechón rubio que se le había escapado del recogido.
─¡No hable así, señorita! ─exigió Esther─. ¡A trabajar!

anamar26
Rango9 Nivel 40
hace 2 meses

Muchas gracias, 2IndigoDolphins_73 Sí, es un error. Son "jarrones de porcelana".


#4

4

Álvaro cogió a Mercedes de la mano y subieron lo más rápido que pudieron las escaleras, entre risas. Corrieron por el largo pasillo hasta llegar a uno de los dormitorios principales. La cogió en brazos y cruzaron la puerta.
La dejó en el suelo y se abrazaron para besarse en un largo y cálido beso.
─¿Eres feliz? ─le preguntó él.
─Hoy más que ayer y menos que mañana ─se volvieron a besar con más pasión.
─Esta será tu habitación. Espero que te guste.
─Es preciosa.
El dormitorio era amplio y las ventanas tenían vistas al jardín de la entrada principal. En la decoración predominaban los colores gris perla y el amarillo pálido, dando un aspecto cálido y sobrio a la vez.
Mercedes caminó por la habitación con cuidado de no tropezar con el equipaje. Se sentó ante el tocador y arregló los cabellos.
─¿Dónde dormirás tú? ─preguntó.
─Mi habitación está enfrente.
Álvaro se acercó a ella y posó las manos en los hombros de ella. Se inclinó para besarla en el cuello.
─Te amo ─le dijo. Ella sonrió a la imagen que se reflejaba en el espejo y él sintió una punzada de dolor al levantar la vista y ver la misma imagen. Por un momento recordó a su primera esposa, Clara, y rogó para que la felicidad no fuera tan fugaz como entonces─. Junto a la puerta está el cordón de servicio. Solo tienes que tirar para que vengan a atenderte. ¿Cómo era el nombre de la joven que va a ser tu doncella?
─Patricia ─rió divertida─. Es la hija de tu ama de llaves. Deberías saberlo.
─Sí, supongo que sí. Pero mi memoria se niega a recordar algunos nombres ─la besó en los labios─. Llamaré para que venga. Ya sabes que cenamos a las ocho.
─Estaré lista para entonces.
Álvaro salió de la habitación y entró en su dormitorio. La estancia era un poco más grande que la de Mercedes y la decoración más sobria y oscura, con tonos rojizos.
El mayordomo, Claudio, no tardó en llegar a la habitación. Álvaro se había asomado a la ventana y contemplaba el jardín donde empezaban a florecer los rosales y las hortensias.
─Señor ─Claudio se hizo notar y se acercó al baúl para buscar un traje─. Pediré que guarden el equipaje mientras cenan.
Álvaro lo miró por encima del hombro y asintió. La niebla empezaba a subir del río.
─Quiero que cuiden bien de la señora ─dijo de pronto. Se volvió hacia el mayordomo que examinaba minuciosamente un traje─. La señora conoce mi pasado y el de mi familia, pero no quiero que los criados se lo recuerden y, mucho menos, le hablen de esa estúpida historia que han inventado sobre fantasmas. Espero que podamos olvidar que a este lugar le llamaban “la mansión gris” por culpa de las supersticiones estúpidas de gente ignorante. Esta es la mansión de los Quiroga y nada más. ¡Por favor, Claudio, deja de buscar defectos donde no los hay! ─exclamó exasperado─. Ese traje está bien para cenar.
─Está bien, señor ─lo dejó sobre una butaca. Álvaro empezó a desvestirse─. Hablaré con la señora Esther para transmitir su petición, señor.
Álvaro se acercó a una palangana, echo agua y se aseó.
─No quiero que nada enturbie nuestra felicidad, Claudio.

#5

5

Patricia entró en la habitación de Mercedes, quien ya se había desvestido y estaba en ropa interior y buscaba un vestido en el baúl. Se miraron con timidez.
─Señora, no debería hacer eso ─dijo Patricia─. Yo me encargo de buscarle un vestido.
─El señor y yo hemos viajado mucho y no me importó encargarme de mis cosas cuando tenía dificultad para contratar a una doncella ─explicó Mercedes.
─Pero ahora me tiene a mí ─dijo Patricia─. Yo la ayudaré en todo lo que necesite ─sonrió.
─Gracias.
─¿Hace mucho tiempo que se han casado? ─preguntó y, de inmediato se arrepintió de su atrevimiento─. ¡Oh, por favor, disculpe mi torpeza!
─No importa ─sonrió─. El señor y yo nos conocimos hace seis meses, en París. Y nos casamos dos meses después.
Patricia cogió un vestido azul y miró a su señora con sorpresa. Mercedes rió divertida.
─Sí, lo sé. Fue una boda precipitada. Mi padre no salía de su asombro. Pero nuestro amor nació con tanta intensidad que no podíamos esperar más.
─Si sucedió en París, entiendo su decisión ─dijo Patricia y enseñó el vestido a Mercedes─. Dicen que París es la ciudad del amor.
─Está bien ─dijo ella.
Se aseó y la doncella la ayudó a vestirse. Luego le retocó el peinado y Mercedes se pintó los labios y eligió una gargantilla fina, de oro y brillantes, para lucir en el escote.
─Si me permite decirlo, es usted preciosa, señora.
Mercedes se miró detenidamente en el espejo. La imagen que le devolvía confirmaba que era una mujer muy hermosa pero, por comentarios que había oído entre los conocidos de Álvaro, sabía que la primera esposa de él era mucho más bella y eso la hacía sentirse un poco incómoda. Ahora que habían regresado a la mansión, temía que los recuerdos felices y dolorosos de otro tiempo se interpusieran, de algún modo, entre ellos.
─¿Sabes si hay algún retrato de la difunta esposa del señor? ─preguntó.
Patricia se sorprendió ante esa pregunta. Terminó de poner una pequeña flor en el recogido y cogió aire.
─Recuerdo que había uno en el salón principal, pero ya no está. Supongo que el señor lo mandó retirar.
─¿Sólo había uno? ─insistió.
─Supongo que no pero ya no están a la vista.
─¿Tú la conociste?
─Sí.
─¿Cómo era?
─Pues… Era muy hermosa ─respondió con titubeos.
─¿Y cómo señora? ¿Era generosa, amable…?
─La verdad, no lo recuerdo. Yo era una niña y no la veía a menudo ─respondió y se retiró─. Ya está lista, señora.
Mercedes asintió agradecida. Se levantó y contempló su imagen en el espejo grande.
─¿Me indicas a dónde debo ir, por favor?
─Sí, claro. El señor se encuentra en un pequeño salón. Es donde esperaba antes de pasar al comedor.
─Gracias.
Salieron de la habitación. Mercedes miró a la joven de reojo. Tenía el presentimiento de que le había ocultado alguna información sobre Clara.

#6

6

Como había dicho Patricia, Álvaro se encontraba en el salón amarillo, una habitación contigua al comedor. El mayordomo estaba con él.
Mercedes se despidió de la doncella y entró. Álvaro se levantó y tendió una mano hacia ella para recibirla.
─¡Estás preciosa!
─Gracias.
─¿Te apetece tomar algo?
─Sí, por favor.
─Claudio, sirve una copa de jerez a la señora.
El mayordomo se apresuró, con gestos metódicos, a servir la copa que acercó a la señora.
─¿Qué te parece la mansión? Lo poco que has podido ver, por supuesto.
─Es preciosa. Cuando me comentaste la mezcla de estilos no esperaba que estuviese tan bien armonizada la estructura.
─Sí, el arquitecto que se encargó de ello hizo un buen trabajo ─caminó hasta la chimenea─. Hay que hacer alguna mejora más ─añadió, pensativo, mirando la pared vacía, encima de ésta.
Mercedes observó que se veía la sombra del marco de un cuadro que una vez estuvo colgado en ese sitio y dedujo que debía tratarse del retrato de Clara. Se preguntaba dónde lo habrían guardado.
─Parece que ahí había un cuadro ─se atrevió a decir.
Álvaro se giró hacia ella y asintió, pensativo. El ama de llaves, Esther, entró en el saló y comunicó que podían pasar al comedor. Dejaron las copas sobre una mesa y entraron.
─Confío en que escogieses un buen vino ─dijo Álvaro al mayordomo─. No dudo de tu criterio pero quiero impresionar a mi esposa con la buena bodega que tenemos.
─Espero haber acertado, señor ─dijo Claudio─. Escogí un vino tinto, de Monterrey.
Le ofreció una copa al señor que olfateó y saboreó con deleite. Asintió complacido.
─Una buena elección. Sírvale a la señora, por favor.
Mercedes degustó el vino. Desde que había conocido a Álvaro aprendió a distinguir las diferentes clases de vino existentes.
─Pizarroso y maravillosamente exquisito ─dijo Mercedes y su marido asintió con aprobación.
La cena transcurrió serena. Recordaron algunas vivencias de sus comienzos como casados y rieron con las bromas de él.
Regresaron al salón para descansar un rato antes de irse a dormir. Mercedes, que era sensible al frío, se sentó cerca de la chimenea. Álvaro le ofreció tomar algo pero lo rechazó. Él, en cambio, se sirvió un jerez y se sentó frente a ella. Contempló en silencio su belleza. Tenía los cabellos oscuros y contrastaban con su blanca piel. Los ojos eran de un extraño color azul. Sus labios rojos dejaban ver dientes perlados cuando sonreía.
─¡Eres muy hermosa! ─le dijo.
Mercedes sonrió. Entrecerró los ojos y se acurrucó en el sillón. Le gustaba ser admirada por Álvaro.
─Usted tampoco está mal, señor Quiroga ─le dijo con coquetería.
Álvaro dejó la copa sobre la mesa y se arrodilló ante ella. Le cogió el rostro entre las manos y la besó. Mercedes se abrazó a él y exhaló un suspiro cuando las manos de él descendieron por su espalda.
─¡Llévame a la cama! ─susurró y le mordisqueó una oreja.
Álvaro no se hizo de rogar. La cogió en brazos y la condujo hasta el dormitorio de ella donde la amó con pasión.

#7

7

Mercedes despertó sintiendo frío. Se estremeció y buscó la sábana para cubrirse. Álvaro había regresado a su dormitorio y echaba de menos su calor.
El frío se hizo más intenso y abrió los ojos. La luz de la luna creciente se filtraba por la ventana, entre los visillos de fino encaje.
Se levantó y comprobó que la ventana estaba bien cerrada. No sabía de dónde venía el frío. En la chimenea todavía ardían los rescoldos. Echó un leño y lo removió pero no consiguió que plantara. Hizo tanto humo que tuvo que abrir la ventana para airear la habitación.
Se cubrió con un chal y maldijo su suerte. Salió al pasillo. Curiosamente, allí no sintió el mismo frío que en su dormitorio. Se acercó a la puerta de la habitación de Álvaro y dudó si molestarlo o no.
Optó por bajar al primer piso y curiosear un poco. Llevó consigo una palmatoria con la vela encendida.
Al llegar al vestíbulo se detuvo. Todavía no conocía la casa pero ya sabía dónde se encontraba el comedor y el pequeño salón que lo precedía.
Abrió otra puerta y contempló que se trataba de un salón muy amplio, con pocos muebles. Seguramente era el lugar que estaba destinado a celebrar los bailes.
Se dirigió a otra puerta y entró en un despacho. Regresó al vestíbulo y se encaminó hacia otra puerta. En la estancia había un gran salón y, al fondo, otra puerta. Cruzó la habitación y abrió la puerta que daba acceso a una gran biblioteca.
Como buena amante de la lectura, se emocionó al comprobar que todas las paredes estaban repletas de estantes llenos de libros.
Comprobó que estaban bien ordenados por género literario, año y autor. Cogió un libro de teatro y se sentó junto a la mesa. Ni la falta de sueño le impidió concentrarse en la lectura aunque, con el paso del tiempo, su cuerpo empezó a cansarse de estar en la misma posición. Dejó el libro y regresó a la habitación. Apagó la vela. Empezaba a amanecer y no la necesitaba.
Los criados se habían levantado y empezaban a acondicionar la casa. El ama de llaves, Esther, se cruzó con la señora en el vestíbulo.
─¡Buenos días, señora! ─la saludó sorprendida─. El señor no me dijo que tiene por costumbre madrugar. Pediré a la señora Hortensia que prepare su desayuno de inmediato.
─No es necesario que se moleste ─dijo Mercedes─. La verdad es que no suelo madrugar tanto. Debe ser que es mi primera noche en la mansión y no he dormido bien. Por favor, mantengan las costumbres. Bajaré a desayunar cuando sea la hora.
─Muy bien, señora. Lamento que no haya podido dormir pero debió llamar y, yo misma, le habría traído algo para tomar que la ayudara a conciliar el sueño.
─Ni lo pensé ─sonrió y subió las escaleras─. Por favor, dígale a mi doncella que venga a mi dormitorio. Deseo bañarme.
─Así lo haré, señora.
Esther se dirigió a la cocina para cumplir con la petición de Mercedes. Mientras, ésta, apuró los pasos hasta su habitación y se dejó caer en la cama.

#8

8

Álvaro entró en la habitación de su esposa. Ella estaba sentada delante del tocador, dejándose peinar por Patricia. Se acercó a ella y la besó en el cuello.
─Buenos días, mi amor. ¿Has dormido bien?
Mercedes no quería preocupar a su marido y asintió con la cabeza, mostrando una sonrisa.
Patricia terminó de recoger los cabellos y entregó un abanico a la señora. Él le ofreció el brazo y se dirigieron al comedor. La señora Esther los esperaba allí para comprobar que todo estaba en orden y que la encargada de servir el desayuno, Julia, lo hacía correctamente.
─¡Buenos días Esther! ─la saludó Álvaro.
─¡Buenos días, señor! ¡Buenos día, señora! ─saludó, a su vez, el ama de llaves.
Álvaro retiró una silla a la cabecera de la mesa donde se sentaría Mercedes, y la ayudó a sentarse. Luego, él se sentó en el otro extremo.
Bajo una orden que hizo la señora Esther con un simple gesto con la cabeza, Julia empezó a servir el desayuno.
─¿Seguro que has descansado bien? ─preguntó Álvaro a su esposa, preocupado.
La luz de las velas se reflejaba en el pálido rostro de ella, acentuando las ojeras.
─Sí ─asintió.
─Pareces cansada.
─Todavía no me he recuperado del viaje ─mintió.
Se mordió el labio inferior, arrepentida. Sabía que no debía mentir a su esposo. Un buen matrimonio estaba basado en el respeto y la confianza, sin embargo, ella empezaba mintiendo. Aunque solo quería evitar preocuparle, no era correcto lo que estaba haciendo. Quiso rectificar pero, Álvaro cogió el periódico que acaba de traer el mayordomo y parecía entretenido, así que se calló.
Álvaro comentó con ella algunas noticias que traía el diario de ese día. Eso la animó y escuchó atentamente a su esposo, olvidándose de su anterior preocupación.
Después de desayunar, Álvaro decidió enseñarle los alrededores de la mansión.
─Los jardines son muy hermosos y sé que te gustarán. Además, si no te cansas, podemos acercarnos hasta el pequeño embarcadero. Tenemos una barca en la que podemos navegar por el río.
─¡Eso sería maravilloso! ─exclamó Mercedes, emocionada.
Álvaro sonrió y le ofreció el brazo. La señora Esther se apresuró a entregarle un chal a ella para que no sintiera el frío de la mañana.
Los jardines estaban bien cuidados y ya se podían ver las primeras flores de la primavera. Los rayos del sol se reflejaban en las últimas gotas de rocío que había dejado la noche, y el paisaje adquiría un tono dorado que se iba disipando a medida que clareaba el día.
Se adentraron en un bosque y siguieron un sendero que los condujo hasta la rivera del río. No tardaron en divisar el embarcadero y la barca amarrada a él. En esa zona, el río se detenía en un remanso donde se podía navegar con tranquilidad.
─¿Te apetece dar un paseo en barca? ─preguntó Álvaro. Mercedes se rió y fue suficiente respuesta para él.
Se subieron a la barca y la ayudó a ella, aunque Mercedes se desenvolvió perfectamente, sin dar muestras de miedo o titubeos ante el balanceo.
─Cuando era niña, mi padre me llevaba a navegar a la playa. Así que un río no presenta ningún problema para mí ─explicó ella al ver la cara de incertidumbre de él. Álvaro rió.
─Me temo que vendrás muy a menudo a este sitio ─comentó.
─Será mi escondite preferido ─asintió ella y se recostó en la popa. Metió una mano en el agua y miró al cielo. Cerca de allí nadaban unos ánades que hacía pocos días habían llegado de su largo viaje migratorio. El graznido se mezclaba con el chapoteo del agua en el casco y el murmullo de las hojas de los árboles─. Este lugar es magnífico ─susurró.
Álvaro asintió y contempló extasiado la belleza de su esposa. Parecía una ninfa. Recordó a Clara. A ella no le gustaba el río y nunca quiso pasear en barca. Sacudió la cabeza y frunció el ceño. No quería pensar en Clara. La había querido, con todas sus virtudes y defectos, pero ya formaba parte del pasado. No quería enturbiar el presente con los recuerdos de ella.

IndigoDolphins_73
Rango11 Nivel 54
hace 2 meses

*"La señora Esther y los esperaba allí"
* "...saludó, a su vez, el ama de llaves, Esther."
Relee esta parte, la veo algo apresurada. Tal vez te saltaste la revisión.


#9

9

El día transcurrió con tranquilidad. Después del paseo en barca, regresaron a la mansión. Álvaro se encerró en su despacho para redactar unas cartas, y Mercedes se refugió en la biblioteca para leer.
Durante la cena, Mercedes se mostró más callada de lo habitual. Álvaro llevaba todo el peso de la conversación. Al principio no le dio importancia pero, cuando hizo una pausa y ella no comentó nada, llamó su atención.
─Querida, ¿estás bien?
─¡Eh! Sí ─respondió.
─¿Hay algo que te preocupa?
─No. Bueno… ─Álvaro la miró preocupado pero Mercedes se dirigió al ama de llaves─. Quisiera que el fuego de mi habitación tuviese la suficiente leña para que aguante encendido más tiempo. La noche pasada tuve frío.
─Así se hará, señora ─asintió Esther.
─¿Solo es eso lo que te tenía preocupada? ─insistió él.
─Sí, nada más. Lo había olvidado por el día y lo recordé de pronto. No me gusta pasar frío en la cama.
─A nadie le gusta ─añadió él con un tono un poco pícaro. Se miraron por encima de las copas y se rieron.
No hubo sobremesa. Subieron a la habitación de ella y se amaron. Cuando quedó dormida, Álvaro fue a su dormitorio.

Mercedes despertó oyendo el crepitar de la leña en el fuego. Entreabrió los ojos y vio las llamas. Se quedó un rato contemplando la imagen de la chimenea, como si fuera algo irreal, sintiendo que algo no estaba bien. Poco a poco despertó del todo y supo qué era lo que la inquietaba. A pesar de estar encendida la chimenea, en la habitación hacía mucho frío. Exhaló aire y vio una estela de vapor que se difuminó en el vacío. Se levantó y se acercó a las ventanas. Estaban bien cerradas. Caminó hasta la puerta, deteniéndose para coger un chal y echarlo por los hombros, y la abrió. Salió al pasillo. La temperatura era muy diferente. Allí fuera no hacía el frío que sentía en su habitación.
Sin dudarlo, se dirigió al dormitorio de su esposo. Llamó a la puerta pero no le respondió. Abrió el pestillo, despacio, y se asomó. Álvaro estaba en la cama, dormido. Entró en la estancia. El fuego de la chimenea se había apagado pero no hacía frío. Se acercó a la cama y se tumbó al lado de él. Intentó quedarse dormida pero no podía. No entendía por qué la desconcertaba tanto que en su habitación la temperatura estuviera descontrolada. Lo único que tenía que hacer era comentarlo y pedir que la cambiaran a otra, si no había solución.
Cerró los ojos e intentó tranquilizarse pero el sonido de un lamento la hizo reaccionar. Intentando no despertar a Álvaro, se sentó en la cama para prestar atención al sonido. Volvió a escuchar el lamento. Se levantó, apuró los pasos hasta la puerta y la abrió, aguantando la respiración, como si eso la ayudase a tener valor. Por un momento se convenció de que se encontraría con una criada en pasillo pero no había nadie. Parpadeó confusa. Se asomó. Como antes, solo había oscuridad. Suspiró resignada. Iba a regresar al dormitorio pero vio que del suyo salía una luz que no se correspondían con el color de las llamas, pues era blanquecina.
Dudó si debía acercarse para saber qué era esa luz, pero la curiosidad venció al miedo.
Lo que vio en su dormitorio la asustó tanto como desconcertó. Junto a la ventana estaba la silueta de una mujer, perfectamente dibujada entre las cortinas. Mercedes se llevó la mano a la boca para ahogar un grito. La mujer se volvió hacia ella. Era muy hermosa pero parecía triste. Oyó otro lamento y la figura desapareció. Regresó corriendo a la habitación de Álvaro y se acostó a su lado. No sabía si debía despertarlo o no. Y así pasaron las últimas horas de la noche, sin dormir, preguntándose si era real lo que había visto y dudando si decirle a su esposo cuanto había acontecido.

#10

10

Álvaro despertó con las primeras luces del día y se giró en la cama. Chocó con un cuerpo y abrió los ojos. Le sorprendió ver a su esposa.
─Cariño, ¿estás bien? ─le preguntó cuando ella le miró fijamente.
─Sí. Buenos días, amor.
─¿Por qué has dormido aquí? No es que me importe. Todo lo contrario, pero me sorprende. Fuiste tú quien insistió en que durmiéramos en camas separadas.
─Es lo más correcto ─dijo ella─. En mi habitación hacía frío ─explicó.
─¿Se apagó el fuego?
─No. Pero en esa habitación hace mucho frío.
─Es extraño. Esta parte de la mansión es la más cálida. Pero, si quieres, puedes cambiar de dormitorio.
─Sí, me gustaría, por favor ─pidió.
Álvaro se conmovió ante la preocupación de ella. Parecía una niña indefensa. Sonrió y la besó en los labios.

Mientras Álvaro trabajaba en su despacho, Mercedes entró en la biblioteca y cogió un libro de poemas de lord Byron. Luego salió a pasear por el bosque. Llegó junto al río. Se subió a la barca y remó hasta llegar al centro del río. Entonces se tumbó y contempló el cielo que estaba limpio de nubes. Aspiró el aire húmedo de la mañana que llenó de manera gratificante sus pulmones y abrió el libro por una página la azar.
Acuérdate de mí
“Llora en silencio mi alma solitaria,
excepto cuando esté mi corazón
unido al tuyo en celestial alianza
de mutuo suspirar y mutuo amor.
Es la llama de mi alma cual aurora,
brillando en el recinto sepulcral:
casi extinta, invisible, pero eterna…
ni la muerte la puede mancillar.
¡Acuérdate de mí!… Cerca de mi tumba
no pases, no, sin regalarme tu plegaria;
para mi alma no habrá mayor tortura
que el saber que has olvidado mi dolor.
Oye mi última voz. No es un delito
rogar por los que fueron. Yo jamás
te pedí nada: al expirar te exijo
que sobre mi tumba derrames tus lágrimas.”
Suspiró y recordó la aparición fantasmal que había visto esa noche. Se preguntó si se correspondía con la primera esposa de Álvaro. Tal vez ella no aprobaba que él se volviera a desposar. Dejó a un lado el libro. La estaban llamando. Se asomó por encima del borde de la barca y vio llegar a Patricia. Le hizo una señal con la mano.
─¡Señora, el señor me ha pedido que la venga a buscar! ¡Ya es la hora de comer y tienen una visita!
¡La hora de comer! El tiempo había pasado demasiado rápido. Remó hasta la orilla y Patricia la ayudó a amarrar la barca.
─¿Quién ha venido? ─preguntó Mercedes.
─El señor Francisco.
Mercedes sonrió. Le agradaba ese hombre. Apuró los pasos hasta la mansión, seguida por la doncella, a quien entregó el libro.
Cuando entró en el salón amarillo, los hombres estaban enfrascados en una conversación sobre negocios. Se levantaron para saludarla.
─¡Querida Mercedes! ─Francisco se acercó a ella─. ¡Es un verdadero placer volverte a ver!
─Yo también me alegro de verte ─tendió una mano y él la besó con cortesía.
─¿Has estado toda la mañana fuera? ─preguntó Álvaro─. Te creí en la biblioteca.
─Estuve en el río. Me despisté y se me pasó la mañana allí.
─Deberías ser más prudente. El ambiente junto el río es muy húmedo y podrías enfermar.
─¡Estoy bien! ─sonrió.
─Realmente se la ve muy bien ─asintió Francisco mirando a su amigo─. Tienes una esposa muy hermosa.
─Eso no lo puedo negar ─dijo Álvaro y cogió a su esposa por un brazo─. Pasemos al comedor. La señora Esther ya viene a avisarnos de que la comida está preparada.

IndigoDolphins_73
Rango11 Nivel 54
hace 2 meses

Tenía pendiente esta lectura, @anamar26. De vez en cuando apetece una lectura de este tipo. Me encanta como escribes, ese ambiente de novela de Jane Austen, de las series inglesas tipo Downton Abbey, cada detalle, cada diálogo. Eres muy cuidadosa y tus textos indican un alma refinada.
Te he señalado los pequeñísimos errores que encontré porque siempre me pasa cuando leo algo de gran calidad por aquí, me molestan a la vista y soy intransigente. La belleza no tiene mácula.
Espero siguientes cajas.


#11

11

─Entonces, ¿consideras necesaria mi presencia en esa reunión? ─preguntó Álvaro a su amigo durante la comida.
─Yo y todos cuantos van a ir ─asintió─. Es muy importante. Se están produciendo unos cambios que pueden afectar a tus negocios y no podemos esperar a que nos cojan sin estar preparados.
─Está bien. Iré. Supongo que permanecerá poco tiempo fuera de casa ─aceptó y miró a Mercedes, quien parecía distraída con sus pensamientos.
Terminada la comida, regresaron al salón y el mayordomo les sirvió una copa de licor a los tres.
─¿Estarás mucho tiempo ausente? ─preguntó Mercedes.
─No, solo dos o tres días.
─Si todo va bien ─dijo Francisco.
─¿Pueden ser más días? ─preguntó preocupada─. Tal vez podría ir contigo.
─Te aburrirías. Estoy seguro de que serán tres o cuatro días, como mucho. Claro que podrías ir a mirar tiendas pero pasarías mucho tiempo sola en un hotel y sabes que eso no te gusta ─le recordó.
─Sí, es cierto ─asintió. Dejó la copa sobre una mesa y suspiró resignada.
No le agradaba la idea de quedar sola en la mansión pero tampoco quería demostrar que empezaba a estar preocupada y temerosa por algo que, quizás, solo había sido una imaginación.
─¿Cuándo te irías? ─preguntó, de pronto, sin darse cuenta de que había interrumpido a Francisco.
─¡Querida! ─exclamó Álvaro, un poco sorprendido.
─Lo siento ─se disculpó─. En verdad, lo siento ─miró a Francisco─. Esta noche he dormido mal y mis nervios están un poco alterados.
─No es necesario que te disculpes ─sonrió Francisco─. Los dos nos iremos mañana ─le dijo.
─Está bien. Gracias ─se levantó─. Por favor, disculpadme, voy a descansar un poco a mi dormitorio.
─Creo que ya dispones de otro dormitorio ─dijo Álvaro.
─Se lo preguntaré a la señora Esther ─comentó y salió del salón.
─Está un poco pálida ─comentó Francisco cuando ella se hubo marchado.
─Sí, me preocupa su actitud ─dijo Álvaro─. Desde que hemos llegado la noto distante y nerviosa. Quizás debería llevarla conmigo a la ciudad. Podría distraerse. Después de todo, Mercedes nació en la ciudad y entiendo que este lugar tiene que ser muy solitario para ella.
─Haz lo que creas conveniente pero los demás caballeros no llevarán a sus esposas, así que se sentiría sola y aburrida. Y tú te culparía de ello y te distraerías de tus obligaciones.
─Sí, tienes razón. Además, solo serán unos días ─dijo Álvaro, pensativo─. Y Mercedes tiene que acostumbrarse a la mansión y a mis ausencias.
─Exacto ─asintió Francisco levantando la copa a modo de brindis.

#12

12

Mercedes entró en la cocina y la señora Hortensia dejó de hacer sus tareas y la miró sorprendida, pero de inmediato dibujó una sonrisa en su agradable rostro.
─¿Desea algo la señora? ─preguntó.
─Hola. Sí. Busco a la señora Esther.
─¡Oh, ella estará en el saloncito donde se reúne el servicio para descansar un rato y tomar algo! ─respondió.
─¿Dónde está?
─Enfrente de la cocina. Yo la acompaño.
─No es necesario, gracias ─sonrió.
Entró en el salón. El mayordomo, el ama de llaves y algunos criados estaban reunidos y bebían café. Se levantaron cuando la señora entró.
─Siento interrumpir ─dijo Mercedes─. Señora Esther, la estaba buscando. Me gustaría saber si ya ha preparado mi nuevo dormitorio.
─Sí, señora ─dejó la taza en la mesa─. Le enseñaré el lugar.
─No se moleste. Es suficiente con que me indique el camino.
─¡Oh, de eso nada, señora! No es ninguna molestia ─sonrió─. Por favor, acompáñeme.
Subieron las escaleras en silencio y, al llegar al pasillo, cogió hacia la derecha, el lado contrario de donde estaba el dormitorio anterior de Mercedes. Esa ala de la mansión era más oscura que el otro porque había un arco que marcaba dos edificaciones diferentes, la más moderna y la antigua.
─El señor me explicó la razón del cambio. Lamento mucho que no se sintiera cómoda en esa habitación. Espero que ésta, aunque está más lejos que la del señor, sea de su agrado.
Abrió la puerta y se hizo a un lado para que pudiera entrar. La habitación era más grande que la anterior. Tenía las paredes pintadas de azul y los muebles, aunque antiguos, no recargaban el ambiente gracias a las telas de colores claros.
─Está bien ─dijo Mercedes. Se asomó a las ventanas. Tenía vistas a los jardines de la parte de atrás.
El fuego de la chimenea ya estaba encendido y sus cosas estaban guardadas. No le gustaba estar tan lejos de Álvaro pero tampoco deseaba regresar al primer dormitorio, aunque confiaba en que, con el transcurrir de los días, se calmaría y se olvidaría de la experiencia vivida allí y, con el tiempo, podría regresar a él.
─¿Necesita algo, señora? ─preguntó Esther.
─¿Qué hay en las habitaciones del otro lado? ─preguntó mirando las ventanas de aquel lado de la mansión. Se podía apreciar que la cortinas estaban echadas en todas ellas.
─Solo son habitaciones de invitados que hace mucho tiempo ya no se utilizan, señora.
─¿De quién era este dormitorio?
─De la madre del señor. Por eso es tan antiguo. El señor nunca consideró necesario cambiar los muebles de toda la mansión.
─Entiendo.
─Puede retirarse. Me tumbaré un rato.
─Si necesita algo, no dude en llamar, señora.
─Sí, claro.
Esther asintió y salió del dormitorio. Mercedes se tumbó en la cama y dejó que la venciera el sueño.

#13

13

Mercedes despertó con el sonido de una respiración profunda y tras sentir una mano que acariciaba su rostro que la hizo sonreír. Convencida de que se trataba de Álvaro. Abrió los ojos pero no vio a nadie. Se incorporó en la cama y frunció el ceño, confundida.
Se levantó y arregló el vestido pero estaba tan arrugado que prefirió cambiarse. Hizo sonar la campana del servicio y no tardó en llegar Patricia para ayudarla.
Bajó al salón amarillo donde esperaban los hombres. La recibieron halagados por su belleza.
─¿Has descansado? ─preguntó Álvaro, besándola en una mejilla.
─Demasiado tiempo ─sonrió─. Quizás me impida dormir después.
─Para eso tenemos solución ─la miró con picardía y rieron.
Francisco carraspeó y se volvieron hacia él.
─Te echamos de menos, Mercedes. Aunque los negocios nos ocuparon la mayor parte del tiempo, tuvimos espacio para relajarnos y lamentamos tu ausencia.
─Necesitaba descansar.
─Lo comprendo. No quise comentarte antes nada pero tenías mala cara. Ahora estás radiante.
─Eres muy amable, gracias.
Se sentaron y conversaron de temas triviales. En esta ocasión, Mercedes estuvo más atenta y participó, además de reír con ellos. Álvaro agradeció que su esposa estuviera mejor y se convenció de que, poco a poco, ella se adaptaría a la mansión.

Se retiraron a dormir sobre las doce de la noche, cuando el reloj de pie que había en la entrada, hacía sonar sus campanas.
Álvaro cogió a Mercedes de la mano y, despidiéndose de su amigo, la hizo ir con él hasta su dormitorio.
─No pensarías que te dejaría sola esta noche, ¿verdad? ─la besó en los labios y la desnudó lentamente, entre caricias y besos a lo que ella respondía con gemidos de placer.
Mercedes no conseguía dormir. No podía olvidar lo que había sentido por la tarde. Intentaba convencerse de que se debía a un exceso de imaginación. Su madre siempre le decía que incluso soñaba despierta y eso le traería problemas en el futuro.
Salió de la cama y se sentó delante de la ventana. Intentaba tranquilizarse. No podía dejarse llevar por miedos infundados. Su salud se podía resentir y terminaría afectando a Álvaro, también.
Empezaba a tener frío cuando vio una silueta blanquecina y tenue en medio del jardín. Se frotó los ojos. No podía ser que estuviese soñando. Parpadeó confusa cuando la silueta, que era de una mujer, se volvió hacia ella y la miró con odio, o así le pareció a Mercedes.
Se levantó de inmediato para alejarse de la ventana. Ya no tenía dudas. En la mansión había un fantasma y, estaba segura, de que tenía que tratarse de la primera esposa de Álvaro.
Se acercó a la cama y miró a su esposo. Dormía plácidamente, y se preguntó cómo podía decirle lo que estaba pasando.
Estaba aterrorizada y no sabía cuánto podría soportar vivir esa terrible experiencia sin compartirlo con él.


#14

14


Álvaro y Francisco se fueron tan temprano que Mercedes no se enteró hasta que despertó.
Sobre la mesilla de noche, su esposo, le había dejado una nota y una rosa. La leyó con una sonrisa.
“Tu sueño era tan plácido que no quise despertarte. Aún no me he ido y ya te echo de menos. Espero que los días te pasen rápido sin mi ausencia. Te amo”.
Olfateó la rosa y se desperezó. El sol se filtraba por los cristales, entre los visillos. Se levantó y caminó hasta la ventana. Abrió las hojas para dejar entrar el aire. Se sentía bien, aunque sabía que extrañaría a Álvaro y que los días se harían largos.
Desayunó en el jardín. Todavía hacía fresco pero podía soportarlo abrigada con un mantón. Le gustaba ver a los pajarillos volar entre los setos y beber en el agua de las fuentes.
Solo había una cosa que no la dejaba disfrutar plenamente del momento y no era la ausencia de su esposo, sino el recuerdo de cuanto había vivido las últimas noches. Tenía que averiguar si lo que veía era real o fruto de su imaginación. Estaba convencida de que si quería salir de dudas debía ver un retrato de la primera esposa de Álvaro. Su intuición le decía que la mujer que veía como fantasma era ella.
No terminó de tomar el desayuno. Las prisas por investigar el asunto del fantasma le habían quitado el hambre. Entró en la casa y dejó el mantón sobre una silla en un salón. Llamó al servicio. La señora Esther no tardó en presentarse.
─¿Desea algo, señora?
─Sí. Necesito que me enseñe un retrato de la señora Clara.
Esther miró a su señora con incredulidad porque no terminaba de creerse lo que le estaba pidiendo. Mercedes insistió.
─¿Me ha entendido? Quiero ver un retrato de la difunta.
─Pero… Señora, no creo que el señor esté de acuerdo con su petición. Nos ha dejado bien claro que nos olvidemos del pasado…
─El señor no está ─la interrumpió Mercedes─. Y no pienso aceptar ninguna excusa más. ¿En qué parte de esta casa se guardan sus retratos? Tiene que haber alguno.
El ama de llaves se puso nerviosa pero sabía que debía obedecer a la señora. Asintió, todavía indecisa.
─Sí, por supuesto. Sígame, por favor.
Subieron las escaleras y tomaron el pasillo de la derecha, dirigiéndose a las habitaciones que ya no se utilizaban. Esther cogió el manojo de llaves y buscó una. Abrió la puerta.
─Permítame entrar delante para abrir las ventanas. Esta habitación lleva mucho tiempo cerrada.
─¿Nadie la limpia?
─Sí, una vez al mes.
Esther abrió las cortinas y las ventanas y una ola de aire fresco inundó la habitación.
Mercedes se adentró en el cuarto y lo miró con interés. Los muebles eran antiguos pero las telas de tonos claros, amarillo-dorado, restaban sobriedad y concedían un aire elegante y luminoso. En la pared donde estaba la chimenea había dos retratos de una mujer muy hermosa. Mercedes se acercó y la contempló con admiración y horror. Se trataba de la misma mujer que veía por las noches, como una aparición fantasmagórica.
─¡Es ella! ─exclamó.
─Sí, es ella. Doña Clara ─asintió Esther sin comprender el verdadero significado de las palabras de Mercedes.
─No ─dijo y la miró─. Esa mujer se aparece por las noches para atormentarme.
─¿A qué se refiere, señora? ─preguntó Esther, confusa.
─Estas noches he visto un fantasma y es ella ─la señaló. Su voz se quebró por el llanto y salió de la habitación corriendo.
─¡Dios santo! ─exclamó Esther. Miró el retrato con aprensión y se santiguó. Cerró las ventanas y las cortinas y cerró la puerta con llave. Luego, buscó a Mercedes, pero no la encontró ni en su dormitorio, ni en el salón, ni biblioteca. Entonces pidió a su hija que la fuera a buscar al exterior y fue a hablar con el señor Claudio.

Hace alrededor de 2 meses

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#15

15

El mayordomo se encontraba en su despacho personal. Comprobaba las últimas cuentas de la economía de la cocina. Se sorprendió ver al ama de llaves entrando en la habitación mostrando un semblante pálido.
─Lamento interrumpirle tan abruptamente, señor Claudio, pero es necesario que hablemos de un asunto sumamente importante.
─Usted dirá, señora Esther. Por favor, siéntese. ¿Desea tomar algo?
─No, gracias. Ya he desayunado.
─Me lo imagino pero parece usted nerviosa.
Esther se sentó e intentó serenarse. No le gustaba perder los papeles pero la señora había conseguido intranquilizarla.
─No se lo puedo desmentir pero no voy a tomar nada, gracias.
─Entonces, dígame qué la ha alterado tanto.
─Se trata de la señora.
Claudio dejó la pluma en su soporte y miró con interés, y cierta intriga, al ama de llaves.
─¿Qué le sucede a la señora?
─Esta mañana, después del desayuno, me ha pedido que le enseñara un retrato de la señora Clara. Dios la tenga en su gloria ─se santiguó, gestó que sorprendió al mayordomo.
─No se lo habrá enseñado, ¿verdad?
─Le aseguro que no pude negarme.
─Pero el señor nos ha prohibido tratar los temas del pasado. No quiere que la señora Mercedes piense en la señora Clara y la desgracia que se vivió en esta casa por culpa de… Ya sabe usted a qué me refiero.
─Sí, desde luego. Pero le aseguro que si yo no hubiese respondido a su petición, esa mujer estaría dispuesta a buscar respuesta con o sin ayuda.
─No entiendo lo qué está usted diciendo. ¿Respuestas? ¿Qué respuestas?
─Por favor, deje que me explique ─hizo una pausa para serenarse. El mayordomo frunció el ceño. Se sentía de lo más intrigado con este asunto─. Llevé a la señora hasta el dormitorio de la difunta y cuando vio los retratos de ella… ¡Oh Dios! ¡La señora Mercedes aseguró que se le aparecía por las noches para atormentarla!
─¡Pero, ¿qué dice?! ─se levantó, sobresaltado.
─Salió llorando de la habitación y no sé a dónde ha ido. Envié a mi hija a buscarla en los alrededores.
─¡Desde luego hay que encontrarla primero y, después, haremos todo lo posible para tranquilizarla! ─dijo el señor Claudio─. ¿Se da cuenta de la gravedad de este asunto?
─Por supuesto. Si la señora cree que la visita un fantasma, y a demás lo relaciona con la difunta, puede caer en un estado de nerviosismo enfermizo.
─Hay que evitarlo, por ella y por el señor. Le sugiero que no comente nada con el servicio. Debemos llevar esto con la máxima discreción. Confío en que la señora Mercedes se recupere de su impresión y atienda a razones. En caso contrario, hablaré con el señor tan pronto regrese.
─Esperemos no tener que llegar a ese extremo. Al señor no le gustaría nada saber que su mujer cree ver un fantasma y éste es…
─No siga, por favor ─pidió con calma, Claudio─. Ha dicho que Patricia fue en busca de la señora, ¿verdad?
─Sí, así es ─asintió.
─Confío en que sabrá ser discreta.
─¡Desde luego! ─exclamó con rotundidad─. He educado muy bien a mi hija.
El mayordomo asintió satisfecho. Miró la hora en su reloj de bolsillo, plateado, y pidió a Esther que salieran a la entrada para esperar por la señora.

Hace alrededor de 2 meses

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#16

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Mercedes regresó a la mansión con Patricia. No había comentado nada, ni quería hacerlo, pero era evidente que había estado llorando. Entraron en el salón, seguidas de la señora Esther y el señor Claudio.
─Señora, ¿desea tomar algo? ─preguntó Esther.
─Sí, por favor. Algo caliente. Tengo frío ─dijo Mercedes y se sentó frente a la chimenea.
Patricia se apresuró a reavivar el fuego. Esther salió de la habitación. El mayordomo miraba con respeto a su señora e intentaba encontrar las palabras adecuadas para hacer frente a la situación que habían vivido. No necesitó hablar. Mercedes, exasperada por su intensa mirada, rompió el silencio.
─Supongo que el ama de llaves le ha puesto al corriente de lo sucedido en la habitación de la primera esposa del señor.
─Sí, señora ─asintió.
─Y pensará que estoy loca.
─Jamás pensaría eso de usted, señora.
─¡Oh, pues yo lo haría! ─soltó una risa nerviosa─. Una mujer que asegura haber visto un fantasma y cree que ha venido para atormentarla, no puede estar muy bien de la cabeza, ¿no le parece? ─preguntó mirándole fijamente, con los ojos llorosos.
─Yo no soy quién para juzgarla, señora.
─Le estoy dando autoridad para que lo haga, ¿es que no lo entiende? ¡Dígame qué opina de todo esto! ─exigió─. Se lo suplico, por favor ─sollozó.
El ama de llaves regresó y traía una infusión de tila que entregó a Mercedes.
─Por favor, beba. Le sentará bien.
─¿Usted cree que una simple tila puede ayudarme? ─preguntó, mordaz.
Esther se alejó discretamente y miró de reojo al mayordomo, sin atreverse a hacer comentario alguno.
─Perdone ─pidió Mercedes─. Perdone mi actitud ─repitió.
─No hay nada que perdonar, señora ─dijo Esther. Miró a su hija y le indicó, haciendo un gesto con la cabeza, que podía retirarse.
─Sé que no me creen pero les aseguro que he visto a esa mujer por las noches. Y me ha mirado como si me culpase de algo. Tal vez no quería que Álvaro se volviera a casar y desea que me aleje de él ─comentó Mercedes.
─Señora, ¿me permite hablar con libertad? ─preguntó Claudio.
─Se lo he suplicado antes.
─Esta mansión ha sido sometida a todo tipo de habladurías irracionales. Se comenta que está habitada por fantasmas pero, puedo asegurarle, que no es cierto. Y no lo digo solo porque no crea en espíritus, sino porque yo he vivido aquí el tiempo suficiente para comprobar que jamás hubo apariciones. Estoy seguro de que los nervios por su nueva situación le han afectado de alguna manera y le han hecho ver cosas que no existen. Debería intentar calmarse para no caer enferma y preocupar al señor.
─Al señor no le gusta hablar del pasado ─añadió Esther─. Ha sufrido mucho y ahora es feliz de nuevo. Y eso se lo debe a usted. Por favor, no le haga sufrir por algo que carece de lógica.
─Solo falta que digáis que estoy loca ─suspiró Mercedes.
─¡Nosotros jamás diríamos tal cosa! ─exclamó Claudio.
─Quizás tengáis razón ─se levantó─. No hablaremos de esto con mi esposo. E intentaré comportarme como se espera de mí ─añadió en un susurro y salió del salón, apresuradamente.
Claudio y Esther se miraron preocupados. Ella recogió la taza de té, moviendo la cabeza, con pesar.
─Ojalá este asunto se quede en una simple anécdota ─comentó él.
─Yo no lo creo, señor Claudio ─dijo ella─. No lo creo ─repitió, preocupada.

Hace alrededor de 2 meses

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#17

17

Mercedes se tumbó en la cama y se quedó dormida. Los nervios la habían cansado demasiado. Cuando despertó pudo oír la conversación que mantenían las sirvientas, Patricia y Julia. Ambas estaban en su habitación para limpiar y encender el fuego que se había apagado.
─¿Tú crees que puede ser verdad? Había oído alguna historia pero nunca creí que fuera cierta ─comentaba Julia mientras ponía leña en el chimenea.
─Te aseguro que sí. Mi madre y el señor Claudio no quieren hablar de ello y nos han prohibido hacer mención alguna sobre el pasado del señor Álvaro. Pero, yo recuerdo bien cuando falleció su esposa.
─Se suicido ¿no?
─Sí. Pero antes de hacerlo se aseguró de que él le prometiera que jamás volvería a enamorarse. Era una mujer muy posesiva. De hecho, estoy convencida de que el señor jamás fue feliz con ella, aunque lo fingiese.
─Eso es muy atrevido por tu parte. ¿Cómo puedes estar tan segura de ello? Todo el mundo dice que eran felices.
─A mí no me gustaba la señora Clara.
─Bueno, dejemos eso. Vamos a despertar a la señora y puede escucharnos. Y nadie quiere que se asuste más ─añadió Julia.
Recogieron sus cosas y salieron de la habitación. Mercedes abrió los ojos como platos, impresionada por lo que había escuchado. Ahora estaba más segura que nunca de que había visto el fantasma de Clara y que ella venía a atormentarla para que se alejara de Álvaro. Se incorporó en la cama y se preguntó qué podía hacer para evitar que volviera a aparecer. Quizás debía enfrentarse a ella, o llamar a un sacerdote para que bendijera la casa.
Se levantó y caminó hasta la ventana. Miró las ventanas de las habitaciones que permanecían cerradas. Reconoció la que pertenecía a la habitación de Clara. Otra opción, pensó, era pedirle a su esposo que se trasladasen a vivir a la ciudad pero no sabía cómo convencerlo sin decirle la verdad de esa decisión. Sus pensamientos se interrumpieron cuando vio aparecer una mano en la ventana que movía las cortinas. La silueta de una mujer, aunque borrosa, se acercó al cristal. Mercedes estaba segura de que en él se concentraba el vaho del frío de un aliento maldito. Se alejó unos pasos y se sobresaltó cuando llamaron a la puerta. La señora Esther entró en la habitación.
─Señora no la he molestado antes porque la vi dormida pero debería comer algo. ¿Va a bajar al comedor o le traigo algo?
─Bajaré ─susurró Mercedes.
─¿Se encuentra bien?
─Sí, por supuesto ─intentó sonreír.
─Está bien. La esperaré allí.
─Bien. Me arreglaré un poco y ya bajo.
─¿Llamo a Patricia para que la ayude?
─No es necesario, gracias.
Esther salió del dormitorio y Mercedes volvió a asomarse a la ventana. Ya no vio nada en la otra. Eso la tranquilizó e intentó convencerse de que se había equivocado.
Se arregló las ropas y el peinado y bajó al comedor donde, como le había dicho, estaba la señora Esther y, poco después, entraba el mayordomo.
Mercedes comió en silencio y, cuando terminó, se retiró a su habitación de nuevo. No le apetecía estar en el salón.

Hace alrededor de 2 meses

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#18

18

Estaba cansada pero el miedo le impedía conciliar el sueño, así que, se sentó delante de la chimenea e intentó concentrarse en la lectura de un libro. Esfuerzo inútil. No dejaba de pensar en Clara y se hacía muchas preguntas a las que no encontraba respuesta.
Todo el mundo le decía que habían sido felices, entonces, ¿por qué se había suicidado ella? Y, si era cierto lo que habían comentado las criadas entre ellas, ¿por qué Clara pidió a Álvaro que no se volviera a casar? Sabía que él era un hombre joven y la vida podía brindarle la oportunidad de volver a ser feliz, como así sucedió. Era una petición muy egoísta.
Se había propuesto hablar del tema con Álvaro. No podía vivir con tanta incertidumbre porque, si en algo tenían razón el señor Claudio y la señora Esther, era que su salud se podía resentir.
Una corriente de aire frío que inundó la habitación la sacó de su ensimismamiento. Se estremeció y el libro cayó de sus manos. Lo recogió. En el momento en que se irguió vio salir una figura de su habitación, como si no hubiera puerta, ni pared que se lo impidieran.
Mercedes dejó el libro sobre el escritorio y salió de la habitación. Inspeccionó el pasillo y vio la figura, que reconoció como el fantasma de Clara, cruzar el largo pasillo en dirección a la que había sido su dormitorio. Decidió seguirla.

La aparición se volvió hacia ella y sonrió cuando pareció percatarse de que la seguían. Mercedes se detuvo y dudó si continuar pero, finalmente, lo hizo.
El fantasma entró en la habitación atravesando la puerta. Mercedes hizo girar el picaporte pero estaba cerrado con llave. Apoyó la oreja sobre la puerta para escuchar si se producía algún ruido del otro lado y, de repente, alguien golpeó con tanta violencia la puerta que la hizo daño. Se apartó llevándose la mano al lado dolorido.
Se apresuró a regresar a su dormitorio y llamó al servicio. Mientras esperaba que alguien la atendiera, paseaba por la estancia como un animal enjaulado. Se frotaba el golpe y se detenía para coger aire. Estaba tan nerviosa que tenía dificultad para respirar bien y temía desmayarse en cualquier momento, aunque nunca había sido de naturaleza débil.
La señora Esther no tardó en llegar y Mercedes lo agradeció. Ella era el ama de llaves y, por tanto, podía abrir de inmediato la habitación de Clara, sin necesidad de perder más tiempo.
─¿Desea algo, señora?
─Sí. Quiero que venga conmigo ─sin más explicaciones salió nuevamente de la habitación y se dirigió a la de Clara.
El ama de llaves la siguió y, dándose cuenta de cuáles eran las intenciones de su señora, se detuvo en el pasillo.
─Señora, creo que sería mejor que intentara descansar.
─¡No quiero descansar! ¡Venga, dese prisa! ─apremió.
─Pero…
─¡Es una orden! ─gritó Mercedes. No le gustaba tratar así al servicio pero la urgencia que tenía por entrar en la habitación de Clara acababa con su paciencia.
Esther accedió a obedecer. Ella había intentado que la señora entrase en razón pero no podía obligarla.
─Abra esta puerta, por favor ─pidió Mercedes.
Sin demora, así lo hizo el ama de llaves. Entraron en la estancia y encendieron unas velas de un candelabro.
─Todo sigue igual que antes, señora ─dijo Esther.
Mercedes recorrió la estancia y se asomó a la ventana. Lo que veía en el jardín la dejó estupefacta.
─No ─negó─. Hay algo nuevo.
Esther se acercó y miró fuera pero ella no vio nada que pudiera considerarse extraño en el exterior.
─¿A qué se refiere, señora? ─preguntó.
─¿Es que no lo ve? Ahí fuera está Clara junto a un hombre mayor. ¡Mire! ─señaló con vehemencia─. Nos están mirando ─susurró horrorizada.
Esther parpadeó confusa. Admitió que le pareció ver, durante unos segundos, una neblina blanquecina en medio del jardín, pero eso no era suficiente para afirmar que se trataba de fantasmas.
─Señora, debería regresar a la cama.
─Pero, ¿usted no lo ha visto? ─preguntó perpleja.
─No, señora. Yo no he visto nada. El señor Claudio y yo ya le hemos dicho que no hay fantasmas en esta casa.
─Yo sé que no estoy loca ─susurró Mercedes.
─Pero necesita descansar o enfermará ─insistió Esther.
Mercedes se dejó llevar de regreso a su habitación. Estaba muy confusa. No podía entender por qué solo ella veía a los fantasmas.
─¿Quién puede ser el hombre? ─preguntó antes de acostarse.
─No sé de quién me habla, señora.
─Me refiero al hombre que estaba con Clara. Era mayor…
─Yo creo que la falta de sueño y el cansancio le han jugado una mala pasada.
Mercedes no replicó. Cerró los ojos y deseó que Álvaro regresara pronto a la mansión.

Hace alrededor de 2 meses

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#19

19

Las pesadillas atormentaron su sueño. Se despertó y se sentó en la cama. Tenía el camisón empapado en sudor. Salió de la cama y se acercó al armario para coger otro camisón. No entendía por qué sentía tanto frío cuando en la chimenea seguía ardiendo el fuego que estaba encendido desde la mañana temprano. La habitación debía estar caldeada, sin embargo, al igual que sucedía en su primer dormitorio, el frío era insoportable.
Se acercó al espejo del tocador y miró la zona donde había sido golpeada por la puerta de la habitación de Clara. Cuando había entrado la ventana estaba cerrada, así que podía asegurar que la puerta no se había movido por culpa de una corriente de aire. Palpó con los dedos la zona. Notaba una hinchazón y el reflejo del espejo lo confirmó. Mercedes estaba convencida de que Clara le había hecho daño de alguna manera.
Volvió a sentarse en la cama. Se acordó de la aparición que había visto en el jardín y se preguntaba quién era el hombre que había visto junto a Clara. Estaba segura de que le era familiar pero no recordaba de qué.
Por petición de Álvaro, en la mansión no había retratos de sus antepasados en las estancias más frecuentadas por la gente. Sin embargo, Mercedes estaba segura de haber visto ese hombre en algún cuadro. Recordó que la única estancia donde había retratos era la biblioteca. Decidió ir allí. Se puso un chal y se calzó las zapatillas. Encendió una vela y salió de la habitación.
Durante la ida por el pasillo en penumbras, tuvo el presentimiento de que alguien la seguía. Miró hacia atrás pero no vio a nadie. Bajó lo más de prisa que pudo las escaleras y corrió hacia la biblioteca. Cerró la puerta tras de sí y se apoyó en ella, como si sentir la fría madera le aportara seguridad.
La biblioteca estaba llena de estanterías repletas de libros pero en las paredes vacías colgaban grandes retratos, seguramente antepasados de Álvaro. La verdad era que nunca le había comentado nada acerca de ellos.
Mercedes los contempló con interés hasta que llegó a uno que era el retrato de un hombre que reconoció. Se acercó más a él y lo iluminó con la vela para examinarlo con detalle. Leyó la leyenda que tenía en la base: Jacinto Quiroga. Sorprendida comprobó que se trataba del padre de Álvaro. Y recordó que se había muerto ahogado. Seguramente la embriaguez, su mayor defecto en los últimos años de su vida, le hizo perder el equilibrio y cayó al río.
Pero, Mercedes no comprendía por qué su suegro se le había aparecido. Entendía que Clara pudiera tener alguna inquina contra ella, pero él no tenía motivo para querer asustarla o hacerle daño. Es más, debería estar contento de que su hijo volviera a ser feliz.
Una ráfaga de viento apagó la vela. Aunque no había luna llena, el satélite estaba lo suficientemente grande en el cielo para alumbrar la estancia con sus rayos plateados. Mercedes buscó mixtos cerca de un candelabro y encendió la vela. Delante de ella, a pocos pasos, estaba la presencia de Clara quien, mirándola con agresividad, le gritó: “¡Vete!”.
Mercedes, asustada, retrocedió unos pasos. El fantasma se abalanzó hacia ella. Le cayó la vela al suelo y salió corriendo de la biblioteca.
Empezó a subir las escaleras cuando vio en el piso superior al padre de Álvaro que empezaba a bajarlas pero sin tocar los escalones, ni siquiera hacía el movimiento con las piernas que se requería para ello, parecía que volaba. Mercedes se detuvo y gritó. Quiso dar media vuelta para bajar pero sus pies se enredaron con el camisón y cayó hasta el vestíbulo.

Hace alrededor de 2 meses

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#20

20

Álvaro estaba sentado en un sillón, delante de la cama de su esposa. La contemplaba con un nerviosismo contenido. Se hacía muchas preguntas a las que no encontraba respuesta y estaba deseando que se recuperara para poder hablar con ella. Desde que estaba convaleciente, y de eso ya hacía tres días, solo despertaba para balbucear, apoderada de un terror irracional que se reflejaba en su rostro desencajado, un nombre: Clara.
El señor Claudio y el ama de llaves, Esther, le habían comentado lo sucedido la fatídica noche del accidente de Mercedes. Habían oído un grito y un gran golpe. Cuando salieron de sus habitaciones y corrieron hacia el vestíbulo, se encontraron con la señora tirada en el suelo y sangrando por la cabeza. El mayordomo, acompañado por una criada, se apresuró a ir en busca del médico a la villa más cercana. Y, mientras la criada, Patricia, regresaba a la mansión con el doctor, él fue en busca de Álvaro a la ciudad. Francisco los acompañó en el regreso.
Durante el camino, el señor Claudio explicó los temores que habían atormentado a Mercedes en los últimos días. Álvaro estaba convencido de que alguien del servicio había tenido que hacer comentarios sobre la leyenda supersticiosa que circulaba sobre la mansión. Pero el mayordomo aseguraba que no había sido así, aunque tampoco lo podía confirmar al cien por cien. Sin embargo, Esther insistía en que nadie le había hablado de apariciones fantasmagóricas a la señora.
Álvaro se arrepentía por haberla dejado sola en una casa tan grande y aislada. Mercedes estaba acostumbrada al bullicio de la ciudad y los viajes y era evidente que no había soportado la soledad. También se equivocó al considerarla una mujer fuerte y segura. Quizás lo fuera en su ambiente familiar pero, fuera de él, se convertía en una persona nerviosa y extremadamente sensible.
Se frotó la frente para aliviar el dolor de cabeza. Después se levantó y caminó hasta la cama. Se sentó y acarició el rostro de ella.
Mercedes sintió la fuerza del peso de alguien que se sentaba en la cama e intentó centrarse en eso. El mareo y el dolor de cabeza que la tenía sumida en un estado semiinconsciente que no la dejaba pensar con claridad. Esta vez, se esforzó al máximo. Quería abrir los ojos y encontrarse con Álvaro para huir de las imágenes horribles que no la dejaban en paz. Pero la pesadez de los párpados era superior a sus fuerzas. Solo consiguió abrir la boca y susurrar una palabra: “Álvaro”.
─Estoy aquí, mi amor ─dijo él inclinándose sobre ella─. Cariño, despierta ─la besó en la frente─. Ya nada te hará daño. Estoy aquí.
─Álvaro ─volvió a susurrar Mercedes.
Le cogió una mano entre las suyas y la besó. Ella sentía su tacto fuerte y suave a la vez. Podía oír su voz cálida y masculina, oler su aroma amaderado pero no conseguía abrir los ojos y la desesperaba.
Llamaron a la puerta y entraron el doctor Villacastín, Francisco y la señora Esther. El médico se acercó a la cama y Álvaro le comentó que le había llamado.
─El golpe ha sido muy fuerte y la ha debilitado en exceso. Permítame ─pidió.
Álvaro se levantó y se retiró para permitir que el médico hiciera su labor. Cogió un pequeño frasco de su maletín y lo acercó a Mercedes. El olor fue tan desagradable que la hizo mover la cabeza para rechazarlo. Abrió los ojos y miró con asombro al médico quien, a su vez, sonrió satisfecho. Se alegraba de que el remedio diera resultado esta vez. Temía que la paciente ya no regresara al mundo consciente.
─Álvaro ─susurró.
Su marido quiso acercarse a ella pero el médico alzó una mano para pedirle que se mantuviera alejado. Examinó la mirada de ella y las pulsaciones. Asintió satisfecho y se hizo a un lado para permitir que Álvaro se acercase a su esposa.
─¿Cómo está? ─preguntó antes de hacerlo.
─Bien. Se recuperará ─sonrió.
Álvaro se sentó en la cama y cogió una mano de Mercedes entre las suyas.
─Me tenías muy preocupado, mi amor ─le dijo.
─¡Son ellos, Álvaro! ─exclamó asustada.
─¿Ellos? ¿Quiénes? ¿A qué te refieres, cariño?
─Ellos me quieren matar ─dijo Mercedes y su desesperación se acentuaba en la voz entrecortada─. ¡Tu padre y Clara me quieren matar!
Álvaro enarcó una ceja, perplejo. Miró al doctor, luego a su amigo y, finalmente, a Esther. El ama de llaves movió la cabeza, afligida.

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*" Se sentó en ella (...) ni despertar a la realidad." Vi un par de errores en este trozo.


#21

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─Será mejor dejar que descanse ─dijo el médico.
─Pero… ─Mercedes intentó hablar pero todavía estaba muy débil.
─Insisto. Cuando se recupere tendrá ocasión de manifestar sus temores y la escucharemos con gusto ─añadió.
Mercedes asintió y cerró los ojos. Poco a poco se fue quedando dormida. Salieron de la habitación y Álvaro pidió que Patricia permaneciera al lado de la señora.
Los hombres se encaminaron al salón y Álvaro sirvió unas copas para los tres. Caminó hasta la chimenea. Estaba muy preocupado con lo que estaba pasando. Apuró la copa y se dirigió al médico.
─¿Usted qué opina?
─Son nervios, se lo aseguro. Nada que no pueda tratarse y curarse.
─Mercedes nunca dio muestras de ser una mujer histérica ─dijo Álvaro, desesperado.
─Quizás no lo fue antes pero, es evidente, que hay algo en el ambiente que la está alterando ─comentó el médico.
Álvaro lo miró como si tuviera delante a un demente. Estuvo a punto de responderle mal pero intercedió Francisco.
─Por favor, tranquilícense, señores. Sugiero que esperemos a que Mercedes esté totalmente recuperada para que pueda hablar sobre este asunto sin que la afecte, al menos, no tanto como para perjudicar su salud.
─Sabia decisión ─dijo el médico y se sentó.
Álvaro dejó la copa sobre la mesa y volvió a acercarse a la chimenea. Miraba el fuego, ensimismado en sus pensamientos. Francisco se acercó a él y posó una mano en su hombro.
─Tranquilízate. De nada sirve torturarse con preguntas que aún no tienen respuesta.
─Es que no entiendo por qué ha dicho semejante comentario. ¿Por qué tiene esa idea de que mi padre y Clara la quieren matar? ¡Esto es absurdo!
─Olvídalo e intenta tranquilizarte ─dijo Francisco─. Si Mercedes percibe tu preocupación, se afligirá más.
─Opino como su amigo, Álvaro. Su esposa necesita tranquilidad.
─Está bien ─asintió resignado─. No volveremos a tratar este tema hasta que ella se encuentre totalmente recuperada.
─Con suerte no tendremos que hacerlo nunca más ─añadió el médico─. Como he dicho, es posible que un cúmulo de circunstancias alterase su estado nervioso y no tiene porqué volver a repetirse ese episodio.
─Ojalá esté en lo cierto, doctor ─dijo Álvaro.
Durante los días posteriores, Álvaro no se había separado de su esposa y comprobó que, como había dicho el doctor, su estado mejoró considerablemente y no volvió a mencionar el episodio que tanto la había atormentado.
El último consejo que diera el doctor Villacastín, antes de abandonar la mansión, fue reposo para ella y, una vez se sintiese fuerte, debía pasear por los jardines para respirar el aire fresco de las mañanas.
Francisco también se había despedido de sus amigos y marchándose junto con el doctor.

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Durante los días posteriores, Álvaro no se separó de su esposa (...) no volvió a mencionar el episodio que tanto la había atormentado." No entiendo por qué rompes aquí la línea temporal, cuándo el párrafo siguiente vuelve al mismo punto.


#22

22

En las semanas posteriores al accidente de Mercedes, una vez se recuperó totalmente, Álvaro compartió el mayor tiempo posible con ella y aprovechaban los días en los que no llovía para salir a pasear y navegar.
Parecía que ella se había olvidado de las fantasías que la habían afectado tanto. Seguramente el doctor Villacastín tenía razón al decir que Mercedes, ante los nuevos cambios en su vida y la soledad que imperaba en la mansión, había sufrido un ataque de nervios reiterativo.
Ahora, cuando miraba para ella, volvía a ver a la joven hermosa de la que se había enamorado. Sus ojos azul grisáceos brillaban más que nunca y su sonrisa iluminaba su rostro como una flor en un verde jardín.
Una tarde, en la que la lluvia de los últimos días había dado paso a un sol radiante y un cielo perlado de escasas nubes algodonosas, Álvaro y Mercedes bajaron hasta el río para pasear en barca.
A ella le encantaban esos momentos en los que su mente podía abstraerse de todo pensamiento, centrándose solo en el murmullo del agua, las hojas de los árboles y el canto de los pájaros.
Álvaro remó hasta el medio del río y se detuvo. Mercedes se tumbó en la barca y miró el cielo.
─Esa nube ─señaló una─ parece un perrito. Quizás debería hacerme con un cachorrito. Cuando era niña tuve un perro. ¡Era precioso! Su pelo tenía el mismo color blanco de las nubes y manchas marrón como la tierra.
─Si quieres me hago con uno.
─Sí, me gustaría ─sonrió.
─¿Me quieres? ─preguntó Álvaro tras unos minutos de estar en silencio.
─Más que ayer ─lo miró─. Y sabes que mañana te querré mucho más ─se incorporó para acercarse a él y lo besó en los labios─. Gracias.
─¿Gracias? ¿Por qué me das las gracias?
─Por estar a mi lado. Por soportarme.
─Yo no te soporto, Mercedes… Yo te amo ─la abrazó.
Mercedes respondió al abrazo y miró hacia el horizonte. Entonces vio algo que la asustó y se apartó de Álvaro.
─¡Está allí! ─señaló a la orilla que quedaba de espaldas a él.
─¿Quién está allí? ─preguntó Álvaro y miró hacia atrás.
─¿Es que no la ves? ¡Es ella! Nos está observando.
─¿Quién es? Yo no veo a nadie, cariño.
─¿Cómo no puedes verla? ─preguntó desesperada─. ¡Nos observa! ¡Es Clara!
Álvaro se quedó perplejo ante la respuesta de ella. Buscó entre los árboles a alguien que pudiera estar mirando para ellos e hiciera que Mercedes se pusiera nerviosa, pero no vio a nadie.
─Ya se ha ido ─dijo Mercedes, en un susurro.
Su rostro había palidecido y empezó a temblar. Álvaro consideró que era mejor regresar a la mansión.

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#23

23

Por petición de Álvaro, la señora Esther trajo una infusión de tila para Mercedes. También pidió que encendieran el fuego de la chimenea.
Ahora que los días eran más cálidos, solían hacer fuego por las tardes, pero su esposa no dejaba de temblar y le sentaría bien que la estancia estuviera más caldeada.
Cuando el ama de llaves entró en la cocina y pidió a la cocinera que preparara el té de tila, no pudo evitar dejar escapar una exclamación.
─¡Por Dios, qué mujer!
─¿Qué sucede, señora Eshter? ─preguntó la cocinera, Hortensia.
─La señora ha llegado del paseo hecha un manojo de nervios. Yo creo que los días de paz han terminado en esta casa.
─Pero ¿qué le sucede a esa mujer? Se comenta que dice ver fantasmas. ¡Válgame Dios! ¡Fantasmas! Yo creí que esa historia había terminado el día que el señor regresó a la mansión ─comentó Hortensia, mientras llenaba la tetera con agua.
─Pues parece que no es así ─recogió el servicio y salió de la cocina.

Mercedes estaba recostada en un sillón y miraba con preocupación a Álvaro, que permanecía de pie delante de la ventana.
El ama de llaves entró en el salón y dejó el servicio sobre una mesa. Se dispuso a servir la tila pero Álvaro le dijo que podía retirarse, que ya se encargaba él.
─Puedo hacerlo yo ─dijo Mercedes.
─No. Intenta relajarte. Yo te preparo la infusión ─dijo Álvaro y se acercó a la mesa.
Se produjo un tenso silencio que solo era roto por el ruido del agua que caía en la taza y el crepitar de la leña en la chimenea. Mercedes no soportaba esa tensión y empezó a llorar.
─Sé que no me crees ─dijo.
Álvaro la miró, desconcertado. Le acercó la taza.
─Bebe esto, te sentará bien.
Mercedes buscó un pañuelo entre sus ropas pero no lo encontró y Álvaro se apresuró a darle el suyo. Se limpió las lágrimas y cogió la taza.
─Admito que esta situación me supera ─dijo Álvaro y se sentó frente a ella─. Necesito que me cuentes todo lo que has vivido, desde el principio, para intentar entenderte.
─¿Servirá de algo? Pensarás que estoy loca.
─Jamás haría eso. Por favor, Mercedes…
Mercedes bebió la tila, dejó la taza en la mesa y empezó a relatar su historia desde la primera noche que se sintió incómoda en la primera habitación que le habían destinado.
Álvaro escuchaba atentamente, intentando no mostrar sorpresa u otro sentimiento que pudiera molestarla.
Cuando ella terminó de hablar, tras un breve momento de silencio, él habló.

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#24

24

─¿Por qué crees que Clara se suicidó? ─preguntó Álvaro.
Mercedes le miró sorprendida. Intentó recordar la historia que le había contado él acerca de su primer matrimonio y lo habían hablado las criadas en su habitación.
─Tú me dijiste algo sobre ello.
─No. Yo te he dicho que Clara murió en extrañas circunstancias. Pero jamás se ha podido certificar que fuera un suicidio.
─Pero no es totalmente descartable, ¿verdad? Las criadas creen que suicidó.
─Las criadas hablan demasiado de lo que no les compete.
─Entonces, ¿cómo murió? ¿Fue un accidente?
─Clara se ahogó, al igual que mi padre. Pero mi padre estaba ebrio y Clara… Bueno, el médico está convencido de que tomó demasiada medicina, se mareó y cayó al río. Aunque en la orilla la profundidad es insuficiente para sumergirse, el aturdimiento pudo ayudar a que se produjera el fatal desenlace.
─¿Por qué se medicaba?
─Clara tenía un carácter difícil. Así como podía ser dócil como un pajarillo, de pronto mostraba el temperamento más enérgico que pudiese mostrar una persona. El médico le recetaba algo para templar los nervios en esos días difíciles.
─¿Te pidió ella, en algún momento, que no te volvieras a casar? ─preguntó Mercedes.
Álvaro la miró confuso. Se levantó y se acercó a la mesa donde estaban los licores para servirse una copa.
─Sí ─asintió. Bebió un trago de la copa y miró a su esposa por encima de ésta─. Pero solo era un juego entre nosotros. Nada serio.
─Quizás para ella lo era.
─¿Y por qué iba a ser así? No había nada que indicara que pudiese fallecer joven. ¿Por qué iba a preocuparse de un posible futuro en el que ella ya no estuviera conmigo?
─No lo sé ─susurró Mercedes y las lágrimas acudieron a sus ojos una vez más─. Ella quiere me aleje de tu lado ─añadió.
─¡No! ─negó con calma. Dejó la copa en la mesa y se acercó a Mercedes─. No digas eso ─se arrodilló─. Clara jamás te mortificaría de ninguna manera. A pesar de su carácter, era una mujer buena.
─¿Y qué me dices de tu padre? Él también quiere que me aparte de ti ─sollozó.
─No, Mercedes. No insistas con esas ideas tan extrañas. Nadie de mi familia te haría daño. Ellos solo querrían mi felicidad. Y Clara también.
─¡Yo sé que los he visto, Álvaro! ¡No miento!
─Te creo ─le cogió el rostro entre las manos─. Pero estoy seguro de que todo ha sido fruto de tu imaginación.
─¿Cómo he podido imaginarme a una mujer que antes no había visto jamás? La reconocí cuando vi el retrato. Y lo mismo sucedió con tu padre.
─Viste o creíste ver a alguien, y cuando viste los retratos, les pusiste rostro.
─¡Oh, no sabes cuánto daño me hace que no creas! ─lloró amargamente.
─Sí te creo…
─Pero dices que no vi fantasmas, que todo es fruto de mi imaginación.
─Intenta pensar con raciocinio. ¿Crees que existe la posibilidad de que se apareciera alguien desde el Más Allá?
─No lo sé. Creo en el alma. Quizás exista la posibilidad de que puedan regresar para decirnos algo o… para hacernos daño.
─Te estás haciendo daño a ti misma con esas conjeturas. ¿No lo entiendes?
─Yo sé lo que vi, Álvaro.
Álvaro bajó la cabeza y asintió, resignado. Mercedes no podía contener el llanto.
─Está bien ─dijo él de pronto y la miró─. Haremos una cosa para intentar solucionar este problema. Nos iremos a vivir a la ciudad. Es posible que allí no te torturen los fantasmas.
─Pero a ti te gusta vivir aquí.
─A mí me gusta vivir contigo. No me importa dónde ─la abrazó y la besó en los labios.

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#25

25

Las dos noches que permanecieron en la mansión, antes de ir a la ciudad, Mercedes durmió en el mismo dormitorio que su esposo. No volvió a sentir la presencia de los fantasmas, aunque había tomado tanta infusión de tila, que la ayudara a dormir hasta el amanecer.
El señor Claudio viajó con ellos y la señora Esther se quedaría encargada del cuidado de la casa, una vez más. Álvaro no despidió a la cocinera, ni a las criadas. Mercedes le había pedido que no lo hiciera porque podían regresar más adelante, aunque solo fuera para pasar unos días. Necesitaba saber si su esposo y el doctor Villacastín tenían razón al creer que su mal era producto de los nervios y un exceso de imaginación.

Mientras no encontraban una casa y la acondicionaban a su gusto, el amigo de ambos, Francisco, los invitó a quedarse en su mansión el tiempo que fuera necesario.
─Me alegro mucho de veros. Por favor, sed bienvenidos y acomodaros como si estuviereis en vuestra propia casa.
─Eres muy amable, Francisco ─dijo Mercedes─. Agradecemos mucho tu ayuda.
─Haría cualquier cosa por los dos. No tenía claro si queríais compartir habitación, así que os he destinado dos dormitorios que están conectados por una puerta.
─Muchas gracias ─dijo Álvaro─. Como siempre das muestra de tu buen sentido práctico.
Francisco rió complacido y pasó un brazo por los hombros de su amigo.
─Subamos. Espero que las habitaciones sean de vuestro agrado.
Las estancias eran amplias y la decoración agradable. Pero lo que más le gustó a Mercedes era que tenían vistas al jardín de la entrada y se veía la calle por donde pasaban los transeúntes y los carruajes tirados por esbeltos caballos.
─¡Me encanta! ─dijo. En ese momento se olvidó de la paz que anhelaba disfrutar en el río, tumbada en la barca. Ansiaba mezclarse entre el bullicio de la ciudad.

Se dejó caer en la cama y tendió un brazo hacia Álvaro para invitarlo a unirse a ella. No se hizo de rogar. Se tumbó a su lado y contempló ensimismado su belleza.
─Ojalá este momento dure para siempre ─susurró Mercedes.
─Será así si nosotros lo queremos.
─Siempre surgen inconvenientes que destrozan los momentos de paz.
─La vida es imprevisible pero depende de nuestra voluntad superar las dificultades sin caer en la desesperación.
─¿Me estás reprochando algo? ─se dio la vuelta y se puso sobre él.
─No. En absoluto.
─He vivido unos días extraños que me alteraron un poco, pero… estoy segura de que se han quedado atrás.
─Me alegro de que sea así ─se besaron─. ¿Me amas?
─No más que mañana ─volvieron a besarse con pasión.

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#26

26

Transcurrieron unos días tranquilos y felices en los que visitaron varias casas. Pero ninguna le gustaba a Mercedes. Consideraba que estaban demasiado lejos del centro de la ciudad. Necesitaba sentir la vida, oír las voces de la gente, los gritos de los niños. No quería admitir que seguía asustada por todo lo vivido en la mansión.
─Finalmente tendremos que alquilar la casa a tu amigo ─dijo.
Se encontraban en un jardín. Aunque estaba a punto de empezar el verano, había amanecido una mañana fría y húmeda.
─Se lo propondré ─bromeó Álvaro.
─Es la casa perfecta, cariño.
─Nosotros haremos que cualquier casa lo sea.
─¡Qué optimista eres! ─rió y se abrazó a él.
Álvaro respondió al abrazo y, al cabo de unos segundos, sintió que ella se tensaba. Quiso retirarla para mirarla a la cara pero ella se agarró a él con más fuerza.
─Mercedes, ¿qué sucede? ─ella no quiso responder pero Álvaro insistió─. Dime, por favor. ¿qué te pasa?
Mercedes se apartó de él y lo miró fijamente, con lágrimas en los ojos.
─Jamás nos dejará en paz.
─¿Qué dices? ¿No será…?
─¡Sí, es ella! ¡Está ahí! ─gritó y señaló hacia unos árboles.
La gente que pasaba por el jardín la miró con curiosidad. Álvaro se volvió. Miró en la dirección que ella indicaba pero no vio a nadie.
─Quizás pasó alguien y te confundiste ─dijo.
─¡No! Sé que era ella.
─Será mejor que regresemos a casa ─la cogió por un brazo y tiró de ella para obligarla a caminar.
─No me crees, ¿verdad? Yo no tengo la culpa si no la ves ─sollozó─. Pero sé que es Clara. Ha venido a hacerme daño. Quiere me aleje de ti, lo sé.
─¡No digas sandeces! ─pidió Álvaro con firmeza y la miró enfadado.
Mercedes se detuvo obligando que él también dejara de caminar. Lo miró con disgusto.
─Estamos en la ciudad. ¿Cómo puedes pensar que un fantasma ha venido detrás de ti hasta aquí? ─preguntó intentando contener su ira─. Ya te he dicho que ni Clara, ni mi padre, te harían daño jamás.
Mercedes quiso replicar pero sabía que sus palabras no servirían de nada. Álvaro jamás la creería. Bajó la cabeza y siguió caminando delante de él, como una niña enojada.
Antes de entrar en la mansión, Álvaro miró otra vez hacia el jardín y buscó a alguna mujer que se pareciera a Clara pero no vio a nadie similar.

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#27

27

A pesar de sus intentos, ni Álvaro, ni Francisco consiguieron tranquilizar a Mercedes, quien insistía en que Clara la acechaba desde cualquier rincón de la casa.
Tres días después del incidente vivido en el parque, Mercedes despertó una noche gritando.
Cuando Álvaro despertó vio que ella tenía un cuchillo entre sus manos y se había hecho unos cortes en una pierna.
Ella aseguró que había sido Clara quien la había herido pero, Álvaro supo que el estado de su mujer era más grave de lo que había temido.
Finalmente, se vio obligado a llamar al doctor Villacastín. El médico le dio un fuerte tranquilizante que la ayudó a dormir unas horas.
Mientras, los tres hombres se reunieron en el salón para tratar el problema. El doctor pronunció las palabras que Álvaro no deseaba escuchar pero sabía, en su interior, que era la única solución.
─Hay una casa de reposo, no muy lejos de la ciudad, donde se podría alojar una temporada ─dijo el doctor.
─¿Se refiere a un manicomio? ─preguntó Álvaro, con sarcasmo.
─No. Los tratamientos que se administran en ese lugar se alejan bastante de los que se practican en los manicomios.
─Yo creo que sería lo mejor para ella ─dijo Francisco─. Sé que es duro admitir que Mercedes tiene un problema de nervios pero cuanto antes intentemos ayudarla, más probabilidades de éxito habrá en su curación ─miró al doctor buscando su asentimiento.
─No entiendo qué ha podido suceder para que Mercedes cayera en este estado de histeria ─dijo Álvaro apesadumbrado.
─No le dé más vueltas. Lo que importa ahora es ayudarla.
─¿Cuándo debo llevarla a ese lugar?
─Cuanto antes mejor.
─La llevaré mañana ─aseguró Álvaro─. Espero que lo acepte bien ─añadió con un suspiro.

Por la noche, en el dormitorio, antes de acostarse, Álvaro se sentó cerca de la cama y contempló a Mercedes. La medicina que le había dado el doctor, la hacía dormir. A pesar de ello, su rostro estaba pálido y ojeroso pero no había perdido ni un ápice de su belleza angelical.
Abrió los ojos y vio a su esposo. Sonrió y se desperezó. Álvaro se acercó a ella y le dio un beso en los labios.
─Necesito comentarte algo ─le dijo.
Mercedes se recostó en la cama y le miró con atención. Álvaro intentó buscar las palabras correctas para que no parecieran demasiado bruscas, aunque sabía que ni todas las florituras gramaticales conseguirían que pareciese menos duro la idea de encerrar a su esposa en una casa de reposo.
─El doctor Villacastín ha sugerido que necesitas relajarte para recuperarte del todo y, cree conveniente que lo hagas en una casa de reposo.
Mercedes miró perpleja a su esposo. No podía creer lo que estaba escuchando.
─¿Quieres encerrarme en un manicomio? ─preguntó enfadada.
─No es un manicomio ─se apresuró a responder.
─¿Y qué es, entonces?
─Es un lugar donde la gente…
─¡Sé lo que es una casa de reposo! ─lo interrumpió bruscamente─. Es lo mismo que un manicomio pero tratan a la gente con más consideración porque a ese lugar solo puede acceder la clase alta. Pero sigue siendo un manicomio. ¿En verdad quieres eso para mí? ─sollozó.
─Yo quiero que te cures, Mercedes.
─¿Y crees que me voy a curar si me tratas como a un loca?
─¿Y qué quieres que haga? ─se levantó─. Yo no quiero pensar que estás locas pero tu comportamiento se aleja mucho de una persona cuerda ─comentó─. ¡La otra noche te hiciste cortes en la pierna con un cuchillo, Mercedes! ¿Te parece normal eso? ¡Temo por ti! ─se arrodilló delante de la cama y la miró a los ojos─. Podrías hacerte un daño mayor.
─¡No lo hice yo, Álvaro! ¡Es Clara quien me hace daño! ─insistió.
Álvaro la miró con gravedad. Negó con la cabeza. Mercedes lloró por la incomprensión de su esposo.
─¿Por qué no me crees? Quizás si hablases con un sacerdote podríamos encontrar una solución y no sería necesario que me pusiera en manos de loqueros.
─No hables así, por favor ─suplicó─. No quiero que te traten como si fueras una loca, solo quiero que te ayuden a comprender que tus nervios te hacen ver cosas que no existen.
─¡Qué considerado eres! ─exclamó entre sollozos amargos.
─Mercedes ─la miró dolido─. Los fantasmas no existen. Nadie puede venir del Más Allá para hacer daño a un mortal con un cuchillo. ¡Nadie!
Mercedes se dejó caer sobre los almohadones y lloró desconsoladamente. Entre hipos del llanto, lo miró y dijo:
─Llévame, pues, a ese maldito lugar. Déjame allí y permite que maten la poca cordura que me queda. ¡Oh, Dios, cuánto te odio!
─En este momento sientes rencor hacia mí, lo sé, y tus palabras no son sinceras.
─Solo sé que no te quiero menos que mañana ─dijo Mercedes─. Y en ese lugar, tal vez, deje de quererte para siempre.
Álvaro se levantó, la miró durante unos instantes y, sin decir nada más, salió del dormitorio.

Hicieron en silencio el viaje hacia la casa de reposo. Ni siquiera al despedirse de ella, Mercedes pronunció alguna palabra. Álvaro prometió que iría a verla todas las semanas. Ella se limitó a asentir y siguió a la enfermera hasta su nueva habitación.
El doctor Villacastín y Francisco habían ido con ellos pero tampoco recibieron un saludo de ella.
─Estará bien ─dijo el doctor para reconfortar a Álvaro.
─Me siento como si estuviera cometiendo el peor pecado del mundo ─dijo él.
─Sería peor si la dejases vivir en su locura ─habló Francisco.
Regresaron a la mansión de Francisco.

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#28

28

Unos días más tarde, Álvaro decidió regresar a su hogar. Solo podía visitar un día a la semana a su esposa, y le era indiferente hacerlo desde la mansión o desde la ciudad. Además, sus negocios reclamaban su atención y no podía demorar más su responsabilidad.

El verano se presentó largo y triste. Cuando iba a visitar a Mercedes, ella se negaba a hablar con él, incluso en alguna ocasión se negó a recibirlo.
El director del centro, le hacía saber que ella se mostraba apática y, aunque se sometía a los distintos tratamientos, no daba muestras de mejoría, entre otras cosas porque se negaba a hablar del problema que la había hecho vivir episodios de histeria.
─El primer paso para solucionar un problema es admitirlo. Su esposa no lo hace. Se ha retraído en sí misma y parece que todo le es indiferente. Intente hablar con ella para hacerla entrar en razón ─sugirió el doctor Villacastín, en nombre del director del centro.

Una tarde, que fue a visitarla, insistió en que pasearan por los jardines del lugar. Álvaro observó a otras personas que visitaban a sus enfermos y éstos parecían mostrarse más felices que Mercedes.
─Sé que no te gusta estar aquí y me odias por haberte traído ─dijo Álvaro, de pronto─. Pero si quieres salir de este lugar, debes cooperar con los doctores y las enfermeras para sanar. Olvídate de mí, si quieres ─se detuvo y la cogió por un brazo─. Déjame, si no soportas mi presencia… Pero intenta curarte para ser libre.
─¿Cómo puedo curarme si no estoy enferma?
─No te haces ningún bien negando la verdad.
─¿Qué verdad? ¿La tuya o la mía? Yo sé lo que vi y sé lo que he vivido. No son imaginaciones. Podría fingir que estoy loca y someterme a los tratamientos, cosa que hago, pero no lograrán su fin porque sé que no estoy loca ─levantó la voz consiguiendo que algunas personas se fijaran en ella.
─Así jamás podrás salir de aquí ─dijo Álvaro.
─¿Vas a tenerme retenida en este lugar el resto de mis días?
─Haré lo que considere necesario para tu bienestar.
─Si tanto te preocupa mi bienestar, ¿por qué no me crees?
Álvaro no respondió. No quería discutir una vez más sobre lo mismo. Bajó la mirada y ella, con desdén, se alejó de él.

Álvaro regresó a la mansión. Llegó entrada la noche y solo cenó un poco de sopa para entrar en calor. Empezaba el otoño y la humedad de las nieblas ya se hacían presentes en el lugar.
No tenía sueño, así que fue a la biblioteca, cogió un libro y se sentó para intentar leer un rato. Las letras bailaban delante de sus ojos. Tiró el libro al suelo y se levantó.
Se acercó al retrato de su padre y lo contempló. Recordó que nunca se había llevado bien con él. Lo culpaba de la muerte de su madre y, con el tiempo, se había pasado tanto tiempo borracho que era imposible tratarlo como una persona racional. Álvaro no lamentó su muerte.
Salió de la biblioteca y subió al dormitorio. Al llegar al pasillo oyó un ruido que procedía de una habitación del ala este. Escuchó atentamente y se dejó llevar por el sonido. Llegó a la habitación que había pertenecido a Clara. Hizo girar el picaporte pero la puerta estaba cerrada. Lo había olvidado. Apoyó la oreja en la puerta y alguien o algo golpeó violentamente ésta. Sorprendido, se retiró un paso. Recordó lo que le había contado su esposa y, sin más demora, se apresuró a buscar la ayuda del mayordomo.
El señor Claudio ya se encontraba en su cama cuando Álvaro lo despertó. Se levantó, entre perplejo y alarmado por la urgencia con que requería su presencia el señor.
─¿Quién tiene la llave del dormitorio de la señora Clara? ─preguntó Álvaro.
─Pues… el ama de llaves, señor ─respondió, confuso.
─Pídeselas. Te espero en el pasillo. ¡Date prisa! ─apremió.

Álvaro regresó al pasillo. Al otro lado de la puerta se podían oír golpes y murmullos de voces ininteligibles. Pensó que, o bien alguien estaba intentando asustar a los habitantes de la casa, o Mercedes tenía razón y allí sucedían fenómenos extraños.
Quería ser práctico y no dejarse llevar por ideas irracionales pero, por mucho que lo pensara, no se imaginaba a nadie haciendo ruido a esas horas de la noche, con la única intención de asustarlos. Si se tratase de algún criado, sabía que lo único que conseguiría sería perder su trabajo y buena reputación, lo que dificultaría que encontrase un puesto en una casa de buen prestigio.
El señor Claudio y el ama de llaves llegaron lo más rápido que pudieron. Miraron a Álvaro con sorpresa.
─¿Oyen esos ruidos? ─preguntó.
─Sí, señor. Es imposible no oírlos ─respondió Claudio─. ¿Qué crees que puede ser? ¿Habrá entrado algún animal salvaje?
─¿Usted cree? ─preguntó Álvaro─. Así lo espero ─añadió, sin esperar respuesta─. ¡Abran la puerta!
La señora Esther hizo girar la llave pero no se atrevió a abrir la puerta. Estaba muy asustada.
─Déjeme a mí ─pidió Álvaro y abrió la puerta. Cogió el candelabro que traía Claudio y entró en la habitación.
El mayordomo y el ama de llaves quisieron entrar pero la puerta se cerró violentamente detrás de Álvaro.
Dejó el candelabro sobre una mesa y miró a su alrededor. Algunas cosas estaban tiradas por el suelo. Los cuadros estaban descolocados y los espejos rotos.
─¡Tú! ─oyó detrás de sí y se volvió.
Para su asombro vio ante él a Clara que lo señalaba de manera acusadora, mirándolo con odio.
─¡Esto tiene que ser una pesadilla! ─dijo Álvaro.
─¡Tú! ─repitió la aparición fantasmal─. ¡Me has sido infiel!
─¿Infiel? Esto no puede estar pasando ─se pasó una mano por la frente─. Tú estás muerta.
─Prometiste que no volverías a casarte ─sollozó el fantasma.
Álvaro recordó todas las veces en que él y Clara jugaban a prometerse amor eterno y se hacían promesas imposibles de cumplir.
Afuera, los sirvientes, intentaban abrir la puerta pero les era totalmente imposible.
─No puedes volver con ella. ¡Prometiste que no volverías a casarte! ─insistió el fantasma.
─No puedes pretender que no quiera ser feliz. Tú estás muerta.
─Me debes fidelidad eterna ─dijo ella y desapareció.
Álvaro se sentó en la cama y apoyó la cabeza en las manos. No podía ser cierto lo que acababa de suceder pero sabía que así era.
El señor Claudio se cayó cuando la puerta cedió con facilidad a sus empujones. La señora Esther se apresuró a ayudarlo a levantarse.
─¿Está usted bien?
─Sí, gracias ─miró a Álvaro─. ¡Señor! ─no sabía qué preguntar viendo el destrozo que había en la habitación─. Hemos oído voces.
─Era Clara ─dijo Álvaro.
Los sirvientes se miraron perplejos. Álvaro se levantó y pasó entre ellos.
─Mercedes tenía razón ─añadió─. Clara ha regresado en busca de venganza.

Esa misma noche, Álvaro salió hacia la ciudad para ir a casa de su amigo. Necesitaba hablar con él para intentar buscar una solución entre los dos.
El señor Claudio le acompañaba en el viaje.
─Señor, permítame decirle algo…
─Hazlo.
─No sé qué ha pasado en la mansión. No sé si los acontecimientos han sido producto de nuestra mente o si en verdad hay fantasmas pero… Creo que deberíamos pedir la ayuda de un sacerdote. Si bendijese el lugar, quizás, se recuperase la paz perdida.
─Lo tendré en cuenta, Claudio. Gracias.

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#29

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Álvaro, después de desayunar algo por insistencia de su amigo, contó lo que había sucedido en la habitación de Clara.
Francisco parpadeaba confuso. No veía indicios de nerviosismo o paranoia en su amigo. Álvaro se mostraba tranquilo y sus palabras eran coherentes, a pesar de la historia realmente extraña que decía haber vivido, más típica de ser comentada por un borracho o un loco.
─En verdad es muy extravagante cuanto me dices ─comentó Francisco.
─Sé que parece una locura ─dijo Álvaro─. Yo mismo encerré a mi esposa por esto. Pero tengo testigos. El señor Claudio y la señora Esther vieron lo mismo que yo. Bueno ─hizo un silencio─, ellos no vieron a Clara. Solo escucharon su voz y los golpes.
─Te creo, Álvaro ─dijo Francisco─. Pero no por ello me deja de parecer algo ilógico.
─Debo sacar a Mercedes de ese lugar cuanto antes.
─¡No! ─negó con energía su amigo. Álvaro lo miró desconcertado─. Antes es menester acabar con esta maldición, o lo que sea. Ella estaría en peligro si regresara contigo.
─Sí, tienes razón.
─Se me hace muy extraño hablar de esto con tanta tranquilidad. Jamás pensé que tendría que analizar y buscar una solución a un problema en el que intervinieses los… espíritus.
─Yo tampoco termino de creérmelo, a pesar de haberlo vivido en primera persona. ¿Qué podemos hacer, Francisco? Me siento perdido.
─Podemos hablar con un sacerdote para que bendiga la casa pero, para erradicar a los fantasmas, quizás debamos recurrir a la ayuda de un espiritista… Sí, lo sé. A mí tampoco me gustan ─añadió al ver la cara de disgusto de su amigo─. Hay mucho charlatán y vivido en ese mundo. Y seguro que no será fácil encontrar a alguien medianamente serio, pero debemos intentarlo.
─Está bien ─aceptó Álvaro y se recostó en el sillón.
Francisco lo miró y vio la preocupación en el rostro de su amigo. Tenía los hombros ligeramente caídos, como si estuviera soportando una gran carga.

Al día siguiente, los dos hombres se dirigieron a un edificio central donde tenía su sede la Fundación de Espiritistas. Subieron al segundo piso y, tras cruzar el pasillo, se adentraron por una puerta donde se podía leer el nombre de lugar en un cartel negro con letras doradas.
Al contrario de lo que esperaban, el interior estaba decorado con muebles modernos y los tapizados eran de colores claros, así como la pintura de las paredes. Algunas plantas situadas en lugares estratégicos, concedían un aire fresco y agradable al lugar.
Una mujer de mediana edad se acercó a ellos y los recibió con una gran sonrisa. Se presentó como la secretaria.
Francisco comentó por encima el problema para pedir hablar con alguien que pudiera ayudarlos.
─Les pasaré con la señora Teresita ─dijo la secretaria─. Ella sabrá qué hay que hacer en estos casos. Disculpen un momento, por favor.
La secretaria se ausentó un momento, tras el cual, regresó para indicarles que podían pasar a un despacho.
Fueron recibidos por una mujer más joven de lo que esperaban. Vestía de manera elegante.
─Sean bienvenidos, caballeros. Por favor, tomen asiento y cuéntenme qué problema han tenido con el Más Allá.

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#30

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Francisco aconsejó a su amigo que fuera a visitar a Mercedes después de la sesión espiritista que haría en la mansión la señora Teresita.
La sesión se iba a iniciar en el salón de la mansión de Álvaro y estaban presentes, además de él, Francisco y la señora Teresita, el ama de llaves, el mayordomo y un ayudante de la espiritista.
Siguiendo las instrucciones de la señora Teresita, Esther cerró las cortinas y encendió las velas de varios candelabros. Antes de sentarse a la mesa se santiguó, intentando ser discreta. No le gustaba lo que estaba haciendo pero había accedido a participar en la sesión espiritista para ayudar a su señor.
En el centro de la mesa, que estaba cubierta por un mantel oscuro, había una vela encendida. La señora Teresita pidió que se cogieran de las manos y cerró los ojos. A su derecha estaba sentado Álvaro y a la izquierda su ayudante.
Su respiración empezó a ser más profunda. Álvaro miró con escepticismo a su amigo, que estaba frente a él, y la espiritista, al darse cuenta de ello, le apretó la mano para que se centrara.
Transcurrieron unos minutos que a Álvaro se le hicieron eternos. La señorita Teresita abrió los ojos y miró hacia arriba.
─Sí, puedo sentir unas presencias. Los espíritus de esta casa no descansan en paz porque han muerto sintiendo angustia, odio… miedo. Veo a un hombre mayor que se parece mucho a usted, señor Álvaro ─miró a éste─. Ese hombre no le quiere. Le culpa de algo que no consigo entender… ─volvió a cerrar los ojos para concentrarse─. ¡Oh, sí! Está convencido de que usted ha matado al amor de su vida… Supongo que se referirá a la madre de usted ─miró nuevamente a Álvaro─. ¿Cómo se llamaba su padre?
─Jacinto.
─Intentaré persuadirle para que vaya hacia la luz e intente encontrar la paz eterna ─cerró los ojos y sufrió una convulsión─. Jacinto… Jacinto… Sabes que estás muerto. Ya no puedes permanecer entre los vivos. Abandona esta casa y busca a tu amor entre los muertos. Ella no está aquí… Deja de molestar a tu hijo. Él te recordará con amor y rezará por ti.
Álvaro pensó que no haría ninguna de las dos cosas que proponía la espiritista. Su padre había sido malo con él y no le tenía cariño, ni guardaba buenos recuerdos de él.
─¿Cree que le hará caso? ─preguntó aun sabiendo que no debía interrumpir la sesión.
─Es un hombre que guarda mucha maldad pero parece dispuesto a irse. Aunque hay una mujer que lo retiene aquí. Quiere alimentarse de la maldad de él para incrementar la suya y molestarlo a usted ─miró a Álvaro─. Esa mujer le guarda rencor… Y sí, es su primera esposa. Está aquí, entre nosotros, a su lado, señor Álvaro… Clara, ¿por qué insistes en permanecer entre los vivos si estás muerta? ¿Por qué no quieres que Álvaro sea feliz? ─guardó silencio un rato, tras el cual, empezó a hablar con una voz gutural, profunda, que no se parecía nada a la suya propia─. Álvaro prometió que me sería fiel eternamente… Ha roto el compromiso y debe rectificar. ¡No puede ser feliz si yo no estoy a su lado! ─gritó.
Se levantó un viento en la estancia y se apagaron las velas. La señora Esther profirió un grito. El mayordomo se apresuró a abrir las cortinas. El ayudante de la señora Teresita se interesó por su bienestar. Ella asintió con la cabeza para indicar que estaba bien, aunque su aspecto era de desfallecimiento.
─Será difícil echar a esa mujer, señor Álvaro. Tiene mucha fuerza. Y odia a su nueva esposa.
─¿Y qué puedo hacer?
─Haremos una limpieza del áurea de esta casa. Y luego… ─le miró fijamente─. Solicitaremos la ayuda de un sacerdote, de lo contrario, mucho me temo que no le dejarán en paz los fantasmas.

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#31

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En los días sucesivos, la mansión se llenó de gente que hacía ritos extraños para limpiar la casa de las influencias de los malos espíritus. La señora Teresita y sus ayudantes, quemaban incienso, sal, y rezaban diferentes oraciones, algunas no eran conocidas.
Después trajeron a un sacerdote que bendijo la casa, habitación por habitación.
Una vez terminaron los rituales, Álvaro y Francisco fueron a la casa de reposo para sacar de allí a Mercedes. Los acompañaba el señor Claudio.
El director del centro se apresuró a recibirlos cuando fue avisado por una enfermera de la llegada de los hombres.
─¿No han recibido mi telegrama?
─¿Un telegrama? No. No hemos recibido nada. Quizás llegó cuando salimos de la casa ─respondió Álvaro.
─Hace unos días, la señor dejó de comer y su salud se ha resentido de manera muy preocupante.
─Quiero verla, ya ─dijo Álvaro, con firmeza.
El director asintió y, junto con la enfermera, acompañaron a Álvaro hasta la habitación donde se encontraba Mercedes.
Estaba sentada en un sillón. Miraba hacia la ventana pero, parecía tan ausente, que seguramente no veía nada más que sus pensamientos. Álvaro se arrodilló ante ella y cogió sus manos entre las suyas.
─Mercedes… Perdóname ─susurró─. Por favor, perdóname por no haberte creído.
Mercedes lo miró y retiró una mano para acariciarle la cara pero no pronunció palabra alguna.
─Tenías razón y me negué a creerte ─sollozó─. Lo siento, mi amor. Lo siento mucho.
Se inclinó sobre él y le dio un beso en la cabeza.
─Shhh… No importa. Ya pasó todo.
─¿Lo sabes?
Ella asintió. Había soñado con Clara. En su sueño la vio alejarse de la mansión, después de pedirle perdón.
─Llévame a casa, mi amor ─le pidió. Álvaro sonrió y la besó en los labios.

FIN

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Hace alrededor de 2 meses

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IndigoDolphins_73
Rango11 Nivel 54
hace alrededor de 2 meses

Procuro ser sincera en mis comentarios @anamar26, por respeto a la persona que los recibe y porque a mí me gusta lo mismo y es lo que espero encontrar. Me gustó tu historia, ya lo mencioné antes, es muy rica en detalles y muy cuidada en las formas. Vas construyendo la trama con mimo, para crear una atmósfera de misterio y lo haces tan bien que hasta se siente el frío y la niebla, pero según se acerca el final va perdiendo fuerza. Bajo mi punto de vista, creo que se debe a que, si bien al principio te centrabas más en Mercedes, en los últimos capítulos lo hiciste en Alvaro. Y era ella la que veía fantasmas, así que la cosa se desinfla. Como lectora, me sentía alejada de la historia, no por mí, era la historia la que parecía echarme fuera. Y de todas las partes, es la última la única que no me ha gustado, por apresurada (te saltas casi todo el ritual), por incompleta (no llegué a saber qué pasó con el padre, ni por qué estaba ahí) y por el rollo insulínico que resultó poco creíble (ella estaba dolida, eso no se pasa con un lo siento y un besito).
Siento que tal vez peco de crudeza pero espero sepas apreciar la buena intención.
Un saludo @anamar26. Espero que estés mejor de salud, que no te he dicho nada. Espero también nuevas historias. Nadie publica nada por aquí en relato largo, que tenga la suficiente calidad y mantenga mi interés hasta el final. Sé lo difícil que es acabar una historia, y aunque en este caso, haya quedado algo coja, aprecio sobremanera el esfuerzo.
Tienes en mí a una admiradora de tu trabajo.

anamar26
Rango9 Nivel 40
hace alrededor de 2 meses

Te doy la razón en todo @IndigoDolphins_73 . Sé que he apurado la historia y me dejé en el tintero algunas respuestas pero, por motivos de salud, decidí apurar la historia y haré una pausa, creo que larga, hasta la próxima publicación. Muchas gracias por leerla y por tus comentarios. Feliz mes de Diciembre.