becaglnd
Rango1 Nivel 1 (6 ptos) | Redactor Becario
#1

SINOPSIS:
Mabel es una chica con problemas, o eso cree ella hasta que alguien le abre la mente y la intenta enseñar a que no le importe lo que opinan los demás. Aunque...uno nunca sabe lo que tiene hasta que lo pierde.

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#2

CAPÍTULO 1:
Un chillido me despierta. Abro los ojos. Miro al techo. Suspiro. Cierro los ojos y me paso la mano por encima, restregándomela en ellos. Bostezo mientras me estiro y pestañeo un par de veces. No me apetece levantarme de la cama pero como no lo haga ese animalillo no se va a callar nunca.

Me levanto, me dirijo hacia la puerta y la abro, voy andando descalza por el pasillo, cruzo el salón hasta que llego a la cocina y abro la puerta de la nevera. Busco la bolsa del mix de lechuga y me cuesta encontrarlo por culpa de las legañas que todavía tengo, me restriego otra vez la mano en los ojos y meto la mano en el cajón de la verdura aver si hay suerte y...¡BINGO!, ya la tengo.

Voy hacia el salón y abro la jaula de la cobaya, que hoy está bastante gritona y echo un puñado sin mirar la cantidad porque me muero de sueño. Cierro la jaula y dejo el mix cerrado encima de la mesa del salón, ya se ocupará otro de guardarla. Me dirijo a mi habitación y me vuelvo a meter en la cama, más bien a tirar en la cama, porque estoy que me caigo.

Cuando estoy apunto de dormirme alguien abre la puerta y sube las persianas y por los pasos sé que es mi madre, por lo que es imposible que me vuelva a dormir.

Gruño con la boca en la almohada, porque real que me estoy muriendo de sueño, pero eso a mi madre no le importa.

—Venga levántate que hoy tenemos muchas cosas que hacer—dice mi madre.

Gruño otra vez porque no tengo intención de levantarme, pero ella viene, me destapa y un escalofrío me recorre de arriba a abajo, porque en verano, estar ya no estamos y voy con pantalones cortos de pijama y arriba una camiseta corta de mi padre.

Estoy tan en desacuerdo con la idea de levantarme que la digo:

—Mamáaaa, hoy no puedo, de verdad, me muero de sueño.

—Pues eso quiere decir que te tendrás que acostar más pronto.

—Sí, claro....

—¿A qué hora te acostaste ayer?, no puedes estar acostándote tan tarde. Te recuerdo que mañana ya te tienes que levantarte temprano.

—Por Dios mamá, no me lo recuerdes—la digo mientras me levanto de la cama y voy otra vez a la cocina, pero esta vez para prepararme el desayuno.

—Sabes que lo que te digo es cierto y que como sigas así te va a costar levantarte el doble—dice detrás de mí.

Suspiro. Mi madre tiene razón. He estado esta última semana de vacaciones saliendo hasta las tantas, pero es que eran las fiestas de la ciudad de al lado y a mi me gustan mucho las fiestas...y el bailoteo, tenía que aprovechar la semana y punto. Ya empezaré a acostarme más pronto a partir de mañana y eso es lo que le digo a mi madre, que afirma con la cabeza mientras se hace una coleta con su pelo castaño claro.

Desayuno un par de tostadas de pan de centeno con hummus de aceitunas, invento de mi madre como no, pero he de reconocer que está bueno, junto con un vaso de bebida de arroz, que estoy intentando ser más sana respecto a la comida, repito que es un intento porque cuando una pasa por una hamburguesería intentando ser sana..., se puede cometer un pequeño desliz.

Vuelvo a mi habitación cuando una de las puertas a mi izquierda se abre y sale Maya con un nido de avestruz en el que dudo que se pueda sacar un peine de ahí.

—Ya era hora de que te levantaras, ¿no?—la digo de pasada.

Maya me ignora directamente y se dirige al baño.

—¡No tardes mucho que ahora me voy a duchar!—la digo para que se dé prisa. No recibo respuesta por su parte. Suspiro, desde que está en secundaria está mucho más borde de lo normal, y si a eso le sumas que acaba de entrar en la edad del pavo..., lo que hay que aguantar. Yo con 14 años también estaba inaguantable, he de decirlo, pero no tan borde.

Voy pensando en los cambios que le quedan por dar a mi hermana mientras preparo la ropa que me voy a poner tras la ducha, ya que se avecina una avalancha de recados.

Cuando me dirijo a la cocina para preguntar a mi madre si ha visto mis pantalones Levi's skinny, echo un vistazo antes en la habitación de mi hermana, porque aparte de estar borde, de vez en cuando me roba alguna que otra prenda, pero no veo nada, así que hago lo mismo en la habitación de mis padres pero la habitación está a oscuras. Enciendo la luz y veo que la gran cama está deshecha pero vacía, así que me acerco a la ventana, la abro y subo la persiana para que se airee la habitación, que huele un poco a muerto. No veo mis pantalones por ningún lado así que salgo de la habitación y mientras cruzo el salón alguien habla.

-Buenos días pastelito.

Giro sobre mis talones y veo a mi padre sentado en el sofá acariciando a Tusso, que ronronea encima de sus piernas pidiéndole más caricias.

—Buenos días papá—le digo mientras me acerco y le doy un beso en la mejilla.

—¿Qué tal lo pasaste anoche?—me pregunta mientras alcanza el mando de la tele y la enciende.

—Muy bien, bailamos y cantamos mucho—le explico mientras me siento a su lado con las piernas cruzadas como los indios.

—¿Bebisteis algo?, ¿quienes os acompañaban?

—A ver, yo me pedí una coca cola, pero probé un poco de lo que se cogió Sandra—le digo mientras miro al hombre del tiempo dar el pronóstico para mañana, por lo visto va a hacer bastante aire.

—¿Y que se pidió Sandra?, ¿llevaba alcohol?—me pregunta mientras me gira la cabeza para que le mire a los ojos.

Los pongo en blanco mientras suspiro y miro hacia mis manos y le digo que sí. Él también suspira y niega con la cabeza mientras se vuelve a recostar en el respaldo del sofá.

—¿Por lo menos te has fijado en cómo lo hacían?—me pregunta mirando a la televisión.

—Claro, papá.

Sé que no le gusta que beba alcohol, no solo porque todavía no tengo los 18, sino por lo que ocurrió tiempo atrás, pero ahora no quiero pensar en ello. Intento que el tema no tire en esa dirección así que le cuento que más hicimos.

—Luego llevamos a Sandra hasta su casa y Pablo me acompañó hasta aquí. Nada más.

—¿Nada más?—me pregunta con mirada excéntrica.

—Por Dios papá, ¿qué puede pasar?, solo es Pablo—le contesto exasperada. No sé que le pasa a todo el mundo con Pablo y conmigo. No hay nada ente nosotros. Yo no siento por él nada más que una profunda amistad y él seguro que siente lo mismo, pero todo el mundo opina o lo susurra por lo bajini, que haríamos muy buena pareja y tal. Ya no sé como decírselo a la gente, así que simplemente he dejado de intentar explicarlo. Ya sé que Pablo es guapísimo, no estoy ciega, pero yo no le veo de esa manera y punto.

—Vale, vale, solo preguntaba—dice mientras acaricia a Tussie, su apodo cariñoso—ese chico me cae muy bien, ¿sabes?- me pregunta mientras me mira a los ojos.

En ese momento oigo cómo se abre la puerta del baño y me levanto excusándome con que me tengo que duchar, aunque si lo pienso solo es la verdad.

Veo a Maya salir del baño con la cara ya lavada y el pelo liso peinado en una coleta baja.

Entro a mi habitación para coger la ropa y me doy cuenta de que no le he preguntado a mi madre por mis vaqueros, así que dejo la ropa en el baño, cruzo el salón y llego a la cocina, donde mi hermana se está preparando un Cola Cao y mi madre está haciendo pisto para la hora de comer.

—Mamá, ¿has visto mi vaquero de Levi's?—la pregunto mientras me dirijo a la mini-terraza interior para mirar si está en el tendedero.

—Sí cariño, está en la secadora pero mira a ver que estén bien secos.

Me acerco y allí están metidos, los saco y vuelvo al baño porque veo que como no me duche ya al final me entra la pereza y no lo hago.

Entro al baño y al mirarme al espejo pienso en lo diferentes que somos mi hermana y yo.

Para empezar yo soy bastante más alta que ella, mido alrededor de 1'72, la saco como unos 7 centímetros. Yo tengo el pelo muy rizado y castaño oscuro, ella lo tiene liso y del mismo color que el de mi madre. Mi nariz es como un pegotito y la suya es fina. Yo tengo los labios carnosos y mi hermana los tiene mucho más finitos. Mi tono de piel es chocolate y Maya es bastante blanquita. Lo único que tenemos en común son las pecas de la cara y los ojos de nuestra madre, marrones verdosos. Vamos, que no parecemos ni hermanas.

A mí me da igual si nos parecemos o no la verdad, pero luego está la gente que comenta por lo bajini y eso sí que no me gusta nada.

Me deshago el moño he intento desenredar esa masa que tengo en la cabeza y viendo que es imposible, me desvisto y me meto en la ducha.

Me encanta el aguan caliente, enserio, si fuera por mí no saldría nunca aunque me terminara cociendo. Me lavo el pelo, me enjabono el cuerpo y tras cerrar el grifo de la ducha, cojo la toalla y me envuelvo el cuerpo con ella. Salgo de la ducha y me empiezo a secar. Busco la crema de papaya que tanto me encanta y me la aplico de pies a cuello. Me pongo un culotte que me encanta y un sujetador de encaje sin aros, de estos que tanto se llevan ahora, y me pongo el jersey blanco que he elegido antes y mis vaqueros Levi's. Me desenredo el pelo, me hago la raya a la izquierda y cojo el bote de gel y el secador que hay en el armario que está debajo del lavabo. Cojo bastante cantidad de gel y me lo distribuyo por todo el pelo para definir mis rizos y enchufo el secador para secarme el pelo.

Tras terminar de secarlo salgo del baño, voy al salón y veo que ya están todos listos para irnos. Así que cogemos bolsas de tela para la compra y nos dirigimos a la puerta de entrada, para dar comienzo a una mañana de recados.

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#3

CAPÍTULO 2:

Tras bajarnos del coche entramos al supermercado y hay que reconocer que a lo mejor hoy no era un buen día para venir a comprar; está petadísimo, cómo se nota la vuelta al cole.

Ni siquiera carros a la entrada así que vamos mirando si hay alguno en caja, y vemos uno a lo lejos así que voy corriendo a por él y justo cuando parece que llego a alcanzarlo, choco contra algo o mejor dicho alguien.

El choque, que ha sido lateral, hace que pierda el equilibrio y cuando parece que me voy a caer al suelo, un brazo me rodea y sujeta por la cintura. Al mirar hacia arriba veo los ojos más azules que he visto en la vida. Me quedo embobada mirándole hasta que me pone derecha y me quedo parada, mejor dicho, anclada en el suelo. Sigo mirándole la cara y noto que el chico me está hablando.

—¿Qué?....—pregunto todavía idiotizada.

—Que si estás bien.

Al escuchar su voz tan grave, tan masculina suspiro. Y entonces me doy cuenta de que llevo un rato mirándole. Me aclaro la voz.

—Sí, claro....yo...perdón, no te había visto.

—Ya, ya me he dado cuenta de que ahora sí —, dice con una sonrisilla chulesca— bueno, siento haberme chocado contigo pero el carro me lo llevo yo.

Y ahí me quedo, mirándole como una idiota y dándome cuenta de la situación cuando oigo que Maya me llama a gritos mientras se acerca.

—¡Mabel!, ¿y el carro?—pregunta cuando se ha parado a mi lado mientras jadea por el esfuerzo.

—Se lo ha llevado.

—¡¿Qué?!, ¡¿quién?!

—Un chico, que creo que me estaba vacilando—, digo pensando en las dos frases que hemos cruzado- ¡será capullo!

—Bueno, ya da igual, se lo ha llevado—dice mientras suspira—será mejor que volvamos.

—Sí, será lo mejor, ahora tendremos que buscar otro.

Justo en ese momento, una señora que ha debido de ver lo que ha sucedido me da su carro porque ya ha colocado las cosas en la cinta de la caja. Se lo agradezco y cojo el carro. Volvemos a la entrada donde solo está mi padre, mi madre ya habrá entrado.

La encontramos en el pasillo de los cereales y cuando me fijo bien en quién está a su lado pero prestando atención a la estantería contraria, me detengo y cojo a Maya por el brazo. La paro cuando iba a meterse en el pasillo.

—Ey, ¿qué haces?—me pregunta Maya con el ceño fruncido.

—Es él.

—¿Quién es qui—me pregunta mirando a donde le señalo—aaaaaaaaah, ya lo entiendo. Por eso te ha quitado el carro, ¿no?—. La miro sin entender.—Que te has quedado mirándole porque está bueno y se ha aprovechado de tu cara de embobamiento.

La chisto para que no siga hablando porque no es que hable bajito precisamente y el chico puede haberla escuchado.

—No digas tonterías, me he chocado contra él y casi me la piño. Ha sido el susto lo que me ha paralizado.

—Ya, claro.

Suspiro porque no hay quien la soporte y justo en ese momento el chaval se gira y nuestros ojos se encuentran. Viene en mi dirección y pongo una mirada seria que tira más hacia el enfado. Él pasa por mi lado y me lanza una mirada altanera. Me muerdo la lengua y aparto la vista de él cuando me llega un aroma como a...a...no sé, a tío bueno. Me giro disimuladamente y diviso un trasero que ya le gustaría a más de uno. Justo en ese momento gira la cabeza y me pilla mirándole, me guiña un ojo y se marcha a la zona de las cajas. Que calores me han entrado. Uf. Respiro hondo e intento calmarme. Por Dios, si solo me ha guiñado un ojo.

Pasamos media hora más en el supermercado y yo inconscientemente le busco pero no le encuentro. Sin embargo me encuentro con una mirada de ojos negros. Se acerca a saludarme y nos damos un abrazo. Mi padre que ha debido de vernos, viene, le saluda y empiezan a hablar sobre el partido de baloncesto del viernes pasado. Nos despedimos de él, que me da un beso en la mejilla, demasiado cerca de los labios. Me alejo un poco de él y le miro con el ceño fruncido, se da cuenta de lo que ha hecho, se pone derecho, como un tomate y sigue con su compra.

Cuando llegamos a casa cargados con la compra, mi madre se acerca y me susurra a la oreja:

—¿Tú y Pablo?

—No es lo que tú crees.

Mi madre me mira como si estuviera inspeccionando mi cara, pero al no encontrar nada se rinde y empieza a sacar cosas y aguardarlas, todos lo hacemos.

Cuando hemos terminado ya es la hora de comer. Mientras Maya pone la mesa, me palpo los bolsillos de los vaqueros y entonces me doy cuenta de algo...¡el móvil!, ¡cómo se me ha podido olvidar! Voy corriendo a mi habitación y lo encuentro encima del escritorio, lo cojo aliviada de haberlo encontrado y pulso el botón central, pero no se enciende, se habrá quedado sin batería. Lo conecto al cargador y espero, mientras me cambio y me pongo algo más cómodo, a que se cargue un poco. Cuando termino, enciendo el móvil y pasados un par de minutos recibo unos cuantos mensajes, dos llamadas perdidas y una...¿de Pablo?

Me meto a ver los mensajes. Casi todos son del grupo que salimos ayer de fiesta, un par de Sandra preguntándome que si he llegado a casa y uno de Pablo diciéndome que quiere que hablemos...¿que quiere que hablemos? Espero que no sea sobre lo del beso del super, supongo que ha calculado mal la distancia. Lo que me preocupa es que mi madre, que lo ha visto, se lo diga a papá y que él se lo diga a Juanjo, su gran amigo desde que llegamos aquí y padre de Sandra, y eso me preocupa porque, aunque Sandra se piense que yo soy tonta, veo cómo mira a Pablo.

Decido mandarle un mensaje a éste para que quedemos para dar una vuelta esta tarde y así poder hablar y solucionar el pequeño desfortúnio de esta mañana, porque aunque pienso en ello como una tontería, ya tengo la mosca detrás de la oreja.

Pablo me responde y quedamos a las cinco en la entrada al muro que rodea la urbanización.

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#4

CAPÍTULO 3:
Como deprisa y friego a toda velocidad para poder meterme en mi habitación y leer hasta que me vaya a ir. 

Estoy leyendo en la tablet una novela en la que la protagonista es una ladrona y se enamora del tío al que va a robar, se supone que está basada en hechos reales, pero no sé si creérmelo. En todos los libros que leo pasa lo mismo; la pareja siempre termina junta y creo que eso es algo que no representa a la realidad. No es que no crea en esos finales felices donde los protagonistas terminan juntos luchando contra sus mierdas, se van a vivir juntos, se casan y tienen hijos, pero es que no lo veo muy realista. Pienso que realmente no tienen problemas serios. Por si no os habéis dado cuenta, me encantan las novelas románticas, lo digo enserio aunque me pase media vida criticándolas, porque es como vivir una vida que al fin y al cabo pienso que yo nunca voy a vivir. Sí, soy algo dramática, pero es algo que siento de verdad. 

Se me pasa el tiempo volao y cuando me doy cuenta, quedan cinco minutos así que me pongo las zapatillas corriendo y ya estoy cruzando el salón cuando oigo a mi madre decirme que me lleve la basura. La cojo todo lo rápido que puedo y salgo pitando de casa. 

Cuando paso por los cubos de basura, lanzo la bolsa teniendo la mala suerte de que ésta se rompe por la mitad y salen volando rodajas de melón y muchas más cosas. Gimo de rabia porque voy a llegar tarde. Miro a mi alrededor pensando que a lo mejor tengo suerte y no me ha visto nadie, entonces podría irme y que echen la culpa a otro, pero mis ojos se encuentran con los de Eugenia, una vecina un poco cascarrabias, así que resoplo y recojo todo lo que ha salido de la bolsa, que es asqueroso, y busco otra vez la mirada de mi vecina, que me dirige una afirmación apenas perceptible y salgo cagando leches ya, porque al final con la tontería llego diez minutos tarde.

 Cuando estoy llegando al cruce de salida, siento mi móvil vibrar, lo saco y veo que es Pablo. Me dice que se tiene que ir a ayudar a su tía a la ciudad, que mejor lo dejemos para otro día. Me paro de sopetón en la acera y maldigo a la bolsa de basura y a Eugenia por haber estado allí. 

Cuando me voy a girar, veo a alguien en la acera de enfrente y me quedo muda. ¡Es el chico que me ha robado el carro esta mañana! No esperaba encontrármelo aquí, casualmente, pero mírale, ahí está, andando mientras sonríe por algo que está leyendo en su móvil. Como no tengo nada que hacer ya que mis planes se han esfumado, decido seguirlo. Cruzo a su acera cuando veo que esta a unos veinte metros de distancia. Ando detrás de él imitando su acción, así parezco menos sospechosa, o eso quiero creer.

Lo sigo durante unos diez minutos y veo que gira en la siguiente calle. Espero un par de segundos para pasar por la misma esquina y cuando lo hago, ¡sorpresa!, me choco con alguien. Y supongo que ya sabrás con quién. Me giro rápidamente intentando escaquearme pero me coge del brazo para pararme y me apoya contra la pared del muro de una casa, quedándome entre él y el muro.

—¿Por qué me sigues?—dice mirándome con intensidad.

—Suéltame.

—Lo haré cuando me digas porqué me estás siguiendo.

Le miro a los ojos con enfado e intento librarme de su agarre de un tirón, pero es en vano.

—He dicho que me sueltes—. Siseo.

Me mira lo que a mí me han parecido horas y veo el desconcierto mezclado con socarronería.

—¿Enserio crees que no sé que llevas siguiéndome como unos diez minutos?—dice mientras me suelta del brazo pero sin agrandar la distancia, más bien la achica. 

Empiezo a respirar casi de manera artificial, porque no sé que tiene este chico pero es hipnotizante, e intento hablar.

—Yo..., esto...—no me da tiempo a decir nada porque me corta diciendo una gran gilipollez.

—No te preocupes, estoy acostumbrado a que las chicas me persigan, no lo puedo evitar.

Salgo de mi letargo y le empujo con ambas manos, esta vez sí se separa.

—¡Eres un creído!—le digo elevando la voz—y no te estaba siguiendo, simplemente habrán coincidido las trayectorias o vendremos del mismo sitio, yo que sé.

Él me mira con el ceño fruncido, colocándose la chaqueta.

—Ya, es posible. Mira, no tengo tiempo para estas chorradas—dice mientras se gira y me deja con la palabra en la boca.

¡Ya es la segunda vez que lo hace! Me giro enfadada y decido que es hora de volver a casa. 

Ese tío se lo tiene muy creído, pero lo que no entiendo es lo que provoca en mí. Aunque reconozco a regañadientes que está muy bueno, es un tío normal, más bien un don Juan; un mujeriego.

Lo mejor será que me olvide de él, total, no quiero tener nada que ver con él. Intentaré esquivarle cuando le vea, si es que lo hago otra vez, y todos contentos.

Mientras vuelvo a casa, decido mandarle un mensaje a Sandra para ver si está libre y hacer algo juntas la última tarde de domingo libre que vamos a tener hasta las vacaciones de Navidad. Me contesta que sí y cambio el rumbo hacia su casa.

Cuando llego, me recibe con un abrazo y me hace pasar. 

Sandra y yo somos amigas desde que mi familia llegó aquí, cuando yo tenía cuatro años. Estaba en el parque con mi madre y mi hermana, que tenía casi un añito, cuando decidí que me quería montar en el balancín. Como mi madre estaba más pendiente de Maya y no podía montarse conmigo, apareció una niña con el pelo castaño y grandes ojos color miel que me dijo que ella se montaría conmigo. Llevábamos cinco minutos cundo cogimos intensidad, demasiada. Sandra salió volando del columpio y se dio un golpe en la frente con las escaleras para subir al tobogán. Empezó a llorar, más bien berrear, y su padre llegó corriendo y yo preocupada la di una de mis tiritas de Disney. Desde entonces somos inseparables.

Vamos a la cocina y saco de la nevera una lata de refresco y cuando me giro, intento contener una sonrisa al ver el flequillo recto que lleva Sandra. Ésta me mira y me pregunta con curiosidad:

—¿De qué te ríes?

—Me acabo de acordar de cómo te hiciste la cicatriz—. La digo sin poder contenerme apenas.

—No me pienso quitar el flequillo en la vida.

Las dos estallamos en carcajadas y sé que lo dice de verdad. 

Me aclaro las lágrimas que se me han escapado por las esquinas de los ojos y nos dirigimos al salón. Por lo visto ya lo ha preparado todo; un par de bolsas para picar y nuestra serie favorita del momento. Nos quedan cuatro capítulos para terminar la segunda temporada y tengo un montón de ganas de saber si Polo confiesa, o si alguien pilla a Cayetana limpiando casas.

A las dos horas decidimos parar y estirarnos un poco para no quedarnos entumecidas. Y le suelto a mi amiga:

—Oye, ¿sabes si hay alguna familia nueva aquí o algo?

—¿Aquí en La Plazoleta?—me responde Sandra sorprendida.

—La verdad es que no lo sé pero ¿a qué viene esa pregunta? 

—A nada, solo que me he encontrado a una persona varias veces y hoy hemos tenido un encontronazo y me pregunt—no me deja terminar la frase, porque cuando ha escuchado lo de encontronazo ha puesto cara seria y me ha interrumpido.

—¿Encontronazo?, ¿con quién?

—Si conociera a esa persona no te lo hubiera preguntado—la respondo suspirando—, di, ¿sabes algo?

—Puede pero cuéntame que ha ocurrido.

Se lo cuento todo, empezando por el robo de mi carro en el super. Cuando termino, tiene los ojos abiertos como platos y estalla en carcajadas. 

—Osea, ¿me estás diciendo que te has encontrado con un buenorro un par de veces y que se cree que le estás acosando aunque la verdad es que sí le estabas espiando?—más carcajadas.

—Si lo llego a saber, no te digo nada—bufo.

Se calma y respira hondo un par de veces.

—Vale, vale. He escuchado que el hijo de Julio iba a venir esta semana pero no sé si será él.

—No sabía que Julio tuviera un hijo.

—Pues resulta que sí, y encima es de la costa.

—¿Y eso qué quiere decir?

—Piel tostada por el sol, pelo aclarado por el sol, ¿hará surf? Vamos, que tiene que estar bueno sí o sí.

Me quedo pensativa un par de segundos y entonces lo confirmo.

—Entonces tiene que ser él. Las veces que le he visto si que he notado que tenía la piel como bronceada.

—Pues ya sabes—dice Sandra—, aprovecha y tírale la caña antes de que otra se cuele y lo haga. Si está tan tremendo como tú dices debes darte prisa.

—Pero, ¿en qué momento he dicho que esté interesada en ese capullo?— La digo indignada.

—Si no lo haces tú, lo haré yo.— me dice mientras se recoloca en el sofá.

La miro con el ceño y los morros fruncidos y la pregunto directamente:

—Pero, ¿tú no tenías algo con Guille?

—Eso está más que acabado, además, solo nos hemos liado un par de veces y ya sabes..., también hemos hecho—la corto porque no quiero seguir escuchándola y se lo hago saber.

—Por Dios Mabel, ¿sabes que por escuchar las palabras acostarse, echar un polvo o follar no vas a dejar de ser virgen verdad? Tranquila, tu flor está a buen recaudo.—me dice burlona.

—No me jodas Sandra, ¿otra vez con eso?—la pregunto bastante molesta—Sabes que me da igual que lo digas, pero no quiero saber detalles "íntimos" de Guille. Además, que todavía no haya experimentado con chicos no quiere decir que no esté interesada ¿sabes?—la digo con más intensidad de la que pretendía.

Sandra me mira ojiplática y se le empiezan a levantar las esquinas de los labios.

—Así que...finalmente lo admites.

—¿El qué?—Que te interesa el género masculino y el sexo.

—En ningún momento he dicho que no me gustaran los chicos, Sandra.

—No sé, ya empezaba a pensar que eras asexual o algo. Nunca te he visto con un chico y la verdad es que me encantaría que experimentases porque te lo pasarías genial, de verdad.—me dice con cariño.

Aparto la mirada. El problema no es ese, nunca lo ha sido en realidad. A mí me han gustado bastante chicos pero ellos nunca se han sentido atraídos por mí. No creo que Sandra lo entienda, porque siempre hay un tío detrás de ella. Para los chicos, menos Pablo, siempre he sido la amiga de Sandra y si alguno se me acercaba, era para preguntarme por ella. Suspiro con resignación porque sí, se puede d

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