Ensambrunao
Rango5 Nivel 20 (440 ptos) | Escritor en ciernes
#1
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  • #2

Dicen que tengo una manía muy fea: mirar fijamente a los ojos. Al deambular de nuevo por Leal busco las miradas conocidas por las calles peatonales. Los observados cuando se percatan, y casi siempre suele ocurrir a corta distancia, no suelen aguantar mucho tiempo el intercambio; huyen rápido con la suya hacia el acerado, hacia un ruido repentino, hacia una parte de su cuerpo o algún accesorio en el mismo –el reloj suele ser muy recurrente en estos casos-, y cómo no, hacia los escaparates de las tiendas, incluso los de las que ya no tienen actividad. Hoy sólo me estoy topando con desconocidos, aunque en un pueblo todo habitante está relacionado con tu pasado. Porque Leal es un pueblo, por mucho que tenga el estatus de ciudad, otorgado en aquellos gloriosos años por personajes inmortales, de los que habitan en los libros. Los desconocidos son los únicos que han conseguido alguna vez que no soporte un intercambio de miradas, cuando la inseguridad me hace creer que mis pupilas están tan abiertas como para mostrar mi alma, tal y como ocurre cuando estás colocado y los ojos se tornan negros,...

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Ainerface
Rango8 Nivel 36
hace alrededor de 4 años

Muy bueno. No sé si has dejado ahí la historia o los caracteres han sido insuficientes, pero toda mirada que se escabulle me intriga. Espero leer más en breve.

umma
Rango4 Nivel 19
hace alrededor de 4 años

muy bello,yo soy una de esas que mira a los ojos y de los que la gente se escapa jjaja


#2

...y los ojos se tornan negros, todo pupilas, en busca de la luz que te guíe hacia un camino del que no te enteras.

Pero ésto hoy no ha ocurrido. No estar colocado, sino inseguro ante un desconocido. Tampoco ante una conocida. Por fin me topo con alguien de mi pasado. María Antonia, creo, viene con paso firme marcando su andar a taconazo limpio. Flores llenan su vestido. Toda una señora, recta, digna, orgullosa, que ha transitado por los caminos establecidos, sin mácula aparente. No recuerdo cuando dejamos de saludarnos. Recuerdo cuando nos saludábamos por compromiso repitiendo las mismas fórmulas, educadas, cordiales, demostrando falso interés. Recuerdo cuando crecíamos a la fuerza, juntos. Ella no es una desconocida, por eso me ha visto a lo lejos, pero para que no le vea el alma ha mirado hacia el escaparate de su izquierda. Yo, al otro lado, me he detenido para observarla. Pero he preferido mirar también el escaparate de mi izquierda, un imponente espejo de tres por dos metros. Ha recorrido el escaparate de la óptica de izquierda a derecha, sin perder el paso, subiendo un poco, caminando firme, y así hasta alcanzar la altura de sus ojos, ya casi al final del mismo dónde le espera un espejo. Así hemos cruzado las miradas. Y no, no intentaba ocultar su alma, sino su falta de ganas de evocar el pasado con un resucitado.

Hace alrededor de 4 años

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