aqueloo
Rango5 Nivel 20 (420 ptos) | Escritor en ciernes

Sois como niños que, con los ojos bien abiertos, os arremolináis alrededor del hogar. Ávidos de historias sobre aquellos que una vez ocuparon la tierra que ahora pisáis. De los que fundaron las ciudades que habitáis, que levantaron las murallas, los templos, los palacios y los puertos. Hombres tan formidables, varones de linaje divino, campesinos guerreros, pastores de audaz gallardía.

Hoy me preguntáis por los hijos de esta ciudad, los que se unieron al Argo, y surcando mares desconocidos se enfrentaron a múltiples peligros, en pos de la áurea piel de un carnero. Eran tiempos en que dioses y demonios caminaban entre los hombres mortales, y las ninfas salían de sus grutas a cantar a los héroes.

Etálides me llamaban, cuando me uní a los caudillos Minias en calidad de heraldo, y supe de todos ellos, pues a todos interrogué y todo lo retengo en mi cabeza, regalo del padre Hermes. Allí conocí a los adalides de Pelene y con ellos conviví. Asterio, fuerte y de ánimo leonino, y Anfión, de muy veloz pensamiento e ideas sagaces, ambos arrojados, ambos decididos.

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Don_Diego
Rango13 Nivel 64
hace 3 meses

Interesante! Sigue tu historia. 👍

escritoraatiempoparcial
Rango11 Nivel 53
hace 3 meses

Buahhhh ha sido genial, me encanta tu prosa y la forma en que introduces la historia, con ganas de seguir leyendo. Bienvenido a sttorybox 😊😊😊

aqueloo
Rango5 Nivel 20
hace 3 meses

Gracias,
Cuenta que yo también leeré tu trabajo, ya que me has hecho feliz interesándote por el mío.


#2

Eran hermanos solo de adopción, pues Anfión dejando su casa y su familia siendo un muchacho, viajó hasta aquí donde el rey Hiperasio, en su infinita bondad, lo adoptó como suyo. Así lo escuché de su boca en el sagrado bosque de Dodona, cuando me interesé por su procedencia:


I Los Comedores de Anguilas

Muy lejos al norte, existe un río negro y profundo al que llaman Drilón, este fluye a través de muchas naciones, pero sus aguas proceden en el inicio del gran lago, donde habitan los Enqueleos comedores de anguilas. En sus orillas se levanta la reluciente Licnido. Soberbia ciudad de hermosos edificios e imponente fortaleza. Allí me crio mi padre el héroe Clito, dónde gobernaba con equidad, y mi venerada madre Brisa, de la estirpe de Cadmo constructor de ciudades. Ellos me llamaron Hijo del Río, porque fue junto a su cauce donde fui engendrado.
En aquellos días felices, nuestros barcos regresaban a puerto preñados de pescado, bueyes de altiva testuz pacían en las faldas de las montañas de abundante caza, y la bien labrada llanura nos proveía de los frutos de la tierra.
No éramos diestros artesanos, pero con la estación vernal, llegaban las caravanas de comerciantes desde la lejana Hélade y Atenas, cargadas de ánforas de vino y miel, copas, cráteras y trípodes ricamente labrados, armas de bronce, herramientas y bisutería.
En oposición a los Ilirios, aquellos eran varones de gentiles maneras, vestían exquisitas túnicas de fino lino y mantos de felpa bordados con florituras. Peinaban sus luengas barbas y cabelleras, y cuando hablaban lo hacían con elegancia, otorgando a las palabras harmonía y ritmo. A mi me complacía más que nada escucharlos, contando historias en las que no faltaban viajeros, héroes, dioses y reyes en sus excelsos palacios.
De esta manera, crecía ufano y orgulloso de mi raza y de mi estirpe.
Sin embargo, aquella prosperidad excitaba la envidia de otras naciones, y celos y conspiraciones se cernían sobre mi casa y mi familia.
Nuestras fronteras eran continuamente amenazadas, y mi padre, el rey, cada vez con más frecuencia, se vestía para defenderlas. Hasta que, en una refriega, recibió en el pecho un proyectil, escapándosele la vida sin remedio, Y una profunda tristeza se apoderó de la tierra Enquelea.
Empero, sobre este punto te ruego, no me interrogues más amigo, pues el dolor me arrebata el aliento, el alma se enferma y se extingue lo animoso de mi oratoria.
Rápidamente, los hijos de Dasaro se hicieron con el poder de la ciudad, ocuparon las calles y reclamaron el trono para Emois, arrogante primo de mi madre. La reina, conocedora del peligro, traspuso el umbral de mi cámara en la noche postrera.
— Madre mía, veneranda ¿Cual es el objeto de tu visita? —Le pregunté así que la vi por la puerta.
— El de preservarte de todo mal, como siempre ha sido y será.
— No comprendo, ¿viniste a anunciarme alguna cosa? Si es acerca de los dasaretas, no tengas cuidado, ya de todo me voy enterando. Mas si es alguna otra calamidad…
— No, es buena la nueva que traigo.
— ¿Y cuál es? refiéremela.
— Siempre has insistido en acompañarme a la plaza, a tratar con los comerciantes helenos, porque te deleitas en escuchar los relatos que salen de sus labios. Pues bien, partirás mañana con ellos.
— ¿Partir? ¿A dónde?
— A la divina Hélade, a ver con tus ojos todas esas maravillas.
Al punto, el corazón se me paró en el pecho, y necesité un momento a fin de replicarle.
— Pero…¿Cómo penetró en tu mente semejante idea? Emois usurpa Licnido y tu…
— Emois nunca llegará a ser el prudente caudillo que tu padre ha sido. No obstante, goza la aceptación de las tribus, y cumplirá su función. En cuanto a mí, nuestras leyes le exigen honrarme, y no se avendrá a quebrantarlas. Sin embargo, tu hijo mío eres una amenaza, alguien que un día podría reclamarle lo que ahora considera suyo, por lo que si te quedas aquí temo que tu vida sea corta.
Y así diciendo, soltose el argénteo broche del muy hermoso collar que sobre su cuello colgaba.
— Toma. Es el Collar de Harmonía, entrégalo a sus herederos, en la antigua ciudad de Cadmea, y luego apela a tu parentesco a fin de que te acojan.
— Madre mía…
— No me interrumpas —Me amonestó— llévalo siempre oculto contigo, y no lo comentes a nadie, no sea que despiertes la codicia de aquellos que te oigan, y esto te ocasione alguna calamidad.
Se quedó en silencio un instante, acariciándome los cabellos. Y pareciome a mí que iba a dejarse llevar por el llanto, pero no lo hizo. — ¿Mas porque te doy estos consejos? —Dijo para sí misma— los dioses te han otorgado muchos dones. Pero será por lo fecundo de tu ingenio, valor y prudencia por el que te conocerán los hombres. No obstante, solo te hará digno a los ojos de las bienaventuradas divinidades, Aquello que tu padre te repetía, ¿lo recuerdas? —preguntó cogiéndome de las manos con ternura.
Los sollozos reprimieron mi voz, ella me abrazó, se dio la vuelta y su figura se fundió con la penumbra de los pasillos de palacio. Nunca quiso que la vieran llorar.
— Dignidad, sabiduría y justicia —Le dije, pero ella ya no me escuchaba.

----------------------

No bien rayó la luz de la aurora, salté del lecho, cargué con mis más preciadas posesiones y me dirigí a la calzada, donde se reunían los mercaderes atenienses con el propósito de organizar su partida.
Me hallaba en el lance de subirme al primer carromato, cuando un varón corpulento se me puso delante impidiéndome el paso.
— Tu viajarás en el último —me espetó secamente señalando el final de la caravana.
— ¿En el carro del pescado? —Me sorprendí— Dispense, ¿No le habló mi madre de mí? ¿sabe quién soy?
— Alguien que precisa salir de la ciudad.
Ese fue el final de la conversa, el hombre se aplicó en asegurar el cargamento, ignorando mi presencia.
Encaminé mis pasos hacia el vehículo indicado, donde me esperaba un viejo mercader que, al verme, descargó un par de sacos del vagón, y me mostró una estrecha apertura entre los fardos de pescado provenientes de los saladeros del lago.
— ¿Tengo que meterme ahí? —le interrogué, él se encogió de hombros como respuesta y se dio la vuelta a lo suyo.
Entré por el hueco y procuré acomodarme, no lo conseguí. El olor intenso a salado me oprimía la nariz, y me habían privado de toda visión al volver a cargar los sacos en la apertura.
En tanto el corazón me ladraba en el pecho, y cavilaba si apearme de aquel maloliente vagón. Entonces sentí que se movía, y resolví en mi mente esperar hasta llegar a las puertas, con el propósito de exhortar a los guardias a que mediaran por el bienestar de su señor.
¡Cuán errado me hallaba! Justo antes de volvernos a detener, los escuché dándonos el alto.
— No se puede abandonar la ciudad sin un permiso.
— Os reconozco —Resonó la voz del comerciante que me había exiliado al reino de las salobres anguilas— ¿no oficiabais ayer en el mercado?, y la noche anterior nos saludamos en palacio, cuando acudí a solicitar el salvoconducto de nuestra partida. En verdad que son infatigables los que velan y protegen a los habitantes de esta ilustre ciudad.
— Este visado ya no es válido, debéis renovarlo con el sello del nuevo gobernador —le respondió el soldado— Cierto es que nuestras tareas se han acrecentado desde la muerte del soberano Clito. No he yacido con mi mujer, ni besado a mis hijos desde hace dos días.
— Lo dices para quien lo entiende —se lamentó el comerciante —nadie debería mantenerse apartado de su familia más allá de lo que es lícito y razonable. Este cambio nos está causando inconvenientes a todos. En pocos días zarparán las naves que nos han de llevar junto a los nuestros, si no las alcanzamos a tiempo temo que tendremos que pasar el invierno en Iliria.
— Está bien podéis pasar —cedió— Aun así, debemos registrar las carretas.
— No nos oponemos a ello —se apresuró a responder el comerciante— estas tres transportan pieles y aquella última pescado salado.
— ¿Tan solo pescado?
— Así es, únicamente pescado. ¡Oh! y de esta primera no os he hablado, aquí cargamos con nuestras pertenencias, víveres y enseres para el viaje. La tinaja que aquí veis contiene vino de Pramnio, el mejor que puedas saborear. Cinco medidas obtuvimos de la más afamada bodega de Atenas. Cuatro las vendimos ya a la reina de los epeos. Ella las compró a fin de agasajar a los nobles convidados a sus festines en palacio. Esta te la ofrecemos a ti, Pues sería una lástima que se echara a perder en el viaje de vuelta.
Tomad, bebedlo con moderación y el peso de vuestra labor se tornará más liviano.
Se oyó el sonido de los portalones al abrirse, y a los bolleros comenzando a azuzar a los animales. La caravana volvió a moverse.
— Que los dioses te lleven sano y salvo hasta los tuyos viajero
—agradeció el soldado
— Y a ti te otorguen aquello que anhela tu corazón, guardián de la ciudad.

Frost_Yang
Rango5 Nivel 21
hace 3 meses

Que veo, un rival de historias medievales, te admiro y envidio, sigue escribiendo me gusta ya te sigo en seguida, si puedes... Leeme porfis, me agradaria tu opinión ya que sabes escribir sobre esto, sigue así🙌

Don_Diego
Rango13 Nivel 64
hace 3 meses

Apoyo a @Frost_Yang ! Te sale muy bien estos temas épicos. Por lo que ya somos 3, los aquí escribiendo fantasia. Te continuo leyendo @aqueloo 😁👍

aqueloo
Rango5 Nivel 20
hace 3 meses

gracias,
no dudéis que leeré vuestros trabajos. llegué aquí para compartir y para aprender.

escritoraatiempoparcial
Rango11 Nivel 53
hace 3 meses

Jajajaaj entonces somos 4?, yo también tengo algo de fantasía entre mis cajas, aun cuando no es medieval.

Muy buen escrito, reafirmo que me encanta tu prosa, y añado que tienes Buenos diálogos y la trama va tomando forma, muy complacida, seguiré leyendo 😊

Kaio
Rango5 Nivel 24
hace alrededor de 2 meses

Bueno x 2. Porque además de hacer buena lectura conozco escritores en los comentarios👌...


#3

II Agua sagrada

No tardó mucho en detenerse de nuevo la caravana, y descargando las talegas que me habían ocultado a los guardias, me invitaron a descender. Nos hallábamos cerca de la ciudad, tras una eminencia en la llanura, donde los carros quedarían ocultos.

Allí todos se apearon, y formando un círculo sentáronse alrededor del que llamaban Falero, aquel que en las puertas de la muralla había parlamentado. Deliberaban acerca del camino a seguir, y él les exponía lo que en su mente meditaba:

— Linkesta sigue bajo el dominio de los Enqueleos, si conseguimos alcanzarla, podemos continuar desde allí hacia Orico, donde hacen aguada nuestros barcos.

Así les habló, e Ítaco, un conductor que se nos había unido procedente de una urbe cercana, de seguida le respondió:

— Esa ruta ya no es segura, multitud de Dasaretas se desplazan en masa hacia Licnido, su nuevo centro de poder. Y se han visto Briges aventurándose cerca del lago.

— No tenemos más opción —Le contestó Falero— en breve otras tribus se servirán de la revuelta para ganar territorio o hacer rapiña.

— Rodeemos el lago por el norte —Les interrumpí yo sin que nadie me autorizara.

Los hombres, que hasta ese momento habían ignorado mi presencia, me arrojaron miradas seberas, y Falero me replicó con estas palabras:

— Escúchame muchacho, numerosos son los torrentes que vierten sus aguas en esta dilatada laguna, aunque pudiéramos cruzarlos todos, ¿Cómo íbamos a salvar las negras aguas del Ilírico?

— Remontando el curso del Drilón, ese que tú llamas Ilírico, a unos pocos estadios hay barqueros, que se ganan el sustento trasladando viajeros de una orilla a otra. Algunos poseen enormes balsas, capaces de transportar un carro entero con sus animales.

— ¿Qué hay de los otros ríos? —me interrogó.

— Aún no han llegado las lluvias y sus cauces vienen mansos , yo os puedo indicar el mejor lugar donde vadearlos.

Falero quedose pensativo sin desviarme la mirada. El resto de los hombres se habían ido desplazando por detrás, con el objeto de escuchar mejor la discusión. Ahora el círculo se cerraba alrededor de nosotros dos.

— Observa sus rostros muchacho —dijo refiriéndose a ellos— yo arrostré a estos hombres hasta este remoto lugar, y por los dioses que los he de retornar salvos a sus hogares. Solo hay una forma de llevar a término lo que propones, y es que te sientes ahí conmigo y nos guíes. Si en verdad conoces el camino, estaremos en deuda contigo, pero si hablaste por vanidad, y pones en peligro a mis hermanos, yo mismo te arrancaré el alma. Asiente si comprendes lo que te digo.

Hice lo que me pidió, me acerqué a ellos y contemplé sus semblantes. Y vi que me observaban deseosos de ser convencidos, de ser salvados. Les agradecí que me sacaran de la ciudad, y les dije que los alejaría del peligro. Por la panoplia de mi padre, por mis antepasados lo juré. Todos ellos me tocaron el hombro, en señal de que habían aceptado la jura, y corrieron a los carros dando potentes gritos, cuando Falero dio la orden de partir. Yo me senté junto a él, en el banco del primer carro y la caravana inició la marcha.

— ¿Hacia dónde? —me interrogó parcamente.

— Debemos dar la vuelta y rodear la ciudad sin ser vistos…

— ¿y cómo vamos a hacer tal cosa muchacho? —volvió a interpelarme.

— Mi nombre es Hijo del Río —repuse molesto— Hay una senda para el pastoreo en el
pliegue de la montaña, lo seguiremos y nos dejará al otro lado de la llanura.

Él tiró de un costado la rienda, forzando al carro a virar hacia poniente, y levantó el brazo para que todos le siguieran. Falero, aun siendo varón joven, tenía un carácter huraño y desconfiado. Frunció el ceño cuando alcanzamos un torrente de ancho curso, no lejos de la ciudad.
Salté del carro y penetré en el agua, ésta me cubría por encima de las rodillas.

— Es un cauce de escaso calado —Dije alzando la voz.

Los hombres me observaban, empero, ninguno se aventuraba a seguirme. Di media vuelta y comencé a vadear hacia la otra orilla. El agua bajaba deprisa, formando espuma en mis muslos, mas no lograba impedirme avanzar. Salí del río al camino y miré hacia mis compañeros con los brazos extendidos, dando a entender que no había peligro alguno. Sin embargo, ellos gritaban y hacían señas hacia el cielo.

Alcé la vista, y vi caer por el barranco una lluvia de piedras de grandes proporciones. alarmado, salté precipitadamente al río, justo en el momento en que se estrellaban en el lugar donde me había encontrado hacía unos instantes.

Me quedé sentado en el agua, tratando de comprender lo que había sucedido. Podía oír las voces de los mercaderes, gritándome que regresara con ellos. Pero yo me levanté, y me dispuse a salir del río por el mismo sitio. Fue alcanzar la orilla, cuando comenzaron a caer de nuevo las piedras sobre el camino. Descendí de nuevo al cauce y cesaron de caer. Esta vez me di la vuelta y regresé hacia donde aguardaban mis compañeros.

Me detuve frente a ellos y les pedí un recipiente.

— Dadle un caldero —ordenó Falero sin apartarme la vista.

Volví a cruzar el río hacia la orilla opuesta, mas antes de abandonarlo llené el caldero de agua, y con él en la cabeza salí al camino. Esta vez ninguna piedra cayó. Los comerciantes atenienses me contemplaban pasmados desde la otra orilla. Volví al río y enderecé mis pasos hacia ellos de nuevo.

— Son pastores de las montañas —les dije— acaso tienen mandato de no dejar pasar a nadie, o sienten temor y defienden su territorio de los foráneos arrojando piedras desde el desfiladero.

— ¿y el recipiente?

— Este río es sagrado para ellos, no tirarán piedras sobre sus aguas.

— Sacad más ollas, calderas, copas, cráteras… todo aquello que pueda llenarse y ponerlas sobre los carros y los animales —les comandó Falero.

Vadeamos la corriente cargados de agua sagrada, sin ser molestados por los pastores. Y no vaciamos los recipientes al llegar al camino, por temor a que volvieran a caer piedras del cielo. Continuamos la senda sin dejar la falda de la montaña hacia el norte. Si bien una vía lenta y difícil, era ésta menos transitada que las carreteras de la llanura.

Don_Diego
Rango13 Nivel 64
hace 3 meses

Me impresiona tu fluidez y detalle. Y aun más tu buena trama. Te sigo leyendo. 👌

Kaio
Rango5 Nivel 24
hace alrededor de 2 meses

Coincido.


#4

III Baba

Tras el lance del río, mi compañero de banco relajó el ceño, y se aplicó en interrogarme acerca de mi ascendencia.

— Eres un muchacho sagaz. ¿seguro que tu linaje no procede de la ínclita Atenas?

— Seguro —respondí— yo desciendo de Cadmo, fundador de ciudades.

— ¿Y cómo es que hasta aquí se llegó ese varón tan celebrado?

— ¿no conoces la historia?

— Nunca contada por boca de un ilirio. Y es bien sabido que el son con que los pueblos recitan las gestas de sus antiguos difieren unos de otros. Pues otorgan más relevancia a aquello que les concierne, y obvian lo que no les es de interés alguno. Ea, refiéremela como tú la conoces, si tu ánimo te incita a ello.

Así habló, y este es el relato que yo le di por respuesta:

Hubo un tiempo en que la amarga guerra abrió su boca inmensa en esta tierra, y una era de barbarie y destrucción se inició. En un principio, los guerreros se abatían en la campo de Ares. Mas luego, comenzaron a quemar las aldeas y a inmolar a sus habitantes. los cadáveres se pudrían en los caminos, o flotaban en el lago como troncos caídos envenenando las aguas. Los que sobrevivían no tenían mejor suerte, pues eran golpeados por horrendas enfermedades, y el hambre y la miseria les empujaban a cometer actos de espantosa naturaleza.

Y la cólera de los hombres parecía no tener fin, ninguna tribu conseguía imponerse sobre las demás, y la contienda continuaba. Hasta que llegó un día, en que el oráculo de Dodona profetizó la victoria para los Comedores de Anguilas, si el rey de Tebas Cadmea los guiaba a la batalla.
En seguida, se despacharon emisarios a la lejana Beocia, y le ofrecieron a Cadmo el cetro del pueblo, bajo el juramento de cumplir lo que se había predicho. Él, en su pródiga generosidad, accedió a acometer la empresa; cedió a sus descendientes la regencia de la populosa Cadmea, y se estableció aquí junto con Harmonía, su consorte divina.
Cadmo trajo la paz a las tribus Ilirias, fundó hermosas ciudades, y al final de sus días engendró un hijo que estaría destinado a gobernarnos a todos. Ilirio le llamaron, y de él tomaron su nombre las tribus de este lugar.

-----

Llegamos al curso de lo que en otro tiempo había sido un arroyo, y que ahora no había más que fango y un reseco cañizal. Nos disponíamos a cruzarlo, cuando hubo algo que llamó nuestra atención. Una anciana estaba arrodillada en medio del lecho, tenía las manos en la cabeza y oraba con voz quejumbrosa. Salté del carro antes de que este se detuviera y me acerqué hasta la mujer.

— ¿Necesitas ayuda venerable madre? —le pregunté en habla Ilírica.

Falero se llegó hasta nosotros, portando una copa en la que había vertido agua, apostándola entre las arrugadas manos de la anciana. Ella alzó los párpados, y pareciome a mí que sus ojos grises me golpeaban el alma. Acto seguido, bebió con avidez y seguidamente me habló.

— Es una sacerdotisa de la antigua religión —expliqué— Se hace llamar Baba, y dice que cuando se secó el arroyo suplicó a los dioses. Ellos la escucharon, y le dijeron que enviarían al hijo del río, y éste le traería tanta agua como pudiera necesitar hasta el regreso de las lluvias.

— Bien —dijo Falero— cumplamos la voluntad de los dioses, es innegable que somos instrumento de sus propósitos.

Los atenienses vertieron los recipientes en la cisterna junto a la choza de la anciana, aquellos que habíamos transportado desde el río sagrado, a fin de evitar que cayeran piedras sobre nuestras cabezas. Ella, llena de gratitud, nos frotaba la cabeza y el cuerpo con los flecos de su báculo fetiche, al tiempo que recitaba encantamientos con el objeto de procurarnos buena fortuna.

Mas cuando se acercó a Falero, calló la bruja sobre sus rodillas con las manos alzadas, y su grisácea cabellera ocultole el marchitado rostro. Entonces, de su boca salió una voz profunda y potente, en nada semejante a la de una mujer de avanzada edad.

— ¿Qué está diciendo? —me interrogó Falero.

— Te pregunta porque reniegas del legado de tu padre.

Él no contestó, mas era evidente que los auspicios de Baba no le eran ocultos, pues la observaba con temeroso respeto, y no se atrevió a moverse.

— Profetiza que muy pronto hallarás a un dios caído, y que solo tú puedes volver a levantar, solo tú y el orgullo de tu padre.

Finalmente, la anciana Baba cayó tendida en el suelo, exhausta por el esfuerzo. La recogí con mis brazos, apenas se adivinaba carne entre la piel y los huesos, y la llevé al interior de la cabaña.

— ¿Qué es esa angustia que percibo en tu pecho? —me preguntó cuando la recostaba sobre su lecho de lanas.

— Es por mi madre querida. Ella me exhortó a exiliarme y yo deseo obedecerla, empero ¿por qué me es tan penosa la tarea?

— ¿por qué un árbol no puede volar, por muy altas que sus ramas alce?

— Por sus raíces —Le respondí tras pensarlo un instante— ¿Y que puedo hacer?

— Ve, busca los túmulos bajo los manzanos, haz sacrificios propiciatorios, y escucha a tus raíces. Apresúrate, antes que la lóbrega noche llene de oscuridad los caminos.

Don_Diego
Rango13 Nivel 64
hace 3 meses

Magnifica historia. Sigo sin entender porque trato de relacionar tu historia con la de Carlo Magno... En fin. Te sigo leyendo.

Por cierto, en esta última entrega note un mejoramiento en tu narrativa. 👌

aqueloo
Rango5 Nivel 20
hace 3 meses

Gracias,
la historia está ambientada en la edad del bronce, en lo que hoy conforman los países Macedonia, Albania y Grecia. si tiene atisbo con la historia de Calo Magno es pura casualidad.

Kaio
Rango5 Nivel 24
hace alrededor de 2 meses

"Por sus raices"... ¡vaya respuesta! Sigo...


#5

Siguiendo la serranía, dejando atrás la ciudad y el lago, hay un punto en
que la montaña se abre y el agua se estanca. Allí nos adentramos, virando
hacia levante, buscando la senda que nos permitiera alcanzar la gran
llanura que atraviesa el Drilón. Y Al pasar junto al abrevadero de
Mediodía, aquel que los pastores con sus rebaños frecuentan, se nos
presentó a los ojos una perturbadora visión.

Había como unas cincuenta almas entre hombres, mujeres y niños, y
todos gemían con lastimoso vocerío. Ellas lloraban arrodilladas en el suelo,
mesándose los cabellos y cubriéndolos de arena. Los varones miraban al
cielo alzando los brazos, implorando auxilio. Falero tiró fuerte de las
correas, y apeándose del banco, se dirigió al anciano al que todos
rodeaban.

— ¿Quién eres? ¿Cuál es el motivo de la desgracia de esta gente?

— Mi nombre es Parisades, y acaudillo el pueblo que ves. Esta mañana
abandonamos nuestras moradas, a causa de piratas briges que vienen
remontando el río Negro, asaltando las aldeas que encuentran a su paso.

— Hordas que aprovechan el abandono de las fronteras para hacer
pillaje —Le interrumpió Falero lamentándose.

— Viajábamos con nuestras pertenencias y nuestros animales —continuó
Parisades— Cuando de improviso, aquel carro de allí se le desprendió una
rueda, y “el Dios de Nuestros Padres” se soltó de la carga cayendo en una
profunda sima, de la que no hemos podido recuperarlo.

— ¿A que dios te refieres? —Intervine yo.

— Hijo del Río, es el penate que algunas tribus veneran, y llevan siempre
con ellos.

— Hablas con propiedad —afirmó Parisades— Somos tracios que años ha
emigramos a esta tierra, Y con nosotros viajó la talla que nuestros
antepasados nos confiaron. La pérdida de ésta supone una fatalidad para
todo el clan, y augura calamidades.

Nos acercamos al lugar donde había sucedido la caída. la grieta era
profunda, mas no en exceso. No obstante, tan estrecha y escarpada, que
ni un niño hubiera conseguido penetrarla. Al fondo, podía apreciarse el
objeto sagrado, alojado entre las paredes de la sima. Era un tronco
hoscamente tallado, de escaso tamaño, algo más de un codo.
Falero daba vueltas alrededor, observando, estudiando la abertura
desde ambos lados. Finalmente levantó la vista hacia nosotros.

— Ítaco, trae el Arco Alcón e hilo cretense.

Cuando el mercader regresó con el encargo, todos quedamos mudos de
admiración al contemplar el arco que portaba. Pues por su aspecto no
estaba destinado a abatir a las bestias, sino a la raza de los hombres. Era
grande, soberbio, y había sido ensamblado sobre las astas de algún
majestuoso animal. La empuñadura era de plata y marfil con un relieve
ricamente labrado. Allí podía distinguirse a un arquero abatiendo a
flechazos a una gran sierpe, que había rodeado el cuerpo de un niño con
la intención de devorarlo. Era un arma terrible que causaba temor solo de
observarla. La aljaba, de cuero y oro, transportaba grandes dardos con las
puntas barbadas de brillante bronce. me estremecí al pensar en los
estragos que podían causar aquellos formidables proyectiles.

El ateniense extendió el hilo sobre el suelo alrededor de la grieta,
atando un extremo en el final de una de las flechas, y el otro en un
arbusto que allí crecía. Seguidamente, armó el arco y se arrodilló delante
de la apertura. El arquero cargó la flecha en la que había sujetado el hilo,
y los músculos de sus brazos poderosos comenzaron a hincharse a medida
que tensaba la cuerda, pero su pulso no tembló. Se había creado un
expectante silencio, tracios y atenienses presenciaban el lance
conteniendo la respiración.

La flecha salió disparada y se precipitó hacia el fondo de la sima,
arrastrando el hilo tras de sí, hasta que se detuvo, hundiéndose la
broncínea punta en la base de la escultura.

Gritos de júbilo salieron de todas las bocas. El hilo cretense hizo fama a
su nombre y no se rompió cuando tiraron de él, sacando a la luz el penate
de los parisadios. Entonces, Falero lo tomó y probó de arrancarle la flecha,
pero ésta se quebró por el astil, quedando el aguijón profundamente
alojado. Aun así, los tracios daban saltos de alegría, y le instaron a que de
esta manera lo restituyera.

— Esa punta es ahora parte del dios —afirmó Parisades —parte de su
historia, de la tuya y de la nuestra.

— Que así sea —asintió el arquero entregándole la talla.

— Amigos, la oscura noche se acerca —observó el patriarca tracio— y los
hombres y las bestias deben entregarse al reposo, tal como dictan las
leyes divinas. Acampemos aquí esta noche, compartiremos de buen grado
viandas y canciones con vosotros.

— Ilustre Parisades —Le respondió Falero — Estos caminos ya no son
seguros desde que el soberano de Enquele descendiera a la casa de
Hades. Por fortuna, viaja con nosotros este joven guía, gran conocedor de
estos parajes, que sin duda sabrá indicarnos un lugar mejor donde
levantar campamento.

Falero falseó mi identidad con la intención de protegerme. Era un
hombre de agudo ingenio, y empleaba ese don para velar por los suyos.
No obstante, recurría a la sorna a fin de ocultar sus nobles acciones.
Empero yo también gustaba de usar esos artificios, aunque aún me
hallaba lejos de poseer su sagaz elocuencia.

— En efecto mi señor. Se de un lugar cercano, tranquilo y recogido. Con
agua y pasto en abundancia, oculto a la vista de los caminantes
nocturnos.

— ¿Y es un lugar… seguro?

— Por supuesto, el más seguro de toda Iliria, me atrevería a afirmar.
El taimado ateniense no me desviaba la vista, meditando en su ánimo si
me estaba mofando de él.

— ¡Espléndido! —exclamó Parisades— avisaré a los míos y nos pondremos
en marcha de seguida.

Don_Diego
Rango13 Nivel 64
hace 3 meses

Sigo leyendote. Es muy buena tu historia.

aqueloo
Rango5 Nivel 20
hace 3 meses

gracias maestro.
esa es la intención : contar una buena historia, bien documentada, con narrativa amena y darle un estilo diferente. Difícil de conseguir los cuatro propósitos, pero ahí estamos, intentándolo.


#6

V La Vereda de Manzanos

La caravana, ahora más numerosa, emprendió el camino hacia el final de la garganta. Atrás quedaban las montañas y comenzaba la gran llanura del Drilón. A su entrada, crecía un bosquecillo de álamos negros, y en el fondo un gran claro, donde nos detuvimos al alcanzar unos muros sin argamasa que allí se levantaban.

— Hemos llegado —comuniqué a mi compañero.

Este hizo detener la expedición y ambos saltamos a tierra.

— ¿Qué lugar es este? —me interrogó al tiempo que observaba su alrededor.

— Contempla aquella gran losa amigo —le indiqué con el dedo orgulloso— Ahí descansa Ilirio, hijo de Cadmo y Harmonía, y allí sus descendientes, caudillos todos de las tribus. Enqueleo, Autarieo, Dárdano, Medo, Taulante, Perrebo, Daorto, Dasaro…

— ¿Una necrópolis? —me interrumpió Falero— ¿nos has conducido a una necrópolis con el propósito de pasar la noche?

— ¡No es solo una necrópolis! Es el panteón de los patriarcas, el lugar más sagrado de toda Iliria, y por lo tanto seguro. Tranquilo y seguro, esa es la palabra que di.

Él se quedó en silencio, como de costumbre, observándome, impávido y sin saber que decir. Y yo esperaba que, en un momento, iba a estallar en una prédica de desprecios y baldones, pero no fue así. Sino que dejó escapar de su pecho una carcajada, me dio un manotazo en la espalda y exclamó:

— ¡muchacho!, ¿seguro que nadie de tu linaje fue engendrado en Atenas?

Seguidamente, tornó su atención hacia el resto de la expedición. Y con la alegría en el semblante, se dispuso a dar órdenes y organizar el campamento. Yo por mi parte me encaminé hacia el interior de la necrópolis. En un momento todos los hombres estarían atareados, y mi ausencia no sería advertida. Seguí la vereda que llevaba hasta el altar, atravesando un jardín de manzanos. Allí eran depositadas las ofrendas, y Agron, el sacerdote del lugar, practicaba religiosos ritos. Estaba oscuro, aun así, vislumbré su figura arrodillada en silencio frente a las aras.

— Vivimos días extraños —habló en voz alta sin alzar la cabeza— El Hijo del Río abandona los lujosos salones, para merodear en la oscuridad entre estos túmulos enmohecidos.

— Te pido perdón si te incomoda mi presencia sacerdote, pero la necesidad me apremia y acudo a ti en busca de respuestas.

— Se a lo que viniste. Aun así, formula tu pregunta.

— ¿Debo abandonar mi tierra patria, cuando más de mi precisa?

— Lo que esta tierra precisa es un héroe, y tú eres un niño que juega a serlo —Me replicó.

— Entonces ¿Por qué los espíritus disienten de mi partida?

— No es en tu partida en lo que disienten, sino en tus motivos.

— ¿Y qué se supone…? —intenté decir, mas él no me dejó terminar.

— No más preguntas Hijo del Rio, ahora responde tú. ¿Por qué anhelas el destierro?

— Porque así mi madre me lo ordenó —Le contesté sin pensar.

— No es una respuesta veraz. Busca en el fondo de tu corazón.

Cerré los ojos y me dejé llevar. Entonces, las palabras llegaron a mi boca, antes de advertir que habían previamente discurrido por mis pensamientos.

— Con el propósito de convertirme en el héroe que se exige de mí.

Agrón levantó la vista del altar por vez primera, y yo pude apreciar su apariencia a través de la luz de la sagrada pira. Era un anciano de mirada serena, y los surcos de su rostro me decían que había vivido mucho.

— Ese es un largo camino, lleno de pruebas y sacrificios.

— Estoy dispuesto a seguirlo —contesté con firmeza.
Agrón volvió a agacharse sobre el altar, y enmudeció durante un tiempo antes de responder.

— Márchate ahora, debo realizar rituales que no te está permitido contemplar. Vuelve al amanecer, tendrás las respuestas que deseas.

Para cuando regresé al campamento, estaban ya todos alrededor de las hogueras entregados al banquete. Había carne trinchada en espetones, y canastillas de pan e higos secos pasaban de mano en mano en agradable concordia. Los jóvenes escanciaban vino a los mayores, mientras estos entonaban alegres peanes al ritmo de flautas y siringas. Falero me invitó a tomar asiento junto a él, me sirvió una porción de carne y una copa de vino en una bandeja.

— ¿A qué razón te ausentaste?, ¿Hay algo que deba saber?

— Fui a honrar a mis antepasados

aquello le debió parecer suficiente respuesta, y no preguntó nada más.

Don_Diego
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hace 3 meses

Tu narrativa es tan buena que los errores minúsculos que tienes se aprecian mejor, mas, no afectan en nada la historia. Te sigo leyendo.


#7

VI. La travesía de orión

Parisades se hallaba cerca de nosotros rodeado de un grupo de chiquillos. En él había un
hombre alegre y pacífico que gozaba de la dicha de su pueblo. Los niños suplicaban algo al
anciano, hablaban a un tiempo repitiendo incesantemente la misma cantinela. Finalmente,
el magnánimo caudillo se dejó persuadir y los intentaba acallar, moviendo los brazos
arriba y abajo con las palmas de las manos extendidas.

⎯¡Ah, Orión! Que extraordinario cazador —suspiró imitando a un arquero al disparar—
y que bello varón. Tenía la estatura de un gigante y de un dios la figura.

Y así diciendo adquirió una pose infernal, y cambiando seguidamente a la de un ser
celestial. Lo que causó un coro de ¡uh! Y después otro de ¡oh!

⎯Cegado a traición, mientras dormía, pues nadie hubiera tenido la audacia herirlo
estando despierto. Él, que más que ninguno, había beneficiado a la raza de los
hombres, exterminando de sus campos alimañas y fieras. Mas lo que sus pérfidos
agresores desconocían, es que la esencia de un dios no puede ser destruida, y Orión
era de divina ascendencia.

Invidente como estaba, llegose hasta la isla del dios del fuego. Éste, al verlo, se
compadeció en gran medida de su amigo, al igual que todos los obreros que con él
laboraban: operarios, aprendices y sirvientes, hasta a los descomunales cíclopes se les
turbaba el alma al contemplarlo. Pero el que más se conmovió fue un maestro armero
que en la corte habitaba, pequeño, aunque valiente y de piadosa naturaleza.

Los profetas de la isla anunciaron que el único que podía restituir la luz de los ojos del
gigante, era el brillante Helios. Un dios omnipotente que vivía apartado, lejos de los
demás inmortales.

Orión, siguiendo el calor del sol, se encaminó hacia la playa.

— ¿Cómo llegarse a tan remoto lugar, solo y careciendo de la vista? —Se
lamentaba el desdichado.

El maestro armero, que por allí pasaba, acertó a oírlo y apiadándose de él así le dijo:

— Yo te acompañaré grandullón. Seré tu asistente si mi señor lo permite.

El centelleo de las llamas de la hoguera acentuaba el dramatismo, y el halo de misterio
con el que Parisades contaba su relato, adornándolo con todo tipo de muecas y gestos.
Había comenzado a poner voces a los personajes, lo que hacía que los niños quedaran aún
más fascinados.

Hefesto el señor del fuego, feliz de que existiera una cura para su amigo, aprobó gozoso
la alianza. Mandó construir un dorado navío, y en él embarcó a Orión, y al pequeño
armero, al que se designó con el epíteto de “Cedalión”, “el cuidador de Marineros”

Bordeando las costas de Tracia se adentraron en el mar inhóspito, fondearon en sus
agrestes puertos, y conocieron asombrosas naciones.

Un día, cansados y acuciados por el hambre, pasaron junto al estuario del
Termodonte, y quisieron desembarcar. Pero un grupo de Amazonas, armadas con peltas
y jabalinas, les salieron al paso y les impidieron el amarre. Maravilladas al ver a un
gigante y un enano navegando juntos en una barca de oro, les preguntaron quiénes eran
y a donde se dirigían. El ingenioso Cedalión, buscando una forma de aplacarlas, las
respondió con un ardid.

— Que la prosperidad visite a diario vuestra morada, nobles señoras. Somos
presos que conseguimos escapar de los infiernos a través de la laguna
Aquerusa, donde los pérfidos olímpicos nos encerraron, a nosotros que
descendemos de la gloriosa raza de los titanes.

— ¿Y cuál fue vuestra falta? —Se hoyó decir desde la orilla.

— Tenemos la desgracia de engendrar hijos e hijas magníficos —respondió el
enano.

Las amazonas dejaron escapar risas de su boca, y la que portaba los emblemas le
replicó con estas injuriosas palabras:

— Es harto improbable que algo extraordinario pueda descender de un
hombrecillo como tú.

El anciano interrumpió por un momento su narrar. Levantó el dedo índice mirando a
los niños, y con tono paternal les instruyó de esta manera:

⎯Recordad hijos míos que usar la crueldad con alguien, sin tener que reprocharle sino su
deformidad, no es justo ni piadoso.

Seguidamente, la lección repitieron, todos y cada uno de ellos. Tras lo cual, retomó él la
historia en el punto donde la había dejado.

— Las Parcas que reparten dones y desgracias por igual, —se lamentaba
Cedalión— a mí me maldijeron de la siguiente manera: todos mis vástagos
triplican en poder, fuerza y vigor a la madre que los alumbra.

— Eso a mi parecer es una bendición, hombrecito —repusieron ellas.

— No para Aquellos que ahora gobiernan los altos cielos. —replicó él— Ellos me
encerraron por temor a que entablara matrimonio con deidades poderosas, y
con ellas procrear una raza superior que los destronara.

Es bien sabido que en el carácter de una amazona hay dos condiciones que prevalecen
por encima de todas las cosas:
La primera es su inclinación en desconfiar de los varones.
La segunda el anhelo de concebir hijas excelentes que perpetúen su nación.

Ahora ambos pareceres habían entrado en pugna en los corazones de aquellas
guerreras, y se miraban indecisas unas a otras. Mas Cedalión no les daba tregua y
continuaba extendiendo su farsa:

— Un día advertí que los carceleros andaban atormentando a otro preso, alto como
un ciprés, al cual habían cegado a fuego. Cuando me acerqué para observarlo
mejor, ¡Hay de mí! el corazón me dio un vuelco al reconocer a mi hijo querido,
encadenado en el Tártaro por tener la desgracia de haber nacido de mí. Ahora
ambos hemos escapado de aquel suplicio. Permitidnos, os lo ruego, descender a
tierra, para que podamos llenar nuestros odres, tomemos algún alimento y
descansemos de los trabajos de la mar por un instante.

Finalmente, las belicosas amazonas, creyendo que aquella historia era veraz, cedieron
a las súplicas del ladino marinero. Admiradas por la figura de Orión, los escoltaron
hasta Temiscira, su ciudad, donde la reina Marpesia los recibió con las más exquisitas
atenciones, bañándolos en aguas perfumadas, vistiéndolos con los más delicados mantos,
y entregándolos a los festines y al placer. Todas las noches afectuosas mujeres visitaban
sus alcobas, con la esperanza de ser fecundadas y engendrar poderosas guerreras.

Habéis de saber niños —Parisades volvió a interrumpir la narración para introducir
una de sus lecciones— que la vida ociosa y placentera en exceso hastía y agobia el
espíritu.

Marpesia los llegó a considerar a ambos importantes para el futuro de su pueblo. Por
lo que llegado el momento, en que el deseo de partir se les instaló en el pecho, la guardia
no se lo permitió, y la reina ordenó que se les encerrara en la más alta torre.

Y allí quedaron presos, víctimas de su propia argucia...

Don_Diego
Rango13 Nivel 64
hace 2 meses

JajaJa. Supiste integrar buenas lecciones de vida en tu historia. Excelente trabajo. Continuo leyendo. Una preguta. La historia ya la tienes completa? O la estás escribiendo conforme avanza?

aqueloo
Rango5 Nivel 20
hace 2 meses

completa . El martes pasado lo envié a que me hicieran un informe de viabilidad. Si lo paso medianamente, igual lo envío a un corrector y me pongo en busca de editorial que se atreva a editarlo.

Don_Diego
Rango13 Nivel 64
hace 2 meses

Grandioso. Espero lo consigas. 👍

Kaio
Rango5 Nivel 24
hace alrededor de 2 meses

👍


#8

VII. La Apoteosis del cazador

Muchos días y muchas noches abrían de sucederse, antes de que los Cálibes, enemigos de las amazonas, atacaran Temiscira, se hicieran con la ciudad y los consentidos cautivos fueran al fin rescatados.

Cedalión entabló en seguida amistad con los libertadores, porque al igual que él, eran gentes que se ocupaban de la minería y la labranza de los metales. Ellos les hablaron de un país, en los confines del mar, donde reinaba Eetes, un hijo del brillante Helios.

Siguiendo sus indicaciones, navegaron a través del ponto, siempre hacia el sol naciente, y cuando el litoral les impidió el paso, remontaron el río Fasis por una de sus anchas bocas. Hasta que al fin, junto aquellas sinuosas corrientes, la blanca ciudad de la Cólquida se presentó ante ellos.

Sus habitantes, pasmados por la asombrosa estatura de aquellos extranjeros, los recibieron amistosamente, agasajándolos durante días, antes de que su rey los interrogara por el propósito de su viaje.

Ellos le contaron que eran embajadores de Hefesto, y que se dirigían a la morada del brillante Helios al otro lado del mundo. Eetes, que además de ser hijo del dios Sol era también su sacerdote, se adentró en el templo de su padre para invocarlo. Allí se mantuvo encerrado durante todo un día y una noche. Tras lo cual, invitó a los extranjeros a un festín en palacio, y una vez saciadas las ganas de comer y de beber así les aconsejó:

— Deberéis atravesar las naciones de los Escitas, y otras muchas que entre ellos habitan. Los reales, los que labran la tierra, y por último, aquellos escitas que nómadas viven y moran sobre chozas de mimbre montadas sobre carretas.
Tras ellos llegaréis al territorio de los Isedones, estos festejan a sus muertos devorando sus cuerpos. Aun así, no les temáis pese a sus bárbaras costumbres, son hombres justos y hospitalarios.
Si miráis siempre de cara al sol naciente y no os desviáis de vuestro camino, llegareis a las altas montañas, donde habitan los hombres calvos, los de pie de cabra y los dorados grifos, aves extraordinarias cuyo porte es la de un águila de gran tamaño, de garras poderosas y afilado pico.
Otra cosa os diré para que la guardéis bien en vuestra memoria, procurad no acercaros a los diminutos Arimaspos, pueblo mezquino que poseen un solo ojo en medio de la frente. Ávidos de oro, cavan en la tierra para conseguirlo, y no dudan de robarlo de los nidos a sus vecinos los grifos.
Allí hallarás el reino de mi padre, en el corazón de las heladas cumbres. Allí se esconde su hermoso vergel de verdes prados y abundantes vacas; de ríos cristalinos y frondosas arboledas; de fértiles huertos laborados por hombres sin tacha; Allí, en medio del más bello jardín de alto colorido, se eleva su mansión de fachada argéntea. Adentraos en las montañas donde la nieve golpea con fuerza, seguid el vuelo de los grifos hacia levante, allí, siempre hacia levante.

Los viajeros se quedaron un tiempo con los amables colcos, y Cedalión, en agradecimiento, fabricó para ellos un arado de irrompible metal, y dos bueyes articulados de bronce, capaces de arar la dura roca exhalando fuego por los hocicos.

Orión, anheloso de recuperar la vista, puso sobre sus hombros a su amigo, y emprendieron el largo viaje por tierra.

Parisades, hizo una pausa y tomó un largo trago de su copa, los niños lo miraban con impaciencia. Uno de los más pequeños, al ver que no continuaba, le preguntó con excitación.

—¿Y vieron de verdad todo lo que les había predicho el rey Eetes?

—Todo ello y mucho más —Le respondió Parisades— Cruzaron grandes ríos y montañas; franquearon mares interiores y dilatadas llanuras; conocieron gentes extrañas y ciudades dignas de ver, bestias fabulosas, antiguas divinidades… De muchas cosas se asombraron, de otras padecieron, Orión precisó de tres días con sus noches para referirse a todas ellas, cuando parose a descansar en Edonia, en su viaje de retorno a la Hélade.

—Y volvió a ver —Afirmó uno de los niños.

El anciano ya debía haberles narrado esta historia en otra ocasión, pues algunos de los más grandes parecían conocerla.

—Ciertamente —Asintió Parisades —Y volvió a su vida anterior, cazando alimañas, abatiendo fieras. Desde Tesalia hasta Creta, todos los reyes alababan su labor, mas no así los inmortales. Algunos, celosos de su fama, maquinaron un plan para acabar con él.

Un día regresando de Quíos, donde se había llegado a fin de vengarse de aquellos que en el pasado le privaran de la vista, supo que un enorme escorpión había salido de la tierra, asolando la Hélade a su paso.

El diestro cazador, siguiendo la devastación del monstruo, dio con él y acercando el nervio de su formidable arco hasta el pecho, le disparó una flecha trifurcada. El dardo pegó con fuerza sobre el caparazón de la bestia, pero no lo atravesó.

Orión, al ver que no conseguía herirlo de esta manera, empuñó un gran garrote de bronce y madera de acacia, y revestido de una fuerza asombrosa, reventó la cabeza del escorpión haciendo que sus entrañas se desparramaran por la tierra. Pero justo antes de que aquella abominación exhalara la vida, en un último espasmo, lanzó su terrible aguijón hacia delante, yendo a clavarse en el pecho del divino cazador.

El gigante cayó al suelo, cubriendo su cuerpo quince yugadas de tierra, y todo el cosmos pareció estremecerse. Los vecinos de Tanagra, al oír el gran estruendo, buscaron al herido y lo trasladaron hasta un santuario consagrado a Artemisa, que allí cerca se levantaba. Ella, la virgen del arco de plata, percibió la desgracia desde los altos cielos, y acudió rauda a socorrer al amigo. En su impetuosa carrera resonaban las flechas sobre las espaldas de la diosa de salvaje espíritu.

Sin embargo, el corrosivo veneno corría inexorable por las venas del caído.

Ya nadie tenía poder de evitar el destino fatal, ni siquiera aquel al que llamaban Asclepio, el más ilustre de los físicos de su tiempo.

Mas no por ello sus amigos habrían de olvidarse de él. Artemisa, que lo amaba como a un hermano, rápidamente convocó a junta a los Olímpicos y a las deidades de la tierra y el mar. Entonces, la saetera pidió para él, el más alto honor que pueden conceder los altísimos, por todas las cosas buenas que había ejecutado.

Desde lo más profundo de la gran sala celestial, las ninfas de los bosques dejaron oír su aprobación, al que los poderosos ríos se les unieron. A continuación, los sátiros aplaudieron también y las marinas nereidas con ellos, las beldades que emplean arcos, el augusto Hefesto, y todos aquellos que lo apreciaban levantaron un gran clamor.

Y ahora decidme niños, ¿a qué lugar se llevaron a Orión?, ¿Dónde se encuentra ahora?

—¡Allí! —gritaban ellos mirando hacia arriba al tiempo que señalaban un grupo de estrellas de poderoso brillo.

—Si, en el firmamento vive eternamente —asintió el viejo caudillo —Como premio de su valentía y generosidad.

Los niños, que parecían conocer que ese era el final de la historia, se dispersaron alegremente por el campamento, y él anciano vertió su copa sobre las brasas de la hoguera, libó, oró a los dioses y sentose junto a nosotros.

Don_Diego
Rango13 Nivel 64
hace alrededor de 2 meses

Magnifica continuación. Una vez empiezo a leerte me es difícil despegarme de la lectura. Realmente creo que tu texto puede llegar a catalogarse digno de ser publicado. Una cosita que te he estado viendo continuamente, mi amigo @aqueloo , De vez en cuando cambias de vello a bello. Corrige ese errorcito, que, cada vez que lo veo me saca de la trama. Nada mas que decir que, te sigo leyendo! :D

aqueloo
Rango5 Nivel 20
hace alrededor de 2 meses

gracias por tu comentario, lo rectifico.


#9

VIII. El legado de Alcón

⎯Perdonad mi ignorancia padre —Dije dirigiéndome a Parisades— pero la imagen que tenía de tu pueblo era la de orgullosos guerreros, sin instruirse en otra cosa que no fuera el manejo de las armas.

⎯Los Tracios somos una nación de contrastes —Me explicó él— muchos siguen a Ares, y hacen de la guerra y la conquista su forma de vida. Otros vivimos del pastoreo, adoramos a Apolo, a las Musas y cultivamos la música, la danza y la poesía.

⎯Mi familia también sirve al dios de la luz —intervino Falero— pero no por su dominio en el arte de la música, sino por su condición de flechador.

Me quedé meditando en las palabras de Falero, y me vino a la memoria su pericia recuperando el ídolo caído, y el oráculo que le había hecho la bruja Baba.

⎯¿El legado de tu padre es el Arco de Alcón? —le pregunté.

⎯Alcón es el nombre de mi padre, el arco es un regalo, y el legado es mi destreza en su manejo.

Hubo un respetuoso silencio, que incitó a Falero a esclarecer todo lo que había afirmado.

⎯Mi padre fue el mejor arquero de su tiempo. Cuando yo no era más que un niño y jugaba confiado junto a un arroyo, una gran serpiente se abalanzó sobre mí, me rodeó con su cuerpo viscoso, y estaba a punto de devorarme cuando él, desde la otra orilla, la mató a flechazos sin causarme a mi daño alguno.

Desde entonces, Alcón se aplicó en instruirme en el tiro al arco. Sin embargo, después de muchos años de disciplina y esfuerzo no podía igualar su pericia, y una irrefrenable desazón me consumía por ello.

Tal fue mi abatimiento, que finalmente enderecé mis pasos hacia la ciudad de Delfos, a preguntarle al dios sobre este asunto. Pero la pitonisa, lejos de darme una respuesta favorable, profetizó que nunca superaría a mi padre en el arte de la arquería.
Aquel día juré que no volvería a tensar una cuerda nunca más. Decidí ejercitarme en el manejo de la lanza, y a cambiar las flechas por venablos en las partidas de caza. Alcón cayó en una profunda decepción, pero él era un hombre de fe y creía que no se debía luchar contra lo dispuesto por los hados, así que respetó mi decisión.

El tiempo pasó, y yo me forjé mi propio nombre entre los atenienses, al margen de la fama de mi padre.

Un día se presentó en mi casa Butes, el héroe de Cecropia. Decía que había fundado un puerto en la costa de Iliria, donde atracaban sus barcos cargados de vino y miel, y
precisaba de hombres valerosos que lo transportaran desde allí hasta las ciudades del interior. Mi ánimo intrépido me impulsaba a unirme a su expedición, pero no lo haría sin el consentimiento de Alcón. Pues es costumbre entre las gentes civilizadas que los hijos respeten la voluntad de los padres.

— Es lícito que los hombres cobren fama y honor acometiendo audaces empresas —Así se expresó el día que le manifesté mis intenciones— Por lo que no me opondré a tu decisión. Solo una única condición te impongo: Lleva contigo este magnífico arco regalo de las divinidades. Con él conseguí realizar grandes hazañas, mas ahora estoy cercano a la vejez y cada vez me resulta más pesado el tenderlo.

Respeté el deseo de mi padre y he cargado con el Arco de Alcón, durante los viajes que Butes me ha encomendado. Pero ni deseé ni precisé de tensarlo, hasta el día de hoy que supimos de la gran necesidad de los Parisadios.

⎯Y en verdad nos hiciste un gran servicio —agradeció el jefe tracio— os ruego que esta noche seáis nuestros invitados, como una prueba más de gratitud. Hemos aparejado mullidos lechos de lana junto a las hogueras, que nuestros jóvenes alimentarán toda la noche.

Nos incorporamos de nuestros asientos, y el mismo Parisades quiso acompañarnos hasta las tiendas levantadas para nosotros.

⎯Dormid tranquilos hombres de Atenas —se despidió— Hay dispuesta una guardia para que vele por la seguridad de todo el campamento.

Las mujeres tracias trajeron aguamanos y nos ayudaron a desvestirnos, asearnos y expulsar de nuestros cuerpos el polvo del camino. Seguidamente, nos vistieron con ligeras túnicas que olían a hierba recién cortada, y nos invitaron a recostarnos en nuestros lechos. Pero no pude alcanzar el sueño, el relato de Falero me había conmovido el ánimo, y ahora me incitaba a manifestarle lo que mi mente había meditado.

⎯¿Sabes? —le dije desde la entrada de mi tienda— yo no sé si algún día llegaré a ser el héroe que mi padre ha sido, pero desearía que él estuviera vivo y me animase a intentarlo.

⎯Eres muy sabio Hijo del Río —respondió él— Yo desprecié el legado de mi padre causándole un profundo dolor. Ahora suplico a los dioses que me permitan abrazar sus rodillas, antes de que la negra Parca nos alcance a uno de los dos.

Hace alrededor de 2 meses

3

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Don_Diego
Rango13 Nivel 64
hace alrededor de 2 meses

No creas que he olvidado tu historia, amigo @aqueloo . No he tenido tiempo en hacerlo antes, pero de que me interesa seguir leyéndola, tenlo por hecho. Sigue escribiendo.

aqueloo
Rango5 Nivel 20
hace alrededor de 2 meses

Gracias,
esto siempre anima.

Kaio
Rango5 Nivel 24
hace alrededor de 2 meses

Igual yo☝


#10

IX. Plantar otro manzano

Cuando desperté y salí de la tienda, la aurora empezaba a bañar con nueva luz la tierra y el bosque. Si bien el silencio aún no había dejado de ejercer su dominio, por lo que hombres y bestias seguían entregados al dulce sueño.

Excepto Parisades, que se hallaba abrazado a un gran roble, plantado junto a la entrada de la Necrópolis. Permanecía en sosegada quietud, cerrados los párpados, como percibiendo algo que salía del interior del tronco. Aun así, supo de mi presencia y me habló, cuando pasé cerca de él.

—¿Sientes la energía de estos árboles Hijo del Río? Son los fieles guardianes que velan por el reposo de los que aquí yacen.

—Así que ya conoces quién soy en realidad —le hice ver.

—Se te adivina en el discurso y preclaro caminar. y Falero, a pesar de sus chanzas y desaires, ejerce de tu protector. Anoche se le veía inquieto, durante el tiempo que estuviste honrando a tus antepasados.

—Lo sé, y ahora he de regresar y terminar mis votos. ¿Hablarías con él si despierta y advierte mi ausencia de nuevo? —le rogué.

—Así lo haré —accedió el tracio—. Amigo, permite que te pida algo a cambio. A los Parisadios también nos gustaría hacer una ofrenda a los manes del lugar. ¿Podrías entregarla tú mismo en nuestro nombre?

—La llevaré gustoso hasta el sacerdote, a fin de que ruegue por vuestro pueblo y por… ¿Y cuál sería la naturaleza de la plegaría?

—No tenemos a donde ir, Hijo del Río —Dijo con la pena del que se sabe en peligro— Atrás solo queda ceniza y desolación. Y si seguimos hacia adelante, el invierno nos hallará en el camino y nos consumirá. Este lugar es grato a mi pueblo, tranquilo y seguro como tú afirmaste, y quisiera conocer si los espíritus nos serían propicios si decidiéramos habitar en él.

—Es una sensata petición —Le respondí— y me ocuparé de traerte una respuesta que espero te sea favorable.

Una vez más, avancé por la vereda hasta llegar a los dominios del sacerdote. Llevaba conmigo la cesta que me había hecho entrega Parisades, colmada de frutos secos, pan de cebada, queso agrio y pasteles que deposité junto al altar. Al presentarme ante Agrón, éste miró la ofrenda y reconoció los alimentos.

—Veo que te haces acompañar por tracios.

—Son gente de paz —me apresuré a afirmar— pastores que encontramos en el camino huyendo de los saqueadores.

El anciano esbozó una sonrisa, y levantó la mano en señal de disculpa.

—No es desdén a esta gente lo que mis palabras quisieron expresar. Es admiración y debilidad por sus pasteles y golosinas.

—Si los espíritus a los que sirves les permitieran asentarse aquí, tendrías ofrendas como estas todos los días —le tenté.

Al pronto, aparecieron dos soldados armados con largas picas entre los túmulos. Aunque yo había sido instruido en diversas formas de combate en mis días de palacio, no llevaba más que una pequeña daga colgada en la cintura aquel momento. La mejor opción era huir. Ahora bien, mi celo me impedía a volver atrás y revelar la existencia del campamento, poniendo a todos en peligro. Así que empuñé el arma y me encomendé a los dioses.

—Estos hombres son leales a nuestra casa, hijo del Río.

El corazón me latió en el pecho con inusitada fuerza, al escuchar la voz de mi veneranda madre que brotaba desde detrás de los soldados. Dejé caer la daga y salí corriendo a abrazarla. Sentí sus cálidas manos temblando de la emoción sobre mi espalda, y se me llenó el ánima de tristeza y alegría por partes iguales.

—¡Pero como...! —Me quedé sin palabras, algo que me acostumbraba a suceder en su presencia.

—Agrón nos envió aviso que habías llegado hasta aquí en busca de consejo.

—Mi señora Brisa, no queda mucho tiempo —apremió uno de los soldados— pronto advertirán vuestra ausencia en palacio.

El anciano sacerdote tomó su cayado, y nos hizo un gesto para que le siguiéramos a través de los manzanos. Nos detuvimos junto a un montículo que, por el aspecto de la tierra removida a su alrededor, era de cavado reciente.

—¿Es esta la tumba de mi padre?

—Aquí descansa el héroe Clito, último rey de los Enqueleos. —Respondió Agron—. Cuando un pastor fallece solo en la montaña sin que otro lo sustituya sus rebaños se dispersan. Unos son presa de las fieras salvajes, otros mueren de inanición, otros más de frío con la llegada de la invernada. Algunos, los más afortunados, son capturados y marcados, renunciando a sus antiguos dueños.

—Hijo del Río, lo que intentamos decirte —intervino mi madre— es que tú puedes evitar el olvido de Enquele, si accedes a llevar la carga de tu padre.

—¿Pero qué debo hacer? ¿He de quedarme y reinar?

—No —negó el sacerdote— lo que se te otorga es el derecho de probar que eres digno. Vete, aprende, supera las pruebas que los hados determinen. Y si a todo esto prevaleces, regresa y ejerce tu soberanía. Mientras tanto, serás un rey en el exilio y una esperanza para los que aquí permanecemos.

Así dijo el anciano, y conforme a los ritos de los primeros reyes, derramó sobre la tierra dos copas de vino puro, dos más de leche fresca, y otras dos de agua sagrada. Acto seguido, haciendo un surco con el cayado, dejó caer la semilla de la que habría de germinar un nuevo manzano, aquel que iba a simbolizar el curso de mi existencia.

Tras la siembra, hizo un gesto a uno de los soldados, y este le entregó el bulto que le colgaba de su hombro, retirando la tela que lo envolvía.

Era la espada ceremonial de mi padre, templada en tiempos remotos para Macedón el semidiós, con primorosa maestría perdida en el tiempo. Su hermosa empuñadura, tachonada con clavos de oro, tenía repujada la cabeza de un fiero león, cuyos ojos eran dos grandes gemas rojas que brillaban intensas a la luz matutina. La pulida hoja de doble filo era de un metal azulado, con la que, según se decía, no se podía entablar batalla, pues su visión amedrentaba el corazón de los enemigos. A su vaina, de puro marfil, le habían cincelado en el centro una estrella de dieciséis puntas, representando a cada una de las tribus que había comandado aquel antiguo caudillo.

La majestuosa espada había ocupado un lugar de honor en el megarón de palacio. Los líderes de la nación acudían a prestar juramento ante su solemne presencia. Ahora debía marchar al exilio, oculta entre mis pertenencias. Gustoso, me hubiera ajustado al pecho su purpureo tahalí en ese mismo instante, pero aún no poseía la fuerza suficiente para manejar tan poderosa arma. Pronto, muy pronto ambos alcanzaríamos inmensa gloria, batallando junto a los héroes de la Hélade, en el otro confín del mundo.

La ceremonia finalizó con la jura de proteger y restaurar la grandeza del reino, el día que fuese convocado para ello. Al regresar a las aras, los soldados volvieron a apremiar a mi madre y de nuevo se me encogió el corazón en el pecho. No obstante, esta vez no hubo lágrimas.

—Hay algo diferente en tus ojos —me dijo ella mirándome con dulzura— ya no eres el niño que salió ayer de palacio. Son pocos los que conocen con certeza el día que se tornaron hombres, tú ahora ya lo sabes.

—Huye conmigo madre mía, no tienes por qué quedarte aquí.

—Este camino lo has de recorrer tu solo Hijo del Río, así está dispuesto. Pero arroja de tu ánimo la amargura de la despedida, pronto nos volveremos a encontrar, los bienaventurados me lo mostraron anoche en un sueño.

Sus cálidas manos se escurrieron de las mías, levantó la vista hacia los soldados y estos comenzaron a caminar por delante de ella. Me quedé mirando mientras se alejaba. Divina entre las mujeres, augusta y venerada, nunca antes los Enqueleos habían honrado tanto a una reina.

El sol se mostraba ya en su plenitud sobre el horizonte, y yo me resistía a partir. Pues había pensamientos que agitaban mi mente, y sentía la necesidad de esclarecerlos.

—No soy de su estirpe ¿verdad? —pregunté al sacerdote, contemplando el túmulo del rey.

—No, Clito no te engendró, pese a ello, te llamó hijo ante los dioses, te amó, y te enseñó mucho, haciendo de ti lo que eres.

—Y me glorío de ello —le respondí— aun así, siento el deseo de saber quién es mi padre.

—No me está permitido revelarlo, pero intuyo que muy pronto lo has de conocer. Márchate ya, tu demora acrecienta los peligros del camino.

—Gracias Agron, eres un buen hombre, cuida de mi madre hasta mi regreso.

—Una cosa más —gritó el anciano cuando ya me alejaba— dile a ese pueblo de pastores que aquí pueden establecerse, siempre que respeten la santidad del lugar.

Asentí con la cabeza y me adentré entre los manzanos, buscando la vereda que me llevaría al bullicio matinal del campamento.

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Don_Diego
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Magnifico, siempre me han gustado las historias de héroes y el tuyo se va desarrollando estupendamente. Se ve que le iras dando poder conforme se lo irá ganando, y no solo por que sí. Sigo de cerca tu historia, amigo @aqueloo


#11

Nueva Patria

Ninguno de los tracios permanecía ocioso, parecía que todos supieran su cometido y lo cumplían con placer. Algunas mujeres molían cebada, y otras se afanaban en recoger las tiendas. Había hombres disponiendo fuego con leña seca, mientras los más jóvenes transportaban agua desde el arroyo. Me acerqué a Parisades, estaba junto a un improvisado altar, purificando con azufre y agua lustral la copa que empleaba para libar a las divinidades.

—Sois bienvenidos —me apresuré a comunicarle—. Manteneos ocultos de las tribus hostiles y os irá bien. Vuestro ganado, pasteles y golosinas, siempre serán bien recibidos en el mercado de Licnido.

El anciano caudillo me besó la frente, los ojos y ambos hombros, y acto seguido, comenzó a llamar a todos en voz alta:

— Pueblo querido, acercaos a conocer la buena nueva. Y vosotros que vivís en la ciudad de Atenas de anchas calles, oíd lo que voy a decir y que afirmaré con solemne juramento. Sean testigos primero Zeus, la mesa hospitalaria y la tierra del irreprochable Hijo del Rio, el cual ha intercedido por nosotros de forma favorable por mor de que habitemos en este hermoso paraje. Que desde el día de hoy y hasta el fin de los tiempos, la casa de este noble varón tenga en los Parisadios fieles aliados. Que los dioses te concedan toda clase de bienes, y que jamás a esta tu nación le sobrevenga mal alguno.

Gritos de alegría se alzaron en todo el campamento. Las mujeres tracias se aproximaban a besarme las manos, y ellos me estrechaban la diestra con exagerado vigor. Los atenienses sonreían también dejándose contagiar por aquel brote de euforia, aunque no alcanzaban a comprender del todo lo que estaba sucediendo.

Parisades dispersó a la gente mediante un par de palmadas, e invitó a los atenienses y a mí a sentarnos sobre troncos que acercaron a la hoguera, cubriéndolos con piel cruda de buey. Luego, doncellas de la tribu, clavaron la carne del sacrificio en espetones, la pusieron al fuego, y nos la sirvieron envuelta en tortas de mijo y cebada.

Y allí, en esa quietud, imaginé un futuro que no me pertenecía. Habitando aquel tranquilo rincón del mundo junto a los alegres Parisadios, pastoreando, cazando y recibiendo esporádicas visitas de mi veneranda madre. ¿Sería posible renunciar a aquella pesada carga, que en tan breve periodo se había dispuesto para mí?

—Podría acostumbrarme a esta vida —exclamé en alta voz.

—¿El hijo de un rey entre pastores? —replicó Falero con su sorna habitual— me gustaría presenciarlo.

—Hermano, ayer se me anunció otro nuevo y muy solemne deber.

Los mercaderes enmudecieron mostrando interés en lo que decía y supe que, si deseaba ganarme su aprecio, debía ser honesto con ellos. De modo que, mientras tomábamos el alimento, les relaté todo lo acontecido en la mañana: La visita de Brisa, la siembra del manzano, y mi promesa de regresar a la tierra patria, tras haber ejecutado muchas y penosas tareas. Ellos escucharon con respetuoso silencio. Ya me habían tomado afecto, pese haber compartido con ellos poco más que un día y una noche, y ahora les importaba mi suerte.

Falero no nos dejó seguir ociosos, y ordenó levantar el campamento. Después de lo cual, intercambiamos regalos con los tracios, como debe hacerse entre los amigos.
Los atenienses repartieron segures, y herramientas de bronce, de los que usan los artesanos para sus trabajos con la piel, el cultivo de las mieses y la construcción de edificios. Eran restos de sus mercaderías traídas de la Hélade.

Yo les hice entrega de siete talentos de oro bien labrado, que les ayudaría a comprar material para erigir sus viviendas, antes de la estación invernal.
A cambio, los tracios parisadios nos dotaron con mantos de lana, y sandalias trabajadas para todos nosotros. Además de una hermosa cítara de siete cuerdas que Museo, uno de los bolleros, recogió con entusiasmo.

El caudillo Parisades mandó traer también una tarja alta y pesada, de la altura de un hombre. Tenía cinco boyunas pieles sujetas a un armazón de madera de abeto. y al frente una última capa de bronce que, a pesar de las abolladuras, mella del tiempo y las batallas pasadas, conservaba su brillo y el repujado rostro horrendo de una erinia.

—Este escudo —Nos explicó— que por su tamaño debió pertenecer a un enorme guerrero, lo encontramos hace muchos años, cuando abandonábamos las llanuras tracias en el peregrinaje a Iliria. Quizás le deis el servicio que nosotros nunca supimos, por nuestra condición de pacíficos pastores.

Tras las amables despedidas, allí quedaron unos, contentos por su nueva patria; y se marcharon los otros, ávidos de regresar a la suya; en cuanto a la mía, atrás quedaba, y me lastimaba el alma el recordarla.

#12

XI. Puerto inseguro

En tanto cruzábamos el bosque nos regocijábamos departiendo en amena conversa. Mas una vez en el erial, nuestras bocas perdieron las ganas de hablar, y ningún otro ruido se dejó oír, solo un riachuelo que serpenteaba junto al camino. Única distracción en aquella basta y monótona llanura.

—Es tal la desolación que domina este lugar, que las montañas lo abandonaron —suspiró mi compañero.

—Nunca estuvieron aquí —le respondí— el norte del lago debió secarse cuando la tierra era joven, formándose la planicie que ahora atravesamos. Una vez cruzado el río, no tardaremos en regresar al abrigo de las colinas.

El sol se encontraba ya en lo más alto, y nosotros divisamos al fin el puerto fluvial de las negras aguas del Drilón. Enormes balsas solían navegar desde allí, siguiendo el curso del río, transportando mercaderías y pasajeros. Oponiéndose a nosotros, un gran portón se nos presentaba, hicieron falta dos hombres y mucho esfuerzo el abrirlo. El rey Clito la había mandado construir, la puerta y la empalizada toda, con el propósito de proteger el lugar del asalto de bandidos y tribus hostiles. Mas entonces no hallamos a nadie, ni barqueros, ni barcas en los fondeaderos.

—Un poco más arriba se levanta una aldea de pescadores —dije a mis compañeros— dirijámonos allí a ver si alguien nos pudiera asistir o dar alguna indicación.
Falero se quedó meditando un momento antes de contestar.

—Subiremos tú y yo solos con el primer carro, es el más ligero. Vosotros permaneced aquí, cerrad el portón y vigilad la empalizada.
Seguimos el río hacia el norte, buscando el arroyo que habíamos visto discurrir por el cenagal. Lo encontramos vertiendo sus aguas no lejos de las cabañas de los pescadores.

—La aldea está ahí delante —Le indiqué— emplazada en la confluencia de ambos cauces.

—Saquemos el carro a la linde y crucemos el riachuelo a pie, no nos mostremos aún.

Nos movimos por detrás de las viviendas en busca de alguna señal de que todo iba bien, pero no fue así. Aquel pueblo olía a muerte, a sangre y carne quemada.

Al punto, oímos golpes y gritos que procedían de la rivera. Nos arrostramos por la maleza hasta alcanzar con la vista el lugar del tumulto, y desde allí presenciar una perturbadora escena.

Dos tribus rivales apostadas a uno y al otro lado del río, se enfrentaban y amenazaban de forma terrible. En nuestra orilla, guerreros a pecho descubierto, sucios y salvajes, alzaban sus venablos y tensaban sus arcos aullando como lobos. Los otros a su vez, daban potentes gritos marciales, golpeando sus lanzas contra sus escudos. Parecieran dos fieras disputándose una misma presa.

—Hemos llegado tarde —se lamentó Falero.

—Si, cualquiera de los dos ejércitos nos atacaría si supiera de nosotros. A estos de aquí les llaman el pueblo Ulc. Son poco más que bestias que moran en las montañas, sin contacto con otros hombres. En épocas pasadas caían sobre viajeros y pequeñas poblaciones, en rápidos asaltos y desmedida violencia. El rey Clito, ante la imposibilidad de entablar pactos de amistad con ellos, decidió exterminarlos sin conseguirlo del todo. Los otros son Briges, asolan las aldeas y capturan a sus habitantes, con la pretensión de venderlos como esclavos a los piratas del norte. A caso sean los mismos que devastaron las tierras de los Parisadios. No es propio que bajen tan al sur.

—Tu padre te instruyó bien, Hijo del Río. Conoces tu reino y la gente que lo habita. Nos hallamos ante una gran dificultad.

— Pluguiera a los dioses que se exterminaran entre ellos, pero no veo más que bravuconería, y ninguna intención de iniciar la contienda.

—Cierto —Coincidió Falero —Aquellos se hundirían por el peso de sus armaduras, si llevaran la ofensiva atravesando el río. Y estos, por la abundancia de mugre que cubre sus cuerpos, no deben de ser muy diestros en combatir en el agua.

—Han dejado de gritar —Me alarmé— ¿Dónde están los salvajes?
A mi compañero se le cambió el semblante, y quedó preso de un ingente abatimiento por la suerte de los suyos.

—¡La caravana! ¡Han descubierto la caravana!
Corrimos de regreso al carro, lo devolvimos a la carretera y deshicimos camino hostigados por la inquietud. Nos detuvimos y apeamos poco antes de llegar al puerto. Allí Falero tomó su arco, y anduvimos agachados, pudiendo observar lo que sucedía sin dejarnos ver. Los Ulc atacaban el portón dando espantosos aullidos, y los atenienses se defendían tirando piedras desde lo alto de la empalizada.

—No resistirán mucho más —dijo Falero mientras armaba el Arco Alcón.

—Es probable —le contesté— pero si te enfrentas en solitario en campo abierto solo hallarás la muerte.
Sin embargo, el arquero ya no escuchaba. Estaba fuera de sí con los ojos en ascuas de angustia. Si quería hacerme oír debía ser más contundente.

—¡Espera y mírame hermano!, ¡Mírame! —le grité cogiéndole de las manos— sabes que la zozobra de ver a los tuyos en peligro enturbia tu mente. Recuerda que en el pasado te he dado buenos consejos, y tu ánimo generoso se dejó persuadir. Escúchame ahora lo que en mi pecho mi corazón me dicta. Y si te es grato, ejecutémoslo sin demora, y hagamos que ninguno de los nuestros baje hoy al Hades.

#13

XII. Escudo, arco y espada

Nunca antes sentí tal temor, se me erizaban los cabellos, y abría harto la boca en un intento de exhalar la presión que anidaba en mi pecho, y evitar el rechinar de los dientes.

En breve, un combate a bronce se iba a entablar, y yo me encontraba allí, entrando en campo enemigo, sujetando fuerte el telamón con mis manos enrojecidas.
Se oyeron ruidos semejantes al trino de golondrinas, Falero había comenzado su ofensiva.

—¡ESPADA! —Desenvainé la espada y la alcé por encima del escudo, presente del tracio Parisades. El poder de la hoja obró su milagro, ninguno de los salvajes cargó contra nosotros.

—¡AVANZA! —Levanté la tarja por encima del suelo, y comencé a andar hacia adelante. Sentí la mano de Falero sujetándome el hombro, húmeda y ardiente, sudaba copioso.

—¡DETENTE! — Ahora los trinos de golondrina se mezclaban con los salvajes aullidos cada vez más potentes. Al polvo de la batalla se le unió el olor a sangre y carne abierta.

—¡RESISTE! —Fijé firmes los pies a tierra y apoyé el hombro contra la parte trasera del escudo. Flechas, venablos y piedras cayeron sobre la parte delantera, haciendo resonar el bronce y palpitar la tarja entera. Pese a ello, nada consiguió atravesarlo, resistió la primera embestida.

—¡ESPADA! —Falero volvía a disparar sus flechas anunciadoras de dolor y muerte, mientras yo me aseguraba que los enemigos se mantuvieran a distancia. Ya no se oían aullidos, reuní valor y me asomé por la parte derecha del armazón. Los Ulc, hostigados por un aluvión de piedras, tenían dificultades en cargar sus armas, y en el piso se desplomaban sus heridos.

—¡RESISTE! —Gritaba de nuevo el arquero y otra lluvia de proyectiles cayó sobre nosotros, pero esta vez menos intensa y breve en el tiempo. Tras lo cual, nada. El tumulto de la batalla se había desvanecido. Solo sentía el fuerte respirar de Falero a mi espalda. Al pronto, un estallido de invocaciones a Nike rompió el silencio.

Aparté la tarja, y vi a los lobos dispersarse por la llanura, y a los atenienses celebrándolo desde lo alto del muro. Se abrió el portón y corrimos a abrazar a los nuestros. Llorábamos emocionados al conocer que ninguno había sido herido en la contienda.

Empero la alegría sería efímera, alguien dio la voz de alarma desde el interior del puerto. Bajamos todos al río. Allí los hados nos reservaron otra penosa tarea.

Las balsas ausentes regresaban a puerto con espantosa carga, guerreros Briges se apiñaban en sus tablas, haciendo brillar el río entero con sus abollonados escudos, y sus lanzas codiciosas de carne, largas como nunca las vi, se erguían hacia el cielo. Las balsas, abrumadas por el peso de los soldados y el bronce, emblanquecían el agua a su alrededor, semejando las babas de perros rabiosos.

Falero se descolgó el carcaj y derramó las flechas frente a él.

—¡Marchaos! —nos ordenó— yo les daré el recibimiento que merecen. Y si acaso llegáis a la ínclita Atenas, id a ver al viejo Alcón, y contadle que fue su arco sagrado el que os salvó de la negra Ker, en manos de un esforzado barón que se gloriaba de ser su hijo.

En ese instante retornaba el carro de Falero, levantando gran estruendo por la velocidad en que circulaba.

—¡Los salvajes se reagrupan! ¡Cerrad el portón, rápido! —gritó Políctor que lo conducía, Falero le había enviado ir en su busca, y ponerlo a salvo junto con el resto de la caravana.

—Entonces, que un glorioso fin nos abrace a todos —Se despidió Falero reverenciando el arco de su padre al hacerlo.
No tardamos en escuchar tremendos golpes contra la empalizada, mezclados con los aullidos de los salvajes, que se escuchaban con más vehemencia que nunca. Y las voces de los Briges, acercándose por el río ya se dejaban sentir.

Era el sonido de la muerte que se cernía sobre nosotros.

#14

XIII. El Hijo del Río

Pero no se dejó, no, quebrantar la firmeza de mi ánimo. Y en aquel momento, como en otras ocasiones a lo largo de mi vida, una inminente amenaza actuó de combustible, avivando las llamas de mis pensamientos. Pedazos de mi memoria, palabras, imágenes, designios y sentimientos se unieron para alumbrar una verdad, que siempre estuvo ahí, en el río.

Caminé hacia él, y me sumergí hasta la cintura. Su voraginosa corriente me golpeaba con fuerza, produciéndose a mi alrededor una espuma blanca y burbujeante. Los desconcertados atenienses me gritaban que nunca alcanzaría la otra orilla a nado. No era esa mi intención.
Elevé los brazos a la manera del suplicante, y comencé mi plegaria:

—Óyeme, señor del río, si en verdad eres mi padre y yo soy tu hijo, no dejes que perezca de forma cruel y miserable junto a tus orillas. Acuérdate de Brisa, la más hermosa de las mujeres, acudiendo a tus dominios para ofrecerte pingües sacrificios y tú, dios poderoso, con el corazón henchido de deseo, te llegaste a ella y la envolviste con tu divino abrazo engendrándome a mí. Concédeme pues lo que te pido ¡oh soberano! no permitas que mi cadáver sea pasto de los peces que habitan tu reino. Y que mi sangre, sangre de tu sangre, sea derramada sobre tus sagrados remolinos.

Descendí la mirada y vi que las aguas ya no me cubrían la cintura, sino los tobillos. Parecía que algo impidiera que el lago desaguara en el negro río. Continué caminando, Políctor que todavía se hallaba en el carro, lo dirigió hacia el río y marchó junto a mí. Ambos superamos sin percances la otra orilla.

Al contemplar el milagro, el resto de los hombres no se contuvieron, y se lanzaron con los carros al agua, arreando a los bueyes y causando gran vocerío. Falero semejaba el perro de un pastor en medio de su vacada, agitándose impetuoso entre los animales, gritando y asistiendo a los compañeros.

Para cuando llevaban dos tercios del cauce atravesado, el nivel del agua invirtió su tendencia y comenzó a subir amenazando devorarnos. Los carros llegaron a la orilla con mucho más esfuerzo en el último tramo, excepto el carro del pescado, que se había quedado rezagado y ahora no conseguía moverse. Gritamos a Eupálamo, su conductor, que saltara y nadara hasta nosotros, pero él no contestaba, estaba pasmado, con el rostro palidecido observando la carga.

En el ínterin, en la orilla opuesta el portón de la empalizada acabó cediendo, y con gran estrépito cayó contra el suelo. Los salvajes entraron en tropel al puerto, y se aplicaron en disparar sus dardos y piedras contra el desdichado Eupálamo.
Falero organizó una cadena humana, con el propósito de acercar el carro a tierra firme. Nos agarramos unos a otros y tiramos con fuerza, los bueyes cedieron a nuestro impulso y comenzaron a nadar. Una vez en la orilla, advertimos que el vagón estaba vacío, todo el pescado se había perdido. Aún de esta suerte, debíamos pensar en salvar a los animales. Atamos retorcidas cuerdas al yugo, y el otro extremo al carro de Nérito.

En este punto, un repentino viento se levantó, soplando con inusitada potencia. Acto seguido, oímos un ruido ensordecedor, semejante al que hace la nieve al desplomarse desde las altas cumbres.

Miramos hacia el sur, y vimos, con asombro y terror, una inmensa montaña de agua y fango que, precipitándose sobre la cuenca del río, arrancaba de raíz los árboles que encontraba a su paso. Ahora, era el lago el que parecía verterse por entero.

La carreta de Eupálamo, remolcada por los bueyes de Nérito, consiguió evitar la ola letal, y alcanzar la eminencia donde el resto nos hallábamos. No así los salvajes que, junto con los embarcaderos y la empalizada entera, fueron arrastrados por la ira del dios, yendo a caer encima de las balsas de los desdichados Briges, que habían detenido su avance al ver a los Ulc en el puerto.

Nos quedamos absortos contemplando el espantoso espectáculo. Los gritos de desesperación de los guerreros eran de golpe silenciados, al ser engullidos por las aguas homicidas, a consecuencia del peso de sus armaduras. Los salvajes en cambio, zarandeados por las olas de sombría cima, se golpeaban una y otra vez contra los troncos y cascotes que flotaban en el fango, haciendo más larga su agonía.

El hinchado río mugía como un toro, escupiendo escombros y desfigurados cadáveres sobres sus márgenes. Y cuando ya no quedaban más vidas que arrebatar, entonces y solo entonces, bajaron las aguas, dejando una grotesca escena de desolación y muerte en ambas orillas.

No me avergüenza confesar, que al igual que a mis compañeros, me flaquearon las piernas y caímos todos de rodillas exhaustos y amedrentados.

#15

XIV Altar

Eupálamo fue el primero en recuperar el vigor en el pecho, pues era el conductor de más larga experiencia, y el menos impresionable de todos. Este se adelantó, y encarándose a los demás, su parecer transmitió:

—Amigos, todos me conocéis, y sabéis de la sensatez de mi ánimo y lo prudente de mi espíritu. Ni soy famoso por mi devoción a los dioses, ni mis juicios se someten a la engañosa imaginación. Mas hoy he vivido una maravilla que jamás creí pudiera realizarse. Y no me refiero a la crecida del caudal, la cual sería posible buscarle una explicación razonable. Sino a la que os voy a relatar ahora mismo, y al escucharla, coincidiréis conmigo que hemos vivido un glorioso momento.

Y este habría de sucederse en el río, cuando se abrió, ofreciéndonos una ocasión para la fuga, y todos nos adentramos en su lecho. Si a vosotros os resultó fácil y liviano transitarlo, para mí no lo fue de la misma manera. Desde que penetraron en las aguas las ruedas de mi carreta, ésta se hizo pesada, y se sacudía y estremecía de continuo. Y luego que se produjera el rebufo del cauce, el vehículo se meneaba entero, espuma abundante se formó a mi alrededor, y los animales ya no obedecían.

Yo, temiendo que los Ulc me dieran alcance, me di la vuelta y entonces padecieron mis ojos de estupor, al contemplar el origen de todos los sucesos.

Eran los peces que en fardos bien atados en mi vagón transportaba, que habían cobrado vida y escapaban hacia lo profundo. Y no fue hasta que el último de ellos saliera nadando, que se desclavara la carreta y volviera a obedecer mi gobierno.

Mi corazón me dice que he visto el poder de un dios reclamando a los súbditos de su reino, aquellos que pretendíamos llevarnos por la fuerza. Por esta razón, os propongo que no abandonemos este río colérico, sin haberle levantado un altar y apaciguado con plegarias y sacrificios.

De este modo testificó Eupálamo en lo tocante a su incidente, y en seguida se adelantó Falero con la intención de replicarle.

—No me agrada hermano cuanto acabas de proponer, y te invito a meditarlo. Hoy hemos combatido a aquellos que buscaban nuestra perdición, y enfrentado a portentos que han arrastrado a nuestros enemigos a la boca de los infiernos. También ahora sabemos del prodigio que tu solo has visto y padecido, mas no por ello dejamos de creerlo. Que cada cual prometa en su corazón cuantiosos sacrificios y perfectas hecatombes a este río y a los númenes protectores, si conseguimos regresar a la divina Atenas. Pero sabed que la muerte nos persigue, y temo que nos vaya a encontrar. Ea, pongamos en marcha la caravana, y salgamos de esta perniciosa llanura cuanto antes, no sea que nos encuentre aquí la oscuridad, y otras tribus hostiles pretendan agredirnos. Que ya habrá tiempo de descansar y maravillarnos de lo ocurrido.

Tras haber hablado en estos términos, subióse al carro de un salto y nos conminó para que hiciéramos lo mismo; arreó a los animales y reanudamos el éxodo hacia el ocaso. Y cuando no llevábamos recorrida la distancia que alcanza el grito de un hombre, otro obstáculo nos obligó a detenernos:

Eran las aguas de un torrente de rápidos remolinos, que amenazaba con tragarse las carretas si osábamos circular sobre su cauce. Éste discurría hacia el norte, retornando a la cuenca del Drilón por cima de la aldea de pescadores. Allí debían confluir ambos, por lo que no había donde cruzar si lo seguíamos.

Falero desvió la vista a mí, a la espera que le indicara como sortearlo.

—Nunca antes vi ni supe de este otro río —Me apresuré a decir— quizás se trate de una corriente subterránea, de las que emergen un tramo tan solo en ciertas épocas. Remontemos su rivera, y en breve daremos con su fuente.

La caravana viró como yo sugerí. Mas no hallamos ninguna fuente, sino un pronunciado meandro que giraba hacia atrás, subía, y de nuevo se acoplaba con el negro Drilón. El río había creado allí un segundo apéndice, poco antes de entrar en el puerto de la empalizada.

Mi compañero expuso sus pensamientos en alta voz, pues no parecía que a mí se dirigiera, y enunciaba el apuro muy abatido.

—El Drilón se separa en dos brazos, que vuelven a unirse más adelante, y nosotros estamos en medio, presos en una isla.

—Ya os lo advertí —se oyó gritar a Eupálamo desde atrás— Es el dios cerrándonos el paso por no rendirle los honores debidos. Aún es posible remediarlo.

Los demás también nos observaban, esperando una respuesta favorable a la sugerencia del viejo conductor. Y la potestad de Falero se dejó persuadir.

Amontonamos guijarros del río alrededor de una blanca y pulida roca que sobresalía de la arena; lo coronamos con follaje de tamarisco que yo, junto con Nérito, el más joven de los Atenienses, nos habíamos aplicado en reunir; y fue Museo quien con gran habilidad llevara el fuego a la pira, rozando dos obscuras piedras que extrajo de su morral.

Eupálamo se ocupó de los ritos. Al carecer de animales para el sacrificio, esparció granos de cebada sobre el altar, y la grasa de una urna de bronce que transportaban entre los víveres. Y todo lo regó con agua lustral y vino por partes iguales, alzó la copa, bebió, y regueros de la mezcla escaparon por los costados de su boca, tiñendo de rojo su barba canosa:

—Apiádate señor, permite que salgamos de tus dominios, con la ambición de expandir tu grandeza lejos, en la ciudad que habitamos. Nosotros, que nos proclamamos devotos tuyos, allí te levantaremos un templo con altares perfumados, y te haremos ofrendas todas las estaciones del año.

Habiendo orado así, dio el grito ritual y el río atendió a su ruego, suavizó al momento su curso y contuvo su oleaje.

#16

XV Vestidos de Bronce y Cuero

Continuamos siguiendo la travesía del sol, evitando el camino principal que quebraba hacia el lago. Era una zona pantanosa, con pequeños estanques aquí y allá salpicando el terreno. A Falero se le adivinaba inquieto, miraba de un lado al otro sin dar tregua a la cautela, y no recobró el habla hasta que alcanzamos el final de la llanura. Delante, comenzaba el bosque y más allá las montañas, mostrándose orgullosas entre las blandas nubes.

—¿Podemos llegar al Paso de Candavia desde aquí? —me interrogó.

—Al sur hay una collada que conecta con esa ruta.

Él levantó el brazo por respuesta, apuntando hacia el mediodía, y toda la caravana comenzó a virar siguiendo la senda junto a la arboleda. Detrás, alguien entonaba una canción. Falero observó mi pasmado rostro, y se sonrió.

—Es Museo. Antes de ejercer de mercader fue aedo, mas no consiguió hacer de ello su oficio, y ahora nos castiga a nosotros con sus horribles chillidos.

En modo alguno era museo lo que describía Falero, ni un ignorante de la ciencia musical. Sacaba harmonías de las siete notas del canto, y tocaba virtuoso la lira que le regalara el tracio Parisades, colocando los dedos sobre el plectro de marfil. Su canción tratábase del regreso al hogar, navegando a través del embravecido Ponto, llevando la bodega cargada de tesoros y el alma de felices sentimientos.

La alegría del músico mercader nos regocijó el ánimo a todos, se oyó de nuevo a los hombres conversar, reír y bromear. Y creíamos que los trabajos de aquel día habían terminado, pero aún quedaba otra penosa prueba que superar.

La lumbre de Helios comenzaba su inevitable extinción, impidiéndonos advertir el peligro que nos cercaba. Docenas de soldados nos salieron al paso en la boca de la garganta. No lo dudé, di un salto y me tumbé presuroso en la parte trasera del carro.

—¡No, por Hermes, protector de los caminantes! ¡no nos lastiméis! —se apresuró a suplicar Falero —carecemos de armas.

—Reprime tu temor viajero —respondió el portador de los emblemas—. Somos guardias al servicio del gobernador Emois, que vamos en busca de un fugitivo. ¿Quiénes sois que en la oscuridad de la noche transitáis por sus dominios? Manifestadlo para que me quede bien enterado.

—Tan solo humildes comerciantes, que regresamos al hogar con el fruto de nuestras transacciones, después de pasar el verano en la brillantísima Licnido.

—En tal caso, es a vosotros a quien buscamos. Debéis acompañarnos a la ciudad, ya sea de buen grado, ya por delante de las lanzas.

—¿Pero…, bajo que acusación?

—La de amparar o haber amparado a un traidor.
¡Yo no soy un traidor! —afirmé alzando la voz y saltando a tierra.

Llevaba la Macedonia en la mano, lo que puso en guardia a los soldados. El temor se había apoderado de mi espíritu, y debía ocultarlo o acabaría empalado por docenas de lanzas. Mi tarea era la de suplicar al capitán por nuestras vidas.

—Eres Arrabeo, Señor de Linkesta. Por mi padre conozco de ti, y por el día que llegaste a palacio a jurarle lealtad sobre esta sagrada hoja —dije moviendo la espada en alto—. Él te describió como un hombre de honor, prudente y honesto. Ningún mortal que pensara con prudencia pondría en reproche su bravura, me decía.

El poder intimidatorio de la espada me permitió seguir hablando, ignoraba por cuánto tiempo, siempre menor en aquellos que descollaban en voluntad de carácter. No debía demorarme más en mi discurso.

—Tal como yo lo veo, puedes entregarme a Emois, el cual me otorgará una muerte cruel, por el único crimen de llamarme hijo de un magnánimo barón. O por el contrario, dejarme marchar al exilio, y honrar la memoria de aquel que se preciaba de ser tu amigo.

El caudillo se quedó en silencio, vacilando en la adopción de uno de estos dos pareceres, necesitaba un impulso más, y Falero salió en mi favor.

—Señor, los bienaventurados dioses no se complacen en las obras perversas, sino que honran la justicia y las acciones sensatas de los mortales.

Arrabeo hizo un gesto con el brazo y sus hombres descansaron las lanzas. No vacilé, comencé a andar sujetándome fuerte al puño de la espada. Los soldados se apartaban a mi paso, haciendo resonar sus uniformes de cuero y bronce, nunca me habían parecido tan temibles. Oí las ruedas de los carros ponerse a girar tras de mí.

Seguí caminando por aquel interminable bosque de lanzas, temblándome las carnes y con la voz pegada a la garganta, esperando que en cualquier momento me golpearan e impidieran mi avance. En cambio, fue la voz de Falero la que en el final me detuvo.

Ya puedes parar Hijo del Río, lo has hecho bien.

Cobré ánimo y miré hacia atrás, y vi que los soldados habían desaparecido. Al punto, me flaquearon las rodillas, y una oscuridad me cubrió los ojos.

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Algo ardiente y amargo corrió por mí garganta y me hizo toser.

—Con calma muchacho, ha sido muy larga la jornada.

Abrí los párpados y vi que era el viejo Eupálamo quien hablaba, me había hecho sorber vino caliente de un cazo, trayéndome de vuelta al mundo de los vivos. Estaba tumbado junto a una hoguera, sentados los mercaderes en derredor, comiendo y bebiendo con la serenidad pintada en sus semblantes.

Respiré. Habíamos vencido al mal albur.

—¿Cómo te encuentras? —quiso saber Falero.

—Hambriento… y … sediento.

—Eso es que no padeces ningún mal —se alegró ofreciéndome la cena en una canastilla.

Comencé a tomar el alimento con avidez, pero entonces reparé en Macedonia, e inquieto, miré a un lado y al otro.

—¿Es esto lo que reclaman tus ojos? —me preguntó acercándome la espada.

La tomé y acaricié su empuñadura, su tacto me tranquilizó.

—Magnífica hoja, ¿tiene nombre?

—Mi padre… El soberano Clito —precisé— la llamaba Macedonia, porque perteneció a Macedón, el hijo de Zeus.

—En verdad posees un gran tesoro Hijo del Río.

—No, no me pertenece a mí, yo tan solo soy su protector.

—Protector de Macedonia —proclamó con exagerada solemnidad— otro epíteto más que añadir al de Rey, semidiós y guía de caravanas.

—Conduciros hasta aquí ha sido mi última labor como guía, más allá de esta garganta temo que sea de escasa utilidad.

—No te hagas de menos muchacho —Me replicó Falero—. Ha sido la agudeza de tu ingenio, la que hoy nos ha salvado de la ruina. Mucho han de horadar las ruedas de nuestros carros antes de alcanzar el puerto de Butea, ten por seguro que seguiremos requiriendo de tu resolutivo proceder.

Museo, que tañía la cítara parisadia, ensayando acordes de una nueva canción, intervino:

—Recréate los oídos Hijo del Río. no es en modo alguno frecuente que nuestro áspero capataz halague con lisonjas a uno de los suyos. Yo por mi parte me avendré a loar la gloria de los héroes.

—Museo —le respondió Falero— te halagaré a ti también, si es lo que anhela tu corazón. Tú nos proporcionas un gran servicio, espantando a las bestias y las aves de rapiña con tus estridentes sonidos.

Una risa incontenible se apoderó de todos nosotros. Excepto de Museo, que quedó serio y cabizbajo, apartando el instrumento a un lado. Así que Falero lo advirtió, escanció vino en una copa, y se la ofreció con amables disculpas:

—En verdad que no estuve nada comedido, y no quisiera que por ello se afligiera tu alma. Qué no es decoroso ofender a un amado de las musas, pues de ellos fluyen suaves las palabras, cuando alaban y perpetúan las gestas de los antiguos.

Museo aceptó la copa, pero aún seguía dolido, con la tristeza de un niño al cual había sido reprendido siendo inocente.

—Mas ea, cuéntanos esta noche de cómo Cadmo fundó Tebas Cadmea —le pidió Falero— tú que viviste en el pasado tras sus formidables murallas, que según dicen fue un citarista quien las levantó con sus melodías. Nuestro hermano Hijo del Rio aquí presente, tiene intención de solicitar asilo a sus moradores, y no me parece sensato que comparezca ante ellos sin conocer nada de su tradición.

Al aedo se le iluminó la cara, tomó la lira y comenzó a tañerla buscando inspiración. Y esto fue lo que recitó:

#17

XVI El Peregrinar de los Tirios

En el remoto reino de Sidonia, junto a la populosa ciudad de Tiro, habitaba un monarca opulento que imperaba sobre muchos pueblos. Grandes riquezas llenaban las cámaras de su excelso palacio, cosas extraordinarias, maravillas dignas de ver traídas de todos los rincones de la tierra. Si bien, su tesoro más preciado y el que más quería y admiraba por encima de todos, no era otro que su hermosísima hija Europa, la de sonrosadas mejillas y lindo talle. Tan grande era su belleza, que el mismísimo Zeus, el padre de los dioses y de los mortales hombres, le fijó la mirada y un incontenible deseo se apoderó de su pecho.

Tenía el rey un numeroso rebaño de vacas en un florido prado, donde Europa y sus doncellas gustaban de recoger rosas, azafrán, hermosas violetas, espadillas, Jacinto y aquel narciso que la tierra producía tan hermoso y lozano.

En esta suerte, el artero Zeus maquinó una soberbia artimaña. Mudó de forma semejando un toro blanco, inmaculado, de retorcidos cuernos y se mezcló con la parda vacada. Así que lo vieron las risueñas muchachas se llegaron hasta él, para admirar de cerca tan asombrosa apariencia.

Como quiera que el animal pareciera manso, colgáronle guirnaldas de flores, y se incitaban unas a otras a aproximarse más y acariciarle el suave pelaje en alegre algarabía. Y quiso la providencia que la divina Europa, embriagada por la risa, alzándose, sentose al lomo de la dócil bestia, ansiosa por vencer el jubiloso certamen.

El falso toro comenzó a caminar hacia una playa arenosa, ante los suspiros de Europa, que desde lo alto se angustiaba. Y al verlo sumergir sus rotátiles patas en las aguas espumosas, la princesa se agarró fuerte a la cornamenta por temor a caer, y gritaba asustada a sus compañeras. Ellas, aterradas desde la orilla, la veían alejarse a lomos del transfigurado dios.

Del destino de Europa, a que lejanas tierras arribaría, y del famosísimo hijo que concibió del soberano del cielo, yo me acordaré en otro canto.

Inconsolable pesar se apoderó del alma del padre, al conocer sobre el rapto de la hija querida. Dejó él de comer y de beber, y a nadie se dirigía ni con palabras ni con acciones.

Había engendrado el monarca tres irreprochables varones, hermanos de la desaparecida, que a él se llegaron por si podían aliviarle la pena:

—Venerable padre, grandes son los pesares que soportamos los mortales, y hemos de aceptar con ánimo paciente. Pues la divinidad te dará esto y te rehusará aquello, según le pluguiere. En cuanto a ti, aún te quedan otros esforzados hijos en tu mansión, que aspiran a suavizar tu dolor. Pídenos lo que quieras que nada te negaremos.

Muy por el contrario, los príncipes, lejos de confortar el corazón del rey, recibieron el más severo de los mandatos:

—¡Cobardes ingratos! En nada me consuelan vuestras blandas palabras, ni me complace que os halléis en mi presencia. ¿Dónde está vuestra hermana a la que jurasteis proteger? Cumplid vuestros votos o sucumbiréis ante mi cólera. Escoged una corva nave, de las muchas que hay en el bullicioso puerto, y embarcaos en busca de Europa. Que no os encuentren los guardias vagando por la ciudad, ya sea porque demoréis la partida, ya porque hayáis regresado sin el encargo cumplido, pues os tratarán como a perros impíos, y de nada ha de serviros el egregio linaje del que procedéis.

Forzados por la necesidad, los tres de Tiro acometieron la empresa. Navegaron hacia el norte, preguntando acá y acullá por el bovino raptor de doncellas. Empero, ningún individuo de los que moran las tierras por donde nace Eos, habían contemplado tal portento, y no obtuvieron respuesta favorable.

Pronto, ¡oh veleidoso Fenix!, perdiste toda esperanza y fuiste el primero en rendirte ante la infructuosa tarea. Allí donde abandonaste a tus hermanos queridos, fundaste Fenicia junto al reino de tu padre al que, en la plenitud de tu vida, unirías a tus dominios.

¿Y a ti, Cilix?, primogénito del rey, ¿quién te subyugó el espíritu? ¿Quién de los sempiternos, o de los mortales hombres te retuvo para siempre en las escarpadas costas de Cilicia? ¡Ah! ya no llegarás a las remotas corrientes del océano como te vanagloriabas, cuando afirmabas que restituirías a Europa a las faldas de su reverenciada madre.

Pero tú, irreprensible Cadmo, siendo más joven como eras, no cejaste en tu empeño. Aun teniendo yo diez bocas articuladas de voz, difícil me sería enumerar todas las tierras que tus briosos pies pisaron; los pueblos hospitalarios y justos que te acogieron; las tribus crueles y salvajes que osaron oponerse a tu determinación. Licia, patria de Apolo y la monstruosa Quimera, Lidia, Frigia inmensa, Misia y la Tróade, a donde te dirigiste para cruzar desde allí el voraginoso Helesponto, y la Tracia toda.

Y habiendo peregrinado el héroe por las llanuras de Tesalia, cansado y abatido en su miserable vagar, enderezó su camino hacia la sagrada Delfos. Allí franqueó el umbral de piedra, con la voluntad de consultar al oráculo, el único que conocía lo pasado y lo venidero. Pero la pitia le salió al paso, y le increpó con estas palabras.

—Hombres necios, desdichadísimos que estáis ávidos de inquietudes, de grandes pesares y de angustias en vuestro corazón. Extranjeros sin patria y de infecundo propósito, malditos, malditos…

—La mujer gemía, y se lamentaba mesándose los cabellos, postrada delante de Cadmo y sus compañeros. Los sacerdotes al verlo gemían también, y los coros de las vírgenes, y todos los que allí servían al dios profeta.

—¿Por qué os angustiáis? —se asombró Cadmo—. Ningún mal ha de venir de nosotros. Decidnos como debemos proceder, que aquel que obedece a los altísimos es por ellos atendido.

—Oculta a tus ojos este santo recinto y aléjate de nosotros. ¡Malditos!

—¡Malditos! ¡Malditos! —repetía el coro al unísono con voz lastimera, acaso pareciera el eco de la pitonisa.

—¿Pero a dónde iré? —preguntaba Cadmo— ¿hallaré a mi hermana Europa, por la que tantos trabajos hemos padecido los de Tiro?

—Donde descansa la luna. ¡Malditos! —le respondió la pitonisa.

—¡Malditos! ¡Malditos! —repetía el coro.

—No comprendo lo que dices. ¿Cómo daré con ese lugar?

—Todas las cosas te han sido reveladas, guárdalas en tu mente. ¡Malditos!

—¡Malditos! ¡Malditos!

#18

Cadmo comprendió que ya no obtendría más respuestas, y decidió obedecer sin demora. Vendáronse los ojos y cogidos de la mano deambularon por la sacra ciudad. Y por azar, cruzaron la puerta que miraba al sur, hacia la fértil Beocia. Y alejándose por el paisaje, cumplieron de este modo el primer mandato del oráculo.

Por lo que respecta al segundo, resolvieron unirse en consejo, para ver si entre todos arrojaban algo de luz a las aladas palabras de la anciana pitonisa. Sentados en redondel sobre la hierba, en medio de una pradera, se entregaron a sus deliberaciones. Al punto, sintieron como gemía la tierra por debajo. Eran los copiosos rebaños del rey Pelagonte, que salían de los establos haciendo retumbar el suelo bajo sus patas. Pronto inundaron el valle entero, mugían, balaban y relinchaban según su condición. A los impresionados viajeros les parecía que el mundo llegaba a su fin, y se aferraban unos a otros, a la espera de perecer pisoteados por la ensordecedora estampida. Pero las bestias desviaban el rumbo formando una circular isla, allí donde Cadmo y los suyos se encontraban.

La hora de la suelta terminó, y dejaron de llegar animales. Los últimos se alejaban ya hacia los verdes pastos, y el silencio regresaba al valle. Y cuando creían pasado todo el ganado, una mugidora vaca se presentó ante ellos, metiéndose en el interior del círculo.

—¡Luna! ¡Luna! —Se oyó gritar a lo lejos.

Era uno de los boyeros, que venía en busca de la rezagada. Se acercó hasta los tirios y los saludó con la diestra.

—Salud pastor —le dijo el divino Cadmo—. Que nombre tan idóneo para una vaca mostrenca, esa marca lunar de su rostro es admirable de ver. ¿tendrías a bien comerciarla? Te pagaríamos tres talentos de oro.

—Estaría encantado de deshacerme de ella. Mas no sería prudente ni justo ocultaros nada sobre esta desventurada, que nunca atiende a razones, se separa de la manada a su antojo, salta el cercado y anda de acá para allá. Pareciera un espíritu de esos que cabriolan por el Parnaso, haciendo sonar el camarillo.

Cadmo se incorporó, y le puso el oro en la mano al pastor, y a éste se le alegró el corazón.

—Eres un hombre piadoso. Que los bienaventurados te recompensen por ello. Ve tranquilo que nosotros por nuestra parte nada te hemos de reclamar.

Y el uno se fue contento por el ventajoso trato. Y los otros quedaron maravillados al ver como todo se iba cumpliendo, según lo dispuesto por los hados.

Luna, la vaca errante, inició su lento peregrinar hacia el este, a través de las umbrías cumbres del Helicón y sus valles poblados de árboles. A continuación, un sendero pedregoso la llevó junto a la ribera del lago Copais, cruzando las llanuras del Ténero y Aonia.

Dos días la habían estado siguiendo los de Tiro. Sin tregua, sin reposo, sin rendirse a la debilidad. Y cuando el sol terminó su carrera por vez tercera, y las tinieblas se extendían de nuevo sobre la tierra, a la vaca le cedieron los miembros, quedando su abultado cuerpo tendido en el césped. Y ellos se alegraron de poner término a su penoso caminar.

Ea, dispongamos un magnifico banquete, y hagamos sacrificios propiciatorios a las divinidades. A ver si alguna se aviene a levantarnos esta maldición que nos pesa tanto.

De esta suerte se expresó el ilustre Cadmo y los demás obedecieron solícitos.

Mientras unos aparejaban la cena, otros prendían la lumbre, y unos terceros fueron en busca de agua a una fuente que allí cerca cristalina fluía. ¡insensatos! sin saberlo, eran impelidos por el hado que a la negra muerte los arrastraba. Un abominable dragón, siervo de Ares, se abalanzó sobre ellos cuando arrimaban sus recipientes al sagrado manantial.

Cadmo, de corazón bravo, alertado por los gritos de desesperación, presentose en el lugar blandiendo su larga pica, y al encontrarse con el monstruo devorando a placer los cuerpos palpitantes de sus desdichados compañeros, una terrible cólera se apoderó de él.

Con un potente grito guerrero, le atravesó con la lanza el ojo derecho, saliendo la broncínea punta por el izquierdo. El monstruo, cegado como estaba, seguía dando brincos rugiendo de forma aterradora. No se detendría ahí la llama devoradora de Cadmo, sino que cogiendo una pesada piedra, la cual dos varones de los actuales no podrían transportar, pues así era su vigor, la descargó con un potente golpe en lo alto de la cabeza del dragón, rompiéndole los huesos del cráneo.

—¡Ahora púdrete ahí en el suelo!—le espetó al cadáver de la bestia — que ya no serás funesta perdición para los hombres.

Un halo de gloria envolvía su gallarda presencia. Soberbio y orgulloso, ordenaba a su séquito que dieran sepultura a los caídos, y acto seguido iniciaran el festín. Caudillo de voluntad de hierro, ni las fatigas ni las adversidades conseguían doblegar la firmeza de tu espíritu.

#19

XVIII La Fundación de Tebas

Tanta nobleza y empuje no pasaron desapercibidos a la sacra potestad de los moradores del cielo. Ellos, reunidos en asamblea, deliberaban sobre el destino del héroe. Atenea, siempre defensora de los justos, se lamentaba despidiendo hondos suspiros:

—He aquí un hombre valiente y de regio proceder, al que los dioses repudiamos a causa de su obstinada búsqueda, contraria a los designios de Zeus. Ahora perecerá sin haber ejecutado grandes obras que perduren en el tiempo y sean beneficiosas para las futuras generaciones, como corresponde a los varones excepcionales.

El rey de los olímpicos arqueó las cejas en señal de clausura, desde el más alto de los doce tronos. Las otras divinidades callaron y él declaró su inmutable decisión.

—No me opongo a que socorras al mortal, si cesa ya de su propósito, y funda una ciudad dotándola de templos que nos sean gratos. Yo mismo le compensaría con una consorte digna de un dios, en nada inferior a su añorada hermana, ni en gracia, ni en belleza, ni en juicio ni en habilidad.

Disolviose el consejo divino, y Atenea puso sobre sus espaldas la formidable Égida, bastión infranqueable que antes colgara del fuerte brazo de su padre. Asió su lanza de punta trifurcada, forjada por los cíclopes, con la cual ella destruye falanges enteras de guerreros, y cualquiera que excite la cólera del largovidente Zeus. Por último, cubrióse la testa con un casco de oro de doble cimera, y precipitándose desde las regiones etéreas, fue a parar a donde Cadmo dormía, junto a las corrientes del Ismeno. Se detuvo en su cabeza, y en forma de sueño se le anunció de esta manera:

—¿Duermes, hijo del arrogante Agenor? pérfido insaciable, rey devorador de su pueblo. ¿cuántos trabajos y calamidades has sufrido a consecuencia de tan odioso progenitor? Ea, relaja ya tu fatigado corazón, porque yo vengo de parte de otro padre, que sí te ama y tiene un plan para ti.

Habiéndose manifestado con estas afectuosas palabras, Atenea agitó su escudo, y una populosa urbe apareció ante los ojos del errabundo Cadmo. Lujosas mansiones se levantaban orgullosas en sus anchas calles, y una altísima muralla de siete puertas doradas la circundaba. Sus habitantes, gozosos, hacían libaciones a los celestiales protectores, y se congratulaban unos a otros en el ágora y el mercado.

La diosa de ojos de lechuza volvió a sacudir la magnífica Égida, y puso fin a la visión.

—Una última cosa te diré, que deberás guardar bien en tu memoria. No sea que te sobrevenga el olvido cuando el dulce sueño se ausente. La horrenda sierpe te privó de paladines que te asistan en tus obras futuras. Entierra los dientes de esa perra homicida y verás cuán grande será tu compensación.

Despertose el divino Cadmo, y acordándose de las instrucciones de la diosa, se dirigió a donde yacía el cuerpo del dragón, y golpeándole las fauces con piedras, le arrancó todos los ensangrentados dientes. Acto seguido, los diseminó en unos surcos que había labrado en la madre tierra, hiriéndola con la aguda espada. La lumbre del sol calentó la siembra, y la negra noche la humedeció. Y al surgir la aurora del océano para restablecer la luz a los mortales, el portento se hizo visible.

Un ejército de formidables guerreros surgía del barro. Enormes, musculosos, de mirada terrible, armados con rodelas y lanzas de marfil.

Cadmo temiendo por los suyos, les ordenó que se ocultasen en la gruta del dragón, junto a la fuente Castalia. Y él, desde lo alto, hostigaba a los gigantes tirándoles piedras para probarlos. Éstos comenzaron a culparse unos a otros, y enardecidos, se provocaban chocándose los óseos escudos.

La funesta batalla no se hizo esperar, y las lanzas probaron el sabor de la carne. Furibundos, juntábanse los gritos de dolor de los que caían y agonizaban, con los vítores de los triunfadores. Luego, los que quedaban en pie volvían a inmolarse, y así de continuo, hasta que todos quedaron tendidos y ensangrentados sobre la tierra que los alumbró.

El preclaro Cadmo acercose a la carnicería, y viendo que algunos todavía respiraban, avisó a los tirios para que los auxiliaran. El mismo les curó las heridas con hierbas medicinales, regalo de un sabio centauro al que conoció a su paso por Tesalia.

Cinco fueron los supervivientes, los llamados Espartos, fieles adalides de la regia Cadmea, urbe que levantaron por mandato de Cadmo, su bien amado caudillo. Para él, erigieron un espléndido palacio de roca pulimentada y pórticos con columnas de mármol.

Las divinidades olímpicas amaron mucho esta ciudad, y venían a menudo a visitar sus ricos santuarios, y a su rey, con el cual entablaron fuertes lazos de amistad.

A su debido tiempo, Zeus complacido entregó la doncella prometida. No una mortal de las que se sustentan de grano, sino de naturaleza divina. Harmonía, que descollaba por su gracia y su belleza, subió a la tribuna nupcial dotada de los más exquisitos presentes, valiosísimos obsequios que trajeran los habitantes del sagrado Olimpo, a saber:

Hermes, el heraldo de Zeus, concedió un cetro repujado con arte, con el que Cadmo y sus descendientes administrarían justicia por muchas generaciones.
Ares, señor de la guerra y padre de la novia, una lanza de fresno de diez codos.
Apolo, regaló un pulido arco adornado con anillos de brillante metal.
Hefesto, colocó en la cabeza de Harmonía una corona con piedras multicolores, y ciñó sus sienes con una banda dorada.
Hera, la más poderosa de las féminas deidades, mandó fabricar un trono labrado en madera noble, con incrustaciones de plata y lapislázuli.
Atenea, la de ojos de lechuza, bordó ella misma un primoroso peplo de doce hebillas.
Estas fueron las dadivas más esplendorosas, después del famoso collar que Afrodita aportara a la dote de su afamada hija. Era éste una majestuosa gargantilla, obra de Hefesto, el dios artífice. Hecha de oro engastado en electro. Tenía la forma de sinuosa serpiente de dos cabezas, una a cada extremo, que terminaban uniéndose en círculo en un águila dorada, con dos gemas brillantes en sus alas. Así como en el lomo de la serpiente, que cambiaban de color según la luz que reflejaran. Y nunca antes ni después se ha visto sobre la tierra una joya de tanta belleza, como el collar que lució Harmonía.

Óyeme bien Hijo del Río, cuando te halles ante la Tebas Cadmea, pregunta a sus altivos habitantes donde sucedieron todas estas cosas maravillosas. En qué sitio descansó la vaca, donde se apareció Atenea. Diles que te muestren la gruta, la fuente, los restos del desdentado dragón. En qué campo brotaron hombres y sucumbieron en la misma mañana. Entra en la ciudadela y contrata un guía, de los muchos que hay junto a la puerta Ogigia. Él te llevará hasta el famoso atrio, donde cantaron las Musas y Apolo tocó la lira, el día en que dioses y Cadmeos festejaron unidos el himeneo de los primeros reyes de su venerada patria.

Fin del acto I Macedonia del libro:

Heroes, viajeros, dioses y reyes.

Autor: Enrique Toro.

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Enrique Toro.