Broknwings
Rango5 Nivel 21 (474 ptos) | Escritor en ciernes
#1

Son las 2 am, ¿Por dónde empiezo?
Hay lágrimas en mi rostro otra vez. El sonido silencioso de la soledad que quiere venir conmigo a la cama. Soy el fantasma de una chica que estuvo en la cima. Soy la cáscara de una chica a la que solía conocer bien.
Bailando lentamente en un cuarto vacío, ¿Puede la soledad tomar el lugar que dejó mi antigua yo? Me canto a mí misma una dulce canción de cuna, imaginando que es ella quien está aquí para cantarla. Entonces el recuerdo se va y deja a la soledad entrar, para llevarse mi corazón otra vez. Demasiado temerosa, me encierro en mí misma a causa del dolor de una noche más sin amor. Porque sé que la soledad se quedará conmigo, y que me abrazará hasta que me quede dormida.
Piezas rotas de una historia que apenas me permito recordar, donde una vez hubo amor y ahora sólo quedo yo, y la soledad...

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#2

PRÓLOGO

Mis pies se arrastraban por el suelo, sin querer moverse realmente. Mis zapatos estaban destrozados, mis pantalones rotos y cubiertos de mugre, mi camiseta completamente manchada de sangre. Pero no era mi sangre. ¿Por qué no pudo haber sido mi sangre? Mi cabello caía enmarañado sobre mis ojos, como si tratara de evitar que estos, rojos e hinchados, observaran algo que no desearan ver. Como si ya no hubiese visto suficiente.
Cerré mis ojos y detuve mi caminata. Me apoyé de la pared más cercana y me dejé caer al suelo, levantando mis rodillas, metiendo mi cabeza entre ellas y rodeándola con las manos. ¿Por qué? ¿Por qué ella? Un sollozo se escapó de mi pecho, y apreté mis brazos a mí alrededor con más fuerza. Si tan solo… Si no hubiese insistido en que me llevara… Si le hubiese dicho que estaba bien tomar el autobús… Quizás ella estuviera en casa en estos momentos, tratando de ver por la ventana, esperando el momento en que apareciera en la entrada de la casa, para salir corriendo a recibirme. Entonces yo correría también a su encuentro, abrigándome en el calor de sus brazos.
Otro sollozo se abrió paso por mi garganta, y luego otro, y otro, hasta que las lágrimas comenzaron a bañar mi rostro y descender hasta mi pecho, mojando mi camiseta ensangrentada. Su sangre… mi sangre. Las personas pasaban a mi lado por el estrecho pasillo del hospital sin detenerse. Bueno, no esperaba que lo hicieran. Me sentía sola… abandonada… desdichada… con el peso de la culpa aplastándome. Tal vez por eso nadie se detenía. Tal vez todos pensaban, al igual que yo, que tenía toda la culpa de que ella hubiese muerto. ¿Quién sino yo era la responsable? ¿Quién sino yo la había matado? Apreté mis puños y golpeé con fuerza la pared en la cual reposaba mi espalda, sintiéndome como la peor persona en el planeta.
Un par de manos se aferraron a mis brazos, y tiraron de mí hacía arriba. Noté que era Ethan mucho antes de mirar su rostro, y supe que no estaba enojado conmigo. ¡Debería estarlo! Había matado a mamá. Yo la había matado. Era mi culpa. Mía. Me aferré a él, envolviendo mis brazos en torno a su cintura, sollozando con más fuerza en su pecho.
—Vamos a casa—susurró él en mi oído.
Negué con la cabeza fuertemente. Papá iba a matarme. Mi madre era la cabeza de la familia, la que trabajaba para que todos estuviésemos bien. Ahora ya no teníamos eso.
—Él va a matarme—sollocé, aún sin levantar el rostro para mirarlo.
Ethan apretó mucho más sus brazos a mí alrededor.
—No lo voy a dejar, Annie.
—No quiero volver a casa—lloré.
Pero tenía que hacerlo. No tenía a dónde más ir, y Ethan lo sabía.
En ese momento papá apareció doblando la esquina del pasillo, y sólo al mirar sus ojos supe que me esperaba una buena paliza en casa. Me estremecí, y Ethan lo sintió. Siguió la dirección de mi mirada y se puso rígido, luego me sacó a rastras del hospital. Papá se encargaría del papeleo, arreglar el funeral de mamá y quien sabe que otras cosas.
Estaba asustada, dolida, desesperada. No sabía qué hacer, o dónde esconderme. Las manos me temblaban ligeramente a causa de dos hechos: la muerte de mi madre, y la increíblemente ruda golpiza que de seguro me esperaba en casa. Bien, tal vez no me matara, pero experimentaría dolor. Mucho. Lo sabía. Mierda.
Ethan me arrastró hasta la parada del autobús, dónde esperamos pacientemente hasta que este llegara. Me tenía sujeta la mano, lo cual agradecí. Dos gemelos de alrededor de unos cuatro años correteaban a mí alrededor, y los miré con una sonrisa; me encantaban los niños.
Cuando el transporte se detuvo, me senté en uno de los primeros asientos disponibles, y me quedé observando por la ventana. Mi hermano aún sostenía mi mano, pero ya no la sentía. Mi mente estaba desconectada, por los aires… había matado a mi madre. Cerré los ojos con fuerza y apreté los puños, intentando contener las lágrimas. Odiaba llorar con público, y aquí había alrededor de diez personas que, abriendo los ojos y notando, me estaban observando. Supuse que mi ropa rota y manchada de sangre no me favorecía mucho.
Llegamos a casa, y lo primero que hice fue correr en dirección al baño. Me duché, me puse mi pijama color verde y me escondí debajo de las cobijas de mi cama. Ethan entró unos minutos después, con una taza de té de manzanilla. Casi se me escapa un grito de frustración. No quería un jodido té, quería a mi madre.
Él se acostó a mi lado, y lloré en su hombro a lágrima suelta, sin contenerme, sin aguantar nada. Mi madre, risueña, alegre y amorosa, ya no estaba. Ethan también lloró, por mí, por ella, por nosotros. Lloramos hasta quedarnos completamente dormidos.
No sabía cuánto tiempo había pasado ya, pero supuse que había anochecido. Un par de manos gruesas y ásperas me tomaron de los hombros y me lanzaron fuera de la cama. Me golpeé la espalda al caer al suelo, y abrí los ojos un poco. Se me escapó un grito.
Comencé a llorar de miedo, mis piernas temblando sin poder controlarlas.
Mi padre se encontraba frente a mí, de espalda a la ventana de mi habitación. Se acercó con un cinturón en su mano, y golpeó mi rostro con él. Se sintió como si de fuego expandiéndose por mi piel se tratara: me había quemado.
—Por favor—lloré—por favor, ¡no me maltrates!
Se inclinó hacia mí, agarrando con su puño mi cabello, y golpeándome la cabeza contra la pared. Solté otro grito, esta vez no de sorpresa, ni de miedo, sino de dolor.
—La has matado, pequeña perra. ¿Quién se encargará de traer la comida a esta casa, ahora? —rugió frente a mí.
A pesar de que su aliento prendado de whisky barato era súper fuerte, me mareé debido al golpe. Las paredes de la habitación daban vuelta en mi cabeza, y en mis oídos se había instalado un pitido bastante aturdidor.
—Fue un accidente—sollocé, mi voz cortándose a cada palabra.
Él me sujetó del cabello con brusquedad y acercó mi rostro al suyo.
— ¿Accidente? —rugió en mi cara—Accidente será el que te sucederá a ti.
Todo lo siguiente pasó en cámara lenta: Mi padre levantó su mano para volver a golpear mi rostro, justo en el momento en el que Ethan se levantaba de un salto de la cama y se interponía entre nosotros, con mi guitarra en sus manos. Vi como sus brazos se tensaban mientras impactaba el instrumento en el costado del hombre parado de pie frente a nosotros.
Ahora sí se había desatado el infierno.
Mi padre agarró a mi hermano por el cuello y lo arrojó contra la pared. Sin darle tiempo para que se recuperara, comenzó a golpearlo en todas partes. Me levanté del suelo de un salto y corrí a ayudarlo.
— ¡Basta! —Le grité, tratando de agarrar sus brazos—Vas a matarlo, ¡detente!
Las lágrimas caían por mi rostro.
Ethan le propinó una patada en el estómago a nuestro padre, tirándolo al suelo momentáneamente. Corrí hacia mi hermano y lo abracé, temblorosa.
—No vuelvas a tocarla—rugió él, protegiéndome con su cuerpo. La nariz le sangraba con bastante fluidez.
Sorbí por la nariz, y hundí mi rostro en su cuello. Ethan apretó el agarre en mi cintura y me colocó detrás de él cuando nuestro padre se levantó. No quería que se pelearan, no hoy. No cuando nuestra madre había fallecido, no cuando me sentía tan mal y culpable que tenía ganas de morirme. Literalmente.
—Basta, por favor—susurré.
—Calma, Annie. Estarás bien—me susurró devuelta mi hermano.
Mi padre dio un paso más hacia adelante.
—Oh, no. Claro que no estará bien. Esta pequeña zorra va a saber lo que es el dolor.
Ethan apretó sus puños y se preparó para recibir a nuestro padre, frunciendo el ceño y dando un paso hacia adelante, también. Oh, dios. Mi hermano.
Ethan sólo tenía un año más que yo; él tenía quince y yo sólo tenía catorce años. No podía dejar que se enfrentara a él. No podía, Dios, ¡No podía! <>sollocé en mi cabeza. Me preparé para lo peor mientras observaba la sombra de ese hombre furioso acercarse a nosotros. Cerré mis ojos con fuerza, apretando los puños. Iba a alejar a Ethan lejos y quedarme indefensa frente a mí padre cuando se detuvo.
El timbre había sonado.
Me estremecí de terror cuando vi en ese rostro demacrado y malvado un amago de sonrisa, anticipándose a una carcajada. La persona que esperaba abajo no podía traer nada bueno, al parecer. Pero demonios, este día ya no podía ir peor.
Papá bajó las escaleras limpiándose las manos en sus pantaloncillos, que ya le quedaban muy ajustados debido a su gorda y ancha barriga de borracho. Mi hermano y yo permanecimos abrazados, con el oído aguzado, escuchando claramente los pasos de nuestro padre al bajar pesadamente las escaleras, y luego al abrir la puerta. Por el pasillo subió una voz fina y delicada, la voz de una mujer; que luego, con zapatos de tacón según imaginé, subía a encontrarnos.
Lo primero que noté fue su largo, liso y plateado cabello; similar al cabello de los señores muy ancianos, pero ella debía tener alrededor de unos veinticinco. Sus ojos azules parecían querer salir de sus cuencas, y estaban rodeados por unas espesas pestañas. Su cuerpo era delgado y delicado, tal como una muñeca de porcelana. Se quedó levemente paralizada al vernos, aún abrazados, pero luego sonrió con pesar. De seguro nos había visto tal y como estábamos: completamente destrozados. No se atrevió a preguntar por la sangre, y ninguno de los dos nos atrevimos a hablar.
—Ahí tienes al bastardo, llévatelo—dijo papá, con el mismo amago de sonrisa arrogante en el rostro.
La mujer lo observó con rostro de pocos amigos, pero no se quejó.
—Ya veo—susurró la mujer. Suspiró, dio un paso al frente y se arrodilló frente a nosotros— ¿Ethan?
Nadie se movió por varios segundos.
— ¿Sí?
—Chico… tienes que venir conmigo—susurró.
Mi corazón se detuvo por unos segundos. ¿A qué se refiera con eso de ir con ella? ¿De qué estaba hablando? No podía llevarse a mí hermano. ¡No podían quitarme a mi hermano!
—Ir… ¿A dónde?—pregunté, con los ojos llenos de lágrimas. Estaba entrando en pánico.
**Continuará**

#3

**Continuación del prólogo**
La mujer me las secó delicadamente, casi con ternura. Pude ver en su rostro que no le agradaba hacer lo que sea que estuviese haciendo.
—Soy la madrastra de Ethan, cariño. Su padre me ha pedido que viniera a recogerlo ya que Clarissa… bueno, no está.
— ¡¿Madrastra?! —Casi grité— ¿Cómo que madrastra? ¡Ethan es mi hermano!
—Pero yo no soy su padre—dijo mi padre, con voz socarrona.
Ethan estaba en silencio a mi lado. ¿Qué sucedía? ¿Por qué no desmentía lo que decían ellos? ¡Él era mi hermano! ¡No podían llevárselo!
—Ethan…—susurré, entre sollozos—Ethan dime que no…
—Annie—me interrumpió él, arrodillándose frente a mí—Eres una niña muy fuerte. Valiente. Guerrera. No decaigas… Espérame. Volveré por ti pronto, lo prometo.
Sentía que iba a morir.
— ¿Cómo que…? ¿De qué hablas? ¿Te irás? ¡No!
Ethan me abrazó fuerte, como si así intentara unir los trozos de mi corazón roto.
—Perdóname Ann… Perdóname.
La mujer de cabellos plateados lo tomó de la mano, y comenzó a llevarlo hacia la puerta.
— ¡No! —grité. Por favor, no se lleve a mi hermanito. ¡No! —Por favor, señora—lloré—Por favor no se lo lleve.
Por supuesto, no me hizo caso.
Grité muchas cosas. Grité que los demandaría por llevarse a mi hermano. Grité que los odiaba a todos. Grité que me suicidaría. Pero nada la detuvo de arrastrar a mi Et fuera de la habitación y escaleras abajo, dejándome completamente rota, destrozada, abandonada, y a punto de ser asesinada.
El hombre cruel de mi habitación comenzó a cerrar la puerta lentamente, inspirándome todo el temor que podría haber sentido mi pequeño cuerpo.
<>
—Ahora sólo estamos tú y yo, pequeña perra—dijo él, riendo.
Luego comenzó a golpearme.

#4

1 DEMONIOS DEL INFIERNO

Ya han pasado tres años.
Por increíble que parezca, ya son tres años desde que ha muerto mamá, y aún recuerdo todo como si hubiese sido ayer. El golpe del coche. La sangre bañando mi cuerpo. Su débil susurro antes de perder el conocimiento... “¿Estás bien, Annie? Tranquila, todo estará bien. Ya, Shh. Saldremos de esta mi pequeña, ya lo verás. Saldremos de esta”. Suspiré. Yo había salido. Yo.
Me encontraba sentada en el césped, frente a su tumba; tal y como acostumbraba hacer cada día. Pasé la mano por mi cabello, alborotándolo un poco mientras volvía a leer su sepulcro.

CLARISSA BLACK

FALLECIDA 17 DE SEPTIEMBRE DE 2010

TE EXTRAÑARÁN TUS HIJOS Y ESPOSO

DESCANSE EN PAZ

El escrito que rezaba la lápida no había cambiado en nada, pero yo aún no terminaba de creérmelo. Podía jurar que en las noches aún la sentía en casa, merodeando por los pasillos, asegurándose que todo estuviese bien. Incluso en ocasiones podía escuchar claramente como chirriaban las bisagras de mi puerta, y podía sentir sus ojos fijos en mi espalda, asegurándose de que dormía plácidamente. Tal vez estaba volviéndome loca, o quizás ya lo estaba. No estaba muy segura al respecto.
Tomé mi mochila mientras me inclinaba y depositaba un beso en la fría losa de mármol que reposaba sobre el cuerpo de mi madre, y me levanté. En pocos minutos comenzaría el primer día de clases de lo que sería mi último año de curso. Me colgué la mochila al hombro y salí del cementerio (el cual quedaba a sólo un par de calles de mi casa), y me detuve en la esquina a esperar el autobús. Odiaba ese medio de transporte. Me sentía ridícula sentada allí, dando vueltas por toda la ciudad, observando un camino que ya me conocía de memoria. Pero el instituto me quedaba bastante lejos como para irme caminando, y ya iba lo suficientemente retrasada como para prolongar más mi llegada. Sólo esperaba que el autobús no me hubiese dejado ya; iba a maldecir los infiernos si me dejaba.
Resultó que no me tocó maldecir a nadie, porque tras cinco minutos de espera el autobús se había detenido frente a mí. Se abrieron sus amarillas y oxidadas puertas y subí, sentándome al fondo, como siempre lo hacía desde que había comenzado el curso luego de la muerte de mamá. Por lo general siempre era ella quien nos llevaba a Ethan y a mí a clases.
<>
Ethan… Dios, lo extrañaba tanto. Hacía también tres años desde que no sabía absolutamente nada de él. No sabía cómo estaba, si estaba bien, si había sobrevivido, ¡nada! Nunca nos habíamos comunicado desde entonces. Peter Hathaway (nunca volví a decirle padre) había comenzado a trabajar desde ese entonces, más por la presión que hacían los de Servicios Sociales que por su propia voluntad; aunque el dinero que ganaba mayormente lo gastaba en bebidas cada noche. Sólo me daba lo justo cada semana para comprar algo de comida, y no era lo suficiente como para comprar cosas agradables; así que sí, comencé a trabajar yo también. Un señor mayor de alrededor de unos setenta años me había contratado para que lo ayudara a atender una pequeña pero muy famosa librería que estaba en la calle diecisiete, un par de manzanas pasada la escuela. El pobre hombre me pagaba veinte dólares el día, que para mí eran más de lo que podía esperar, pero él consideraba que apenas y era suficiente, ya que prácticamente yo dirigía aquél sitio. Había reunido lo suficiente estas vacaciones como para poder comprarme un uniforme nuevo, un par de zapatillas, una mochila y mis cuadernos. Por ropa no me preocupaba mucho, la ropa de mamá me quedaba perfecta ahora que tenía diecisiete años. Ella siempre había sido delgada, por lo cual su ropa siempre fue pequeña, y se ajustaba perfectamente a las curvas que había desarrollado con el tiempo.
El autobús se detuvo en su destino mientras recordaba que en pocas semanas Ethan cumpliría los dieciocho; me hacía sentir triste el hecho de que pasaría un año más sin celebrarlo con él. Aunque bueno, afortunadamente no tenía que soportar las borracheras de Peter. Cada vez eran peores. Cada vez pegaba más fuerte.
Con un suspiro bajé cuidadosamente de la gran salchicha amarilla (así lo llamaba), y salí corriendo al tercer piso, dónde tendría la primera clase: Matemáticas. No tropecé con nadie, no hablé con nadie, simplemente me limité a sentarme al fondo de la clase, esperando a que todo el jodido mundo me quitara los ojos de encima mientras me sentaba. Ya, sabía que había llegado tarde, pero ya tenía suficiente con la mirada de “Voy a hacer que suspendas este curso” del profesor. Saqué mis libros de la mochila, junto a una pluma y comencé a escribir lo que estaba en la pizarra algo así a la velocidad de la luz. No entendía ni una mierda lo que estaba garabateado allí, joder.
—Señorita Hathaway, podría decirme por favor, ¿Qué resultado obtengo de esta ecuación? —preguntó el profesor, mirándome con un amago de sonrisa en la esquina de sus labios.
Mierda. Apreté los puños, irritada; él bien sabía que no tenía ni la menor idea de qué era lo que estaba haciendo, mucho menos podía esperar a que le respondiera.
—Pues no tengo la menor idea—respondí, claro y fuerte, encogiéndome de hombros.
—Pues claro que no. ¿Sabes por qué? —era una pregunta retórica.
—Porque odio esta materia y no le pongo la atención necesaria, lo sé. —dije, sin pesar—Además de que su forma de explicar me aburre.
Su sonrisa desapareció, justo como deseaba. Ahora sí, definitivamente iba a ser el responsable de que suspendiera esta materia. Tendría que cambiarme de profesor esta semana. Señor odio-a-este-monstruo apretó los puños y frunció el ceño. Se escuchó una risita detrás de mí, y me giré. Un chico de piel blanca, con cabello castaño-rubio y ojos azules me miraba con una sonrisita en sus labios. Vestía una camiseta de algodón de color blanco, debajo de una cazadora negra; unos Ray-Ban reposaban en su escritorio, junto a las llaves de lo que imaginé sería una motocicleta. Era bastante guapo, por lo cual me irritó. Odiaba a los chicos guapos. Eran unos imbéciles.
—Acompáñeme a ver al director, señorita Hathaway—ordenó el profesor.
Recogí mis cosas aún sin apartar la mirada del chico, el cual no borraba esa estúpida sonrisita de sus labios. Estuve tentada a aplastar su rostro con mi libreta de dibujos, pero amaba demasiado esa libreta como para ofenderla de ese modo. En fin… le di la espalda y seguí al profesor fuera de clases. Pasó todo el trayecto riñéndome por ser irrespetuosa y blablablá. No le prestaba atención. Mi mente todavía vagaba en dirección ese chico de ojos azules, y a su sonrisita estúpida.
— ¿Qué ha sucedido ahora, Annie? —preguntó el director, cansado.
Me encogí de hombros.
—Que lo diga él—respondí, señalando al profesor.
Comenzó con una perorata de mis impertinencias, mi falta de atención, y concluyó con que era una mala estudiante, lo cual me hizo enojar, puesto que tenía el mejor promedio de toda la institución, si no contábamos con su materia, por supuesto. Afortunadamente, y antes de que comenzara a maldecir al mundo entero, el profesor se me adelantó y lo desmintió, cosa que a él lo hizo cabrear también. Yo sonreí.
—Como sea—prosiguió, tratando de mantener la poca dignidad que le quedaba—No seguiré dándole clases a esta mocosa.
Dicho eso, se fue. Yo suspiré; literalmente, Frank Mackenzie me odiaba. Supuse que lo hacía desde que había divulgado, sin querer, que era gay, y que pasaba las noches de los sábados en un bar dónde se practicaba el sadomasoquismo. Yo estaba tratando de defender la posición de las personas homosexuales que se encuentran en conflicto con la sociedad que los rechaza. No sabía que aún trataba de mantenerlo en secreto, puesto que ya todo el mundo lo sabía. En fin…
— ¿Qué piensas hacer, Annie? —preguntó el director Connor.
—No, señor. ¿Qué piensa hacer usted? Debería despedirlo. Está mezclando lo personal con el trabajo. Me odia por el incidente del año pasado—afirmé.
—Ve a clases mientras decido qué hacer—ordenó.
—Usted me disculpará, pero espero me entienda cuando le digo que no me parece adecuado volver a clases ahora mismo—dije.
Suspiró.
—Bien, espera afuera entonces—dijo, entregándome un pase de permiso.
Caminé en dirección al parque que se encontraba detrás del instituto, dónde difícilmente alguien me vería. Afuera hacía un calor insoportable, pero no podía quitarme mi cazadora; si lo hacía, revelaría un par de moretones que tenía en los brazos, de la noche anterior, y ese no era el plan. Aunque no tenía ningún plan, eso era obvio.
Fui a subirme a las ramas de un sicomoro bastante grueso y frondoso que se encontraba al otro extremo del parque, dónde definitivamente nadie me vería. Ajusté bien mi mochila y escalé con mucho cuidado, hasta quedar segura y firme sobre una de las gruesas ramas. Abrí el bolso y saqué mi cuaderno de dibujos, junto a un lápiz B del número dos. Le saqué un poco de punta y comencé a dibujar unas finas y curvas líneas, sin tener nada en mente todavía; sin saber exactamente qué quería dibujar. O hasta unos segundos atrás lo pensaba así. Todavía tenía esa irritante sonrisa en la cabeza, así que, ¿Por qué no? La dibujé. Tomé especial cuidado en la textura, en el suavizado, en tratar de mantener intacta la misma proporción en el labio inferior y en el superior. Aunque, ahora que pensaba mejor en ello, su labio inferior era un poco más grueso.
No supe ni medí cuanto tiempo había pasado, simplemente me sobresalté cuando sonó la campana. Genial, no sólo había faltado a Matemáticas, sino a las tres materias que la seguían. El lado bueno era que había terminado el dibujo.
Guardé todo de nuevo en la mochila y me dispuse a bajar cuando un grupo de chicos se colocaron debajo del árbol. Fruncí el ceño al ver al chico de la sonrisa estúpida, y luego fijé mis ojos en los otros cinco que lo rodeaban. En sus expresiones se leía claramente que no les agradaba el chico sonrisa, y supe que iban a golpearlo. Bueno, en realidad iban a matarlo, porque esos cinco acabarían con él.

#5

—… y quiero que la dejes en paz. —decía alguien.
Un chico moreno, alto y muy, muy fornido parecía ser el líder de los otros cuatro, porque era el que estaba en el centro y el que parecía más enojado.
—Está bien. —se limitó a responder sonrisa.
¿Todo esto era por una chica? Tenía que ser una broma.
— ¿Está bien? ¿Eso es todo? —preguntó súperman, atónito. — ¿No vas a pelear?
Sonrisa bufó, riendo.
—No peleo por mujeres, idiota. Ellas pelean por mí—respondió.
Vaya jodido imbécil que era.
—Pero—continuó—Si quieres pelear… Tal vez podría complacerte. Hace días que no te mando al hospital.
Y comenzaron a pelear. Bien pensé que los cinco iban a matarlo, pero nada de eso. Chico sonrisa parecía estar bastante acostumbrado a las peleas desiguales, porque se las arregló bastante bien con los otros él solo. Yo no me movía, ni decía nada. No era muy fanática de la violencia, bastante tenía con Peter en casa, en vivo y directo y en carne propia; pero no tuve esa necesidad de detener la pelea sino hasta que vi que cuatro de esos cinco salían corriendo, dejando sólo a súperman, que ya estaba a punto de perder la consciencia. Supe que era en serio eso de mandarlo al hospital, así que salté del árbol, cayendo justo en medio de ambos estúpidos.
—Ya basta—le dije a sonrisa.
Él me miró, luego hacia el árbol, luego a mí de nuevo. Por un segundo pareció perdido, y al otro volvió a regalarme esa sonrisita estúpida que tanto me irritaba, y que ya había dibujado. Algo se removió en mi estómago mientras observaba esos labios desiguales, ¿Iba a vomitar? Lo más probable.
—Vaya, vaya; miss problemática aparece—dijo.
Tenía la voz gruesa, un poco áspera y… ¿Por qué no admitirlo? Un poco sexy. Desvié mis ojos de los suyos, sin replicar en eso de “problemática”. Por favor, ¿La problemática era yo, cuando era él quien iba a mandar a un pobre chico al hospital? Seguro. Me incliné sobre Superman y lo ayudé a levantarse.
— ¿Estás bien? —le pregunté, aunque me pareció una pregunta estúpida.
Tenía el rostro ensangrentado; su ojo derecho estaba comenzando a hincharse y ya estaba morado, casi negro. Estaba segura de que no podría usar ese ojo en un par de días.
—Estoy bien, gracias—susurró.
Como pudo se mantuvo en pie, y comenzó a alejarse. Sonrisa se acercó a él.
—Hey, no he dicho que terminé contigo—dijo.
Hizo el intento de agarrarlo por los hombros, pero lo empujé lejos: con mis dos manos en su pecho, un empujón con bastante fuerza que casi hace que caiga de espaldas.
—Qué te parece si le hago el relevo, ¿eh? —le espeté. Él volvió a sonreír, pero esta vez era una sonrisa perversa. Una sonrisa que me hizo estremecer. Hice caso omiso a la sensación, y le dije al defendido: —Vete, chico.
Superman me obedeció, y se marchó susurrándome un ligero “gracias” que se llevó el viento. Chico sonrisa todavía me miraba con esa sonrisa perversa en sus labios, la cual provocaba sensaciones extrañas en mí. No era miedo, era algo peor, estaba segura. Miré hacia arriba, en el árbol, dónde había dejado mi mochila, y le pasé por un lado al chico mientras escalaba de nuevo para buscarla. El uniforme del instituto era de falda, por lo cual lo odiaba; pero siempre había llevado un short bastante corto debajo, para que cuando el viento soplara, los chicos no vieran nada interesante. O, podría pasar que subiera al árbol y alguien desde abajo estaría mirando; tal y como lo hacía sonrisa. Iba a darle un puñetazo si no apartaba la mirada.
— ¿Por qué usas short debajo de la falda? —preguntó, mientras bajaba de nuevo.
—Para que imbéciles como tú no estén mirando—le espeté, mientras alisaba mi falda (que, por cierto, me llegaba más arriba de los muslos) con mis manos.
Ya sabía que tenía buenas piernas. Por lo general corría todas las tardes, cuando ya el sol iba a ocultarse (Me gustaba hacerlo en la playa, ya que a mi madre le gusta mucho mirar el mar, y a mí también), pero no me gustaba que toda la población masculina clavara sus ojos en ellas, tal y como estaba haciendo este chico. Y lo hacía sin ninguna delicadeza en observar discretamente.
—Pero, ¿es que no fueron creadas para mirarlas? —preguntó.
—Pues te equivocas conmigo. Yo fui creada especialmente para pasar desapercibida.
—Pues con esas piernas, lo dudo mucho. —dijo, enarcando las cejas de modo apreciativo y metiendo su mano en el bolsillo trasero de su pantalón.
Sacó un cigarrillo delgado y largo de una pequeña caja aplastada de Lucky Strike y encendiéndolo se lo llevó a la boca. Tuve la oportunidad de detallar más a profundidad sus labios, notando de nuevo esa diferencia de relleno entre el labio superior y el inferior. También los tenía ligeramente rojizos, lo cual tendría que tener en cuenta si quería pintar el dibujo que había hecho. Bien, no tenía que hacerlo.
Me encogí de hombros, y comencé a alejarme de él, con mi mochila al hombro, pero me detuvo. Su mano se había aferrado a mi brazo, y sin querer solté un gemido de dolor. Maldita sea, me había sujetado justo dónde tenía los golpes. Me miró curioso, pasando su mano con delicadeza sobre el lugar dónde me había sujetado. Como si me acariciara.
— ¿Qué te ha pasado? —preguntó.
Alejé su mano con fuerza.
—Nada que tenga que ver contigo—le espeté.
— ¿Y tú qué sabes?
Lo ignoré. Seguí caminando, hasta que se colocó delante de mí, haciendo que me detuviera de nuevo. También quedó demasiado cerca.
— ¿No vas a contarme?
—No te importa.
¿En serio estaba teniendo esta discusión? ¿Chico-sonrisa-apalea-supermanes de verdad no iba a dejarlo ir?
— ¿Y qué pasa si sí me importa?
—No lo hace.
Nada. No me dejaba caminar.
— ¿Podrías mover tu culo y dejarme pasar? Tengo que llegar a casa—le espeté, enojada.
—Te llevo.
Bien, ¿Quién me había enviado semejante regalo? Porque quería devolverlo. Ahora.
—No, gracias.
Lo esquivé, y justo cuando creí que me dejaría continuar, se aferró del cuello trasero de mi cazadora y la jaló, causando que se bajara y saliera de mis brazos, tirando mi mochila al suelo. Así que sí, ahora mis golpes estaban completamente expuestos a su mirada. Se quedó pasmado cuando descubrió la razón por la cual había gemido cuando me sujetó del brazo. Le arranqué la cazadora de las manos súper enojada, tomé mi mochila y salí corriendo algo avergonzada.
Mis ojos estaban humedecidos, y no quería llorar, joder. No hasta que llegara a casa. Me coloqué la cazadora mientras corría, y me detuve sólo cuando llegué a la parada del autobús. Me senté en la acera, limpiando mis patéticas lágrimas y respirando hondo. <> lo repetía como un mantra, hasta que mi respiración se calmó. Ya no sentía esa necesidad imperiosa de llorar, así que ya estaba mejor. Saqué mi reproductor mp3 de segunda mano de la mochila, y coloqué los asquerosos audífonos casi inservibles en mis oídos. Terminé de relajarme mientras escuchaba Broken Wings con mis ojos cerrados.
Vaya estupidez había cometido.
Había una razón por la cual odiaba a los chicos guapos. Hacía un año y medio, había conocido al chico que creí era el más guapo sobre la faz de la tierra. Ya saben, esas estupideces que uno piensa de los chicos cuando se tiene quince años. Era un completo imbécil que me usó, me rompió, y se largó. Fin de la historia. Y yo quedé jodidamente inutilizable. Había jurado no volver a enamorarme, desde entonces.
El dolor no puede medirse, el flujo del tiempo no se puede medir
Incluso si ello pudiera llenarlo todo
Todavía puedo sentir
Aquello que cae del cielo no es lluvia...
¿Alguna vez cerré mi corazón
Porque tenía miedo de ti?
No, no podría sostenerlo por más tiempo
El amor no es un juguete
Déjame irme ahora
El tiempo que pasamos es perpetuo
Nuestro futuro no es real
Voy a saltar en el aire.
Bien, suficiente.
Estaba pasando a la siguiente canción cuando me arrancaron los audífonos de mis oídos con un poco de brusquedad. Casi solté una maldición. Casi.
— ¿Se puede saber quién carajos te está mandando a seguirme? ¿Te pagan por burlarte de mí o simplemente es divertido para ti? —le pregunté. —Porque déjame decirte que a mí no me hace ni una pizca de gracia.
Estaba sobre una ducati streetfighter negra, que le daba un aspecto peligroso. Estaba segura de que ese era el efecto que quería lograr.
—Pues he de admitir que algo de gracia me hace—dijo, encogiéndose de hombros, como restándole importancia al asunto.
— ¿Por qué? —pregunté, frunciendo el ceño.
Suspiró.
— No lo sé, por diferentes motivos. ¿Tengo que darte explicaciones?—preguntó, enarcando una ceja.
—Pues sí.
Se quedó en silencio un par de segundos, como meditando si debería decirme o no. Yo ya sabía, o bueno, me imaginaba, de qué venía todo esto.
—Quiero saber que te ha pasado en los brazos—dijo, finalmente.
Sip. Lo sabía.
—Ya te he dicho que no te importa—gruñí.
—No podrías saberlo. ¿Qué si quiero ayudarte?
No pude evitarlo, comencé a reír a carcajadas.
—Oh, ¿No era una broma?—le pregunté, al ver que me miraba seriamente.
Ya sabía que no lo era pero, vamos, ¿Ayudarme? ¿Ayudarme a qué? ¿A esconderme cada vez que Peter llegaba con sus borracheras? Seguro que sí.
— ¿Quién te ha hecho eso?—preguntó, señalando mis brazos con unos de sus largos dedos.
Me quedé un par de segundos observando sus dedos… Eran largos, sí, tan parecidos a los de un pianista que tuve que morderme la lengua para evitar preguntarle si también tocaba el piano. Aunque claro, esa descripción era no muy cierta, puesto que yo tocaba el piano, y no tenía los dedos tan largos.
—No tiene importancia.
—Claro que la tiene.
Me levanté del suelo, quedando a la altura de su rostro. Me sentí repentinamente… bien. Quizás era el hecho de que parecía realmente querer saber lo que sucedía conmigo; lo cual me hacía enojar porque siempre había odiado que se metieran en mis cosas. Por esa razón no tenía amigos, era una triste chica solitaria que vagaba con libros en las manos y audífonos en los oídos. Sola. Sin la necesidad de querer contarle a nadie lo que me sucedía porque no me agradaba el hecho de que estuvieran preguntándome el porqué de algunas cosas que yo ni siquiera entendía.

#6

Como el por qué tenía un hermano y hacía años que no lo veía, por ejemplo.
Abrí la boca para decirle que era mi padre quién me golpeaba cada vez que llegaba a casa y no me encontraba, o encontraba alguna mancha en el suelo, o algún plato sucio, o la comida fría, o algo por el estilo. A veces incluso lo hacía para divertirse; siempre me llamaba “pequeña perra” o “jodida zorra” y reía. Odiaba esos momentos. Pero la gran salchicha amarilla se acercaba, así que mantuve mi boca cerrada.
—Tengo que irme—le dije, señalando el autobús escolar.
Le di la espalda. Las puertas del transporte se abrieron, y justo cuando iba a subir a él me tomaron de la mano. La piel era suave, caliente, desprendía cierta electricidad que subió por todo mi brazo, esparciéndose por todo mi cuerpo. Se me escapó un gemido de sorpresa, y alejé mi mano de la suya. ¿Qué demonios había sido eso?
—Yo te llevo—me dijo, girándome y colocándome de pie frente a él.
Le hizo señas al conductor para que se marchara, y así lo hizo, joder. Ahora bien, me quedaban dos opciones: O esperaba dos horas hasta que volviera a pasar, o me iba con chico sonrisa.
—No tienes muchas opciones—dijo, sonriendo.
Y allí estaba de nuevo esa sonrisa.
—Ya lo sé, idiota—gruñí.
Miré la moto, luego a él, luego la moto.
—Caminaré—le dije.
Después de todo, tenía que ir a trabajar, y la librería no quedaba demasiado lejos. No me hacía mal una caminata, ¿no?
— ¿Siempre eres tan jodidamente terca?—preguntó.
—Mmmm—pensé—Casi siempre.
Asintió, sonriendo, como queriendo decir “ya, lo supuse”.
—Bien. Pues yo también lo soy, así que de aquí no te mueves si no es en mi moto.
Me crucé de brazos, y miré la hora. Mierda, se estaba haciendo tarde. Volví a mirar la moto, y luego a él, y en su rostro se extendió la sonrisa. Supuse que ya intuía que me había ganado.
—No voy a casa—le advertí.
Se encogió de hombros.
—Te llevaré a dónde quieras.
Suspiré, dándome por vencida.
—Vas a llevarme directamente a donde te diga, sin paradas en lugares extraños, ni segundas intenciones. —le advertí, con un dedo presionando en su pecho—Nada romántico, ni pervertido, ¿Entiendes?
— ¿Romántico y pervertido? ¿Por quién me tomas? —preguntó, con tono de burla.
Se subió a la moto, y me pasó su casco para que me lo colocara. No supe como carajos se me había enredado en el cabello, pero a la final tuve que pedirle ayuda a ese chico para poder colocármelo bien.
—Por cierto, soy Jack. —dijo.
—Ya.
— ¿No vas a decirme tu nombre?
—Me parece que estabas muy atento a ello cuando el profesor de matemáticas me sacó de clases—le dije.
—Si mal no recuerdo, te llamó por tu apellido. ¿Quieres que te diga “señorita Hathaway”?—preguntó, imitando la voz chillona de Frank.
—Soy Annie.
—De acuerdo, Ann.
—Annie. Mi nombre es Annie—refunfuñé.
—Ya, pero imagino que así te llama todo el mundo. Y, cosa que notarás dentro de muy poco tiempo, no soy igual a nadie. Yo te diré Ann.
¿Diferente? Ningún hombre era diferente. Todos decían serlo sólo para ganar la confianza de la chica que les gustaban y… Oh, Dios, no.
—Por favor, prométeme que no intentarás tener algo conmigo, o parecido—le supliqué.
Sonrió.
—Te juró por los demonios del infierno que jamás te prometeré algo así.

#7

2 LAS MUERTAS EN VIDA NO SONRÍEN

Mi corazón había latido con fuerza por alguna extraña razón que, por más que intenté, no comprendí. Jack tomó mis brazos y los cruzó por delante de su pecho, antes de arrancar la moto. Pude palpar la dureza de su abdomen mientras hacía el débil intento por tratar de no salir volando debido a la corriente de aire que creaba la vigorosa velocidad a la que conducía. A mí particularmente, me encantaba; era un poco fanática de la adrenalina.
Traté de no pensar mucho en el hecho de que estaba en un vehículo con alguien desconocido; ¿Qué podría hacerme un chico de secundaria que no me haya hecho Peter ya?
No habían pasado ni siquiera cinco minutos cuando ya estábamos doblando la esquina de la calle diecisiete, donde se encontraba mi pequeño trabajo: La librería del señor Thomas. Le di un codazo a Jack para que se detuviera, y así lo hizo. Se orilló justo frente a la puerta del local, que tenía pegado en uno de sus bordes un afiche sobre recomendaciones para un sexo seguro.
—Muy, muy interesante tema—dijo él, llevándose las manos a su mentón y observando el cartel con las cejas levantadas. Me miró, me regaló un guiño y luego sonrió. Sentí un retortijón en el estómago, y fruncí el ceño. ¿Iba a vomitar?
—No creo que haya algo en ese cartel que no sepas ya—murmuré, dándole la espalda.
—Oye, espera Ann.
Me detuve, girando de nuevo para encararlo.
— ¿Te vas a ir así, sin darme nada por traerte?—preguntó.
Enarqué una ceja.
—Bien, no sé qué demonios esperas que te dé, pero de antemano déjame decirte que no conseguirás nada. Yo no te he pedido que me trajeras, tú te has ofrecido y has hecho que perdiera el autobús. —refunfuñé.
Se quedó en silencio un par de segundos en los cuales sopesé seriamente darle la espalda y dejarlo allí, parado como el propio idiota que era. ¿Qué carajos estaba insinuando? ¿Era tonto o qué? ¡Él mismo se había ofrecido a traerme! ¿Sufriría de algún tipo de trastorno de personalidad? ¿Alguna enfermedad mental que haga que confunda u olvide las cosas?. Justo antes de girarme, sonrió. Al principio era una sonrisa tímida, luego se extendió de oreja a oreja, hasta que se convirtió en una carcajada. Me estaba inclinando más a lo de la enfermedad mental.
—Dime, ¿Te has olvidado de tus medicinas?—le pregunté, fingiendo preocupación.
Volvió a reír.
—No, no. Es solo que… me caes bien. De verdad—dijo.
Y allí estaba de nuevo ese retortijón en el estómago. Definitivamente iba a vomitar. ¿Verdad que sí? Por supuesto que sí. Maldita sea, ¡absolutamente sí! No era agradable. No lo era.
—Bien, no sé si quieres que te dé un premio o algo parecido por esa revelación, pero no puedo seguir aquí. Tengo que entrar a trabajar.
Asintió, sonriendo todavía. Yo me limité a enarcar las cejas.
—Adiós, entonces. ¿Nos vemos luego?—preguntó.
—Espero que no—murmuré, entrando a la tienda.
Lo último que escuché de él fue su carcajada, seguida del rugido de la moto al alejarse. Suspiré, sintiéndome normal de nuevo. Este chico tenía una extraña habilidad de ponerme los pelos de punta.
El señor Thomas me esperaba de pie detrás del mostrador, con un par de cajas alrededor de sus pies, que contenían libros nuevos que él trataba de ordenar alfabéticamente. Le saludé con la mano, y él me regaló una sonrisa, acercándose a mí para darme un abrazo. Se lo devolví lo mejor que pude, con algo de temor. Tenía alrededor de setenta años, me daba algo de miedo apretarlo con demasiada fuerza y que mis brazos le causaran una fractura sin querer.
—Annie, Annie… ¿Qué tal estás, pequeña?—preguntó, con voz baja y enferma.
Hacía dos años que el señor Thomas había desarrollado una enfermedad que, aunque nunca me había querido decir cuál era, deducía que era letal y dolorosa debido a las veces en las que arrugaba el rostro sin motivo aparente, y a las constantes medicinas que tomaba. Lo único que se atrevió a admitir cuando me contrató, era que la enfermedad lo cansaba demasiado como para estar todo el día en la tienda, por lo que necesitaba la ayuda.
—Bien, bien…—susurré. Allí estaba de nuevo ese ceño fruncido. El mismo que ponía cada vez que trataba de ocultarme cuanto le dolía lo que fuera que le dolía— ¿Y usted? Siéntese, por favor. ¿Quiere un vaso de agua? ¿Se tomó la medicina?
—Tranquila, estoy bien—dijo, sacudiendo las manos como restándole importancia al asunto. Fruncí el ceño. El Sr. Thomas era la única persona en la que confiaba, y no me había traicionado. También el único que había accedido a darle trabajo a una chiquilla de catorce años, toda sucia y maltratada… Aunque hubiese un interés de su parte también, porque me necesitaba. Había aprendido a quererlo, un poco.
Un poco decía demasiado, sin embargo. Cuando te han roto el corazón demasiadas veces, pierdes la capacidad de amar algo, o alguien. Solo estás vacía. Como muerta. Y no me refiero sólo a lo que un imbécil puede hacer con tus sentimientos, sino a todos en general. Todos me habían destrozado. Tomaron todas las emociones, todos esos sentimientos cursis, y los transformaron en un agujero negro que consumía cada pizca de afecto que pudiera nacer por alguien. No podría mencionar ninguna excepción. El huracán que habían insertado en mi pecho, se encargaba de destruir cualquier emoción a su paso.
Esto me acostumbró a vivir constantemente a la defensiva, evitando a personas que quisieran intentar hacerme sentir bien de nuevo. No tenía tiempo para perder, ¿para qué iba a correr el riesgo? Nadie está destinado a permanecer unido a nadie. Está en la naturaleza del ser humano el marcharse.
—Vaya a descansar, yo me encargo—le pedí.
Me regaló otra de sus sonrisas, pasó junto a mí acariciándome la cabeza y salió por la puerta trasera. Tenía la suerte de que su hogar estaba sólo a unas tres casas de distancia. Imaginaba que su esposa estaba preocupada por él, también. Aunque nunca la había visto.
Suspiré, arremangándome la cazadora hasta el codo para aliviar un poco el calor, le subí al aire acondicionado y me puse manos a la obra. Habían llegado al menos unas cinco cajas de libros nuevos, y tenía que organizarlos todos. Puse mis audífonos en mis oídos y reproduje The End de Destine, para entretenerme mientras colocaba todo en su sitio. Un año atrás, esta canción seguiría causándome un trastorno emocional; pero hoy ya no causaba el mismo efecto, sólo me traía recuerdos. Esta canción solía cantármela mamá cada vez que estaba enojada, y por extraño que parezca, siempre me hacía sentir mejor. Como dicen, que la música amansa a las fieras.
Me quedé repentinamente quieta, sintiendo que alguien estaba detrás de mí. Levanté la mirada y noté que una chica rubia, alta y delgada, de facciones finas y delicadas me observaba con los brazos cruzados. Tuve una especie de Flashback peliculero, me sentí atrapada en “¿Y dónde están las rubias?”. Se acercó un paso a mí, y señaló sus oídos, clara señal de que quería que me quitara mis audífonos. Sólo me quité uno.
— ¿Se te ofrece algo? —pregunté, amablemente.
— ¿Por qué te ha traído Jack Walker? —preguntó, frunciendo el ceño.
La miré con mi mejor cara de perplejidad.
—Disculpa, ¿Qué?
Definitivamente hoy era el día en que me había ganado la lotería. Primero, Peter me golpea en la mañana porque su taza de café no estaba lo suficientemente caliente. “Ya es para que sepas preparar un buen café” había dicho. Segundo, tuve que ir a ver al director porque mi profesor gay me odia y busca cualquier excusa para tratar de expulsarme. Tercero, un tipo engreído que pretende que haga yo no sé qué cosas con él sólo por traerme en su moto descubre mis moretones. Y, finalmente, esta chica está reclamándome el porqué de algo que ni yo misma sabía. ¿Qué demonios hice en mi vida pasada, Dios?
—Te he visto llegar con él. —Refunfuñó— ¿Qué le has dado para que te traiga en su moto?
Suspiré, colocando el libro que tenía en la mano en la estantería.
—No le he dado nada. Él se ha ofrecido.
—No te creo.
—Pues no me importa—le espeté, irritada—No tengo por qué darte explicaciones sobre nada. Y, si no te importa, vete, a no ser que vayas a comprar algo.
Se acercó a mí con paso cauteloso, como si midiera que tan peligrosa podría llegar a ser.
—Jackie es mío, así que te pido que te alejes—Se acercó más—La próxima vez no te lo pediré tan amablemente.
¿Jackie?
—Hazte para atrás—rugí—No quieras venir a darme órdenes, rubita. No te arriesgues a que te rompa la cara.
Sonrió.
—Un Walker no podría estar con alguien tan bajo como tú.
Me quedé en silencio esperando que continuara. De seguro seguiría con “Pareces una zorra”, “Podría jurar que incluso te drogas” y esas cosas que ya me habían dicho antes. Pero no, eso fue todo lo que dijo.
—Oh, ¿Esa fue toda la ofensa? Bien, dame un momento para poner una expresión de ofendida—hice una extraña mueca y la miré— ¿Te parece bien así?
Pude observar los tendones de su mano tensarse cuando las hizo un puño.
—No comparto lo que es mío—gruñó.
Bien, ya tuve suficiente.
—Escucha, no sé qué carajos está cruzando por tu diminuto cerebro en estos momentos, pero te digo que no le he dado nada a… Jackie. Él solito se ofreció a traerme porque perdí el autobús. No entiendo cuál es tu drama.
—Jack Walker no lleva a nadie en su moto. Jamás.
Ah, eso era todo. Estaba celosa de que señor sonrisa estúpida me trajera en su moto y que, seguramente, a ella la ha dejado con las ganas en más de una ocasión. De no ser porque había perdido la costumbre de reír, hubiese estallado en carcajadas.
—Bien, a mí me ha traído.
—Ya lo sé, por eso quiero saber por qué.
A través del vidrio de la puerta pude observar que el Sr. Thomas se acercaba. Traía un pequeño plato de porcelana en sus manos, y trataba de caminar rápido para no llevar sol. Maldita sea, no podía dejar que está loca siguiera discutiendo conmigo frente a él.
—Escucha, lo vi dándole una paliza a un chico, ¿de acuerdo? De seguro se ofreció para que no fuera a contárselo al director. ¿Puedes irte ya? —le dije.

#8

Se quedó pensando un par de segundos, como si decidiera creerme o no. Si ese maní que tenía por cerebro no funcionaba rápido, iba a sacarla tironeada por ese cabello rubio falso hasta la calle.
—Bien, es posible. Jackie tiene un expediente interminable de chico malo, y mujeriego—murmuró. En mi cerebro se quedó grabada la palabra “mujeriego”. —Está bien. Me voy. Es obvio que sólo lo hizo por su beneficio.
Asentí, deseando que se fuera. Dio media vuelta y se encaminó a la puerta. Salió justo en el momento en el que mi jefe entraba, con una débil sonrisa en su rostro.
—Esa chica parecía enojada—comentó él.
Me encogí de hombros.
—Preguntó por los libros de la saga Hush, Hush y le dije que estaban agotados. Ya sabe cómo se ponen las fanáticas de Patch cuando no encuentran los libros. ¿Recuerda cómo me puse yo?
Soltó una breve y ligera carcajada.
—Lo recuerdo, todo un espectáculo. —Afirmó— ¿Quieres un poco de pastel de chocolate?
Asentí, y me senté a su lado, detrás del mostrador. Charlamos un poco sobre los libros que habían llegado, y me obsequió uno llamado Hopeless. Discutimos la organización de todo, y luego hablamos de lo jodido que era el clima. Lo descubrí mirando fijamente mis brazos, y cuando bajé la mirada a mis codos, se podía ver un poco el moretón que tenía en la parte superior del codo izquierdo. Me bajé la manga de la cazadora rápidamente, esperando que no hiciera ninguna pregunta. No la hizo.
Supongo que después de todas esas veces en las que me interrogaba y no conseguía más respuesta que un par de lagrimillas de frustración y muchos cambios de tema, se resignó a permanecer en silencio con respecto a ese tema. Después de aquella vez en la que me interrogó ferozmente sobre un moretón en la base de mi cuello, justo encima de mi clavícula, y yo terminé gritándole que me dejara en paz, se limitó a observar con expresión seria mi apariencia abrigada.
Después de cerrar, me dirigí a casa a hacer la cena antes de que Peter llegara. Hoy no estaba de ánimos para una golpiza. Sin embargo, antes hice una parada en el supermercado para comprar pan y salchichas. Prepararía para mí un par de perros calientes.
La casa estaba vacía y a oscuras cuando llegué. Deposité las compras en la despensa, y subí rápidamente a dejar mi libro en el ático. Allí era dónde ocultaba mi pequeña biblioteca, la ropa que había dejado mamá, y mis pinturas. Había mudado la puertecilla de entrada con las escaleras a mi habitación, puesto que, si Peter descubría todo aquello, lo más seguro es que quisiera quemar todo, sólo para ver cómo se pulverizaba el pequeño trozo de corazón que quedaba dentro de mí. Por supuesto, tuve que pagar por ello, y aprovechar la semana en la que Peter se iba al “reencuentro amistoso” de sus compinches de la preparatoria. Tenían este tipo de encuentros al menos una vez cada dos o tres meses, y siempre duraban, por lo mínimo, una semana. Luego llegaba tan borracho a la casa que no hacía más que caer muerto en el sofá, en el que dormía al menos veinticuatro horas más. Podía escuchar música, pintar, leer y comer libremente. Y lo que es aún mejor, no recibía golpe alguno.
Dejé el libro junto a los demás, y volví a bajar las escaleras corriendo. Me lavé las manos, saqué un par de salsas de la nevera y me dispuse a preparar la comida.
Peter llegó justo cuando acaba de terminar la limpieza del lugar, gracias a Dios. Le llevé el plato de comida al sofá, junto con una cerveza, como siempre hacía. Lo dejé en la mesita que estaba junto a él, y le di la espalda para subir a mi habitación a darme una ducha rápida para subir al ático. Sin embargo, cuando iba a mitad de las escaleras, me llamó. Solté una maldición por lo bajo, y me giré para encararlo. No estaba en el sofá, se encontraba en la cocina.
— ¿Qué sucede? —pregunté, cuando me detuve frente a él.
— ¿Qué se supone que es esto que estoy comiendo? —preguntó, frunciendo el ceño.
—Comida, es obvio—le espeté.
Me dio un empujón contra la pared, que me hizo jurar de nuevo.
—Ya lo sé, pequeña zorra—gruñó. El olor fuerte del vodka chocó con mi rostro. Genial—Me refiero a que esto fue lo que cenamos ayer, también—rugió.
Enderecé mis hombros.
—Pues hubiese preparado otra cosa si dejaras de gastar tu dinero en alcohol y dejaras suficiente para comprar comida decente. Con lo que tu vicio deja para comer, no me alcanza más que para pan y salchichas. —le espeté.
Ya, si aprendiera a mantener mi boca cerrada tal vez él dejara de golpearme cada vez más fuerte. Pero no tenía caso quedarme en silencio, pues de igual forma me iba a golpear esta noche. Iba en contra de mi orgullo. Sentía la necesidad de comportarme de alguna mala manera, de soltar alguna mala respuesta, cualquier cosa que tratara de justificar su castigo. Me dio un puñetazo en el estómago, que me tiró al suelo jadeando por aire. Tomó el encendedor de sus cigarrillos, ese que tenía siempre en el bolsillo, y encendiéndolo, me lo estampó en la muñeca. Intenté gritar, lo cual me hizo quedarme sin la mínima cantidad de aire que tenía. ¡Qué hijo de puta! Esa era, definitivamente, una nueva forma de castigarme. ¿Qué? ¿Ahora estaba comenzando a ver programas de torturas, buscando inspiración? ¡Maldito! tuve que meter la cabeza entre las rodillas para tratar de respirar, y cerré los ojos con fuerza para no llorar frente a él. Soltó una odiosa carcajada de satisfacción, tomó otra cerveza de la nevera y me empujó con sus pies para salir de la cocina. Yo me quedé allí tirada como por diez minutos más, hasta que pude respirar de manera normal. Joder, me dolía la muñeca.
Salí de la cocina arrastrándome hasta a mi habitación y me encerré en el baño a darme una ducha de agua fría. Necesitaba relajar el ardor de la quemadura, y nada mejor para eso que el agua helada. Enjaboné con cuidado la zona herida, mi madre una vez me había dicho que el jabón causaba picor. Dejé que el agua cayera hasta llenar la bañera, para luego sumergirme en ella. Mantuve mis ojos cerrados mientras el agua cubría todo mi cuerpo, mezclándose con mis lágrimas calientes llenas de ira y odio. Grité bajo el agua hasta quedarme sin aliento, una y otra vez, hasta que finalmente estuve segura de que el pecho no me iba a explotar de la rabia. Lavé mi cabello con cuidado y un par de minutos luego ya estaba fuera, envuelta en toallas.
Me acerqué al armario, y saqué de entre un par de cajones viejos y cubiertos de polvo una venda sucia, pero que me serviría. Rebusqué hasta encontrar una crema refrescante de quemaduras, y la apliqué con mucho cuidado. Envolví mi muñeca con la venda, me tomé tres aspirinas y suspiré, esperando que hiciera efecto. Me quedé desnuda frente al oxidado espejo que mantenía en la esquina de la habitación, observando mi estómago. El golpe había sido fuerte, me dolía para moverme; pero he de admitir que mi cuerpo está tan acostumbrado, que dudaba que ese único golpe fuese a sacar un moretón. Estuve de suerte.
Tomé mis veinte dólares del día de hoy, y los metí en mi pequeña caja de ahorros. Casi no había gastado nada del dinero que me generaba el trabajar con el señor Thomas, sólo lo estrictamente necesario. Escondí de nuevo la caja. Tuve ganas de escaparme al ático a pintar algo, pero el golpe en mi estómago no me daba mucha movilidad. Me metí en la cama, esperando que las pastillas me drogaran completamente, y poder sumirme en la inconciencia. Mi vida era un asco, lo sabía.
Lo peor de todo no eran las palizas en las mañanas y en las noches, tampoco la falta de alimento sano, ni mis ropas viejas, ni que tuviera que esconder las cosas que me agradaban. Lo peor de todo era que el hombre que se encontraba en el piso de abajo, era la única familia que me quedaba, y estaba atada a él por un par de años más, hasta que pudiera graduarme y conseguir algo para mí sola.
Rezaba todos los días para que pudiera mantenerme con vida hasta entonces.
***
A la mañana siguiente, el pitido irregular de mi asqueroso y destartalado celular me despertó. Abajo no se escuchaba absolutamente nada, por lo que deduje que Peter se había ido a trabajar. Pateé las cobijas aún adormilada, y me arrastré como pude hasta el baño. Había olvidado la herida de mi muñeca, así que cuando el agua caliente impactó en ella, solté una maldición. Me duché con cuidado de nuevo, tratando de dejar incapacitada la mano lastimada por el mayor tiempo posible. Me coloqué el uniforme que colgaba del armario, haciendo nota mental de lavar el anterior. Sólo tenía dos de ellos.
No me maquillé por dos simples razones; primera, sólo poseía una mínima cantidad de maquillaje que guardaba especialmente para esos días en los que a Peter le daba por desfigurarme el rostro; y segunda, no me gustaba. Colocarme eso en la cara me hacía sentir que tenía una segunda piel, un segundo rostro.
Abrí uno de los cajones que tenía junto a la cama para sacar un par de medias, de los tres juegos que tenía. La madera estaba algo maltratada y desvencijada, y la gaveta tenía un pequeño agujero en el fondo, pero aún me servía para guardar algunas cosas. Como la jodida carta de Alec West. No sabía por qué la conservaba todavía, ni por qué motivo mis manos se encontraban abriéndola justo ahora; pero no pude detener a mis ojos cuando comenzaron a leer las mismas palabras que habían observado años atrás.

#9

Annie…
Me encuentro perdido entre pensamientos e imágenes transitorias, ni hablar de la música que escucho, que me embarga y me llena la mente de un extremo a otro con fotografías dónde puedo ver sólo tu rostro. Siento que una parte muy importante de mí ha cambiado, desde hace días que lo viene haciendo.
No puedo dejar de recordar ese momento en el que te vi por primera vez, ¿Tú lo recuerdas? Me sentí tan avergonzado de haberte lastimado con mi maleta, Dios, deseé que me tragara la tierra. Recuerdo también que lo primero que pensé al ver tus ojos fue: Estoy de pie frente a un ángel. Fue como si con esa mirada mortal que me echaste, me hubieses hechizado. Me sentí tuyo desde el momento en que me arrancaste la maleta de las manos y la arrojaste detrás de ti, porque estaba tan petrificado ante tu belleza que me fue imposible articular palabra alguna para pedirte disculpas.
Recuerdo que te observé marcharte, te vi caminar hasta que subiste al autobús y te alejaste, y yo aún seguía de pie allí, tratando de encontrar el control de mi cuerpo nuevamente. Debo confesar que me llevó bastante tiempo poder moverme de allí y recoger mis cosas. Sonreí, tenía en mi rostro la sonrisa de un niño porque jamás había conocido a alguien que pudiera hechizarme de esta manera. Eres la primera; no sé si serás la última, pero créeme que no deseo otra cosa más que estar contigo por el resto de mi vida. No deseo nada más que quererte, cuidarte y valorarte de tal manera que nadie nunca lo ha hecho. Quiero que cada chica que nos vea sienta celos de ti; no por mí, sino por no ser como tú. Quiero que cada chico que nos vea tomados de las manos reviente de impotencia; esta vez sí por mí, pero no me malinterpretes, me refiero al hecho de que van a envidiar a sobremanera estar en mi lugar. Dios, ¿Estoy diciendo muchas tonterías? Bien, pues sigue leyendo, que para tonto estoy esta noche, especialmente si es para ti.
No recuerdo la primera vez que pensé en besarte, fue sólo una idea fugaz que cruzó mi mente, pero sólo fue eso, la primera vez. No sabría decir si el primer deseo llegó al verte a la mañana siguiente, cuando pasé por tu salón de clases. Desde la ventana podía ver tus labios fruncidos ante la cantidad inmensa de números en la pizarra, y di gracias al cielo por haberlo notado. Tenía ya una excusa para acercarme a ti.
Una vez tras otra la idea aparecía en mi cabeza, y a veces no sólo como una idea, sino como un fuerte deseo. Quería abrazarte contra mí y fundirme contigo, pero jamás lo creí posible. Era como ese sueño inaccesible que debes contentarte sólo con soñar, como ese amor imposible que nunca podrás tener, pero, bien sueño, bien amor, me valía con que existiese, pues me hacía sentirme bien, divertido, en ocasiones llegaba a avergonzarme de mis pensamientos tanto que los colores poblaban mi rostro. Afortunadamente nunca lo notaste.
Pero el otro día, un rayo de esperanza iluminó mi deseo, descubrir lo que habías escondido en tu corazón y tu mente tanto tiempo, me hacía temblar de emoción, me hacía estremecerme. ¿Recuerdas que me lo habías dicho todo desde el computador de la biblioteca? Yo lo recuerdo. Y casi no podía escribirte en mi ordenador. Si te hubiese tenido aquí, frente a mí, no habría podido resistir el no pegarme a ti hasta quedarme sin aliento. Lo que había deseado y temido a la vez, ¡se estaba haciendo realidad! También habías pensado besarme, también querías hacerlo, y no podía creerlo. Dejé que hablaras, dejé que te confesaras conmigo, que sacases todo aquello que te agobiaba, y luego, fue mi turno. El corazón quería salírseme del pecho, apenas atinaba a escribir, y las lágrimas empañaban tanto mis ojos que casi no podía ver la pantalla. Sólo el ordenador me unía a ti y, precisamente, era lo que me separaba de tu lado. No recuerdo haber estado tan desesperado por encontrar a alguien antes.
Sé que es demasiado pronto, pero, estoy enamorado de ti. Tan enamorado que haría una locura con tal de mantenerte siempre a mi lado. Tan enamorado, que haría lo que fuera para que no mirases a alguien más.
Estoy enamorado de ti.
Y no me importa que sea una locura.
-Alec.

Arrugué el papel con mi puño, cerrando los ojos con fuerza. Maldita sea, era tan jodidamente sentimental a veces. Respiré profundamente mientras obligaba a las lágrimas a retroceder, en un intento desesperado por no romper mi promesa de no llorar por ningún chico, jamás. Pero lo había amado tanto, tantísimo, que en ocasiones era complicado no desempolvar una vieja herida. Ya no sentía lo mismo por él, por supuesto que no, pero la humillación que me había hecho pasar jamás iba a olvidarla.
<> Pues claro que lo recordaba. Pero no quería hacerlo, nunca quería. Pero lo hacía.

“Me senté en las escaleras del instituto, observando unos pájaros sobrevolar la copa de un árbol que se encontraba en el jardín. El instituto se encontraba particularmente vacío, a excepción de aquellas personas que limpiaban el lugar. Yo no deseaba irme a casa, no todavía. Mamá había muerto, y papá me pegaba mucho, y muy fuerte. Aquí estaba bien. Aquí podía respirar con tranquilidad unos momentos.
Cerré mis ojos e inspiré el aire primaveral que chocaba en mi rostro, también incliné un poco la cabeza hacia atrás, relajándome. Hasta que unos pasos apresurados resonaron por las escaleras y algo me golpeó la cabeza. Solté una maldición.
—Joder, ¿Qué te pasa?—le espeté a ese chico de ojos claros muy guapo. Su cabello castaño casi cubría sus ojos, y sus labios rojizos estaban ligeramente abiertos. Sin embargo, no decía nada—Oye, estoy esperando una disculpa—gruñí, mano en la cabeza.
Nada, sólo me miraba. Me enojé, porque bastante que me había dolido el golpe, y este idiota sólo me miraba como si estuviera idiotizado. Le arranqué la maleta de las manos, tocando su piel suave y caliente. Me estremecí, pero lo ignoré. Arrojé la maleta por encima de mi cabeza, enarcando mis cejas para que protestara.
Nada.
Fruncí el ceño, me di la vuelta y decidí que era mejor llegar a casa.
—Los hombres son unos enfermos con problemas—gruñí, mientras me alejaba.
Sin embargo, no pude sacarme la imagen de ese enfermo por el resto de la tarde”

Arrojé la nota al cesto de basura, observándolo un largo rato antes de marcharme bajando las escaleras. Probablemente al llegar de casa la recogería y volvería a ponerla en su sitio. Sí, era así de masoquista. Caminé un par de calles más a la izquierda, hasta llegar al cementerio y detenerme frente a la tumba de mamá. Seguía con mi costumbre de leer la lápida. Tal vez era porque seguía manteniendo la esperanza de que, en algún momento, el nombre allí escrito cambiara, y que mamá apareciera doblando la esquina riendo a carcajadas, burlándose de mí por ser tan tonta e imaginar estas cosas. Porque ella había prometido estar siempre conmigo, y nunca rompería su promesa. Pero eso todavía no pasaba.
—Hola, mamá—susurré. —Hoy no te he traído flores. Intento ahorrar para cuando me largue de esa maldita casa. —acaricié la lápida, como solía acariciar su cabello—Ayer he conocido a un chico. Es un poco arrogante. —Suspiré—Es malditamente arrogante...
—Admítelo, te gusto—dijo una voz detrás de mí.
Me sobresalté, y miré detrás de mí rápidamente. Jack reposaba sobre el tronco de un árbol que estaba a unos tres metros de distancia, y ni siquiera lo había escuchado acercarse.
— ¿Qué haces aquí?—pregunté.
Señaló detrás de él, dónde un par de lápidas juntas rebosaban con flores nuevas y preciosas. Vivas. Llenas de colores.
—Vine a visitar a mis viejos, y te vi cuando venías caminando hacia acá—me dijo.
Me quedé completamente muda. Mis labios se abrieron un poco a causa de la sorpresa, y él solo me regaló una pequeña e incómoda sonrisa al percatarse de mi reacción. Ni siquiera me hubiese imaginado que Jack no tuviera padres. Era una noticia que me dejaba… fuera de juego. Caminó despacio hasta la tumba de sus padres, agarró un par de flores de cada uno, y vino a sentarse a mi lado.
—Espero que no te moleste, pero te he escuchado hablar con ella—dijo, mirando fijamente el nombre de mi madre. Colocó las flores junto a la lápida, y me miró. Fue una mirada intensa, diferente a las demás. Una mirada que reflejaba lo que era perder un padre, pero que te decía que era imposible que supieras lo que significaba perder a los dos.
—Sólo no me hagas preguntas al respecto—susurré, sintiéndome repentinamente vulnerable.
Regresé mis ojos a la lápida frente a mí, evitando contacto visual. Estuvimos en silencio por unos largos segundos, en los que sólo se escuchaba el susurro de los árboles contra el viento.
—Fue un incendio—murmuró, de pronto. —Mamá regresó por mí, y papá regreso por ella. Ninguno de los dos sabía que yo ya estaba afuera. No pudieron salir.
—Lo siento…
Sonrió, soltando una pequeña carcajada que no tenía ni una gota de humor ni alegría.
—No tienes porqué sentirlo.
Otros segundos de eterno silencio. Retorcí mis manos nerviosamente mientras pensaba en algo para decir. Era una situación un poco incómoda, por lo general porque no acostumbraba a hablar de mi madre. Mucho menos de su muerte. Bien, él me había contado sobre los suyos, ¿no?
—Fue mi culpa—comencé, sintiendo que se creaba un nudo en mi garganta—Iba a la librería. Mamá insistió en llevarme en su coche. Tuvimos un accidente—dije, casi en un hilo de voz. Mis ojos se humedecieron—Ella me prometió que saldríamos de esta. Ella dijo que todo estaría bien—susurré.
Parpadeé rápidamente para despejar las lágrimas. No me gustaba llorar, mucho menos frente a alguien que posiblemente se burlara de ello.
—No pienso que sea tu culpa, Ann. Y estoy seguro de que nadie lo cree.
—Pues díselo a mi padre—murmuré.
No pensé que me escuchara, pero lo hizo.
—Se lo diré.

#10

Sonrió, como si intentara aliviar la tensión de la situación. Yo sólo pude quedarme observando su estúpida sonrisa, que causó que mi estómago se removiera inquieto de nuevo. Subí mi mirada de su boca a sus ojos, y nos contemplamos fijamente unos minutos.
¿Decirle a mi padre? Lo mataría. Y luego me mataría a mí, de eso estaba segura.
—¿Hace cuánto murieron tus padres?
—Hace cinco años, más o menos.
— ¿Y cómo es que nunca te había visto?
Suspiró, cómo si le avergonzara responder.
—Nunca había venido. No después de que los sepultaran. Estuve viviendo en España con unos tíos. Regresé apenas unos días antes del inicio de las clases.
Me di cuenta que no quería hablar de ello, así que me quedé en silencio. Le di una última caricia a la lápida de mi madre y me puse de pie.
—Se hace tarde, debo irme a la escuela—le dije, dándome la vuelta y alejándome.
Me detuvo de la cazadora. Me aferré a ella antes de que pudiera quitármela de nuevo. Los moretones de los brazos aún no habían desaparecido. Y. afortunadamente, no me tiró de ella lo suficientemente fuerte como para que me doliera el golpe del estómago.
—Te llevo—me dijo.
Lo miré.
—Jack Walker no lleva a nadie en su moto. Jamás—recité las palabras de la rubia. Fue instintivo, no me pude controlar.
Jack arrugó la cara.
— ¿Te has encontrado con Melanie? Dios, cuanto lo siento—dijo.
Me encogí de hombros.
—Jackie, ¿Te parece que sé su nombre?
—Sip, definitivamente es Melanie. No vuelvas a llamarme así, odio el diminutivo—gruñó.
Asentí.
—Bien, Jack, por ahí nos vemos.
Me sujeto de nuevo.
—Repítelo—me dijo.
Lo miré confundida. ¿Estaba sordo?
—Tengo que irme—repetí.
Sacudió la cabeza.
—La parte en la que dices mi nombre—murmuró, mirándome intensamente.
—Jack…—comencé. Dios, ¿por qué le seguía el juego —Tengo que irme.
Sonrió de nuevo. ¿Qué acaso no se cansaba de mostrar esa sonrisa estúpida?
—Te llevo. ¡Eh! —me detuvo cuando comencé a protestar—No me obligues a subirte.
Pensé en las posibilidades que tenía. Jack definitivamente me obligaría a subirme a la moto, y bien, no estaba en condiciones de comenzar una pelea. No tenía la capacidad de defenderme. Suspiré, y dejé que me arrastrara hasta su mot… Nop. Ya no tenía la moto. Ahora tenía una Hummer Negra.
— ¿Eres millonario, Jack?
Soltó una carcajada.
— ¿Te gustaría que lo fuera?
—Pues eso podría alentar esas ganas irrefrenables que a veces tengo de asesinarte… Podría quedarme con todo tu dinero y finalmente salir del asqueroso agujero en el que vivo.
—Vaya, todo un plan… ¿Y a dónde te gustaría ir?
Me encogí de hombros.
—Aún no lo sé… Lejos.
Me ayudó a subir al coche, y tuve que pedirle ayuda para abrocharme el cinturón, porque era una jodida idiota con esas cosas. Al menos en presencia de él, lo cual no era reconfortante.
—Parece ser que tienes problemas con lo moderno—dijo, y aquí va, otra risa.
Me quedé en silencio, observando sus manos moverse.
—Parece ser que Miss problemática odia sonreír—murmuró.
—No lo odio—añadí, rápidamente—Sólo perdí la costumbre de hacerlo.
Se quedó en silencio, dejando sus manos en mis caderas más tiempo de lo necesario.
— ¿Por qué? —preguntó, curioso.
Me encogí de hombros, mirando a través del parabrisas.
—Eso pasa cuando te concentras demasiado en probarle al mundo que estás bien, que eres fuerte, que nada te derrumba. Te acostumbras al modo automático. Te vuelves mecánica. Como un robot o un zombi. —Murmuré— Las que estamos muertas en vida no sonreímos.
Sabía que mi respuesta había generado un millón, sino más, de preguntas en su cabezota. Pero tuvo la delicadeza de no soltar ninguna de ellas. Simplemente se limitó a decir:
—Pues entonces nos encargaremos de darle vida a esta muerta.