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Rango5 Nivel 23 (605 ptos) | Escritor en ciernes
#1
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Me puse a escribir, con los ojos empañados y el alma en pedazos.
Antes me encantaba perderme entre piezas de puzles intentando romper la soledad de todas ellas, pero ahora estoy perdida en mí misma y creo que perderse en uno mismo es el peor sitio para hacerlo sobre todo porque no te puedes encontrar, porque convives con tu propio monstruo y la oscuridad que lleva con él a todas partes allá donde vas. Por eso vaya donde vaya mi cabeza sigue ardiendo y mis lagrimales no dejan de desgastar mis ojeras y el insomnio lleno de recuerdos. Así que, fíjate, que tu lado vacío de la cama está lleno de ganas de verte volver. Pero, ¿volverás?

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#2

Ni siquiera sé porqué doy vida a preguntas retóricas.

¿Por qué crees que lo hago?

Te lo diré.

Quiero tener un pequeño ápice de color verde en mis días que me recuerde a tus pupilas, y si esos días giran en torno a ese color verde, ojalá nunca me encuentren, ojalá me encuentre perdida en bosques llenos de hojas que caen siguiendo mi ritmo de rotura. Hojas pisadas por el tiempo, rotas entre mil lamentos que callan tus sonrisas de acero forjado en heridas, cicatrices de los mares que lloraste con tus bonitos ojos ausentes pero que, tan solo, son cierres superficiales que esconden grandes abismos. Abismos donde tú estás hundida sin encontrar el fondo en el que terminar de romperte y estar tan rota como el vaso donde se esconde ese abismo. Antítesis entre tu abismo sin fondo y tu vaso casi vacío. Casi vacío y yo vacía del todo para aumentar el vértigo desde la cuerda floja. La cuerda puede romperse y se romperá, estoy de ello tan segura como de que volveré a caer. Todos acabamos cayendo, sobre todo mi corazón, pero nosotros somos nuestro corazón o solo ruinas perfectas a las que ningún camino conduce. Y, si es porque el camino realmente no existe, trázalo con tus dedos sobre mi espalda, sobre el costado en el que solía apoyarme para dormir abrazada a ti mientras el mundo te hacía el mejor sueño cumplido que creí nunca alcanzar.

Me equivoqué y no sabes cuánto me alegro de haberlo hecho, pues fue el error que me salvó la vida aunque también es el que puede quitármela si es que no me la está arrebatando ya. Y lo hace, en cada verso que no besa, en cada metáfora que no se pierde en tu espalda como los mil lunares que conjugan ese brillo lunar de tus ojos, de esas estrellas que, ojalá, no sean fugaces, porque no te imaginas el miedo que me da que lo sean. Con solo pensarlo, el invierno regresa aunque, realmente, nunca se fue porque tus primaveras, esas que hacían del dolor un frío más llevadero y menos abrasador, no han conseguido extinguirlo del todo.

Y dime, si no estás, ¿debo consumirme con todos estos folios que te escribo? ¿Serán lo suficientemente fuertes como para no ahogarse con mi lluvia?

Sin ti, dudo que lo sean.

Sin ti, ni siquiera lo seré yo.

¿Entiendes porqué tus ojos son tanto?

Estrellas que rompen mi soledad como Luna, como tu luna llena de cráteres, de caras más ocultas que mi interior... indescifrable hasta para mí misma.

Pero, ¿quién es capaz de descifrar semejante rompecabezas hecho a base de rotos unidos a la fuerza?

Los demonios de esos rotos se ríen de mí a mis espaldas cuando siento que te tengo, me alejan de mí misma y siento que me pierdo, y no en tu vida, sino en la mía, en ese laberinto de acantilados que me invaden, que me hunden, que me acomodan en pesadillas en las que las oscuridad termina de habitar en cada rincón de mí.

Soy oscuridad.

Soy un túnel sin salida en el que las luces se extinguieron hace tiempo, pero tus ojos me hacen querer perderme en ese túnel, como si expirar no importara porque inspirar no merece la pena si tus lunares, o tu boca, me vale igual, no me insuflan aire. 

Tú me haces respirar y no me importaría darte la vida, pero ni siquiera sé cuidar se mí misma, te haría cenizas. ¿Acaso importa? No sé, tan solo tengo claro que no quiero que el viento te lleve lejos ni un camino inexistente y diferente al mío, aunque, al fin y al cabo, la tierra es redonda y algún día volveríamos a cruzarnos. Al fin y sin cabos, perdería la cabeza sin ti, pues tú eres quien me sostiene en pie y tumbada, pero en tu cama, risueña, obviando el amanecer y anocheciendo bajo tus besos, bajo tu manto estrellado, encima de estas inseguridades y dentro de tu vida. Pero para siempre, sin que eso signifique quedarme a solas con el siempre añorando de ti burdas promesas, recuerdos hilados en mi memoria que se sostienen unidos mientras yo rompo en mil añicos.

Ya nadie le importa. Ni siquiera a ti. Y cómo duele sentir que no soy suficiente ni para mí, porque no lo soy.

Pero, ¿qué es ser? Olvidé cómo conjugar el verbo sin ser nosotros y, aunque me faltó la segunda persona en la conjugación de vivir, me quedé viviendo sin vivir en los pretéritos imperfectos o en la falta de ti.

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