Daniel77
Rango8 Nivel 35 (2387 ptos) | Poeta maldito
#1

Horacio halaba una gaveta y otra. Algo no andaba bien. Como por ejemplo, el hecho de no haber pasado por el supermercado anoche. Porque debió haber empezado por la refrigeradora, en la que ya no había ni leche descremada ni yogurt. Bueno, el yogurt que se vaya al diablo. De los nervios, empezó a chispear el encendedor Zippo, su gran amigo de las buenas y malas, pero qué amigo de verdad, ya ni el amor de madre. Decidió seguir la requisa en su escritorio. Alabado el Creador sea. Media cajetilla de Camel yacían detrás de la lámpara. Olvidados semanas antes, tras una domingueada de poker de trampas y de insulseces. De análisis de fútbol europeo.

¿Y qué faltaba en el cuadro? Sí, éso mismo. Una taza de café. Hombre, vámonos a la cafetera pues. A final de cuentas somos los que estamos y estamos los que somos y no hay día laboral hoy. Gota a gota, así sale el elixir de la cafeína.

Horacio no siempre había llevado un trajín como ése. El pujar de la cafetera quería contar algo más. Cuando un libro de contabilidad se escondía en la mochila de nuestro estimado. Éso quizá.

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#2

Ante la taza, deseaba tener unos Belmont, o los de contrabando. Pero la saciedad no iba a pedirle más. Horacio no veía tele. Qué mas dá.
La sin fin regla era que debían ser dos antes de dormir, tres al levantarse, y cuatro al deprimirse. El Zippo se regocijó al ver qué iba a quemar. Pero tras el encendedor, había muchas cosas por contar. Como las tardes en la universidad. Cuando se fumaba casi media cajetilla antes de entrar a clases. Horacio revisaba el contenido de las cajetillas una y otra vez, dejando al olvido el de "la suerte". Pero el carbono no lo hacía retroceder en ningún momento.
Iba rumbo al trabajo y conseguía un "Payaso" en el camino. Los Payasos saben como a dulce, que Horacio apreciaba tanto.
No era día laboral, empero, no por ello día sin fumar. Sin Belmont. Porque otros o cuales días se alzarían.
Largos y frondosos ceniceros se mostraban en una sala de estar. Largos, como una canoa. Los Carosso quedarán para un día de sequía.
Parece que tenía una pipa turca. Adquirida en internet. La caldera era a veces llenada de hachis o de mishma, una hierba fumada por los indios de Norteamérica.
Veamos que hay en el móvil smart. No mucho, la verdad. La tienda de tabaco en línea tampoco.
Era Horacio gerente de una firma de productos enlatados. Así que a revisar la laptop.Que se revisa de todo este Horacio. Desde las esquelas de tránsito hasta lo primero. Pasado, presente y cual futuro.

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#3

Horacio recibió una llamada inesperada.
Descuelga.
"...Mmmmm, pero es que hoy no puedo.....No.....Imposible...".
La llamada terminó rápido.
Había un estructural problema en la compañía. Horacio se truena los dedos. Al parecer, no sólo había faltantes en los fondos, sino que las proyecciones para el año entrantes no eran buenas. Cambió de canal.
Una protesta callejera, con amenazas de una huelga. Fue cuando a su mente acudieron mozos días de cátedra de contabilidad financiera. De la cual, se escapaba esporádicamente para protestas estudiantiles, en las que se hizo inmune al gas pimienta.
Horacio era capaz de instigar a la Escuela de Economía con un megáfono, y fumando al mismo tiempo. Cajetilla en bolsillo trasero. Tiempos en que leía prensa clandestina, echando espectaculares bocanadas.
No podía negar, que aunque ya lejos estaba éso, los ojos se le enrojecían al hacer remembranza.

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Marla_Singer
Rango3 Nivel 12
hace más de 4 años

Qué original este relato la verdad!

Daniel77
Rango8 Nivel 35
hace más de 4 años

Saludos y gracias a ambos....


#4

De ir a comprar Palmar rojo a la cafetería de la Universidad, porque fue en esa época que los conoció. Compraba la cajetilla y regalaba diez, y los diez restantes se los quedaba.

Pero cómo era el cabello de Paola.

Tenía ella centelleantes brillos entre las hebras de sus cabellos. Como si hicieran contra reflejo de la luz del sol. Valía la chica la cajetilla completa. De las mujeres que les da uno todo a cambio de la nada. Con ella compraba dos cajetillas. De las importadas. De las a pocas manos dadas. Añejadas. Se leían juntos la gaceta de la semana, impresa en papel periódico. Del que otrora servía para hacer casi todas las informaciones. Y avisos de deserciones. En tal papel de reflejos opacos no hay infalibilidad. No hay mentira, ni desechos, ni deseos de retroacción. La verdad, concebida, en sí misma, para años profanos, que eran aquellos.
Pero que los Belmont justicia les hagan.
Para que fugas por un muro de infamia no vinieran.

Horacio en su máxima expresión. Así era él con su Paola. Pero era aquél un tumulto de periódicos, y promesas por nacer.

Horacio debía regresar. A su realidad de Camel y Belmont, de los problemas financieros, los cuales, no podían dejarse para después. Ni para después de almuerzo, ni después de medio verso.

Aquellas cajetillas que a Paola brindaba, eran sólo un olvido, al igual que los brillos de sus hebras, y otras cosas que entre sus cabellos habían ocultas y que parecían insulsas.
Dentro del papel plateado escribía lo mucho que la amaba. Fue acaso el primer hombre que propuso matrimonio en papel de cigarro. Era uno de Palmar rojo edición especial. Lo hizo así no porque no tuviera boca, sino porque era más bello decirlo en papel. Del plateado, del bonito, del más sencillo.
Cuando el amor era tan etéreo, que ponerlo en papel de cigarro era poesía. Entonces te quitas la boquilla y hablas.

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#5

Después vino la época de Baronett. Dicen los conocedores que Baronett sabe a prosperidad en medio de la pobreza, aún cuando no se la han prometido en un altar. A placer y a codicia de miseria.
Ya estaba por egresar de la carrera Horacio. Pero quizá su amor al tabaco fue más grande que por sus novias, y por éso, perdió varias bodas potenciales. El aliento a tabaco fuerte influyó en gran parte.
El café "Sabelotodo" sabía de sus interminables horas de preparación de tesis universitarias, quemadas en "Fumarolas", "Azabache", y claro, Baronett. Otros decían que sabían a triunfo inusitado. Empezó a fumar de los que ya no tenían filtro. Una mejoría, para él y los frecuentes consumidores. Pero la maravilla estaba por llegar.
Un compañero de la universidad le dio a probar "Romeo y Julieta", procedentes de Cuba. Sin filtro. Era aquello algo bello, envuelto en alquitrán. Una nueva sensación.
Así que la tesis la terminó saboreando a los grandes amantes de todos los tiempos. Eran más caros, pero sabían al trágico amor de aquellos dos. Luego vinieron los cigarrillos Cohiba, durante los meses sabáticos. Ya con título de Licenciado en Economía.

De la nostalgia, buscaba a su catedrático más recordado, el de Mercadotecnia, para ofrecerle cigarrillos procedentes de otras tierras.

Cuando las cosas no fueron suficientes, compró una hermosa pipa clásica, tallada en madera. Quería recordar la amargura del cautiverio de años en resentimiento político en tabaco sabor a manzana. De años con megáfono en mano. Se fumaba Marlboro rojo para lidiar con una sonrisa. Los conoció por un amigo.

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#6

El amigo de buenas y no tan buenas, al igual que el encendedor Zippo, sólo que éste era humano. Se quedaban fuera del recinto del campus a conversar hasta tarde. Sobre las proezas del mercado internacional y sobre más revueltas estudiantiles. Sobre si llevar una cajetilla completa, aún con envoltura plástica a la conferencia que brindaría la prensa al sindicato de la universidad.
Pero en el halo de ése lejano presente poco importaba.
Las proezas patrióticas era superadas una tras otras, porque nadie mejor que nadie era. Los héroes por centenas se contaban. Sus vidas dispuestas estaban.

La conferencia se dio en un tenso ambiente. En el período como de cuarenta minutos que duró, y en el que el Horacio de cabello crecido profirió amenazas hacia los integrantes del grupo opositor del sindicato, habría fumado unos cinco Marlboro de los rojos, los más ácidos, no ignorando por completo las consecuencias, de las que ya al tanto estaba. En esa época no era mal visto fumar frente a la prensa.
Se tomaron muchas fotografías. Con su cara descubierta, sin pañoleta. Los otros de la mesa, sí las portaban.
Horacio se cruzó de brazos, frente a una ventana, viendo su reflejo, al recordar aquello. Quería sentir lo que sintió ese día.
Pero los Marlboro no le sabían más que a un recuerdo. Por éso ya no los fumaba. A un recuerdo por demás quemado. Sabía que al hacerlo, la evocación sería plena, y por ello no lo deseaba. Al ver su rostro en la ventana, no pudo evitar recordar la transmisión en blanco y negro por televisión de la conferencia.
Juramentos que colindaban con los de muerte frente a un micrófono. Denuncias de desapariciones. Sabía Horacio de esos secuestros y muchas otras cosas. Todos en contra de la Escuela de Economía.
Seguían los flashes de las cámaras y las preguntas de los periodistas. Horacio se armó de valentía y empezó a mencionar nombres y apellidos. Al fondo, vitoreos y aplausos por el acto de temeridad. Había dispuesto él un enorme cenicero de cerámica a la par suya para dejar morir a cada Marlboro que finalizaba. El ambiente cargado de acusaciones y nicotina no parecía tener final. Después, su dedo apuntó al periodismo de oposición presente en la conferencia, al que invitó a realizar una seria investigación de los hechos. Abucheos y chiflidos, también al fondo. Varios improperios.
Parecía ya no haber más preguntas. Se levantan de la mesa, alzan un puño y una lluvia de aplausos de hacen escuchar. Aplauso que dura varios minutos, mezclado de consignas. Mientras baja del estrado, Horacio se lleva a la boca un cigarrillo más. Pero se hurga y no encuentra los cerillos.
"Compañero, aquí hay fuego..."
Alguien le ofrece un encendedor.
Sin conocer la razón, Horacio ve a una nube pasar a través del cristal, mientras recuerda y apaga el cigarrillo que tiene en la ventana, haciendo círculos.

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#7

Y también es cuando recuerda haber empezado a trabajar en el despacho mercantil del Dr. David Rugamas. Experto en recuperación de deudas y embargos. Fue cuando conció a Andrea.
Se citaban para almorzar juntos. Entre ensalada de papas y chismes de su jefe, pasaba la tarde. Pero su jefe no era el Doctor.
El almuerzo terminaba con un trozo de volteado de piña o con un helado.
Era David Rugamas ya un hombre entrado en años. Solía decir el Doctor que un verdadero caballero jamás se desabotonaba el saco, aún cuando el calor fuese infernal, y que no concebía cómo los jóvenes abogados lo usaban como una chaqueta, mostrando toda la corbata, lo cual consideraba vulgo. Y cómo no adornaban su atuendo con mancuernillas. También proliferaba que hasta en la forma en que alguien se arregla el cuello se denotaba una persona.
Andrea se tuvo que retirar entre besos en la mejilla a media tarde ése día. Pidió irse temprano.
Sabía Horacio que había sido citado al despacho del Doctor después del almuerzo.
Toca la puerta.
"Adelante Horacio", dijo una voz, al fondo. Horacio entra a la oficina.Tiene una pecera enorme con ejemplares importados de Asia.
"Siéntate hijo", dijo el viejo.
A consecuencia de que Horacio también usaba el saco como chaqueta, no pudo el viejo, con sus ojos incisivos, ocultos detrás de un par de gafas, de grueso vidrio, dejar de notar el asomo de algo, en el ya conocido bolsillo oculto, detrás de esa prenda.
Asomaba una cajetilla de Baronett.
"¿Qué tenemos por aquí?", dijo del Doctor. "Dame uno....."
"¿Quiere fuego?" dijo Horacio.
"No.....voy a fumar como se debe....".
Saca El Doctor algo de un aparador. Una cajetilla de cerillos. Raspa uno contra la parte lateral de la caja, sostiene la llama,y después lo posa sobre el cigarrillo. Lentamente. Haciendo hueco con las manos.
"Así se fuma", ríe. Da una sonrisa bonachona a Horacio.
Éste le devolvió una risada.
"Bueno, la razón por la que te llamé es para que me des ideas para ya no perder más dinero......"
"Doctor, los cobradores no hacen bien su trabajo".
"Éso ya lo sé. No puedo despedir gente. No puedo darme ese lujo. Dame otra idea".
Saca el Doctor una pluma estilográfica y una hoja en blanco y se sienta de nuevo en la silla de cuero negro esperando una respuesta.

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#8

Horacio esbozó una sonrisa al regresar a un día como ése.
No sólo porque en aquél entonces no entendía la complejidad de todo aquéllo, sino por la forma de encender los cigarrillos de Rugamas. Quien fumaba a ritmo de comparsa bailada por sorbos. De todos modos, más le importaba Andrea. Suponía que el añejado hombre lo notaría de un momento a otro y no lo volvería a citar para un asunto de negocios. Al fin y al cabo, para ésa persona que fue él una vez, en algún lugar de la línea del tiempo, el dinero no era fundamental. El verbo está bien conjugado, en pasado, claro está.
Y al fin y al cabo, la efigie y el aliento de Andrea serían destruidos, martillazo a martillazo por el tiempo que hizo que eventualmente, Horacio se retirara del despacho. Las lágrimas de ella no valieron la pena para él.
Como fumador de la más pura cepa, buscaba nuevas emociones. Ya éso de lidiar con números de la legalidad, aburrimiento le habían causado. También dolores de cabeza. Los cuales debía extinguir, sí, con nicotina.
En nuevo empleo, de contabilidad de una cadena de supermercados, era ya un lío distinto. Pero tenía una regalía. Las cajetillas le eran vendidas a precio de mayorista. Era ésto como para no irse. Le puso leña de empeño al fuego fatuo. Horacio no se hizo ilusiones, ya que en su concepción, se iría de nuevo, y pronto. Pero para su sorpresa, los beneficios eran grandes.
Llegaban las grandes tabacaleras, tanto nacionales como internacionales, a buscar reconocimientos y posición en los stands de la cadena. Les acompañaba a los eventos de lanzamiento de una nueva marca, en los cuales, obtenía tabaco gratis. Fue cuando incursionó en la mercadotecnia. Le encargaron el diseño de una campaña publicitaria. Para promocionar los cigarrillos "África".
Le tenía fe al producto y lo consumía mucho.
Pero el éxito fue limitado, ya que sabían a clavo de olor, al igual que los Chesterfield, y lo cierto es que en realidad no gustó en un principio, como producto experimental. De boca de degustadores.
Luego vinieron varios intentos de parte de la compañía de reinventarse y crear un producto nuevo, proyecto en los que él participó. Como de crear un cigarrillo con sabor a cereza. Intento muy fallido.
Horacio sabía, muy en el fondo, que todos esos alardes de mera pujanza que terminaban en mediocridad, le debían servir en lejano día para algo mejor.
"Lo que pasa es que usan tabaco de mala calidad" decía a veces.

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#9

Pero la creación de tal revolucionario cigarrillo se había frustrado. Lo cual hizo que incursionara en otras ideas, por demás, hirientes, interesantes, carcomidas y llenas de pesar. Que no se hacían concebidas ni a sí mismas.
Pero vamos, que el cigarrillo del épico vaquero hacía su presencia. Una locura de campaña tenía a su haber. La de promocionar Marlboro. Era aquél artilugio lleno de cinematografía. De una cosa como un tal Clint Eastwood. Ésto se veía próspero. Olía no sólo a plena testosterona, sino a carbono de promesas y densas traiciones, malas amistades y a noches de pleno alcohol.
En el supermercado lo empezaron a pedir mucho. Se decía de quien lo compraba por cajas de 20 cajetillas. Todo un éxito, sin duda el vaquero cumplía el cometido. Pues los tiempos sonrieron para Horacio. Muchos bonos y aún más privilegios. Viajes a contemplar cómo se fabricaba en Norteamérica. Más cigarrillos a granel.
Y lo cierto es que el "Africa" se llegó a fabricar, a final de cuentas. Sí, con sabor a pimienta negra y clavo de olor. Horacio patentó el invento.
Exuberante, pragmático y picante el sabor era. Sobrepasó al Marlboro en ventas. Una cosa rimbombante.
Los "Africa" los pedían de todas partes del mundo. La fantasía de la exportación había comenzado para la empresa. Gustaron en lejanas tierras. Éso se había dicho.

"...¿Verás Horacio? Los África son un éxito. Pero el mercado no tiene la suficiente expansión. "
"Hago lo que puedo".
Horacio acariciaba el cordón telefónico en su escritorio.
"Lawrence te va a reclamar".
Lawrence era el gerente de la marca. Norteamericano sin propias ni ajenas exigencias. Nacido en Houston y un tanto conservador. Exacerbado en silencio y en bonos salariales. Recortes presupuestares, de personal y de palabras.
"Hey, pero ¿Ya has revisado siquiera los estados de pérdidas y ganancias de los últimos reportes? El producto vende"
"Lawrence dice que no..."
Horacio se levantó del canapé y tiró el teléfono hasta el otro lado del salón. 26 de mayo de 1979. Mañana fría y que a él no le quedaba clara del todo. Empezó a morderse los pellejos del pulgar izquierdo, en una desesperada compensación para no fumar. Hizo algo que en realidad debió hacer hace como media hora antes. Levantó el aparato y lo conectó de nuevo. Telefoneó al Doctor Rugamas.
Tres eternos timbrazos.
"Despacho jurídico del Doctor Rugamas ¿Diga?"
"Señorita, ¿Me pasa con el Doctor?"
"¿De parte de?"
"Horacio..."
"Hola Horacio, permítame..."

Aún más instantes. De hecho, Horacio se levantó para ir por su encendedor favorito de aquél entonces.

"Jejeje hijo, me dejaste engañado con lo de la conversación en casa. Hiciste que comprara brandy innecesariamente. No importa. ¿Qué se te ofrece?"
"Pues Doctor, mi actual trabajo..."
"¿Te está fastidiando?"
"Algo así"
"¿Es por el cabrón de Lawrence? ¡Lárgate de allí!"
"¿Y qué me aconseja?"
"Algo diferente"

Nuevo silencio, auricular en mano.

"Lo tuyo son los negocios, pero no de ésa forma"
"Gracias Doctor"
"Cuídate"
El auricular casi se colgó solo.
A continuación, quiso Horacio que un carrizo de hilo se extendiera desde la oficina hacia algún lugar en el cual se vendieran tantos cigarrillos como posibles, y hacer la cuerda floja hacia tal lugar.

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