Saltimbrinco
Rango3 Nivel 10 (93 ptos) | Cuentacuentos freelance
#1

Cuando allá por el año 2019, Virgilio Antúnez, Catedrático de religiones y mitologías orientales de la Universidad Católica de Massachusetts, tomó contacto por primera vez con aquel ser y demostró que, lejos de ser un animal irracional, se podía comunicar con cierta facilidad; se abrió ante nosotros todo un campo de posibilidades de estudio antropológico.
Desde la mas antigua antigüedad, historiadores de todos los rincones del planeta habían intentado localizar, catalogar y analizar a aquel ser al que la cultura y tradiciones mas ancestrales habían tachado de “abominable”, pero ¿era en realidad tan temible como lo pintaban los mosaicos y tapices tradicionales? ¿De donde habían salido tantos prejuicios y tabúes?

Era de noche, aunque la luna iluminaba casi tanto como un sol de medio día.
Virgilio estaba cansado mas por frío y que por esfuerzo. Después de caminar durante varias jornadas por las angostas sendas que recorren los interminables valles del Himalaya, las bajas temperaturas estaban haciendo mella en su poco atlético cuerpo, más de laboratorio y biblioteca que de trabajador de...

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Vg87_
Rango5 Nivel 20
hace casi 5 años

Espero que siga la historia :)

Saltimbrinco
Rango3 Nivel 10
hace casi 5 años

Gracias amigo/a Vg87_, yo también espero poder continuarla... pero para ello hay que ganar "likes" y eso está caro!

Vg87_
Rango5 Nivel 20
hace casi 5 años

Sí!!

A ver si poco a poco se une más gente, pero hay historias que empiezan muy bien y deberían seguir! :)


#2

Pero realmente no era el frío lo que le preocupaba, sino el hambre que, poco a poco, estaba conectando su estómago vacío con todos los músculos de su cuerpo. Hacía días que habían terminado todas las reservas de víveres, y desde entonces se alimentaba a duras penas con los restos de animales que encontraba (ya que nunca fue del todo hábil para la caza), o con las hojas y los frutos de los árboles que podían lucir mejor aspecto; incluso el agua que bebía no era de procedencia segura. Hubo incluso algún momento en el que se había llegado a asustar, porque había podido escuchar con claridad las quejas que sus intestinos le proferían gritando.

Fueron aquellas circunstancias las que hicieron que Virgilio sintiese que se encontraba sumido en un placentero sueño cuando, en mitad de la noche, sintió como su pituitaria se activaba al olor dulce de magdalenas recién horneadas: cerró los ojos para captar mejor el aroma… ummm Magdalenas; aspiró el aire con fuerza devoradora… ummm Magdalenas; se recreó en la imagen de los bollos, e incluso noto su temperatura alta, su textura suave y su paladar exquisito… ummm Magdalenas…


#3

Se detuvo cuando sus pies notaron que la nieve era más alta de lo habitual. Había salido del bosque...
Se detuvo cuando, a pesar de tener los ojos cerrados, la claridad le anunciaba que había demasiada luz...
Se detuvo cuando el aroma era lo suficientemente intenso como para ser un espejismo… ummm Magdalenas...

Se detuvo, abrió los ojos, y una mezcla entre emoción y desconcierto le asaltaron al instante: ante él una acogedora cabaña de madera situada en el centro de un claro del bosque, rodeada por una espesa capa de nieve; la luz que desprendían sus ventanas indicaba que en el interior el fuego estaba encendido, y el humo que con delicadeza se proyectaba desde la chimenea, era el culpable de aquel curioso aroma.

Enseguida le martillearon en su cabeza cientos de dudas: ¿Quién habitaba en aquella casa? ¿Quién podía sobrevivir en el corazón del Himalaya, aislado por la distancia del resto de la sociedad? ¿Cómo sobreviviría aquella persona? ¿Quién fuera que fuese, le acogería con hostilidad? No había respuestas lógicas para aquellas preguntas, pero no podía dejar pasar esta oportunidad de calentarse un poco, entre otras cosas, porque una vez más era su estómago el que estaba dictando las normas y le estaba conduciendo directamente hacia la puerta de la casa.

#4

Una vez junto a la puerta, con los pies sobre un extraño felpudo hecho con tiras de esparto entrelazadas y mezcladas con plumas de aves de diferentes colores, el corazón le latía con tanta fuerza que prácticamente fue él, de forma autónoma, quien golpeó la madera en un “toc-toc-toc” que retumbó hacia el bosque y volvió intensificado. La puerta era sorprendentemente alta, sorprendentemente ancha y sorprendentemente firme.
La luz escapo por el quicio de la puerta iluminando el bosque, la nieve y el rostro de Virgilio. Tras la puerta, un guante de cocina que envolvía una mano peluda, pegada a un brazo fuerte, unido a un cuerpo enorme, del que salían dos piernas robustas, que culminaban en dos pies grandes, inmensos… Virgilio observó, atónito, al ser que había dentro de la casa. Llamaba la atención por el pelo blanco y fino que le cubría el cuerpo por completo. Llamaba la atención por sus enormes pies desnudos. Llamaba la atención por su rostro de facciones rudas y contraídas. Llamaba la atención…

Cientos de años de búsqueda de aquel SER que todas las culturas habían idolatrado y temido a partes iguales; cientos de científicos, aventureros, historiadores, hombres de religión, etc. intentando encontrar las huellas que le llevasen hasta él; cientos de historias, cuentos, leyendas, mitos; cientos de personas imaginando… y él tenía en la mano la llave de toda aquella historia. Él, Virgilio Antúnez, Catedrático de religiones y mitologías orientales de la Universidad Católica de Massachusetts, había descubierto el misterio del Himalaya:

Había encontrado al Yeti.