Hollow
Rango10 Nivel 47 (5061 ptos) | Fichaje editorial

PRELUDIO.

Mientras más me hundía, más la amaba. Mientras más la amaba, más la quería a mi lado. Mientras más me acercaba, más la perdía. Mientras más la perdía, más me hundía en la oscuridad.
Mi nombre es Lucilfer (Sí, muy parecido al nombre del Ángel Caído) y quiero relatar la historia de mi último viaje. De aquella travesía que por amor me llevo hasta el mismo Infierno.

Inframundo, Infierno, Submundo, Hades, Tártaro, Meikai, Jigoku, etc. Un sin fin de nombres para aquel lugar que sera el escenario de este relato. Pero para entender como llegue a tan lúgubre sitio, hay que remontarse al año 1776. Cuando todo estaba bien, cuando era un solitario violinista que llevaba una vida normal. Hay que remontarse al fatídico día en que todo comenzó. Hay que remontarse al momento en que por primera vez conocí el amor.

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MMS
Rango3 Nivel 12
hace casi 4 años

El titulo me encanta y las descripciones y pasajes cada vez me gustan mas :)

Hollow
Rango10 Nivel 47
hace casi 4 años

Gracias, me alegra que sea de tu gusto @MMS :D espero que el resto de la historia tambien sea de tu agrado ^^

John
Rango11 Nivel 50
hace casi 4 años

¡Un muy buen relato!


#2

1.- LA PRIMERA CANCIÓN.

Como ya les he comentado con anterioridad, mi nombres es Lucilfer, soy originario de Japón pero resido a partir de los 5 años en la antigua Grecia. Mido 1.88, soy de contextura delgada, tez blanca y cabello azabache. Nunca me he considerado una persona sociable y el parecido de mi nombre con el del dominador absoluto del mundo de los caídos, según la tradición cristiana, influenciaron en la gente para no acercarse a mí. Nadie quería estar cerca de alguien con tan tenebroso y temido nombre. Mi violín ha sido la mayor compañía que he tenido desde que quede huérfano a los 10 años. Desde entonces, he vagado más en la oscuridad que en la luz. En la soledad más que en la compañía de terceros. Pero como nada es para siempre, todo cambio aquel día.
Con 28 años me encontraba vagando por las calles de la ciudad en compañía de mi violín. Tocando melodías llenas de melancolía y nostalgia en plazas y calles en busca de alguna recompensa monetaria que me permitiese llegar a casa ese día y llenar mí estomago con un pedazo de pan y poder beber un poco de alcohol como era ya parte de mi rutina. En eso me encontraba, en una plaza poco concurrida, cuando me percate de la presencia de una persona que desde un banco me observaba. Alce mi vista y mis ojos se encontraron con un par de hermosos y profundos ojos azules. Por unos segundos me quede ensimismado con la belleza que irradiaba aquel par de ojos, a tal punto que deje de tocar mi instrumento. Cuando recobre el sentido del espacio-tiempo, pude notar a quien pertenecían aquellos ojos. Sentada en aquel banco se encontraba una joven mujer de piel blanca y cabellera pelirroja, unas pocas pero visibles pecas en sus mejillas y un vestido largo y de color nácar. Luego del contacto visual entre ambos, pude notar como sus mejillas se ruborizaban levemente y esbozaba una tímida sonrisa antes de levantarse del asiento y darse media vuelta para marcharse. Me quede petrificado en mi lugar, sin saber qué hacer con el ardiente deseo que surgía en mí de seguirla y hablarle. Pero no pude ir tras ella. Presa de nerviosismo y timidez, sumado a mi nula capacidad de sociabilizar con la gente, simplemente me quede estático observando como su silueta se perdía en la vorágine de la ciudad. Nunca había conocido el amor, por lo tanto no entendía la razón de mi agitación ni del escalofrió que recorría mi cuerpo.
Terminé regresando a casa, una choza a las afueras de la ciudad, cargando apenas un pedazo de pan con lo cual debería bastarme hasta la jornada siguiente. Pero hambre es lo que menos sentía en ese momento. En mi mente solo se encontraba el recuerdo del encuentro con aquella joven, no podía sacar sus ojos ni su sonrisa de mi cabeza. Me senté en el sofá con mi violín y comencé a tocar una nueva melodía mientras en cada nota afloraba su recuerdo. ¿Estaba loco? Quizás. Pero aquella noche el alcohol no fue necesario para enajenarme del mundo. Solo necesitaba recordar a aquella hermosa joven mientras componía una canción con la esperanza de algún día interpretarla en su presencia. Pasada la medianoche caí rendido en los brazos de Morfeo, esperando que aquella joven de cabellos rojos y ojos azules apareciera entre mis sueños, esperando encontrarla al día siguiente en algún lugar de la enorme ciudad. Y por esas cosas del destino, así sería.
Con ese mismo deseo me levante temprano aquella mañana. El día estaba nublado, casi al borde de la lluvia. Incluso el tiempo me indicaba malos augurios. Señales que recién ahora tienen sentido para mí, pero que en ese momento no significaban nada. Volví a la misma plaza del día anterior, sin muchas esperanzas de encontrarme con la joven que había captado mi atención. Pero ahí estaba, con un vestido color turquesa, sentada en el mismo banco. Al verla, reprimí una sonrisa y saque mi violín de su funda con el suficiente ruido y parafernalia como para captar su atención. La mire y pude notar que sus ojos apuntaban en mi dirección, haciendo contacto con los míos. Sin romper el contacto visual, comencé a tocar aquella melodía que la noche anterior había compuesto para ella. Un momento mágico, donde nadie más existía, solo ella y yo, hablando con la mirada mientras el aire se llenaba con las notas de aquella canción que tenía una sola dueña. Al terminar de tocar, mi corazón dio un vuelco al ver como aquella joven se levantaba de su asiento y caminaba hacia a mí. Cada paso que daba estaba lleno de una delicadeza que me dejo con la boca entreabierta. Se paró a escasos centímetros de mí y con una sonrisa en su hermoso rostro y con una voz suave como la seda me hablo:
─Que melodía más melancólica y bella a la vez. Es todo un gusto para mí el escucharte.
Palabras que tardé en digerir. Tardé en reaccionar pues no esperaba que ella se acercase y mucho menos que me hablase. Cuando recobre la compostura solo pude balbucear un par de palabras:
─E-em, G-gracias. E-es un honor que mi música sea de su agrado s-señorita.─ El nerviosismo en mi voz era demasiado notorio, a tal punto que la joven esbozo una leve risa al oír mi respuesta para luego decirme con el mismo tono suave en su voz:
─Me gustaría escucharte por más tiempo, pero debo marcharme. ¿Sería posible encontrarnos en algún otro momen..?
─¡SI! ¡SEGURO QUE SI!– la interrumpí antes de que acabase su pregunta con tal brusquedad en mis palabras que su rostro reflejo un susto momentáneo, dando paso nuevamente a aquella risa juguetona.
─Que alegría oír eso. Entonces hasta luego señor violinista.─ con una sonrisa, se dio media vuelta y se marchó. Nuevamente me había quedado petrificado en mi lugar, mirando cómo se alejaba. Pero esta vez no podía dejar las cosas así. Tome aire y con determinación fui corriendo tras ella, posando mi mano con extrema suavidad sobre su hombro mientras preguntaba:
─¿Podría conocer su nombre antes de dejarla marchar?
─Claro.─ susurro ella mientras se volteaba, regalándome aquella sonrisa que a esas alturas me tenía atrapado–. Me llamo Nashetania, es todo un placer.
─E-el placer es m-mío, N-nashetania.─ volví a balbucear, provocando una risa en ella que cada vez me parecía más maravillosa─ Mi nombre es Lucilfer, e-espero encontrarme pronto con usted.
─Lo mismo digo, Lucilfer. Hasta pronto.─ sonrió y se marchó mientras yo la observaba atravesar las calles de la ciudad hasta perderse entre la gente.
─Adiós, Nashetania…─ susurre mientras permanecía de pie en ese lugar, impactado ya que por primera vez una persona no se espantaba y se alejaba al saber mí nombre. Permanecí ahí, en el sitio del primer encuentro. En el lugar donde comenzó todo. En ese lugar me quede, preso de una felicidad que jamás había sentido hasta entonces, sin saber que en el lugar más oscuro y recóndito del Inframundo, en el último círculo del Cocytos o infierno helado, Giudecca, se comenzaba a gestar lo que terminaría siendo la peor de mis pesadillas.

AngelMagat
Rango18 Nivel 85
hace casi 4 años

Buen comienzo para tu historia, excelentemente escrita. Saludos, nos leemos si lo deseas.

Hollow
Rango10 Nivel 47
hace casi 4 años

Me alegro que haya sido de tu gusto, @Palabrasverdesyazules :D Espero que el resto de la historia te siga gustando, saludos!

DreamxAlchemist
Rango13 Nivel 64
hace casi 4 años

Nashetania, ¿Los héroes de la flor de seis pétalos? Es sólo curiosidad jaja :)

Hollow
Rango10 Nivel 47
hace casi 4 años

Exactamente @DreamxAlchemist :D me gustó bastante ese nombre y quería usarlo en alguno de mis escritos jaja

Dolly
Rango9 Nivel 40
hace casi 4 años

me ha gustado la narrativa y la descripción


#3

2.- LA ÚLTIMA NOCHE.

A partir de entonces, los días transcurrieron con ambos reuniéndonos en esa misma plaza. No hablábamos mucho, ella simplemente se sentaba a escucharme tocar el violín y yo, claro está, me dedicaba a interpretar melodías solo para ella. Esa fue la monotonía de todas las tardes, sin mayor dialogo que un “buenos días” o un “hasta mañana”. Pero para mí estaba bien de esa forma, era feliz tocando mi música para ella y ella parecía feliz escuchando mis composiciones.
Habiendo pasado un mes de esa forma, ella fue quien termino rompiendo el hielo nuevamente. Atardecía ya aquella vez, cuando ella comenzó a preguntar cosas sobre mi tales como de donde era, sobre mi familia y sobre mi pasado. Respondí a cada una de sus preguntas y ella reaccionaba a cada una de mis respuestas con gestos de alegría o tristeza, sobre todo de esto último cuando le contaba sobre mi pasado. Mientras más hablábamos, más en confianza me sentía y por ende, mi nerviosismo y mi timidez iban quedando atrás. Era la primera vez que entablaba una conversación así sin que la otra persona me juzgase o simplemente se alejase. Luego fue su turno de contestar a mis preguntas, estaba ansioso por conocer más sobre ella. Nashetania era una joven de 28 años al igual que yo, mayor aun fue mi sorpresa al saber que ambos habíamos nacido el mismo día: un 15 de julio. ¿Coincidencia? En ese momento así lo pensaba. También supe que venía de una familia adinerada, que vivía en una de las mansiones más lujosas de la ciudad y que era la menor de tres hermanas. También me contó, con un gran pesar en sus palabras, que hace dos años su prometido había fallecido en un trágico accidente. Al oírla, pude entender cuan distintos habían sido nuestros caminos hasta entonces y sentí, por primera vez, que quería estar para siempre junto a ella. Anocheció y termine por acompañarla hasta su hogar. Durante el trayecto fuimos conversando cosas sin mayor importancia pero que me permitían conocer más sobre Nashetania. Luego de media hora recorriendo las calles de la ciudad llegamos hasta su casa. Me quede con la boca abierta al ver la majestuosidad de aquella mansión. Un gesto de sorpresa que debió haber incomodado en algo a Nashetania quien se apuró en despedirse y en atravesar la reja que separaba el inmenso patio de la calle. Cuando había recorrido la mitad del camino, se detuvo en seco, se volteo y volvió hacia mí, beso mi mejilla provocando un notorio rubor en ellas y me agradeció por haberla acompañado. Y para aumentar aún más mi sorpresa, me dijo:
—Mi familia hará un baile el fin de semana. ¿Te gustaría venir como mi acompañante, Lucilfer?
Una propuesta sorpresiva. Nunca había asistido a un baile ni mucho menos pero no podía negarme. Acepte, ella me regalo una vez más su sonrisa y se marchó, dejándome atónito y sonrojado mientras la miraba desaparecer en la inmensidad de la mansión. Volví desesperado a casa para buscar mis ahorros, no eran muchos pero cada moneda que lograse reunir me serviría para verme lo más formal posible para la cita.
Al mismo tiempo y sin que nadie lo supiese, a kilómetros de distancia, en Giudecca, el ultimo circulo de la helada octava prisión del Infierno, Cocytos, despertaba de su largo letargo el soberano absoluto del mundo de los muertos y junto con el despertaban de su sueño sus espectros y sus demonios sirvientes.

Así transcurrió la semana, trabajando el doble con tal de conseguir el dinero suficiente para un traje nuevo. Aunque el esfuerzo no fue suficiente, solo me termino alcanzando para un traje usado. Llego el día y me presente puntual a las 8 de la noche frente a la mansión. Llame un par de veces hasta que salió ella. Ahí estaba, Nashetania, con un vestido rojizo intenso que hacia juego con su cabello y que resaltaba aún más sus bellos ojos azules.
—E-estas muy hermosa.— pude balbucear mientras ingresaba al patio, provocando una risa nerviosa en Nashetania. Nos miramos por un instante y nos reímos con nerviosismo. Mentiría si digiera que mientras la seguía e ingresaba en aquella majestuosa mansión mi ser completo no era presa de una ansiedad y exaltación casi exagerada. La fiesta se desarrollaba en el salón central de la mansión. Cerca de 50 nobles se hallaban en el lugar. Para mi suerte, se encontraban inmersos en sus respectivas conversaciones así que mi entrada no llamo la atención de nadie. Nashetania tomo de mi brazo y me llevo donde se encontraban sus padres, presentándome como un viejo amigo. Los padres, muy amables y simpáticos, me recibieron sin ningún prejuicio y me llevaron por el salón presentándome ante los nobles, siempre seguido por la compañía de Nashetania. Mi nombre, una vez más, generaba resquemores en algunos de los presentes, en cambio otros no le daban mayor importancia e incluso bromeaban con el asunto. Poco a poco fui dejando la incomodidad de lado para desenvolverme entre toda esa gente pero nunca alejándome de Nashetania, pues era ella el motivo por el que estaba ahí y no quería apartarme de su lado. Llegado el momento, ella tomo mi mano y me condujo hacia el centro del salón, lugar donde comenzamos a bailar al ritmo de la música que tocaba la orquesta que habían contratado para la fiesta. Mis movimientos, bastante toscos pues era mi primera vez bailando, se contraponían con la belleza y armonía en los movimientos de Nashetania. Estaba embobado, no puedo negarlo. Nuestros ojos mirándose constantemente y su sonrisa presente en todo momento me hipnotizaban. Fue entonces cuando osadamente puse con firmeza mi mano en su cintura y la atraje hacia mí pecho, encontrando respuesta en ella quien entrelazaba sus brazos alrededor de mi cuello. Sentía como mi corazón se aceleraba a cada segundo, en cualquier momento se escaparía por mi pecho. Lentamente nuestros rostros se fueron acercando. Podía sentir su aliento agitándose al igual que el mío. Sonrió con ternura y cerró sus ojos en el momento en que nuestros labios se encontraban en un temeroso pero dulce beso. Y entonces el mundo volvió a desaparecer para mí. Solo existíamos ella y yo, unidos en aquel que era mi primer beso. Un beso inolvidable incluso hasta el día de hoy. Nos separamos lentamente, nos miramos y reímos al mismo tiempo. Entonces tuve la valentía suficiente para mirarle a los ojos y decir las palabras que llevaba tiempo queriendo expresarle:
—Nashetania… Tú me gu…
No pude terminar la frase. En el mismo instante en que pronunciaba la última palabra, el salón se inundó en la oscuridad. La penumbra dio paso a la histeria colectiva. Nadie sabía que estaba pasando en ese momento. Nashetania se zafo de mis brazos con tal brusquedad que uno de sus brazaletes cayo al suelo junto a mi pie y salió corriendo en busca de sus padres. Recogí aquel brazalete y a tropezones intente seguirla pero la oscuridad y mi desconocimiento del lugar me impidieron seguir tras sus pasos. Los gritos de histeria iban en aumento. Los minutos pasaban y la luz no volvía. Diez. Quince. Veinte minutos y nada. Veinte minutos y no conseguía encontrar ni a Nashetania ni a su familia. El miedo comenzaba a apoderarse de mí. Hasta que por fin volvió la luz. Y como deseo ahora que nunca hubiese vuelto. Como deseo haberme quedado en esa penumbra por siempre.
En cuanto volvió la luz y la normalidad volvía al salón, todos los allí presentes éramos testigos de una escena espantosa. En la muralla principal del salón, escrito con sangre, se podían leer las siguientes palabras: “El Rey del Inframundo ha despertado… Y vino a buscar lo que le pertenece”. Junto a la frase, un cadáver clavado en la muralla, con dagas atravesadas en su cuello, pecho y muñecas que genero gritos de terror y angustia que se amplificaron al notar a quien pertenecía ese cadáver. Mi corazón dio un vuelco al reconocer el cabello rojizo, el vestido del mismo color y los ojos azules abiertos de par en par en un rostro de sorpresa, pero que yacían ya sin vida. Sí. El cadáver pertenecía a mi amada Nashetania.

AngelMagat
Rango18 Nivel 85
hace casi 4 años

Vuelvo por aquí para deleitarme con tu imparable imaginación.
Excelente continuación, plena de intriga. Pasa si quieres por mis letras, te recomiendo mis microrrelatos.

Hollow
Rango10 Nivel 47
hace casi 4 años

Me alegra que mi relato sea de tu agrado, @GreenGooses_42 (: Espero que te siga gustando lo que se viene. En cuanto a tus microrrelatos, he leido un par y me han gustado, cuando tenga tiempo leere los restantes! Saludos.


#4

3.- LA PRIMERA REUNIÓN.

Infierno, Inframundo, Submundo, El mundo de los caídos, Hades, Tártaro, Averno, Diyu, Naraka, Duat, Meikai, Jigoku, Gehena, Yomi, Niflheim. Nombres con los cuales se conoce al reino de los muertos alrededor del mundo. Un mundo lúgubre, frívolo y malsano, cubierto en tinieblas. Lugar donde habitan los dioses de la muerte, los demonios y los espectros. Ocho prisiones y tres valles donde se juzgan las almas de los muertos. Es en una de estas prisiones, la octava, llamada Cocytos o Infierno helado donde se volvían a reunir después de varios años, dos de los cientos de dioses que habitan en este reino. La octava prisión, Cocytos, está dividida en 4 círculos que son: Caína, Ptolomea, Antenora y Giudecca. Este último circulo es considerado como el punto terminal de esta dimensión, antes del Elysion, siendo entonces Giudecca el lugar más profundo y bajo del Infierno y por lo mismo, el más frio. Es aquí, en el palacio de Giudecca, donde se producía la reunión entre los dioses gemelos.
Uno, de cabellos y ojos plateados, con una estrella de cinco puntas grabada en la frente, vistiendo una túnica negra con diseños del mismo color que su cabello y sus ojos. El otro, idéntico pero con la salvedad en que sus cabellos, sus ojos y los grabados en su túnica eran de una tonalidad dorada, además de que la estrella en su frente contaba con seis puntas, a diferencia de su gemelo. Sentados frente a frente, separados por un tablero de ajedrez, los dioses gemelos Thanatos e Hypnos empezaban su conversación mientras ordenaban las piezas en el tablero.
—Se acerca el momento, ¿Verdad, Thanatos?— susurro la deidad de cabellos dorados mientras movía uno de sus peones.

—Así es, Hypnos. Nuestro señor esta por despertar de su sueño así que tenemos que indicarle al resto de dioses, a los espectros y demonios que comiencen las preparaciones— indico el gemelo de ojos plateados mientras hacia su movimiento.

—¿Cuánto tiempo ha pasado desde que nuestro señor cayo en su letargo?

—28 años. O más bien, en una semana más se cumplirán los 28 años.

—Tiempo considerable el de su ausencia, quizás debimos haberlo despertado antes, Thanatos— expreso con la cautela que caracterizaba al Dios del Sueño al mismo tiempo que usaba uno de sus alfiles para sacar de la partida a uno de los caballos de su gemelo.

—A pesar de ser deidades, no podemos ir en contra de los deseos de nuestro señor. Él nos impuso un plazo y estamos aquí para cumplirlo. No te hagas el desentendido ahora, Hypnos— Susurro con frialdad el dios gemelo.

—Habrá que llamar a Pandora y a Paradox para que despierten y alerten a los demonios y espectros— Indico Hypnos, haciendo caso omiso al último comentario de su hermano.

—¿Contaremos con los Oniros, Hypnos? Mientras más brazos tengamos, mejor— dijo Thanatos mientras colocaba a su caballo restante en posición de Jaque Mate ante el rey de su hermano.

—Si. Ya advertí a Oneiros. Este se encargara de hablar con Morfeo, Icelus, Phobetor y Phantasos — respondió el gemelo mientras movía sus piezas para salvar a su rey—, ¿Los shinigamis a tu cargo harán su tarea, no?

—¿Con quién crees que hablas, hermanito?— susurro frívolamente la deidad y deshizo de un roce la pieza que representaba al rey de su gemelo, dando por finalizada la partida. Se puso en pie y se dio media vuelta para dirigirse a la salida del palacio—, habla con Pandora, yo me encargo de Paradox. Tenemos una semana para terminar con los preparativos. El despertar de nuestro señor se acerca cada vez más.

—Siempre tan impulsivo, Thanatos— dijo el Dios del Sueño reprimiendo una sonrisa y elevo su voz antes de que su gemelo abandonase el palacio— Por cierto, debes encargarte de traer a la que se convertirá en la vigésima octava esposa de nuestro señor para antes de su despertar.

—No me des órdenes, Hypnos— espetó la deidad antes de salir del palacio en dirección a su morada.

Los dioses gemelos volvieron a sus respectivos palacios donde citaron a los espectros que les servían para comenzar con los preparativos para el suceso que se llevaría a cabo en una semana más. Mientras Hypnos se reunía con Oneiros, líder de los Oniros o personificaciones del sueño y luego se reunía con Pandora, una de las dos cuidadoras del soberano del Inframundo, su gemelo Thanatos recibía en su palacio a Keros, uno de los shinigamis de mayor confianza para la deidad suprema y a Paradox, también cuidadora del rey de esa dimensión. El dios que personifica a la muerte sin violencia le ordeno a Paradox que se marchase al mundo terrenal para que vigilase a la persona que había sido marcada como la vigésima octava esposa del amo y señor del Infierno y que esperase indicaciones, pues llegado el momento tendría que cooperar con Keros para llevar a cabo la misión de traer a aquella persona al mundo de los caídos. Así, Paradox cruzo el infierno hacia uno de los portales que conectaba al mundo terrenal con el submundo y siguió las instrucciones del Dios de la Muerte durante aquella semana mientras los dioses gemelos alistaban a sus sirvientes para el momento que llevaban 28 años esperando. ¿La fecha indicada? El sábado 14 de julio de 1776. Se encargaron de contar con la ayuda de Tsukuyomi, Deidad de la Luna, para que aquella noche el mundo entero se encontrase en penumbras.
Así, Paradox deambulo toda la semana por el mundo de los vivos, siempre vigilando a la mujer que le habían encargado. Llegado el día, se reunió en el lugar indicado con Keros y esperaron la señal de Tsukuyomi. Con un soplido de la Deidad Lunar, las luces se apagaron y el mundo cayó en la oscuridad, momento en que los espectros pusieron en marcha su plan. Ingresaron al lugar y poco se tardaron en encontrar a quien buscaban. Con un simple toque del shinigami, la chica de cabellos rojizos y ojos azules cayó en el sueño eterno. El espectro entonces tomó el cuerpo sin vida y lo clavó en la muralla de aquel salón con sus dagas mientras Paradox se encargaba de escribir el mensaje que los presentes leerían más adelante. Una vez terminada la labor, regresaron al Infierno junto con el alma de la víctima. Cruzaron el rio Aqueronte y apresuraron el paso a Giudecca mientras le explicaban la situación a la joven, que no paraba de derramar lágrimas. En el palacio se encontraban los dioses gemelos, quienes vieron como sus sirvientes llegaban con la mujer que se transformaría en la nueva emperatriz del Inframundo. Paradox y Keros empujaron a la chica en dirección a las deidades y se quedaron en una reverencia mientras los gemelos recibían a la mujer. Pero grande fue su sorpresa al ver el rostro de la joven ahí presente. Intercambiaron miradas y fue el más frívolo de los gemelos, Thanatos, quien elevó su voz:
—Mujer, tu nombre.

—N-nashetania, mi señor— susurro en un sollozo la joven pelirroja.

—Paradox, Keros…— dijo el gemelo de cabellos plateados con un notorio tono de enfado a sus sirvientes— Esta no es la persona que debían traer al Inframundo.

#5

4.- EL EMPERADOR DEL INFRAMUNDO.

—¡¿Cómo pudieron cometer semejante equivocación?!— gritaba con furia el Dios de la Muerte mientras se paseaba por el salón principal del palacio de Giudecca mientras su gemelo se encontraba sentado de brazos cruzados y con un gesto de preocupación en su rostro. Sus sirvientes, Paradox y Keros habían fallado en su misión. Habían matado y llevado al Infierno a una persona que no era la indicada. Y restaban tan solo dos horas para el momento que habían estado esperando.

—Este es un contratiempo imprevisto. Incluso los muy inútiles dejaron el cadáver en el mundo humano. Terminaron por hacer todo mal— susurro la deidad del sueño mientras miraba hacia el horizonte en busca de respuestas que no aparecían.

—Ya me haré cargo más tarde de esos dos— exclamó enfadado el gemelo de cabellos plateados mientras se paseaba inquieto por el salón— Por ahora encarguémonos de este problema. ¿Habrá alguna diferencia para nuestro señor entre la madre y la hija? — miró primero a su hermano y luego se acercó a la joven que aun permanecía en el salón, la tomó del mentón y la inspeccionó con la mirada mientras esperaba la respuesta de su gemelo.

—No sabría decírtelo, sabes que nuestro señor es muy caprichoso. Si bien trajeron a la hija y no a la madre, ambas son casi idénticas— respondió Hypnos mientras se colocaba en pie y se acercaba a su gemelo para mirar también a Nashetania.

—Tendremos que arriesgarnos entonces— suspiró Thanatos, aun visiblemente molesto.

—Envié a Oneiros al mundo terrenal para que recupere el cadáver. Deduzco que regresara pronto. Y tú, mujer— exclamo la deidad de cabellos dorados mientras miraba a Nashetania— Ve acostumbrándote al que será tu nuevo tu hogar— acto seguido, ambas deidades abandonaron el palacio, dejando a la chica sola en el inmenso salón. No entendía nada. No entendía por qué ella tenía que estar pasando por eso cuando se encontraba tan feliz con su vida. Se acurrucó en un rincón del salón y pensó en su madre, quien por lo que había oído de los gemelos debía estar ahí en su lugar, pensó en su padre y en sus hermanas. Pensó en el joven violinista que había cautivado su corazón en el último mes y las lágrimas brotaron solas.
Pasada una hora, Nashetania vio como los Dioses gemelos retornaban al palacio siendo seguidos por un joven de cabello blanco, largo y desordenado, de tez blanca y de ojos negros quien cargaba un bulto en su hombro y por una mujer de cabello y ojos de color violeta. Los hermanos se dirigieron a sus respectivos asientos mientras le daban las órdenes a quienes le seguían. El joven respondía al nombre de Oneiros, mientras que la mujer lo hacía por el nombre de Pandora. Ambos fueron donde ella se encontraba. Oneiros colocó el bulto enfrente de ella y pudo notar con terror que se trataba de su cadáver. Entonces, la mujer la tomo del hombro y la unió con su cuerpo.

—Toda deidad necesita de una “vasija” en la cual residir, tiene suerte de mantener su cuerpo en vida aquí en el mundo de los muertos— susurró la mujer mientras la miraba y le sonreía ampliamente. Tomó sus mejillas y besó sus labios suavemente para luego separarse y hacer una reverencia— Bienvenida, mi señora. Mi nombre es Pandora y estoy al cuidado de nuestro señor y por lo tanto, desde ahora también lo estoy al suyo.
El joven, que cada vez le parecía más guapo, tomó su mano y la besó también con suavidad mientras hacia una reverencia y se presentaba, provocando un leve rubor en las mejillas de la pelirroja. Atónita por el actuar de los espectros, Nashetania se quedó inmóvil sin saber qué hacer ni decir. Entonces Hypnos le ordenó a Pandora que se la llevase para que se arreglase ya que debía estar presentable ante el rey del Inframundo. La mujer asintió y tomó de la mano a Nashetania para llevarla a una de las habitaciones del palacio mientras le explicaba que ese sería su nuevo hogar y que debía acostumbrarse a él. Nashetania se mantuvo en silencio todo el tiempo que tardó Pandora en arreglarle la ropa y el maquillaje. No quería aceptar lo que estaba ocurriendo, pero no tenía muchas alternativas. Simplemente no podía huir de ese lugar. Reprimió sus lágrimas y se miró en el espejo. Un vestido negro con detalles de color azul, con un escote muy pronunciado y unos labios maquillados con un rojo intenso le daban un aspecto de sensualidad, lado que ella no solía explotar y que no era de su gusto. Volvió al salón junto con Pandora y pudo observar que habían más personas aparte de los Dioses gemelos y del joven albino. Paradox y Keros, se encontraban arrodillados frente a los Dioses y junto a ellos un grupo de espectros. Seis pares de ojos se volvieron hacia ella. Todos hicieron una reverencia para luego presentarse uno a uno.

—Morfeo, a sus órdenes mi señora— se presentó el espectro que se encontraba más cerca de ella. Un hombre de contextura robusta, cabello largo y de color castaño y que llevaba colgando un collar con una estrella de seis puntas.

—Icelus, mi señora, es un honor tenerla aquí presente— dijo el espectro de aspecto más bestial de los allí presentes. Era calvo y se podían notar a simple vista sus colmillos y garras. La miro con tanto sadismo en sus ojos que Nashetania no pudo evitar estremecerse.

—No la espantes, bestia— exclamó la chica arrodillada a su lado mientras lo golpeaba con el codo. Tenía el cabello de color verde claro y sus ojos eran de un amarillo intenso— Phantasos a su servicio mi señora. No se incomode por esta tropa de bestias.

—Siempre son igual de babosos— complementó con una risa la otra mujer del grupo. De cabello celeste y ojos del mismo color, era morena y llevaba con ella un báculo que terminaba en una preciosa gema— Reika, la shinigami más hermosa del Inframundo para servirle.

—Mantengan la compostura ante su señora emperatriz, idiotas— susurró el más alejado del grupo y quien tenía el semblante más serio de los allí presentes. Tenía el cabello y los ojos de color negro y cargaba en su cintura una espada. Habló sin dirigirle la mirada, lo cual molestó en parte a la pelirroja— Sherrvan es mi nombre y pongo mi espada a su disposición mi señora emperatriz.

—Siempre tan serio hermano, deberías relajarte un poco jijiji— se rio con fuerza el último de los espectros. Tenía el cabello rojo y sus ojos eran de distinto color, uno azul y el otro verde. Usaba un tono burlón al hablar lo que parecía irritar al espectro de cabellos negros— Mi nombre es Kata y soy hermano del enojón que tengo a mi lado. Puedo servirle para lo que sea, cualquier cosa— y le guiñó el ojo a la pelirroja mientras se lamia el labio inferior, provocando nerviosismo en la chica.

—Basta de presentaciones, el momento ha llegado— interrumpió con brusquedad Thanatos mientras él y su hermano miraban fijamente al trono que se erguía al final del salón. Allí, sentado en aquel trono, se podía distinguir la silueta del denominado emperador del Infierno. Miraba a todos los presentes con sus ojos negros. Su cabello mitad blanco, mitad negro le llegaba hasta los hombros. Su piel blanca y sus uñas pintadas de rojo. La belleza que desprendía aquel ser había dejado impresionada a Nashetania. Jamás en su vida había conocido a un ser tan hermoso como aquel sentado en su trono, aquel que se convertiría en su esposo. Los Dioses gemelos y los espectros allí presentes hicieron una reverencia al percatarse de la presencia del emperador máximo. Solo Nashetania se mantenía en pie y el soberano pareció notarlo ya que puso su mirada en la figura de la pelirroja. Fue entonces Hypnos quien rompió el silencio.

—Mi señor Hades, es una alegría que haya vuelto al Inframundo.

—Hypnos, ¿Quién es esta chica? — preguntó Hades ignorando las palabras del Dios del Sueño, manteniendo su mirada en Nashetania. La voz, increíblemente suave, de la deidad había sorprendido a la chica.

—Su nombre es…— había empezado el Dios de cabellos dorados cuando fue interrumpido. La joven pelirroja había pasado entre los gemelos y había subido hasta el trono de Hades, haciendo una reverencia frente a él.

—Mi nombre es Nashetania, mi señor. Y seré su nueva esposa— dijo la pelirroja con decisión. Había aceptado ya su destino, sentía una pena que probablemente jamás pasaría pero ya no podía hacer nada, tan solo aceptar y servirle al rey del Inframundo.
—Ya veo. Eres muy hermosa pero…— dirigió su mirada y sus palabras hacia las deidades gemelas— Esta no es la chica con la que hice el pacto antes de irme a mi descanso. ¿Cómo explican eso, Hypnos? ¿Thanatos?

—Lo sentimos mi señor— susurro el Dios de la Muerte mientras levantaba su cabeza para enfrentar la mirada de Hades— Hubo un inconveniente. Mandamos a nuestros espectros pero en vez de traer a Meyrin, trajeron a su hija aquí presente. En verdad sentimos mucho el error.

—Tú sabes que no acepto errores, Thanatos— dijo con frialdad el Dios del Inframundo. Volvió a dirigir su mirada hacia Nashetania y la inspeccionó de pies a cabeza, provocando incomodidad en la chica— Haré una excepción y me quedaré con esta chica debido a su parecido con la mujer con la que hice el pacto. Pero no correrán la misma suerte si vuelven a cometer semejante error.

—Sí, mi señor— susurraron al unísono los gemelos.

En eso estaban cuando de repente todos los allí presentes comenzaron a escuchar una melodía cuya procedencia era desconocida. Con gesto de sorpresa en sus rostros, los espectros, las deidades y la chica guardaron silencio mientras escuchaban aquella melodía. Hades, quien jamás había escuchado tan triste y melancólica melodía, se encontraba profundamente conmovido. Quiso escuchar más de aquella melodía. Quiso saber la razón del porque aquella melodía había logrado conmover incluso al emperador del Inframundo. Quiso saber a quién pertenecía aquel lamento. Quiso saber cómo aquella melodía había logrado llegar a cada rincón del Infierno. Quiso saber quién era el ser que tocaba aquella melodía a través de un simple violín.

#6

5.- DOLOR.

Un inmenso e indescriptible dolor se apodero de mí desde el momento en el que vi el cadáver de mi amada Nashetania clavado en el muro de su mansión. Los gritos a mi alrededor se habían desvanecido, sentía gente correr pero no las veía. El mundo se detuvo. Solo veía el rostro sin vida de la mujer que amaba. Lloré, grité, me derrumbé. Salí corriendo con los ojos empañados por las lágrimas. No podía ser cierto, no quería aceptarlo. Mi amada Nashetania no podía estar muerta, tenía que ser un mal sueño, una pesadilla. Llegué a mi casa y me despojé del traje lanzándolo al suelo. Caí de rodillas en medio de la habitación y con mis manos cubriendo mi rostro, lloré desconsoladamente por horas. Comencé entonces a recordar todos los momentos que había vivido junto a ella. Aquel primer encuentro, todas esas tardes juntos contemplándonos mutuamente. Todas aquellas melodías que había compuesto para ella. Todo revivió en mi mente. Su recuerdo persistía en mi mente. Sus ojos azules, sus cabellos rojos, su sonrisa que tanto me había cautivado. Nashetania aún vivía en mi mente. Como una llama ardiente, su existencia dentro de mí ser se negaba a desaparecer. Había sido mi primer amor, había sido la primera persona con la cual yo podía ser yo. Había sido la primera persona en la que había podido confiar. Desde que había quedado huérfano, ninguna persona se había acercado a mí como Nashetania lo había hecho. Había vagado por el mundo en soledad durante años y pensaba que en Nashetania había encontrado un lugar al cual pertenecer. En ella había encontrado una esperanza de escapar de la rutina y soledad en la que estaba inmerso. Y esa esperanza se desvaneció en un abrir y cerrar de ojos. El dolor que sentía en mi pecho me recordaba que mi felicidad se había esfumado con la misma facilidad con la que había llegado. Aquella punzada de dolor en mi interior me recordaba que Nashetania ya no estaba, que la había perdido para siempre. Cada lágrima que derramaba buscaba sacar de mí aquel dolor que sentía, pero era imposible. Nashetania había marcado mi vida y el perderla de esa forma me hacía sentir un vacío existencial tan inmenso como el universo. Dolor, tristeza, soledad, desesperación, angustia, congoja, desdicha, todo aquello estaba sintiendo en ese momento. Mi presente se estaba volviendo un calvario.
Era de madrugada ya cuando logré calmarme. No era un sueño aquello que estaba viviendo. Nada había sido un sueño. Ni el cómo me enamore, ni como logré acercarme a ella, ni el como la perdí. No entendía que había pasado, solo sabía que había perdido a la mujer que amaba. Solo sabía que aquella persona que había logrado iluminar mí día a día había desaparecido en extrañas circunstancias. Buscando consuelo, tomé mi violín. Aquel violín me hacía recordar los momentos que ambos habíamos vivido en ese corto mes. Me puse en pie y me acerqué a la ventana. Ahí, mirando al horizonte sin un destino fijo, comencé a tocar todas las melodías que había compuesto para Nashetania sin detenerme. Al juntar todas las piezas musicales se conformaba una melodía muy bella pero muy triste a la vez. Mis lágrimas comenzaron a brotar nuevamente a medida que tocaba el violín. Sabía perfectamente lo triste de aquella melodía, pero no sabía que aquella melodía llegaría a cada rincón del mundo e incluso más allá. No sabía que aquel réquiem de despedida hacia mi amada lograría conmover a las deidades repartidas por el mundo. No sabía que mi despedida lograría atravesar el mundo de los muertos y ablandar por unos instantes el corazón del emperador del Inframundo.

#7

6.- LA SÚCUBO.

Es difícil seguir con tu día a día cuando la persona a la que amas ha muerto. El dolor que te invade es inmenso. Así me encontraba yo días después del acontecimiento. El funeral se había llevado a cabo al día siguiente. La madre de Nashetania fue personalmente a mi casa a invitarme pero me negué. No podía aun aceptar la muerte de Nashetania, así que no podía asistir a su funeral. Los días pasaron y me los pasé acostado en mi cama, comiendo poco pero bebiendo mucho. Las botellas de whisky se apilaban vacías junto a la ventana de mi habitación. Me estaba perdiendo, estaba cayendo en la oscuridad de la depresión. Veía los días pasar frente a mi ventana mientras me ahogaba en mis llantos y el alcohol, siempre con el recuerdo de Nashetania en mi mente. No sé cuántos días habrían pasado, pero si los suficientes como para que mi cabello me llegase hasta los hombros y para llevar una frondosa barba, cuando me decidí por fin a visitar la tumba de mi amada Nashetania.
Me levanté esa mañana y por la ventana pude apreciar el grisáceo cielo de aquel día y las nubes que parecían a punto de llorar. Desayuné y me arregle un poco antes de salir. Tardé media hora en llegar al cementerio. Compré un pequeño ramo de flores y deambule por el cementerio hasta encontrar por fin la tumba de Nashetania. Me acerque con lentitud mientras las lágrimas comenzaban a aflorar con cada paso que daba hacia la tumba. Intente ser fuerte pero no lo logre. Caí de rodillas frente a la lápida y comencé a llorar mientras apretaba el ramo de flores. El cielo pareció acompañarme en mi lamento ya que en ese momento comenzó a llover con fuerza. Mis lágrimas se mezclaron con las gotas de lluvia mientras contemplaba el nombre escrito en aquella lápida. El nombre de aquella mujer que había llegado a amar y que ya no se encontraba a mi lado. Golpeé el suelo con los puños un par de veces, haciendo que algunos pétalos del ramo cayesen sobre la lápida. Inmerso en una indescriptible tristeza me encontraba, cuando una dulce voz femenina interrumpió mis lágrimas.

—Llorar no va a traerla de vuelta. Pero quizás yo pueda ayudarte, cariño.

Me di vuelta y la vi. Una mujer alta, con ropas, cabello, ojos y uñas completamente de negro, se hallaba detrás de mí. Llevaba un vestido ajustado y un escote que realzaba aún más sus virtudes. Pude ver la codicia en sus ojos pero no le di importancia en ese momento. Me puse de pie sin responder aun a sus palabras, estudiándolas tanto como a ella. Se acercó a mí y colocó sus manos en mis mejillas, haciendo un gesto como secando mis lágrimas y me sonrió mientras se relamía levemente el labio superior. Se volteó y se marchó mientras me hacía un gesto con la mano para que la siguiese. Intrigado por sus palabras, deje el ramo sobre la tumba de Nashetania y me marche tras aquella mujer.
Luego de seguirla por un rato, llegamos a una casa de aspecto abandonada. Ninguno de los dos pronunciaba palabra alguna pero entramos y nos resguardamos de la lluvia. En pleno salón, la mujer se apoyó en una de las ventanas y me siguió mirando con aquellos ojos llenos de codicia y lujuria, incomodándome en cierta medida.

—Como te dije, yo puedo ayudarte a recuperar a tu mujer— dijo mientras sonreía y aguardaba mi reacción.

—¿De que estas hablando? ¿Quién eres? ¿Cómo me conoces? ¿Cómo sabes lo que pasó? ¿Cómo es posible recuperar a alguien muerto?— pregunté con rapidez mientras miraba inquieto a la mujer. La sensualidad y los aires de lascivia que desprendía aquella mujer comenzaban a preocuparme.

—Muchas preguntas cariño, cálmate— susurro riendo aquella mujer y se acercó con lentitud hasta quedar frente a frente— Mi nombres es Leyna, mucho gusto— se inclinó y besó mi mejilla, provocándome un escalofrió con el roce de sus labios— Y tú eres Lucilfer, un simple violinista que perdió a su mujer amada en una fiesta. Te conozco porque llevo un tiempo pendiente de ti y por esas casualidades de la vida me han pedido que te lleve a cierto lugar.

—¿A mí? ¿A qué lugar? ¿Qué tiene que ver todo esto con Nashetania?— Pregunté mientras intentaba alejarme un poco de aquella mujer.

—¿Me tienes miedo, Lucilfer?— preguntó riendo al notar mis intenciones—, tranquilo, no voy a hacerte daño. Todo esto tiene mucho que ver con tu amada.

—¿Podrías aclararme todo de una buena vez?— pregunté con un poco de irritación ante las vueltas que se daba la mujer para explicarse.

—Que impaciente, cariño— sonrió y se volvió para apoyarse en la ventana y pude volver a notar la lujuria que desprendían sus ojos al mirarme— Como te dije, mi nombre es Leyna. Y soy una súcubo— quede con la boca abierta de incredulidad ante la revelación de aquella mujer, pero continuó sin permitirme mayor cuestionamiento ante el caso ya que lo que dijo a continuación me dejó aun mas perplejo—, tu mujer fue “asesinada” por unos espectros del Inframundo para convertirse en esposa del señor Hades. Este mismo me mando en tu búsqueda para llevarte a aquel lugar ya que lo conmoviste con aquel réquiem de despedida de hace unos días.

—¿Q-que?— pregunté sin poder creer lo que acababa de decir Leyna.

—Ya te lo dije Lucilfer— sonrió ampliamente y se acercó hasta que nuestros rostros quedaron a escasos centímetros de distancia— Soy una súcubo y he venido para que iniciemos juntos un viaje al rincón más profundo del Infierno.

AngelMagat
Rango18 Nivel 85
hace casi 4 años

Genial, muy bien escrito,
acentúa esto: me los pasé.

Hollow
Rango10 Nivel 47
hace casi 4 años

@GreenGooses_42 Gracias por seguir leyendo y gracias por la observación, lo había pasado por alto.


#8

7.- EL PRIMER VIAJE.

Incredulidad. Con esa palabra puedo definir mi estado al encontrarme en aquel barco camino a Japón en compañía de Leyna, la súcubo. Luego de repetirme unas cinco veces quien era, que era y porque estaba en busca de mí, termine por convencerme de que lo que estaba pasando no era un sueño. Después de eso, Leyna me explicó que como súcubo no haría aquel favor gratis, sino que tendría que hacer un pacto con ella y satisfacerla sexualmente de aquí en adelante. Fue entonces cuando comprendí el porqué de aquellos aires de lascivia que desprendía. Tanto los íncubos como las súcubos se alimentan del deseo sexual. Dude, lo pensé por un par de horas pero termine aceptando aquel pacto porque si no lo hacía, mis esperanzas de recuperar a Nashetania se desvanecerían. Estaba convencido ya en que para recuperarla, sacrificaría lo que fuese. Y no les voy a mentir, la primera noche junto a Leyna fue algo raro. Dentro de mi mente se produjo un estado de ambivalencia puesto que no dejaba de pensar en Nashetania, pero la sensación de placer que me provocó Leyna es indescriptible. Ya habiendo consumado el acto de placer, la súcubo me explicó que nada, ni siquiera su compañía, me garantizaría el atravesar con éxito el Gehena y llegar sano y salvo donde residía Hades, por lo tanto tendría que buscar una de las espadas míticas repartidas por el mundo para que me sirviese de protección en el Inframundo. No le encontraba lógica al hecho de buscar un arma para ir a un lugar donde solo residen almas en pena, pero aun así confié en la palabra de la voluptuosa mujer. Me indicó el lugar donde se encontraban míticas armas tales como Excalibur (La famosa espada del Rey Arturo Pendragón) o Gungnir (La lanza del Dios Odín), pero fue la arma que perteneció a otros dioses la que termine por elegir, debido a su procedencia en mi país natal. Y es por eso que nos embarcamos hacia Japón junto con Leyna. Mi destino era el Santuario Atsuta, en Nagoya. Lugar donde debería encontrar la espada Kusanagi, la cual perteneció al Dios Susanoo tras encontrarla en una de las colas que cortó de la serpiente Yamata-no-Orochi y que luego entrego a su hermana Amaterasu para zanjar la vieja rencilla entre ambas deidades.
Tras un largo tiempo de viaje (llegue a un punto en el que perdí la noción del tiempo) llegamos por fin a Nagoya. Durante todo el transcurso del viaje tuve que cumplir con mi parte del trato y atender el apetito sexual de Leyna, lo cual me estaba dejando cada vez más agotado. Y esa no era mi única preocupación. A medida en que los días iban avanzando, el paisaje se iba volviendo cada vez más nublado y oscuro, el sol ya no salía y la noche se extendía más de lo normal. Se lo consulte a Leyna y ella, con total indiferencia pero con un dejo de malicia en sus palabras, respondió:

—No lo sé, cariño. Quizás alguna deidad está haciendo una de sus travesuras.

Inquieto por todo lo que estaba sucediendo, nos dirigimos al Santuario de Nagoya. No había nadie resguardando el lugar lo que me pareció extraño teniendo en cuenta la importancia de aquel lugar. Entré mientras Leyna se quedaba afuera esperando. Una vez adentro, me dirigí hacia el altar donde se encontraba una caja negra frente a una estatua que personificaba seguramente a la diosa del Sol. Una tremenda sorpresa me lleve al ver que la caja estaba vacía. Según Leyna, la espada debía encontrarse en aquel lugar pero ahí no había nada. Con la cabeza a punto de estallar ante tantas encrucijadas, salí del santuario en el preciso momento en que el cielo se oscurecía repentinamente. Un enorme trueno cayó de golpe frente a nosotros, saliendo de aquel impacto un hombre de avanzada edad, con un enorme bigote y el cabello largo ennegrecido. Leyna, desconfiada, dio un paso hacia atrás mientras yo observaba a aquel hombre asombrado. Se paró frente a mí y me habló:

—¿Tu eres quien anda tras la espada Kusanagi?— preguntó mirándome sin pestañar. Aun asombrado, solamente asentí con la cabeza, tras lo cual siguió hablando—, Mi nombre es Susanoo. Soy el Dios que derrotó a la serpiente y que encontró dicha espada. ¿Cuál es tu nombre, joven?

—L-lucilfer…— respondí aun asombrado. Una deidad se encontraba frente a mis ojos y no lo podía creer. Aunque luego pensé en Leyna y comprendí que ya nada era irreal.

—Joven Lucilfer… Mi hermana Amaterasu ha sido raptada por uno de los dioses que resguarda el Inframundo. Sin ella, el mundo caerá en las tinieblas. Junto con mi otra hermana, Tsukuyomi, intentaremos mantener a raya a las tinieblas desde aquí. Por eso te lo pido, sé que te diriges al reino de los muertos. Toma la espada y tráela de regreso— me dijo mientras me hacía entrega de la mítica espada Kusanagi, la espada de la serpiente. Tome la espada por la empuñadura, era bastante blanda así que podría usarla con una o ambas manos, asentí y mire de reojo a Leyna, quien para mi asombro, me miraba con una sonrisa de malicia de oreja a oreja en su rostro. Cada vez me sentía más inquieto.

No me gustaba nada lo que estaba pasando. Me estaba involucrando en una disputa entre dioses cuando mi único interés era recuperar a Nashetania. Me estaba involucrando en un hecho que marcaría mi destino para siempre.

#9

8.- EL ENCUENTRO.

Nashetania se encontraba acostada en la cama matrimonial que llevaba un mes compartiendo con el emperador del Inframundo. Miraba el techo mientras sus pensamientos divagaban. Durante todo ese mes no había abandonado el palacio. Se había dedicado a deambular por los pasillos en compañía de Pandora o Paradox y había pasado el tiempo satisfaciendo a su esposo en todo lo que él le pidiese. La rutina comenzaba a molestarle, así que aprovechó que Hades se encontraba en una reunión junto a Thanatos, Hypnos y otras deidades para llamar a Pandora. Tenía en mente conocer el Infierno. Imaginaba que no sería un lugar agradable, pero era mejor que quedarse otro día más sin nada que hacer. En cuanto apareció la mujer de cabello violeta, Nashetania le indicó sus intenciones. Pandora se rehusó en un principio, pero ante la insistencia de la pelirroja aceptó y le ayudó a vestirse.

Una vez vestida, ambas mujeres abandonaron el palacio de Giudecca. Ante los ojos de la pelirroja se desplegaba un paisaje lúgubre, la luz escaseaba en ese lugar. Cuatro caminos apenas iluminados por unas llamas azules flotantes se extendían ante las mujeres. Otra característica de ese lugar es que todo estaba cubierto de hielo. Mientras avanzaban, Pandora le fue explicando a Nashetania que tres de los caminos llevaban a los otros tres círculos del Cocytos: Caína, Antenora y Ptolomea. Mientras que el cuarto camino llevaba a una gran extensión de tierra congelada, lugar donde son condenados y castigados aquellos que osan a rebelarse ante los dioses. Al llegar allí, Nashetania pudo ver muchos cuerpos atrapados en el hielo hasta el cuello, mientras sus rostros son constantemente azotados por una ventisca eterna. Nashetania atravesó la prisión sin mirar mucho a quienes se encontraban allí, pero antes de llegar a la salida hacia la séptima prisión, una mujer llamó la atención de la pelirroja.

Nashetania volvió su mirada hacia esa mujer, cuyo cuerpo apenas comenzaba a congelarse bajo la fría ventisca del Cocytos. Ignorando las advertencias de Pandora, la pelirroja se acercó a la mujer hasta que pudo agacharse frente a ella y hablarle:

—Hola— dijo con una amplia sonrisa.

—¿Quién eres?— respondió con una débil voz la mujer de cabellos negros, sin mirar a la pelirroja.

—Eh…— dudó antes de responder—, Soy Nashetania, la nueva esposa de Hades. ¿Quién eres tú?

—La nueva esposa del señor Hades, ya veo…— susurró la mujer, haciendo caso omiso a la pregunta de la pelirroja— Eres la esposa más linda que le he conocido a ese estúpido egocéntrico.

—¿Qué quieres decir?— preguntó notando la molestia en la voz de la mujer.

—Quiero decir que soy una diosa— dijo mirando por primera vez a los ojos a la pelirroja—, soy Amaterasu, la personificación del Sol y conozco al bastardo de tu esposo desde el inicio de los tiempos.

—¿Qué hace una deidad como tú en lugar como este?— preguntó incrédula Nashetania.

—Vaya, ¿Eres la esposa de Hades pero no estas al tanto de sus movimientos?— la mujer desvió su mirada para luego terminar—, el bastardo de tu esposo me tomo como rehén. Toda deidad necesita de una “vasija” para presentarse en el mundo terrenal, en el Infierno o en el Elysion. Hades aprovechó que me presentase en mi forma reencarnada en el mundo terrenal para tomarme presa y traerme a este lugar. Así, logrará que en el mundo no haya sol, no haya día, hasta que este cuerpo muera y reencarne en otra persona.

—¿Por qué el querría algo así?— preguntó la pelirroja, nerviosa ante la respuesta.

—¿Por qué? Creo que es obvio querida, él quiere ver al mundo hundirse en la oscuridad. Además busca vengarse de aquel que lo mandó a dormir hace 28 años.

#10

9.- RECUERDOS Y DETERMINACIÓN.

Me habían ocurrido tantas cosas en los últimos días que me afectaban tanto física como mentalmente, que necesitaba un respiro. Le pedí a Leyna que me dejase solo ya que necesitaba un tiempo para mí mismo, para meditar sobre todo lo que estaba ocurriendo. Tome a Kusanagi y viaje hasta el lugar donde había nacido: Kanagawa. Había vivido solo hasta los 5 años allí por lo tanto no recordaba mucho del lugar, pero tenía la dirección de la que se suponía había sido mi casa gracias a una de las pocas cartas que pertenecieron a mis padres y que se encontraban en mi posesión. Siguiendo las indicaciones y preguntando de vez en cuando a las personas con las que me iba encontrando, logré llegar a una casa de aspecto abandonada. Entré sin mayores inconvenientes, dejé a Kusanagi sobre la mesa del salón y comencé a rondar por la casa con lentitud mientras pensaba en como habrían sido las cosas si jamás nos hubiésemos mudado. ¿Seguirían mis padres con vida? ¿Habría tenido una infancia y una vida normal? ¿Estaría sufriendo por recuperar a un amor perdido? Un sinfín de preguntas que inundaban mi cabeza mientras subía las escaleras hacia el segundo piso. No sabía cómo, pero lograba ubicarme a la perfección en la casa, como si hubiese vivido toda la vida allí. Sabía dónde estaba mi habitación, lugar al que no quise entrar. En cambio, decidí atravesar la puerta que llevaba a la habitación de mis padres. Entré pisando lentamente la madera del piso y me detuve frente a la cama, lugar desde el cual pude contemplar la habitación en todo su esplendor. El polvo cubría prácticamente todo el lugar pero aun así se lograban distinguir un par de fotos enmarcadas sobre uno de los muebles. Me acerqué al mueble y tome una de las fotos con mis manos. Tragué saliva mientras mis ojos se llenaban de lágrimas. De pie, en la foto en blanco y negro, se encontraba un hombre alto y delgado junto a una mujer que llevaba a un bebe en sus brazos. Mis padres. Esbocé una sonrisa mientras las lágrimas recorrían mis mejillas. No recordaba el aspecto de ninguno de los dos, pero ahí estaban, de pie y conmigo en sus brazos. Parecían inmensamente felices. Mi padre parecía un hombre genial, admirable, mientras que mi madre era la mujer más hermosa que había visto hasta entonces. Pensé entonces que me parecía más a ella que a él. Los rasgos faciales, el cabello, todo era casi idéntico entre mi madre y yo. Sonreí aún más amplio mientras las lágrimas caían con más fuerza y comenzaban a golpear la foto. Quería tenerlos cerca, quería sentirme seguro entre sus brazos. Pero ya no era un bebe. El cruel mundo no me permite ser un niño por toda la eternidad. Era momento de hacerme fuerte. Por ellos, quienes me miraban desde la foto con sus rostros llenos de felicidad. Por mí, ya que tenía que seguir avanzando por muy cruel que fuese el destino. Por Nashetania, que me esperaba en algún rincón del frío Infierno. Sequé mis lágrimas, respiré profundo y saque la foto del marco para doblarla y guardarla en uno de los bolsillos de mi pantalón. Fuese donde fuese, quería que aquella fotografía me ofreciese la protección paternal que nunca había tenido. Bajé rápidamente, tome a Kusanagi y salí de la casa. Le di una última ojeada al lugar donde padres había sido feliz junto a mis padres hace años. Sonreí y me volví para marcharme. Inesperadamente, Leyna estaba esperándome a la vuelta de la esquina.

—¿Todo listo, cariño?— preguntó sonriéndome mientras me recibía con un abrazo.

—Sí. Vamos— respondí y correspondí a su abrazo. Creo que nunca me sentí tan aliviado al estar en los brazos de otra persona. Al separarme, le sonreí y comenzamos la travesía hacia el Infierno.

No podía llorar eternamente. Este mundo no me lo permite. Es mi turno de ser fuerte. Ya no había vuelta atrás. Estaba decidido. Encontré el valor y la determinación que me hacían falta. Ya no podía vacilar. Nunca más. Estaba listo para recuperar a mi amada de las garras del Inframundo.

#11

10.- LA ENTRADA AL INFIERNO.

Nuevamente me encontraba a bordo de un barco, pero esta vez solamente íbamos Leyna y yo. No sabía cómo, pero la chica manejaba el barco como la mejor navegante y no precisaba de tripulación para arreglárselas. Durante el viaje había pasado gran parte del tiempo acostado, pensando y de vez en cuando subía a cubierta para entrenar en el manejo de Kusanagi. Leyna me había comentado que esa espada guardaba un extraño poder, pero hasta entonces no había sido capaz de liberarlo, solo se comportaba como una espada cualquiera. A medida que pasaba el tiempo, me iba volviendo más cercano a la súcubo y comenzaba a confiar más en ella. Durante las noches, luego de realizar el acto sexual, nos quedábamos por horas conversando. Ella me comentaba aspectos del Inframundo, tales como su división, los castigos realizados en los distintos infiernos y sobre los seres y deidades que habitaban el lugar. En cierta medida, sentía que Leyna era más una aliada que una enemiga. A ratos hablaba con cierto desprecio hacia el Inframundo o hacia algunos dioses, lo cual me hacía dudar sobre sus verdaderas intenciones. Todo era un manto de dudas con respecto a ella. Comenzó a gustarme el contemplarla dormir entre mis brazos durante las noches. No podía evitar el pensar en lo bella que era y en que su compañía era algo que había comenzado a agradarme y que, después de que se terminase todo esto, quería seguir viéndola, pero luego recordaba a Nashetania y todos esos pensamientos desaparecían de mi mente.

La mañana del decimoquinto día del viaje, desperté más tarde de lo normal. Me incorporé y vestí rápidamente para salir a cubierta. El día, al igual que todos los anteriores, estaba nublado, con muy poca iluminación como si el sol se hubiese apagado para siempre. Luego de cerciorarme que Leyna se encontraba junto al timón, me dirigí a la proa para mirar el paisaje que se encontraba ante nosotros. Enorme fue mi sorpresa al mirar hacia el frente y ver como el mar se acababa… ¡¿EL MAR SE ACABABA?! Con sorpresa y temor, observé como el agua parecía tener un final, en el cual descendía en una especie de catarata. Volví junto con Leyna y le comenté lo que pasaba y hacia donde nos estábamos dirigiendo.

—Es una de las entradas al Infierno, cariño— respondió como si fuese lo más obvio del mundo—, quédate a mi lado o de lo contrario podrías morir.

Impactado y sorprendido, miré hacia el frente con la boca abierta en el momento en que la proa llegaba al punto donde el agua comenzaba a descender. A medida que avanzaba, el barco comenzaba a inclinarse hacia un agujero que parecía no tener fondo. Llegaba un punto donde el agua se perdía en la oscuridad, siendo imposible divisar en qué momento se tocaba fondo. Aterrado por lo que estaba ocurriendo, solamente tome la mano de Leyna y la apreté con fuerza mientras el barco comenzaba a caer hacia la oscuridad. Contuve la respiración por unos instantes pero terminé gritando hasta que no aguante mas y caí desmayado junto a la chica. Después de eso, tan solo recuerdo oscuridad.

No sabría decir cuánto tiempo pasó hasta que recobre el conocimiento, pero cuando abrí los ojos y me incorporé, pude observar ante mí un paisaje desalentador. Un extenso terreno rocoso, con montañas a mi derecha e izquierda y con una neblina suave cubriendo todo el lugar. No había vida ahí. Ningún vestigio de vegetación alguna. Unas manos pasando entre mis brazos, posándose en mi abdomen, el peso de unos pechos voluptuosos contra mi espalda y un susurro suave en mi oído lograron sacarme de mi trance.

—Bienvenido al Inframundo, cariño— Una voz inconfundible. Era Leyna—, ¿Esperabas algo más alegre?

Me voltee para responderle pero antes de poder hacerlo, una enorme estructura llamo mi atención nuevamente. Era una puerta gigantesca en forma de arco, hecha por completo de mármol. Me separé de Leyna para acercarme a la puerta y mirarla de cerca. Era la puerta de entrada hacia el Inframundo, me comentó Leyna quien se posicionó a mi lado. Mis ojos recorrieron la puerta de inicio a fin, quedándose fijos en unas letras talladas en la cima del arco. Unas palabras que se quedaron grabadas para siempre en mi mente:

“Aquel ser que entre deberá abandonar toda esperanza”.

#12

11.- EL BARQUERO.

—Que palabras más crueles— susurré tras haber leído la frase tallada en el mármol del arco que se erguía con todo su esplendor ante mis ojos—, recibir con estas palabras a alguien que ya ha muerto y que por ende lo ha perdido todo es simplemente cruel. Un mensaje totalmente desalentador…

—Recuerda donde estamos, cariño— dijo Leyna mientras apoyaba una de sus manos en mi hombro y lo apretaba ligeramente—, es un lugar donde la esperanza no es bienvenida y se lo hacen recordar a cada alma cada segundo. No te dejes derrumbar por esta frase, tú aun tienes esperanza y sé que no la perderías tan fácilmente.

Sorprendido por lo que acaba de decirme, me voltee hacia ella y me quede observándola. Un ligero rubor pareció asomarse en sus mejillas cuando nuestros ojos se quedaron mirando. La atraje hacia mí y la abrace en forma de gratitud por sus palabras recientes, queriendo demostrarle con ese gesto lo agradecido que estaba con ella y que la necesitaba de ahora en adelante. Leyna correspondió al abrazo, besó mi mejilla y al separase me ofreció una sonrisa que me devolvió el ánimo.

—Sera mejor que recuperes a Kusanagi de los escombros del barco para que partamos, el camino es muy largo— dijo mientras señalaba a los restos del barco que se encontraba completamente destruido luego del impacto de la caída. No pregunté, pero supuse que gracias a Leyna no había terminado de la misma manera. Tras un rato buscando, logré encontrar la espada junto a un brazalete que resplandeció al ser encontrado bajo los escombros. Era el brazalete que se le había caído a Nashetania la noche del baile, la noche en que había sido asesinada. Tragué saliva ante el recuerdo y me guardé la baratija en uno de los bolsillos del pantalón junto con la fotografía de mis padres. Volví junto con Leyna y juntos cruzamos la puerta en forma de arco. Caminamos un par de minutos y llegamos a una especie de muelle que daba hacia un extenso río de aguas negras. Asombrado, podía ver en distintas direcciones almas pidiendo auxilio o hundiéndose en las profundidades del rio, eran cientos y cientos y, debido a lo extenso que parecía ser el río, no dudaba que fuesen miles y miles de almas ahogándose. Tras observar el espectáculo, gire mi cabeza hacia Leyna en busca de una explicación.

—Este es el Río Aqueronte, uno de los ríos del Infierno— respondió adivinando el gesto en mi rostro—, las almas que ves pertenecen a aquellos que no fueron transportados hacia el primer círculo así que están condenados a ahogarse en estas aguas por toda la eternidad. Te aconsejo que no te caigas en estas aguas, ya que morirás congelado si lo haces.

—Comprendo, pero…— volví a observar las almas hundiéndose mientras formulaba mi pregunta— ¿Transportados? ¿Por quién? ¿Quién decide si cruzan o no?

—Caronte, el barquero— respondió Leyna mientras avanzaba hacia el muelle— él decide quienes cruzan o no y los transporta en una pequeña embarcación.

—¿Cómo decide a quien lleva? ¿Tienen que pasar alguna prueba o qué?— pregunté mientras seguía a Leyna con sumo cuidado de no caer al agua, las tablas de aquel muelle no parecían ser muy seguras.

—Tienes que pagar, niño— respondió una voz áspera proveniente de alguna parte del río. Miré en todas las direcciones buscando el origen de aquella voz hasta que logré divisar una embarcación pequeña que se acercaba cada vez más hacia el muelle. Sobre ella remaba un hombre de aspecto andrajoso, con el cabello llegándole hasta los codos. Era extremadamente delgado y en su rostro se notaba una cicatriz cubriéndole gran parte de la mejilla izquierda.

—¿Pagar? ¿Con que?— pregunté colocándome junto a Leyna mientras observábamos al barquero detenerse frente a nosotros. Nos miró y no pude evitar sentirme intimidado ante el aspecto de aquel ser. Éste dio un escupitajo al suelo antes de contestar.

—Con cualquier objeto de valor sentimental que lleves junto a ti— respondió con una sonrisa que develó unos dientes amarillentos. Miró a Leyna y le hizo una seña con la cabeza. Ésta asintió y se subió a la embarcación, tomando ubicación frente al barquero—, la dama viaja gratis, cortesía de la casa.

—¿Un objeto con valor sentimental? ¿Por qué algo así?

—Estamos en el Infierno, niño. Tenemos la orden de despojar a los que vienen de su esperanza, de sus recuerdos y posesiones que le generen alegría y felicidad y de torturarlos hasta que acepten su triste realidad— dijo Caronte con un dejo de malicia en su voz. Claramente disfrutaba de su trabajo.

—Lo siento, pero no llevo nada parecido conmigo— dije mientras levantaba las manos y miraba al barquero, quien comenzaba a sacarme de quicio.

—Yo diría que si— intervino Leyna, mirándome con una notoria molestia. Tardé en comprender a que se refería. La fotografía de mis padres y el brazalete de Nashetania. Miré al suelo con tristeza. No me costó tomar la decisión. No quería desprenderme de ninguno de los dos objetos, pero si tenía que dejarle uno de los dos al barquero, decidí dejarle el brazalete. A Nashetania podía recuperarla (estaba ahí para eso), en cambio el recuerdo de mis padres no iba a recuperarlo jamás. Suspiré y le entregué con resignación la baratija a Caronte, quien la recibió, la guardó y me hizo una seña para que subiese. Me ubiqué junto a Leyna sin comprender el porqué de su molestia momentos antes. La miré pero evadió mi vista mientras el barquero iniciaba la travesía por el río.

Tal como había supuesto antes, no exageraba al decir que eran miles y miles las almas que se ahogaban en aquellas aguas. Los gritos a ratos se hacían insoportables. El viaje se extendió por una hora, trayecto en el cual Leyna no me dirigió la palabra. Cuando comenzaba a cansarme de los gritos, de la indiferencia de Leyna y de las constantes miradas intimidantes de Caronte, divise a lo lejos tierra. El barquero anunció la llegada al primer círculo del Infierno. El paisaje que se extendía ante nosotros era idéntico al dejado atrás con la salvación de un par de edificaciones que se erguían a lo lejos. En cuanto llegamos a la orilla, Leyna se bajó ignorando tanto al barquero como a mí. La seguí mientras Caronte se despedía y se devolvía. Justo cuando iba a preguntarle a Leyna el porqué de su actitud, una voz proveniente de más adelante interrumpió nuestro caminar.

—Por fin has vuelto, Leyna. Te estábamos esperando con ansias— dijo sonriendo un joven de cabello blanco y ojos negros—, yo al menos ya te extrañaba.

—Pues yo a ti no, Oneiros— respondió la súcubo mientras se adelantaba y pasaba junto al joven sin mirarlo. Este tomo su mano y la detuvo mientras le susurraba algo al oído que no logré escuchar pero que provocó una reacción de sorpresa en la chica. Luego de eso el joven desplegó unas alas enormes de color negro y se marchó volando. Leyna volvió junto a mí con terror en su rostro. Las palabras que dijo a continuación congelaron cada parte de mi ser.

—Lucilfer, tu amada Nashetania está embarazada.

#13

12.- LA PRIMERA BATALLA.

La noticia se expandió en cosa de minutos: La vigésima octava esposa del señor del Inframundo estaba embarazada. Los rumores que se esparcían por el Infierno hablaban de que tras una conversación entre Nashetania y la diosa prisionera, Amaterasu, la pelirroja se había sentido mal y había caído desmayada y que tras haberla llevado de vuelta al palacio de Giudecca, fue Paradox, quien tenía conocimientos médicos, quien había diagnosticado el embarazo de la pelirroja. Eso fue lo que me comentó Leyna tras su breve conversación con el joven de cabello blanco que respondía al nombre de Oneiros. Estuve a punto de derrumbarme al oírlo. Nashetania estaba esperando un bebe. Un bebe del emperador del Inframundo. Intenté borrar esos pensamientos de mi mente, de lo contrario no iba a poder continuar. Ya estaba ahí y como bien me dijo Leyna, no podía flaquear en esos momentos. Leyna se adelantó para recaudar más información, me dijo que avanzara por el primer círculo y que el punto de reunión sería el Palacio del Juicio que se erguía a lo lejos. Siguiendo sus instrucciones, avance por un camino empinado que llevaba hacia el Palacio. Me topé con un par de demonios durante el camino pero como no quería entrar en combate, me escondí hasta dejarlos pasar. Por el momento, debía pasar desapercibido. Avancé rápido por el primer infierno hasta que llegué al inicio de una extensa escalera que llevaba a la puerta el Palacio. El Palacio estaba construido completamente de piedra blanca y las escaleras llevaban a una puerta doble de madera. Me escondí tras unas rocas desde donde podía esperar a Leyna y mantener vigilada la entrada al Palacio. Transcurrieron los minutos y Leyna no aparecía, hasta que un movimiento en la entrada al Palacio captó mi atención. Era un demonio de al menos dos metros que llevaba amarrada a una mujer quien forcejeaba pero no podía oponer mayor resistencia. La identifiqué de inmediato. Era la súcubo y estaba en aprietos. Esperé a que entrasen en el Palacio para comenzar a subir las escaleras corriendo. Eran escaleras bastante extensas, por lo tanto me tomó un par de minutos llegar a la puerta. Apegué mi oído a esta y traté de escuchar lo que ocurría en el interior.

—Leyna, por traidora vamos a mandarte al Cocytos. Para que te pudras en ese lugar tras tu intento de rebelión— decía una suave voz de hombre. Estaban inculpando de algo a Leyna pero no podía entender del todo. Decidido a no dejarla ir, aferré con fuerza a Kusanagi, quien parecía latir con vida propia en ese instante e irrumpí en el Palacio. Leyna se encontraba atada de manos y arrodillada junto al demonio que minutos antes la había llevado a empujones a ese lugar. Frente a ellos, tras un estrado típico de los centros de justicia en el mundo humano, se encontraba un hombre alto, con el cabello largo y de color blanco, era de tez blanca y sus ojos eran rojos. Ojos que posó en mí al entrar en el Palacio.

—¿Y tú quién eres, insecto ruidoso?— susurró con la misma voz suave que había escuchado anteriormente.

—Me llamo Lucilfer— respondí mientras tomaba todo el valor en mí y empuñaba a Kusanagi en dirección al hombre de cabello blanco. Igual que hace un rato, parecía que la espada latía con vida propia—, exijo que liberes a esa mujer ahora mismo.

—¿Quién te crees que eres, niño?— dijo en un gruñido el demonio junto a Leyna. Se había volteado y pude ver con terror que no tenía boca ni nariz. ¿Cómo hablaba? No lo sé, pero por algo era un demonio. En su rostro solo se veía un par de ojos. Además era enorme y musculoso. Intimidaba bastante pero no retrocedí—, ¿Cómo osas a hablarle de esa manera al señor Minos, encargado del primer Infierno y uno de los tres Jueces del Infierno? Su jurisdicción es absoluta. Un niño enclenque como tú no tiene derecho a cuestionar sus decisiones.

—Acabalo, Reig— ordenó Minos mientras apoyaba su cabeza en una de sus manos y observaba con gesto de superioridad—, has que se calle, me está sacando de quicio este insecto ruidoso.

Ante la orden, el demonio arremetió con una embestida hacia mí. Alcancé a reaccionar justo a tiempo para lanzarme hacia un costado y golpear con fuerza en la nuca del demonio con la empuñadura de Kusanagi. Pese a su aspecto, el demonio cayó inconsciente en el suelo. Respiré aliviado y me volteé para mirar a Minos. El Juez se había levantado y había bajado del estrado hasta colocarse junto a Leyna. En su mano derecha tenía un látigo y en la izquierda una espada.

—Al parecer no eres un simple niño si derrotas a un demonio con esa facilidad— susurró el Juez mientras me miraba fijamente—, En este lugar juzgamos los pecados cometidos por las almas. Es en este lugar donde se castiga a los mentirosos. ¿Qué es lo que buscas? Responde con la verdad y quizás te deje avanzar. Miente y morirás aquí mismo.

—Busco a mi amada. Estoy aquí para llevármela de vuelta. Leyna me comentó que Hades, tu señor, quería conocerme y por eso me trajo aquí. Aprovecharé esa oportunidad para llevarme a Nashetania conmigo— respondí con firmeza mientras empuñaba a Kusanagi quien cada vez latía con más fuerza.

—El señor Hades jamás mandaría a un demonio al mundo real para traer a un ser vivo con él. Mientes— dijo mientras se giraba para mirar a Leyna—, y tú también mientes maldita traidora— sin previo aviso azotó su látigo contra la mejilla de Leyna, generándole un corte en ella. Ante eso, arremetí contra Minos atacando de lado con Kusanagi. Minos, ágilmente, bloqueó mi ataque con su espada. Me miro y volvió a azotar la mejilla de Leyna mientras sonreía ampliamente.

—Los traidores y los mentirosos deben ser castigados. Ni tu ni ella saldrán vivos de aquí— aclaró Minos mientras comenzaba a agitar su espada de izquierda a derecha, chocando con la mía y haciéndome retroceder un par de pasos. Sentía la gotas de sudor caer por mi mejilla debido al nerviosismo. Era mi primera vez batallando espada contra espada. Cuando estuvo a punto de acorralarme contra una de las paredes, me agaché y di un salto hacia el costado. Antes de que Minos pudiera girarse, arremetí contra con Kusanagi pero mi ataque fue detenido por su látigo, el cual enrolló alrededor de la espada. De un movimiento me mandó a volar. Al caer perdí el aire y perdí a Kusanagi, quien cayó un par de metros de donde había caído yo. Antes de que pudiese recuperar el aliento, Minos ya estaba azotando su látigo contra mi espada mientras daba gritos triunfales. Reuní todas mis fuerzas para levantar mi brazo derecho, haciendo que el látigo se enrollase en el para así jalar a Minos hacia mí y mientras me levantaba, golpee con mi mano izquierda en su mentón, haciéndolo caer al suelo. Momento que aproveché para ir donde había caído Kusanagi. La recogí y pude notar que un aura rodeaba a la espada. Algo en mi interior me dijo: “agítala”. Me volteé hacia Minos, quien se había puesto de pie y arremetía hacia mí. Chocamos espadas pero ninguno de los dos retrocedió. Durante unos minutos, solo se podía escuchar el ruido de los filos chocando uno contra otro. Era una batalla pareja. Hasta que Minos eludió una de mis embestidas y hundió su espada en uno de mis hombros. Presa del dolor retrocedí un par de pasos mientras la sangre goteaba por mi brazo izquierdo. Minos miraba con aire triunfal el charco de sangre a mis pies. Con un último esfuerzo, hice caso a la voz en mi interior. Tomé con fuerza a Kusanagi con mi mano derecha y la agité con fuerza en dirección al espectro. Al agitarla una especie de ráfaga de viento salió en dirección a Minos, cortándole el brazo derecho. Sorprendido, no perdí el tiempo y volví a agitar la espada, logrando cortar el brazo izquierdo del Juez quien miraba con terror sus extremidades volar. Minos cayó de rodillas mientras avanzaba hacia a él apuntándole al corazón con Kusanagi. El espectro me miró con odio en sus ojos y con una sonrisa en su rostro.

—Me has derrotado…pero no correrás la misma suerte con los otros dos jueces…— dijo con dificultad para respirar mientras el charco de sangre a su alrededor se extendía—, el Infierno no es un lugar para ti, insecto ruidoso.

—Ya cállate maldito bastardo…— susurré y con un último esfuerzo, corté la cabeza de Minos, la cual salió volando por los aires mientras el cuerpo sin vida caía de espaldas. Solté a Kusanagi y caí de rodillas. El dolor en el hombro atravesado era insoportable. Comenzaba a sentir espasmos que comenzaban en la herida y que poco a poco se extendían por todo el brazo. Lo último que recuerdo ver fue a Leyna desatándose y corriendo hacia mí. Tras eso, solo recuerdo oscuridad

#14

13.- CERBERO, EL PERRO GUARDIÁN.

Al abrir los ojos pude notar que estaba acostado en un frío suelo. La herida en mi hombro no dolía y pude notar que lo tenía vendado. Miré hacia mi izquierda y pude ver a Kusanagi, limpia, sin ningún rastro de sangre. A mi derecha había una fogata. Arriba solo se veía el oscuro cielo del infierno.

—Al fin despertaste, cariño— dijo una voz femenina desde el otro lado de la fogata. No la había notado pero ahí se encontraba Leyna, comiendo lo que parecía ser un fruto.

—¿Qué pasó con la herida? Y más importante aún, ¿Dónde estamos?— pregunté mientras apoyaba mi codo derecho en el suelo para incorporarme hasta quedar sentado frente a la fogata.

—Estamos en uno de los Valles del Infierno, el que conecta al primer círculo con el segundo. Aquí se castiga a los enamorados, así que ten cuidado— respondió riendo mientras me guiñaba el ojo—, en cuanto a tu herida, fui yo quien la curé. Debido al pacto que hicimos, la energía sexual que te “robo” la almaceno y la puedo volver a reutilizar con fines médicos. Es parte de mis habilidades.

—Vaya, que suerte tenerte conmigo entonces— comenté sonriendo

—Supongo que sí, considérate afortunado— contestó también sonriendo mientras me lanzaba un fruto—, ten, come.

El fruto tenía un aspecto extraño, era circular y de color azul pero con muchos picos de color rojo saliendo de la circunferencia. Aun así lo comí con ganas. No tenía motivos ya para desconfiar de Leyna y por si fuera poco, la batalla con Minos me había dejado agotado y con hambre. Me sorprendió bastante que el solo comer esa fruta me devolviese las energías, pero Leyna me explicó que era parte de las características de las frutas del Infierno, eso le permitía a los demonios pasar más tiempo del normal sin comer. Tras comer, Leyna me aconsejó que durmiese un poco más mientras ella montaba guardia y que tras eso atravesaríamos el Valle hacia el segundo círculo. Acepté y caí en un sueño profundo. Sueño en el que tanto Leyna como Nashetania se disputaban por ser la protagonista. Tras lo que parecieron ser horas, desperté un tanto aturdido luego del sueño. Pude ver a Leyna lista para continuar, cargando una especie de bolsa donde había metido un par de frutos para el camino. Tomé a Kusanagi, apagué el fuego y continuamos el camino. Después de varios minutos caminando, logramos atravesar el primer Valle y llegamos al segundo círculo. Ante nosotros se extendía un inmenso desierto. Leyna me explicó que en ese círculo se castigaba a los avaros haciéndolos vagar por ese desierto sin posibilidad de beber agua por toda la eternidad. También me explicó que otro castigo en ese círculo era ser devorado por el perro guardián, Cerbero, y que por lo mismo, teníamos que llegar al palacio de ese círculo y atravesarlo hacia el tercer círculo sin despertar al perro guardián. Caminamos media hora por ese desierto árido, esquivando a las almas en pena que se nos acercaban pidiendo algo de agua, hasta que nos encontramos con el palacio del segundo Infierno. Su aspecto era muy parecido al de las pirámides de los antiguos egipcios. Se podía ver a cuatro estatuas de faraones a cada uno de los costados de la entrada principal. Según Leyna, Cerbero habitaba dentro de la pirámide, por lo tanto debíamos avanzar a oscuras. Leyna avanzó primero y posé mi mano en su hombro para dejarme guiar por la súcubo. La oscuridad dentro de la pirámide era absoluta, ningún destello de luz en aquel lugar. Parecía que nadie habitaba ese lugar, llegué a pensar incluso que Cerbero no se encontraba allí. Tras unos minutos caminando por el interior, pude sentir una presencia acechándonos. Inexplicablemente, tras la batalla contra Minos mis sentidos se habían agudizado y podía sentir presencias a varios metros de distancia. Un movimiento a mi derecha me alertó del peligro, empujé a Leyna en la dirección contraria y desenfundé a Kusanagi, chocando con algo muy duro. En ese instante, como por arte de magia, se prendieron las velas que estaban colocadas en los pilares de la pirámide, iluminando todo el lugar. Al iluminarse el interior, pude ver con que había chocado Kusanagi. Era una garra enorme y filosa. Alcé la vista y pude ver la bestia frente a nosotros. Un perro de al menos cuatro metros y con la peculiaridad de tener tres cabezas, cada una enseñando una hilera de dientes afilados, babeando y mirándonos con sus tres pares de ojos. No pude evitar sentir terror. Una de las patas de la bestia se agitó en nuestra dirección. Tomé a Leyna de la cintura y di un salto para evitar el golpe, pero la bestia fue más inteligente y mientras estaba suspendido en el aire, utilizo la otra de sus patas para asestarnos un golpe y mandarnos a volar, chocando con una de las paredes de la pirámide. Me levanté mientras sentí un fino hilo de sangre cayendo por mi mejilla y analicé la situación mientras Leyna se incorporaba. Estábamos en desventaja y teníamos que huir como sea de ese lugar. Hacerle frente a esa bestia era imposible. Pero una vez más quede anonadado con los hechos ocurridos. La bestia comenzó a olfatear, hasta que una de sus cabezas quedó cerca de nosotros. Y cuando pensábamos que utilizaría sus afilados dientes para hacerse un festín con nosotros, dio un pequeño salto y luego sacó su lengua para lengüetearnos juguetonamente a ambos, repitiendo el mismo acto con las otras dos cabezas. Con Leyna quedamos empapados de la saliva del perro guardián y nos miramos con sorpresa.

—¡Explícame qué diablos está pasando!— le exigí a la demonio mientras intentaba limpiarme la saliva del rostro. Miré al perro quien se había agachado y meneaba su cola mientras babeaba.

—Créeme, Lucilfer, que no sé lo que está pasando— respondió Leyna con la misma sorpresa reflejada en su rostro—, normalmente Cerbero se muestra despiadado con todo el mundo, solo el señor Hades, los dioses gemelos y Oneiros pueden controlarlo. Y él solo se muestra juguetón con ellos. Esto es muy raro, pareciera que su actitud cambio tras olfatearte.

Tragué saliva y avancé hacia la bestia esperando que su actitud no volviese a cambiar. Estiré mi brazo derecho hasta posar lentamente mi mano derecha en la mejilla de una de las cabezas del perro. Como éste no intentó sacarme el brazo de una mordida, comencé a acariciarlo, provocando que moviese la cola con mayor velocidad. Se veía que estaba contento y que lo disfrutaba. Sonreí levemente y continúe acariciándolo mientras giraba mi cabeza hacia Leyna.

—¿Cómo puede ser esto posible?— pregunté aun incrédulo.

—Te digo que no lo sé, Lucilfer— respondió mientras se acercaba al perro y acariciaba otra de sus cabezas—, esto es muy extraño ya que no eres una deidad ni tienes sangre divina corriendo por tus venas. Pero si hay una cosa segura de todo esto.

—¿Qué?— pregunté dejando de acariciar al perro para prestar atención a las palabras de la demonio.

—Que Cerbero te será fiel de ahora en adelante— contestó Leyna mirándome fijamente.

—¡¿Qué dices?!

—Eso, Lucilfer— dijo con un poco de molestia pero sonriendo ampliamente, volviendo a mirar al perro guardián—, has ganado un enorme y poderoso aliado.

#15

14.- ALIADOS Y ENEMIGOS.

Era muy arriesgado deambular por el Infierno con un perro de cuatro metros detrás de nosotros, así que con Leyna concordamos en que Cerbero tenía que quedarse. Una sola orden bastó para que acatase de inmediato. Se quedó recostado en el interior de la pirámide, lo que nos permitió atravesar el segundo círculo más de rápido de lo estimado. El tercer círculo del Infierno era una fosa diametralmente extensa y cuyo fondo no se alcanzaba a divisar desde la orilla. Leyna me comentó que en ese círculo se castigaba a los mezquinos y a los malgastadores, haciéndoles empujar una roca más grande y pesada que ellos desde el fondo hasta la cima, con la particularidad de que esa roca se caía hasta el fondo de la fosa antes de llegar a la cima. Esta vez no me detuve a contemplar a las almas condenadas y comenzamos el recorrido por el borde de la fosa. A medida que avanzábamos, una niebla comenzó a rodear el lugar, haciendo imposible distinguir el otro extremo de la fosa. Leyna tomó mi mano y yo se la aferré con fuerza mientras sentía como Kusanagi comenzaba a latir con la misma fuerza con la que latía momentos antes del enfrentamiento con Minos. Y al igual que ante Cerbero, comencé a sentir varias presencias acechándonos. Uno, dos, tres, cuatro. Cuatro presencias malignas rondaban cerca de nosotros. Tras un par de minutos caminando, la niebla se comenzó a disipar y tuvimos que detenernos de golpe al notar que estábamos rodeados. Un hombre y una mujer delante de nosotros, lo mismo detrás, nos interceptaban el camino.

—Hemos encontrado a la traidora— exclamó el hombre delante nuestro. Era calvo y tenía garras largas y afiladas en sus manos. Tenía un aspecto bestial.

—Icelus, Phantasos…— susurró Leyna con cierto temor tanto en su voz como en su rostro.

—Es bueno que te acuerdes de tus anteriores camaradas— dijo con sarcasmo la chica cuyo cabello era de color verde y de unos ojos amarillo intenso que respondía al nombre de Phantasos.

—Déjala, ¿No ves que está dando un paseo por el Infierno con su novio?— dijo una voz burlona detrás de nosotros. De reojo pude ver a un chico de cabello rojo y con ojos de distinto color, verde y azul y a una chica de tez morena y ojos celestes. Ambos armados, él con dos nunchakus, ella con un báculo.

—¿Qué los trae por aquí, mis amores?— preguntó Leyna con una valentía fingida en su voz mientras soltaba mi mano.

La chica frente a nosotros desplegó unas enormes alas negras mientras el calvo a su lado relamía los colmillos que sobresalían de su boca. Los cuatro espectros estaban listos para entrar en acción. A nuestra espalda, Kata comenzaba a hacer girar con fuerzas sus nunchakus mientras Reika tomaba su báculo por la mitad con ambas manos y lo hacía girar. Fue ésta última quien respondió a la pregunta:

—Nuestros señores Thanatos e Hypnos nos mandaron en tu búsqueda, querida. Acá no se perdona la traición. Tenemos órdenes de llevarte con ellos viva o muerta.

Justo cuando terminaba de responder, el cielo sorpresivamente se iluminó, cayendo de él un trueno que impactó de golpe a la shinigami de ojos celestes. Nos giramos para ver con sorpresa como su cuerpo electrocutado caía sin vida por la fosa. Nuestra sorpresa aumentó cuando del lugar del impacto surgió un hombre alto, bastante fornido, de cabello largo y de color dorado. Kata, a su lado, retrocedió para mantener la distancia con el recién llegado. Éste se giró y avanzó hacia nosotros con una sonrisa mientras levantaba sus brazos.

—Lucilfer, ¡lamento la tardanza!— dijo mientras reía y me daba un fuerte abrazo que casi me deja sin aire. Acto seguido abrazó a Leyna para luego mirarnos sonriendo—, me parece que llegué en el momento indicado.

—T-tu… ¿Quién diablos eres?— pregunté incrédulo.

—¿Eh?— el recién llegado me quedó mirando como si hubiese preguntado una estupidez del tamaño del Infierno. Pestañeó un par de veces para luego reír mientras contestaba—, Ah, lo siento mucho. Mi nombre es Ren. Pensé que mi maestro te habría hablado de mí pero veo que no lo hizo.

—¿Quién es tu maestro?— inquirió Leyna mientras miraba de pies a cabeza a Ren.

—El Dios Susanoo— respondió con una sonrisa mientras se cruzaba de brazos—, él me mandó aquí para servirles de ayuda. Me dijo que debía apoyarlos en todo ya que el Infierno no es cosa fácil de atravesar. Pero con lo torpe que soy, tardé bastante en llegar ya que me perdí en el trayecto.

—Ya veo…— susurré tras procesar la información. De modo que el viejo Susanoo había mandado a su discípulo para servirnos como refuerzo. En ese momento, agradecía la ocurrencia del viejo. Un movimiento detrás de mí me advirtió que los espectros no iban a quedarse más tiempo escuchando la reunión y que era hora de entrar en acción. Sin hablarnos, los tres tomamos posición de pelea. Desenfundé a Kusanagi mientras me colocaba frente al chico de cabello rojo. Leyna desplegó un par de alas tan grandes como las de Phantasos y se ubicó frente a ella. Mientras que nuestro nuevo aliado, Ren, hacia chocar sus puños de los cuales salían chispas mientras avanzaba hacia Icelus. La tensión se podía sentir en el ambiente. Las parejas de pelea ya estaban decididas. Al unísono, los tres avanzamos hacia nuestros respectivos adversarios. Ren chocó puños con el calvo espectro, haciendo temblar ligeramente la tierra. Leyna se elevó en los aires comenzando una batalla aérea contra Phantasos, quien había embestido con sus alas formando una lanza contra la súcubo. Y yo había avanzado hacia Kata, haciendo un corte con Kusanagi que detuvo con la cadena de uno de sus nunchakus. La batalla en el tercer Infierno había dado comienzo.

#16

15.- DECLARACIÓN DE GUERRA.

El enfrentamiento triple en el tercer Infierno se había desatado. Mientras me enfrentaba al shinigami Kata, Leyna y Ren mantenían a raya a sus contrincantes Phantasos e Icelus. Arremetí contra el shinigami, quien esquivó por segundos el filo de Kusanagi y utilizó uno de sus nunchakus para arremeter contra mí. Detuve el golpe con mi mano izquierda, momento que aprovechó para usar el segundo de sus nunchakus para golpearme en el torso, haciéndome retroceder un par de pasos por el dolor. Cuando me recobré del golpe, di un salto y agité a Kusanagi, enviando una ráfaga cortante de viento contra Kata, quien velozmente se repuso y esquivó el ataque, resultando con un leve corte en la mejilla. Al brotar la sangre, el shinigami se relamió mientras me sonreía ampliamente. Estaba disfrutando el duelo.

—No peleas mal, niño— expresó con el tono burlón que lo caracterizaba.

—Lo mismo digo, maldito— susurré y aproveché la pausa para inspeccionar de reojo como iban los otros dos enfrentamientos. Ren e Icelus habían entrado en un intercambio de golpes. La fuerza física de ambos estaba tan equiparada que ninguno de los dos retrocedía al recibir el impacto de los puños contrarios. Pude notar que ambos sonreían mientras golpeaban y recibían golpes. Ninguno de los dos parecía querer flaquear. Muchos metros más arriba, suspendidas en el aire, Leyna y Phantasos chocaban sus alas con tal fuerza que el cielo parecía retumbar. La chica de ojos amarillos esquivó una de las embestidas y rasguñó la mejilla de Leyna, quien no retrocedió y aprovechó para darle una fuerte patada en el abdomen, dejando sin aire a su contrincante, tras lo cual junto sus puños y golpeó en la espalda de Phantasos, haciéndola caer en picada hacia la fosa. Si no fuese por sus alas, habría caído hasta lo más hondo. Un movimiento frente a mí me advirtió que el shinigami estaba listo para continuar la pelea. Reaccioné justo a tiempo para echarme hacia atrás y así esquivar el ataque de uno de los nunchakus, pero el shinigami fue más rápido y con una contorsión en el aire, me pateó en el mentón, haciéndome caer al suelo. Pese a haber quedado medio aturdido, me puse en pie rápidamente y agité dos veces a Kusanagi formando una equis con las ráfagas de viento. Nuevamente Kata dio un salto y con una contorsión evitó el ataque, pero me adelanté y aplasté su mentón con un derechazo, devolviéndole la cortesía. El sudor caía por mis mejillas mientras analizaba el siguiente movimiento. Un grito proveniente del cielo interrumpió mi pensar. Dirigí mi vista hacia el cielo y pude ver a Leyna siendo ahorcada por Phantasos mientras sus alas se movían desesperadas buscando la liberación. Cuando estaba por agitar a Kusanagi en dirección al espectro, un golpe en mi abdomen me dejó sin aire y me hizo caer de rodillas. Kata había aprovechado mi distracción para atacar. Intenté levantarme pero un cuerpo pesado cayó sobre mí, devolviéndome al suelo. Era Ren y se encontraba en muy mal estado. Sangraba en varias partes de sus brazos, de su pecho y de su boca y parecía haber perdido momentáneamente la visión de su ojo izquierdo. Cuando intentaba levantarse, otro cuerpo cayó frente a nosotros. Era Leyna y parecía estar inconsciente. Estábamos en desventaja. Ren se puso de pie y comenzó a recibir los ataques de los tres espectros para cubrirnos mientras intentaba reanimar a Leyna. Tomé uno de los frutos que habíamos traído, lo mastiqué y besé a Leyna para traspasar así el fruto a su boca. Tragó con dificultad pero instantes después estaba despierta y en pie, dispuesta a continuar. Ren había caído de rodillas aguantando los golpes. Salté sobre él y agité a Kusanagi varias veces para hacer retroceder a los espectros. Funcionó y nos permitió reagruparnos.

—No se contengan— le susurré a los otros dos mientras manteníamos la mirada fija en los espectros—, ataquen con su máximo poder. Hay que terminar esto pronto— no recibí respuesta pero pude notar que ambos asentían. Estábamos los tres heridos pero listos para continuar.

No hicieron falta más palabras. Volvimos a arremeter contra nuestros contrincantes, esta vez con mayor vehemencia. Enfrenté a Kata y comencé una ráfaga frenética de golpes contra él, dándole tiempo solamente para repeler los ataques con sus nunchakus. Comenzó a retroceder con un gesto de sorpresa en su rostro al ver el ímpetu impregnado en mis ataques constantes. Un corte cruzado terminó por cortar la cadena de sus nunchakus, momento en el que Kata quedó indefenso por completo. Agité a Kusanagi y lo corté por la mitad, dando por finalizada la pelea. La parte inferior del shinigami cayó al suelo mientras la parte superior se perdió en el fondo de la fosa. Caí de rodillas casi sin fuerzas y observé el desenlace de las demás batallas. Ren había envuelto sus puños en lo que parecía ser electricidad y golpeaba sin parar a un Icelus incapaz de contrarrestar. El discípulo de Susanoo golpeó primero su abdomen y cuando Icelus se inclinaba sujetando el área golpeada, juntó sus puños aumentando la intensidad de la electricidad y golpeó la nuca del bestial espectro, quien cayó inconsciente al suelo. Antes de que pudiese reaccionar, Ren utilizó la misma técnica con la que acabó con Reika y descargó un trueno sobre Icelus, acabando así con su batalla. Solo quedaba Leyna. Alcé la vista para ver como la súcubo había enrollado sus piernas en la cintura de Phantasos y descargaba golpe tras golpe en el rostro de la chica. Tras eso la tomó del cabello con su mano izquierda y con la derecha atravesó a Phantasos, dejando un hueco entre sus pechos. La soltó y con sus alas formó una ventisca para impulsar el cuerpo sin vida hacia el fondo de la fosa. Tras eso, sus alas desaparecieron y cayó. Me puse rápidamente en pie y antes de que cayese, la tomé en brazos.

—Buen trabajo…— susurré mirándola mientras ella asentía y sonreía. La dejé en el suelo mientras Ren se acercaba a nosotros, aun cubierto de sangre en sus brazos y con su ojo muy hinchado pero con un gesto triunfal en su rostro, sentándose junto a Leyna. Me senté frente a él, al lado de la súcubo y los miré sonriendo. Estaba agradecido de tenerlos como compañía en ese instante. Nos quedamos mirando y reímos por un buen rato hasta terminar de descargar las pocas energías que nos quedaban. Tras eso, nos quedamos en silencio, sin movernos, hasta que transcurridos varios minutos, rompí el silencio.

—Esto definitivamente es la guerra…— susurré mirando al suelo. No los vi pero pude sentir como Leyna y Ren asentían para instantes después quedarse dormidos.

A varios kilómetros de distancia, un enfurecido Hades repetía las mismas palabras tras enterarse del resultado del enfrentamiento entre sus espectros y los infiltrados.

#17

16.- CONFIANZA.

Tuve que comer una de las frutas de Leyna para mantenerme con energías y permanecer despierto, haciendo guardia mientras Leyna y Ren permanecían durmiendo. Lo único que interrumpía el silencio del tercer Infierno eran los gemidos de las almas que empujaban enormes rocas por el acantilado. Tras un par de horas, Ren despertó. Había recuperado la visión del ojo y las heridas en su cuerpo parecían haber sanado un poco.

—Pensé que eras un ciclope— comenté con tono burlón mientras miraba al chico acercarse.

—Bueno, yo pensé que eras un enano y ya ves cómo estamos— contestó con el mismo tono y ambos reímos. No había tenido tiempo de hablar con él y parecía que tenía las mismas intenciones. Nos alejamos de Leyna y lo abordé.

—Así que... ¿El viejo Susanoo te mandó?— pregunté mientras me sentaba y apoyaba uno de mis brazos sobre una de mis rodillas.

—Exacto, ese viejo sabiondo pensó que necesitarías ayuda— contestó mientras se sentaba frente a mí en posición de indio—, y veo que no se equivocó. Estaba dispuesto a enfrentarme a todo, pero vaya amigo, no esperaba entrar en acción a penas te encontrase.

—Lo siento, para la próxima te envío un mensaje antes de que llegues— respondí y ambos reímos. Tras eso estuvimos varios minutos hablando sobre cosas triviales. Ren era una persona bastante simpática y bonachona, lo cual hacia que me agradase. Rápidamente nos fuimos volviendo amigos.

—Así que tú y Leyna…— dijo mientras me miraba con un rastro de picardía en su voz y su rostro.

—¿Y-yo y Leyna qué? — pregunté poniéndome algo nervioso por el tono de voz del muchacho. Éste simplemente rio mientras movía sus cejas en dirección a la súcubo. Me reí a carcajadas cuando comprendí a que se refería— Ah, sí. Vamos, hombre, ¿Tú te habrías resistido con semejante mujer a tu lado las 24 horas del día?

—Probablemente me habría resistido dos segundos— contestó riendo mientras golpeaba con suavidad mi hombro.

—¿De qué se habría resistido el par de babosos? — interrumpió una voz. Nos giramos y vimos a Leyna incorporándose. Con Ren nos miramos y reímos levemente para luego acercarnos a la chica. Aprovechamos esos instantes de momentánea paz para comer y reponer energías. Dormí un par de horas y al despertar, le pedí a Ren que me dejase a solas con Leyna. Cuando el chico se había alejado, abordé a la súcubo.

—Quiero que me digas porque te tratan de “traidora”— me crucé de brazos y adopté una actitud seria ante la demonio.

—Lucilfer, no es momento aun para que lo sepas— contestó mientras suspiraba y desviaba su mirada—, deja que todo se sepa a su debido tiempo.

—¿Qué?— pregunté algo irritado—, ¿Quieres que continúe por este maldito lugar sin saber porque quieren matar a una de mis acompañantes? Eres parte de ellos, ¿Cómo saber que no es más que un show para tenderme una trampa?

—¡No!— dijo Leyna elevando su voz y mirándome mientras tomaba mis manos y las apretaba—, no es una trampa Lucilfer, de verdad que estoy de tu lado. Por favor, créeme.

—¿Cómo esperas que confié en una “traidora”?— pregunté molesto, haciendo énfasis en la última palabra mientras me soltaba de sus manos.

—Te lo repito, Lucilfer, ya lo sabrás todo pero no es el momento aun— dijo en un sollozo mientras volvía a tomar mis manos—, ¿Acaso no te he dado muestras suficientes como para que confíes en mí? ¡He arriesgado mi maldita vida por ti!— las lágrimas comenzaron a aflorar por los ojos de la chica mientras apretaba mis manos. Era la primera vez que presenciaba el lado más “débil” de Leyna. La miré y mordí levemente mi labio. Tenía razón, se había puesto en peligro más de una vez por mí. No tenía mayores razones para desconfiar de ella, pero aun así todo el tema de la “traición” me ponía inquieto. Suspiré y la envolví en un fuerte abrazo mientras acariciaba su cabeza.

—Lo siento, sé que no tengo motivos para desconfiar pero…— susurré mientras la chica sollozaba—, han pasado tantas cosas que no puedo permitirme dudar de nada a estas alturas. Por eso realmente quiero saber si estas de mi lado.

—Tonto…— contestó Leyna mientras sollozaba y golpeaba suavemente mi pecho con sus manos. Sonreí levemente y me aparté para secar las lágrimas de sus mejillas. La súcubo sonrió y me besó con dulzura. En ese momento vino a mi mente el recuerdo del beso con Nashetania momentos antes de su muerte. Tras unos segundos, me aparté de Leyna un tanto incómodo y con un sentimiento de culpabilidad en mi interior. Ninguno de los dos dijo una palabra más y nos dirigimos hacia donde estaba Ren. Retomamos el camino por el borde de la fosa hasta que logramos atravesar el tercer círculo del Infierno. Llegamos al cuarto Infierno con un sentimiento de que la mitad de la tarea estaba cumplida ya. Ante nosotros pudimos ver un enorme pantano, rodeado por montañas rocosas. Leyna nos comentó que en ese lugar se castigaba a los que se habían dejado llevar por la ira, quienes se hundían en el fango mientras son golpeados por los demonios encargados de ese Infierno. Uno de esos demonios, que se encontraba castigando con un látigo a una de las almas, notó nuestra presencia y se encaminó hacia nosotros con sus alas. Estaba a punto de desenfundar a Kusanagi cuando Leyna me detuvo. Estaba sonriente mientras miraba al espectro acercarse.

—¡Phlegyas!— gritó y agitó una de sus manos en señal de saludo hacia el demonio.

—¡Leyna, tanto tiempo!— contestó el demonio. Cuando estuvo frente a nosotros, replegó sus alas y nos saludó con alegría— Ya te extrañaba, hermana— tras eso, le dio un fuerte abrazo a la chica.

—¡¿Hermana?!— preguntamos al unísono Ren y yo mientras mirábamos al demonio anonadados. Al observarlo mejor, pudimos notar que realmente se parecía a la súcubo. Era una versión masculina de Leyna.

—Phlegyas es un íncubo y es mi hermano menor— contestó sonriendo mientras nos miraba y despeinaba al íncubo—, y será quien nos ayude a infiltrarnos en Giudecca.

#18

17.- KOUJI

Tras enterarse de su embarazo, Nashetania se había encerrado en su habitación a llorar por horas. Con todo lo mal que lo estaba pasando, lo único que faltaba era haber quedado embarazada del emperador del Infierno. Cuando por fin se calmó, tras varias horas llorando, dejó entrar en la habitación a Pandora y a Paradox. Ambas la abrazaron y la felicitaron. Nashetania, sin prestar atención a las palabras de las cuidadoras, les pidió que llamasen a Hades ya que quería hablar con él. Éstas le comentaron que Hades no se encontraba en el Infierno en esos momentos. Hades se había marchado al mundo terrenal junto con el Dios del sueño, Hypnos, y no volvería en un par de horas. Al enterarse, Nashetania les exigió a las mujeres que la dejasen sola. Necesitaba meditar las palabras que le había escuchado a la Diosa Amaterasu momentos antes de su desmayo. Hades tramaba algo contra el mundo terrenal y en específico con una persona desconocida. Pensó en su madre, en su padre y en sus hermanas. Pensó también en el joven violinista y se preguntó que estarían haciendo en esos momentos. Ya que Hades atentaba contra su mundo, Nashetania se decidió a averiguar las intenciones y a impedirlas como fuese. Con esa misma decisión salió de su habitación para dirigirse al salón. Se sentó en el trono que le correspondía como emperatriz del Inframundo, junto al de Hades y esperó durante dos horas. Cuando Hades ingresó en el Palacio de Giudecca, se encontró con su esposa esperándolo.

—Deberías estar descansando. Estas embarazada y por ello no deberías sobre exigirte— susurró con su suave voz el emperador del Inframundo mientras se sentaba en su trono. Tras él entraron Thanatos e Hypnos, quienes se sentaron en sus respectivos tronos y tras ellos se ubicaron sus escuderos Keros y Oneiros.

—¿Cómo te fue con tus negocios en el mundo terrenal?— preguntó Nashetania, ignorando las palabras de su esposo. Los ojos de las deidades y sus espectros se posaron en la mujer.

—¿Cómo sabes que andaba en la Tierra?— preguntó a su vez Hades sin inmutarse.

—Eso no importa. Quiero que aquí y ahora me expliques que demonios estas tramando, Hades— dijo Nashetania con mayor decisión en su voz, levantándose del trono para mirar con enfado a Hades.

—Eso no es de tu incumbencia— contestó Hades con indiferencia.

—¿Cómo qué no? ¡Eres mi esposo!— reclamó cada vez más enojada la pelirroja— ¡Exijo que me digas lo que estas planeando!

—Una mujer como tú no debe meter sus narices en cosas de hombres— Hades desvió la mirada y mantuvo su postura sin alterarse—, dedícate a criar bien a ese niño en tu vientr…

Hades no logró terminar su frase. Nashetania le asestó una fuerte cachetada en la mejilla, dejando una clara marca roja en la pálida mejilla de la deidad. Ante la temeraria acción de la pelirroja, Thanatos e Hypnos se pusieron en pie y estaban a punto de intervenir cuando Hades levantó su mano en dirección a las deidades. Éstas captaron el mensaje y volvieron a sentarse.

—Tienes valentía mujer— susurró Hades con ligero enojo en su voz—, eso me agrada.

—¿Me vas a responder?— preguntó Nashetania un tanto titubeante mientras acariciaba la mano con la que había dado la cachetada. Hades se puso en pie y se paró frente a la chica. Pese a todo, seguía manteniendo la expresión fría en su rostro.

—Venganza— susurró mientras tomaba la mano de Nashetania y la acariciaba suavemente—, lo que me mueve esta vez es la venganza. Podría haber dejado la tierra en paz un par de siglos más. Pero mi deseo de venganza es enorme. Con la ayuda de Thanatos e Hypnos he logrado apresar a la Diosa Amaterasu, con lo cual logramos sumir a la tierra en una oscuridad casi absoluta. Con ello intento captar la atención de un hombre que en su tiempo fue mi mayor enemigo. Ese hombre ha sido el único que me ha plantado pelea cara a cara. Ese maldito hombre me mandó a dormir hace 28 años, ósea, acabó con el cuerpo en el que había reencarnado en esa oportunidad— el recuerdo parecía enfurecer al emperador del Inframundo—, es a él a quien estamos buscando y por eso hacemos lo que estamos haciendo. ¡Pero parece que se maldito bastardo desapareció de la faz de la tierra!— un rasgo de ira asomó en los ojos de Hades que hizo temblar momentáneamente a la pelirroja. Tras eso, su voz volvió a suavizarse—, si no llegase a encontrarlo, la humanidad entera lo pagará caro. Muy caro.

—¿Q-quien es ese hombre?— preguntó con voz temblorosa Nashetania. El valor que había reunido antes se había esfumado.

—Su nombre es Kouji— contestó Hades mientras sacaba un retrato bastante viejo y se la entregaba a Nashetania. La pelirroja pudo ver en el a un hombre de mediana edad, alto, de cabello negro y con una pronunciada barba. Nashetania analizó detalladamente el retrato ante la extrañeza que le provocaba ver a ese hombre. Si le quitaba la barba, Nashetania tenía la impresión de haber visto a ese hombre en algún lugar, pero no podía recordarlo en ese momento. Hades le quitó el retrato y se volvió a sentar en su trono—, Pandora me informó que tuviste un encuentro con Amaterasu.

—S-si…así es…— susurró algo avergonzada Nashetania mientras bajaba la vista al piso.

—No te vuelvas a involucrar con ella— Hades miraba fijamente a la pelirroja quien se sentía algo intimidada por el tono de voz en su esposo—, eres mi esposa y estas esperando un bebe mío. No querrás estar en el bando contrario de esta guerra. No habrá distinciones. Será una masacre.

—P-pero…— quiso replicar Nashetania pero Hades la interrumpió antes de que continuase.

—No puedes escapar Nashetania. Hoy soy lo único que tienes. ¿Me temes?— preguntó Hades mientras tomaba una de las manos de la pelirroja y la llevaba a su boca para besarla con sus fríos labios.

—No, esposo mío— contestó Nashetania, estremeciéndose levemente ante el tacto de los labios de Hades. Sabía que por el momento tenía que fingir estar de su lado.

—¿Estarás de mi lado entonces?— Hades posó sus ojos en los de la pelirroja.

—Sí, estaré de tu lado hoy y siempre— Nashetania se inclinó y besó los labios de Hades para luego sentarse a su lado. En ese preciso momento, uno de los mensajeros del Infierno entró de golpe en el Palacio, captando la atención de todos los allí presentes.

—Tengo un mensaje para mi señor Hades— dijo con solemnidad mientras se arrodillaba.

—Habla— susurró Hades mirando al demonio.

—Hemos corroborado la identidad de los infiltrados y el de la traidora— aclaró el mensajero mientras miraba a las deidades— Hemos identificado a la súcubo y antigua miembro de los Oniros, Leyna, quien guía a los infiltrados a través de los Infiernos.

—Esa maldita puta...— intervino Oneiros.

—Silencio— exclamó Hades, provocando que el líder de los Oniros agachase la cabeza avergonzado—, prosigue.

—Uno de los infiltrados lo debe conocer bien, es Ren, el discípulo del Dios Susanoo.

—Ya veo, así que ese maldito viejo no pudo mantener sus narices apartadas del asunto— comentó Thanatos mientras miraba a Hypnos quien se limitó a asentir.

—¿Quién es el tercero?— preguntó Hades.

—Vera mi señor, el tercero es el hombre que usted quiso traer al Inframundo hace un par de días, el violinista— respondió el mensajero. Un silencio se mantuvo por unos instantes entre los presentes, ante lo cual prosiguió— no lograron aprisionarlo ya que Leyna intercedió, pero se encuentra en el Infierno ahora mismo. Responde al nombre de Lucilfer.

El corazón de Nashetania dio un vuelco al oír las palabras del mensajero. No podía creerlo. Su amado violinista estaba allí, en el mismo Infierno. Muchas dudas se sembraron en su cabeza pero no quería levantar sospechas así que se mantuvo en calma, escuchando las siguientes palabras del mensajero.

—Pero eso no es todo— prosiguió el demonio—, los tres derrotaron a Reika, Kata, Icelus y Phantasos en el tercer Infierno.

—¡¿Qué?!— preguntó Hypnos con sorpresa mientras se ponía en pie— ¡Es imposible que hayan logrado derrotar a cuatro de los guerreros más fuertes de la guardia del señor Hades!

—¡Basta, Hypnos!— lo calmó Hades elevando su voz, ante lo cual la deidad se volvió a sentar—, si realmente los derrotaron, esta es una declaración de guerra. Y vamos a responder a ella— susurró con un notorio enfado en su rostro—, manda a Sherrvan y a Morfeo a enfrentarlos.

—Vera mi señor Hades, hay un pequeño problema…— intervino el mensajero titubeante.

—¿Cuál es el problema?— preguntó Thanatos también enojado.

—Perdimos el rastro de los intrusos en el cuarto Infierno.

#19

18.- REENCUENTRO.

—¿Qué es esto?

La pregunta realizada por Ren era la misma que tenía en mi mente en ese instante. Seguimos a Leyna y a su hermano, Phlegyas, a través de una cueva que hicieron aparecer en medio del cuarto círculo del Infierno y tras atravesarla nos encontrábamos ante un paisaje totalmente distinto al dejado atrás. Nos encontramos frente a un extenso y hermoso campo de flores y un sendero que partía el campo en dos. En ese lugar, según lo comentado por Phlegyas, se encontraban especies de todas las flores del mundo terrenal. Ante lo sorprendente que significaba llegar a un lugar así en pleno Infierno, exigimos una explicación a los hermanos.

—Esta es una dimensión distinta a la del Infierno— aclaró la súcubo—, pocos son los capaces de entrar en esta dimensión y Phlegyas es uno de ellos, por eso necesitábamos llegar hasta el cuarto círculo del Infierno para encontrarnos con él.

—¿Y Hades no sabe de este lugar?— preguntó Ren

—Sabe de su existencia, pero por desgracia para ellos, ninguna de las deidades del Inframundo puede entrar a esta dimensión— respondió Leyna mientras nos miraba sonriendo.

—¿Y porque es necesario venir hasta acá?— pregunté mientras avanzaba por el sendero a paso lento y admiraba las flores.

—Al final del sendero encontraras 9 puertas, Lucilfer— respondió Leyna mientras se colocaba detrás de mí y me seguía. Ren y Phlegyas también avanzaron por el sendero—, ocho de ellas conectan esta dimensión con los respectivos ocho círculos del Infierno. Mientras que la novena puerta conecta con el Elysion.

—¿Qué diablos es el Elysion?— pregunté mirando de reojo a la súcubo.

—Es donde descansan los elegidos por los dioses, incluyéndolos. Es un lugar totalmente opuesto al Infierno. Un lugar donde no existe la tristeza, el dolor o la oscuridad— Leyna recogió una de las flores y la acomodó en su oreja mientras caminaba—, es allí donde dos de nosotros irán.

—¿Dos? ¿Qué quieres decir?— pregunté mientras me detenía y volteaba. Los otros tres también detuvieron la marcha.

—Es parte del plan Lucilfer, para infiltrarse hay que ir al Elysion ya que este está conectado con el templo de Giudecca— contestó Phlegyas mientras me miraba y se cruzaba de brazos—, dos de ellos se infiltraran desde los Elysion, mientras que los otros dos irán al Cocytos y liberaran a la Diosa Amaterasu.

—Ustedes dos son espectros del Infierno— intervino Ren mientras encaraba a los hermanos—, ¿Por qué querrían liberarla? ¿Por qué actúan en contra de su señor?

—Lucilfer ya me preguntó algo parecido hace un rato— contestó Leyna, señalándome mientras se encogía de hombros—, solo puedo pedirles una vez más que confíen en nosotros. Créanme que estamos del mismo lado.

Ren me miró y me limité a asentir. El muchacho suspiró y se encogió de hombros. Tras eso continuamos avanzando por el sendero hasta llegar a un precipicio. Phlegyas se adelantó y con un chasquido hizo aparecer nueve caminos frente al precipicio que llevaban a las nueve puertas. Leyna en tanto se volteó hacia nosotros y nos explicó con mayor detalle el plan. Ren y Phlegyas irían a Cocytos en busca de Amaterasu. La Diosa conocía al discípulo de su hermano y se dejaría ayudar sin problemas y el incubo seria el guía. Mientras tanto Leyna y yo nos infiltraríamos en el palacio de Giudecca y liberaríamos a Nashetania tal como había prometido la súcubo.

—Los esperamos en el palacio, probablemente necesitaremos su ayuda— le dije a Ren mientras estiraba mi brazo derecho con el puño cerrado. El discípulo de Susanoo asintió sonriendo y chocó con fuerza mi puño.

—Por supuesto, llegaré a salvar una vez más tu trasero— comentó riendo.

—Espero mantener mi trasero en su lugar hasta que llegues— contesté riendo y nos abrazamos levemente para luego dirigirnos a los respectivos caminos. Leyna y Phlegyas también se abrazaron y pude notar que ambos se susurraban cosas al oído. Leyna pasó a mi lado y abrió la puerta que conectaba con el Elysion mientras Phlegyas hacia lo mismo con la puerta hacia Cocytos. Le eché una última mirada a Ren, quien asintió para luego cruzar la puerta junto al íncubo. Leyna cruzó la puerta y tras ella la atravesé yo. Una luz enceguecedora me impidió ver por un par de segundos. Cuando me logré acostumbrar, pude ver un lugar, tal como lo habían descrito antes, totalmente opuesto al Infierno. El cielo azul, la vegetación y el agua transparente en los riachuelos que se veían a lo lejos contrastaban notablemente con el Infierno. Había varios templos erguidos a lo lejos. Leyna explicó que cada templo correspondía a un Dios, tras eso tomó mi mano y me guió hacia el que se encontraba más cercano. Para llegar al palacio de Giudecca había que atravesar ese templo. Comenzamos a correr al entrar en éste. No había iluminación en ese lugar. Tras media hora corriendo en medio de la oscuridad, un haz de luz nos advirtió de lo cerca que se hallaba la salida. A medida que el haz de luz se agrandaba, aumentaba el latir de mi corazón y el latir de Kusanagi. Se acercaba el momento del reencuentro con Nashetania y eso me ponía nervioso. Comencé a sudar levemente mientras cruzábamos por el haz de luz. Ante mis ojos se encontraba lo que parecía ser el salón principal del palacio.

—Al parecer no hay nadie— susurró Leyna mientras apretaba mi mano y miraba en todas las direcciones buscando movimiento. Miré buscando alguna señal de vida y cuando pensaba que la súcubo tenía razón, una voz a nuestra espalda nos sobresaltó.

—Te equivocas— susurró una voz fría. Sentado en su trono se encontraba Hades y junto a él estaba sentada Nashetania. Mi corazón casi sale de mi pecho al verla, vestía un vestido largo y negro y el maquillaje la hacía ver más sensual de lo que la había visto en vida. Más abajo, también sentados se encontraban dos hombres idénticos, uno de cabellos plateados y otro de cabellos dorados y a su lado, de pie, dos hombres que parecían ser sus escuderos. Pese a su presencia, mis ojos no se despegaron de los de la pelirroja.

—N-nashetania…— dije con voz temblorosa mientras avanzaba hacia ella, conteniendo las ganas de salir corriendo a abrazarla. Cuando había dado dos pasos, su voz me detuvo.

—No me dirijas la palabra, basura— susurró con frialdad la pelirroja. Me quedé petrificado ante sus palabras. Jamás había esperado que Nashetania me diese semejante recibimiento. Hades a su lado se limitaba a mirar sonriendo.

—¿Q-que quieres decir? Nashetania, soy yo, Lucilfer, ¿Acaso no me recuerdas?— pregunté mientras sentía como me comenzaban a temblar las piernas y la voz cada vez me temblaba más.

—Te recuerdo. Lo que no implica que quiera volver a verte u oírte— contestó con la misma frialdad en su voz.

—Así se habla, esposa mía— comentó Hades.

Nashetania y Hades se miraron y se inclinaron para besarse mientras sentía como un vacío se volvía a apoderar de todo mí ser.

#20

19.- AMATERASU.

Tras atravesar la puerta hacia el Cocytos, Ren y Phlegyas corrían por el camino de hielo buscando rastro de la Diosa Amaterasu. La ventisca que allí azotaba a los castigados, hacia lo mismo con los chicos. Phlegyas fue quien se encargó de transportar a la Diosa al octavo círculo, así que sabía el camino que ambos debían seguir para encontrarla. Cruzaron la mitad del círculo hasta aminorar el paso. Phlegyas se detuvo de golpe frente a un cuerpo congelado casi por completo. Ren se detuvo y por sobre el hombro del íncubo pudo ver a una mujer congelada desde los pies hasta el cuello, con el rostro completamente pálido por el frio de aquel lugar. Cuando el chico de cabello largo estaba a punto de hablarle a la Diosa, unas voces a su espalda lo detuvieron.

—El señor Hades tenía razón cuando dijo que uno de los intrusos vendría a este lugar.
Ren se volteó y pudo ver a dos hombres frente a ellos. Uno de ellos era de contextura robusta, cabello largo y de color castaño y llevaba colgando un collar con una estrella de seis puntas. El otro aparentaba ser bastante joven, de cabello y ojos negros y con un rostro carente de expresiones.

—Que agradable sorpresa tenerlos por estos lugares, Sherrvan, Morfeo— dijo Phlegyas mientras sonreía y hacia aparecer una lanza—, ¿Qué los trae por aquí?

—Nuestro señor Hades nos encomendó la tarea de proteger a la Diosa Amaterasu del intruso y el traidor— contestó en un susurro el joven de cabello negro sin alterarse.

—No dejaremos que se salgan con la suya— complementó Morfeo mientras hacía tronar los dedos de sus manos y nos miraba sonriendo.

El silencio se instauró en el lugar por unos momentos. Los presentes comenzaron a estudiarse para instantes después embestir unos contra otros. Ren chocó puños contra Morfeo mientras Phlegyas detuvo con su lanza el golpe de la espada de Sherrvan. El discípulo de Susanoo no perdió tiempo y envolvió sus puños en electricidad para arremeter contra Morfeo. Sorprendido, Morfeo empezó a retroceder ante el asedio de Ren. Por otro lado, Sherrvan y Phlegyas hacían chocar sus armas, sacando chispas con cada choque. Tras unos minutos esquivando ataques, Morfeo se alejó y dando un grito comenzó a transformarse. Su musculatura aumentó el doble, aparecieron unas alas enormes y una cola y cuernos afloraron. El color de su piel cambio a un azul intenso. Arremetió contra Ren con el doble de velocidad y fuerza que antes, haciendo retroceder a un sorprendido Ren. El monstruoso espectro había duplicado su velocidad y fuerza y golpeaba sin darle tiempo de reacción al chico de cabello largo. Ren logró esquivar uno de los golpes de Morfeo, momento que le sirvió para rodearse por completo en electricidad y asestar un golpe en el abdomen del espectro. Éste respondió con una patada en el mentón de Ren, dejándolo aturdido por unos segundos. Se repuso y descargó uno de sus truenos contra el espectro quien lo resistió pero no pudo esquivar el puño envuelto en electricidad de Ren que atravesó su pecho. El espectro miró con sorpresa el orificio en su pecho para luego dar un grito desgarrador. Con sus últimos instantes de vida, tomó el brazo que Ren había utilizado para atravesarlo y se lo arrancó, tras lo cual cayó sin vida en el frío suelo del Cocytos. Ren gritó y miró horrorizado el charco de sangre que caía desde su hombro. Tenía un orificio en el lugar donde le arrancó el brazo. Cayó de rodillas gritando de dolor. Alzó su vista y pudo ver con terror como Sherrvan atravesaba con su espada al íncubo para luego cortar su cabeza de un golpe. La cabeza de Phlegyas cayó frente a Ren quien no podía articular sonido alguno del impacto emocional que sufría en ese instante. Sherrvan aterrizó frente a él y lo apuntó con su espada.

—Debo reconocer su esfuerzo. Pero hasta aquí llegaron— susurró con frialdad. Tenía sangre cayendo por su mejilla pero su rostro seguía inexpresivo. Levantó su espada y Ren agachó su cabeza, vencido. Estaba a punto de recibir el golpe letal cuando una luz iluminó todo el lugar. Sherrvan retrocedió buscando el origen de aquella luz y pudo ver la figura de una mujer avanzando hacia ellos. Era una mujer de mediana edad y vestía un kimono. Ren levantó su vista y al reconocerla sonrió. Era Amaterasu. El rostro inexpresivo de Sherrvan cambió a uno poseído por la sorpresa. Extendió sus alas para marcharse pero la Diosa fue más rápida y en un segundo se posicionó frente a él y lo tomó del cuello.

—No te escaparas niño— dijo mirando al espectro con odio mientras apretaba su cuello—, nos vas a llevar a Giudecca te guste o no— tras decir eso miró a Ren, se acercó y pasó su mano por la herida que tenía, cerrándola y deteniendo el sangrado—, levántate Ren, el Infierno no es el lugar donde debes morir. Levántate, con uno o dos brazos, tienes que levantarte y seguir— volvió a mirar a Sherrvan quien había vuelto a su habitual postura mientras miraba a la Diosa—, ahora vamos. No hay tiempo que perder.

—¿Cómo te liberaste, vieja?— preguntó Ren mientras se incorporaba y miraba sorprendido a la Diosa.

—Soy una Diosa, insolente— contestó Amaterasu molesta y golpeó a Ren levemente en la cabeza—, el poder del Infierno se está debilitando. No se la razón pero eso me permitió liberarme.

—¿Qué quieres decir con que el poder del Infierno se está debilitando?— preguntó Ren

—Hay dos posibilidades— intervino Sherrvan mirando en dirección al palacio de Giudecca—, O nuestro señor Hades ha vuelto a dormirse… O está muerto.

En el momento en que el espectro dijo la última palabra, el suelo comenzó a temblar con fuerza. Amaterasu soltó al espectro quien se refregó el cuello y se miraron aterrados con Ren. El temblor comenzaba a convertirse en terremoto. Parecía que el Infierno se desmoronaría en cualquier instante.

—¿Cómo que está muerto? ¡Es imposible matar a un Dios!— exclamó Ren mientras tomaba de los hombros a Sherrvan.

—Si es posible— intervino Amaterasu mientras separaba a los hombres y elevaba su voz para hacerse escuchar por sobre el ruido del terremoto—, las armas míticas pueden acabar con un Dios, por eso cada uno resguarda alguna y así se evita que caigan en manos de los seres humanos.

—Lucilfer tiene a Kusanagi…— comentó para si mismo Ren mientras miraba a la Diosa. Ésta se limitó a asentir. El movimiento telúrico aumentaba en intensidad mientras Amaterasu y Ren se miraban aterrados ante lo que podría estar ocurriendo en Giudecca. Sherrvan se adelantó y comenzó a caminar en dirección a Giudecca, seguido por Ren y la Diosa.

En tanto, en el Palacio de Giudecca, Hades era atravesado por una espada.

#21

20.- LUCILFER.

Minutos antes de la liberación de Amataresu, en el palacio de Giudecca:

Hades y Nashetania se separaron tras besarse y miraron al joven violinista, quien había caído de rodillas. El Rey del Inframundo sonrió y se puso en pie al ver a su rival desmoronarse. Su plan para manipular a Nashetania, mediante la habilidad de Hypnos, estaba dando resultado. La pelirroja en tanto estaba consciente de que hacía y decía cosas que no quería. Sabía que estaba siendo manipulada pero nada podía hacer. Tuvo que ver con resignación como su amado violinista creía lo que veía y se desmoronaba emocionalmente. Quería salir corriendo y abrazarlo pero una fuerza superior a ella la obligaba a hacer cosas que no quería. Hades movió su cabeza señalando a Leyna y segundos después, Oneiros se encontraba detrás de ella, rodeando su cuello con una espada. Lucilfer intentó reaccionar pero Keros fue más rápido y se posicionó detrás de él y le sostuvo los brazos. Hades sonrió ampliamente y comenzó a aplaudir mientras descendía lentamente por las escaleras hacia Lucilfer y Leyna.

—El plan salió a la perfección— susurró la deidad de cabello albinegro mientras se paraba frente al chico—, ¿De verdad creíste que podrías lograr tu objetivo aquí en el mismo Infierno?— no esperó respuestas y comenzó a pasearse frente a los dos—, cuando desperté y oí tu triste lamento, quise traerte hasta acá para convertirte en mi músico personal. Me lograste conmover, ¿sabes? Pero algo salió mal. Alguien intercedió en mis intenciones— sus ojos se posaron esta vez en Leyna quien se removía nerviosa ante el asedio de la espada de Oneiros—, Tu, tonta mujer, evitaste que mis espectros trajeran a este hombre al Infierno, pero aun así lo trajiste tu misma. Y no solo eso, además acabaste con algunos de tus compañeros. Dime ahora mismo que es lo que planeas. Quiero saber la importancia que tiene este hombre en tu plan— la voz de Hades hacía notar un ligero enfado mientras apuntaba con el dedo a Lucilfer. Los ojos de todos los allí presentes se voltearon hacia la súcubo. El corazón de Lucilfer latía con fuerza. Había llegado el momento de conocer las respuestas a todas las dudas y Leyna lo sabía, ya que había bajado su vista al suelo.

—Lucilfer es la llave para destronarte, Hades— comenzó a relatar Leyna mientras en el rostro de Hades se reflejaba la sorpresa—, a muchos de tus espectros no les gusta estar bajo tu mando pero ninguno se atrevía a rebelarse. Phlegyas y yo estábamos esperando una oportunidad para actuar. Y ésta se dio hace 28 años. Te enfrentaste a cierto hombre por el amor de una mujer. Esa mujer tuvo un hijo tuyo antes de que ese hombre te derrotase pero ninguno de los dos lo creyó así. Es más, ambos pensaban que ese bebe era de los dos— Leyna levantó su vista hacia Hades quien se había quedado petrificado ante las declaraciones de la súcubo—, se ve que tú tampoco lo sabias, hasta ahora. El nombre de ese hombre es Kouji y el de esa mujer es Alma. Ambos tuvieron un accidente que les arrebató la vida, dejando a un pequeño niño de 10 años huérfano. Ese niño tiene tu sangre y por lo mismo, puede destronarte. Ese niño creció y ahora se encuentra arrodillado frente a ti, Hades.

Los ojos de todos se posaron en Lucilfer, quien se encontraba con la boca abierta mirando a Leyna. No podía creer lo que la súcubo acababa de relatar. Un vacío se apoderó de su ser mientras su mirada se perdía en la nada. Según las palabras de Leyna, su verdadero padre era el mismísimo emperador del Inframundo. Recordó entonces la fotografía en su bolsillo y las lágrimas comenzaron a brotar. Entonces la voz de la chica interrumpió sus pensamientos.

—Llevo 28 años vigilándolo— prosiguió la súcubo mientras una lagrima caía por una de sus mejillas y miraba con tristeza al chico—, sabía que tenía que esperar a que despertases, Hades, para entrar en acción. Por lo mismo tenía que asegurarme de su bienestar hasta llegado el momento. Cuando te conoció, Nashetania, sabía que el momento se acercaba— los ojos de Leyna se posaron en los de la pelirroja, quien parecía haberse liberado de la manipulación de Hypnos ya que las lágrimas caían por sus mejillas. Se había puesto de pie y había bajado un par de escalones—. Eres hija de quien se tenía que convertir en la nueva esposa de Hades. Tú y Lucilfer nacieron el mismo día, lo cual no es una simple coincidencia. La noche en que te mataron fue la señal que Phlegyas y yo estábamos esperando. Contactamos a los hermanos Amaterasu, Susanoo y Tsukuyomi para que nos ayudasen. Prepararon todo para que Hades se encontrase ocupado en otras cosas mientras nos infiltrábamos en el Inframundo. Incluso Susanoo le entregó la misma espada que hace 28 años le había entregado a Kouji para derrotarte. Kusanagi, la espada que una vez acabó contigo, tenía que estar en posesión de Lucilfer para tomar definitivamente tu vida. El plan era recuperar a Nashetania y que Lucilfer tomase el trono del Inframundo. Nashetania volvería a su mundo y yo me convertiría en la esposa del nuevo emperador y así cambiaríamos el Infierno…— su voz se quebró y volvió a bajar la mirada mientras no paraba de llorar.

Hades, quien había estado escuchando con atención las palabras de la súcubo, avanzó hacia ella envuelto en la ira y comenzó a golpearla con fuerza. Los gritos de dolor de la demonio inundaron el palacio mientras Lucilfer miraba con impotencia pero sin hacer ningún esfuerzo por liberarse y ayudarla. La verdad le había golpeado más fuerte que cualquier golpe físico recibido hasta entonces. Su pasado era una farsa y lo habían utilizado a su antojo. Aun así seguía sintiendo un cariño especial por Leyna. Antes de poder decidirse, una mano detuvo los golpes de Hades hacia Leyna. Era Nashetania.

—¡Basta!—gritó la pelirroja, recibiendo de vuelta una cachetada de Hades. La pelirroja trastabillo y Hades la tomó del cuello, levantándola del piso mientras la ahorcaba.

—Te equivocaste al elegir tu bando. Te lo advertí, no haría distinciones— susurro la deidad mientras miraba con furia a la pelirroja. Antes de que alguien pudiese intervenir, atravesó el vientre de la chica con su mano libre. Los ojos de Nashetania se abrieron de sorpresa y bajó la vista para ver cómo era atravesada mientras un hilo de sangre caía por la comisura de sus labios. Hades la soltó y el cuerpo sin vida cayó al suelo mientras Lucilfer miraba la escena aterrado. Leyna gritó y los espectros dieron un paso hacia atrás ante la brutalidad de la escena. Una ira recorrió el cuerpo de Lucilfer. Gritó y se liberó del agarre de Keros, desenfundó a Kusanagi y arremetió contra Hades quien no alcanzó a reaccionar. La espada atravesó en el medio de su pecho mientras la deidad miraba sorprendido a su hijo. Thanatos e Hypnos miraban atónitos como momentos después la espada se transformaba en una inmensa serpiente, la cual comenzaba a devorarse el cuerpo sin vida de Hades. Lucilfer cayó arrodillado y se acercó al cuerpo de Nashetania, tomó su cabeza con sus manos y comenzó a llorar desconsoladamente mientras gritaba su nombre. En ese mismo momento, el Infierno comenzó a temblar.

KadriyaA
Rango6 Nivel 27
hace casi 4 años

Me encanta! La historia, como escribes, como eres capaz de crear los ambientes, la tensión, la temática, me declaro fan del relato, espero con ansias ver como continua! Da gusto leerte @Hollow, simplemente genial

Hollow
Rango10 Nivel 47
hace casi 4 años

Muchas gracias por el comentario @KadriyaA :D me alegra saber que te guste mi historia, estoy publicando capítulos prácticamente a diario así que atenta a la continuación ^^ Saludos!


#22

21.- EL NUEVO SOBERANO.

El infierno se hallaba envuelto en un movimiento telúrico de enormes dimensiones y la serpiente en la que se había convertido Kusanagi parecía haber perdido el control, ya que atacaba a diestra y siniestra. Pero nada de eso me importaba en ese momento. Solo podía llorar desconsoladamente mientras apretaba el cuerpo sin vida de Nashetania. Una vez más la había perdido sin poder hacer nada para impedirlo. Por el rabillo del ojo pude ver a Keros y Oneiros manteniendo a raya a la serpiente mientras Leyna se acercaba a paso lento hacia nosotros. Puso lentamente su mano sobre mi hombro pero la aparté con brusquedad.

—No te acerques…— susurré sin apartar mi vista del rostro de Nashetania.

—Lucilfer, lo siento mucho…yo…yo no quería…

—¡No me hables!— grité y giré mi rostro para mirar enfadado a la súcubo. Se encontraba a escasos centímetros y por sus mejillas no dejaban de caer las lágrimas. Ante la brusquedad de mis palabras, bajo la vista y retrocedió un par de pasos. En ese momento, pude ver a Keros y Oneiros ser derribados por la serpiente. Ésta, con su boca aun cubierta por la sangre de Hades, se giró y se dirigió hacia nosotros mientras golpeaba el suelo con su cola. No me moví mientras veía a la enorme serpiente acercarse. En ese instante, no me importaba perder la vida. La serpiente abrió su boca y cuando estaba a punto de asestar el golpe letal, un enorme perro de tres cabezas irrumpió en el palacio y embistió a la serpiente. Era Cerbero. El perro de tres cabezas arrancó de una mordida la cabeza de la serpiente. Ésta se iluminó y volvió a transformarse en la espada que le arrebató la vida al Dios Hades. El perro se volteó y se acercó a mí y aulló levemente mientras se inclinaba.

—Gracias…—le susurré mientras estiraba una de mis manos y acariciaba una de sus mejillas—, te debo una, amigo.

El perro jadeó y se acostó a mi lado. Tras eso, tres personas irrumpieron también en el palacio. Dirigí mi vista hacia la entrada y pude notar a una mujer de mediana edad quien debía ser Amaterasu, a un espectro de cabello negro y a Ren. Pude notar que al chico le faltaba uno de sus brazos y la culpabilidad se apoderó de mí ser. Los tres se detuvieron y observaron la escena asombrados. No faltaron palabras para que comprendiesen lo que allí estaba pasando. Quien interrumpió el silencio fue Leyna, quien preguntó a Ren por la ausencia de su hermano. El discípulo de Susanoo bajó la vista al suelo mientras le comunicaba a la súcubo la muerte de su hermano. Ella cayó de rodillas y se tapó el rostro con las manos mientras lloraba desconsoladamente la pérdida de su hermano. Tras eso, Sherrvan, quien había observado todo en silencio y con un ligero rastro de ira en su inexpresivo rostro, desplegó sus alas y embistió contra mí. No me moví al ver al espectro acercarse inundado por la ira, pero nuevamente otro interceptó el ataque. Y para mi sorpresa, quien lo interceptó no fue otro que el Dios Thanatos. La deidad de cabellos plateados se paró frente a mí y detuvo el golpe de Sherrvan mientras su hermano gemelo se posicionaba detrás de mí.

—¿Por qué me detiene, mi señor Thanatos?— preguntó el espectro mientras retrocedía y replegaba sus alas.

—Porque a quien quieres atacar, es al nuevo emperador del Inframundo— contestó Thanatos con frialdad para luego mirarme de reojo. Procesé las palabras de Thanatos mientras bajaba mi vista hacia el cuerpo sin vida de Nashetania. Tenía razón, según lo dicho por Leyna, ahora tenía que asumir el trono del Infierno tras haber matado a Hades.

—Este terremoto es provocado ante la falta de un emperador en el trono. Date prisa y reclama el lugar que te pertenece o el Infierno se derrumbara— exclamó Hypnos a mi espalda mientras señalaba el trono al final de las escaleras. Tragué saliva y me puse en pie sin soltar el cuerpo de Nashetania. No había dado más de tres pasos en dirección a las escaleras cuando Leyna se interpuso en mi camino.

—Sé que no me perdonaras tan fácilmente…— comenzó a decir la súcubo mientras me miraba con los ojos rojos de tanto llorar—, pero puedo devolverle la vida a Nashetania. Recuerda mis poderes curativos, solamente debo darle la energía necesaria para revivirla.

Me quedé mirando a Leyna sin hacer ningún movimiento mientras pensaba en sus palabras. Es cierto que estaba enfadado con la súcubo, pero aun así el cariño que sentía por ella me impedía dejar de confiar en ella. Lentamente deposité el cuerpo de Nashetania en el suelo y retomé el camino hacia el trono mientras Leyna se agachaba y apoyaba sus manos en el vientre de la pelirroja. Estaba por subir el primero de los escalones cuando fue Ren quien intervino mi andar. Se veía agotado y sin fuerzas por los esfuerzos de batallas pasadas. No pude evitar mirar el muñón en el que se había convertido su brazo. Aun así Ren no parecía venir a culparme o a recriminarme.

—Lamento que todo terminé así. Pero a pesar de todo, espero que sigamos siendo amigos— dijo y sonrió ampliamente mientras estiraba su brazo con el puño cerrado hacia mí. Miré al chico y sonreí levemente mientras asentía y chocaba mi puño con el de él. Tras eso se apartó y retomé la subida por las escaleras. Mi vida pasó frente a mis ojos mientras subía cada uno de los escalones. Los momentos con mis padres, los momentos en que vagué solo por el mundo, las veces en que la gente se alejó de mi lado por temor, las noches solitarias tocando mi querido violín, el día en que conocí a Nashetania, los días en que nos reuníamos en aquella plaza, la travesía por el Infierno en compañía de Leyna y Ren. Todo pasó frente a mis ojos mientras subía las escaleras. Llegué al último escalón y miré el trono que me correspondía. Entonces saqué la fotografía que aún se encontraba en mi bolsillo. Miré a las dos personas junto a mí y sonreí ampliamente. Ellos eran mis padres. Digieran lo que digieran, ellos fueron mis verdaderos padres. Guardé la fotografía y volví a mirar el trono, dudando. Una vez sentado allí, no había vuelta atrás. Fue entonces cuando una idea cruzó por mi cabeza, una idea que me ayudó a decidirme. Avancé con firmeza y me senté en el trono del emperador del Infierno. Desde lo alto pude ver a todos los allí presentes. Thanatos e Hypnos había hecho una reverencia. Lo mismo Sherrvan, Oneiros y Keros. Ren se encontraba alejado junto a Amaterasu. Cerbero miraba moviendo inquieto su cola. Y Leyna se hallaba tratando a Nashetania. El terremoto comenzó a bajar su intensidad. Cerré los ojos por unos segundos y al abrirlo, dije las palabras que jamás creí que diría:

—Yo, Lucilfer, reclamo este trono como mío. Desde hoy en adelante, seré el nuevo soberano del Infierno.

#23

22.- LEYNA.

Dos días después de haber asumido el trono en el Infierno, tuve varias reuniones que me habían dejado agotado. Primero tuve una reunión con los hermanos Amaterasu, Susanoo y Tsukuyomi, a quienes agradecí primero para luego restaurar la normalidad en el mundo terrenal. Sellamos un pacto de no agresión por los próximos 100 años y tras eso tuvimos un banquete donde incluimos a Ren, con quien acordamos visitarnos mutuamente. Tras despedirnos y prometer constantes visitas, me tocó tener una reunión con los gemelos Thanatos e Hypnos. Ambos, en un principio, se mostraron desconfiados de tener que servir a un nuevo emperador tras una eternidad sirviendo a Hades, pero al transcurrir la reunión parecieron aceptarme como el nuevo soberano y se mostraron dispuestos a ayudarme con todo lo relacionado al funcionamiento de los círculos del Infierno. Luego tuve una reunión con Sherrvan y Oneiros. A ambos les pedí convertirse en mi guardia real, en aquellos soldados de confianza que andarían a mi lado en cada reunión. Oneiros aceptó de inmediato, pero Sherrvan se mantuvo reticente y me pidió tiempo para pensarlo. La siguiente reunión fue con Pandora y Paradox. Les pedí que se mantuviesen en su puesto como cuidadoras del palacio de Giudecca, ante lo cual aceptaron sin problemas. Ambas me preguntaron por Nashetania, a quien le habían agarrado cierto cariño en el corto tiempo sirviéndole. Les conté que se encontraba en una de las habitaciones del palacio recuperándose del tratamiento de Leyna, así que les pedí que la cuidasen. Tras eso tuve una reunión con Radamanthys y Aiacos, los otros dos jueces del Infierno, quienes venían en representación de los espectros. Debido a que muchos estaban en desacuerdo con el manejo de Hades, la idea de esa reunión era llegar a un consenso con el cual estuvieran todos de acuerdo. Tras varias horas discutiendo con los jueces, se llegó a la conclusión de que cada espectro tendría la misma cantidad de trabajo y vacaciones. Luego de todas esas reuniones me encontraba muy cansado, pero aun así tenía un asunto mucho más importante que atender. Salí a dar un paseo por el octavo círculo en compañía de Cerbero mientras mandaba a llamar a Leyna. Cuando la súcubo apareció frente a mí, pude ver cuán demacrada se encontraba. Había perdido gran parte de su esbelta figura y en sus ojos aún se percibían rastros de lágrimas. La súcubo hizo una reverencia ante lo cual le espeté que no era necesario. Se puso en pie y comenzó a caminar a nuestro lado mientras se mantenía sin decir nada. Caminamos varios minutos hasta que interrumpí el silencio.

—Actuaste bastante bien en el segundo circulo— dije fríamente mientras acariciaba una de las mejillas de Cerbero. Al no recibir respuesta, continué—, me dijiste que no sabías porque Cerbero aceptó mis órdenes. Sabías que la sangre de Hades corre por mis venas. Tu actuación fue bastante convincente.

—Yo…lo siento…— susurró la súcubo sin dejar de mirar al suelo. Suspiré y me detuve para envolverla en un fuerte abrazo, provocando la sorpresa en la mujer.

—No hace falta que sigas disculpándote— susurré mientras los brazos de Leyna también me rodeaban—, estuve pensando en lo que hiciste y creo comprender y aceptar tu actuar. Me siento utilizado, eso es cierto, pero te convertiste en una persona muy preciada para mí y a pesar de todo, te puedo perdonar. No te puedes derrumbar ahora Leyna. Entiendo que esto más la perdida de tu hermano sean un duro golpe para ti, pero debes levantarte. El Infierno te necesita. Y yo te necesito, emperatriz.

—¿E-emperatriz?— preguntó sollozando mientras levantaba su cabeza para mirarme sorprendida.

—Así es, ¿Acaso no era eso lo que querías?— pregunté mientras la miraba sonriendo.

—S-sí pero…pero, ¿Y Nashetania?— se apartó levemente sin dejar de mirarme.

—Ella no pertenece a este lugar, Leyna— respondí desviando la mirada hacia el palacio de Giudecca—, para ella tengo otros planes. Por lo mismo necesito de una emperatriz. Y no aceptaré a otra que no seas tú— la atraje hacia mí y la besé suavemente en los labios. La súcubo correspondió de la misma manera. Tras unos segundos, la humedad de los labios de Cerbero recorriendo nuestros cuerpos nos separó mientras reíamos. Cuando volvíamos hacia el palacio, una figura se acercó hacia nosotros. Al reconocerlo, pude ver que era Sherrvan quien se acercaba. Una vez frente a nosotros hizo una reverencia.

—Mi señor, vengo a informarle que aceptare su oferta para ser parte de su guardia real— dijo con solemnidad manteniendo la cabeza agachada—, es todo un honor para mí.

—Y es un honor tener a mi disposición tu espada, Sherrvan— comenté mientras lo miraba sonriendo y posaba mi mano en su hombro—, pero ponte de pie. No hace falta que hagas reverencias, nunca más. Deja de lado la formalidad.

—Está bien, mi señor— se puso en pie y sonrió levemente. Tras eso miró a Leyna y agachó nuevamente su cabeza—, Leyna, siento mucho haber tenido que acabar con la vida de tu hermano.

—Sherrvan, fuimos viejos amigos y camaradas y entiendo que solo cumplías con tu deber— dijo Leyna mientras se acercaba al espectro y lo abrazaba—, claro que te perdono.

Tras eso, volvimos juntos al palacio de Giudecca. Los días pasaron y Nashetania no despertaba, lo que me permitió enfocarme en mis labores como nuevo soberano del Inframundo. Tuve que asistir a nuevas reuniones con otras divinidades para presentarme como nuevo emperador del Infierno, reuniones a las cuales acudí junto con Thanatos e Hypnos, mientras Leyna, Oneiros y Sherrvan se quedaban al cuidado del palacio de Giudecca. Era el término del sexto día cuando Paradox y Pandora se acercaron agitadas. Me encontraba sentado en el trono del Meikai, jugando una partida de ajedrez con Hypnos y con Leyna, quien había recuperado su figura habitual, sentada en el trono a mi lado cuando las cuidadoras irrumpieron corriendo en el salón.

—¡Nuestra señora Nashetania ha despertado!— exclamaron al unísono. Al oírlas, los tres nos pusimos en pie. Los ojos de Leyna se posaron en mí. Suspiré y comencé a bajar por los escalones lentamente.

—Al parecer llegó el momento del acto final.

#24

23.- EL ÚLTIMO BAILE.

Entré en la habitación donde Nashetania descansaba y pude verificar que las cuidadoras tenían razón. Nashetania se encontraba sentada al borde de la cama, llevaba el mismo vestido de siempre y se veía más pálida de lo normal, producto de la pérdida del bebe según lo que había dicho Leyna. Al entrar, me miró y sonrió ampliamente, se puso de pie y corrió hacia mí, abrazándome con fuerza. Correspondí al abrazo de la misma manera y nos quedamos así por varios minutos, abrazo que me transportó a aquellas tardes en la que juntos solíamos estar. Al cabo de un instante, la pelirroja se separó y me miró con una sonrisa.

—Me alegra mucho verte aquí, Lucilfer— tomó mis manos y correspondí apretándoselas suavemente—, tenía mucho miedo desde que llegué a este lugar, pensé que viviría toda mi vida aquí y eso me ponía muy triste.

—Por suerte eso ya se acabó— dije mientras acariciaba una de sus mejillas con dos de mis nudillos—, ahora debes comer y prepararte para el viejo de regreso. Volverás con tu familia.

—¡Que alegría saber eso!— el rostro de Nashetania se iluminó y me volvió a abrazar—, me alegra tanto que hayas venido y poder volver juntos a nuestras vidas.

—Veras, Nashetania… solo tú vas a volver— susurré mientras apoyaba mis manos en sus hombros y la apartaba para mirarla—, estuviste presente en lo que ocurrió el otro día y escuchaste que por mis venas corre sangre divina. Ya asumí como nuevo emperador del Inframundo así que debo quedarme.

—Así que después de todo no fue una pesadilla…— dijo y su rostro se entristeció mientras daba unos pasos hacia atrás y desviaba la mirada.

—Lo siento mucho Nashetania, me habría encantado seguir el resto de mi vida a tu lado, pero debo cumplir con mi deber y tú debes volver a tu mundo, junto con tu familia— dije mientras me volteaba y caminaba de vuelta hacia la puerta—, mandaré a Pandora y a Paradox para que te traigan comida, cuando hayas recuperado tus fuerzas podremos partir.

Dejé a Nashetania cabizbaja en su habitación y al cerrar la puerta pude oír un ligero llanto. Tuve que mantenerme fuerte al oírla. Pandora y Paradox se encargaron del cuidado de la pelirroja mientras sostenía una reunión donde participaron Leyna, Thanatos, Hypnos, Oneiros y Sherrvan. Los dioses gemelos me impusieron un límite de tiempo para devolver a Nashetania al mundo ya que va contra las reglas mantener a una persona viva en el Infierno. Si infringía el límite de tiempo, la enviarían con los jueces para que la enviasen a alguno de los ocho círculos. Por otra parte, Sherrvan y Oneiros se ofrecieron para llevarla de vuelta, ante lo cual me rehusé. Seria yo quien la llevaría de vuelta. Leyna se mostró reticente ante este pedido, pero termino aceptando al igual que los espectros. Una vez terminada la reunión, pedí a Pandora que trajera a Nashetania pues el momento de partir había llegado. La cuidadora volvió con la pelirroja, quien reflejaba la tristeza en su semblante. Se despidió entre lágrimas de Pandora y Paradox, agradeciendo el trato que habían tenido con ella. Luego se despidió de Leyna a quien, pese a la tensión que se podía sentir entre ambas, le agradeció por haberla revivido y haberle dado una nueva oportunidad de vivir. Fue una despedida fría pero sincera. Tras eso, tomé la mano de la pelirroja mientras que con la otra mano dibujaba una puerta. Según lo comentado por Hypnos, como emperador del Inframundo podría transportarme hacia el mundo terrenal dibujando una puerta con uno de mis dedos e imaginando el lugar al que quería ir. Atravesamos la puerta que había dibujado y pude comprobar que tenía razón, ya que aparecimos en mi antigua casa como lo había imaginado.

—¿De verdad tienes que quedarte en ese horrendo lugar?— preguntó Nashetania mientras me miraba con los ojos llenos de lágrimas, ante lo cual solamente me limité a asentir. La pelirroja bajo su mirada al suelo y las lágrimas comenzaron a caer. No pude evitar acercarme y abrazarla pese a que me había dicho a mí mismo que debía dejarla e irme de inmediato y así no prolongar más el inevitable y triste adiós. Nashetania lloró en mis brazos mientras besaba suavemente su cabeza y acariciaba su espalda.

—Lo dije antes, me habría encantado pasar el resto de mi vida a tu lado Nashetania— susurré mientras la apretaba contra mi suavemente—, fuiste la primera persona que se acercó a mí. Fuiste la luz dentro de mi oscuridad. Contigo yo me sentía feliz, contigo podía ser yo mismo. Te volviste alguien muy importante para mí, por eso nunca dude cuando se me presentó la oportunidad de salvarte del Infierno, pero como siempre, nada termina como quiero…

Nashetania dejó de llorar y levantó su cabeza para besarme. Seria ese nuestro último beso mientras, quien sabe de dónde, comenzó a sonar la misma canción que habíamos bailado aquella trágica noche en su mansión. Sin separarnos, comenzamos a bailar lentamente. Me dejé guiar por los pasos de Nashetania mientras mi instinto me decía que alguna deidad estaba detrás de aquella música. A lo lejos pude sentir la presencia de Amaterasu, Susanoo y Tsukuyomi. Más tarde los invitaría a un banquete para agradecerles. Sin dejar de besarnos y sin dejar de movernos al ritmo de la música, pude sentir las lágrimas de la pelirroja cayendo por sus mejillas y para mi sorpresa, una lagrima caía por una de mis mejillas también. Ambos sabíamos que el término de esa canción marcaría el momento de la despedida definitiva. Me separé levemente para poder admirarla por última vez mientras danzábamos al ritmo de la melodía. Nashetania estaba más hermosa que nunca y nuevamente los recuerdos se apoderaron de mi mente. En cuanto terminó la canción, me separé lentamente y me volteé para buscar entre mis cosas mi viejo violín. Limpié el polvo en él y se lo extendí a la pelirroja.

—Me gustaría que te quedes con él, como un recuerdo— dije mientras Nashetania aceptaba el violín y lo apretaba contra su cuerpo mientras las lágrimas seguían cayendo. Bajé la vista hacia mis pies y pude notar que no estaban, poco a poco iba desapareciendo. Mi tiempo límite en el mundo terrenal había acabado. Era el momento del adiós definitivo. Sin poder evitarlo, las lágrimas cayeron por mis mejillas mientras estiraba mi mano hacia la pelirroja, quien también estiró la suya. Pero ambas manos no pudieron juntarse, ya que la mía había desaparecido ya, esfumándose como polvo. Miré una última vez a la pelirroja y le sonreí ampliamente antes de proferir las últimas palabras que le diría—, Hasta siempre, mi amada Nashetania.

—Hasta siempre, mi amado violinista— susurró la pelirroja mientras terminaba de desaparecer por completo.

Cuando abrí los ojos, me encontraba nuevamente en el Infierno. Pude sentir como un vacío se apoderaba de una parte de mí ser. Un vacío que jamás podría volver a llenar.

#25

EPÍLOGO.

Es 2015 y mantengo mi puesto en el Inframundo como emperador. Cada 25 años me voy a dormir por un tiempo de 25 años y he mantenido esa secuencia por siempre. A mi lado se encuentra Leyna quien jamás se ha apartado de mi lado e incluso hemos tenido tres hijos y con un cuarto en camino. Thanatos e Hypnos se han tomado un largo tiempo de descanso en sus templos en el Elysion. Sherrvan y Oneiros se han mantenido a mi lado como guardia real, con quienes hemos enfrentado distintos problemas a lo largo de estos siglos. Keros asumió como el tercer Juez del Infierno mientras que Pandora y Paradox se mantuvieron como cuidadoras y nos han ayudado a Leyna y a mí con el cuidado de nuestros hijos, dos niños y una niña. Me encontraba sentado en el salón del palacio de Giudecca jugando una partida de ajedrez con Leyna, cuyo vientre mostraba ya dos meses de embarazo, cuando la pequeña niña de 9 años entró corriendo y llorando y se tiró en mis brazos. Nos miramos sorprendidos con Leyna mientras abrazaba a mi hija.

—¿Qué pasó, Nashetania?— pregunté mientras acariciaba suavemente el cabello azabache de la pequeña.

—¡Phlegyas y Kouji me están molestando de nuevo papá!— gritó llorando mientras me miraba.

—Ese parcito…— exclamó Leyna mientras movía su cabeza en signo de reprobación—, ¡Abusan de Nashetania solo por ser la menor!

—Vamos a buscarlos entonces— le dije mientras me levantaba reprimiendo la risa. Justo cuando comenzábamos a bajar entraron los dos chicos en el salón. Kouji era el mayor por tres años, mientras que Phlegyas lo era por dos años. El mayor ya había logrado desplegar por primera vez sus alas demoniacas y gracias a eso se pasaba el tiempo molestando a sus hermanos. Al verlos, me puse serio y los regañé—, ¡Ustedes dos! ¡Dejen de molestar a Nashetania o los castigaremos!

—¡Eso no importa ahora, papá!— reclamo el mayor mientras se inclinaba para recuperar el aliento.

—¡El tío Ren viene a visitarnos!— complementó el pequeño mientras levantaba sus brazos al cielo y daba pequeños brincos—, Caronte lo trajo a él y a su novia por el rio Aqueronte y el tío Sherrvan los trae hacia acá ahora.

—Vaya, ese maldito se acordó de visitarnos— dije mirando a Leyna mientras alzaba mis cejas.

—Desde que tiene novia, se olvidó de sus viejos amigos— respondió la súcubo mientras me miraba sonriendo.

—¡¿Podemos ir a recibirlo?!— preguntaron al mismo tiempo los hermanos.

—Claro, vamos todos a recibir al tío Ren—respondí sonriendo mientras bajábamos las escaleras. Los niños se voltearon y salieron corriendo mientras Leyna los seguía y los regañaba a gritos. Había dado un paso tras ellos cuando la pequeña Nashetania jaló de mi mano para detenerme. Me volteé para mirarla y pude notar la preocupación en su rostro—, ¿Qué ocurre mi amor?

—Papá… ¿Es verdad lo que dicen mis hermanos?— preguntó en un sollozo.

—¿Qué dice ahora el par de abusadores?— pregunté de vuelta mientras me agachaba para quedar a la altura de la pequeña.

—Que mi nombre proviene de una demonio que casi destruyó el Infierno…— susurró y bajó su cabeza. Suspiré y esbocé una leve sonrisa.

—Claro que no es así mi niña— respondí abrazándola. Sus pequeños brazos se colgaron de mi cuello y me puse en pie tomándola en brazos—, tu madre me permitió ponerte este nombre porque hace mucho, mucho tiempo, una persona muy importante en mi vida llevaba ese nombre. Te he dicho que no hagas caso a las cosas que te digan tus hermanos, ellos están en una edad donde molestan a medio Infierno.

—¿Y quién era esa persona?— preguntó la inocente niña mientras se secaba las lágrimas y me miraba atenta.

—Una persona que marcó mi vida. En otro momento quizás te cuente su historia, Nashetania— respondí mientras bajaba por las escaleras y salía del palacio para recibir a Ren.

Mientras caminaba, observaba a Leyna caminando junto a Kouji y Phlegyas y sonreí al ver la familia que había logrado formar en ese lugar. Fue entonces cuando el recuerdo de todo lo vivido volvió a mi mente. Habían pasado siglos pero el recuerdo de Nashetania siempre estará en mi corazón. Desde mi puesto como emperador del Inframundo, pasé los días observando el diario vivir de Nashetania. Los primeros días lloraba mucho y no salía de su hogar. Ya con el tiempo volvió a su vida normal. Me alegré mucho cuando vi que superaba todo y lograba formar su propia familia. Y hasta el día de hoy, año tras años, me siento a observar a sus descendientes. Generación tras generación, me he encargado de resguardar el bien de su descendencia. Hoy en día, observo asombrado a una pequeña niña de la misma edad de mi hija que pareciera ser la mismísima reencarnación de Nashetania. Y yo espero que así sea. Llevo siglos esperando volver a reencontrarme con ella. Y mientras paseo junto a mi familia por el Infierno, sigo creyendo que algún día lograré volver a ver a quien fue la luz en mi oscuridad.

FIN.

Hollow
Rango10 Nivel 47
hace casi 4 años

Un escritor está incompleto sin sus lectores. Agradezco a todo aquel que haya leído esta historia. Muchas gracias por formar parte de esta aventura, espero haya sido de su agrado con todas sus virtudes y defectos. ¡Muchas Gracias!