Tri
Rango3 Nivel 10 (76 ptos) | Cuentacuentos freelance
#1

1) DÁMASO

Cuando me levanté y entré en la cocina vi a mamá como la veo cada mañana de
sábado desde hace tantos años. Con los ojos más cerrados que abiertos y la cabeza
apoyada sobre el armario blanco donde guarda su mejor vajilla, haciendo un esfuerzo
que ya no era tal para mover de arriba abajo la palanca de la vieja exprimidora
oxidada que le cambia el sabor al zumo. Así preparó los vasos de siempre, los tres, y
los dejó sobre la mesa. Gracias mamá, dije sentándome, de nada hijo, y buenos días.
Se sentó a mi lado, cosa que nunca hacía, pero ni siquiera me miró. Estás en la cama
todavía, le dije, y ella me dijo qué más quisiera yo. Y qué es entonces, pregunté, y
no es nada, respondió, cosas de vieja; no más.

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Rango6 Nivel 27
hace alrededor de 5 años

Me gusta mucho el estilo de la historia. Me recuerda a García Márquez


#2

Llegó mi hermana después, Laura, y al verla sentada lo supo también. Qué ocurre, preguntó sin siquiera sentarse. Yo no respondí, esperado que lo hiciese mamá, pero ella tampoco lo hizo, no sé siquiera si la escuchó, así que mi hermana insistió, qué ocurre, carajo, que apenas salió el sol y ya me vienen a estropear el día, y fue entonces cuando mamá levantó la vista al fin y nos dejó ver sus ojos pardos de desvelo acostumbrado: nada hijos míos, no es nada, dijo levantándose despacio, anda, bebeos los zumos ya que la vitamina no espera.

Si hay algo que aprendí en la vida es que a las madres por las mañanas no hay que llevarles la contraria, así que nos bebimos los zumos de un trago y nos quedamos sentados esperando unos trozos de pan que se empezaban a quemar en la tostadora, sin despertar la más mínima alerta en mi madre, que estaba mirando a través de la ventana dios sabe qué, aunque a buen seguro nada de interés, porque en ese pueblo minúsculo las mañanas se venían repitiendo desde hacía tantos años que hasta los gallos las dormían enteras.

Tuvimos que levantar la voz para traerla de vuelta a la cocina. Recogió entonces el pan con la punta de sus dedos encallados, y nos sirvió las rebanadas tostadas de más mientras se volvía a sentar en su silla como se sientan los viejos, apoyando las manos en los muslos y exhalando suspiros de desgana. Ni mi hermana ni yo queríamos decir nada que no debiésemos, así que nos quedamos en silencio, mirándola, sin probar bocado, y esperando a que confesase algo, pues algo acabaría diciendo. Nos miró de nuevo y pareció despertar por fin. Suspiró otra vez; no sé hijos míos, dijo encogiéndose de hombros, pero he amanecido con el pensamiento de que algo muy grave va a suceder en este pueblo.

A mi hermana y a mí se nos debió de notar la sonrisa, porque al vernos reaccionar me miró fijamente e insistió, te lo dije, sólo son cosas de vieja, cosas que pasan. Y yo no dije nada, pero en cierto modo sentí una compasión bonita, una ternura extraña, más propia de nieto que de hijo. Qué va a ocurrir, mamá, preguntó mi hermana con retintín, peor no puede ser esto. Y qué sé yo hija mía, dijo bebiéndose su zumo: imagino que ya lo veremos.

Hace alrededor de 5 años

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#3

A mi madre nunca le gustó el drama, es jovial, ríe con todo, incluso desde que murió papá en las guerras ya olvidadas del Caribe demostró su carácter marcado. La vida está hecha para los vivos, los muertos tendrán allá lo suyo, dice a menudo. Así que verla como la vimos aquella mañana no resultaba normal, y a mí, más que a mi hermana, se me contagió un poco la preocupación de mamá, aquel presagio infundado, fruto, quizás, de un mal sueño olvidado, de un recuerdo inhibido.

Como era sábado me distraje haciendo algunos recados que ya no recuerdo, y fue durante la partida de billar con los chicos que se me vino todo de nuevo. Era mi turno, tenía una tirada fácil, y Rodrigo me retó: te apuesto un peso a que no la haces. Parecía imposible fallarla, pero vaya si la fallé, que todos, hasta yo, reímos. El juego siguió y Rodrigo vino al rato. Pensé que quería su peso, así que lo saqué y se lo di. Él no venía por eso, aunque lo cogió de todos modos, y me miró como yo había mirado esa mañana a mi madre. Pero qué te pasó, preguntó, si era una carambola tan sencilla. Cierto, respondí, no sé, ando preocupado por una cosa que me dijo mi madre esta mañana sobre algo grave que va a suceder en este pueblo.

La partida se detuvo y todos me miraron: querían saber. Preguntaron a la vez, así que yo no entendí nada, pero les dije que no anduvieran preocupados, que no sabía nada tampoco, que sólo era un presentimiento de mi madre, ya ven, cosas de vieja. Así que todos se rieron despreocupados cuando entendieron que no había motivo para preocuparse, la partida se reanudó, y Rodrigo se acercó sonriendo y me dijo sigue así, Dámaso, sigue así, que te voy a sacar hasta el último de tus pesos.

Hace alrededor de 5 años

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#4

2) RODRIGO

Se me da bien analizar a las personas. Si no hubiese vivido en ese pueblo imagino que habría estudiado algo relacionado con eso, pero allí las oportunidades escaseaban y a muchos, quizás a los afortunados, nos tocó continuar con el negocio de nuestra familia. Digo a los afortunados porque varios chicos, como Dámaso, perdieron desde muy chiquitos a gente en las guerras. Mi padre no pudo ir porque apenas ve a más de dos metros, y eso en la guerra es poco útil: no porque te vayan a matar pronto o porque tú vayas a matar poco, sino porque es muy probable que acabes matando a alguno de tus compañeros, y eso en la guerra está feo.

El caso es que me hubiese gustado ser doctor, qué se yo, vestir una bata blanca, tener un despacho grandote, una sala donde andar escuchando los problemas de la gente, y cobrarles un buen dinero por aconsejarles pavadas. Pero eso no pudo ser, claro, y menos en ese pueblo a donde ya no llegaban cartas. Y eso que allí, sobre todo allí, todo el mundo tenía problemas privados, pero de tan sabidos y hablados parecían públicos y perdían el interés, digo yo, y entre tanto rumor provocado por tanto aburrimiento ya no se sabía bien qué era verdad y qué no, aunque quizás es eso lo que lo hacía divertido, lo que nos permitía sonreír de cuando en cuando. Ya ven: qué fantasías de mierda. Al final me gané la vida cada mañana cortándole el cuello y despiezando a las gallinas que mi padre criaba con oficio y sin ánimo alguno, y sacándole pesos fáciles a bobos como Dámaso por las tardes.

Como nuestras madres son buenas amigas a Dámaso lo conozco desde hace mucho tiempo, y no me agrada sacarle pesos. Aquel día no le saqué ninguno más, aunque podría haberlo hecho porque el pobre estaba que no estaba. Me dio pena, imagino; y aunque sea pedante, aunque siempre hable de más, aunque siempre tenga respuesta para todo, aunque sea demasiado pejiguero, es un buen chico, no guarda maldad alguna, y eso es lo que más importa.

Hace alrededor de 5 años

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#5

Pese a que le llevo casi seis años siempre hemos andado juntos, y hasta puedo decir que fui yo quién le enseñe a jugar al billar. Durante aquella partida le vi atolondrado, siempre tenía que llamarle la atención para que jugase su turno, porque se quedaba sentado mirando sin mirar y no prestaba atención al juego. Imagino que por eso le reté, quizás para ver si espabilaba, pero ya se vio que no.

No sé bien qué fue lo que le dijo su madre exactamente para tenerlo tan preocupado, y tampoco sé bien qué le dije yo a la mía. Recuerdo que llegué a casa y le di el peso de más a mi madre, que andaba cociendo arroz y desplumando gallinas para hacer su caldo de siempre, pero no me lo quiso coger. La pobre mujer es noble y no siempre se fía de mí; hace bien. Y éste a quién se lo sacaste, hijo, qué has hecho ahora. Traté de calmarla: le gané éste peso a Dámaso de la forma más sencilla, porque es un tonto. Me miró en silencio un rato. Y por qué es un tonto, me preguntó blandiendo el cuchillo. Pues por que falló un tiro facilísimo durante la partida, respondí, y resulta que es que anda preocupado porque su madre dice que algo grave va a pasar en el pueblo. Cosas de vieja, madre, pero parece que le afectó, dije casi sonriendo. Lo que sí recuerdo es la sensación de que a ella no le hizo ninguna gracia aquello; todo lo contrario. Se quedó seria, mirándome con desconfianza, con esa mirada de madre que solo las madres tienen, y antes de darse la vuelta para seguir desplumando gallinas me aleccionó: pues no te burles de los pensamientos de los viejos, porque a veces salen.

3) MERCEDES

Que mi hijo Rodrigo es un caradura lo sabía todo el pueblo. Trabaja poco y su padre está tan harto de él como yo lo estoy de su padre. Cada tanto se lo encontraba durmiendo en cualquier rincón, o haciendo malabares con los huevos más grandes, o tratando de enfrentar a los gallos para verles darse picotazos, así que muchas veces su padre le mandaba a paseo para no tenerlo estorbando por el gallinero. Normal. Y como no siempre le daba dinero, porque claramente no lo merecía, Rodrigo se acababa buscando la vida como podía, hijo mío.

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#6

Yo ni preguntaba, que hiciese lo que le viniese en gana mientras no se muriese ni matase, aunque a veces me llegaban cosas a los oídos que no me gustaba escuchar. No las podía probar, y tampoco me las creía, pero si las había escuchado yo es porque antes las habían escuchado el resto, y aunque sabía que eran habladurías, la gente las creía por ciertas, y qué nos queda en esta vida sino es la reputación.

Mira, recuerdo que durante los primeros años de las guerras paraba mucho con Luisa, sobre todo después de que su marido se dejase la vida allá. Rodrigo tenía entonces ocho o nueve años y es ahí que empezó a llevarse con Dámaso, que apenas tenía tres, más o menos, aunque puedo equivocarme, hace ya tanto. Lo trataba como al hermano que nunca tuvo. Luisa y yo cuidábamos bien de Laura, que acababa de nacer y ya crecía sin padre, así que a mí me tocaba lidiar con el desconsuelo lógico de Luisa y los llantos naturales de Laura, pero nunca me importó porque no tenía demasiado que hacer y me apabulla el sonido maldito de las gallinas pululando sin sentido por mi casa.

Las habladurías de todos eran tan constantes en tiempos de guerra que nos habituamos a vivir entre mentiras, y nos inventamos una realidad incierta que sólo íbamos corrigiendo en base a las pocas cartas que iban llegando. La mayoría de los hombres de acá marcharon a luchar las últimas batallas del ejército liberal del coronel Buendía, pero les puedo decir que fueron sin ganas porque todo andaba ya perdido desde hacía mucho; y además, ganase quien ganase, en ese pueblo nadie notaría cambios. Así que escribían de cuando en cuando, quizás una vez o dos al mes, y hubo una época en que la llegada del cartero lo era todo para todos: a ver cuántas cartas menos venían aquel mes. Y sobre todo: a ver para quién no había esa vez.

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