A_Pereira
Rango9 Nivel 42 (3694 ptos) | Escritor autopublicado
#1

Siete segundos antes de morir, Ron Dextron conducía aquel autobús a través de la avenida Sorensson, ensimismado, pensativo; al echar un vistazo hacia los asientos traseros recordó a Elizabeth, aquella quinceañera a la cual había amordazado, golpeado, violado y, finalmente, asesinado, en el pequeño garaje de una solitaria cabaña, a las afueras de Potter Town. Rememoró sus gestos, sus gritos; su sufrimiento. Siete segundos antes de morir, miró hacia un pequeño banco, situado junto a la próxima parada donde aguardaban varios pasajeros; sobre éste, un chico, joven, camiseta de color violáceo y un corte de pelo bastante extraño, hablaba por el móvil, sin prestar mayor atención a todo cuanto le rodeaba. James Evory, «Rub», para sus amigos, discutía con su madre, gesticulando y sonriendo con una expresión de burla; siete segundos antes de morir, aquel muchacho había quedado con sus amigos a las puertas de un videoclub; pertrechados con armas de juguete y unas máscaras de «paintball», habían decidido pasar un fin de semana en Turderland, a pocas millas de la ciudad, pero siete segundos antes de morir,

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32
ZABohn
Rango3 Nivel 13
hace más de 4 años

Uf! qué bueno!

Coketti
Rango6 Nivel 27
hace más de 4 años

La tensión está genialmente construida :) ¡Sigue así! Y si tienes tiempo, pásate por mi relato, "Aquel verano sin tregua"

Francisco_Merchan
Rango10 Nivel 48
hace más de 4 años

Me encanta. Una fotografia multiple bien construida. Si te apetece hojea mi relato "Curiosidades". Un saludo y sigue así.

A_Pereira
Rango9 Nivel 42
hace más de 4 años

Lo haré. Gracias ;-)

Jhusun
Rango6 Nivel 27
hace más de 4 años

Interesantes , pueden ser 7,6,5,4,3,2,1...., simepre alcanzan para recordar lo que queremos, o lo que no queremos

Bulldozzzer
Rango6 Nivel 29
hace más de 4 años

Me gusta el planteamiento. Muy humildemente diría que hay algunas comas que innecesarias que entorpecen la lectura ;)

Charlies27
Rango13 Nivel 61
hace más de 4 años

Buena forma de empezar una historia


#2

decidió llamar a la señora Evory, la misma y desubicada mujer que tres meses antes había decidido abandonar a su padre por aquel tipo diez años más joven, cuerpo de gimnasio y el cerebro de un mosquito; seis segundos antes de morir, Rachel, oyó con resignación aquella retahíla de improperios e insultos que, su indignado vástago, le dedicaba al tiempo que, con el rabillo del ojo, observó a Jimmy, su Donjuán, su nuevo Dios del sexo y el «método cortesano», su nueva razón «de etat», el cual parecía bastante ensimismado leyendo un mensaje de texto en su celular. El muchacho sonrió para sí, hizo un gesto, algo abrupto, tal vez, el cual llamó la atención de su desconfiada pareja. Seis segundos antes de morir, Brenda, la nueva «corre ve y dile» de la oficina, la nueva succionadora e insaciable becaria dispuesta a todo, mandó un inusual, ambiguo, saludo a su compañero, acompañada de una foto suya en la que mostraba su última adquisición en Victoria´s Secret. Seis segundos antes de morir, la nueva secretaria de Tim&Burton había mandado a paseo a su antiguo novio, un joven anodino y apocado operario, un limpiador de fosas sépticas el cual no daba crédito a todo aquello que su, poco agradecida, ex novia le soltó en mitad de aquel restaurante de comidas rápidas, ante la atónita mirada de una familia de japoneses, turistas, baño de refresco de cola sobre la cabeza, incluido; Francis no supo qué decir, qué pensar; se limitó a mirar a su alrededor, boquiabierto, seis segundos antes de morir, sin saber que en el parking exterior aguardaba Leroy Juárez, un «yonqui» desesperado en busca de nuevos «clientes» a los que descargar de algún dinero; seis segundos antes de morir, aquel joven delincuente observó como, un niño de pocos años, lo miraba desde el asiento trasero de la ranchera que conducía un tipo corpulento, el cual no dejaba de discutir con la señora que iba a su lado, seguramente su esposa; seis segundos antes de morir, Michael Nevers, estudiante de primaria y campeón honorífico en poner de los nervios a sus padres, encontró un rojizo zapato de tacón, bajo el asiento de Jim, su padre, ante la atónita mirada de Sandra, su madre, la cual se lo arrebató con violencia, golpeando, una y otra vez, a su marido, de modo que no pudo evitar que el vehículo chocase contra un contenedor de basuras; cinco segundos antes de morir, Rosa López caminaba junto a una amiga cuando aquel coche impactó contra el bidón, desparramando por la acera una gran cantidad de bolsas incluyendo el cadáver de una adolescente, la cual quedó en el suelo, mirando a las dos chicas con una ausente mirada; ambas, despavoridas, gritaron fuera de sí llamando la atención a un joven policía que, en ese instante, hablaba a través de su celular; cinco segundos antes de morir, James Vanderholt se acercó hasta el lugar, dejando de lado a su novio que viajaba en la parte trasera de un autobús; Joseph Leeman, cajero, desde hacía pocos meses, en el Banco Center, justo enfrente de la parada en la que solía bajar todos los días; cuatro minutos antes de morir, un grupo de hombres, ataviados con pasamontañas y subfusiles AK-47, habían entrado en el edificio, de modo que cuatro segundos antes de morir, salieron de las oficinas, apresuradamente, seguidos muy de cerca por un Vigilante de Seguridad el cual los increpó con un revolver entre las manos; cuatro segundos antes de morir, uno de los atracadores agarró al chico que despotricaba en el banco, con lo que, acto seguido, comenzó a disparar, a diestro y siniestro, en dirección al «arrojado guardián»; tres segundos antes de morir, el autobús recibió una ráfaga en sus neumáticos, haciendo que el conductor perdiera el control del vehículo y chocase contra una de las farolas de la avenida; dos segundos antes de morir, Joseph se arrojó al suelo y rodó por el mismo, sin control, tras lo cual chocó contra una de las barras de sujeción del pasillo; un segundo antes de morir, los atracadores corrieron hacia una furgoneta que se detuvo detrás del varado transporte, sin embargo el joven «Rub» se resistió violentamente y se llevó un disparo procedente del revolver del guardia de seguridad; justo antes de morir, el ladrón soltó el cuerpo del inerte muchacho y disparó con rabia a todas partes, alcanzando al agente el cual cayó al suelo, sin dejar de apretar el gatillo de forma incesante; tres segundos antes de morir, Ron salió del vehículo y corrió en dirección opuesta al tiroteo, pero un descontrolado furgón lo arrolló lanzándolo varios metros por la calzada y huyó envuelto en una nube de ráfagas y detonaciones; un instante antes de morir «Rub», se lamentó tristemente, oyendo los gritos de su madre a través del teléfono; un instante antes de morir, todo dejó de tener importancia para él.

Nebulity
Rango6 Nivel 28
hace más de 4 años

Espero que puedas continuar con la historia. ¡Suerte!

Fluoxetina
Rango9 Nivel 40
hace más de 4 años

Me parece una de las más originales. Enhorabuena y suerte! Y ahí te dejo mis likes


#3

Cuatro segundos antes de morir, Brenda caminó por el aparcamiento, registrando su bolso en busca de las llaves del coche, cuando notó la afilada hoja de la herramienta de Leroy. Sin mediar palabra, éste, introdujo su mano en el interior de la bolsa, en busca de algo más que un pintalabios o un anodino tampón. La joven, bastante asustada y desconcertada, la soltó de modo que todo se desparramó por el suelo; dos segundos antes de morir, aquel amante del «Crack» y las drogas de diseño, tuvo el impulso de zanjar el asunto con su delgada «varita» de acero, sin embargo no se percató de que la chica se había quedado con algo en la mano, un «táser» que utilizó contra el cuello de aquel delincuente de poca monta. Dos segundos antes de morir, aquella descarga recorrió su cuerpo hasta alcanzar un castigado corazón el cual, se detuvo de repente, al ser acariciado por semejante vendaval. Un segundo antes de morir, la joven secretaria sintió parte de aquel festival de luz en sus propias carnes; creyó que el exceso de voltios había saltado de aquel tipo hasta ella, sin embargo justo antes de morir, se miró el pecho y descubrió un afilado cuchillo clavado en él. Observó como todo se fue enrojeciendo, poco a poco, en torno al metálico objeto; con paso lento, pero decidido, volvió nuevamente al restaurante donde aún permanecía Francis, intentando digerir todo aquel aluvión de noticias; tomó asiento frente a él y le sonrió de un modo extraño. El muchacho miró su mano; aún portaba aquel arma disuasoria entre sus dedos. Quiso arrebatársela, pero ella se negó. La muerte nos hace hacer tantas tonterías…, no obstante, dos segundos antes de morir, Roy Carpenter, el compañero de James, extrayendo una conclusión errónea, apuntó con su revólver a un confundido ex novio, sin percatarse siquiera que, un segundo antes de morir, la muchacha dio su último estertor con un ligero apretón en el pulsador de aquel chisme, descargando el resto de la batería en el brazo del agente. Poco antes de morir, no pudo evitar que aquel arma se le disparase, una y otra vez, alcanzando la cabeza de aquel desamparado joven, la espalda de aquella monja que sorbía cola a través de una pajita, la oreja de aquel vendedor de aritos de cortina de baño y la bombona de propano que alimentaba de gas a todo el maldito restaurante. Un segundo antes de morir, Samuel L. Curtis, encargado de cocina, ex «quarterback» del equipo local y coleccionista de insectos miró a un anonadado subordinado, Mario Quijo, encargado de la freidora de patatas fritas, entrenador de Pokemon y virgen, poco antes de que una lengua de gas incendiado recorriera todo el local, convirtiéndolo todo en una infernal bola de fuego. Cuatro segundos antes de morir, los ocupantes del vehículo, bajaron a toda prisa, al ver la reacción de aquella chica que gritaba fuera de sí desde la acera. Al descubrir aquel panorama, decidieron volver de nuevo al coche y salir pitando de allí, sin mayor dilación, pero dos segundos antes de morir, James extrajo su pistola y les dio el alto, con insistencia; los Nevers hicieron oídos sordos a aquel requerimiento y decidieron proseguir con «su matinal periplo», con tanta prisa que, Jim, obvió la señal de «Stop» del cruce. Tres segundos antes de morir, Hudson Row, conducía su enorme tráiler por la avenida Four Banners, ensimismado, oyendo aquella balada Country, cuando un potente destello lo cegaron parcialmente; dos segundos antes de morir, el restaurante de comidas rápidas y voladoras, cerró definitivamente, lanzando a los Cuatro Vientos gran cantidad de fragmentos de todo tipo. Un momento antes de morir, el sorprendido conductor se percató, demasiado tarde, que una ranchera había invadido la calzada, a gran velocidad, de modo que la arrolló violentamente, convirtiéndola en un amasijo de hierros deforme. El voluminoso camión volcó cayendo, sobre la ahora muy unida familia Nevers, arrastrando el contenedor varios metros sobre el asfalto. Poco antes de morir, el señor Row resopló aliviado al romper los fragmentados cristales de la ventanilla, momento en el que pudo salir de allí, sin ningún rasguño. En ese instante un ligero silbido le llamaron la atención; miró de soslayo hacia un lado, justo donde aún giraba una de aquellas enormes ruedas; poco antes de morir, descubrió una placa de metal, algo ennegrecida, clavada en uno de los neumáticos, en la que aun podía leerse: Mari… Qui…, justo antes de que reventara como una bomba, justo delante de sus narices. Cuatro segundos antes de morir, el agente Vanderholt se dirigió a las dos aterrorizadas adolescentes, sin dejar de mirar todo el caos que reinaba entorno suyo. Tres segundos antes de morir, la deflagración hostelera había dañado uno de los postes de Alta Tensión que cruzaban la zona; uno de los cables relampagueo con fuerza sobre uno de los callejones adyacentes, sin embargo el policía se percató de ello y le pidió a las dos muchachas que se alejaran de allí, por precaución. Sesenta segundos antes de morir, Arthur Pilgrim viajaba en el vuelo 608 de la Compañía Neverland con dirección a Nebraska; un viaje de negocios, como no podía ser de otro modo. Llevaba un rato oyendo discutir a una de las azafatas la cual no dejaba de aporrear la puerta con insistencia, sin embargo treinta segundos antes de morir decidió levantarse para ir al baño, y ya de paso, echar una ojeada. Quince segundos antes de morir, Phil Stewart, piloto con experiencia, ex marido por quinta vez y amante de las comidas rápidas, decidió darse de baja en la compañía, el mismo día que uno de esos médicos del centro Leeman, había decidido ponerlo en cuarentena, debido a sus problemas de sobrepeso y al síndrome de narcolepsia que le provocaban aquellos kilos de más, aparte de su extraña afición por aquellas películas japonesas sobre pilotos de la Segunda Guerra Mundial; hecho que provocaba cierta inquietud en todos los que, con él, tenían que trabajar con regularidad. Diez segundos antes de morir, tras invitar a su compañero a un café, aderezado con sustancias tranquilizantes, tomó los mandos de aquel aparato y puso rumbo al McGuire (restaurante de comidas rápidas) de la avenida Four Banners, el mismo que solía frecuentar su psiquiatra, todos los días a la misma hora. Con una enorme sonrisa, puso aquel chisme a máxima potencia, imaginándose que estaba en una de esas batallas navales, luchando contra un enemigo superior. Ocho segundos antes de morir, el señor Pilgrim, asistía atónito a una escena en la que una de las azafatas intentaba romper aquella maldita puerta a base de golpes con un extintor; sin éxito. Cogió su celular y tres segundos antes de morir decidió llamar a su jefe para dejarle un recado en el buzón de voz. Con una sonrisa, le dijo que llevaba varios años acostándose con su mujer y que su hijo, el estudiante modelo, el ojito derecho de su suegro…; poco antes de morir, James y las dos adolescentes, contemplaron atónitos aquel gigantesco pájaro, el cual fue descendiendo a gran velocidad, al tiempo que sus motores hacían un ruido ensordecedor; pavoroso. Poco antes de morir, Phil no calculó bien su trayectoria, de modo que, sin saberlo, se encontró en la línea de vuelo de otro Boeing que iba a tomar tierra; en ese preciso instante, ambos aviones se cruzaron, provocando una descomunal explosión sobre los cielos de Potter Town. Una de las jóvenes, aún llevaba entre sus manos el celular. En su pantalla aún podía leerse: «Horóscopo: No hagas planes a largo plazo». Poco antes de morir, ella lo miró y sonrió con sarcasmo, instantes antes de que el ala de uno de aquellos aparatos, bajara, dando vueltas como un boomerang, en dirección a donde ellos se encontraban.
Siete semanas después, una patrulla se personó en el 113 de Ocean Wave en respuesta a una llamada procedente del mismo domicilio. Una vez allí, encontraron a un chico joven con un «stick» de hockey clavado en la frente y una mujer, algo más mayor, con signos evidentes de haber ingerido una gran cantidad de barbitúricos. Un extraño olor, procedente de la cocina, alerto a Sam Wiston, el cual momentos antes de morir, no pudo impedir que su compañero encendiera aquel cigarrillo,

Montse
Rango4 Nivel 18
hace más de 4 años

Como experimento está muy bien. Valoro la originalidad y te felicito por ello. Pero creo que esto es válido para un cuento corto. Una vez llegas del segundo 7 al 1 que vuelva a empezar... buff. Otra cosa que me molesta durante la lectura es la anteposición del adjetivo al verbo. Supongo que has leído mucha novela anglosajona (y mal traducida, claro). En castellano la anteposición del adjetivo suena arcaica y se puede hacer de manera puntual para dar mayor preponderancia, para resaltar esa cualidad.

A_Pereira
Rango9 Nivel 42
hace más de 4 años

Gracias por tus consejos. Tomaré buena nota de los mismos. Un cordial saludo

G_Rurba
Rango15 Nivel 73
hace más de 4 años

texto atractivo, lleno de acción y originalidad. Me gustó y me sigue gustando. suerte!


#4

provocando que una bocanada de fuego emergiera de allí, iluminándolo todo a su paso de un modo extraño; como una luz estroboscópica, todo pareció ralentizarse, poco a poco, hasta detenerse en aquel preciso instante.
Siete segundos antes de morir, el Mundo se detuvo en una silenciosa pausa.
Un sorprendido agente de policía miró a su alrededor, sin llegar a comprender, exactamente, qué era lo que allí estaba sucediendo. Miró a su compañero, encendedor en mano, sin embargo estaba tan inmóvil como todo lo demás.
−« ¿Qué está pasando?»− pensó inquieto.
Se dio la vuelta y salió a la calle. El panorama allí era exactamente igual al del interior de la casa. Todo se había detenido fuera: coches, personas, incluso los aviones en el cielo. Una insólita penumbra parecía envolverlo todo en el exterior, no obstante el cielo estaba despejado. Caminó unos pasos por el jardín y volvió la cabeza hasta el horizonte, donde brillaba el Sol. Para su sorpresa, descubrió una gigantesca bola de fuego, coronada por multitud de brazos ígneos, semejante a la descomunal explosión de una supernova. Lo observó con detalle durante unos segundos; también se había paralizado, concluyó.
Procedente del otro lado de la acera, llegó a sus oídos el sonido de una voz; parecía venir de un aparato de televisión. Se aproximó hasta allí y pudo ver, a través de una de las ventanas, como una familia, dos adultos y un niño, miraban hacia el aparato, el cual emitía un mensaje de un modo repetitivo.
−«Alerta, se ha declarado el Estado de Emergencia Nacional, toda persona ha de llevar su Tarjeta de Identificación en un lugar visible, de lo contrario será detenida y llevada a un Centro de Detención Preventivo, repito…»− una impasible voz repetía aquel mensaje, una y otra vez.
Negó con la cabeza, intentando de apartar de la misma, algunos pensamientos; no alcanzaba a entender el por qué de todo aquello.
Anduvo por las estáticas calles durante un rato, hasta que llegó a una especie de mirador desde el que se podía contemplar gran parte de la ciudad.
−«Stone Roses»− encontró en una placa.
A lo lejos, recortándose sobre el horizonte, descubrió un anaranjado hongo nuclear emergiendo de entre los edificios. Suspendidos en el aire, dirigiéndose de un lugar a otro, contempló varios misiles de gran tamaño; muy parecidos a esos cohetes con los que la NASA envía sus misiones al espacio.
Algo vibró en uno de sus bolsillos. Sam extrajo un celular; alguien le había mandado un mensaje instantáneo.
−«No olvides de recoger a Jennifer del colegio- Lily»−leyó en una reverberante pantalla llena de interferencias.
El joven policía caminó, durante un buen rato, hasta que llegó a las inmediaciones de un colegio. Allí, varios alumnos corrían de un lado para otro, portando armas automáticas; cubrían sus caras con mascarillas de gas y pasamontañas. Aquel era el escenario de una masacre; como todo. Un chirrido, leve, pero continuo le llamaron la atención. Procedía del lado opuesto al de la entrada del centro. Al otro lado de la acera, había un pequeño parque infantil, donde «Jenny» solía esperarlo con frecuencia.
Sobre uno de los columpios, se balanceaba la pequeña con un semblante de indiferencia; tarareaba para sí alguna clase de canción infantil. Al percibir la presencia de su padre, giró la cabeza, tras lo cual le sonrió con dulzura.
Sam no daba crédito a lo que veía ¡Estaba allí! Pensó con inquietud.
−Hola papá ¿ya has vuelto del trabajo?−le preguntó sin dejar de moverse de un lado para otro.
El agente cerró los ojos; con un gesto de sufrimiento.
−Sí…, cariño, ya he acabado por hoy…−le respondió.
− ¿Podemos volver a casa?
−Claro…−dijo mirando hacia uno de los tejados del edificio adyacente desde el cual se podían observar varias personas saltando a través de sus ventanas; huían de lo que parecía un incendio.
Notó que alguien le dio la mano y pudo comprobar que la pequeña ya se encontraba allí.
−Ven conmigo−le dijo ella.
Caminaron durante un largo trecho hasta llegar a las puertas de un cementerio. La valla exterior se encontraba cubierta por las plantas; el lugar parecía estar abandonado desde hacía bastante tiempo. Atravesaron la puerta y tomaron un pequeño sendero de baldosas amarillas; relucientes estaban, en comparación con el resto del lugar. Sam advirtió algo insólito: del interior de las tumbas parecían estar emergiendo los muertos que las ocupaban. Recordó aquella serie que tanto le gustaba a su compañero.
−No tengas miedo, papá, no pueden hacernos daño−le dijo «Jenny» con una pueril sonrisa.
Él asintió conforme.
Prosiguieron con su «paseo» hasta que llegaron a una tumba sobre la que había una efigie de mármol; oscuro. Una niña pequeña sostenía entre sus manos una bandeja sobre la que nadaba una tortuga.
−«A las víctimas del 13 Sherish Gate…, Jennifer Winston, 6 años…, Lily Winston, 28…»−leyó en una elegante estela.
−No estés triste, papá−le dijo ella con dulzura.
Sam le dedicó una sonrisa, al tiempo que sus pensamientos se llenaron de tristes recuerdos.
−Señor Winston ¿se reafirma usted en su declaración? Le recuerdo que está bajo juramento.
Se encontraba en la Sala de un Tribunal; todo el mundo lo observaba con atención, pues estaba sentado en el estrado, junto al Juez, el cual lo miraba con un gesto de suma gravedad. Frente a él, un tipo con un semblante serio que evitaba mirarlo directamente.
Miró, de reojo, hacia un enorme reloj de pared, cuyo «tic, tac» resonaba en toda la sala, acompañando los latidos de su propio corazón. Siete pasos de la aguja…
− ¡Sí…! Lo siento, pero no vi nada−respondió con reservas.
El magistrado dio un sonoro martillazo que lo retrotrajo de sus propios pensamientos; aún estaba en el camposanto. Sujeto por una piedra, sobre el sepulcro, encontró una hoja de periódico.
−«Charles Ryder, comete el mayor atentado en la historia del Metropolitano de River´s Bend»−en la misma página, podía verse a aquel individuo de ojos huidizos, en la foto de una ficha policial.
Un fuerte vendaval le arrebató el trozo de papel, elevándolo por los aires hacia algún lugar desconocido. A cierta distancia, advirtió que alguien lo miraba junto a una boca de incendios. El agente se aproximó hasta él; se trataba de Charles.
−Yo no lo hice, tienes que creerme−dijo con un tono de súplica.
−Todos dijeron que sí…
−Tú sabes que no, puedo «verlo» en tus ojos.
−Lo que yo crea ha dejado de tener importancia, todo ha terminado−dijo señalando a su alrededor.
− ¡No…! Si tú quieres, aún puedes hacer algo, si de verdad las amas...
− ¿Cómo?−preguntó con escepticismo.
−Mira hacia allí, al mausoleo−señaló una elevada construcción, coronada por dantescas gárgolas−, entra allí y…
− ¿Y?
−Haz lo que debas−le dijo poco antes de desvanecerse en el aire.
Sam fue hasta donde aquel hombre le había señalado y empujó una destartalada puerta de madera; chirrió con fuerza, en el interior de aquel lúgubre espacio. A un lado y a otro, sepulcros con figuras esculpidas, de aspecto arcaico; medievales, parecían. En el interior de uno de sus bolsillos vibró el móvil; extrañado, lo extrajo.
−«Lily»−vio en la pantalla. Le había mandado otro mensaje.
Miró a su alrededor, y sin saber cómo, se encontró en mitad del «parking» de un supermercado. A sus pies había un par de bolsas de plástico; decidió leerlo.
−«No olvides comprar el pan de molde, mañana tenemos esa excursión en el centro de la ciudad-Lily»−examinó su contenido, una y otra vez.
−«No puede ser, no puede estar ocurriendo de nuevo…»−se dijo a sí mismo, angustiado.
Con paso diligente fue hasta el establecimiento y se dirigió hacia el chico que trabajaba en la máquina registradora.
−Disculpe…−comenzó a decirle.
− ¿Sí?, ¿en qué puedo ayudarle?−le preguntó el muchacho con interés.
−Verá, le parecerá extraño…, pero ¿qué día es hoy?−lo dijo con cierto pudor.
− ¿Hoy…?−con cierta indiferencia, el cajero miró un pequeño almanaque que había adosado en un lateral de la caja−. Doce, creo –respondió.
− ¿Doce?−dijo para sí en voz alta.
−No se preocupe, me suele suceder lo mismo, pero nada que no pueda arreglarse con un ramo de flores−dijo el joven, al tiempo que le guiñó un ojo.
Le sonrió algo contrariado.
−Gracias−le dijo; acto seguido decidió volver al exterior y, bolsas en mano, se encaminó hacia su vehículo; un Chevrolet gris con la carrocería algo descolorida.
Dejó las bolsas en los asientos traseros y abrió el maletero, tras lo cual resopló con fuerza. En el interior había algo, oculto bajo una gruesa manta con la «Navy Jack» estampada. Al apartarla, pudo ver un extraño artefacto, hecho con unas fiambreras, repletas de gran cantidad de explosivo plástico, adosadas a un reloj electrónico.
−«Haz lo que debas»−resonó en su cabeza.
Sam Winston condujo a través de la avenida Cabbot, cuando se detuvo en un semáforo; entre sus dedos acariciaba algo parecido a un mando a distancia.
−«Todo comienza con una simple elección»−leyó en un cartel iluminado por un tembloroso fluorescente; se trataba del anuncio de una película.
Un cúmulo de ideas se agolpó en su cabeza en ese preciso instante, de modo que al ponerse en verde, giró 180 grados y tomó una dirección diferente a la que tenía prevista en un primer momento. Mientras conducía, pulsó en el salpicadero; el sonido de la llamada se oyó en el interior del coche.
−« ¿Sam, eres tú?, ¿va todo bien?»−se oyó la voz de una mujer.
−Sí, cariño, no te preocupes, solo quería oír tu voz de camino a casa, eso es todo ¿está «Jenny» despierta?−dijo con un tono esperanzador.
A la mañana siguiente, en los suburbios, a las afueras de la ciudad, una pareja de agentes de policía encontró, alertados por un grupo de muchachos que merodeaban por la zona, el cadáver de un tipo en el interior de una furgoneta cargada de explosivos. Un «yonqui», Leroy Juárez, había muerto; un ajuste de cuentas, tal vez.
Siete segundos antes de morir, aún tuvo tiempo de escribir algo, con su propia sangre, en el cristal delantero del vehículo:
−«Plantad un árbol».

Hace más de 4 años

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escritor_4683
Rango1 Nivel 0
hace más de 4 años

Muy yankie; negro, gore, pero muy bueno.


#5

«Jenny» saltó sobre su padre, el cual aún permanecía tumbado boca abajo, en la cama, algo adormilado.
− ¡Despierta perezoso!−le dijo ella riendo, al tiempo que le hacía cosquillas.
Sam se dio la vuelta con rapidez y la cogió por la cintura, elevándola por el aire de modo que «quedó indefensa», moviendo los brazos y las piernas, como si volase.
Lily oyó el alboroto y fue hasta el dormitorio. Se asomó a la puerta desde donde observó la escena con una sonrisa dibujada en el rostro.
−«Jenny», ve a ducharte, tenemos que prepararnos para ir al centro, vamos, papá tiene que ir a trabajar−le dijo a su hija con un tono dogmático.
− ¡Vaaa…!−se quejó−. Me encantaría que pudieses venir con nosotras, de verdad.− hizo un mohín de disgusto.
− ¿De verdad, quieres que vaya con vosotras?
Su mujer lo miró con extrañeza.
−Sam ¿no tenías que trabajar, hoy?
Éste dejó a la pequeña aun lado y se tumbó de costado, pensativo.
−No me encuentro muy bien…, llamaré a la Central para decirles que he debido coger algún virus, que no me encuentro bien ¿qué te parece?
− ¿Estás seguro?
− ¡Bien!−exclamó la niña, levantando los brazos en señal de victoria.
El padre se levantó de la cama con celeridad; seguidamente se dirigió hacia un pequeño baño, anejo al dormitorio.
−Voy a darme una ducha, no tardo−dijo con una amplia sonrisa al tiempo que cerró la puerta.
Al girar el pomo, notó que alguien le dio unos toquecitos en el hombro. Miró tras de sí y descubrió a una chica, vestida con uniforme, en cuyo pecho llevaba una dorada placa:
−«Cybill- Azafata»−leyó asombrado.
La miró sin dar crédito a sus ojos. Miró a su alrededor y se dio cuenta de que se encontraba en el interior de un avión; estaba en el aire. Unos fuertes golpes procedentes de algún lugar, cerca de la cabina de los pilotos, le llamaron la atención.
−Disculpe señor, ha de volver a su asiento, tendremos que hacer una parada técnica en River´s Bend, por favor…
− ¿Qué ocurre?, ¿cómo he llegado hasta aquí?−le preguntó enojado.
−Disculpe señor, ha de volver a su asiento−le dijo, recalcando sus palabras.
− ¿Qué vuelo es éste?
La auxiliar de vuelo lo miró con escepticismo.
−El 608 de Nebraska, señor, y si no le importa…
− «A Nebraska…»−se dijo a sí mismo.
Siete segundos antes de morir, Sam Winston miró hacia uno de los asientos donde, un tipo con aspecto de contable, hablaba por teléfono con una sonrisa cargada de malevolencia.
−« ¡”Jod…”!»−comenzó a decir cuando todo a su alrededor se convirtió en una resplandeciente nube de fuego.
Todo se ralentizó entorno suya como si una imagen de vídeo se tratase. Sam negó con la cabeza y abrió la puerta de la que había salido, momento antes. Al cerrar la hoja oyó el bullicio de gran cantidad de personas a su espalda. Al darse la vuelta advirtió que se encontraba en uno de esos restaurantes de comidas rápidas. La gente iba y venía, con bandejas en sus manos, comiendo, charlando…
−«Creo que voy a volverme loco»−pensó mirándolo todo a su alrededor−. « ¿Y ahora qué?».
Una chica joven, procedente de la calle, chocó ligeramente contra él, sin embargo ésta no se detuvo, siguió caminando de un modo pausado. El anonadado policía la siguió con la vista hasta que la vio sentarse frente a un joven con aspecto de vendedor de seguros. Ella dejó caer su mano sobre la mesa, haciendo chocar un oscuro artefacto sobre la misma.
Notó, por el rabillo del ojo, que había alguien a su lado. Al girar la cabeza, encontró a un niño pequeño de pocos años.
− ¿Cómo ha hecho eso?−le preguntó con una tímida vocecita.
− ¿El qué, pequeño?
−Aparecer así−dijo con un tono de obviedad−, acabo de salir del baño y no le he visto entrar.
Siete segundos antes de morir, el joven policía se sintió completamente fuera de lugar frente a aquel niño, el cual lo miraba como si de un extraterrestre se tratase.
− ¿Cómo te llamas, «hijo»?
−Isaac−respondió.
De repente, alguien comenzó a disparar con una pistola en el interior del establecimiento. Sam pudo ver a un agente de policía, enarbolando su arma, aturdido, cayendo hacia atrás. Pudo apreciar, con detenimiento, como una de las balas atravesó el local de una punta a la otra, hasta llegar a lo que debían ser las cocinas; una ola de fuego lo inundó todo a su alrededor, la cual, poco a poco, fue ralentizándose hasta quedar suspendida en el tiempo. Poco antes de darse la vuelta, advirtió que el pequeño llevaba un adhesivo pegado al pecho:
−«I. Higgs»−pudo leer.
Entró en el baño, cerrando la puerta tras de sí. Al hacerlo, se vio a sí mismo en una amplia avenida de River´s Bend; acababa de salir de un banco. Nada más dar unos pasos por la acera, aparecen unos individuos procedentes de la sucursal, portando armas automáticas y varias mochilas con una pesada carga en su interior. Todos pasaron a su lado, haciendo caso omiso a su presencia. Un Vigilante de Seguridad los perseguía, apuntándoles con su revolver. Las balas comenzaron a silbar, a diestro y siniestro; por todas partes, hasta que una de ellas alcanzó al guardia y a uno de los atracadores, junto a un muchacho al que había tomado como rehén. Un autobús frenó haciendo sonar sus neumáticos sobre el asfalto, tras lo cual impactó contra una farola, provocando que ésta cayera, de un modo amenazador, sobre Sam. Éste se echó las manos a la cabeza en un afán de auto-protegerse, sin embargo todo se detuvo al momento.
−«Otra vez»−se dijo a sí mismo.
De nuevo, regresó a la puerta de la que había salido y la cerró tras él. Al darse la vuelta, se encontró en mitad de una especie de alargado corredor, en cuyo término, había una parada de autobús, iluminada con unos tímidos fluorescentes. Con reservas fue hasta la misma y tomó asiento. Miró a un lado y a otro; el lugar se encontraba desierto.
−« ¿Y ahora qué?»−se dijo a sí mismo.
De repente algo vibró en uno de sus bolsillos. Introdujo su mano y extrajo el celular. En la pantalla, saturada por una especie de lluvia estática…
−«Sandra Myers, 14 años, desaparecida cuando se dirigía a la escuela nocturna en la que estudiaba»−leyó, no sin dificultad, en la primera plana de un recorte de prensa, perteneciente al periódico local.
De improviso la imagen cambió, mostrando otro titular del mismo diario…
−«Jennifer Winston, 17 años, desaparecida en las inmediaciones de un centro comercial…»−contempló horrorizado al reconocer el rostro de su propia hija en una foto.
−«Disculpe, señor ¿puede decirme qué hora es?»−oyó la voz de una muchacha.
Al girar la cabeza, encontró a una muchacha, una adolescente la cual llevaba una colorida carpeta entre sus brazos y una abultada mochila a la espalda. Sam miró a su alrededor y descubrió que se encontraba en la ciudad. Titubeó con reservas tras lo cual se miró en la muñeca. Llevaba un reloj muy sofisticado.
−« Siete segundos para la irreversibilidad entrópica»−era todo cuanto se podía ver en su brillante y amplia pantalla líquida.
Miró a la joven.
−Creo que son las diez, lo siento, mi reloj no funciona demasiado bien−le dijo encogiéndose de hombros.
−Gracias−fue todo cuanto dijo; se quedó pensativa, mirando hacia algún lugar al frente.
Sam levantó la vista y encontró una enorme valla publicitaria en la que podía verse el cartel de una película:
−«Todo comienza con una simple elección»−leyó en el mismo.
Al momento, un metalizado autobús se detuvo frente a la parada. Los mecanismos hidráulicos de las puertas chirriaron con fuerza. La chica miró a Sam y le dedicó una tímida sonrisa, poco antes de subir al vehículo. Colocó una tarjeta en un moderno sensor y pasó dentro. El joven policía decidió subir también.
−Oiga, amigo, es solo para los estudiantes de la escuela nocturna, acaso ¿es usted profesor?−le preguntó el chófer.
Sobre el pecho llevaba una tarjeta de empleado:
−«Ron Dextron- Compañía de Transportes Lieberman»−leyó.
−Sí…, soy empleado−respondió con reservas.
− ¿Ha traído su tarjeta de transporte?
−Creo que…−dijo registrándose los bolsillos del pantalón−, llevo poco tiempo aquí y…
−Sí, ya veo que ha adquirido, muy pronto, los vicios de sus colegas ¡déjelo! Tome asiento, no olvide traerla mañana ¿de acuerdo?−refunfuñó bastante molesto.
−Gracias…, señor Dextron−le sonrió al tiempo que tomó asiento tras él.
Sam miró su reloj y descubrió que éste había cambiado.
−«2 horas…»−observó.
El conductor lo miró a través del espejo retrovisor con desconfianza.
− ¿Qué es lo que hace allí?, ¿profesor, vigilante…?
−No…, en realidad soy policía−respondió con un tono grave.
Volvió a echar un vistazo al dispositivo de su muñeca.
−«Entropía equilibrada»−se mostró al instante.
El tipo detuvo el vehículo frente a una parada en la cual podía verse, claramente, que no esperaba nadie. Ron salió de su asiento, sin decir nada, tras lo cual abrió las puertas y, con aire meditabundo, bajó del mismo. Se alejó varios metros y comenzó a correr a través de un oscuro callejón, lleno de cubos de basura y contenedores para escombros. Jadeante, se escondió bajo un portal, iluminado por una verdosa bombilla. Resopló aliviado al comprobar que nadie lo había seguido, sin embargo, notó algo frío y muy afilado en su cuello: una navaja. Al darse la vuelta, se encontró, cara a cara con Leroy Juárez.
−Vaya, vaya, las sorpresas que da la vida, el conductor de la escuela ¿quién es ahora el desecho humano?, ¡eh?−le gritó mostrándole una devastada dentadura y una expresión de lo más siniestra.
Solo se oyó un grito; un único y desgarrador grito.
Sam echó un vistazo hacia atrás; la joven lo miró con la misma expresión de extrañeza.
−Fin del trayecto−le dijo a la joven−. ¿Tienes otro modo de volver a casa?
Ella negó, indecisa.
−No te preocupes, pronto vendrá ayuda, hazme caso, no te bajes del autobús.
Sam bajó del mismo y fue hasta una puerta bajo la cual desapareció, ante la atónita mirada de la chica, pues, al hacerlo, un resplandor violáceo la iluminó por completo.
Al darse la vuelta, se encontró, nuevamente, con Lily y la pequeña «Jenny», en casa.
Sam miró su reloj, pero siete segundos antes

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#6

de las diez, sonó el teléfono, el cual estaba colgado en mitad del pasillo. Su mujer se aproximó a éste y lo cogió; respondió.
−Papá−llamó su atención la pequeña−, tenía muchas ganas de que pasáramos todo el día juntos ¿por qué ha venido ese hombre para llevarse tu coche?
Como una descarga en su mente, un pensamiento atravesó su cerebro; Sam recordó algo en ese preciso instante. Sobre la mesita de noche, descubrió el celular. Tras cogerlo…
−Perdona, cariño, he de hacer…, una llamada−le dedicó una sonrisa antes de entrar en el cuarto de baño.
Nada más cerrar la puerta, oyó tras de sí el monótono sonido de lo que parecía un hilo musical. Se encontraba en mitad de un luminoso corredor, con tiendas a un lado y a otro, multitud de personas deambulando sin cesar; se trataba de un Centro Comercial.
− ¡Papá!−advirtió que a cierta distancia lo llamaba «Jenny»; se encontraba junto a su madre. Ambas se encontraban mirando algo en un escaparate.
Sam miró hacia arriba; colgado por unos gruesos cables de acero, vio un oscuro reloj de agujas. Marcaba las doce menos cuarto. El joven policía miró su muñeca:
−«900 segundos para irreversibilidad entrópica»−leyó.
De repente, salió corriendo como alma que lleva el Diablo; tanto madre como hija se quedaron atónitas ante esa repentina reacción por parte de Sam, el cual se dirigió hacia una de las escaleras que conducía directamente al «parking». Bajó varias plantas hasta que llegó a una en concreto. Corrió a través del extenso estacionamiento hasta que, a cierta distancia, descubrió el desvencijado Chevrolet, junto a un enorme cartel publicitario:
−«Rebajas Explosivas para toda la familia»−observó con preocupación.
Intentó llegar al automóvil, con gran celeridad, esquivando a algunos de los viandantes que por allí circulaban. Al pasar junto a una columna, descubrió a un tipo que permanecía encorvado sobre sí mismo, con un semblante de temor en su rostro.
− ¡Charles!−le gritó−. ¡Qué estás haciendo aquí?, ¿por qué no te has marchado aún?
El tipo lo miró; lloraba consternado.
−No has debido venir, la bomba…−le dijo, negando con la cabeza.
Siete segundos antes de morir, el joven agente aceleró sus pasos, hasta el maletero de su coche, lo abrió con rapidez y retiró la manta justo para ver como el reloj digital llegó a cero. Poco antes de morir, echó una mirada al dispositivo de su muñeca:
−«Revertiendo escala temporal»−observó con extrañeza.
−«Pero que…»−comenzó a decirse a sí mismo cuando, de pronto, el subterráneo donde se encontraba fue barrido por un vendaval de fuego.
Sam salió despedido hacia atrás, con ímpetu, envuelto en una luminosa nebulosa que desapareció de sopetón. El joven policía se encontró a sí mismo sobre un elevado tejado en lo que parecía una especie de villa en el campo. Era de noche y la Luna resplandecía sobre un despejado cielo. Se quedó completamente inmóvil; cualquier paso en falso lo haría caer desde una altura considerable. A los pies del edificio pudo distinguir una redondeada forma; se trataba de una fuente o una piscina. Un tenue resplandor le llamó la atención. Dos personas, portando unas lamparillas de aceite, caminaban, charlando entre sí, con suma tranquilidad. Vestían togas y sus cabellos tenían una estética de lo más particular.
−«Mañana, has de marchar a Roma, sin falta»−dijo en un idioma incomprensible.
−«Así lo haré, Amo»−respondió el que marchaba a su lado.
Ambos se dieron la vuelta y volvieron hacia el edificio.
−«Ve al Senado e intenta hacerle llegar este mensaje a Cicerón, a él…
Sam dio un paso atrás, pero al hacerlo, pisó una teja que se encontraba suelta y resbaló, cayendo sin remisión al vacío. Se precipitó a la alberca, no pudiendo evitar que un grito escapase por su garganta.
−… y a nadie más».
−«Así…».
Sam cayó al agua; los dos individuos interrumpieron su conversación, dándose la vuelta, completamente asombrados.
Cuando su cuerpo tocó el agua, se dejó caer, sin embargo se percató de que su cuerpo no tocaba fondo, de modo que nadó hacia arriba, buscando la superficie de aquella piscina. De repente, notó que el agua se volvió extremadamente gélida; tanto que creyó que cientos de cuchillos atravesaban cada uno de los poros de su piel. Salió rápidamente y se vio en mitad de un pasillo, en el que las luces reverberaban con insistencia. Al fondo del mismo, oteó varias personas que corrían apresuradamente, por lo que decidió ir hacia allí. Al llegar al mismo punto, casi tropezó con un tipo, el cual vestía ropas de marinero. Éste lo miró con desconfianza.
− ¡Qué hace usted aquí? ¡Ha de subir a la cubierta, estamos evacuando la nave!−le apremió con seriedad.
− ¿La nave?−se extrañó.
− ¡Acaso, se ha dado algún golpe? ¡Apresúrese, el Titanic se va a pique! ¡Corra o se hundirá con él!
−«Titanic»−se dijo a sí mismo.
− ¡Venga, no se quede ahí!− lo instó a que lo siguiera.
El marino atravesó una gruesa puerta de hierro a toda prisa.
Sam lo dejó alejarse de allí por lo que entró en uno de los habitáculos por los que se podía acceder desde aquel corredor. Al cerrar la hoja…
Oyó tras de sí un lejano y profundo sonido; se trataba de una de esas torres de reloj. Dio tres penetrantes toques. Al darse la vuelta se vio en mitad de una neblinosa calle; unos perros aullaron en la lejanía. En una esquina encontró una deteriorada placa…
−«Durward Street- Whitechapel»−leyó.
Dio unos pasos por un empedrado firme hasta llegar a una esquina. A cierta distancia, observó a una mujer que esperaba en una esquina. Su aspecto denotaba cierto abandono. De repente llegó un coche tirado por caballos. El joven policía notó que aquel aparato vibró en su muñeca. Al mirar…
−«Siete segundos para la irreversibilidad entrópica»−observó.
Por curiosidad, se aproximó hasta donde se encontraba aquella gente. Al acercarse, vio a un tipo bajarse de aquel carruaje; vestía una oscura capa y un sombrero de copa. El blanco de sus guantes destacaba en aquella vestimenta tan lúgubre. La mujer advirtió su presencia e hizo un mohín de desaprobación. El tipo, al saberse observado salió corriendo, en mitad de la bruma.
La mujer puso los brazos en jarra; bastante molesta.
−Pero ¡qué mosca le ha picado a este?−dijo mirándolo correr; se giró hacia Sam−. ¡Eh, tú! ¡Tendrás que pagarme! ¡Me has espantado a mi cliente!
Sam y la mujer no pudieron evitar ver que en el interior de aquel transporte, había un hombre en ropa interior con un sangrante y rojizo agujero en su frente; alguien le había disparado en la cabeza con un arma. La prostituta salió, como alma que lleva el Diablo, en dirección opuesta a donde se había marchado el desconocido de la capa.
El individuo del mantón se detuvo en una esquina, jadeando. De debajo de sus ropas sacó un afilado y brillante bisturí que miró con deleite; los arrojó a un lado con cierto desprecio. Acto seguido se levantó la manga y descubrió, bajo la misma, un sofisticado reloj, en e que pudo verse en un luminoso mensaje:
−«Entropía equilibrada».
Resopló, en apariencia, aliviado. Llevaba una especie de pañuelo que le cubría el rostro. Al retirarlo, desveló que se trataba de Sam, el cual fue hacia la puerta de lo que parecía una pensión. Entró tras lo cual desapareció en mitad de un brillante fulgor.
Sam se alejó de aquel lugar, varios metros. Tras unos minutos caminando por neblinosas calles, llegó hasta una construcción con aspecto de iglesia. Un leve resplandor se colaba por el marco de la puerta, de modo que decidió entrar. En el interior, descubrió un enorme reloj en el centro de una despejada sala. Sobre el mismo, una especie de esfera virtual que ascendía hasta perderse de vista en el infinito. A un lado, una pequeña puerta de madera de color verde hoja. Tras sopesarlo durante un instante, decidió abrirla y pasar dentro.
Al otro lado, se encontró en lo que parecía el patio de un colegio. Varios jugaban aquí y allá, sin embargo para uno, su presencia no pasó desapercibida. Se acercó…
−Hola−lo saludó.
−Hola…−le respondió Sam.
− ¿Es usted el nuevo profesor de Álgebra?
−Esto…, no…
− ¿Cómo se llama?
−Sam…, Sam Winston ¿y tú?
−Herbert…−dijo sonriendo con cierta timidez−. Herbert George Wells, aunque en casa todos me llaman «Bertie»…
Una campana alertó a aquellos estudiantes que debían volver hacia la fila; el recreo se había terminado.
−He de marcharme, adiós−dijo el pequeño tras lo cual se marchó a toda prisa.
Sam miró su muñeca y observó:
−«Siete segundos para irreversibilidad entrópica».
El extraño artefacto no pasó desapercibido para el joven alumno.
−Señor ¿qué es ese artilugio?−preguntó con fascinación.
−Es un reloj..., no sé muy bien para qué sirve−respondió encogiéndose de hombros.
− Parece un cronometro cuántico, mide el tiempo multidimensional…, hacia detrás y hacia delante…−se interrumpió al ver la cara de Sam; parecía no entender nada−, es algo complicado…, una idea para escribir un cuento.
−Entiendo, gracias por la explicación, de todos modos, pensaré en ello−dijo antes de que el joven saliera corriendo−. ¡Gracias!
− ¡No hay de qué!−dijo el muchacho, mientras se alejaba de allí.
− ¡Herbert!−lo llamó ante lo que éste se dio la vuelta.
− ¿Sí?
Como salido de la nada, un enorme tronco impactó contra el suelo justo por donde Peter tendría que haber pasado en ese preciso momento, sin embargo no pudo evitar que una de sus ramas le diera en la cabeza. El pequeño se llevó un buen golpe; alguno de los profesores que vigilaba el patio observó la escena desde lejos por lo que se aproximó hasta allí a toda prisa.
− «Entropía equilibrada».

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#7

− ¡Oiga! ¡Quién es usted?−le imprecó un profesor al que no vio acercarse.
Sam se sintió bastante incómodo ante semejante situación por lo que decidió largarse de allí. Se dispuso a regresar, de nuevo, hacia la puerta por la que había salido, cuando unas sirenas le llamaron la atención; penetrantes y repetitivas. Miró a su alrededor; alarmado.
Todos se quedaron muy quietos al oírlas; uno de ellos cogió al niño en brazos.
− ¡Al refugio! ¡Vamos!−gritó uno de ellos.
− ¿Al refugio? Pero ¿qué sucede?
− ¿Qué sucede? Acaso ¿ha estado viviendo en una mazmorra? ¡Deprisa! ¡Los rusos vienen!
Todos salieron corriendo, sin embargo él se dio la vuelta y entró por la puerta, la cual pertenecía a una estrecha casetilla de jardín. Nada más cerrar la hoja, se giró repentinamente; no quería sorpresas.
Al otro lado, salió a una amplia avenida atestada de vehículos. Multitud de coches estaban parados en mitad de la calzada. Todo se encontraba en el más absoluto de los silencios; tan solo el aire, una incesante y aguda ráfaga de aire que golpeaba, con insistencia, un pequeño cartel de metal sobre su cabeza.
−«Broadway»−leyó en el mismo.
El lugar estaba completamente desierto.
Miró tras de sí y descubrió que había salido de uno de los teatros de la avenida. Unos vistosos luminosos anunciaban el espectáculo:
−«La máquina del tiempo- El musical por H.G. Wells».
Sam no pudo evitar reír; todo aquello le resultó de lo más paradójico.
De improviso, un sonido de cristales rompiéndose, le llamaron la atención. Tras de sí, alguien había pisado los restos de algunos fluorescentes que permanecían enterrados bajo la cenicienta nieve que caía del cielo. Al girarse, se encontró con una especie de mendigo el cual se ocultaba bajo una manta en la que aún era visible el símbolo de la «Navy Jack».
− ¡Sam…! Eres tú…−dijo el desconocido con un tono de asombro.
Éste dio un paso atrás.
− ¿Quién eres?, ¿cómo sabes mi nombre?
−Soy yo…, John, John Titor, el segundo de a bordo, la misión… ¿la recuerdas?
− ¿Qué-qué misión?
−Tenemos que encontrar el elemento discordante, aquello que se introdujo en el pasado y que está alterando el futuro…
Sam lo miró con detenimiento. Aquel tipo parecía enfermo; su tez era paliducha y le costaba respirar.
− ¿Qué te ocurre? No tienes muy buen aspecto.
−Fue cuando llegué aquí, la ciudad estaba sometida al ataque de esas máquinas de guerra, drones los llaman…, cuando quise volver…−le mostró lo que parecían los restos de un reloj destrozado−, quedé atrapado en esta realidad, todo se ha ido al garete, ya no hay solución posible−se lamentó, al tiempo que se giró con la intención de alejarse de allí.
Sam miró su muñeca; en el dispositivo se podía ver un símbolo, un ocho, de lado, el cual resplandecía con unos azulados tonos.
−El mío aún funciona−le dijo.
El tipo se dio la vuelta.
− ¿Y qué se supone que vas a hacer?−le preguntó con escepticismo.
−Seguir, no quiero quedarme aquí hasta el Fin de los Tiempos, así que tendrás que decirme qué hago con este «chisme»−dijo con un tono altanero.
−Creo que va a ser más complicado de lo que imaginas, pero bueno…, supongo que no tenemos elección−se encogió de hombros tras lo cual volvió junto a Sam.
Templo de Jerusalén, año 33 de nuestra Era…, la noche ha caído sobre la ciudad y tan solo, el ladrido de unos perros distantes, es capaz de romper la calma de esas intempestivas horas. Un sacerdote, ataviado con oscuras prendas y una especie de blanquecina mitra, daba vueltas de un lado para otro; pensativo. Parecía ciertamente preocupado. De vez en cuando miraba hacia el techo, buscando algo dentro de sí.
De improviso, se presentaron ante él, dos soldados; acompañaban a un tipo con aspecto de labrador, barba y cabellos largos. Miraba al suelo continuamente; parecía nervioso.
−Hola... Judas−lo saludó con cierta malicia.
Un rato más tarde, en mitad de un olivar, un nutrido grupo de personas dormía bajo los árboles, tendidos sobre esterillas o gruesas mantas. A lo lejos, se oyó un fuerte murmullo, parecido al de una pelea. Alguien gritó algo que despertó a todos los que allí se encontraban.
Uno de ellos blandía una especie de espada, algo desgastada.
− ¡Qué ocurre?, ¿qué es ese jaleo?−preguntó soliviantado.
−Deben ser los fariseos, ya sabes cómo son…−dijo otro.
−Maestro ¿debemos preocuparnos?−un tercero se dio la vuelta y miró a uno que está sentado sobre una roca; parecía pensativo. Éste se retrotrajo de sus cavilaciones y se levantó.
De pronto, se presentó un tipo, ataviado con unos ropajes muy parecidos a los suyos; parecía bastante alarmado. Cubría su rostro con un turbante enrollado en torno a su cabeza.
− ¡Eh, vosotros…! ¡Tenéis que marcharos de aquí!−exclamó con dificultad; jadeando.
− ¡Qué ocurre?
−Sí ¡qué es lo que pasa?
−Por favor, hermanos, dejemos a este buen hombre explicarse−dijo aquel al que llamaban Maestro.
−Los soldados del Templo, han prendido al galileo ¡deprisa! No tardarán en darse cuenta de su error−les respondió con un tono apresurado.
−Lo que no entiendo es cómo han cometido semejante…, error−señaló con un tono sumamente molesto.
El desconocido se quitó el pañuelo de la cara; se trataba de Sam. Créame, deberían marcharse de aquí, lo antes posible.
− ¿Dónde está Judas?−le preguntó con recelo.
Sam se extrañó que le hiciera aquella pregunta.
−No se preocupe, se le pasará la borrachera dentro de unas horas…, se encuentra bien−dijo con un tono indeciso.
El individuo se aproximó hasta él y se levantó la túnica que vestía, mostrándole su brazo. En él descubrió un reloj exactamente igual al que llevaba en su muñeca.
−No digas nada−le dijo con un semblante muy serio.
− ¡Ops…!
Sam se dio la vuelta y se despidió levantando la mano al tiempo que se alejaba de allí.
El joven policía atravesó la puerta y se encontró en mitad de un extenso campo cuyo horizonte no parecía tener fin. Debía ser primavera, pues la temperatura allí resultaba de lo más agradable.
−«Se parece al hogar de mi infancia»−pensó con una sonrisa en sus labios.
Se acercó a una valla de madera, la cual llegaba hasta una casa de madera con un porche y un banco de madera. Frente a la misma había un enorme roble en cuya una de sus ramas, pendía un columpio bastante rudimentario. Caminó hasta la construcción y se detuvo frente a ella; disfrutando de su visión, sus formas, sus colores.
De pronto, sobre él cayeron varias hojas que le hicieron levantar la vista; sin darle tiempo a pensar siquiera, un niño de pocos años cayó en sus brazos. Debía de estar jugando, subido a las ramas de aquel frondoso árbol.
−Pero ¿qué…?
−¡Hola! −lo saludó el pequeño con una sonrisa abierta.
Sam notó que su reloj vibró con insistencia por lo que dejó al «paracaidista» sobre el suelo y miró su tecnológico complemento.
−«Entropía reiniciada»−leyó−. «Siete segundos para la irreversibilidad entrópica».
El joven policía miró al chico.
−¿Cómo te llamas, «pequeño»?−le preguntó con suma amabilidad.
−Sam, Sam Winston−le respondió alegre.
−Entiendo... −dijo al tiempo que miró su muñeca. En ese preciso instante el contador llegó a cero.
−«Entropía equilibrada»−leyó.
Siete segundos antes de morir, Sam Winston echó un vistazo a su alrededor, respiró una profunda bocanada de aire y sintió el aire meciendo sus cabellos; percibió el aroma de las flores y el canto de los pajarillos en el majestuoso roble; incluso creyó reconocer el delicioso olor del pastel de frambuesas que su madre solía hacerle a menudo. El joven policía se sintió feliz de estar allí, en aquel lugar al que siempre echaba tanto de menos, en sus recuerdos. Poco antes de morir, aquel viajero en el tiempo desapareció sin más, fundiéndose con el aire, en mitad de un tenue arco iris que resplandeció durante un segundo.
Nada más desintegrarse, un extraño dispositivo cayó al suelo. Se trataba de su reloj. El pequeño lo cogió y se lo colocó en la muñeca.
−¡Mamá, mamá, mira lo que ha dejado un señor bajo el roble! −exclamó el chiquillo, mientras corría con un semblante de emoción en su rostro.
Se dirigió a casa y cerró la puerta. Ésta se iluminó con una tonalidad violácea que irradió con una potente luz todo aquel porche de madera, quedando todo en completo silencio.
De repente, en mitad del cielo, apareció un corpúsculo, una sinuosa singularidad que se transformó en un diminuto agujero negro. Siete segundos antes de colapsasar, absorbió, instantáneamente, todo el Universo que lo circundaba; la Tierra, el Sol, las estrellas..., todo..., o casi todo...

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