miguelcampion
Rango5 Nivel 23 (590 ptos) | Escritor en ciernes
#1

Conducía a toda velocidad por la carretera solitaria, recta, en medio del páramo, huyendo desesperadamente. Mi pasado, mi vida me habían llegado a oprimir tanto que apenas podía respirar. Alrededor de mi cuello sentía una argolla de hierro invisible, imposible, asfixiante.

Todo comenzó con una sensación de frío, tenue pero constante, en mi nuca y en mi garganta. No le di importancia, hasta que una mañana, al llevarme los dedos al cuello, no toqué mi piel, sino el metal frío y áspero de una argolla antigua, como la de un condenado a muerte.

Era como si hubiera cometido un monstruoso crimen, como si fuera culpable de algo. Intenté convivir con aquel signo del infierno o de mi absoluta locura, con aquella idea fija que parecía decirme: "estoy aquí para estrangularte lentamente, para que pagues". Lo intenté, hasta que un día la vi.

Me miré en el espejo y allí estaba: rugosa, oxidada, gruesa como un puño, tenaz como una maldición. Salí corriendo, cogí mi coche y pisé a fondo el acelerador. Tenía que escapar de la argolla.

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escritor_2348
Rango1 Nivel 4
hace más de 2 años

Buen principio!!! A ver qué sigue con la argolla maldita!!!

EspirituAlado
Rango6 Nivel 27
hace más de 2 años

Tenemos un Edgard Allan Poe entre nosotros!, Me atrapo tu comienzo, voy a seguir tu historia. Suerte para vos. De paso podes mirar mis historias y opinar que te parecen

miguelcampion
Rango5 Nivel 23
hace más de 2 años

Muchísimas gracias por tu comentario, EspírituAlado. Miraré tus historias también. Y gracias también a escritor_2348, a ver si nos dejan seguir pronto. El relato se desarrollará de una manera que (creo) no os podéis imaginar.

miguelcampion
Rango5 Nivel 23
hace más de 2 años

¡Y gracias también a zezenzuska! A ver cuándo abren la segunda caja. ¿No se anima nadie a publicar un relato? Aún está abierto el plazo para comenzar. Podemos corazonearnos mutuamente hasta el infinito.

Montse
Rango4 Nivel 18
hace más de 2 años

Un inicio trepidante y una idea original. Hay una frase que no logro entender. "Lo intenté, hasta que un día la vi"

miguelcampion
Rango5 Nivel 23
hace más de 2 años

Gracias, Montse. Lo que no entiendes viene de la frase anterior: "Intenté convivir... Lo intenté".

pukk
Rango8 Nivel 37
hace más de 2 años

Me ha gustado mucho tu relato. Es un inicio muy sorprendente que ha atrapado mi atención. Tengo curiosidad por ver cómo sigue. Aveces he sentido esa argolla imaginaria en mi cuello. Me gustaría saber el motivo de tu historia. Tengo ganas de seguir leyendo...

miguelcampion
Rango5 Nivel 23
hace más de 2 años

Muchas gracias, pukk. Espero que te guste la continuación.

Charlies27
Rango13 Nivel 60
hace más de 2 años

Me ha gustado. Es un un inicio muy bueno, engancha. Te seguiré

miguelcampion
Rango5 Nivel 23
hace más de 2 años

¡Gracias, Charlies27! Es un placer encontrar lectores que disfrutan de lo que uno hace.

Mayte
Rango1 Nivel 4
hace más de 2 años

Intrigante. ¡Me gusta!


#2

Desperté en el coche. Quise arrancarlo, pero estaba muerto. El móvil no tenía cobertura. Miré a mi alrededor y no vi más que tierra agrietada que se extendía hasta el infinito. Cuando volví la vista hacia el espejo retrovisor, vi mi nuez saliente, libre de la argolla. ¿En qué pesadilla estaba viviendo? ¿Por qué razón estaba liberado? Había caído la tarde y a mi alrededor se arremolinaban nubes de polvo que presagiaban tormenta. Forzando la vista pude ver, a lo lejos, un pueblo en lo alto de una colina, sus casas apiñadas como ratas temerosas.

Caminé rápidamente, ansioso, azotado por el viento. Aún quedaba algo de luz cuando llegué a la aldea. Las primeras casas daban su siniestra bienvenida derramando sus muros por el suelo empedrado. El pueblo parecía tan muerto como la tierra que lo rodeaba.

Sentí un escalofrío cuando vi esa figura negruzca y torva, quieta en medio de la calle. Era una anciana; su rostro, agrietado como el campo; sus ojos, brasas; sus manos, garras de gallina. Hablaba de una forma extraña, pronunciando las palabras entre dientes, recordaba al nervioso gruñido de una bestia encerrada. Le pregunté si conocía un lugar donde alojarme, me contestó que podía dormir en su casa, no había otra habitada en todo el pueblo. La noche cayó de golpe, como un aldabonazo, con el primer trueno. Acepté la hospitalidad de la vieja de negro.

Entramos en un enorme caserón desvencijado. Mientras me conducía a mi habitación, me dijo que era la última habitante del poblado. Me mostró mi cuarto: antiguo, con olor a cerrado, húmedo, sombrío. Me vi reflejado en el espejo de la cómoda: mi cuello seguía libre. Aquella habitación tétrica en medio de un pueblo fantasma me pareció un paraíso comparado con la odiosa presencia de la argolla. Pagué a la vieja, que se marchó tras recordarme que si necesitaba algo, no tenía más que llamarla. Me desplomé en la cama polvorienta y quejosa y antes de que pudiera pensarlo mucho, caí rendido.

* * *

Las ventanas se abrieron de golpe. El viento húmedo de la tormenta me despertó, inundando la habitación. El aroma que traía era embriagador, penetrante. Más que a tierra mojada olía a podredumbre. Era ya noche cerrada, pero la tormenta continuaba azotando el páramo. Ya no se oían los truenos, aunque la lluvia continuaba cayendo con fuerza, con un sonido monótono y adormecedor.

De pronto, bajo el ruido de la lluvia escuché otro sonido distinto. Era como un gruñido o un gemido que venía del piso de abajo, un grito ronco de un animal desconocido, que parecía arañar mis oídos con una mezcla indefinible de graves y agudos, de sonidos guturales y nasales, de angustia y de amenaza.

¿Sería un animal que la vieja tenía encerrado en la cuadra? Fuera lo que fuera, ya no podía dejar de escucharlo y conforme la lluvia iba amainando y su sonido empezaba a volverse cada vez más débil, el gruñido comenzaba a oírse con más nitidez. A veces parecía incluso un llanto humano.

Estaba aterrorizado, pero no podía quedarme en la cama escuchando esos gruñidos. Tomé una lamparilla que había en la habitación y decidí explorar la casa, guiado por aquellos horrendos gritos que ponían los pelos de punta. Bajé la escalera, atravesé puertas y pasillos, siguiendo aquella voz. Entré en una cocina rústica, completamente a oscuras. Los gemidos provenían de algún lugar de esa habitación. Alumbré las sombras con la lámpara, pero no vi nada.

Comenzaron a sonar unos golpes, acompañando a los gemidos. Aquello parecía estar encerrado en algún mueble de la cocina. Me temblaban las piernas, pero conseguí armarme de valor y recorrer la cocina buscando la fuente de esos ruidos espantosos, hasta que vi moverse una puerta bajo el fregadero, como si algo la golpeara desde dentro.

Temblando, aterrorizado, agarré el tirador de la puerta y la abrí de golpe. Una criatura horrible, deforme, inhumana, saltó desde dentro, como si quisiera morderme, pero afortunadamente estaba atado por una cadena y no pudo salir más que un palmo de su cubil. Se quedó ahí, dando tirones, gimiendo, pugnando por acercarse a mí, gruñendo con su horrible voz. Paralizado por el horror, lo miré. Aquello parecía haber sido humano alguna vez, pero estaba tan esquelético, con la piel llena de llagas de un color rojo herrumbroso, el rostro deformado, sin rasgos, sin nariz, sin orejas. Lo único que destacaba en aquella cara informe eran los dientes, unos dientes enormes, sin labios, que boqueaban en el aire intentando morder, al igual que esas zarpas de uñas negruzcas intentaban desatarse de sus cadenas para arañar.

No pude mirarlo por más tiempo, salí corriendo de la cocina, volví a mi habitación y me encerré en ella, aterrorizado. ¿Qué era eso que aquella vieja bruja tenía atado bajo el fregadero? Había oído historias de gentes incultas que esconden a sus hijos retrasados o deformes en lugares así para que nadie los vea. ¿Sería uno de ellos, transformado en un monstruo infrahumano por culpa de aquella madre embrutecida?

No podía dormir, no sabía que hacer, estaba paralizado por la angustia y el terror. Quería marcharme de allí pero era de noche y no me atrevía a salir de la casa. Así que esperé, con el alma en vilo, a que amaneciera y dejara de llover, decidido a largarme de allí en cuanto pudiera.

Ya de día, me di cuenta de que se habían dejado de escuchar los horribles gruñidos del monstruo. Salí del cuarto y busqué a la vieja por toda la casa. Finalmente la encontré en la puerta, quieta, sonriente, a contraluz, su silueta destacada contra la luminosidad de la calle.
No me atreví a preguntarle por el monstruo, solamente le di las gracias por su hospitalidad y le pregunté dónde podía encontrar a alguien que me ayudara a arreglar mi coche. La vieja se encogió de hombros, no sabía de nadie. Pregunté por un teléfono, un autobús, cualquier medio de salir de ahí, pero la vieja se echó a reír. Nadie iba nunca a aquel pueblo, tampoco nadie salía. ¿Cuál era el pueblo más cercano? Tendría que andar unos trece kilómetros.

No me lo pensé más. Di las gracias una vez más a la vieja y salí de aquel pueblo odioso, caminando lo más rápido que podía, alejándome de aquella pesadilla. Llegué a donde estaba mi coche y recuperé el móvil. Quizá en algún punto de aquella carretera en medio del desierto podría conseguir cobertura.

Eché a andar, con la esperanza de llegar pronto a ese otro pueblo donde esperaba hallar mi salvación, pero en cuanto me alejé de la cuneta donde estaba parado el coche, la sentí de nuevo, fría, ceñida, agobiante, en mi cuello: la argolla había vuelto. Horrorizado, corrí de nuevo hacia el coche, me miré en el espejo y la argolla se desvaneció.

Sentí casi ganas de reírme de lo irónico de mi destino: parecía que si quería vivir sin la argolla tenía que vivir alrededor de aquel pueblo maldito. ¿Estaba soñando o me había vuelto loco? Sea como fuere, no tenía más remedio que volver al pueblo de la vieja de negro, al pueblo del monstruo, con la esperanza de plantar cara a aquella alucinación y deshacerme para siempre de la argolla. Debía resolver ese enigma, era la única posibilidad de volver a vivir en paz.

zezenzuska
Rango1 Nivel 0
hace más de 2 años

Buena gestión del misterio y la introducción de nuevos elementos. Enganchada a la argolla :)

miguelcampion
Rango5 Nivel 23
hace más de 2 años

Me alegro mucho de que te guste. Y continuará...

Mayte
Rango1 Nivel 4
hace más de 2 años

¡Enganchadísima me tienes, Miguel! No cuesta nada meterse en la historia y vivirla. Qué angustia, ¿no?

miguelcampion
Rango5 Nivel 23
hace más de 2 años

¡Cuánto me alegro, Mayte! No de la angustia, claro jeje en unos días, la continuación.

Montse
Rango4 Nivel 18
hace más de 2 años

Muy interesante, Miguel. Si me permites, hay una incoherencia. Queda muy bien decir que la anciana hablaba un dialecto extraño difícil de entender y que luego se entiendan tan bien y tan rápido. También me sorprende (yo no lo hubiera deducido nunca) que, por que se ha despertado allí sin la argolla sea porque en ese pueblo pueda vivir sin ella. Esa deducción es prematura, creo. Luego cuando intenta salir del pueblo sí. Si quieres, repasa el 1er párrafo empiezas varias frases consecutivas con verbos acabados en -é. Puedes suprimir alguno.

miguelcampion
Rango5 Nivel 23
hace más de 2 años

Muchas gracias por la ayuda, Montse, lo revisaré... Ya sabes que esto va rápido y está en desarrollo, o sea que agradezco mucho tus sugerencias. Un saludo.

pukk
Rango8 Nivel 37
hace más de 2 años

Sigue estando muy interesante. Sin duda, me apetece seguir leyendo este enigma. ¡Enhorabuena Miguel!, es un relato muy original.

miguelcampion
Rango5 Nivel 23
hace más de 2 años

Gracias, pukk, me alegro mucho de que te guste.


#3

Fui directo a hablar con la vieja, quería preguntarle todo: qué hacía yo allí, cuál era el secreto de aquel pueblo maldito y quién era el ser espeluznante que vivía encerrado en su casa. Pensaba que todo eso tenía que ver con la argolla, con mi absurda maldición, y que la mujer de negro podía tener las respuestas.

Llegué a su casa, la puerta estaba abierta, mecida ligeramente por una brisa caliente, de aroma dulzón, irrespirable. Entré sin pensarlo, tenía que terminar con aquella locura. Lo que vi en el rústico recibidor de la casa me dejó helado. En una de las vigas de la entrada, colgada de una soga anudada toscamente, estaba la vieja de negro, ahorcada. La brisa también la balanceaba delicadamente, moviendo su cuerpo a derecha e izquierda, de forma que su cara amoratada parecía hacer una mueca burlona al girar. Sus ojos muertos me miraban.

Alargué la mano hasta sus piernas y la toqué, aún estaba caliente. Pero ¿cómo había sido capaz de subirse tan alto y ahorcarse? No se veía ninguna silla ni nada semejante cerca de ella. Entonces me estremecí y recordé al engendro de la cocina, corrí hacia allá y vi, abierta y vacía, la puerta del cubículo donde vivía. Las cadenas yacían en el suelo, rotas. El monstruo había escapado.

Me temblaron las piernas, no sabía qué hacer, salí corriendo de aquella casa. La idea de que aquel monstruo andaba suelto me inspiraba un terror irracional, tenía que encontrar un lugar donde esconderme, lejos de aquella casa.

El sol caía a plomo sobre el pueblo. Miré a ambos lados de la calle. Lentamente, de esquina en esquina, procurando tener siempre una perspectiva para poder escapar, comencé a moverme por el pueblo.

No se veía ni rastro del monstruo, ni rastro de vida. Las casas estaban en ruinas, destripadas, sus muros caídos llenos de mala yerba, seca y amarillenta por el calor. Las calles eran estrechas, empedradas, y el sol, al calentarlas, convertía al aire en algo espeso e irrespirable. Decidí marchar cuesta arriba, en dirección a lo más alto del pueblo, con la idea de conseguir una visión desde arriba. Cuando estaba cerca de llegar a la cumbre, una pequeña ráfaga de viento caliente me trajo un olor a putrefacción que me provocó una náusea.

Me detuve en una esquina, aterrado y asqueado. Agucé el oído pero no había ningún sonido que delatara la presencia del monstruo. Muy despacio, me asomé y vi un espacio llano, abierto y ruinoso, dominado por una iglesia construida en la cúspide del cerro. Debía de ser la plaza del pueblo. El olor a podrido venía de los árboles que había plantados en las esquinas de la plaza. Eran árboles frutales y, sin nadie que los recogiera, sus frutos se acumulaban en pequeñas montañas de podredumbre.

Sigiloso, mirando con terror a todos los rincones de la plaza, avancé pegado a las paredes, acercándome a las ruinas de la iglesia. A sus pies vi el crucifijo que debía de haberla coronado caído, clavado lascivamente en el cuerpo descompuesto de una vaca, en su vientre hinchado, recorrido por húmedos e inquietos gusanos. Subí temblando a la parte más alta de las ruinas y miré alrededor: calles de piedra vacías y tierra agrietada y yerma hasta donde se perdía la vista.

Bajé de las ruinas de la iglesia y entonces lo vi. El monstruo estaba frente a mí, al otro lado de la plaza. Respiraba con dificultad, parecía haber realizado un gran esfuerzo subiendo hasta allí con sus miembros deformados. Deduje que no debía de ser muy ágil después de haber estado encerrado bajo el fregadero, encogido, anquilosado durante quién sabe cuánto tiempo. Me miraba fijamente, intentando recuperar el aliento. De pronto, gritó. Un gemido animal, monstruoso, resonó por el pueblo fantasma.

Eché a correr inmediatamente, sin mirar atrás, desesperado, buscando un escondite en aquel laberinto de casas destripadas. No miraba atrás, pero sabía que el monstruo me perseguía, renqueando torpemente. Podía oír sus pasos infrahumanos en el suelo y sus gruñidos de esfuerzo corriendo detrás de mí, cada vez más débiles. Trepé por las piedras caídas de un muro y me escondí en el interior de una de las casas en ruinas.

Me refugié en una esquina, junto a un estrecho ventanuco desde el cual podía ver la calle. Conteniendo la respiración miré por la rendija, aterrorizado. Los gruñidos ahogados del monstruo precedieron su aparición. Poco a poco, fueron haciéndose más audibles, más cercanos, hasta que pude verlo. Caminaba con dificultad, encorvado, ayudándose de sus garras, como un animal. De su boca sin labios caían babas sangrientas. Giró su cabeza espantosa y miró hacia mi escondite. Se me heló la sangre en las venas por un instante, pero afortunadamente, el monstruo volvió a mirar hacia adelante y continuó con su camino.

El monstruo avanzó calle abajo lentamente. No me atreví a mover un músculo hasta que se dejó de oír su entrecortada respiración. Entonces, me relajé y traté de recuperar el aliento. Cerré los ojos.

No sé si pasaron unos segundos o unos minutos, pero cuando volví a abrir los ojos, el monstruo estaba frente a mí. Me había encontrado y me observaba, sus miembros en tensión. No tuve tiempo de reaccionar, el monstruo se abalanzó sobre mí y agarró mi cuello con sus garras. Intentaba zafarme, defenderme a manotazos, pero aquel ser tenía una fuerza tremenda en sus brazos, quizá la única parte de su cuerpo que no estaba atrofiada por el encierro. El monstruo cerró sus garras sobre mi cuello y apretó, apretó ahogándome, hasta que las fuerzas comenzaron a fallarme. Su rostro mutilado a un palmo de mi cara es lo último que vi antes de perder el conocimiento.

EspirituAlado
Rango6 Nivel 27
hace más de 2 años

Me dió miedito...me gusta mucho tu forma de escribir, te deseo los mejores resultados. Adelante!!

miguelcampion
Rango5 Nivel 23
hace más de 2 años

Muchas gracias por tu comentario, Espíritu Alado.

G_Rurba
Rango15 Nivel 71
hace más de 2 años

Esta argolla ha de apretar más la lista!

miguelcampion
Rango5 Nivel 23
hace más de 2 años

Gracias, Rurba, ahí estamos apretando todo lo que podemos.

Montse
Rango4 Nivel 18
hace más de 2 años

Sigue, está muy interesante. En general creo que hay demasiados adjetivos pero consigues crear buen el ambiente. Por ejemplo "húmedos gusanos"... dudo que desde la distancia a la que se encuentra pueda verlo.

miguelcampion
Rango5 Nivel 23
hace más de 2 años

Gracias, Montse, se agradecen los comentarios y las críticas. El concepto de verosimilitud y qué cantidad de adjetivos es demasiada depende del gusto personal. Este es un relato fantástico y en este género la tradición nos permite ciertas licencias, especialmente cuando se trata de un mundo que no es realista. Eso es lo que me han enseñado los mayores y no hay nada más deliciosamente asqueroso que un puñado de húmedos gusanos, se vean de cerca o de lejos. ¡Abrazo fuerte!

Montse
Rango4 Nivel 18
hace más de 2 años

Claro, la adjetivación es cuestión de estilo y no pretendo que cambies, solo es para que seas consciente (que veo ya lo eres). Es posible que en otro tipo de texto quieras utilizar otro tono. Es un placer charlar contigo. Si te apetece puedes comentar el mío.

miguelcampion
Rango5 Nivel 23
hace más de 2 años

Claro, Montse, en otro tipo de texto intentaría aplicar otro tono diferente. A ver si encuentro un momento y leo tu relato con calma. Saludos.


#4

Lenta, pesadamente, como si me arrastrara entre la vida y la muerte, fui despertando. Estaba completamente aturdido y desorientado. A mi alrededor, nada más que oscuridad total. ¿Tenía los ojos abiertos? ¿Dónde me encontraba? Palpé a tientas: madera por todas partes, muy cerca de mí. ¿Estaba dentro de un ataúd, me habían enterrado vivo?

Intenté moverme, incorporarme, pero no lo conseguí. Algo tiraba de mí, algo que hacía un ruido metálico. Palpé mi propio cuerpo y me di cuenta de que estaba encadenado. Mis manos y mis pies estaban ceñidos por grilletes, unidos por cadenas a mi cuello donde descubrí, más real que nunca, una recia argolla metálica.

Comencé a patalear, a golpear las paredes de madera, a gritar, pero no conseguí más que hacerme daño en las manos, en los pies y allí donde el metal apresaba mi cuerpo. Me detuve, respirando con dificultad, temblando, aterrorizado, al borde de perder la razón.

De pronto, se abrió una puerta y la luz me cegó por un instante. Cuando mis ojos se acostumbraron a la claridad, pude ver a la vieja de negro, viva, agachada, mirándome. Entonces comprendí que me encontraba encerrado en el cubil del monstruo.

Gritando como una bestia, intenté alcanzar a la vieja con mis manos, pero las cadenas no me dejaron y la argolla se clavó fuertemente en mi garganta, impidiéndome respirar. Insulté a la vieja y le hice mil preguntas: quién era, por qué me había encerrado ahí, qué quería de mí... La vieja de negro asistió impasible a mi ataque de histeria, mirándome con una mezcla de desprecio y diversión.

Desquiciado, rompí a llorar. Me acurruqué en el fondo del cubil y me dejé llevar por la angustia. La vieja seguía mirándome, pero ya no me preocupaba por su presencia, solo quería llorar, quería morirme... Por eso no la vi acercarse, cuchillo en mano, hasta que ya fue demasiado tarde.

Tampoco podría haber hecho nada para impedir que sujetara mi cabeza con una mano y con la otra comenzara a cortarme la cara con parsimonia, como si fuera un trabajo rutinario. No podía moverme, no podía escapar, sentía el cuchillo clavándose en mi rostro y no veía más que la expresión de brutal frialdad de la vieja, sus labios arrugados, firmes y decididos, mientras me arrancaba la piel de la cara, como si fuera una máscara.

Cuando terminó, se puso a contemplar, complacida, mi cara ensangrentada, un trapo en sus manos como garras. Lo horrible es que yo también la pude ver, vi mi cara mirándome con sus ojos vacíos, su boca abierta en una mueca de espanto.

– ¡Mátame! - supliqué.

La vieja dio un respingo y se volvió hacia mí, mirándome torvamente.

– Me encantaría, pero es lo único que no puedo hacerte.

– ¡Mátame, te lo ruego!

– ¿Es que no te das cuenta? Ya estás muerto. Este es tu infierno.

Y sin añadir ni una palabra más, la vieja se volvió a acercar a mí, cuchillo en mano, asió mi cabeza, me hizo abrir la mandíbula con sus garras y me cortó la lengua.

***

He tenido mucho tiempo para reflexionar sobre mi situación. Yo era el monstruo que estaba encadenado, encerrado en un cubículo que apenas le permitía estar en cuclillas, sin cara, sin lengua, estrangulado por una argolla, sintiendo deformarse su cuerpo y gruñendo de pánico, como un animal enloquecido. El monstruo soy yo. Este es mi infierno. Mi infierno particular, diferente al de los demás, mi infierno solitario y espantoso.

Toda la pesadilla que había vivido en aquel pueblo diabólico había sido como un juego, una pequeña distracción previa a la verdadera magnitud de mi condena. Algo así como dejarme creer por un tiempo que aún vivía, dejarme ver al monstruo en el que me iba a convertir para comprender todo el horror al que estaba destinado. Una vez comprendida mi situación, la eternidad pasa lentamente mientras me pudro en esta celda infrahumana, sin tener siquiera la esperanza de morir.

¿Qué hice para acabar aquí? Al principio el dolor, el pánico, la locura, me impedían recordar con claridad. De vez en cuando, si me relajaba un poco, podía atisbar retazos de mi vida, momentos sueltos que se proyectaban en mi memoria como luces fugaces que, cuando quería atraparlas, se desvanecían en la oscuridad.

Esta incapacidad de recordar aumentaba la tortura a la que estaba sometido, alargaba aún más las horas insoportables del infierno y me hacía dudar si lo merecía o no, si realmente había sido un criminal tan monstruoso que, para pagar por mis crímenes, tenía que sufrir esa condena en la que no me quedaba ni siquiera el consuelo del arrepentimiento.

Hasta que un día lo recordé todo. Los retazos de memoria inconexos, huidizos, se volvieron claros, rotundos y ya no pude dejar de recordarlos, de revivirlos, una y otra vez, comenzando por el momento de mi muerte, la huida con el coche, el accidente, mi cuerpo estrellándose contra el parabrisas, mi sangre regando el páramo desértico.

Pero mi muerte no fue lo único que recordé, en realidad fue lo de menos. Lo peor fue recordar, como si los reviviera, mis espantosos crímenes: mis niñas, mis preciosas niñas, brutalmente forzadas por mí, mis repugnantes y viles violaciones, la sangre de las inocentes, los crímenes que cometí para intentar tapar mis abusos, los cuerpos descuartizados, la carne muerta, lo inesperado, un nuevo y aberrante placer... Así que ahora ya sé por qué estoy aquí, no puedo dejar de recordarlo, no puedo ignorarlo más, se repite en mi mente una y otra vez con toda la carga de su monstruosidad mientras me pudro encerrado en este rincón y sé que será así para siempre, durante toda la eternidad.

FIN

Hace más de 2 años

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G_Rurba
Rango15 Nivel 71
hace más de 2 años

gluuppps. ...Si al prota le cortan la lengua ¿cómo nos llegó el texto? ...¿proyección de escritura automática desde el inframundo? ... Me gustó. Gracias y felicidades

miguelcampion
Rango5 Nivel 23
hace más de 2 años

Gracias a ti, Rurba. En el infierno no hace falta lengua para tener voz... y muchos narradores no sabemos cómo nos hablan, pero si quieres una explicación: telepatía que te llega en tus noches de insomnio, directamente desde el infierno ;)

EspirituAlado
Rango6 Nivel 27
hace alrededor de 2 años

La historia está muy bien argumentada. Creo que las palabras pudieron haber sido escritas por el protagonista con su propia sangre, en el caso que busquemos una explicación lógica a la divulgación de los hechos, Pero, como la lógica en este tipo de argumentos no existe, y no creo que al personaje lo hayan dejado salir del inframundo para publicarlo en facebook (aunque podría ser una variante, tenelo en cuenta miguelcampion para la próxima ja ja). En definitiva, lo que trasciende en la historia es el pensamiento, que es una de las cosas que nadie puede atrapar ni encerrar y que aquí son el verdadero infierno de ese hombre que se ve obligado a vivir con ellos eternamente.¿Hay peor castigo que recordar por siempre algo que nos lastima? Y a través de esos pensamientos, nos ha llegado esta hstoria...Chan chan. A mi me ha dejado satisfecha, ha sido un buen final...Felicitaciones y te invito a leer el final de mi historia.

miguelcampion
Rango5 Nivel 23
hace alrededor de 2 años

¡Muchísimas gracias por tus palabras, Espíritu Alado! Has expresado muy bien de dónde salen esas palabras. Voy a leer la tuya. ¡Abrazos!