rubensc91
Rango6 Nivel 28 (1168 ptos) | Novelista en prácticas
#1

- Dicen que el hombre es un animal de costumbres. Yo creo que es cierto. Las personas nos empeñamos en pensar que vivir supone tomar riesgos, saltar desde un avión sin paracaídas, cuando en verdad es ese paracaídas lo primero que buscamos nada más despertarnos por las mañanas.
- Señor, perdone, son siete con cuarenta y cinco.
- Ah, disculpe. Aquí tiene.
Le di el dinero justo a la persona que había detrás de la ventanilla de mi coche y la barrera que impedía la circulación por la autopista se levantó.
- Que tenga buen viaje.
- Gracias, Silvia.
No recuerdo la cara que puso cuando pronuncié aquella última palabra, pero la placa identificativa que llevaba cogida en su chaleco me ayudó a ello. Nunca le había llamado por su nombre, aquella fue la primera vez.

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elchicodeltren
Rango8 Nivel 39
hace casi 5 años

¡Hola! ¿Te pasarías por mi historia y dejarías tu voto para ayudarme con el concurso? ¡Mil gracias!

David_escritor
Rango7 Nivel 30
hace más de 4 años

¡Qué interesante! Ojalá sepamos pronto más :)


#2

Todos mis amigos piensan que lo que me pasa con Silvia no es normal. Claro, todo depende de lo que ellos entiendan por "normal". De lunes a viernes hago más de 250 kilómetros desde mi casa al lugar donde trabajo, una empresa informática que se dedica a producir un conocido modelo de teléfono móvil. Las casi dos horas de viaje nunca me importaron siempre y cuando me pagasen el trayecto que debía efectuar. Y así fue.

Los primeros días utilizaba carreteras nacionales para llegar al trabajo, pero me di cuenta que por la autopista tardaba menos y el gasto de peajes siempre corría a cuenta de la empresa. Fue en uno de esos peajes dónde conocí a Silvia. Ella cobraba los 7,45 euros que costaba el trayecto. Siempre. La misma cantidad. Y siempre se situaba en el mismo mostrador. La primera vez que la vi quedé enamorado de ella. Nada más levantar la barrera paré en la estación de servicio más cercana para comprar algo que me ayudase a bajar la subida de azúcar que acababa de sufrir: sus labios de fresa, sus mejillas de caramelo y su voz dulzona habían sido los culpables. A partir de aquel día, aquello se fue convirtiendo en un ritual. Siempre el mismo mostrador. Siempre la misma chica. Y siempre la misma estación de servicio.

Hace más de 4 años

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Leticia_MS
Rango8 Nivel 38
hace más de 4 años

Tiene algo que me lleva a querer más. Precioso. Y, una pregunta, ¿te importaría pasarte por mi obra y dejarle un voto? Mil gracias y espero volver a leer pronto una nueva parte.


#3

Mis encuentros con Silvia se fueron volviendo cada vez más extraños. Un día le di los siete con cuarenta y cinco en monedas de dos y cinco céntimos. Mientras que ella las contaba con cara extrañada, yo observaba su rostro, que parecía esculpido por un auténtico maestro. Unos días más tarde, le di un billete de quinientos euros, alegando que no llevaba suelto. Y hace un par de días, nada más llegar a la ventanilla, le pedí un menú XXL con patatas grandes y helado de vainilla. Silvia terminó por acostumbrarse a mis idas de cabeza, se reía tímidamente y me observaba, quizás preguntándose de qué manicomio me habrían sacado.

Sin embargo, todo cambió hace un día. Ayer era domingo, Silvia solo trabajaba de lunes a sábado. O eso pensaba yo. Había quedado con una amiga para ir a visitar un pequeño pueblo cerca de mi lugar de trabajo. Fuimos por el peaje. Y allí estaba Silvia. Recuerdo con total nitidez su cara extrañada al ver el asiento del copiloto ocupado por una mujer.
- Son... Siete con cuarenta y cinco.

Hace más de 4 años

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#4

Hoy Silvia no estaba en su puesto de trabajo. Un hombre gordo y antipático ocupa su lugar. Sus "siete con cuarenta y cinco" sonaron tristes y apagados, como si escupiese las palabras de su boca.
Le pagué la cantidad indicada al tipo con desgana y continué conduciendo a la estación de servicio que siempre me sirve como lugar de desayuno. Nada más sentarme, he escuchado a dos hombres discutiendo sobre el despido de una chica del peaje más próximo a ese lugar. Según comentaban, las cámaras de seguridad la habían grabado flirteando con uno de los conductores que pasaba todos los días por el mismo puesto. "Será fulana...", agregaba uno de ellos.
Ahora estoy aquí, sentado en una silla y tomándome un café que nunca me supo tan amargo. Quisiera haber podido terminar esta historia con un "y fueron felices para siempre", pero Silvia y yo no supimos o no quisimos tomar más riesgos de los necesarios. Nos aferramos al paracaídas, cuando lo único que pedíamos era volar.

Hace más de 4 años

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#5

***
El hombre se ha olvidado unos papeles encima de la mesa. Voy a recogerlos. Es un pequeño texto que acaba de escribir. Lo leo por encima. Busco nombres, fechas, datos que me ayuden a entender. Me guardo el folio doblado en un bolsillo.
El hombre se dispone a salir, pero antes pasa por caja. Se le nota deprimido, con la cabeza baja. Acudo al mostrador y el hombre, sin mirarme a los ojos, me tiende un periódico y una barrita de cereales.
- Ah, y un café con leche.
Introduzco los precios en la máquina registradora. El valor total queda reflejado ante mí. Y no me queda más remedio que sonreír.
- Son... Siete con cuarenta y cinco.
Mateo ahora lo entiende todo. Levanta la cabeza, me mira fijamente y sonríe.
- ¿En billetes de quinientos o en monedas de dos céntimos?

FIN

Hace más de 4 años

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Likur
Rango10 Nivel 46
hace más de 4 años

Me ha gustado mucho :D

rubensc91
Rango6 Nivel 28
hace más de 4 años

Gracias!! :D (lo tendré en cuenta ;) )