OhHannie
Rango5 Nivel 22 (556 ptos) | Escritor en ciernes
#1

SCOTT

La conocí durante la primera semana de clases, mientras leía una historieta y todo el mundo hacía aburridas presentaciones que consistían en sus absurdos sueños para el futuro. Al parecer todos querían ser arquitectos. Su dulce voz se hizo presente como el canto de un pájaro que cautiva tu atención en el momento menos esperado.

No sé si fue su cabello o las palabras que pronunció, pero su sola presentación hizo que tuviera cierto interés repentino en ella. Lo que dijo fue lo siguiente "Mi nombre es Jess y quiero ser la primera persona en diseñar una máquina del tiempo". A continuación, soltó una pequeña risilla por lo bajo y tomó asiento.

La miraron raro, algunas chicas se burlaron de ella y una hizo un comentario acerca de su cabello "Parece chicle". En pocas palabras, la catalogaron como loca. Pero para mí, era la chica más interesante que había conocido hasta ahora. Y hoy en día lo sigue siendo.

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AngelMagat
Rango18 Nivel 85
hace alrededor de 4 años

Si consiguiese fabricar esa máquina, me gustaría montarme en ella.
Muy bien escrito.


#2

—¿Dónde está?— le pregunto a Rachel, una gran amiga mía.

Ella se encoge de hombros y yo sigo buscando con la mirada. Para tener una cabellera rosa es muy complicado encontrarla.

—¿Por lo menos sabes si vino el día de hoy?— insisto.

Jess es bastante voluble. Hay ocasiones en que parece la joven más feliz del mundo y otras en que es la chica más deprimida de la historia. No me gusta dejarla sola.

Rachel suelta una carcajada, por lo que bajo la mirada desconcertado.

—Te preocupas demasiado, debe estar por ahí en la biblioteca.

—Gracias.

Y salgo a toda velocidad del salón de clases. A veces pienso que Rachel tiene razón y mi preocupación es excesiva, pero no puedo evitarlo, Jess representa mucho para mí, necesito asegurarme constantemente de que está bien.

En la biblioteca me llevo una decepción. Sólo encuentro a Rebeca, quién antiguamente era mejor amiga de Jess.

—¡Hola!— me sonríe.

—Hola— le devuelvo la sonrisa un tanto incómodo. Rebeca me agrada, pero hay algo en ella que no termina de gustarme—. ¿Has visto a Jess?

Creo ver decepción en su expresión, pero no puedo asegurarlo, mi mente sigue centrada en Jess. Tengo un mal presentimiento.

—Creo que la vi en los baños.

—Gracias.

Salgo rápidamente de la biblioteca, casi corriendo. No he visto a Jess en todo el día y mi preocupación va en aumento, pues normalmente suele aislarse de las personas cuando no se siente del todo bien. La conozco lo suficiente como para saberlo. Necesito encontrarla.

Escucho un sollozo casi imperceptible proveniente de los baños. Es Jess. Miro de lado a lado, procurando que nadie tenga oportunidad de verme antes de que ingrese a los baños de damas.

—Gum...— la llamo con suavidad, recargando mi frente contra la única puerta cerrada.

Ese es el apodo que decidí darle por su larga melena rosa como el color de una goma de mascar. Ella no pareció tener problema con eso, de hecho, le gustaba.

—Estás en el baño de mujeres. Vete— responde con la voz quebrada.

—Si no abres la puerta, entraré por debajo— le advierto con tranquilidad. No me gusta alzarle la voz ni mucho menos enfadarme con ella.

—Hazlo— me reta.

Sabe que soy capaz. Sabe que haría cualquier tontería o ridiculez por ella. Sabe que cedo a cualquier cosa que me pida. Así que lo hago, me tiro al suelo y me arrastro como militar para tener medio cuerpo dentro del cubículo, Jess está justo ahí, con los ojos hinchados de tanto llorar, observándome con sus grandes ojos color canela. Le sonrío.

—Creo que me quedé atascado.

Se echa a reír. La hermosa risa de Jess inunda todo el lugar y yo me uno a ella. No le he preguntado la razón por la que está ahí sollozando, perdiéndose la clase de la profesora Watson, en su lugar he tratado de ponerla contenta, de dibujar una sonrisa en sus labios. Y es que sé que interrogarla sólo empeorará las cosas.

Al final, unas chicas de nuestro grado han hecho un tremendo escándalo por encontrarme ahí, así que Jess me empujó fuera, justo después se reunió conmigo, ignorando las preguntas de sus compañeras que deseaban saber la razón de sus lágrimas.

Fuimos a un rincón de la biblioteca que nadie visitaba, nuestro santuario sagrado donde no podrían encontrarnos. Estando sentados a la mesa, Jess me contó lo sucedido: el abuelo al que estimaba como un padre, la persona a la que más admiraba, había fallecido. Le di palabras de aliento, dejé que recargara su cabeza sobre mi hombro y cuando finalizamos de hablar, nos colocamos los auriculares para alejarnos por un momento de aquel mundo, adentrándonos en el propio.

...

—Scott ¿podrías ayudarme a estudiar para el examen de Watson? Eres un genio en esa clase.

Rebeca está justo ahí, esbozando esa atemorizante y gigantesca sonrisa. Pero por alguna razón, mis ojos se dirigen al asiento vacío de Jess; le prometí que la acompañaría en el funeral de su abuelo.

Levanto la vista a Rebeca, que aún espera mi respuesta, de pie frente a mi pupitre. Sólo hasta ese momento noto que posee un flequillo sobre su frente, exactamente igual al de Jess.

—¿Hoy?— le pregunto.

—Sí, o cuando gustes, el examen es la próxima semana.

Su optimismo me aterra.

—Hoy no puedo... Tal vez el viernes.

—Perfecto. Muchas gracias.

Y se va. Tobías me guiña un ojo, él piensa que Rebeca y yo hacemos la pareja ideal, pero a mí no me atrae, esa chica ríe demasiado para mi agrado. Es algo... tonta y evita a Jess a toda costa, como si le temiera. Jess ha olvidado que existe después de haber sido grandes amigas, así que aparentemente no se percata de ese detalle que, en lo personal, me resulta gracioso.

—¿Una cita?— me pregunta Tobías con picardía, luego de que Rebeca se ha alejado.

—No. Quiere que la ayude a estudiar.

—Típica excusa de chicas para conseguir una cita— insiste mi amigo—. Babea por ti. Deberías darle una oportunidad.

Dirijo mi mirada hacia Rebeca, quién me sonríe. Yo le devuelvo la sonrisa y agito la mano a manera de saludo, provocando que ella ría, esa risa de nerviosismo que normalmente irrita a las personas. Lo he dicho, Rachel no me desagrada, pero hay algo raro en ella. Sí, sé que la chica de cabello rosa podría ser la más rara de la clase, pero al menos no me acosa.

—No lo sé...

Hace alrededor de 4 años

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AngelMagat
Rango18 Nivel 85
hace alrededor de 4 años

Tenía tu historia en la memoria, la recuerdo por lo mucho que me gustó. Volveré.


#3

SCOTT

Se aspira la muerte, puedo sentirle a través del viento que agita mi cabello y me dificulta la visibilidad. No recuerdo la última vez que estuve en un cementerio, mi madre asegura que estuve presente en el entierro de mi abuela, pero probablemente era muy joven en aquel entonces.

Jess está a pocos pasos de mí, arreglando las flores de la tumba de su abuelo. No ha mencionado palabra desde que llegué, parece ausente, sumida en sus propios pensamientos. Se pone de pie y me mira, sé que en realidad no me está mirando, sino que observa mucho más allá de mí, lejos en la distancia.

Es doloroso verla así, sé que le tomara tiempo volver a ser ella misma.

Comienza a caminar para reunirse con su madre en el auto y yo la sigo en silencio. Miranda, la madre de Jess, me sonríe, sus ojos están llorosos y su nariz roja de tanto llorar, pero sigue poseyendo una belleza única que le hace aparentar menos años de los que posee realmente. Me invita a su casa, sé que insistirá, así que acepto e ingreso en el automóvil para hacerle compañía a Jess en los asientos traseros.

El camino me resulta un poco incómodo porque Miranda hace lo posible por crear conversación y soy el único que participa en ella. Mi amiga está demasiado concentrada en contemplar la ventanilla, ignorándonos.

Cuando el auto finalmente se estaciona, Jess no parece tener ganas de bajar, pues continua en su mismo sitio sin despegar la vista del exterior.

—Gum… ya llegamos— anuncio con suavidad.

—Lo sé.

Dicho esto, abre la puerta del automóvil y se apresura a ingresar a su hogar sin siquiera dirigirme una mirada a mí o a su madre. La conozco y sé que está esperando a estar sola para llorar en silencio.

—¡Jess!— exclama Miranda, mientras la chica sube velozmente las escaleras. Yo la veo alejarse, pensando en que no tiene caso seguirla cuando lo único que desea es estar sola.

Miranda suspira y se vuelve hacia mí, la expresión en su rostro refleja que lo único que quiere es disculparse por el comportamiento de su hija.

—Es complicada ¿no?

Me encojo de hombros, sonriendo ligeramente.

—Supongo.

Miranda menea la cabeza, dirigiéndose a la sala de estar para tomar asiento. Se ve agotada.

—Eres demasiado paciente y blando con ella. De verdad te agradezco que la hayas apoyado durante todo este tiempo, no… no me explico cómo pudo ganar un amigo tan bueno como tú.

Me entristece escuchar las palabras de esa mujer, pues no soy exactamente el amigo ideal, estoy muy lejos de serlo. Pero lo que más me duele es la manera en la que se expresa de Jess… habla de ella como si no fuera capaz de hacer amistades, probablemente se ha resignado a pensar que su hija está destinada a la soledad.

—No ha sido nada— contesto en voz baja, casi en un susurro, mientras me siento en el sofá justo delante de ella.

No sé qué más decir, me gustaría hacerle saber que Jess es una chica increíble con mucho talento e inteligencia, pero las palabras se niegan a salir de mi boca, no encuentro la forma de expresarlas. Tal vez no es el momento adecuado para hacerlo.

De pronto, Miranda rompe a llorar y yo sólo estoy ahí, en silencio, viéndola sufrir por el peso que ha estado cargando en sus hombros desde hace años. Ha criado a su hija sola y probablemente tiene la sensación de que no ha hecho un buen trabajo. Desafortunadamente, el día de hoy ha perdido al único hombre que la ha apoyado desde que era una niña, su padre.

—Lo siento mucho— digo agachando la mirada, escuchando los sollozos de aquella pobre mujer.

—¿Qué se supone que haré ahora? Mi papá era el único que la hacía entrar en razón. A mí nunca me ha obedecido— dice Miranda sin estar dirigiéndose a mí exactamente, al parecer tan sólo necesita desahogarse y que alguien la escuche, por lo que me limito a hacerlo, aunque tengo la sensación de que no soy la persona indicada.

Estando ahí, escuchando a Miranda lamentarse, pienso en lo afortunado que soy en casa. Mis padres son un matrimonio feliz que discute de vez en cuando como cualquier otro, y tengo una hermana menor que se sienta delante del televisor durante todo el día para ver cualquier película que llame su atención, así que no suelo tener problemas con ella. Mi vida parece un cuento de hadas a comparación de la pesadilla en la que viven otros.

—Lo siento mucho, Scott, no tendrías por qué estar escuchándome. Creo que lo mejor será que te vayas a casa— se disculpa Miranda, secándose las lágrimas con una pequeña sonrisa en los labios, como si por dentro se estuviera burlando de ella misma por estarle contando a un chico de dieciocho años su trágica historia como madre.

Asiento con la cabeza como signo de comprensión y me pongo de pie, dándole el pésame una vez. A continuación, subo a la habitación de Jess para despedirme de ella, aunque hay pocas probabilidades de que me abra la puerta.

—Gum… —le llamo sin esperar respuesta—. Me tengo que ir, sólo vine a despedirme.

Por un momento pienso que no contestará, pero luego de un lapso de tiempo, escucho su voz del otro lado de la puerta.

—Está bien, puedes irte.

La conozco lo suficiente como para saber que su voz está un poco ronca y que ha estado llorando desde que ingresó en su recámara. Está pasando por muy malos momentos.

—Por favor no hagas ninguna tontería— le pido, esperando que por lo menos una vez en su vida me escuche.

Dicho esto, bajo a la puerta principal, en donde Miranda me despide y manda saludos a mis padres. Sé que se las arreglará sola, es una mujer fuerte.

Jess no fue a clase en lo que restaba de la semana, no hice preguntas porque imaginaba la razón, así que me limité a hacerle compañía a Tobías y Rachel. En realidad, no soy muy bueno conversando, así que la mayoría del tiempo los escuché a ambos. Sólo cuando Tobías no se hallaba ahí, hablaba con Rachel sobre Jess y su madre.

—Me preocupa que pueda hacer algo.

—Si te soy sincera, no creo que Jess se quite la vida— hago lo posible para fingir que esas palabras no me han afectado demasiado, pero Rachel me conoce, por lo que se apresura a añadir—: Lo siento, lo que quiero decir es que… Jess no hará nada, estoy segura.

Pude haber comentado algo más, decirle que estoy un poco inquieto porque no ha contestado a ninguno de mis mensajes y que estoy dándole vueltas a la idea de ir a visitarla. Pero antes de que tuviera oportunidad de hacerlo, Rebeca hizo acto de presencia, recordándome que había prometido ayudarle para el examen de Watson.

Me despido, Rachel parece muy impresionada de que le deje sola y me vaya con Rebeca, ya que no es exactamente el tipo de persona con la que suelo juntarme, sino todo lo contrario.

Hago una nota mental de que le debo explicaciones a Rachel para más tarde.

Rebeca me guía a un café cerca del colegio, en el que la mayoría de los estudiantes suelen reunirse para estudiar. Hablamos de cosas sin importancia mientras cada quien come un pastelillo. Y justo después de nuestro ligero almuerzo, nos centramos en el estudio; comprende muy rápido todo lo que le digo, por lo que sospecho que realmente no necesita mi ayuda.

De manera inesperada, Rebeca deja de hacer lo que está haciendo y me mira fijamente.

—¿Por qué los amigos se van?

Su pregunta me toma por sorpresa, pero sé exactamente de lo que habla, pues de pronto caigo en la cuenta de que estoy hablado con la vieja amiga de Jess y recuerdo que eran inseparables. Nunca entendí cuál fue la razón por la que dejaron de hablarse.

Me toma unos minutos formular una respuesta, ya que busco las palabras correctas y traigo al presente el sentimiento de mi infancia, cuando era un niño solitario increíblemente tímido al que le costaba hacer amistades.

—Los verdaderos amigos no se van, y quienes se van… no valoran tu amistad, no se dan cuenta de lo que dejan atrás— explico, respondiéndole al mismo tiempo a mi yo del pasado, quien lloraba al verse solo y sin amigos.

Rebeca me sonríe, por lo llorosos que se encontraban sus ojos creí que se echaría a llorar; me sorprendió que no lo hiciera, quizá no deseaba llorar en público.

—Supongo que tienes razón, gracias.

No entiendo por qué me agradece, pero no pregunto y seguimos estudiando. En ocasiones nos tomamos un respiro para conversar, no se siente tan diferente a hablar con Rachel, me entiende y se ríe de mis chistes, esos que nadie suele comprender.

Luego de esa tarde, concluyo que es una chica agradable.

Poco después de llegar a casa recibo un mensaje de Rachel, recordándome que le debo un par de explicaciones, así que hablo con la verdad y le digo lo bien que la pasé con Rebeca.

"Es agradable… "

En cuanto escribo esas palabras, me llega un mensaje de Jess y tengo la extraña sensación de que la he traicionado.

Beka
Rango7 Nivel 31
hace casi 4 años

Me encanta la historia... es increíble :)

OhHannie
Rango5 Nivel 22
hace casi 4 años

Me alegra que te haya gustado ;)


#4

JESS

Scott ha empezado a salir con la chica de sonrisa horrible. No sé por qué no me había mencionado nada, me he enterado a través de Rachel, que se enteró a través de Tobías ¿acaso no me tiene confianza? Se supone que somos amigos ¿y por qué de la nada ha decidido emparejarse con la tonta esa a la que seguramente ya se le secó el cerebro por tantas series ridículas?

Estoy enfadada. Por culpa de esa idiota de Rebeca nos hemos distanciado, bueno, en realidad yo me he distanciado, y creo que he hecho bien ¿para qué me quiere ahí haciendo un mal tercio? Se ve que es muy feliz con esa torpe que se carcajea de todo lo que le dice. Siempre supe que me remplazaría. Todo el mundo se cansa de mí, no sé por qué me hice la falsa ilusión de que él no lo haría.

Como sea, estoy muy feliz aquí sola fumando un cigarrillo tras otro, esperando acabar con mis débiles pulmones. A nadie le importa de cualquier forma, a mi madre ya le da igual lo que haga y mi abuelo ha dejado de estar aquí para hablar con él. Estoy sola.

Los cigarrillos no me parecieron suficientes, así que salí de casa de camino a un bar, aprovechando que mamá está besuqueando a Ronald en el interior de su departamento. A mí no me puede hacer la misma mentira dos veces. Por supuesto que no va a casa de su amiga Sophie cuando apenas y cruza palabras con ella en el trabajo.

Pido un tequila triple. Me lo acabo de un trago. Pido otro, otro, y otro más. Maldigo al idiota de Scott y me rio, al mismo tiempo que le escribo un mensaje de texto diciéndole que me estoy emborrachando.

De pronto veo a un chico alto, rubio y musculoso que no me ha quitado la mirada de encima desde que ingresé al bar. Me lamo los labios para invitarlo a acercarse, segura de que estoy a punto de tener una de las mejores aventuras de mi vida.

No es la primera vez que hago esto. Ni Rachel ni Scott lo saben, pero me gusta beber y revolcarme con el primer chico atractivo que se cruza ante mí. Tengo esa necesidad incontrolable de que me toquen y que me penetren con fuerza, quizá lo heredé de la puta de mi madre.

Todo sucede demasiado rápido para mi gusto. Una vez más estoy sola en mi cama, desnuda, apestando a sexo y con una sensación de insatisfacción que me lleva a tocarme a mí misma con una desesperación casi desenfrenada. Estuve a punto de enviarle un audio a Scott con mis gemidos, pero de inmediato me arrepentí. No quiero que nadie conozca esta imagen de mí.

Rompo a llorar y me quedo dormida, sintiendo asco de mí misma, a sabiendas de que soy un caso perdido, un ser humano que no debería continuar respirando.

Me despierta el timbre. Al consultar la hora me he percatado de que no he dormido más que una hora.

Gruñendo, me coloco una bata para cubrir mi desnudez y voy a atender la puerta. La persona que encuentro justo delante de mí es a quién menos quiero ver, mucho menos por la expresión de lástima que me ha dirigido. Me dan ganas de decirle que se largue con su estúpida novia retrasada, pero no soy tan cruel como para hacer algo así.

—Hola— saludo con naturalidad, incluso me rio.

—Gum... ¿Puedo pasar?

Ignora el hecho de que esté desnuda, o al menos finge hacerlo, porque estoy segura de que es un pervertido que ve porno antes de ir a dormir. Aunque no puedo imaginarlo, esa imagen se niega a aparecer en mi cabeza porque una parte de mí no quiere creerlo. Scott no es como yo. Scott no tiene problemas como los míos.

Le abro el paso, lo dejo ingresar en mi casa. Le digo que mamá está en casa de una amiga, le miento por supuesto, es mi especialidad. A veces me gustaría ser honesta con él, pero tiendo a mentir constantemente; Scott no es estúpido, bien sabe que le he mentido una docena de veces, pero finge no saberlo. Scott es demasiado bueno. Scott no merece que lo trate como lo hago. Scott debe ser feliz, mas no puede serlo mientras yo respire.

No obstante, soy demasiado egoísta como para dejarlo ir.

En cuanto llegamos a la habitación dejo caer la bata y me vuelvo hacia él, sonriendo, ladeando la cabeza para disimular ternura.

—Píntame.

Lo veo tragar saliva y caminar lentamente hacia el escritorio que poseo en el rincón de mi habitación. Me rio al verlo tomar un lápiz con mano temblorosa, comenzando a hacer torpes trazos en una libreta.

—No, bobo— digo divertida, acercándome a él con un balde de pintura rosa en mano, el cual tenía guardado tras de mi puerta—. Quiero que me pintes con esto.

Coloco el balde de pintura ante él y le entrego una brocha. Scott me mira fijamente, en sus ojos hay algo que no puedo descifrar. Hago un puchero por miedo a que no cumpla con mis caprichos, pues de verdad quiero que me pinte.

Inhala aire profundamente y a continuación, destapa la pintura. Lo sabía, Scott siempre accede a todo lo que le pido.

Los primeros brochazos entran en contacto con mi espalda, haciéndome estremecer. La sensación es fría al tacto, pero con el tiempo se va volviendo excitante. No entiendo por qué Scott no se ha abalanzado sobre mí para penetrarme contra la pared. Cualquier otro hombre ya lo habría hecho. Tal vez es gay. Pero esa idea se esfuma cuando sus manos comienzan a temblar al tener mis pechos expuestos ante él.

—No puedo hacer esto Gum. Lo siento.

Y dicho esto, se va. Quiero creer que regresará, pero pasa media hora sin que aparezca, así que me doy por vencida e ingreso en la ducha, llorando.

#5

SCOTT

Jess no se ha presentado al colegio desde hace dos semanas. Estoy preocupado y Rachel también. No contesta ninguna de mis llamadas ni tampoco mis mensajes, cada vez que voy a su casa no está. No le he contado a nadie lo que sucedió en su habitación, pues eso es algo entre ella y yo, pero estoy seguro de que tiene algo que ver.

—¿No sabes nada de Jess?— pregunto a Rebeca, desesperado por saber algo de ella.

—Ah, Jess... no, nada ¿por qué te preocupas? Sabes que así es ella, no pierdas tu tiempo preocupándote.

Escuchar eso me hace enfadar. Es obvio que Rebeca está celosa, siempre lo ha estado y es que quiere que sólo le preste atención a ella cuando Jess... Jess siempre ha sido mi prioridad.

—Es mi amiga— repongo con seriedad.

—¿Amiga? Jess no tiene amigos, ya viste lo que me hizo a mí ¡Y a ti! No te ha hablado por semanas ¿cierto?

Es cierto, tiene toda la razón, Jess dejó de dirigirme la palabra desde que comencé a salir con ella. No estamos en una relación, sólo estamos conociéndonos poco a poco y nos hemos vuelto muy unidos.

Pero Rebeca nunca será como Jess.

Me he puesto de pie, realmente molesto e irritado. No puedo seguir soportando a esta chica, una parte de mí cree que tiene razón, pero hay otra mucho más fuerte que me indica que está muy equivocada.

—Jess puede dejarme de hablar por meses si eso es lo que quiere, pero no voy a darle la espalda nunca.

—¿Qué te ocurre? ¿Acaso estás enamorado de ella?

No sé qué contestar, jamás me he planteado esa idea. No me siento capaz de responder, por lo que opto por dar media vuelta y dirigirme a la estación de autobuses para ir a casa de Jess una vez más. Estoy desesperado, hay algo importante que debo decirle.

La decepción y la impotencia me atacan en cuanto su madre aparece en la puerta con las mismas malas noticias de siempre: Jess no está.

—Por favor ¿le puede decir que saldré de viaje por unas semanas? Es importante para mí que...

—¿Saldrás?

Su voz se hace escuchar. Francamente ya sospechaba que ella había estado aquí todo el tiempo, pero no había tenido el valor para enfrentarme, seguramente estaba demasiado avergonzada por lo ocurrido la última vez que nos vimos.

Su cabellera rosa avanza hacia la puerta y de pronto se encuentra estrechándome en sus brazos. Está llorando.

—Perdóname— solloza arrepentida.

Soy de las pocas personas que han visto a Jess llorar y no me gusta que lo haga, prefiero que sonría y ría.

Vamos hasta su habitación, se acurruca a mi lado en su cama y escuchamos música con los auriculares puestos. Acaricio su cabello, pensando en las palabras que había dicho a Rachel en una ocasión en la que hablé con ella sobre Jess.

—Jess es como mi hermosa muñeca de porcelana a la que tengo que cuidar y proteger para que no se rompa en pedazos.

—Esa forma en la que hablas de ella es tan... tierna.

Volviendo al presente, la miro, preguntándome si estará bien en mi ausencia.

Tomo su brazo con delicadeza y acaricio las cicatrices en su muñeca con mi pulgar. No hay ninguna reciente, lo cual me tranquiliza un poco. No quiero que vuelva a lastimarse a sí misma.

Jess me mira con reproche y se suelta de mi agarre, ocultando su brazo bajo la almohada.

—¿Cómo está tu novia?— pregunta, buscando desviar mi atención, lográndolo con éxito.

—¿Te refieres a Beca?

Jess frunce el ceño y aguanto las ganas de reírme.

—¿Desde cuándo es “Beca”? ¿Es tu forma cariñosa de llamarle? Que tierno y original eres.

No puedo evitarlo, rompo a reír ante su sarcasmo y al poco tiempo, ella también ríe conmigo. Si su abuelo aún continuara rondando por aquella casa, nos gritaría que bajáramos el volumen de nuestras carcajadas y pocos minutos después, abriría la puerta; esa era la señal para que nos cubriéramos la boca con las manos. Su abuelo terminaría carcajeándose con nosotros.

Jess parece percatarse de que su abuelo no volverá a aparecer en su habitación, por lo que sus risas se van apagando poco a poco hasta que nos hundimos en el silencio.

—¿A dónde irás?— me pregunta de pronto.

—A Nueva York, tomaré un curso de fotografía allá.

—Oh, eso suena increíble. Te felicito.

Sus palabras me resultan vacías y su sonrisa no puede ser más fingida. La conozco, sé que no está entusiasmada por la noticia, pese a que estoy a punto de cumplir uno de mis más grandes sueños.

—Gracias.

Le agradezco sus felicitaciones, a sabiendas de que no son sinceras. Es algo tarde, así que bajo de la cama anunciando mi retirada y ella se dispone a acompañarme a la puerta.

—Vas a estar aquí para mi cumpleaños ¿verdad?— dice justo cuando bajo las escaleras.

Me giro hacia ella, sintiendo que se rompe algo en mi interior al ver sus ojos brillando con esperanza. Es tan desgarrador saber que no estaré aquí para verla soplar las velas de su pequeño pastel y abrir su regalo con el rostro iluminado. No la estrecharé en mis brazos mientras le susurro “Feliz cumpleaños, Gum” ni la veré reír como loca al escuchar su propia voz afectada por el gas helio de sus globos.

Su mirada se entristece cuando no recibe una respuesta inmediata y ríe con tristeza. No ha sido necesario que se lo dijera.

—No importa, invitaré a Rachel y al idiota de Tobías.

—Lo siento mucho…

Menea la cabeza, sonriendo.

—Está bien, ve a Nueva York y haz tus sueños realidad, seguro te divertirás más que yo— dice bajando los pocos escalones que le quedaban para llegar junto a mí, es una cabeza más baja que yo ¿cuándo se volvió tan pequeña?

Antes de que pueda asimilar que ha pasado bastante tiempo desde ese primer día de clases en el que la conocí, me sujeta del brazo para arrastrarme hacia la puerta y abrirla.

—De verdad lo lamento, Gum. Te enviaré mensajes y te llamaré de vez en cuando ¿ok?

Jess asiente con la cabeza, sonriendo, y luego ríe un poco, dándome un pequeño empujón para que salga de su casa.

—No te despidas aún hasta que estés a punto de subir a ese avión ¿de acuerdo? ¿Cuándo te irás?

—Mañana a primera hora de la mañana.

Estoy aliviado de haber hecho las paces con ella antes de irme, aunque es doloroso saber que sólo pudimos compartir unos instantes. Hubiera cambiado mis días con Rebeca por cientos más junto a Jess, pero ya no es momento para lamentarse y no puedo negar que me alegro de haber conocido a aquella otra chica.

—Perfecto, una buena excusa para no ir a clase y perderme el examen de Watson— dice victoriosa.

Me cruzo de brazos, en completa desaprobación, y ella se echa a reír. Me encantan esos días en los que parece estar rodeada de luz, en vez de esas tinieblas que suelen invadirla constantemente.

—¡Es broma! Puedes irte tranquilo, me despediré de tu novia por ti.

Pongo los ojos en blanco. Al ver que ha logrado sacarme un poco de mis casillas, Jess me muestra la lengua en un acto infantil y a continuación, me abraza con fuerza, aferrándose a mí como si no quisiera dejarme ir.

Me muerdo el labio. No quiero dejarla. No quiero irme.

—Haré las paces con Rebeca si eso es lo que quieres— murmura.

—Puedo quedarme… si quieres.

Jess se separa un poco de mí, mirándome a los ojos muy fijamente.

—No. Irás a Nueva York, tomarás ese curso y te divertirás a lo grande.

Asiento con la cabeza como un niño obediente. A veces me siento como un infante ante la presencia de Jess, pero los papeles se invierten de vez en cuando y soy yo quien tiene la necesidad de cuidar de ella. Pero no estaré aquí cuidándola por siempre.

Nos miramos a los ojos, estamos demasiado cerca el uno del otro. El tiempo parece haberse detenido por un momento. Me siento en una de esas ridículas películas románticas que Jess encuentra tan tontas, y no logro comprender por qué mi corazón ha comenzado a latir tan rápido, mientras pienso que los ojos azules de Jess son mucho más hermosos que los de Rebeca.

En un abrir y cerrar de ojos, Jess ha besado mi mejilla y ha corrido a resguardarse en el interior de su casa, la cual admiro con una sonrisa en los labios antes de volver a la propia para empacar un par de libros.

#6

JESS

No puedo negar que me puse a llorar como una niña justo después de que Scott abandonara mi casa. No me hace bien saber que no estará aquí para mi cumpleaños ni que estará lejos durante un buen tiempo. Los días en que no nos dirigimos la palabra la pasé muy mal, mi madre pensó que me suicidaría en la ducha, pero le expliqué la situación y tuvo ganas de ir a hablar seriamente con él. No se lo permití, por supuesto, era una idea ridícula que se pusiera a defenderme como si aún estuviera en el jardín de niños.

Me las arreglé sola y sé que también me las arreglaré yo sola durante su ausencia. No es como si lo necesitara.

Corro un poco las cortinas de la ventana de mi habitación para asegurarme de que Scott ha desaparecido y efectivamente, él ya no está ahí. Siento un nudo en la garganta, tengo la sensación de que me estoy quedando sin aire, así que me apresuro a llegar hasta mi escritorio para tomar un pincel con mano temblorosa y comenzar a pintar cualquier cosa.

Pintar me relaja, me ayuda a alejar mis demonios y mantenerlos a raya. La pintura ha sido mi pasión desde hace algunos años, las personas dicen que se me da bien, pero no estoy muy convencida.

Mientras pinto, haciendo uso de tonalidades oscuras como el negro y el gris, trato de ignorar esas gotitas que van mojando mi hoja, estropeando mi trabajo. No me gusta llorar. Detesto llorar. Dicen que llorar te ayuda a sentirte aliviada, libre, pero a mí sólo me causa una sensación asfixiante.

Me he retratado con lágrimas en los ojos y una expresión neutra, pero mi mirada dice que quiero gritar con fuerza hasta desgarrarme la garganta, justo como hace unos minutos.

Arrugo la hoja de papel y la tiro en el cesto de basura antes de adentrarme en el baño para darme una ducha caliente, en donde sollozo con fuerza.

La idea de quitarme la vida suena tentadora, pero no lo hago, la voz imaginaria de mi abuelo me detiene justo cuando veo la navaja ante mí, en el fondo de uno de mis cajones.

Escucho la puerta cerrarse en la planta baja. Mi madre ha llegado.

Cierro el cajón con fuerza y me alejo de él conteniendo la respiración, para luego abalanzarme sobre la puerta de mi habitación antes de que la tentación se vuelva lo suficientemente grande.

No me siento tan mal, pero cederé. En algún momento cederé. Siempre termino cediendo.

Rachel me acompaña otra vez a casa. Es molesto. Nos llevamos bien, pero resulta asfixiante que me siga a todas partes como si temiera que pudiera lanzarme del Golden Gate. Lo he intentado, pero mi mamá se puso como loca antes de que hiciera una "estupidez".

Estoy consciente de que Rachel se ha vuelto mi sombra porque planea ser los ojos y los oídos de Scott, pero es preferible tenerlo a él. Scott habla poco, ríe poco y la mayor parte del tiempo se limita a escucharme; es como un hermoso cachorro muy bien domesticado. Rachel busca hacerme hablar cuando no tengo ganas de hacerlo, lo que me recuerda a la estúpida de Rebeca, parlanchina y pegada a mí como una goma de mascar en el zapato.

Al llegar a casa me despido rápidamente e ingreso con la respiración agitada, tal y como si me hubiese encontrado aguantándola durante el largo tramo que acababa de recorrer. Finalmente me siento resguardada.

Luego de mirar por la ventana para asegurarme de que Rachel ha desaparecido, saco el celular para escribirle a Scott. Sólo lleva fuera una semana, pero ya le extraño, lo necesito como el oxígeno mismo, como esa necesidad de inhalar tabaco con desesperación.

No responde. Scott jamás demora tanto en responder, tiende a escribir de inmediato porque yo le enseñé a hacerlo. Muchas veces le enviaba notas de audio hecha un mar de lágrimas porque me sentía muy mal y él nunca respondía en su debido momento para consolarme. Desde entonces lo hace cuanto antes.

Seguramente no tiene conexión a internet.

Molesta, lanzo el celular sin importar que se haga pedazos y subo rápidamente a mi habitación. Mamá no está en casa, normalmente trabaja todo el día y sólo descansa los miércoles. Afortunadamente hoy es viernes, puedo salir a donde me plazca sin que Rachel me persiga o mi madre me empiece a tirar mierda.

Mientras me quito el uniforme, comienzo a derramar lágrimas, maldiciendo mentalmente a Scott. Me siento feliz por él porque está estudiado un curso de fotografía en un lugar que siempre quiso conocer, pero una parte egoísta de mí lo quiere de vuelta. Nunca debió abandonarme. Ni siquiera se molestó en preguntarme si me habría gustado acompañarlo.

Pero no importa ¿cierto? Tengo a Morgan, un tipo cinco años mayor que yo que me otorga la misma, o incluso más atención que Scott. Gracias a él no me siento tan sola.

Cuando estoy lista me miro en el espejo. Mi delineador se ha corrido, dándome un aspecto lamentable, pero me da lo mismo y enciendo un cigarrillo. Inhalar el humo del tabaco es relajante, pero necesito mucho más que eso, una sesión de sexo con Morgan lo solucionará todo, estoy segura de que se compadecerá de mí en cuanto me mire con este aspecto.

Busco mi antiguo celular, ese que me regaló mi abuelo la Navidad pasada, y mando un texto a Morgan para quedar con él e ir a alguna discoteca, fiesta, o bar; tan sólo quiero beber un poco. Me pide que nos veamos en nuestro punto de encuentro, un parque a unas cuadras de casa, así que me dirijo hacia allá con una radiante sonrisa sin importar que la gente se me quede viendo por mi deprimente y un tanto desaliñado aspecto.

Espero sentada en una banca con la mirada perdida en los niños que juegan por ahí, ensuciándose los pantalones de tierra y césped. Si la niña que llegué a ser se encontrara conmigo, estaría muy decepcionada por la persona en la que se ha convertido.

Expulso el humo del tabaco, tratando de alejar esos pensamientos que sólo logran bajar mi autoestima.

En cuanto Morgan aparece, me interroga preocupado. Ha sido imposible que ignore mi angustiante estado. Yo sólo evado sus preguntas y subo en el auto luego de pisotear mi cigarrillo, pidiendo ir a una discoteca lo antes posible para distraerme y olvidarme de la miserable realidad en la que vivo.

De camino, mi celular vibra. Es un mensaje de Rachel en el que sugiere tener una noche de películas. Me niego diciéndole que tengo otros planes, los cuales son mucho más entretenidos que estar sentada frente a la pantalla del televisor comiendo chatarra.

Al llegar a la discoteca, Morgan y yo nos reunimos con su grupo de amigos. Una de las chicas, al verme, se ofreció a maquillarme y arreglar mi cabello en los baños públicos de aquel sitio; accedo.

—¿Qué edad tienes?— me pregunta mientras cepilla mi cabello para hacerme una coleta alta.

—Diecisiete— contesto mirando mi reflejo, esperando que sea la única pregunta que tenga que responder en lo que resta de la noche. Pero parece que nací sin suerte.

—Oh ¿no eres muy joven para salir con Morgan?

Odio que me interroguen ¿acaso tiene intenciones de que confiese mi fascinación por las barbas y los chicos altos? Aunque ahora que me detengo a analizarlo, Morgan no es muy alto.

—Los chicos de mi edad son unos idiotas— contesto, brindándole una amistosa sonrisa.

Eso es lo que la mayoría de las chicas dicen, así que es el argumento que decido utilizar en mi defensa para que cierre la boca de una vez, porque en realidad no dudo que haya chicos con una buena capacidad intelectual.

La conversación entre nosotras cambia de rumbo hacia mi cabello, el cual es elogiado por su color y agradezco que no pregunte la razón por la que me lo teñí. En su lugar comienza a hablar de sí misma, de los cambios que ha querido hacerse en la cabellera y cosas por el estilo que a mí no me interesan en lo más mínimo, pero finjo que lo hacen.

Me siento aliviada cuando la chica ha terminado de arreglarme, porque lo único que quiero es un poco de alcohol y revolcarme con Morgan, quien asegura estar fascinado con el aspecto que porto ahora. Pedimos un par de bebidas, me gusta salir con Morgan porque me deja beber todo lo que yo quiera y no tiene problema con que me quede sentada en una esquina sin ánimos de bailar.

Probablemente mentí un poco. Morgan no me otorga la misma atención que Scott. Él no habría permitido que bebiera más de dos botellas de alcohol ni me habría dejado sola como estoy justo ahora.

Lo extraño. Extraño a Scott. Lo extraño mucho, muchísimo.

Le envío notas de audio que no responderá de inmediato porque está muy ocupado con sus estúpidos cursos, mientras continúo bebiendo y fumando. Ojalá el muy egoísta se sienta culpable por abandonarme.

Recuerdo que en algún momento me puse a bailar con un desconocido, luego estuve con Morgan, estoy segura de que nos besamos, y después obtuve la sesión de sexo que necesitaba en el sofá de su departamento. Cuando las luces estuvieron apagadas y estuve segura de que Morgan dormía, me metí en el baño y le envié el último audio de la noche a Scott, llorando desconsoladamente.

Ahora estoy sentada en una cama ajena, con la mirada perdida al frente y recibiendo una gran cantidad de mensajes de una madre angustiada, que seguramente se está preguntando dónde pasé la noche. Pero ignoro las vibraciones. Ignoro absolutamente todo.

#7

SCOTT

Tengo una llamada perdida de Jess, me he percatado de ello hace alrededor de una hora. No dejo de pensar en lo que podría necesitar (tratándose de Jess, puede ser cualquier cosa), en si se encontrará bien y si de casualidad habrá llamado a Rachel después de fracasar en tratar de contactarme. Necesito ponerme en contacto con ella cuanto antes.

Las actividades fuera del instituto me parecen eternas, hasta que finalmente me encuentro en mi habitación y decido contactar a Jess. Apenas enciendo mi móvil, recibo una gran cantidad de mensajes; todos y cada uno de ellos con el nombre de "Gum".

Me apresuro a verlos y me percato de que se tratan de notas de voz, por lo que comienzo a escuchar una tras otra:

—No me siento bien sin ti, nada tiene sentido.

—Te extraño.

—Siempre quise decirte que eres un chico amargado y aburrido.

—Perdón por eso no lo decía en serio.

—La música está horrible no puedo bailar.

—TE ODIO.

—No te creas, sabes que te amo, siento mucho causarte problemas todo el tiempo sabes que no es mi intención.

—Te amo mucho, eres el amor de mi vida y todas esas mariconadas que dicen las chicas normales.

—Morgan besa muy bien.

La última es de ella llorando, la repito una y otra vez, sintiendo que se me forma un nudo en la garganta. Estaba ebria desde un inicio, es preocupante escucharla así, pero es aún más desgarrador escuchar sus sollozos y saber que no puedo estar junto a ella para consolarla.

Las palabras de su último audio, enviado hace dos horas, son las siguientes:

—Soy una mierda de persona, sé que nadie me quiere y que merezco morir porque nadie es capaz de soportarme. Estoy segura de que... de que llegarás a un punto en el que te hartarás de mí y me abandonarás porque... seamos realistas ¿Quién quiere a una loca suicida como yo? No te molestes en contestar, ya sé la respuesta... Ni mi propia madre me soporta.

Puedo imaginarla en el medio de su cama con su suéter negro gigantesco y el maquillaje corrido, haciéndola lucir débil e indefensa.

Finalmente, me atrevo a enviarle las palabras que he estado repitiéndome constantemente:

—Me gustan las cosas únicas, creativas, originales y por lo tanto, locas. Yo nunca te daré la espalda, Gum.

Luego de aquello, me voy a la cama y antes de quedarme dormido, vuelvo a cuestionarme si ha sido buena idea tomar este curso lejos de ella.

A la mañana siguiente, tengo una conversación con Rachel en la que hablamos poco de los estudios y más de Jess. Siempre tiendo a hablar sobre Jess, es un tema esencial de conversación al que Rachel ya se ha acostumbrado, pues ella sabe lo importante que es esa chica para mí.

—Creo que no le agrado, Scott— dice Rachel del otro lado de la línea, se escucha un poco abatida.

—¿Por qué lo dices?

Estoy consciente de que Jess es complicada, tiene una actitud que parece indicar desagrado hacia todo aquel que la rodea, pero es ella quien cree que no le agrada a nadie. Me cuesta buen rato recordarle que a mí me agrada.

—Parece querer huir de mí todo el tiempo, Tobías se la ha pasado burlándose de mí.

Imagino a Jess en compañía de Rachel y suelto una risa leve, porque la escena es exactamente como Rachel la ha descrito: Jess parece incómoda, mirando a algún otro lado sin prestar atención a lo que su acompañante está diciendo y aparentando tener deseos reprimidos de salir pitando por la primera ruta de escape que capten sus ojos.

—Deja que se acostumbre un poco. Le caes de perla.

—Eso ni tú te lo crees— me reprocha Rachel.

Suelto una carcajada.

—Es verdad, le resultas indiferente— le comento medio en broma porque en realidad así son las cosas.

Jess suele conversar con nosotros, sentarse en la misma mesa que compartimos en la cafetería e incluso reírse de las tonterías de Tobías, pero desconfía por la hipocresía que observa a su alrededor, por la hipocresía en la sociedad. No es muy abierta.

—Recuérdame por qué somos amigos— se queja Rachel.

Pocos minutos después ambos nos encontramos riendo. Hablar y reír con Rachel me ayuda a relajarme, aunque sea un poco, alejando las preocupaciones que me invaden la mayor parte del tiempo estando de este lado del continente.

Echo de menos a Rachel, a Tobías, pero en especial a Jess, la chica que vuelve mi vida un poco más interesante.

Luego de terminar mi llamada con Rachel, suelto un suspiro y me levanto de la cama con el estuche de mi cámara al hombro. Tengo que darme prisa si no quiero perder el desayuno.

Hoy es uno de mis días libres, así que en cuanto termino mi desayuno, aprovecho para salir a tomar un par de fotografías. Unos compañeros me han invitado a los bolos, pero he rechazado la oferta amablemente y he tomado el metro con destino a Central Park.

Luego de salir del metro, tomando una que otra fotografía, pido indicaciones a un oficial para que me oriente.

Estuve durante un buen rato dando vueltas por Central Park, teniendo la sensación de que me encontraba en el lugar equivocado, imaginando que ya se habían tomado una gran variedad de fotografías de todos los ángulos posibles. Este sitio es muy popular después de todo.

Rendido, me dejo caer sobre una banca y le doy un vistazo a mi celular, recordando que no fui capaz de comunicarme con Jess. No contestó a ninguna de mis llamadas y Rachel tampoco tuvo noticias recientes de ella, de hecho, no tenía idea de que hubiera pasado la noche divirtiéndose en una discoteca.

Suspiro, guardo mi celular y de pronto creo ver una ardilla en una de las copas de los árboles, por lo que alzo mi cámara para tener una mejor visión de ella. Pero cuando me dispongo a seguir al animal por la mirilla, capto una imagen que acapara toda mi atención: es el hermoso perfil de una chica de cabellos castaños que parece ensimismada en su propio mundo, acariciando a su mascota, un cachorro de dálmata. Su expresión es tan bella, tan cautivadora, que me veo obligado a fotografiarla.

Se vuelve hacia mí, me contempla con sorpresa, como si me hubiera atrapado con las manos en la mesa. Y casi inmediatamente, me sonríe con los labios sellados, haciéndome sentir un poco cohibido por mi atrevimiento.

—Hola— me saluda. Su voz es agradable, dulce como la miel.

—Hola— le devuelvo el saludo, admirando su hermoso rostro surcado por pecas y aquellos ojos color canela con tupidas pestañas. Es preciosa tan preciosa que puedo imaginar toda una exposición fotográfica con ella como protagonista.


#8

JESS

Dudo que vuelva a reunirme con Morgan, cuando llegué a casa mamá estaba enfadada y tenía ojeras enormes. Apestaba a marihuana, tabaco y alcohol. No, no me molesté en darme una ducha, en cuanto me decidí a salir de la cama de Morgan me vestí y vine a casa sin despedirme del tipo al que jamás volvería a ver.

Mamá me gritó, me dio una bofetada y me envió a mi habitación a ducharme. No me inmuté en lo absoluto. No llamé a Scott ni tampoco le envié un mensaje, simplemente me dediqué a pintar el resto del día.

Justo ahora son las once de la noche, no he comido nada y tampoco pienso hacerlo. No tengo hambre. Mamá vino hace un momento pidiéndome que vaya a la cama, pero no creo que pueda dormir. No tengo sueño.

Miro lo que he pintado y los ojos de Scott me devuelven la mirada. No entiendo la razón por la que he plasmado su rostro una vez más.

Arrugo el papel y lo lanzo al cesto de la basura.

Sintiéndome agotada de un momento a otro, me pongo de pie para buscar mi pijama. Al desvestirme, voy dejando la ropa por el suelo sin molestarme en levantarla después y finalmente me meto en la cama. Tardo aproximadamente una hora en conciliar el sueño.

Tobías es fanático de los animes relacionados con robots, titanes y ninjas. Aun no entiendo cómo es que este chico no ha superado la etapa de la niñez estando a pocos meses de ingresar en la universidad. Admito que yo también fui fan de unos cuantos mangas, pero no era tan descerebrada.

Estamos en Japan Town. Rachel y yo fuimos arrastradas por Tobías a este sitio porque según él ya tenían los mangas que había solicitado hace un mes. Si Scott estuviera aquí le pediría que me comprara un Totoro de peluche o un Rilakkuma, pero el muy maldito está en Nueva York disfrutando de cosas mucho más grandiosas que un paseo con su amigo friki.

—¿Quieren comer algo?— pregunta Tobías. Se nota a leguas lo entusiasmado que está por sentarse a hojear sus mangas.

Terminamos sentándonos en un restaurante coreano, no entiendo qué hace uno en un sitio que se supone está orientado a la cultura japonesa, pero no hago ningún comentario y me limito a pedir la carne que vi en el menú.

Tobías está hojeando sus estúpidos mangas con los ojos brillando de la emoción mientras le habla a Rachel sobre la trama, me causa gracia porque es bastante obvio que a la chica no le interesa ni un poco lo que Tobías le está diciendo. Pero nuevamente me ahorro mis comentarios y miro mi móvil como si de ésta forma pudiera hacer aparecer un mensaje de Scott. No ocurre nada.

Llevo haciendo lo mismo desde hace un par de días porque en cierta forma estoy cansada de ser yo quién comience las conversaciones. Sin embargo, aún no tengo noticias de él.

—Jess, ya casi es tu cumpleaños ¿qué te gustaría hacer? — pregunta Rachel de pronto, sacándome de mis pensamientos. Probablemente se percató de que estaba muy sumida en mí misma y se preocupó. En realidad, no le interesa que cumpla un año más de vida.

Me encojo de hombros. Mi cumpleaños fue especial alguna vez, pero con el tiempo ha dejado de serlo y ahora que Scott se ha ido no creo que valga la pena celebrarlo.

Mi platillo llega ante mí y me percato de que las ganas de comer se han ido, aunque no me sorprende, ya que últimamente no tengo mucho apetito.

—Tal vez podamos organizar una fiesta con todos los de último año— propuso Tobías alegremente.

Me da igual. Sinceramente me da igual, pueden hacer lo que quieran con mi cumpleaños como excusa. No obstante, no puedo decir eso porque Rachel se preocupará y le hará saber esto a mi madre o a Scott.

Me obligo a sonreír.

—Sí, suena bien.

Tobías y Rachel comienzan a hacer los preparativos para la fiesta, tomando mi opinión de vez en cuando. Están demasiado emocionados como para caer en la cuenta de que me estoy limitando a acceder a todas sus propuestas. Realmente no los estoy escuchando, sólo mastico lo que me llevo a la boca y trago, no sé si se le puede llamar “comer” cuando no saboreo absolutamente nada.

Cuando finalmente llego a casa corro a mi habitación y me refugio ahí para romper a llorar en mi cama, abrazada a una almohada, sintiendo que me asfixio. Si mi abuelo aún estuviera aquí hablaría con él. Si Scott estuviera en la ciudad lo llamaría para que viniera a tranquilizarme. Desgraciadamente no puedo hablar con ninguno de los dos. Estoy sola.

Causándome un pequeño sobresalto, mi celular vibra a mi lado y en cuanto veo el nombre que aparece en la pantalla me siento tentada a ignorar la llamada. Estoy enfadada con él. No obstante, el móvil insiste en continuar vibrando con mucha insistencia.

Luego de meditarlo un poco, deslizo el dedo por la pantalla y pongo el altavoz.

—Hola.

Mi voz suena ronca y estoy segura de que él va notarlo, me conoce demasiado bien.

—Estabas… llorando ¿verdad?

Lo supuse, siempre acierta, nunca puedo mentirle. La ventaja que Scott tiene de no hablar demasiado es que te analiza detenidamente, el tiempo que dedica en escucharte lo utiliza para observarte y cuando detecta algún gesto que había previsto, sonríe. Sí, admito que yo también tiendo a observarlo de vez en cuando.

—Al fin te dignas a llamar— comento a manera de reclamo, queriendo desviar la conversación del hecho de que me hubiera encontrado llorando.

—Lo lamento, he estado ocupado.

—Lo supuse.

Hago notorio que estoy molesta para que la próxima vez se digne a llamar una vez al día; antes de dormir o temprano por la mañana, no me importa, tan sólo necesito escuchar su voz.

Lo escucho suspirar del otro lado de la línea, lo que indica que está arrepentido.

—¿Cómo estás? — pregunta al fin. Sé que él no es como los profesores o los compañeros de clase que preguntan simplemente por cordialidad, a Scott sí le importa cómo me siento.

Afirmo que estoy bien por simple rutina, pero no sabe que he estado recostada en mi cama y que mientras hablo con él me entran ganas de llorar o siento un terrible malestar en el pecho. Las lágrimas me sorprenden mojando mis mejillas una vez más. No estoy enferma, pero no estoy bien y no tengo intenciones de salir de la cama durante lo que resta de la tarde.

Después de terminar la llamada con Scott, me doy una ducha con agua caliente, seco mi cabello con ayuda de la secadora, me lo cepillo como una docena de veces sin quedar conforme con el resultado y vuelvo a la cama, metiéndome en ella con intenciones de dormir sin importar que el sol apenas se esté escondiendo.

Cuando abro los ojos, ya ha anochecido.

No me gusta cuando llega la noche y no hay nada que me distraiga, porque es entonces cuando mis pensamientos no me dejan tranquila. La oscuridad me envuelve como un manto, y mis demonios cobran vida. Me siento sola, terriblemente sola, porque no hay nadie que me quiera, no hay nadie que me haga compañía, no hay nadie que me busque, no hay nadie a quién le importe.

Las lágrimas empiezan a brotar por sí solas y me muerdo el labio con fuerza. Mi primer impulso es enviar algún mensaje a Scott para que me consuele, pero me detengo justo antes de tomar mi celular porque no quiero seguir dependiendo de él.

Respiro profundamente y me obligo a mí misma a volver a dormir, tratando de ignorar aquellos pensamientos pesimistas que azotan mi cabeza y me tientan a quitarme la vida.

A la mañana siguiente la tentación se vuelve demasiado grande como para soportarla, así que extraigo la navaja del cajón donde la mantengo escondida y me encierro en el cuarto de baño para hacer unos cuantos cortes en mis antebrazos.

El hedor a sangre me reconforta un poco, mas no lo suficiente. Tal vez tenga que ponerle fin a mi vida de una vez por todas.

Hace más de 3 años

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