Joni_Caro
Rango5 Nivel 23 (631 ptos) | Escritor en ciernes
#1

El día empezaba a morir, los últimos destellos del sol reflejaban en sus ojos el cansancio de un día agotador. A esa hora de la tarde, Julian volvía a su casa de la oficina. Hacia 37 años trabajaba como contador en un estudio y volver a su casa después de un día de trabajo no era los mas esperanzador. Le gustaba la oficina, relacionarse con las personas y, aunque amaba la soledad y seguía trabajando al llegar, se volvía agobiador estar en su casa solo.
En sus 58 años no se había casado ni tenia hijos. Era un abnegado al compromiso y a lo rutinario de una pareja. Aunque, contra sus convicciones, su vida se había vuelto totalmente predecible, siguiendo el compás de una agenda y ocupando su cabeza hasta altas horas de la noche en su trabajo.
Se había vuelto adicto al café, pensaba que no podía rendir sin la amarga bebida. Aunque sus ojos denotaban las pocas horas dormidas y el disgusto que le provocaba la contradicción de no querer trabajar mas y saber que quedaban sus últimos años para jubilarse. La incertidumbre de no saber que hacer con su soledad y la nostalgia de sus relaciones de trabajo.

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Mariano
Rango9 Nivel 44
hace casi 4 años

@Joni_Caro buena la problemática y la descripción que lograste. Va el like poque quiero ver cómo se desarrolla. Éxitos!

Joni_Caro
Rango5 Nivel 23
hace más de 3 años

Muchas gracias por la buena onda Mariano


#2

Julian llego a su casa, el aroma del atardecer ya envolvía su descanso. Dejo su portafolio en la mesa, lleno de tareas por realizar. Pero sintió que su corazón necesitaba un momento para reflexionar. Preparo café, y se sentó afuera de su casa a ver morir los últimos destellos del día. Sentía que su vida moría en esos destellos, que su sonrisa tan iluminada -que había sido tan ganadora- se apagaba como la claridad del día. Con la tristeza que lo inundaba se recostó y durmió, no le importo el trabajo por realizar, sabia que después de tantos años no recibiría ningún reproche.
Al otro día fue a trabajar, sus ojeras eran cada vez mas notables, aunque había dormido cansado, se notaba en su rostro que su vida pasaba. Misma rutina: Puerta de entrada, ascensor, saludar a todo el mundo, su oficina. Su oficina era su lugar tranquilo, donde se sentía terriblemente cómodo. Terriblemente porque no entendía como un lugar cómodo podía ser su trabajo, mas que el Cafe Don Quijote, mas que el cine.
Ese día se desarollaba normal y parecía ser un día bastante aburrido: atender proveedores, acreedores y reunión de directorio. Julian descubrió que se había convertido en un antisocial. Prefería los días en que la aguja del reloj pasaron a mitad de la velocidad de lo normal, pero podía encerrarse en sus libros diarios y balances viejos; antes que relacionarse con gente.
Tenia algunas personas a cargo, la mayoría eran estudiantes con promesas a cubrir su puesto cuando se jubilase. Pero en ninguno veía la motivación que el se encontraba a sus veinte años. El era super entusiasta, casi exasperaba la ansiedad que trasmitía por realizar balances, por inundarse de cuentas corrientes y cuentas de caja, proveedores y deudores varios. Salia casi corriendo para ir al banco, hacia su trabajo, el de sus compañeros y muchas veces el de su propio jefe. En ninguno de sus tres subordinados de alrededor de 20 años veía esa motivación. También había cuatro mas en su sección pero ya los había descartado hace rato. El único era Solari que trabajaba allí hacia dos años pero su entusiasmo había durado solo los tres meses de prueba.
Julian decidió que ese día tenia que salir por un rato, ya había atendido a dos proveedores y el aire le empezaba a faltar, necesitaba caminar. Atendió un proveedor que hacia poco compraba en la empresa y no necesitaba tanta dedicación. Lo despacho con una velocidad casi mal educada y salio a recorrer las calles. La ciudad se deslumbraba en una mañana hermosa, los rayos de sol se penetraban entre las hojas de los arboles, pero la peatonal estaba llena de gente. Parecía un hormiguero, todos con sus temas, sus locuras. Camino unas cuadras para salir del micro centro y entro a uno de los barrios mas antiguos de la ciudad, donde el había pasado su infancia. Casas viejas y pintorescas llenas de memorias y melodías de Tango, risas de niños que correteaban con una pelota hecha de trapos. El barrio no había cambiado en nada, a lo lejos se veía el puerto con barcos que salían entraba como un puzzle. Decidió sentarse un bar en el que había una parejita de enamorados que disfrutaban de su mutua presencia y lo demostraban con empalagosas caricias y besos. Por un momento, Julian sintió envidia, el nunca había sentido amor y, aunque tuvo oportunidades, había terminado con toda aventura que se encaminaba hacia algo serio. Ahora no entendía porque lo había echo, porque no se había dejado amar. La nostalgia lo invadió de poesía y canciones tristes y los ojos se le mojaron recordando todos aquellos "podía haber sido." Miro desde lejos al cantinero y le levanto la mano para que lo atendiera y el receptor de la seña le hizo un gesto de afirmación, se dio vuelta y grito hacia la cocina "Emiliaaa, gente," Típico de bar de barrio. Desde adentro de la cocina salio una joven bastante torpe, en su afán de atención choco con la cadera una mesa y por poco no derrama lo que había en ella. Estaba media despeina, desarreglada, de ojos grandes celestes. Llego sonrojada, por el accidente y por la vergüenza de no haberlo visto, Se disculpo diciendo - Disculpe, mi papa es un poco griton- y sus mejillas se pusieron color tomate. Julian sintió una terrible ternura por esa criatura que se postraba ante el y no pudo evitar sonreír. La joven abrió los ojos grandes, sus pupilas se confundían con el celeste de las paredes, color típico de algunas casas del barrio. La sonrisa de Julian había vuelto a sorprender a una mujer, aunque el no lo había hecho queriendo. Cuando el se dio cuenta lo que había pasado se sonrojo sin poder evitarlo, y se perdió en los dulces ojos de la desarreglada joven. Ninguno de los dos supo que decir por el momento. Cuando volvieron en si, Julian atino a pedir un café doble y la joven saco torpemente una libreta de un bolsillo en su delantal en el que anoto. Julian pensó que era una muchacha bastante necia, ya que solo había anotado un café ¿porque necesitaba anotar solo un café? Pero no podía evitar dejar de sonreír.

Hace más de 3 años

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#3

Emilia nació en un barrio porteño, que era como un gran pueblo, donde se conocían todos. Donde al verdulero se lo llamaba por su nombre, al igual que al carnicero; donde Don Juan era el dueño del bar, como lo había sido su padre cuando llego de Italia y como lo seria Emilia cuando sea mayor.
Emilia era una apasionada por la vida, escribía canciones de esperanza de encontrar un día a su verdadero amor, casarse y tener muchos hijos como lo habían hecho sus padres, que habían sido progenitores de seis niños de esencia italiana, de los cuales Emi, como la llamaban era la mayor.
Emi estudiaba arquitectura, estaba en segundo año y cuando no estaba en la facultad ayudaba a sus padres en el bar, lo cual le ocupaba prácticamente todo su tiempo, por lo que no tenia demasiadas amigas, solo las compañeras que algún que otro trabajo universitario le acercaba. Su padre contaba siempre a toda persona que tenia oportunidad lo orgullosa que estaba de su hija fundamentándose en el éxtasis que le agarraba a la joven cada vez que tenia que explicar sobre alguna obra de la ciudad y comentando sobre los sueños de que su hija alguna vez seria famosa y su nombre saldría en alguna placa de algún edificio de la ciudad.

Hace más de 2 años

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