Toni_Marco
Rango3 Nivel 11 (110 ptos) | Cuentacuentos freelance
#1

"Uno de mis recuerdos más gratos de cuando trabajé de botones en aquél fantástico hotel de cinco estrellas de la capital es el Señor Oliveira. Cada noche me hacía ir a buscarlo hasta la mismísima calle, así tronara, para que le acompañase y empujase su silla de ruedas hasta su habitación, la 110. Y él podía perfectamente, ¿sabes? pero no le daba la gana, quería que yo le llevase.

Al llegar arriba el Señor Oliveira había perdido, como siempre, sus llaves. Utilicé la mía para que se fuese acomodando en la habitación ya que aún en silla de ruedas, podía caminar unos cuantos metros. Pero no lo hizo. Cuando volví de recepción con una nueva copia seguía exactamente allí donde yo le había dejado, mirando al infinito, con la mirada perdida: estaba dejando marchar sus últimas horas de vida, sus últimos días, ya que él mismo decía que no tenía nada que perder salvo eso, el tiempo. Que ya había vivido bastante. Que había sufrido, llorado y reído todo lo que había podido. Y eso me hizo pensar en el paso del tiempo y en cuántas historias no se contarán. Por eso ahora te las cuento yo a tí..."

Hace casi 5 años Compartir:

0

6
#2

(Las historias de ésta serie son todas reales, cambiando apellidos y algún detalle).

El día que aprendí lo que era la elegancia ya habían pasado unos cuantos años de las visitas del Sr. Oliveira, el cual falleció en la más absoluta de las soledades. Sus hijos tardaron un mes en enterarse y para cuando fueron a verle no era más que un montón de huesos y piel seca sobre su silla de ruedas, de cara a la ventana, con lo poco que quedaba de su rostro mirando al infinito. Descanse en paz.

La habitación del Sr. Oliveira fue ocupada durante una temporada por la Sra. Astolfi. Debía rondar los sesenta años y su porte invitaba a descubrir un pasado con un rostro bello y refinado, unos rasgos sutiles pero hermosos, y una mirada imponente y a la vez seductora.

Muchas de las noches yo las pasaba en recepción haciendo compañía a aquella persona que estuviera de guardia: en un hotel de cinco estrellas jamás se queda el mostrador vacío, nuestros clientes nos pueden necesitar a cualquier hora. La noche antes de abandonar el hotel la Sra. Astolfi llamó para pedir ayuda con una de sus maletas, ya que era demasiado pesada y no podía moverla del caballete donde estaba colocada. Mi sorpresa fue mayúscula al llegar a la habitación: estaba perfecta. Como si nadie hubiese dormido ahí en todo ese mes. La cama estaba hecha igual que las camareras dejaban todas las demás; las toallas se amontonaban perfectamente dobladas sobre una repisa y olía a limpio, como si hubiesen fregado el suelo. Pero lo había hecho la misma Sra. Astolfi.

Al llegar el momento del pago y sin apenas levantar el tono de voz, pidió por favor que se le pasara la factura de la única botella de agua que había pedido en esas semanas. Se negó a ser invitada por el hotel, pero si aún hubo alguna sorpresa más fue su firma: con el apellido De Borbón. La Sra. Astolfi era descendiente directa del rey Carlos III de España.

Y te lo cuento para que sepas que la clase de cada uno proviene no de una familia, sino de la humildad que ésta te impregna, porque hasta que no firmó no sabía absolutamente nada de esa aristócrata italiana a la que podías confundir con cualquier anciana por la calle y que iba a darme una gran lección.

#3

Hace no demasiado visitó el hotel una conocida "socialité", porque aristócrata no era, de éstas que deslumbran en los platós de televisión y todos enmudecen a su paso. Salía con frecuencia y debo reconocer que en persona ganaba mucho, pero mucho más. Pero sobre todo ganaba en humanidad. Qué gran lección me dio esa señora sin querer...

Resulta que celebrábamos un aniversario, no recuerdo de quién, pero se hacía en uno de los salones más bonitos que yo jamás había conocido. Las magníficas lámparas de cristal de bohemia rivalizaban en belleza con los bellísimos artesonados del techo, en madera de caoba cubana y pintados a mano a principios de siglo. Una auténtica obra de arte. Y allí estaba ella, en mitad de salón, rodeada de cuatro o cinco concubinas palaciegas que le reían las gracias y andaban como locas porque recibían unos segundos de atención por parte de aquella dama. Era casi hipnótico verla interactuar con los demás.

Pero una cosa era de cara a la galería y otra muy distinta de puertas para adentro. Pidió, ya entrada la madrugada, una jarra pequeña de leche tibia para templar el estómago antes de dormir. No había nadie de Room Service disponible en ese momento y como la orden era tan sencilla de completar me salté el protocolo y no perdí la oportunidad de tenerla frente a mi, ya que quizás nunca más la viese de cerca.

Mientras subía en el ascensor me imaginaba la situación que iba a darse, algo así como un encuentro celestial que no duraría más de treinta segundos, el tiempo de entrar, servirle la leche en una mesa, preguntar si necesitaba algo más y salir de la habitación. Nada más lejos de la realidad: me abrió envuelta en un batín del hotel y con la cara completamente embadurnada de algún tipo de crema rejuvenecedora a precio de caviar. Ni siquiera necesitó que le sirviese la leche: extendió las manos hacia mi, cogió la jarra y un simple "gracias" resolvió la situación.

Resulta que esa señora era igual que casi todas las de su edad. Una persona normal y corriente a la que nuestra imaginación le atribuye todas las cualidades que queramos encontrar. Igual nos pasa con la gente que vemos a diario: no siempre son lo que vemos, sino lo que queremos ver.

Marla_Singer
Rango3 Nivel 12
hace más de 4 años

Buena historia e importante lección ;)