Gonmart
Rango3 Nivel 14 (199 ptos) | Cuentacuentos freelance
#1
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  • #2

Tenía que salir a pasear más veces, se dijo. Las piernas la estaban matando.
Salió de trabajar. Su curro consistía en cuidar dos niños por las tardes, mientras no saliera nada de lo que había estudiado, Ambientales. Cómo se arrepentía de haber estudiado esa carrera. La cosa estaba fatal, “la crisis”, se decía, para autoconvencerse de que vendrían tiempos mejores.
Decidió dar una vuelta. Desde hacía días iba a andar una hora al ritmo de la música y así se despejaba y mantenía la mente distraída. Qué hacer con su vida era el dilema de todos los días. Estudiar inglés, francés, irse fuera de au pair al extranjero o seguir aquí e intentar ahorrar algo para un master, pero con lo poco que cobraba era una misión imposible.
Por lo menos andar le tenía la mente ocupada. Llegaba la primavera y con ella el buen tiempo, y daba gusto andar por las tardes, a eso de las ocho y media.
Al terminar su trayecto, Nora, que así es como se llamaba, se sentó en un banco de una plaza. Estaba cerca de casa pero aún no tenía ganas de entrar. Desde que lo dejó con él, no había vuelto a creer en el amor.

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Gonmart
Rango3 Nivel 14
hace más de 4 años

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#2

Siempre se le venía a la mente. Desde que lo dejaron había conocido otros chicos pero ninguno como él. Fue el amor de su vida, pero un día, sin quererlo pero temiéndolo mucho, se le acabó el amor.
Que triste se sentía a veces. Sólo a veces, porque sabía que por él no sentía nada, sólo el cariño de muchos años compartidos y momentos inolvidables. Crecieron juntos y descubrieron muchas cosas juntos, pero se le acabó el amor, y con él las ilusiones.
No quería volver a enamorarse. Cada vez que conocía a un chico nuevo, inconscientemente comparaba, y se daba cuenta, dejando a un lado sus defectos, que ninguno le llegaba a la suela de los zapatos.
Definitivamente, tenía que dejar de pensar en el amor. Sus amigas le decían que cuanto más se obsesionara, más tardaría en llegar. ¡Que iban a decir ellas, que estaban todas emparejadas y felices…!
Empezó a levantarse algo de brisa y decidió irse a casa. Otro día más, como otro cualquiera. Y un día menos para cumplir años. Esa fecha fatídica, que a veces no le dejaba dormir.
Cada vez que pensaba en que iba a dejar los "veinti" para entrar en los treinta se acojonaba. El pecho se le encogía y un repentino calor le subía de los pies a la cabeza.
Llegó a casa. Sacó las llaves y entró. Papá aún trabajaba pero mamá estaba en una silla junto a la máquina de coser y la televisión se escuchaba de fondo. Sí, con veintinueve años y aún vivía con sus padres. Era imposible independizarse, ni siquiera de alquiler.
Saludó a su madre. Se fue a su cuarto y cogió el pijama. Se dio una ducha y se sentó en la cama. Había encendido el ordenador e iba a mirar el correo.
Al día le llegaban muchas ofertas de trabajo. Exigían mucho para la mierda que pagaban, pero ella enviaba el curriculum por si algún día había suerte. No creía en las páginas de ofertas de empleo. Nunca la llamaron para ninguna entrevista.
Después de un rato fue al salón. Puso la mesa y fue a la cocina a preparar la cena. Hoy le tocaba a ella y así podía estar entretenida una vez más. ¡Qué pronto se acababa la comida para lo que tardaba en hacerse!. Era una "cocinitas". Se ponía sus cascos y bailaba al ritmo de la música a la vez que pelaba las patatas. Hoy tocaba pez espada a la plancha con salsa verde y patatas fritas. Algo sencillo.
Al terminar, mamá fregó los platos y papá recogió la mesa. Nora se fue a su cuarto y cogió de nuevo el ordenador. Eran las once de la noche y aún no tenía sueño. Además, recién cenada no era aconsejable dormirse, que sino la digestión se hacía más lentamente e imaginaba como sus cartucheras, que ya eran prominentes, se agrandaban más.
No era una chica delgada. Años atrás si había estado más gordita pero ahora se mantenía e intentaba cuidarse. Era rubia, medía un metro setenta y dos, y tenía los ojos verdes. Éstos los heredó de la familia de su padre, donde la mayoría los tenían claros.
Siempre había estado acomplejada. Nunca estaba a gusto consigo misma y siempre se sentía fea y gorda. Pero, aunque su vida seguía igual, de unos meses para acá era feliz. Se sentía atractiva y cada semana se compraba algún modelito que lucía el fin de semana.
Como cada noche, entró en Facebook. Cotilleó y escribió un microcuento, como todas las noches. Le encantaba escribir. Era una romántica empedernida.
Dejó el ordenador y apagó la luz. Se tiró en la cama y cerró los ojos. Un día más. Como otro cualquiera. Sin trabajo y sin amor. En su línea. Pero ella, en su burbuja, era feliz.

Amaneció soleado. Eran las ocho menos cuarto de la mañana y sonó el despertador. Tocaba clases de Zumba. No había una mejor manera de empezar la mañana, la pena es que sólo eran tres días por semana.
Después de las clases, fue a desayunar con Carmen. Se había hecho muy amiga de ella de unos meses acá, ya que eran las dos solteras del grupo. Las chicas de oro.
Al despedirse, Nora decidió ir a la playa. Cogió el coche y puso la música a toda leche, y cantando condujo hasta allí.
Aparcó el coche y cogió la mochila. En ella llevaba una botella de agua, la cartera, las llaves, un libro y una toalla. Se colocó los cascos y comenzó a escuchar música.
Empezó a andar deprisa. Le dolían las piernas porque hoy en clase de Zumba había sido duro seguir el ritmo, pero ella siguió andando.
Cuando anduvo cuatro kilómetros, decidió echarse a tomar el sol. Cerró los ojos y se quedó dormida. Al cabo de unos veinte minutos se despertó. Se quitó las zapatillas de deporte y fue andando hasta la orilla. El agua estaba congelada. Era algo normal. Aunque estuviéramos en Marzo aún no era tiempo para bañarse. Regresó a la toalla y comenzó a leer.
Cuando estuvo en Madrid unos meses atrás, se compró un libro que le llamó la atención. Se titulaba “El año en el que me enamoré de todas” y decidió comprárselo. Trataba de un chaval que iba a cumplir treinta años y no sabía que hacer con su vida, muy propio para ella, pensó al leer la contraportada.
Cuando se dio cuenta era la una y media, y tenía que volver a casa, comer e ir a la casa donde trabajaba de niñera. Cuidaba a dos niños, Gonzalo y Alberto, muy buenos pero a veces la sacaban de sus casillas.
Ando hasta el coche. Otros cuatro kilómetros y condujo a casa. Cuando llegó, se pegó una ducha mientras mamá hacía la comida. Se secó el pelo y comió. Se vistió corriendo y se fue.
Hoy estaba muerta. Cansada. Pero era viernes y eso la ponía feliz. Cuando llegaba el fin de semana era peor que un niño con zapatos nuevos. Aunque no iba a salir por la noche, sabía que al día siguiente sí. Hoy tocaría peli y manta.
La tarde se le hizo eterna. Alberto se bajó a la calle y Gonzalo estaba con la tarea. Que lento era cuando quería…mientras, ella leía, dibujaba, escribía o cotilleaba en Internet.
Llegó la hora de salir y condujo hasta el videoclub. Alquiló una peli. Tenía prohibidas las pelis de amor, así que cogió una de miedo. Compró unas golosinas y se fue a casa.
Después de cenar, encendió el ordenador y metió el dvd. Había puesto el cuarto en sesión cine y comenzó a ver la peli. Mañana sería otro día, pero deseaba que llegara el día de poder ver una peli acompañada de alguien especial, en una casa especial, haciendo algo especial...

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