Toni_Marco
Rango3 Nivel 11 (110 ptos) | Cuentacuentos freelance
#1
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  • #2

En ocasiones es increíble como la vida nos dirige hacia uno u otro camino. El tuyo termina aquí, justo delante de mi, con mis manos rodeando tu cuello. Apenas siento ya el pulso de la sangre mientras pasa por tu garganta. Pero te lo dejé bien claro: nadie tocará a mis hijos. Y mucho menos tú.

Al principio sólo me levantaste la voz y estuviste casi un mes rogando por mi perdón. Cuando te perdoné te creciste: vinieron los insultos, los desprecios y por fin, la primera bofetada. No me dolió, fue más la humillación que el golpe.

El alcohol y las drogas te destrozaron ese pequeño cerebro primitivo que tenías y pronto las palizas se fueron haciendo frecuentes. Y cuando nacieron los pequeños pensé que se te pasaría, que era todo rabia acumulada después de tantos años de soportar a tu estúpida familia. Pero no fue así. No calmaste tu ira, no fuiste capaz de contenerte ni siquiera delante de nuestros preciosos hijos.

Nunca, te dije, nunca te atrevas a tocar a mis hijos. Y lo has vuelto a hacer. Ya no tienes perdón ni en la Tierra, ni en el Cielo. Disfruta del infierno, mal nacido.

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#2

Pero no es culpa tuya, no. En el fondo te comprendo, pero no te perdono. Por eso ahora estás a las puertas del infierno.

Tu padre no era mucho mejor que tú, pero él no tuvo elección: tu si, y yo te di unas cuantas. Eran tan becerro como tú y le pegaba a tu madre, la santa Tomasa, lo mismo que tú me has medido el lomo a mi. Sus excusas eran más simples: la comida no le gustaba, llovía demasiado o ese día el bar estaba cerrado. ¡Qué se yo! Los hombres a veces sois tan débiles que tenéis que pagarlo con quienes podéis manejar. ¡Mira cómo nunca le levantaste la mano a mi hermano! Él si que te podía, ¿verdad? Con él no te encarabas ni le lanzabas contra las paredes como hacías conmigo. Por eso en su cumpleaños aprovechaste y le emborrachaste como a un pavo, le diste las llaves del coche y dejaste que se despeñara por el Cerro del Ladrón, para quitártelo de enmedio, para que no fuese un obstáculo.

Él no era un santo. Más promiscuo que un conejo y dado al juego, pero nunca hizo daño a nadie. No tuviste compasión con él y cuando le perdí, sentí que ya sólo me quedaban mis pequeños por los que luchar. No tenía otra opción, en éste maldito pueblo sólo puedes elegir entre pudrirte en casa como un mueble viejo o ir a la iglesia a confesar pecados que no has cometido.

Pues pagarás tú por sus pecados, querido, porque de ésta no te salva nadie. Nunca he gastado un dinero mejor que por el bromuro que me vendió la Clotilde, la farmacéutica. Ese sabor extraño que notabas todos los días en la sopa o en el cocido no eran especias, sino el sabor amargo de un veneno que te dejaba más suave que una manta, porque esa era la única forma de que cayeras muerto de cansancio todas las noches y librarme una vez más de tus golpes, de tus insultos y de tus fechorías. Era la única forma de protegerme, la única que me diste después de tantos años. Maldito sea el día en el que no me dio tiempo a comprar más y cogiste a los niños por banda.

Cómo pudiste hacerle eso a la pequeña Inés, cómo pudiste, mal nacido...