Tri
Rango3 Nivel 10 (76 ptos) | Cuentacuentos freelance
#1

Iñigo Lozosa no fue sólo el niño más prodigioso de la tierra, sino que fue además el último ser humano en permanecer en ella. Con tan sólo trece años era ya conocido y admirado en el mundo entero, y apenas nueve años después, a la edad de veintidós, era considerado el genocida más grande de la historia. Muchos de los que desaparecieron antes que él se fueron de la vida con la terrible impresión de que aquel mago de larga melena, ojos de un azul nuevo y aspecto de truhán no iba a morir jamás, porque entre su magia había encontrado la manera de no morirse nunca. Y era cierto.

Justo el día en el que estaba previsto que su madre diese a luz, Iñigo nació sin nacer, porque Inmaculada Lozosa no parió ni necesitó una cesárea, sino que mientras viajaba en taxi al hospital justo después de romper aguas de colores y aromas tropicales, su hijo reposaba en el asiento sin haber salido por ningún lado, ya envuelto en una toalla e inmaculado.

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#2

La única explicación que le pudo dar Inmaculada al taxista y a sí misma era que el padre de la criatura fue un mago gitano que la preñó borracho y vestido con las galas de su última actuación, en una noche de luna llena y lluvia de estrellas rojas en la que acabó por suicidarse. El taxista no le cobró la carrera por la prisa que llevaba para contárselo todo a su esposa, e Inmaculada Lozosa entró en el hospital con el niño ya nacido y limpio, sin cordón umbilical y casi dormido de tan calmo que estaba. Así que la única que lloraba allí era ella, por la alegría tremenda de ser al fin madre y por la incertidumbre terrible de no comprender nada de todo aquello, porque pese a las explicaciones imposibles que le dio a los médicos, todos acabaron por tacharla de loca y por echarla del hospital con su niño recién nacido en brazos.

Cuidar de aquel bebé fue una bendición, porque Iñigo Lozosa jamás dio un problema, ni se puso enfermo, ni lloró, ni se despertó a las cuatro de la mañana con ganas de mamar o con el dolor de los nuevos dientes que le nacieron alineados y perfectos. Desde pequeño tenía los horarios y la fortaleza propia de un adulto, y su madre presumía de niño allí donde fuese porque Iñigo no sólo no se comportaba como debía a su edad, sino que además hacía cosas que ningún otro niño del mundo podía hacer, como las pompas de colores que formaba con saliva o los ruidos onomatopéyicos con los que imitaba los sonidos del mundo que le quedaban cerca, como los loros grises.

Pero pronto se acabaron las demostraciones, porque Inmaculada Lozosa se dio cuenta que aquel niño no podía ser exhibido al mundo como cualquier otro; y es que a los cinco años Iñigo Lozosa ya movía cosas de sitio sin tocarlas, se sacaba gorriones de los bolsillos en los momentos menos oportunos y hacía juegos de cartas sin siquiera conocer bien los números ni la ciencia de las matemáticas. Pero nada de todo aquello era algo consciente ni premeditado, sino que simplemente sucedía por puro instinto, y nada más.

#3

Esa fue la explicación que recibió Inmaculada por parte de José Gabeta, el mago más mago y más gitano del mundo, viejo como él sólo y convertido ya en maestro después de haber recorrido el mundo con los mismos gitanos que dejaron huella en Macondo cada mes de marzo durante los años perdidos que él recordaba en blanco y negro. A José no le hizo falta mirar dos veces al niño para saber de quién era hijo, y le dijo a la madre que era importante hacerle aprender a usar su magia, porque si no podría ocurrirle lo mismo que a su padre. “¿Suicidarse?” interrumpió Inmaculada. “No” sentenció enfadado el gitano: “Creerse inmortal”.

José Gabeta se encerró con el niño durante dos años. En aquella habitación se escucharon todo tipo de ruidos y se vieron todo tipo de luces, pero nadie tenía permitido entrar, y sólo el propio José abría la puerta para salir de cuando en cuando o para dejar salir a los cientos de animales extraños a los que aquel niño daba vida sacándolos de las fotos de los libros que leía, y a los que Inmaculada despachaba a cuchilladas según iba encontrándoselos por la casa para poder ponerlos de cena, pues los precios de aquellas clases le dolían en su bolsillo de madre viuda. El gitano se encargó de educar a Iñigo en todas las ciencias de la vida, y lo único que le enseñó de la magia fue a intentar controlarla para no llamar la atención. El potencial de Iñigo era incluso más grande que el de su portentosa imaginación de crío, así que a José Gabeta no le quedó más opción que enseñarle al niño a dejar de ser niño, para que parase de imaginarlo todo como le gustaría verlo, y le enseñó a ver las cosas del mismo modo que los adultos las asumen y describen: como son.

Javi
Rango13 Nivel 61
hace casi 5 años

Nuestro querido "Macondo". Muy buena historia, espero que la continúes