LlamameCuervo
Rango5 Nivel 20 (421 ptos) | Escritor en ciernes
#1
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  • #2

«No le mires a los ojos».
Nunca he sabido mentir a los ojos. Miro el reflejo de la lámpara en mi mechero, mientras le doy vueltas en la mano.
«Céntrate en otra cosa», me repito.
Juego a imaginar el camino que siguen los fotones al ser emitidos por el flexo del techo, rebotando en la superficie metálica del Zippo y siendo captados por mis pupilas. La imagen viaja luego por el nervio óptico y cruza hacia el hemisferio del cerebro opuesto al ojo que la ha captado. Allí, mi mente las mezcla, las compara, y me hace consciente de una imagen nítida y dotada de profundidad.
Una mujer delante mío. Madura, alrededor de los cuarenta. Es delgada y morena, de pelo rizado a la altura de los hombros. Ojos marrones, almendrados. No es guapa, pero sí atractiva. Labios carnosos, cuajados de placas de carmín rojo, reseco. Los pintalabios son caros. Unas uñas sin pintar rematan unas manos largas y bonitas. Usa ropa barata y gastada. Tiene una mirada cansada; ese tipo de mirada que tendría un cómico después de haber repetido el mismo espectáculo miles de veces.
- Que si tienes cómo pagarme, niño -me dice.

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Julia
Rango5 Nivel 22
hace más de 4 años

Me gusta como empiezas el relato, en pocas líneas has descrito un escenario y bordado la presentación de dos personajes. Espero sinceramente que lo continúes.


#2

—Pues claro. Y no soy ningún niño —respondo.

—¿Cuántos años tienes?

—Diecinueve.

«Dios, sueno como un jodido crío. No, no, céntrate. No pienses en eso o…»

—¿Te estás poniendo rojo, hombretón? —dice la puta, con cachondeo.

«Tarde».

Saco un cigarro del paquete de Nobel. Debería haber comprado Marlboro. O Ducados. Algo más “de macho”. Enciendo el cigarro e inspiro profundamente, haciendo que el humo inunde mis pulmones. Inspiro un poco más, para que llegue hasta los pies. Lo saboreo unos segundos antes de soltar el aire.

Toso.

Joder, es como ver fumar a Marco. El del mono, la madre, y toda aquella historia. No doy el pego ni queriendo. Pero yo lo sigo haciendo, porque me gusta y porque soy un cabezón. “Cortando cojones se aprende a capar”, decía mi abuela. Una señora imponente. Fumaba de película.

Me doy cuenta de que llevo un rato ensimismado, y que la mujer ha dicho algo que no he escuchado. Vuelve a la carga:

—Oye, ¿me estás vacilando?

—¿Qué? —pregunto con voz aguda. A veces sueno de lo más crío.

—Que si me das un cigarro.

—No. Mira, comotellames —digo, fingiendo que no sé su nombre— quiero un servicio y quiero saber si puedes dármelo. Sí o no.

Le hablo sin mirarla. Me dedico a observar el humo de mi cigarro elevándose hacia el techo, porque no soy capaz de decírselo a la vez que le sostengo la mirada.

—Primero enséñame la pasta —pide.

«Show me the money».

Saco el billete de cincuenta que llevo en el bolsillo.

—No es suficiente —escupe.

Al menos no se vende fácil.

—No llevo más.

—Pues búscate otra.

—Imposible, tienes que ser tú —digo, mientras apago el cigarro en el cenicero que hay encima de la mesa que nos separa.

Arquea una ceja y me repasa unos instantes, antes de decir, espaciando las sílabas felinamente:

—Y eso, ¿por qué?

—Porque te pareces a la madre de un amigo mío, y eso me pone cachondo, ¿te vale? Tampoco seré el tío más feo que te hayas tirado por esta pasta.

—Mira qué chulo el niño.

Evalúa la situación unos instantes, haciendo una mueca con los labios. Casi puedo notar cómo la línea de su encefalograma hierve mientras baraja variables y aplica hipótesis para calcular si le salgo rentable.

—Por cincuenta tienes para media hora.

—Supongo que valdrá —contesto.

Observo cómo Doña Pretty Woman se dirige al primer cajón del mueble de la cocina y saca un temporizador, de esos que te avisan cuando el pastel está listo. En un único movimiento, se gira, cierra el cajón con el culo y comienza a darle vueltas al minutero produciendo un sonido entrecortado. Clic clic clic. Treinta clics. Media hora exacta hasta que el bizcocho esté listo.

Con un gesto aparentemente descuidado, pero perfectamente controlado, lanza el aparato encima de la mesa a la que aún estoy sentado. Éste resbala sobre la superficie de madera unos centímetros hasta chocar suavemente contra el cenicero. La escena me recuerda a ese deporte canadiense que consiste en deslizar piedras sobre el hielo.

Cuando me doy cuenta, la mujer ya se ha quitado la camisa y va camino del sujetador.

—¡Espera! No te desnudes aún. Primero vamos a tumbarnos en la cama un rato —le pido.

Ella mira de reojo al temporizador, y se dirige a la cama mientras alza las manos, las palmas hacia arriba, con un gesto de “como quieras, es tu dinero”.

Se tumba sobre las sábanas y me mira, invitándome. Sin mucha prisa, me siento en el colchón, a su lado pero de espaldas a ella, y jugueteo nervioso con el mechero entre mis manos.

«Calma. Piensa en otra cosa».

Noto cómo sus manos se deslizan por mi nuca y me cogen del cuello de la chaqueta, tironeando, acerándome hacia ella. Un escalofrío me recorre la columna y me eriza la piel. El pensamiento se detiene y la respiración se acelera. Después de unos instantes de resistencia, finalmente cedo y me recuesto a su lado.

Huele a tabaco, a piel sintética y a alcohol. Huele a decepción y fracaso. Huele a realidad.

Nos quedamos tumbados, quietos, uno al lado del otro. Cierro los ojos e intento recordar para qué he venido a esta sórdida habitación.

Sin mirarla, lentamente, me muevo de tal forma que coloco mi cabeza encima de su regazo. Ese movimiento la coge por sorpresa, y noto cómo su abdomen se tensa cuando mi cabeza se posa. Después de unos segundos en los que no sucede nada, finalmente se relaja. Comienza a acariciarme el pelo, de forma algo torpe e incómoda al principio, pero rápidamente entiende lo que quiero, y me lo da. Descubro que para ser una mujer con una vida tan cruda, no carece de dulzura.

Con el transcurrir de los minutos, ambos renunciamos a seguir fingiendo lujuria.

Ella no lo sabe, pero con cada caricia su mano barre de mi interior el polvo acumulado durante años de soledad. Capa a capa, va limpiándome. Y yo me dejo hacer.

Nos quedamos así un rato, disfrutando del calor que desprenden nuestros cuerpos, del contacto con otro ser humano. No hay puta, ni niño; hay dos almas solitarias consolándose por unos breves instantes. Dos asteroides que se cruzan fugaz e improbablemente en la vasta oscuridad, durante sus solitarios viajes de cientos de siglos.

Pasado un tiempo, me pregunta, curiosa:

—¿Cómo es la madre de tu amigo? La que te gusta.

—Pues así, como tú. Sólo que ella sí parece una madre.

Bajo mi oreja, su estómago se contrae al ritmo de una risita sotto voce.

—Poco duraría yo como puta, si pareciera una madre.

Mi alma se contrae en el acto. Aprieto las mandíbulas, dejando que la furia se coagule en mi boca y se diluya en forma de presión dental.

Intento no pensar en las brasas que arden en la comisura de mis ojos. Dirijo todas mis neuronas al unísono, como un banco de arenques, hacia la función respiratoria. «Calma. Dentro, fuera. Inspira, espira». Mis pensamientos tienden a revolotear por el pasado, como pájaros caprichosos atraídos por los colores de los árboles. Pacientemente, con calma, convoco mi mente aquí, en este instante. El pasado no tiene cabida en este momento.

Al cabo de lo que parece una eternidad, digo:

—Dicen tener hijos te cambia la vida —«Inspira. Espira».— Hay quien asegura que es porque, por primera vez en la vida, te importa más otra persona que tú mismo… Siempre he pensado que es fundamental saber que has venido a este mundo con un motivo, que eres la respuesta a una pregunta lanzada al Universo. Hay alguien aquí que te esperaba, que te va a querer incondicionalmente, hagas lo que hagas. Creo que ésa es la razón por la que la gente puede ser feliz: puedes sumergirte en este mundo, sin miedo a perderte, porque hay un ancla que te lo permite.

Levanto la cabeza lo justo para mirar a los ojos a la mujer que yace junto a mí en la cama. Las palabras rezuman de mi boca, tóxicas:

—Todas y cada una de las personas que han existido o existirán tienen esa oportunidad. Todas, menos aquellas pocas que han sido repudiadas. Abandonadas al nacer.

La mano de la puta que no parece una madre se detiene en seco sobre mi pelo.

Le sostengo la mirada. No la dejo escapar.

—Lo más difícil que hay en esta vida es abandonar a un hijo, aunque sea por su bien —me confiesa. Traga saliva, e intenta sonreír. Veo brotar una lágrima de sus ojos, que arrastra los restos del maquillaje barato. Negra y sucia, rueda por su mejilla.

Me da asco. Aparto la cabeza con un gesto brusco y me levanto lentamente, con esfuerzo.

El aire es espeso.

El sonido del temporizador agrieta el momento y nos separa para siempre. Media hora exacta.

Mientras me dirijo a la salida, saco el billete de cincuenta del bolsillo, y lo deposito con cuidado sobre una mesita que hay junto a la puerta.

Cuando la alarma del temporizador deja de sonar, puedo escuchar el sollozo de una mujer rota, detrás de mí. Sin mirarla una última vez, desde el umbral, digo:

—Te equivocas. Lo más difícil que hay en esta vida es tener que comprarle a tu madre tu primer abrazo.

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