Irroca
Rango6 Nivel 27 (1103 ptos) | Novelista en prácticas
#1

I.- VUELTA DEL COLE.

Andrea había llegado del colegio con el chándal nuevo completamente roto por las rodilleras, manchada de tierra y las manos llenas de arañazos. Había entrado por la puerta de la cocina, con mucho sigilo, para que su padre no pudiera oírla. Dejó la mochila en la salita y al llegar al pasillo se encontró con Estrella, la perra, que comenzó a saltar sobre ella gimiendo y sin parar de mover el rabito.
- Anda, Estrella, déjame tranquila que tengo prisa -dijo Andrea mientras se dirigía con rapidez hacia su habitación-.
Estrella la siguió. Luego, se quedó quieta, atenta, sólo movía su rabito y de vez en cuando la cabeza hacia un lado, como pidiendo una explicación por aquella falta de interés de la niña y que Andrea andaba muy lejos de querer darle.
Ante los ojos atentos de la perra, Andrea comenzó a sacar ropa de su armario; y con impaciencia, seleccionaba una camiseta o un pantalón que luego cambiaba por otro y que arrojaba nerviosa sobre el suelo de su cuarto.

Hace casi 5 años Compartir:

0

29
#2

Estrella quiso sumarse a la fiesta y se lanzó como loca sobre la ropa, ladrando, mordiendo, sin parar de mover el rabito y disfrutando de aquella situación que no se le había presentado nunca.
Alertado por la algarabía, el padre de Andrea fue a ver qué pasaba. El espectáculo le dejó sin palabras. Allí estaba su hija, de pie, llamándole la atención a la perrita, con el chándal sucio de tierra y roto, con heridas en las manos, el suelo lleno de ropa y, Estrella, con un calcetín en la boca.
- ¿Pero, qué es esto? -acertó a preguntar después de una breve pausa- ¿Qué te ha pasado?, ¿qué hace tanta ropa en el suelo? ¿y la perra, por qué está aquí?.
- Jo papá , cuántas preguntas -contestó Andrea jovial- a ver a qué te respondo primero.
- Primero - atajó el padre en tono amenazador- vas a recoger todo lo que está tirado por el suelo; luego, te vas a cambiar y después, vamos a hablar largo y tendido. Te espero en el salón.
Andrea sospechaba que aquello terminaría en castigo y regañó a Estrella:
- Lo ves, todo por tu culpa, si no hubieses metido tanto jaleo papá no se habría enterado de nada. Ahora me pondrá un castigo y luego, cuando vuelva mamá, tendré que aguantar otra bronca. ¡Perra fea; anda, vete de aquí!
Estrella, como era su costumbre, no hizo ningún caso. Siguió con el calcetín en la boca, sin parar de mirar a la niña, pendiente de cualquier movimiento que le pudiera indicar que volvía a reanudarse el juego.
Andrea cayó de rodillas al suelo. Con actitud cansina comenzó a recoger la ropa esparcida por la habitación. De pronto se detuvo, tenía entre sus manos una camiseta blanca estampada que se llevó a la cara; con la mirada ausente, como dejándose transportar por sus propios pensamientos. Luego, se incorporó y se sentó en la cama y, al fin, terminó por echarse sobre ella y cerrar los ojos. Podía oír los ruiditos de Estrella en la habitación, el tráfico de la calle y, más lejano, el sonido del televisor que llegaba desde el salón, donde su padre veía el telediario...

II.- LA GRAN NOTICIA.

- " ... Y nos es grato comunicarle que después de finalizado el escrutinio, el PDI, Partido del Duende Invisible, se ha alzado con la mayoría absoluta. Su líder, el famoso Duende Didot, ha manifestado que desde estos precisos momentos se dedicará, en cuerpo y alma, a cumplir con el programa electoral prometido..."
El comunicado terminaba con una risa estridente y chillona, en el mismo tono que el que había emitido la noticia. Andrea abrió los ojos sobresaltada. Se incorporó. Miró a su alrededor. Vio a Estrella que dormía. Quiso mirar la hora, temía haberse quedado dormida y aumentar, aún más, el enfado de su padre; pero no encontró el reloj en el sitio acostumbrado. Se levantó de la cama y al mirar hacia la ventana, en el alféizar, vio algo que le hizo retroceder primero, y restregarse los ojos, varias veces, después.
...

#3

No seas boba, me estás viendo perfectamente. -dijo un ser extraño, con un timbre de voz que le resultó familiar a Andrea.
- Pero, ¿tú, qué eres? - preguntó la niña sorprendida.
- Querrás decir quién soy –la corrigió.
Se reía estridente, escandalosamente, casi hiriendo al oído.
- Sí, claro. -asintió Andrea sin salir de su asombro-.
- Un duende. Soy un duende. Un duende invisible.
Y volvió a soltar una carcajada chillona y desagradable. Andrea no podía dar crédito a sus ojos y miró a Estrella que continuaba dormida, ajena a todo lo que estaba ocurriendo en la habitación.
Debía tratarse de un sueño –pensó la niña. No podía tener otra explicación. No paraba de mirarle. Parecía tan real.
Después de una breve pausa, como si Andrea hubiese caído en la cuenta de algo importante, dijo con mucha expresión:
- ¡Ah!, ¿y si eres un duende invisible, cómo es que yo puedo verte?
El duende ni siquiera miró a Andrea, perdió su mirada en un póster que estaba colgado en un extremo de la habitación y con total indiferencia respondió:
- Tú puedes verme porque tú también eres invisible.
Andrea no supo más que soltar una limpia carcajada ante tal ocurrencia.
- ¿No te lo crees? - preguntó el duende con cierto tono de amenaza.
- No, no me lo creo; como tampoco me creo que tú seas un duende, ni siquiera que esto esté ocurriendo de verdad. Seguramente sólo se trata de un sueño.
Andrea se sentía incomoda. No llegaba a encontrar una explicación lógica a todo aquello.
El duende volvió a centrar su mirada en el póster y con similar desinterés le contestó:
- Si quieres podemos hacer una prueba.
- Vale. A ver qué se te ocurre -le retó Andrea-.
El duende se llevó la mano a la barbilla y puso actitud de estar concentrado. Después, esbozó una pícara sonrisa y espetó un "ya lo tengo" que sobresaltó a la niña.
- Anda, explícame qué has pensado -dijo Andrea con frialdad-.
- Por lo que intuyo sigues sin creerme. Mejor, así la sorpresa será mucho más grande.
El duende se mantuvo en silencio durante unos segundos, en espera de que Andrea se impacientara, lo que no tardó en suceder.
- Bueno, a qué esperas. Estoy deseando que me lo demuestres -refunfuñó Andrea un poco irritada.
- Que te demuestre qué.
- ¡Qué va a ser!, que yo también soy invisible.
- Luego admites, al menos, que yo sí lo sea -dijo el duende en tono triunfante.
- Bueno, es que en realidad yo no sé lo que tú eres -respondió la niña con gesto de confusión- pero, de todas formas, seas lo que seas no eres invisible, y menos todavía lo voy a ser yo -prosiguió airada.
El duende dio un salto desde el alféizar para caer justo al lado de la niña. Andrea tuvo ocasión de comprobar la gran diferencia de estatura que existía entre ella y aquella figura extraña, de nariz prominente y ojos saltones. Al fin, el duende terminó por dar otro saltito desde el suelo y caer sentado sobre la cama.
- Aquí se está muy cómodo, me estaba quedando helado y tú no me invitabas a entrar; ¡qué niña más desconsiderada!
Andrea se puso furiosa, con la misma cara que ponía siempre en el colegio cuando la retaban, la insultaban o le acusaban de algo que no había hecho.
- Oye tú, duende, -o lo que quieras que seas-, yo no soy ninguna desconsiderada y lo que pienso es que quieres confundirme con tus enredos para no tener que demostrarme que en realidad tú tampoco eres invisible.
Esto lo dijo Andrea de un tirón, faltándole el aliento al final de la frase y con signos evidentes de mal humor.
- ¿En qué quedamos? ¿Te demuestro que soy invisible, que tú eres invisible, que lo somos los dos, que soy un duende...
- Nada. -interrumpió Andrea enfadada- Ya no quiero que me demuestres nada. Le pareces a esos políticos que tanto escucha papá, que hablan y hablan y cuando se les pregunta, en vez de contestar, siguen hablando y hablando sin dejar nada claro.
- En eso has acertado. Yo soy Didot, el gran duende político, el líder indiscutible del PDI. Acabo de ganar las elecciones. Es la gran noticia del día.
A Andrea le resultaron familiares estas expresiones, y recordó que fueron estas mismas palabras y el mismo tono de voz quienes le habían despertado de su sueño. Ahora sí que de verdad no entendía nada.
- Espera -dijo Andrea, con la intención de ordenar un poco sus pensamientos- ¿Quieres decir que...
- Quiero decir -interrumpió Didot- que acabo de ganar las elecciones. Lo han confirmado en las noticias. Y tengo que cumplir mi programa electoral. Por eso he venido.

III.- UN MAR DE DUDAS.

Andrea naufragaba en un mar de dudas. Quería centrarse, recordar todo lo que había ocurrido antes de que apareciera tan extraño personaje. Rememoró su salida del colegio, su vuelta a casa acompañada de su mejor amiga, Paula; incluso recordó su charla con ella. Habían quedado para el sábado, en su casa. El motivo: hacer un trabajo para el colegio, y se les ocurrió la idea de escribirlo con el ordenador del padre que tenía un programa que evitaba las faltas de ortografía, tan castigadas, por otra parte, por la "Seño" Asunción. Se había encontrado con Herminio, el portero, quien le recordó el aspecto tan deplorable que llevaba. Subió y entró en casa con cuidado de no tropezarse con nadie, utilizando para ello la puerta de la cocina; luego, Estrella y el lío de la habitación... En fin, nada de especial hasta el momento de cerrar los ojos y escuchar la gran noticia. Ahí empezó todo el desconcierto.
Andrea miró a Didot quien, sentado sobre la cama, no cesaba de balancear sus pequeñas piernas a gran velocidad; tanto, que terminó por inquietarla.
- Quieres quedarte quieto, por favor. Me estás poniendo nerviosa. -dijo Andrea con cierto arrebato-.
-¿Nerviosa de los nervios? -preguntó el duende con burla.
- Sí, de los nervios. Nerviosa de los nervios, de todos los nervios...
- Te aconsejo que no te enfades. Eso es peor que estar nerviosa, te lo aseguro.
Didot parecía divertido. Andrea, en cambio, echaba chispitas, pequeñas y rojas chispitas que se le concentraban en las mejillas. Quiso responder, pero se detuvo. Recordó el consejo de su padre. Cerró los ojos, inspiró hondo, muy hondo, y comenzó a expulsar el aire despacio, muy despacio, mientras mentalmente se decía "relax, relax". Abrió los ojos. Se sentía mucho más tranquila. Buscó al duende para contestarle, pero allí no había nadie, salvo Estrella, que seguía dormida y tan ajena a todo como al principio. Andrea se llevó las manos a la cabeza, se recogió el pelo y totalmente extrañada, no paraba de moverla de un lado a otro.
- Aquello era de locura -pensó.
De repente, se escuchó un chirriante grito y una pequeña cabecita apareció, burlona, por debajo de la cama, e hizo que Andrea se sobrecogiera y, a su vez, gritara con fuerza por el miedo.
- Es mi mejor broma, -afirmó satisfecho el duende mientras continuaba asomado por debajo de la cama- siempre que tengo ocasión la hago.
Andrea aún no se había recobrado del susto. Se llevó la mano al corazón y notaba que éste latía con rapidez. Miró con rabia al duende, entornando sus ojos. De pronto los abrió enormemente y comenzó a reír, con una risa que le nacía desde lo más profundo, con auténticas ganas. El rostro del duende, aquella cabecita que salía por debajo de la cama, adornada por los flecos del edredón que le caían por la frente, le daban sin lugar a dudas un aspecto de lo más ridículo y grotesco. Parecía una viejecita de los cuentos de miedo, o un monito al que de pronto le hubiera crecido una enorme nariz. Andrea reía y reía hasta el punto que terminó por molestar a Didot.
- ¿Qué es lo que te hace tanta gracia, niña? -preguntó escamado el duende.
- Tú. -contestó Andrea- No puedes ni imaginar la cara de pasmarote que tienes.
El duende salió de su escondite y se incorporó. Se sacudió el polvo y con tono hiriente se dirigió a Andrea.
- Oye, puedes comunicar que limpien mejor por debajo de la cama. Se pueden encontrar hasta champiñones con tal de que se busquen con un poco de atención.
- ¡Oh! -exclamó Andrea- Para tu información te diré que mi habitación la arreglo yo y no hay nada que...
Andrea calló de repente. Estrella se había despertado, estiró su pequeño cuerpo y dio un largo bostezo. Salió de la habitación con toda tranquilidad y se encaminó, a lo largo del pasillo, hacia el comedor. Aquello, que en otras circunstancias era normal, ahora resultaba inexplicable para Andrea. ¿Cómo es que Estrella, tan dada a ladrar a todo lo desconocido, en esta ocasión no reparó siquiera en el duende? Aún más extraño le resultaba el hecho de que la perra no se hubiese despertado por los gritos, tan sonoros, que hubieran conseguido hacer venir a toda la vecindad. ¿Y su padre?, ¿cómo es que no había acudido a la habitación a ver qué ocurría? Andrea comenzaba otra vez a naufragar en un mar de dudas, pero en esta ocasión no estaba dispuesta a dejarse embaucar por Didot.

IV.- COMIENZA LA GRAN AVENTURA.

- Bien, admito que eres un duende; además, un duende invisible y un poco maleducado. Ahora sólo quiero que me demuestres que yo, Andrea, soy invisible como tú me aseguras.

#4

A mí también me gustan las cosas claras -habló el duende convencido de su triunfo- Ahora mismo te haré la demostración con sumo placer, pero antes has de retirar lo de que soy un duende maleducado.
Andrea temió que todo volviera a empezar de nuevo y esta vez no estaba dispuesta a que esto sucediera y con cierto retintín le contestó:
- Retiro lo dicho de que seas un duende maleducado y retiro todo lo que a partir de ahora tuviera que retirar si se me escapa alguna otra impertinencia. ¿Vale?
- Vale -dijo el duende- aunque ese tono no me ha convencido mucho, la verdad.
- Si quieres puedo repetírtelo otra vez.
- No es necesario. Ahora prepárate. Ve al cuarto de baño y mírate al espejo; y luego, dime lo que ves.
- ¡Por fin algo concreto! -exclamó la niña.
Andrea corrió al cuarto de baño. La puerta estaba abierta. Entró decidida y se buscó en el espejo. Su imagen no aparecía reflejada. Quiso empañarlo con su aliento, pero el cristal quedó intacto. Andrea se quedó sorprendida y volvió a su cuarto. Se encontró a Didot que le esperaba con gesto de satisfacción.
- ¿Me crees ahora? -preguntó divertido.
La niña no sabía qué contestar. Ni siquiera le salían las palabras de la boca. Volvió de nuevo al cuarto de baño y de nuevo pudo comprobar cómo el espejo no le devolvía su imagen.
En la habitación preguntó a Didot:
- ¿Se trata de un truco, verdad?
El duende la miró con cierta ternura y en su rostro se dibujó una expresión cálida y amable.
- ¡Oh! no, Andrea, eres invisible de veras. Y a partir de ahora sólo podrán verte quienes también lo sean.
- ¿Hay mucha gente invisible? -preguntó un poco angustiada.
- Sí. Te encontrarás a mucha gente por todas partes. Ya los irás conociendo.
Andrea estaba nerviosa. No podía creer lo que le estaba sucediendo y cierto temor comenzó a asomarse en su rostro.
- No temas -adivinó el duende- yo no pienso dejarte en ningún momento, salvo que tú me lo pidas, claro.
- ¿Cuánto tiempo dura esto de ser invisible?, ¿no será para siempre, verdad?
- No, para siempre no lo es; pero tampoco sé decirte cuánto dura. Pueden ser días, semanas e incluso años. Conozco un caso en América que...
- Déjate de América -le interrumpió la niña- y dime qué vamos a hacer ahora.

V.- UNA TRAVESURA INVISIBLE.

- Hay algunos inconvenientes que deberías saber -le dijo el duende a Andrea poniéndose serio.
- ¿A qué te refieres? -preguntó Andrea intrigada.
- Bueno ya los irás conociendo a medida que vayan surgiendo. Ahora lo mejor es que demos una vuelta por la ciudad. ¿Te apetece?
A Andrea le pareció una buena e incluso divertida idea. Podría pasear por las calles sin que nadie la viera y ella tener la ventaja de poder contemplarlo todo sin ser advertida. Era como si se cumpliera un viejo sueño, un sueño que todo el mundo ha tenido alguna vez y que ella iba a poder realizar.
Salieron de la habitación y se encaminaron hacia el comedor. Allí pudieron ver a Estrella echada sobre su viejo felpudo y al padre de Andrea que seguía atento a las noticias de la televisión.
Andrea sintió deseos de ponerse frente a él. Lo hizo y comenzó a realizar gestos para llamar su atención, pero nada daba resultado, su padre seguía impasible con los ojos fijos en la pantalla.
- No me ve - dijo Andrea al duende.
- ¡Vaya novedad! -exclamó Didot- ¿Todavía tienes dudas? Tampoco puede oírnos.
- Claro -dijo Andrea muy convencida- como nuestra voz también es invisible.
Estas palabras levantaron una carcajada chirriante al duende que fue acompañada inmediatamente por otra de Andrea.
- Tiene gracia eso de la voz invisible. Con los años que tengo y nunca se me había ocurrido pensarlo. Voy a enseñarte un pequeño truco.
Didot se puso delante del padre de Andrea. Llenó sus carrillos de aire. Parecía que iban a explotar de un momento a otro. Siguió llenándolos. Luego, con sus manos abiertas se apretó las dos mejillas hasta expulsar todo el aire contenido. Aquello provocó que el flequillo del padre de Andrea se moviera de manera perceptible, lo que hizo que éste se llevara la mano a la cabeza y mirara a su alrededor con intención de descubrir el origen de la pequeña corriente de aire. Andrea se reía divertida y Didot, animado, le aseguró que aquello era su segunda mejor broma. Salieron alegres, sin que Andrea se percatara de que Sinver, el gato de la casa, había estado atento a todos sus movimientos.

VI.- UN PASEO DE LOCURA.

Al intentar salir de la casa se encontraron la puerta cerrada, como suele ser habitual, y aquello frenó a Andrea que en vano se afanaba en hacer girar la cerradura. Se adelantó Didot y atravesó la pesada puerta blindada como si fuera aire. Andrea se quedó muy sorprendida y sin atreverse a seguir al duende. Lo llamó y por un lateral de la puerta Didot asomó su cabecita.
- Vamos, no podemos perder tiempo. Atraviesa la puerta sin miedo.
Andrea lo hizo con cierta precaución, y notó una sensación de profunda pesadez en todo su cuerpo. Luego, sorprendida, pudo comprobar que se encontraba al otro lado de la puerta, junto a Didot, quien la observaba atento.
- ¿Qué te parece?, cruzamos las puertas y las paredes como si fuésemos fantasmas. Hay que tener cuidado. Existen puertas invisibles y muros invisibles que si intentamos atravesarlos nos daremos de bruces con ellos. Puedo enseñarte miles de cicatrices que me hice en mi etapa de aprendiz. A veces es difícil distinguir entre lo visible y lo invisible.
Andrea lo escuchaba embobada. No daba crédito a todo lo que le estaba ocurriendo y, de nuevo, comenzó por llenarse de preguntas.
- ¿Qué te preocupa ahora? -adivinó Didot al contemplarla pensativa.
Andrea permaneció en silencio durante unos segundos. Luego, miró a Didot, quiso hablar y se quedó en el intento. Después tomó aires de extrema seriedad y preguntó:
- ¿Esto que me está ocurriendo no será porque me estoy volviendo loca, verdad?
- ¡Oh!, no -exclamó el duende muy convencido- sólo los duendes tenemos la capacidad de vivir entre dos mundos, el visible y el invisible; y sólo nosotros, por ello, somos los únicos que nos volvemos locos de verdad al cabo de los años.
Nada más acabar la frase, soltó una estridente carcajada y comenzó a mover los ojos en círculo y muy deprisa.
Aquello no dejó muy convencida a la niña que acertó a burlarse:
- Espera, ¿a que esto es tu tercera mejor broma?
- Te equivocas, Andrea. Esta no pasa de ser mi décima mejor broma.
Andrea pensó que fuera lo que fuese lo que estaba ocurriendo debía sacarle partido y si, en realidad, se trataba de un sueño, entonces, intentaría por todos los medios que aquello no terminara en una pesadilla.
- ¿Dónde piensas llevarme? - preguntó a Didot.
- ¿Dónde quieres ir tú?
Andrea se quedó pensativa. Al cabo de unos segundos exclamó:
- ¡Ya lo tengo! A casa de Arturo.

VII.- UNA VISITA SIN INVITACIÓN.

Arturo era su mejor enemigo, o su peor amigo, o una mezcla extraña de ambas cosas. Era el responsable indirecto de que Andrea llegara a su casa, después del colegio, en aquel lamentable estado. Se habían apostado algo a que Andrea no sería capaz de pararle unos cuantos penaltis. Arturo alardeaba de ser uno de los mejores jugadores de fútbol del colegio, y le molestaba tener que compartir fama con Andrea quien, entre los mismos niños, era muy respetada por saber jugar tan bien como el mejor de los chicos.
Arturo llevaba algún tiempo intentándolo. Y lo consiguió cuando la retó a una tanda de penaltis, ante el mismo Miguel, el chico que robaba los sueños de Andrea. Andrea no pudo negarse y el resultado final fue una victoria para Arturo y un chándal, recién estrenado, roto para ella. Le pidió la revancha y el nuevo desafío había sido fijado para el próximo lunes. La expectación se había creado en el colegio, e incluso había profesores interesados en saber cómo terminaría aquel duelo entre titanes del balón. Andrea quería aprovechar aquel fin de semana para hacer el trabajo con su amiga Paula y entrenar un poco con su padre. Deseaba ir preparada para la revancha del lunes.
Su preocupación ahora era que difícilmente podría ensayar siendo invisible, y aún más dificultosa estaba la posibilidad de parar los balones si seguía siéndolo para el lunes. Así que decidió hacer una visita a su contrincante y ver cómo éste se preparaba. No le parecía muy honesto, pero también pensó que de alguna manera debía compensar su imposibilidad de practicar.

Llegaron a casa de Arturo en un santiamén. Aterrizaron en el jardín. Andrea se sorprendió mucho de cómo había hecho el viaje. Estaban en la calle y, no había terminado de hacer su petición, cuando de pronto se encontraron en aquel verde y alfombrado jardín.
- ¿Cómo se viaja tan rápido siendo invisible? –preguntó a Didot.
- Bueno, no es difícil. En el mundo invisible no existe el tiempo, y por lo tanto la velocidad es infinita. Podemos ir a dónde queramos y estar allí con solo desearlo. Mientras seas invisible no verás ningún reloj por ninguna parte.
Andrea recordó que cuando despertó no encontró el reloj en el sitio acostumbrado, y se extrañó mucho porque siempre estaba allí.
- ¿Sabes?, esto de ser invisible empieza a gustarme. ¿De veras podemos ir a cualquier sitio?
La pregunta quedó sin contestar porque Andrea se desentendió de la respuesta al ver a Arturo, en un extremo del jardín, jugando con la pelota, junto a algunos de sus amigos.
- Sabía que se iba a preparar a fondo. Vamos a oír lo que hablan –le dijo a Didot.
Se acercaron a los niños. Arturo estaba en la portería intentando parar los chutes de sus compañeros. Al mismo tiempo les iba dando órdenes de cómo debían de golpear el balón.
- Así no –decía- Andrea le da con mucho más efecto para engañar al portero.
Uno de los amigos le preguntó que por qué quería vencerla si después de todo sólo era una chica.
- Una chica que juega al fútbol mucho mejor que tú, y que la mayoría de los chicos.

#5

Pero tú le ganaste el viernes a la tanda de penaltis.
- Sí, pero por muy poco. He de reconocer que tuve suerte, y sobre todo que supe picarla y ponerla nerviosa. A Andrea no hay más que provocarla para que pierda el control.
- ¡Será tramposo! – exclamó la niña dolida.
- Pero eso es algo que tú puedes evitar si te lo propones. –Le contestó Didot.
Los niños seguían ensayando. Y esta vez era Arturo el que tiraba los penaltis.
- Tengo que tirar una tanda de cinco penaltis. Después debo intentar parar los cinco que me chute Andrea. Al total de goles metidos se le resta los que ella me ha colado y ese es el resultado. Así que debo meter todos los que pueda e intentar parar todos los posibles.
- Andrea es una buena tiradora. Lo ha demostrado en muchas ocasiones.
- Sí, - contestó Arturo- donde suele fallar es en la portería. Suele ponerse demasiado atrasada y eso hace que cubra menos. Pero no vayáis a decírselo.
- No hace falta, bobo, ya lo sé. –dijo Andrea divertida. He tenido buena idea con venir, Didot, así podré enterarme de todo.
- Pero él no tiene esa oportunidad. ¿Tú crees que es justo?
- No lo sé. Pero él también utiliza mis fallos.
- Que tú puedes evitar. ¿Vamos a quedarnos aquí todo el día? Te aseguro que hay muchas cosas interesantes por ver.
- Sí, vamos. Me has hecho sentir mal.
Se dio la vuelta para retirarse de los niños y no pudo evitar oír a Arturo decirles al resto de amigos.
- Ahora voy a explicaros cuál es el truco que he ideado para pararle a ella sus balones.
Andrea se volvió como tirada de un resorte. Miró a Didot suplicándole con los ojos quedarse unos segundos más. Pero comprendió en los ojillos brillantes del duende que aquello no era justo y dijo:
- Bueno, llévame a donde quieras.

Cuando quiso darse cuenta ya estaban en otro lugar y éste aún le resultaba del todo desconocido, máxime cuando se le acercó un extraño ser a preguntarle su nombre.

- ¿Dónde estamos? –preguntó la niña.
- Nos encontramos en la ciudad de Valey, la ciudad invisible. Aquí todo el mundo es invisible, por lo tanto todo el mundo puede verte.
- Entendido –dijo Andrea muy seria.
- Olvida de dónde vienes por unos momentos -le previno Didot-. En esta ciudad vivirás todo lo inesperado. ¿Estás preparada?

Andrea asintió, sin llegar a imaginar siquiera todas las aventuras que le estaban esperando en la ciudad más extraña del mundo.

Bulldozzzer
Rango6 Nivel 29
hace más de 4 años

Mola. Me recuerda (por lo fantasioso y el tinte ornírico) al viaje de Chihiro, pero esto no es ni un final abierto si quiera eh? ^^

Irroca
Rango6 Nivel 27
hace más de 4 años

Pues ya ves Bulldozzzer, la verdadera aventura de Andrea comienza ahí, pero antes conocerá la ciudad perdida. Didot se la enseña para que conozca al hombre sin sueños...