Laet
Rango6 Nivel 28 (1179 ptos) | Novelista en prácticas
#1

La vida se compone de luces y sombras. De momentos dulces y amargos. Eso era, al menos, lo que solía decirle su madre, siempre con una sonrisa a pesar de todos los reveses. Un mensaje de fe en las promesas que traía cada nuevo amanecer. Y así, a pesar de la pobreza en que se había criado, la pequeña Arisse supo conservar la esperanza.
Pero eso había terminado.
-Vaya, vaya. ¿Qué tenemos aquí?-Arisse movió la cabeza hacia la voz. Un corpulento guardia la observaba desde el otro lado de los barrotes de su celda con una sonrisa torcida.-Así que tú eres la bruja. Vaya, vaya -repitió.-¿No eres un poco joven para eso?
Mientras hablaba, su mirada recorría a la muchacha de arriba abajo de tal modo que ella se estremeció, asqueada.
Con apenas catorce años, su cuerpo se adivinaba delgado, aniñado, bajo sus harapientas ropas. Pero eso no detendría a hombres como aquel, pensó con espanto. Se volvió y dejó que su enmarañada cabellera le ocultase el rostro.
-Lo de la magia son sólo patrañas -prosiguió-, y tú no eres más qu...
De pronto, el hombre se desplomó. Una figura envuelta en sombras se alzaba tras él.

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SEXYLOVER122
Rango13 Nivel 60
hace casi 4 años

Luces y sombras, bonita composición textual.

nubama
Rango1 Nivel 0
hace casi 4 años

Tengo ganas de seguir leyendo... me gusta mucho! Enhorabuena!

LizaSuarez
Rango4 Nivel 15
hace casi 4 años

Sé que se supone que hay que dejar intriga pero... quiero leer más!!!

Laet
Rango6 Nivel 28
hace casi 4 años

@LizaSuarez Me alegro, eso significa que va por buen camino.

lasourise
Rango11 Nivel 50
hace casi 4 años

Hola: Si me permites, para que edites cuando llegue la final, corrige estos detalles: "Detrás de él" y no "tras él", porque no se trata de alguien que va caminando y de otro que lo sigue.
Usar rayas de diálogo, y no guiones, cuando los personajes dialogan; y las comillas latinas (los dos angulitos seguidos) para introducir pensamientos del protagonista.Puedes lograrlos si tienes un teclado numérico, de este modo: Alt0151: guión largo (—)
Alt174: comillas de apertura («)
Alt175: comillas de cierre (»). Si no, los copias y pegas de cualquier texto bien escrito.
Un saludo.

Laet
Rango6 Nivel 28
hace casi 4 años

@lasourise Muchas gracias por todos tus comentarios, me alegra que te guste la historia. Respecto a los detalles que me has señalado:
-Por lo que sé, "tras" y "detrás" se pueden emplear indistintamente, aunque la primera pueda tener a veces ese matiz de movimiento.
-Sobre el entrecomillado, tanto el angular como el inglés (doble o simple) se pueden usar; el angular es de uso preferente, pero no una norma. Como no está en el teclado, uso los otros.
-El guión largo tal vez sí lo cambie, si el jurado es muy quisquilloso con eso, aunque nunca lo uso. Reconozco que hasta hace poco no sabía ni de su existencia (y al principio me pareció una broma, '¿en serio era necesario tener dos rayas de distinto largo?'), porque, francamente... la longitud de la raya no me parecía trascendente xD
Gracias de nuevo.

AngelMagat
Rango18 Nivel 85
hace más de 3 años

¡Qué interesante!
¿Habrá llegado esa sombra para salvarla o para condenarla?


#2

Se dejaba arrastrar sin oponer resistencia. No sabía adónde la conducía aquella sombra en mitad de la noche, pero poco le importaba. Fuera lo que fuese que la esperaba, no podía ser peor que su destino de haberse quedado en aquella fría celda.
Apenas podía ver nada. Supo que se internaban en el bosque porque la tierra bajo sus pies descalzos dio paso a la hierba espesa y húmeda por el relente y a la maleza que se enredaba en sus ropas. Arisse no pudo evitar tropezar varias veces con raíces sueltas, pero la mano que la tenía firmemente sujeta por el brazo impidió que cayese de bruces al suelo.
Se preguntó si habría alguien persiguiéndolos. En su cabeza, las sombras se transformaban en fieros perros de presa. El bosque parecía un organismo vivo que la seguía con un millar de ojos acusadores, y extendía hacia ella las nudosas ramas y zarzas llenas de espinas. Sin embargo, lo único que se oía era el rumor de la brisa entre las hojas, sus pisadas amortiguadas y las ramas de los arbustos cediendo a su paso. Nada de ladridos ni de voces de una partida de búsqueda.
Un búho ululó no muy lejos de ellos, pero Arisse estaba demasiado cansada como para sobresaltarse. Enfocaba sus fuerzas en seguir avanzando sin trastabillar.
No supo decir cuánto tiempo había pasado hasta que su guía decidió detenerse. Soltó a la chica, que se dejó caer donde estaba, jadeante. Cuando se recuperó lo suficiente como para sentarse, descubrió que estaban en un claro. Era una noche sin luna, y la luz de las estrellas era demasiado tenue. Aun así, se dio cuenta de que el extraño halo de oscuridad que había envuelto a su rescatador, y que lo hacía parecer una sombra cambiante y amorfa, se había desvanecido. Era humano, después de todo.
‘O lo parece’ se dijo.
Iba embozado en una capa, de modo que a simple vista no se podía precisar si era hombre o mujer. Tenía una estatura nada desdeñable, y la mano que la había aferrado era grande. Eran, en principio, rasgos masculinos, pero Arisse recordó a las mujeres de los comerciantes que llegaban a la ciudad desde el Lejano Norte, altas como torres.
No obstante, pensó, aquel no era su principal problema. Fuera quien fuese, conocía el oscuro arte de la brujería. Sólo los Dioses y sus Siervas sabían cuáles podían ser sus intenciones.
-¿Te encuentras bien?
Arisse dio un respingo. Se había retirado la capucha, y pudo intuir unas facciones suaves, agradables. Por su voz, se trataba de un hombre, un hombre joven. Eso no le gustó. El sacerdote de la Iglesia de las Tres Gracias siempre les advertía que las malévolas criaturas del caos, aquellas que se apartaban del luminoso sendero marcado por los Dioses y sus Siervas, podían adoptar formas inocentes y bellas para atraer a los incautos y alejarlos del camino de la rectitud.
-Los grilletes deben de haberte herido, deja que… -extendió una mano hacia ella, pero la muchacha se apartó con brusquedad. Retrocedió un paso y alzó las manos como gesto de buena voluntad.-Tranquila, pequeña, no voy a hacerte daño.
La miró durante un rato, pero ella siguió agazapada en actitud desconfiada. Suspiró y fue a sentarse en el lado opuesto del claro.
-Escucha, pequeña –dijo con voz tranquila-, si te hubieses quedado en aquella celda, al alba habrías sido ejecutada. No es a mí a quien debes temer.
-Iban a quemarme por ser una bruja –murmuró.-Es el único modo de purificar el alma abyecta de aquellos que se apartan del camino de…
-…De la rectitud que lleva a la luz de la salvación y bla bla bla –concluyó él con sorna.-Bobadas. Los hombres que repiten esa cantinela una y otra vez son bastante más peligrosos que tú y que yo.
-¡Hereje! –exclamó Arisse, contemplándolo con horror.
Aquel era un duro insulto ante el que cualquiera se defendería. Sin embargo el muchacho esbozó una sonrisa, como si acabase de halagarlo.
-No soy yo quien pretende matar a una niña.
-¡No soy una niña! –replicó, pero al momento de decirlo se sintió estúpida. Aquella no era la cuestión.-Quiero irme a casa.
-Eso es un poco complicado ahora mismo. Primero hemos de ir a…
-¡No! No… Te-tengo que ir a casa.
Al joven se le borró la sonrisa, y Arisse temió que de un momento a otro fuese a transformarse en algún tipo de criatura monstruosa y a saltar sobre ella. En lugar de eso, el muchacho se rascó la cabeza, pensativo.
-Se supone que debo… Aunque… -negó con la cabeza y se puso en pie.-Está bien, te acompañaré a tu casa. Supongo que una chiquilla no llamará mucho la atención. ¿Dónde vives?
Arisse vaciló. No quería que un ser oscuro las rondase a ella y a su madre, pero no tenía modo de volver si no era con su ayuda.
-A las afueras de Eichenblatt. Junto al río.
-No está muy lejos –miró al cielo para orientarse.-Es por aquí. Vamos.
Echó a andar, resuelto. De vez en cuando echaba una ojeada sobre su hombro para comprobar que la chica lo seguía.
-Me llamo Orithel –dijo en un momento dado. Arisse no respondió.-Oh, ya sé, temes que sea un brujo malvado y que pueda hechizarte si me dices tu nombre, ¿eh?
-Todos los brujos son malvados –repuso, mirándolo de reojo.
-Pero yo te he salvado.
Arisse guardó silencio unos minutos.
-Eso no tiene por qué ser bueno.
-¿Porque lo dice un clérigo?-negó con la cabeza.-Pues ya me dirás qué ha podido hacer una niña como tú para merecer ser quemada.
La chica lo meditó.
Ella no había hecho daño a nadie. O eso pensaba. Pero la brujería era un poder que emanaba de las fuerzas del caos, los seres oscuros que se rebelaban contra la luz divina. En algún momento, sin darse cuenta, la oscuridad había corrompido su alma. Tal vez a aquel chico le hubiese ocurrido lo mismo. Tal vez ni siquiera fuese consciente de haberse apartado del Camino. Pero ella no se dejaría engañar. Acudiría al sacerdote Creuss para que la purificase con sus rezos.
Después de lo que parecieron horas, el bosque comenzó a hacerse menos espeso. El corazón de Arisse dio un vuelco de alegría al reconocer los altos robles que se alzaban no muy lejos de su casa. Corrió hasta llegar al linde de la espesura.
Allí, junto al río, estaba la choza en la que se había criado, similar a la de sus vecinos. Era una de las zonas más humildes de su pequeña ciudad, pero en aquel momento le pareció maravillosa.
Se tensó al notar la presencia de Orithel tras ella. Lo miró, borrada ya la sonrisa que por un momento asomó a sus labios. Él le devolvió la mirada, tranquilo, sin hacer ademán de agarrarla.
-Puedes ir. No te detendré.
Arisse no esperó a que se lo dijese dos veces. Con una exultante sonrisa echó a correr a través de los campos de labranza. Ya no notaba el cansancio ni el miedo. Salía luz de su casa, y lo tomó como una señal de que pronto todo se arreglaría.
-¡Madre! –llamó, abriendo la puerta de sopetón.
En el extremo de la sala, sus vecinos intentaban consolar a la mujer. Cuando Arisse entró, todos la miraron con incredulidad, incluida ella, que aún tenía los ojos vidriosos.
-He vuelto, madre –dijo.
Esperaba que corriese hacia ella, llorando de felicidad, y la estrechase entre sus brazos. Que sus amigos celebrasen su regreso.
Pero eso no ocurrió.
Los más jóvenes la miraron con terror, como si fuese un monstruo de pesadilla. Pasado el estupor, los rostros de los mayores se contrajeron en muecas de rabia.
-¿Ma-madre?
La recorrió un escalofrío. La mirada de su madre no era cálida y amorosa, sino gélida y henchida de odio.
-Ese… -comenzó la mujer con voz ronca-, ¡ese es el monstruo que ha tomado la forma de mi hija!
Arisse abrió los ojos al máximo, sintiendo como si una garra helada le oprimiese el pecho.
-No, mamá… Soy yo…
-¡No la escuchéis! –exclamó el sacerdote Creuss.-¡Es una treta! ¡Esta bestia maligna ha tomado el cuerpo de un ser amado para apartarnos del camino de nuestros Padres Divinos! ¡Glanz, que con su luz nos guía; Hitze, que otorga el calor de la vida; y Urheber, el creador! Tomad las enseñanzas que nos dejaron a través de sus Siervas y…
El clérigo prosiguió con su arenga, pero nadie lo escuchaba realmente. Tampoco hacía falta. Aquel discurso estaba firmemente arraigado en sus fieles, que ahora sólo tenían un objetivo. Destruir a aquel ser impuro.
Arisse no gritó. Tampoco corrió. Aquello no podía ser. Una pesadilla, eso era. Tenía que serlo. Ellos no le harían daño…
Alguien tiró de ella hacia atrás, apartándola de la trayectoria de un cuchillo. Cayó entre unos brazos fuertes, que la rodearon protectoramente. Supo que era Orithel antes de mirarlo. Sus rasgos bajo la luz del hogar eran más juveniles de lo que había supuesto, y chocaban con su semblante serio. Descubrió que tenía el cabello negro como la noche, la tez bronceada y unos ojos azules, profundos como un lago.
-¡Atrás! –ordenó, dirigiendo hacia ellos una mano envuelta por un halo tenebroso. El hombre que blandía el cuchillo retrocedió de un salto.
-¡Un brujo! ¡Ha traído a otro de los suyos! –dijo el clérigo.
-Oh, cállese –dijo entre dientes. Con un gesto hizo que una silla se desplazase, derribando al sacerdote. Soltó una risita.-Vámonos –le dijo a la pequeña.-Este ya no es tu sitio.

NinaCrucio
Rango8 Nivel 36
hace casi 4 años

¡Me encanta! Estoy deseando leer el resto :)

SEXYLOVER122
Rango13 Nivel 60
hace casi 4 años

! Maravilloso texto, con una trama atrapante y un desarrollo impecable !.

lasourise
Rango11 Nivel 50
hace casi 4 años

@Laet: esta cajita está impecable. Me ha gustado muchísimo, por la forma en que narras y describes a los personajes y sus tensiones.
Adelante.

lasourise
Rango11 Nivel 50
hace casi 4 años

@Laet: esta cajita está impecable. Me ha gustado muchísimo, por la forma en que narras y describes a los personajes y sus tensiones.
Adelante.

AngelMagat
Rango18 Nivel 85
hace más de 3 años

La sombra intuyo ke es buena.


#3

Nadie se atrevió a perseguirlos. A pesar de las barbaridades que se contaban, ninguno de aquellos campesinos había sufrido el ataque de ningún ser maligno. Siempre eran habladurías de alguien que conocía al cuñado del primo de un hombre que había sido presa de un sortilegio, o un maleficio causante de las plagas que consumían las cosechas. Ver magia de primera mano era más de lo que muchos podían soportar. Aunque se limitase a mover un mueble de sitio.
-Eso era lo que intentaba explicarte –dijo Orithel, una vez estuvieron seguros al amparo del bosque.-Ser o no una bruja no te convierte en mejor o peor persona. Es algo con lo que has nacido, como el color de tus ojos. No define quién eres. Ellos no son brujos, y aun así han intentado herirte, mientras que tú no les has hecho ningún mal.
Arisse no lo miró, ni dio muestras de haberlo oído.
No tenía que haberla dejado ir, pero le daba lástima que alguien tan joven tuviese que renunciar a todo lo que conocía. No era justo. Y ahora estaba destrozada, traicionada. Pero lo peor era que habían conseguido que se sintiese culpable y merecedora de aquel trato. Si los Dioses existían, se dijo, tenían un curioso sentido del humor.
-Mi madre me odia… -murmujeó la chica. Habló tan bajito que Orithel tardó unos segundos en comprender lo que decía.
Iba a responder cuando intervino una tercera voz.
-No te odia a ti, tesoro.
El joven se sobresaltó y giró sobre sus talones para encararse a la recién llegada. Arisse sencillamente levantó la vista hacia ella. Era hermosa, alta y pálida. Llevaba su cabello, de un negro perfecto, recogido en una complicada serie de trenzas, y vestía una elegante túnica oscura. Una esfera brillante flotaba a su alrededor. Su luz se intensificó lo suficiente para iluminarlos a los tres.
-No te odia –prosiguió la mujer, con su voz cálida y dulce.-Tiene miedo de lo que desconoce. Los que nos consideran sus enemigos alimentan ese miedo y lo utilizan en su favor… Pero este no es el lugar ni el momento para hablar sobre ello. Ven, te llevaremos a un lugar seguro.
Su mirada se endureció al mirar a Orithel, pero no dijo nada. Se acercó a la muchacha y le tendió su mano para ayudarla a levantarse.
-Me llamo Stara.
-Arisse –respondió, aceptando su ayuda.
Había perdido todo. Le habían dado la espalda. Por alguna extraña razón, los únicos dispuestos a ayudarla eran los siervos del caos. No querían herirla. Tal vez ya era una de ellos, un ser de las tinieblas. Buceó en los grandes ojos oscuros de la mujer, y descubrió en ellos una chispa, un lucero que parecía indicarle el camino a seguir.
Se preguntó cómo, en medio de la oscuridad, era posible encontrar semejante luz.

Arisse nunca había estado en aquella parte del bosque. La vegetación era muy densa, pero la hechicera siempre encontraba algún recoveco por el que avanzar. La pequeña seguía con la mirada los movimientos erráticos de la esfera de luz que flotaba a su alrededor. Se le ocurrió que debería estar asustada, como lo habían estado sus vecinos ante los trucos de Orithel, pero era como si un manto helado hubiese caído sobre ella, entumeciendo sus emociones. La mano de Stara, que asía la suya con delicadeza, era la única fuente de calidez.
Orithel las seguía en silencio, con gesto lúgubre. De cuando en cuando Arisse lo miraba, y él se esforzaba en componer una sonrisa, pero cuando creía que no lo estaba observando regresaba aquella expresión cabizbaja. En otras circunstancias le hubiese preguntado qué le pasaba, pero esa noche nada era como debía, y ni siquiera era capaz de preocuparse por sí misma.
Después de muchas horas –o eso le pareció-, Stara se detuvo. Frente a ellos no había más que un impenetrable muro vegetal. Troncos, arbustos y tupidas enredaderas cerraban el paso.
-¿Hemos llegado?-inquirió en un murmullo. La tranquilidad que reinaba en el bosque era tal que inspiraba respeto, y no se atrevió a alzar mucho la voz.
La mujer le sonrió por toda respuesta. Alargó la mano que tenía libre y acarició algunas de las hojas más cercanas. Su blanca piel pareció emitir un leve resplandor, y las plantas se estremecieron. También Arisse notó un cosquilleo en los dedos allí donde tocaban los de la bruja, pero no se soltó.
La vegetación se abrió, franqueándoles el paso. Una vez la atravesaron, regresó a su posición original, como si nada hubiese ocurrido.
-En contra de lo que la gente cree, los hechiceros no dejamos grandes rastros de calamidad y desolación a nuestro paso –dijo Stara.-Sería un absurdo desperdiciar tantas energías para facilitar que nuestros enemigos nos encuentren.
-Dicen que es para intimidarnos con vuestro poder –osó decir la chica. Orithel dejó escapar un bufido.-¿Qué?
-La intimidación sólo funciona durante un tiempo. Al final lo que consigues es que manden a todo un ejército para apresarte.
-Parece que al menos has aprendido algo en tus lecciones –intervino la mujer, a lo que Orithel bajó la mirada, avergonzado.-Tiene razón –le dijo a Arisse-, si no saben que existes no te molestarán. El problema es llamar la atención –recalcó, haciendo que el muchacho se encogiese.
El resto del camino Stara hizo algunas preguntas a Arisse acerca de su vida. Detalles banales. Simplemente quería evitar que la pequeña volviese a encerrarse en aquel estado de ausencia.
El cielo comenzaba a aclararse cuando llegaron.
Retazos de bruma envolvían las edificaciones, de formas y estilos dispares, que parecían fundirse con los árboles. Arisse abrió mucho los ojos. Muchas de las casas estaban formadas por árboles vivos, lo que hacía difícil distinguirlas del propio bosque a primera vista, y coloridas variedades de hongos fosforescentes iluminaban los rincones.
-Bonito, ¿verdad?-le preguntó Orithel al ver su expresión maravillada.
Apabullada, no supo responder.
Esferas luminosas como la de Stara flotaban mansamente en el aire. Divisó un grupo de personas charlando animadamente, bajo un cúmulo de luces. En Eichenblatt muchos aún se estarían liberando de los últimos retazos de sueño, pero allí, al fijarse, vio a mucha gente que parecía estar volviendo a sus casas.
-Al fin habéis llegado –los saludó un anciano asomado a una ventana. El cabello que conservaba era blanco como las nubes del verano, y sobre su nariz ganchuda reposaban unas gafas redondas. Tenía un aspecto simpático y bonachón.-¿El joven Orithel volvió a perderse?-rio entre dientes.
El chico masculló algo, sonrojado hasta las orejas.
-Hubo un… pequeño contratiempo –repuso la mujer.
-Nada importante, espero.
-No se preocupe, doctor. Que tenga un buen día.
El viejo hizo un gesto, como quitándose un sombrero invisible, y desapareció en el interior de su cabaña.

-¿Por qué lo ha llamado doctor?-preguntó la niña.
Estaba en casa de Stara, un edificio blanco con travesaños de madera oscura, con un roble haciendo de pilar en uno de los extremos. Estaba a solas con la bruja después de que esta le echase una reprimenda a Orithel y lo enviase a casa. Al parecer, había incumplido las normas al llevarla a Eichenblatt en lugar de traerla allí directamente. Le dio un poco de pena, ya que fue ella quien insistió en que la llevase a casa, y el joven se había compadecido de su situación. Luego iría a disculparse.
-Porque lo es –puso ante la pequeña una escudilla humeante de un caldo oscuro y espeso con generosos trozos de verdura y ¡carne! Su madre y ella pocas veces podían probarla.-No todos en esta aldea son magos. Algunos han venido aquí huyendo, tras haber sido falsamente acusados de brujería. El doctor Sutton era un hábil galeno de Ledjanoy –lo único que Arisse sabía de aquel lugar era que estaba muy lejos, al norte, y que hacía mucho frío.-Salvó a muchos durante una grave epidemia que hubo hace cinco inviernos, incluida la prometida de un influyente mercader. La mujer se enamoró del hijo del buen doctor, y el mercader, celoso, acusó a Sutton de haberla hechizado y de causar enfermedades para enriquecerse curándolas. Así, el doctor y su familia tuvieron que huir para salvar su vida, y acabaron aquí.
-Eso es horrible…
-Lo es. Para todos –señaló.-Yo tampoco quería dejar mi hogar. Tal vez sea una bruja, pero amaba a mi familia y a mis amigos, y nunca les hice daño.
Arisse hundió la mirada en el caldo, pugnando por contener las lágrimas. Durante un rato sólo se oyó el alegre crepitar del fuego en el hogar.
-Iré a prepararte un baño y algo de ropa para cuando acabes de comer. Si quieres más puedes coger lo que quieras de esa olla que hay junto al fuego.
La muchacha asintió en silencio, meditabunda. Empezaba a comprender. Si los Dioses y sus Siervas los guiaban hacia el bien, hacia la justicia y la verdad, ¿por qué sus fieles mentían y castigaban a inocentes? Si los brujos eran personas corrompidas por la oscuridad, ¿por qué protegían a la gente que los necesitaba?
‘Tengo que hablar con Orithel’, se dijo. Antes se había negado a escucharlo, pero ahora quería… necesitaba saber.

Cuma
Rango1 Nivel 4
hace casi 4 años

¡Realmente la historia te atrapa y la redacción increible! Espero pronto podamos leer mas.

Winter
Rango5 Nivel 23
hace casi 4 años

Está tremendamente interesante!! Es una pena el límite de caracteres... nosotros también necesitamos saber! jajaja

Laet
Rango6 Nivel 28
hace casi 4 años

@Cuma ¡Muchas gracias, linda!
@Winter Siempre me hace cortar cuando viene lo interesante, hay que ver ¿eh?

nubama
Rango1 Nivel 0
hace casi 4 años

Me flipa! Enhorabuenaa!!

lasourise
Rango11 Nivel 50
hace casi 4 años

¡Perfecto! Es indudable cómo te has esmerado en la redacción de las dos últimas cajas. la historia es excelente, atrapante. Felicitaciones.
Espero verte por mi cuento. Saludos.

Yuma
Rango10 Nivel 46
hace casi 4 años

Me quede atrapada...genial.


#4

Sus cansados músculos agradecieron enormemente el baño caliente. No se dio cuenta de cuánto lo necesitaba hasta que se encontró sumergida en el agua hasta la barbilla. Stara dejó a su disposición una multitud de jabones, cepillos y coloridos frasquitos de esencias. Se quitó toda la mugre y desenredó su enmarañado cabello, que una vez limpio recuperó su radiante color dorado. Cuando salió del barreño, el agua había adquirido color a tierra.
Tras secarse cogió las prendas dobladas en un rincón. Por sus colores desvaídos se notaba que eran viejas, pero estaban limpias y bien cuidadas, sin agujeros ni desgarros. Sobre la sencilla ropa interior se puso una túnica, de color verde hoja, y la sobrevesta blanca, con un ribete verde de tela sedosa y brillante que sólo había visto llevar a ricos y nobles. Le iban un poco grandes, al igual que las gastadas botas de cuero, pero le dio igual. Era la ropa más bonita que había tenido nunca.
Buscó a Stara para darle las gracias y preguntarle dónde vivía Orithel, pero no estaba en la casa. Arisse fue hasta la puerta de entrada. Vacilante, alargó la mano hasta el pomo, y respiró hondo antes de atreverse a girarlo.
Aunque era bien entrada la mañana, había poca gente en el exterior. Localizó a la hechicera no muy lejos, hablando con otras dos personas.
-Psst… ¡Arisse! –vio a Orithel agazapado contra un muro de la casa de enfrente haciéndole señas para que se acercase.
-¿Qué haces ahí?-susurró una vez a su lado.
-No quiero que me vean, se supone que estoy castigado –a la chica le pareció cómica la idea de un brujo como él castigado como un muchacho cualquiera.
-Stara parece preocupada –dijo, echando una ojeada con cuidado de no ser descubierta.
-Al parecer han atacado a uno de los nuestros.
-¿Qué?-el muchacho le tapó la boca y le hizo una seña para que bajase la voz.-¿Alguien ha venido a por nosotros?-miró con nerviosismo a su alrededor, casi esperando ver un destacamento de soldados surgiendo de la espesura.
-No –se dejó resbalar por la pared hasta quedar sentado en el suelo, las piernas contra el pecho y los brazos cruzados sobre sus rodillas.-No vivimos aislados del mundo. Viajamos, visitamos otras ciudades. A veces para rescatar a gente como tú. Otras para comerciar. Y, cuando se desatan epidemias, u otro tipo de catástrofe, intentamos ayudar sin que se note.
>>Elonsse, el hombre al que han capturado, fue a Segen porque se enteró de que el hijo de unos parientes suyos estaba muy enfermo.
-¿Crees que ellos lo denunciaron?-preguntó. La expresión de Orithel se oscureció, y pudo ver la rabia destellando en sus ojos.
Arisse miró al cielo, ahora de un azul claro y limpio, el mismo azul de sus ojos. Se sentía extrañamente aliviada. Sabía que su madre la entregaría si volviese a verla, como ya había hecho. Comprobar que no era la única le daba algo de paz. Significaba que no era culpa suya.
-Pero iréis a rescatarlo, ¿verdad? Igual que a mí.
El chico soltó una risa seca, carente de alegría.
-¿A Segen? ¿La capital? Es imposible. Es lo que esperan que hagamos. Nos atraparían. No. El Sumo Sacerdote de Los Tres Dioses es demasiado peligroso –se puso en pie de un salto.-Esto no es asunto de una niña, y hay cosas que aún debemos saber de ti –dijo, cambiando de tema antes de que pudiese seguir preguntando.
-¿El qué?
-¿Qué va a ser?-dijo, con la sonrisa que era natural en él.-El por qué te han acusado de ser una bruja.

Acompañó a Orithel hasta su casa, un edificio con las paredes del color del barro, ventanas redondas y las esquinas de los aleros curvadas hacia arriba. Había sido construida alrededor de un curioso árbol con las hojas en forma de abanico.
El chico se escabulló por el lateral de la casa y se coló por una ventana. Arisse fue a la puerta principal, como le había indicado, y llamó. Apenas sus nudillos tocaron la madera, la puerta se abrió. Al otro lado, una mujer menuda, de cabello oscuro y ojos rasgados, la contemplaba con una sonrisa irónica.
-Mi hijo sigue creyendo que no sé cuándo entra o sale, ¿verdad? –comentó.-Entra, anda. ¡Orithel! –llamó.-Deja que te vea bien –le peinó los cabellos con los dedos, acomodándolos para que no le tapasen la cara.-Vaya, ¡pero si eres una preciosidad! Y pareces una buena chica –dijo, mirándola a los ojos con una sonrisa.-Mi hijo es un poco torpe, pero seguro que una buena chica como tú podría enderezarlo.
-¡Mamá! –protestó Orithel, que acababa de aparecer, con las mejillas de un rojo subido.
-Pero mírala, si es como una muñequita. ¿Sabes?-dijo, llevándose el índice al mentón, pensativa.-Me recuerdas a una imagen de Milde que presidía un altar de la Iglesia de las Tres Virtudes. ¿O era la de las Madres?
-Mamá…
-Oh, sí, lo siento. Idos, seguro que tendrá muchas preguntas, siendo una recién llegada.

Se sentaron en el porche trasero, en silencio. El chico seguía algo ruborizado, mientras que Arisse seguía dándole vueltas a lo otro que había dicho la mujer. Milde era una de las Siervas de los Dioses. Representaba la templanza, la dulzura y la clemencia, por lo que solía ocupar uno de los tres altares que había en cada templo. Rubia y cálida, como un rayo de sol, y ojos de cielo… o así se lo enseñaban de niños. Le resultaba extraño haberla oído mencionar en aquel lugar, de una forma tan ligera. Casi esperaba que los Dioses y sus Siervas fuesen un tabú, como los brujos lo eran donde se había criado.
Se volvió hacia Orithel que no se atrevía a despegar la vista de sus pies, y rio.
-Todas las madres son así –le dijo.-Una de mis vecinas siempre decía que sería una buena esposa para su hijo menor. Pero no me gustaba –arrugó la nariz.-Siempre me tiraba del pelo.
El muchacho se rio, lo que hizo que ella sonriese.
-Quería darte las gracias por salvarme. Y siento que te hayan castigado por mi culpa.
-Ni lo menciones –le restó importancia con un gesto.-Y dime, ¿qué ocurrió para que acabases en una celda? ¿Le rompiste la nariz al hijo de tu vecina?-inquirió con una sonrisita.
-¡Claro que no! La verdad es que no sé muy bien… -se miró las manos-, qué hice.
-Entonces… hiciste magia.
Arisse se removió, incómoda. No era fácil desterrar las creencias de toda una vida.
-Una amiga se cayó –empezó a contar en voz baja.-Estábamos jugando en el río después de lavar la ropa y resbaló. Se debió de torcer el tobillo, porque lloraba de dolor. Me acerqué y cuando le toqué la pierna para revisarla hubo como un… destello. Ella se asustó mucho. Me llamó bruja y se fue corriendo.
El chico soltó un silbido de admiración.
-¿Magia curativa? Eso es impresionante.
-Yo sólo quería ayudarla…
-Lo sé –le palmeó la espalda.-La gente es así, no le des más vueltas. Si los Dioses y sus Siervas bajasen al mundo, también los llamarían brujos al ver su poder. No saben distinguir el bien del mal.
-¿Y qué hago ahora?
-Bueno –se rascó la cabeza-, si quieres podrías aprender magia. Aunque no estás obligada. Lo entenderemos si tienes reparos. Hay gente aquí que podría enseñarte un oficio. Podrías ser aprendiz del doctor Sutton. También hay una costurera. La tacharon de bruja por ser pelirroja –aclaró, adivinando su pregunta en cuanto abrió la boca.
-Es ridículo.
-Como querer matarte por curar un tobillo –sonrió.

Pasó el resto del día en casa de Orithel. El chico respondió a sus preguntas lo mejor que supo.
Siguiendo la norma sobre pasar desapercibidos, aquella pequeña aldea, compuesta por casas construidas sin un orden concreto y senderos en lugar de calles, no tenía nombre. Sin una forma específica de referirse a aquel lugar era más difícil dejar pistas que sus enemigos pudiesen reunir para dar con ellos. En caso de que alguno de los suyos fuese interrogado, sólo podría hablar de “una población en medio del bosque”. Podían ser cientos de lugares, y cada brujo referirse a uno distinto. Porque sí, había gente intentando dar con ellos.
-¿El Sumo Sacerdote?
-Por ejemplo. Tiene bajo su control a toda la población, y quiere acabar con quienes no están a sus órdenes.
-Pero no es más que el sacerdote de Los Tres Dioses –dijo, confusa.
-La Catedral de Los Tres Dioses –puntualizó el joven.-¿No te has dado cuenta? Segen es el único lugar con un templo presidido por los Dioses, el mayor de todos. El resto están dedicados a sus Siervas. Es un modo de reforzar la idea de que deben servir a la capital, donde están el rey y los nobles de mayor alcurnia.
-¿Y por qué el más peligroso es el Sumo Sacerdote?
-Verás, los nobles y los reyes son hombres poderosos, hay quien cree que designados por los Dioses, pero hombres al fin y al cabo. El Sumo Sacerdote, en cambio, es el representante directo de los Dioses. Si alguien se rebela contra sus designios, lo está desafiando a él.
Parándose a pensarlo, tenía sentido.
Arisse se quedó a comer con él y con su madre, Kara. Su padre y su hermano estaban de viaje. La mujer, que no era bruja, procedía de tierras muy lejanas, al este, del conocido como Imperio del Sol. Su padre había sido un errante creador de “fuegos místicos”, espectaculares explosiones de luz y color hechos con pólvora. Algún sacerdote los tomó por un conjuro y tuvieron que marcharse.
Entre mil historias, el día pasó rápido, y al llegar el ocaso Arisse decidió volver con Stara. La mujer la recibió con una sonrisa, sin pedirle explicaciones acerca de dónde había estado. Sin embargo, debajo de aquella sonrisa, Arisse la notó preocupada. Intuyó que se debía a aquel hombre que habían capturado.
A pesar de que todos la trataban con cordialidad, los días siguientes notó aquella misma tensión en la gente que la rodeaba, incluido Orithel. Iban a hacer algo, lo sabía. Si la habían salvado a ella, una desconocida, no se quedarían de brazos cruzados cuando uno de los suyos los necesitaba. Tras varias noches de duermevela, tomó una decisión.
-Sé que iréis a rescatar a Elonsse–le dijo una mañana a Stara.-Quiero aprender magia y ayudaros.

Hace más de 3 años

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lasourise
Rango11 Nivel 50
hace más de 3 años

Hola, @Laet : Gracias por tu visita. En el tumulto de "las finales" me había olvidado de volver a leer tu siguiente caja. Es, como las otras, muy bonita e imaginativa; tu manejo del lenguaje es muy bueno. Me gusta el tema de fondo: los prejuicios y los miedos. Adelante. Suerte.

Laet
Rango6 Nivel 28
hace más de 3 años

@lasourise Gracias a ti, mucha suerte en el concurso :D


#5

“Quiero aprender magia.” Sus palabras parecieron quedar en el aire, su fuerza y decisión reverberando en silencio. La hechicera la contempló un rato, seria. Temió que se negaría, que le diría que no era más que una niña, pero finalmente sonrió.
-Muy bien. Sígueme.
Stara aún era joven, y lo parecía más aún por su carácter risueño y solícito. Arisse se había preguntado alguna que otra vez cómo era capaz de despertar el menor temor en Orithel. Ese día lo descubrió.
La mujer la condujo a una sala llena de estanterías, cargadas de una apabullante cantidad de libros, amén de frascos de contenidos diversos, piedras brillantes, y artilugios que Arisse no sabía nombrar. Sobre un soporte de madera, había una oscura losa de pizarra, cubierta por trazos blancos. Stara la hizo sentarse en una silla, frente a la pizarra. Ella borró las líneas blancas y cogió un pedazo de yeso. En silencio comenzó a escribir una serie de símbolos indescifrables para la muchacha. Se sintió incómoda. Lo único que sabía escribir era su propio nombre.
-Muy bien –dijo Stara cuando acabó. Su postura era regia, imponente, su habitual sonrisa había dejado paso a una expresión seria, casi severa, y su tono se había vuelto diligente y autoritario.-Antes de poder comenzar con el estudio de la magia deberás aprender a leer y escribir, no sólo nuestra lengua, sino también los símbolos arcanos.
Arisse notó un vacío en el estómago. ¿Tenía que aprender todo eso? ¿Tendría que leer TODOS aquellos libros? Le parecía una tarea imposible. Miró alternativamente la pizarra y a Stara, insegura. Pero no se opuso. No podía. La fuerza que transmitían los ojos oscuros de la mujer parecía avivar la suya propia.

Arisse suspiró, cansada.
-¿Tú has leído todos los libros de Stara?
-Oh, no, eso llevaría más tiempo del que he vivido –rio Orithel.-Tendrás que leer algunos escritos básicos, y a partir de ahí puedes consultar los más avanzados. Si te interesa la sanación estaría bien que hablases con el doctor Sutton. En cuanto a la escritura, tardarás un tiempo, pero al final te saldrá casi sin pensar.
La chica asintió en silencio. Orithel hacía que sonase fácil, pero aún notaba sus dedos rígidos. Estaba acostumbrada a trabajar con sus propias manos, pero los movimientos fluidos y concisos necesarios para la escritura eran un ejercicio desconocido. Y esa era la parte fácil. Se preguntaba si alguna vez sería capaz de entender todos aquellos símbolos.
-¿Qué te ha parecido la clase de Stara?
-Ha sido… extraño.
-¿En qué sentido?
-Stara parecía otra persona distinta.
-Mmm-hmm –asintió con la cabeza.-Una es Stara y otra la MAESTRA Stara. Los maestros también deben imponer disciplina en sus alumnos. Pero, aunque pueda dar miedo, es una persona tolerante.
Arisse le dirigió una sonrisa irónica.
-Lo dices por experiencia propia, ¿verdad?
El joven entornó los ojos, aparentemente enfadado, pero la chispa divertida que bailaba en su profunda mirada dejaba claro que sólo lo fingía.
-¿Te parece bonito burlarte de alguien a quien debes la vida?
-Yo jamás me burlaría de Stara.
Orithel le dio un suave empujón, que ella le devolvió con una risotada.

Sus clases avanzaban con lentitud al principio. Cada día era prácticamente una repetición del anterior. Sin embargo poco a poco los símbolos dejaban de serle extraños. Cuando fue capaz de juntarlos entre sí para formar palabras, Stara le dio un libro. Era fino, y cuando lo abrió vio que tenía muchos dibujos de plantas e instrumentos como hoces, balanzas y calderos.
-Fue el primer libro que tuve. Me lo dio la curandera de mi pueblo natal cuando me tomó por aprendiz –sonrió con nostalgia.-Decía que no pensaba cargar con una iletrada. Que sólo los que nacen ricos pueden permitirse ser unos ignorantes.
Había pocos días en los que sus ideas acerca del mundo no sufriesen un revés. Tanto era así que Arisse apenas se sorprendía ya, por lo que aquel comentario sólo le suscitó una sonrisa.
Cogió el libro con sumo cuidado y subió hasta el desván. Allí, abrió la claraboya para salir al tejado y se encaramó a una de las ramas del roble. Le gustaba aquel sitio, porque le ofrecía una panorámica del asentamiento. Contemplar las vidas pausadas de sus nuevos vecinos le daba una sensación de normalidad. Como si hubiese encontrado su lugar.
Inspiró profundamente y abrió el libro. Pasó páginas hasta dar con dibujos que reconocía y comenzó a leer, despacio, pronunciando cada sílaba en voz baja. No supo cuánto tiempo estuvo así, hasta que un movimiento en la periferia de su vista captó su atención. Dos personas se acercaban a la entrada de la casa. Una de ellas era Tana, la costurera, inconfundible por su cabello rojo. La acompañaba Orithel. Iba embozado en una capa de viaje, pero podía reconocerlo por su forma de andar.
De un salto bajó de la rama y regresó al interior con rapidez. No era extraño que Orithel hiciese algún viaje corto, pero intuía que en aquella ocasión era diferente.
-…Y se ha ofrecido a acompañarme –decía Tana a su maestra cuando ella llegó a la planta baja.
-¿Estás seguro de esto?-preguntó Stara al muchacho.-Segen puede ser peligroso.
«Segen» se sobresaltó la chica.
-Será más peligroso dejar que Tana vaya sola.
La hechicera se frotó el mentón, pensativa.
-Yo también quiero ir –los interrumpió Arisse.
La expresión serena y determinada de Orithel se resquebrajó.
-¡No, ni hablar! –declaró con espanto.-Es demasiado peligroso.
-Sólo si llamamos la atención –replicó con terquedad.-Yo puedo pasar por la aprendiz de Tana. Nadie se fijará en una costurera y su ayudante. Sin embargo tú… –lo señaló de arriba abajo. El chico se miró a sí mismo sin comprender. Arisse suspiró.-Así vestido la gente te tomará por un mercenario, ¿y qué costurera requiere semejante protección?
-Tiene parte de razón –asintió Tana.
Orithel miró a su maestra en busca de ayuda, y dejó escapar un quejido al ver que lo estaba considerando.
-¿Os habéis vuelto todas locas? ¡Por los Dioses! Es sólo una niña. Y hace apenas unas semanas que casi la matan.
Arisse bufó con indignación. Orithel le había salvado la vida, sí, pero eso no significaba que no pudiese servir de ayuda.
-Tana –habló Stara, atrayendo la atención de todos-, Mondtal tiene también un gran mercado, y muchos de los mercaderes paran allí antes de dirigirse a Segen. ¿Sería un gran inconveniente para ti ir allí en lugar de a la capital?
-Es una posibilidad, aunque… -se recolocó uno de los mechones cobrizos detrás de la oreja-, tendremos que salir mañana mismo para llegar a tiempo.
-Bien. Orithel, Arisse, ayudadla a preparar todo lo que necesite.
La costurera sonrió a los jóvenes, intentando disipar la tensión que había entre ellos.
-¿Puedes encargarte del carro y los caballos?-le dijo al chico, que asintió.-Arisse, tú ven conmigo.
Cuando las dos hubieron salido de la casa, Orithel encaró a su maestra.
-Es demasiado pronto –insistió.
-Lo sé –contestó para su sorpresa-, pero necesita pasar por esto.
-¿Qué quiere decir eso?
Stara cerró los ojos y respiró profundamente.
-Es difícil que lo comprendas, ya que te has criado aquí. Arisse añora el mundo exterior tanto como lo teme. Si tratamos de retenerla es probable que ese miedo cale en ella y nunca pueda regresar. Si no es capaz de volver a sentirse segura fuera de esta aldea, nunca se recuperará del todo.
El joven meditó sus palabras. Él no veía el problema en que Arisse se quedase allí para siempre, era un buen lugar para vivir.
-Sé que quieres que se quede –sonrió la hechicera, leyendo su expresión como un libro abierto-, a todos nos agradaría tenerla aquí, pero prefiero que lo haga porque lo desea, y no porque no tenga otra opción.
Orithel desvió la mirada, sintiéndose de pronto avergonzado por su egoísmo.
-Iré a preparar el carromato –masculló cabizbajo.
Stara asintió. Una expresión melancólica se instaló en sus facciones al verlo irse. La angustiaba el enviar fuera a los muchachos, pero era lo mejor. Sólo el imaginarse en mitad de una ciudad en plena luz del día hacía que le faltase el aliento. Aunque ya nadie pudiese reconocerla, a pesar de que podía defenderse perfectamente, era incapaz de vencer aquel miedo.
No permitiría que Arisse acabase así.

Hace más de 3 años

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