LlamameCuervo
Rango5 Nivel 20 (421 ptos) | Escritor en ciernes
#1
    Partes:
  • #2

En la cabaña de Polena, la Pitonisa, descubridora de destinos, huele a humo y hierbas.

Las paredes están cuajadas de estanterías con frascos extraños. El suelo queda cubierto por las sombras, por lo que uno no sabe si pisa sobre piedra, madera o tierra, y hasta las mismas vigas parecen más viejas y oscuras que la noche. Aunque hay un par de ventanucos de cristales sucios, la luz de la luna evita entrar en aquel lugar, al igual que el resto de habitantes de la zona. Jond ha escuchado que la luna teme adentrarse en el hogar de Polena por si ésta le vaticina la muerte.

La única iluminación de la cabaña proviene de la pequeña hoguera que arde en el centro de la estancia, que chisporrotea con colores extraños. A su vera, de pie, Jond espera expectante. Sudoroso, relamiéndose los labios y apretando la gorra de piel entre sus manos, no aparta la vista de la anciana que está arrodillada al otro lado del fuego.

Polena ni siquiera le mira. Con ojo crítico, observa los saquitos con polvos que tiene delante, sopesando cuál daría un efecto más dramático.

Hace más de 4 años Compartir:

1

11
Julia
Rango5 Nivel 22
hace más de 4 años

Esto promete ;-)


#2

Coge una pizca de esencia de colibrí con la punta de los dedos y entorna los ojos. Frunce el ceño con gesto de concentración y espera siete latidos exactos; ni uno más, ni uno menos. Acto seguido hace un movimiento sutilísimo con la muñeca y tira una sustancia al fuego. Un segundo después las llamas se tornan liliáceas y crepitantes, haciendo que las sombras se multipliquen, misteriosas, por las paredes. El labio inferior del chico tiembla como una ramita en un vendaval; no puede estar más asustado.

—La muerte te visitará siendo un anciano —susurra Polena, con su mejor voz de pitonisa.— Te encontrará en una cómoda cama, enfermo por una indigestión de marisco.

A Jond se le ilumina el rostro al oírla. La vieja chasquea la lengua con disgusto. «Lo único que quieren es saber que la historia tiene un final feliz», piensa. «Y sobre todo, que aún queda mucho para ese final. Y no quieren cambiarlo, no: ¡ni siquiera se les ocurre que se pueda hacer! Simplemente buscan esa tranquilidad que te da el saber que el futuro está escrito. Que no hay que preocuparse. Por eso acuden a mí».

—Gracias Oráculo. Esta noche sacrificaré un carnero en tu honor —dice Jond, todo reverencias, pensando que le hace un favor a la adivina.

¡Qué manía tiene la gente por sacrificarle carneros! Ella nunca ha tolerado esa clase de pagos, y aun así se los siguen ofreciendo.

—No hace falta que mates a ninguna pobre criatura —se queja Polena.— Me placería más que, ahora que sabes lo que te depara el destino, intentaras cambiarlo.

El joven la mira perplejo.

—¿Por qué iba a querer hacer eso?

La adivina mira fijamente a los ojos del muchacho -sinceros, humildes, valientes- e intenta infundir toda la verdad que puede a sus palabras.

—Porque puedes —dice Polena, esperando que su reto cale hondo en el tierno espíritu del muchacho.

Jond observa a la anciana con suspicacia, intentando descifrar si hay alguna profecía oculta en lo que Polena acaba de decir.

—Bueno… —comienza despacio— Morir de una indigestión no está tan mal. ¡Y de marisco, nada menos! Es comida cara, nunca la he probado. Seguro que eso significa que seré rico… No, creo que ya me gusta mi futuro tal y como está. Además, si cambio mi destino tendré que volver a venir al Oráculo a preguntar qué me deparan los hados. ¡Y no dispongo de más carneros para sacrificar! He ahorrado durante mucho tiempo para conseguir el que tengo ahora… —confiesa con humildad.

La adivina pone los ojos en blanco. ¿De qué sirve discutir? El chico no quiere decidir por sí mismo. Nadie quiere. A partir de ahora, el tiempo que le quede de vida, ya sean días, semanas o años, lo vivirá feliz, creyendo que morirá dentro de mucho tiempo en una blanda cama. «El destino es el verdugo del futuro», reflexiona cansada Polena.

Intentando que la indignación que siente no se filtre en su tono de voz, la pitonisa dice:

—He cambiado de opinión: sacrificarás a tu carnero en el momento exacto en el que un lobo pardo, que no haya conocido hembra, aúlle tres veces a la luna llena del próximo mes. Si no, la profecía no se cumplirá.

La expresión del joven pasa del pasmo a la desesperación.

Ah, por eso su predecesoras adoraban los sacrificios, para mofarse de los ineptos complacientes como aquél. Tendría que probar más a menudo.

—Sí, Oráculo, así lo hare —dice el pobre desgraciado, poniéndose su gorra y saliendo atropelladamente a la fría noche del exterior de la cabaña.

La pitonisa se queda unos instantes inmóvil, mirando la tela de la entrada moverse después de la salida del muchacho. No es ni la primera ni la última persona que viene a su casa temblando de miedo y se marcha con esa plácida sensación de irresponsabilidad que les otorga Polena al decirles que todo está ya escrito. A veces ella misma desearía poder gozar también de ese consuelo, ese alivio para ignorantes.

En fin, al menos le ha dado al chico algo por lo que inquietarse durante varias semanas.

—Ahí va un tonto preocupado por cómo encontrar un lobo en pleno desierto —le dice Polena a Mirta, oculta en las sombras de la esquina de la estancia. La aprendiz sonríe a su maestra, consciente de la pequeña encerrona que la anciana le ha preparado al muchacho.

Pitonisa

Siempre atenta, Mirta espera a que Polena le haga un gesto para salir de las sombras y ayudarla a levantarse. Mientras la coge por debajo de los brazos, le pregunta:

—Lady Polena, ¿por qué le ha pedido ese sacrificio al pobre? —dice la joven, aludiendo a Jond.

—Un chico joven como ése necesita de preocupaciones para mantener sano su cerebro. ¿Qué clase de vida le espera, si sólo se limita a vivir sabiendo que morirá viejo? Ya te lo digo yo: la misma existencia que una babosa.

—No creo que hubiera ninguna necesidad… —sigue Mirta. No sabe bien cómo abordar la pregunta que realmente le quema en los labios, así que se decide a plantearla directamente. —Maestra, ¿por qué le ha dicho lo de cambiar su futuro?

Polena mira a su aprendiz directamente a los ojos. Pese a ser tan joven, la muchacha da muestras de pensar por sí misma, algo muy poco común.

—¿Por qué crees tú? —devuelve la adivina. Siempre que se pueda se debe responder con otra pregunta. Deformación profesional.

—¿Quizá porque ha notado que al joven no le gustaba su profecía? —prueba Mirta.

La vieja hace el intento de comenzar a hablar un par de veces, pero lo piensa mejor y calla. Finalmente, suspira y dirige su mirada al fuego. Con semblante grave y voz queda, Polena dice:

—Voy a contarte algo que a mí nadie me enseñó. Fue algo que tuve que aprender yo sola… Pero al fin y al cabo, ésas son las mejores lecciones —la pitonisa parece estar sumida en sus propias cavilaciones. Pese al poco tiempo que llevan juntas, Mirta sabe que es mejor no apremiarla para que dé una respuesta clara. Los oráculos no funcionan así.

—A la gente no tiene por qué gustarle o disgustarle tu profecía —continúa Polena. Dirige su mirada a los ojos de la joven, y dice muy despacito: — Tu profecía ha de ser ley, muchacha. El destino no puede leerse, porque no está escrito. No existe… Hasta que nosotras le damos voz. Por eso es tan importante que tú creas en lo que profetizas. Porque si no lo haces tú, ¿cómo van a hacerlo los demás?

El golpe es duro y Mirta no sabe bien cómo gestionarlo. Su cara deja ver la batalla interna que se está librando en su mente. Las creencias de toda una vida pisoteadas por las palabras de una vieja antes venerada.

—¿Cómo? Entonces… ¿el destino no existe? ¿Usted no ve lo que va a suceder? ¿Significa eso que no seré una gran pitonisa, como profetizó?

La anciana cierra los ojos y murmura mentalmente una disculpa. Al abrirlos ve cómo las lágrimas comienzan a rodar lacerantes por el rostro de la muchacha, que le clava su dulce y afilada mirada sin misericordia.

Polena entorna los ojos. Frunce el ceño, y espera siete latidos. Ni uno más, ni uno menos.

—Estaba poniéndote a prueba, Mirta. Nunca debes dudar que el camino de todos está escrito desde el mismo día en que nacemos.

Alivio. Oleadas de alivio. Puro y balsámico. Limpian el rostro de la muchacha, devolviéndole el color después de unos instantes de palidez.

—No, Lady Polena, jamás lo dudaré —asegura la chiquilla, mientras se limpia las lágrimas con las mangas de su túnica.

—Así me gusta —dice la vieja con aplomo. — Y recuerda: tu futuro es convertirte en una gran pitonisa.

—Sí, maestra.

—¿Estás convencida de ello? ¿Lo crees con todo tu ser?

—Sí, maestra.

—Bien. No lo dudes jamás.

La inocencia que desprende la sonrisa de su aprendiz se hunde en el pecho de Polena, la Pitonisa, creadora de destinos.

Hace más de 4 años

0

6