Reik
Rango5 Nivel 21 (496 ptos) | Escritor en ciernes
#1
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Peter lo sabía, sabía que mañana era el gran día, lo sabía todo. Sabía incluso que aquella noche le costaría conciliar el sueño. Había pruebas evidentes, como la humedad que, a pesar del calor agobiante, había en su habitación y, por supuesto, la excitación del acontecimiento de la mañana. Así, sobre la diez de la noche, se puso a pasear por su habitación, sin sueño.

Hubiera querido escapar de allí, hacia cualquier lugar, no le importaba cuál. Salir a correr y no parar hasta quedar exhausto. Deseaba poder volar, atravesar los muros y liberarse de su destino.

No hizo nada.

Todo se mantuvo igual durante un tiempo que le pareció eterno. A cada paso pensaba y la conciencia le iba corroyendo el alma, se sentía enfermo, asqueado de sí mismo, con ganas de acabar con todo, consigo mismo, pero tampoco hizo nada. Sólo se acostó con la esperanza de que el sueño se apoderara de él y olvidar así su pesar.

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#2

Sin embargo no fue eso lo que ocurrió y cuando quiso darse cuenta los recuerdos lo aplastaban como una pesada losa. Intentó no caer en ellos, mantenerlos alejados de su mente, no sucumbir a la agonía que significaría acceder a ellos. Nada pudo hacer cuando en el aire vio dibujado el bello rostro de su hermana, entonces se dejó y recordó.

Su pequeña hermana... siempre la tenía presente en sus oraciones, pues aún rezaba aunque fuera irónico. Ella había sido siempre buena con él y la tenía en alta estima. Ella era de esas personas agraciadas que se merecen ser feliz, ese tipo de personas tan buenas que no se sabe si son ángeles, esas personas que son siempre irracionalmente envidiadas por los demás pues siempre son felices sea cual sea su destino. Sin embargo él no la envidiaba, y daba gracias por las veces en que podía verla. Ella había salido adelante, no como él, había sido paciente con el destino y ahora éste la había recompensado. Sin embargo no dejó de lado a su hermano mayor y lo visitaba continuamente.
Era por ella que él nunca achacó su fracaso a sus padres, aunque eso no le impedía odiarlos y maldecidlos. Pero si ella había salido adelante no podía convertirse en excusa para él.

Entonces lloró, por ella. Por ella y por muchos otros a los que no llegó a conocer bien, por muchos a los que no conoció. Y también lloró por los que sí tuvo la desagracia de conocer, a los que si maldecía y a los que hubiera deseado matar. La razón de su desgracia. Eso y también por su propia estupidez. ¿Cómo había sido tan estúpido? ¿Cómo había llegado a esto? Era algo que siempre se preguntaba pero que nunca había sabido responder.

Recordó otras cosas buenas, el cielo, las estrellas. El poder de la fe que en los últimos años le había acompañado. Tantas cosas que hubiera deseado conocer mucho antes, antes de todo esto. Antes de esta noche en que las lágrimas bañaban su rostro como el mar baña las costas de las ciudades más afortunadas.

Y entonces hizo algo que no sabía cómo lo estaba haciendo. Se levantó sin lágrimas en los ojos y con tranquilidad en su ser. Corrió la puerta de su cuarto y anduvo a través del pasillo. Salió a la calle y se sintió libre, libre por fin. Respiró el aire puro de la mañana que estaba naciendo, las gotas de agua, el frescor del amanecer. Paseó por el frondoso jardín sintiendo la húmeda tierra en sus descalzos pies. Tocó los árboles cercanos con las puntas de sus dedos y se agachó a recoger una bella flor de la que aspiró todo su aroma sintiéndose más calmado aún, dichoso por poder estar en aquella paz, en aquella tranquilidad.
Se sentó después y esperó a ver el amanecer, a ver esa paleta de colores donde cualquiera podía ver la grandeza de dios, sea cual fuera el que estuviera allí arriba. Se tumbó después y cerró los ojos. Notó el agua de la tierra en todo su cuerpo. La notó en su rostro y entrar en su boca. Lo mojaba entero y la hacía sentirse incómodo. Intentó secarse con sus manos pero se mojaba aún más. Era demasiado incómodo para seguir así que se levantó para sentarse con la tranquilidad en su rostro. Abrió los ojos y se le destrozó el corazón.

Estaba de nuevo en su cama bañado en sudor y baba. Los rayos del sol entraban levemente a través de la estrecha ventana pues el día estaba más o menos nublado. El destino seguía siendo irónico. Entonces se escuchó abrirse una puerta a lo lejos y los pasos de dos hombres acercarse. Se escucharon voces pero no reconoció lo que decían. Podían ser burlas, amenazas, o podía ser, seguramente, una conversación banal.
Llegaron hasta la puerta y, metiendo la llave, abrieron y entraron. La espera y agonía le destrozaba desde el interior y todo se reflejaba en su rostro, pálido y demacrado, cubierto de llanto y sudor. Le pusieron cadenas en las manos y en los pies; le empujaron para que avanzara pero tuvieron que llevarle a rastras a través del corredor ante su negativa de moverse. Pataleaba intentando escapar, en vano. Recordaba palabras, de su hermana, de la Biblia, pero nada podía hacer, de nada le servían, ahora no podía ser fuerte pues sabía que estaba condenado y que no vería el cielo.

Fue primero conducido, después tumbado y atado. Pudo despedirse de aquellos a los que había hecho daño. Pidió perdón, pidió que no le repudiaran. Dijo que sabía que esto no servía de nada, que no deshacía lo que había hecho pero que le perdonaran, que estaba arrepentido. Dijo otras cosas hasta que lo que le inyectaron hizo efecto y durmió. Su hermana lloraba detrás del cristal. Poco después ya estaba muerto.

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