rubensc91
Rango6 Nivel 28 (1168 ptos) | Novelista en prácticas
#1

Nerea y yo empezamos una guerra que no supimos ganar ni perder.

Nuestras batallas se libraban en dos terrenos bien diferenciados. El primero de ellos fue en la cama, donde ambos manejábamos con soltura nuestras armas, sin darle al enemigo la más mínima oportunidad para que nos hiciese un contraataque. Daba igual la posición en la que nos encontrásemos, siempre estábamos alerta. Sus labios lanzaban ataques furtivos a mis mejillas. Sus pechos se desenvolvían con total autonomía por el campo de batalla, manteniendo distraída mi atención y dándome algún que otro susto. Los dedos de sus manos impactaban contra mis muslos y mis riñones, provocando contusiones con la cabecera del mueble y cosquillas imposibles de calmar. Así era Nerea. Una guerrera táctil. Un soldado que buscaba debilitar al enemigo utilizando lo que mejor se le daba: su sonrisa.

Hace más de 4 años Compartir:

4

12
Mente_divergente
Rango9 Nivel 40
hace más de 4 años

Me ha encantado la forma en que comienzas tu historia "empezamos una guerra que no supimos ganar ni perder".

rubensc91
Rango6 Nivel 28
hace más de 4 años

Gracias! :) Pronto sabrás el por qué... ;)

MarinaGozalbes
Rango2 Nivel 6
hace más de 4 años

¡Es precioso! Me ha encantado, enserio :)

rubensc91
Rango6 Nivel 28
hace más de 4 años

Muchísimas gracias, Marina! :)


#2

Nerea trabajaba como asistenta de vestuario en numerosos programas de televisión. Muchas veces traía a casa materiales de atrezzo, como un cactus (al más puro estilo oeste) o una nave espacial de cartón piedra. Con el cactus tuvimos que tener precaución con las pinchas, pues si no llevábamos cuidado, éstas se acababan clavando en los lugares más inoportunos. Con respecto a la nave espacial, Nerea afirmaba que seríamos los primeros astronautas en hacer el amor en el espacio.
– Vamos a darle envidia a los extraterrestres – me decía, entre susurros.

Una mañana, mientras tomábamos el desayuno, dos agentes uniformados se personificaron en nuestro apartamento. Nos preguntaron si ambos estábamos bien, si no había ocurrido ningún accidente.
– Todo perfecto… – respondí yo –. ¿Por qué lo preguntan?
– Unos vecinos se han quejado de que han escuchado tiroteos en este piso, y además han dicho que han entendido gritar a una chica pidiendo auxilio, que alguien le había disparado…
Nerea y yo nos miramos y nos reímos al unísono.
– Lo siento, señor agente – dijo ella –. De momento, no se ha cometido ningún asesinato en esta casa.
Despedimos a los dos tipos con una amplia sonrisa en nuestro rostro y, al cerrar la puerta, Nerea me preguntó:
– ¿Lo hacemos otra vez?
– ¿Para qué lo preguntas?

En uno de nuestros paseos intergalácticos, Nerea me colocó mirando hacia un lado de la nave que no había visto nunca. Allí, en aquella esquina diminuta donde los pinceles apenas habían llegado para pintar el cartón piedra, encontré, camuflado del resto del mundo, un preservativo. Nerea no se dio cuenta de hacia dónde estaba mirando, simplemente me dijo entre gemidos que no parase. Le hice caso. Disimulé como si nada hubiese pasado y seguimos declarándonos nuestra guerra particular; demostrando a los extraterrestres que el paraíso solo existe si hay un árbol de la fruta prohibida en él.

Hace más de 4 años

2

6
Fluoxetina
Rango9 Nivel 40
hace más de 4 años

Me encanta, de lo mejorcito que he leído por aquí... Enhorabuena, ahí tienes mis likes! Querrías leerme?


#3

A la mañana siguiente, llamé a mi jefe bien temprano y le pedí un día libre para asuntos propios. Me respondió que no había ningún problema, y que si había pasado algo grave.
– No se preocupe, señor Armendia. Todo está perfecto.
Nerea había abandonado el apartamento hacía solo un par de minutos, así que me vestí sin más dilación y salí corriendo del edificio, intentando seguirla pero sin que ella se diese cuenta.
Dejándole un espacio de siete u ocho metros, recorrí las mismas aceras que ella, crucé los mismos pasos de peatones y pedí el mismo café que ella cuando entró a desayunar a un restaurante italiano. No debía tardar mucho en llegar al trabajo, o eso pensaba yo, pues ya eran las once de la mañana y ella seguía sentada en aquella cafetería, disfrutando de un cortado de máquina que parecía deleitarse bailando en el interior de su boca.
Cuando por fin abandonó aquel establecimiento, continuó por una calle estrecha y angosta hasta que llegó a una puerta cerrada. Vi como llamaba al primer timbre de la puerta y, tras hablar unos segundos con la persona que había al otro lado, ésta cedió y Nerea entró en su interior. Ahora me tocaba a mí. Debía hacer algo para entrar en aquel edificio, fuese como fuese.

Con una gorra que me tapaba el rostro y un paquete de cartas debajo del brazo, me acerqué a la puerta que minutos antes había traspasado Nerea. El primer timbre, al que llamado ella, no aparecía con ningún nombre o identificación que me permitiese llevar a cabo mi plan, así que pulsé el segundo interfono, “Sr. Artigas”.
– ¿Quién? – la voz del hombre mayor inundó toda la calle.
– Soy el cartero, vengo a traerle una carta certificada a nombre del señor Artigas. ¿Es usted?
Silencio.
– Sí, soy yo. Segundo izquierda.
El chicharreo de la puerta al activar el mecanismo de apertura me permitió entrar en aquel inmueble. Supuse que si el tal señor Artigas vivía en la segunda planta, Nerea había llamado a alguno de los apartamentos que se encontraban en el primer piso. Subí las estrechas escaleras y a mi lado aparecieron dos puertas. ¿Cuál de ellas sería?
Me decanté por la de la izquierda, pues para algo soy zurdo. Aporreé la madera un par de veces con mi puño, pero nadie respondió. Tampoco había ningún timbre que me permitiese establecer una relación con la persona que había en su interior, así que opté por llamar a la otra puerta. Nada más hacerlo, escuché unos pasos cada vez más nítidos. Al llegar a la puerta, noté como abrían la mirilla para comprobar quien era aquel visitante. Yo solo mostré mi gorra amarilla y el paquete de cartas en mis manos.
La mujer, de vestimenta muy estrecha y llamativa, abrió la puerta, y me miró de arriba abajo, escrutándome en cada movimiento que hacía.
– ¿Qué quieres?
– Hola, soy el cartero. Buscaba a la señora… – dije mientras miraba las cartas.
Sin que aquella mujer se lo esperase, lancé el paquete de sobres a su cara y me abalancé sobre ella, tapándole la boca para que no pudiese gritar. La inmovilicé en el suelo, sosteniendo sus manos pegadas a la espalda y susurrándole que no hiciese ruido. Si no me hacía caso, la mataba.

Hace más de 4 años

0

3
#4

Con la mujer retenida, entré con ella por delante en el apartamento. Se escuchaban varias voces hablar que provenían desde una de las habitaciones, pero no identifiqué cual. A mi derecha se abría una pequeña cocina, con sus platos sucios en el fregadero, su cubo de basura pidiendo auxilio y sus azulejos rogando por un lavado de imagen. Aproveché aquella estancia para sentar a la mujer en una de las sillas distribuidas por aquel espacio, manteniendo su boca tapada por una de mis manos.
– Estoy buscando a Nerea Barros. Sé que está aquí.
La mujer pronunció algo inteligible, a lo que respondí quitándole la mano de su boca.
– Yo no saber nombres. Solo apodos.
Su extraño acento ruso me dejó un poco descolocado.
– No conozco su mote. ¿Cuáles son?
– Reina, Maya, Yupe, Helecia, Palomita, Maga…
La detuve nada más escuchar aquella palabra.
– Palomita.
– Habitación tres – pronunció con aquella erre característica de su país.

Una vez llegué a la habitación indicada, entré sin llamar. Casi tiro la puerta abajo del entusiasmo, pero preferí dejarla en su sitio. Una vez dentro, lo que vi me dejo petrificado. Nerea, que presumía de ser una asistenta de vestuario de la mayoría de los programas de televisión, apareció de espaldas a mí, totalmente desnuda, con una cámara enfrente de ella que le enfocaba todo su cuerpo. Estaba realizando un baile bastante erótico, mientras que algunas prendas de ropa interior aparecían esparcidas por la estancia. Nerea no se dio cuenta de mi presencia, pues la música que ambientaba su baile estaba demasiado alta como para que me hubiese oído entrar.
No necesitaba ver nada más. Ya me había quedado claro de dónde venían aquel cactus y aquella nave espacial que un día aparecieron en nuestra casa. Nerea, mi guerrera preferida, era una actriz porno.

Salí y cerré la puerta a mis espaldas. El charco de sangre empezaba a llegar al descansillo de las escaleras. Di una patada al felpudo con el pie izquierdo, de tal forma que tapó un poco la matanza que allí había tenido lugar. La rusa no se esperaba que un cuchillo de veinte centímetros de largo acabase con su vida.

Aquella noche, los vecinos de abajo no llamaron a la policía cuando escucharon de nuevo los “disparos” y los “gritos de auxilio”. El cuerpo de Nerea yacía boca abajo en la cocina de nuestro apartamento. La sangre al principio salía a borbotones de cada uno de los orificios por los que habían entrado las cinco balas que disparé, pero luego el flujo comenzó a disminuir.
Nada más empezar este relato dije que nuestras batallas se libraban en dos terrenos bien diferenciados. Uno de ellos era la cama de matrimonio que presidía nuestra habitación. La otra, nuestra cocina.
Quizá algunos penséis que no es cierta la primera frase que dije sobre Nerea y yo. Que, en verdad, y visto desde esta perspectiva, yo gané mucho más que ella. Sin embargo, a mí me gusta pensar que la batalla quedó en empate. Que las victorias y las derrotas hay que disfrutarlas con un buen cuenco de palomitas.

Hace más de 4 años

0

3
#5

***
– ¿Preparado? – Nerea sostenía entre sus manos una pistola. Apuntaba hacia mí, mientras que yo me disponía a introducir el paquete de palomitas en el microondas.
– Espera, idiota. Eran tres minutos, ¿no?
– Mejor pon cuatro. No vaya a ser que te deje a medio morir.
Sonreí como un estúpido cuando está enamorado.
– Tres, dos, uno…
El microondas comenzó a funcionar, y Nerea y yo nos apuntábamos cada uno con una pistola.
Durante el primer minuto, ambos nos mirábamos a la cara sin atrevernos a apretar el gatillo. La tensión se podía cortar con un cuchillo. Pasados otros treinta segundos, la primera palomita estalló en el interior del microondas. Nerea fue la primera en tensar su dedo y accionar el gatillo, de tal forma que el sonido de la palomita encajó a la perfección con el movimiento de su mano.
– ¡Te di!
Me tiré al suelo, exagerando el dramatismo. La segunda palomita estalló a los pocos segundos después, pero esta vez fui yo quien apretó el gatillo antes que ella. Le di en una pierna y cayó al suelo, malherida.
Con cada palomita, un disparo. Quien recibía más, perdía. Era nuestro segundo terreno de batalla.
– He ganado yo – le dije, levantándome del suelo.
– ¿Qué dices? El primero te ha dado en el corazón, el resto ya no valían.
Le di un beso en los labios para callarla por unos instantes.
– Tienes que traerte más artilugios de estos, de pacotilla, de tu trabajo – le pedí, entre risas.
– Todos los que tú quieras.
El timbre sonó en ese preciso instante. Acudí raudo a abrir la puerta, no sin antes observar por la mirilla. Nerea se apoyó en mi hombro.
– Es la policía…
– ¿Qué querrán?
Abrimos la puerta, aún con el paquete de palomitas explosionando en el microondas.

FIN.

Hace más de 4 años

0

3