DianaN
Rango5 Nivel 21 (510 ptos) | Escritor en ciernes
#1

La vida se compone de luces y sombras.
Eso era lo que solía decir cuando mi boca aún me pertenecía, cuando las puntas de mis dedos sentían y cuando mis piernas aún me respondían. Pero en ese entonces no lo entendía por completo.
Ahora todo es tan nítido que quisiera poder expresar con palabras lo que mis incorpóreos ojos observan desde lejos. Al menos, de poder hacerlo, sería capaz de cambiar la vida de aquel que arrebató la mía.
Una sensación extraña se apodera de mi cuerpo, o al menos de esa parte de mi alma que se asemeja a uno. Siento que caigo en un vacío sin fin mientras miro a lo lejos una serie de recuerdos sobre mi vida, momentos buenos y malos mezclados en algo parecido a una nube aunque cada uno con un realismo único. Es hasta ahora que me doy tiempo de meditar los hechos de los últimos días de mi vida.
El lunes me levanté a las seis en punto como solía hacer cualquier otro día de trabajo; tomé una ducha, lavé mis dientes y salí de casa con un café en la mano. Ese día todo fue tranquilo y sin mayor problema en la oficina, mi error fue creer que todo seguiría así al llegar a casa.

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Belly_Robledo
Rango3 Nivel 14
hace más de 3 años

Muy bueno, me gusta la manera en la que escribís y me ha atrapado! Te sigo :)


#2

Al doblar la esquina de mi cuadra, preparándome para escuchar las quejas estúpidas de mi vecino sobre mi manguera en su jardín, me encuentro con una escena que mi cerebro relacionó al instante con mi película de misterio favorita antes de dejarme ver que se trataba de algo real.
Lo que más me impresionó aquella tarde fue encontrarme con todos aquellos rostros aterrorizados que miraban la fachada de mi casa como si se tratara de un espectáculo de horror. Aquellos rostros cambiaban de rojo a azul y de nuevo a rojo debido a las dos o tres patrullas que se encontraban en algún lugar entre la multitud que bloqueaba la calle.
Después de estacionar mi auto casi en la esquina de mi cuadra, bajé lentamente, cerré la puerta y fue en ese momento en el que dejé de ser el único que sabía de mi presencia en la escena. Sabiendo que ahora todos esos rostros centraban su atención en mí, acomodé un poco mi corbata, aclaré mi garganta y con paso firme me dispuse a llegar hasta la puerta de mi casa para intentar averiguar a qué se debía semejante alboroto.
No logré avanzar mucho cuando uno de los tantos oficiales se interpuso en mi camino.
- ¿Es usted Roberto Madrigal? - su voz parecía mucho más inofensiva de lo que su físico daba pie a imaginar.
- Así es - dije, tratando de no sonar exaltado - ¿podría explicarme lo que sucede?
- Si en verdad no sabe de lo que se trata - dijo colocándose detrás de mí y esposando mis manos - necesitará un buen abogado y mucha suerte para librarse del lío en el que esa chica lo ha metido.
De haber sabido en ese entonces que se refería a un cadáver y no a la que solía ser mi novia algún tiempo atrás, posiblemente no hubiera estado tan confiado en que era sólo un pequeño malentendido del que cualquier abogado podría sacarme en poco tiempo y sin lugar a dudas hubiera perdido la calma. No niego que estaba algo nervioso, pero creo que, si no hay nada que se pueda hacer para arreglar alguna situación como esa, entonces preocuparse resulta tan inútil y absurdo como sería tratar de meter la cabeza en un jarrón de mermelada.
Aquella noche la pasé en vela. La silla de la estación de policía no era nada cómoda y a pesar de todos mis esfuerzos, mis conocimientos sobre la razón que me llevó a sentarme en ella eran aún insuficientes para conciliar el sueño. Fue hasta las tres de la madrugada que me llevaron a una pequeña habitación decorada con no más de dos sillas y un escritorio para discutir el tema. Hasta ese momento, lo único que sabía era que se me acusaba de secuestro, violación y asesinato.
El mismo policía que había privado el movimiento de mis extremidades superiores unas horas antes, entró a la habitación sólo unos instantes después de que salieran los dos oficiales que me habían escoltado a mi nuevo pero no más cómodo asiento. Después de sentarse frente a mí, permanecimos unos instantes en silencio. Yo guardé silencio porque no tenía en realidad ni idea de lo que estaba pasando, pero parecía que él lo hacía con la esperanza de que yo confesara un crimen que jamás cometí y del que apenas sabía nada.
- Antes de comenzar con las preguntas, ¿tiene algo que decir? - negué lentamente con la cabeza. Estaba tan cansado que sentía como si mi quijada fuera a caerse si abría la boca para dejar salir aunque fuera una sílaba.
- La tarde de ayer - continuó - fue encontrado en su casa el cuerpo de una mujer de 28 años de edad que llevaba una semana desaparecida. El nombre Roxana ¿le recuerda algo?
Roxana era el nombre de mi ex novia. Vivíamos juntos en la misma casa donde encontraron su cuerpo, aquella casa que ella misma había abandonado justo después de confesarme que me había engañado con un chico de su trabajo. Aquel día ni siquiera me molesté en decirle nada, de cualquier manera, nuestra relación había llegado a un punto en el que ambos parecíamos estar cansados de lidiar con el otro a diario, lo que para mí equivalía a una relación que no tenía futuro alguno. Dejé que se marchara. Esta era la primera noticia que tenía de ella desde entonces.
El oficial seguía esperando mi respuesta. Yo quería preguntarle cómo fue que encontraron su cuerpo en mi casa, pero decidí que eso sólo haría que las sospechas hacia mí aumentaran, así que me limité a asentir ligeramente y esperé su siguiente pregunta mientras sus ojos, que parecían juzgar cada uno de los mínimos movimientos que mi organismo me obligaba a hacer, seguían observándome fijamente.
- Entonces ¿podría confirmarme que hasta hace dos años ustedes dos vivían juntos en esa casa? - de nuevo, asentí. A esa pregunta le siguieron muchas otras respecto a mi relación con Roxana, desde cómo nos conocimos hasta cómo nuestra relación terminó.
- ¿Usted conocía a ese compañero de trabajo?
- Jamás lo vi - dije, tratando de sonar mucho más calmado de lo que me sentía después de dichoso interrogatorio. A esto le siguieron preguntas sobre mi vida después de Roxana: a qué me dedico, horario de trabajo, rutina cotidiana, personas y lugares que frecuento, etc., culminando con una de las preguntas más ridículas que jamás me preguntaron.
- ¿Es usted responsable por la muerte de Roxana Contreras? - mis puños se cerraron fuertemente como si fuera un reflejo involuntario ante esa pregunta.
Hasta ese momento, el hecho de que Roxana hubiera muerto no era más que otra pequeña parte de la pesadilla que estaba viviendo. Pero escuchar esas palabras salir de la boca del oficial fue como si algo me golpeara por dentro. Después de haber tenido que revivir tan detalladamente, aunque fuera a manera de recuerdos, todo lo que pasamos juntos, el dolor por su muerte era de esperarse. En consecuencia, la negación que escupió mi boca sonó más a un reclamo que a una simple respuesta.
El oficial se levantó con la misma inexpresividad en su rostro que había mantenido hasta el momento y salió de la habitación.

No recuerdo con exactitud cómo fue que llegué de nuevo al pasillo, pero cuando me di cuenta, estaba de nuevo frente a la misma pared verde pistache que me había recibido esa noche en la oficina de policía; la diferencia era que ahora no estaba solo. Sentado frente a mí se encontraba un joven texteando algo a gran velocidad en su celular y que al parecer no se había percatado aún de mi presencia. Llevaba puesta una chamarra color azul marino, cuya capucha me impedía ver su rostro desde donde yo me encontraba.
Después de unos cuantos minutos, el joven levantó la mirada y me observó por unos segundos con ojos inexpresivos, luego volvió a poner toda su atención el el celular por unos minutos más hasta que terminó de hacer lo que fuera que hacía, guardó el celular en su bolsillo y se puso de pie.
- Es una lástima - murmuró mirando a mis pies antes de salir caminado tranquilamente del lugar.

Hace más de 3 años

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#3

- ...gal. Sr. Madrigal - la voz del oficial que estaba parado frente a mí comenzaba a impacientarse. Mi cerebro aún estaba tratando de despertar mientras yo miraba de lado a lado tratando de entender qué ocurría - Sr. Madrigal ¿está listo para irse?
¿Irme? ¿Me dejaron pasar toda la noche sentado en una horrenda silla de la estación de policía para dejarme ir después de un simple interrogatorio sobre el asesinato de mi ex novia?
- Sí - respondí finalmente, aunque no muy convencido. Sabía que quería irme, que quería llegar a mi casa y finalmente tumbarme en la cama a olvidar todo lo ocurrido; pero algo me decía que eso sería imposible ahora que sabía sobre la muerte de Roxana.
- Nos disculpamos por la larga espera, pero es un caso algo complicado y, aunque no podemos detenerlo debido a la falta de pruebas contundentes, hay muchos trámites que deben realizarse para hacer efectivo el famoso "inocente hasta que se demuestre lo contrario"
- Está bien, no se preocupe - dije, intentando que mi molestia no fuera tan notoria; después de todo, el policía sólo estaba tratando de ser amable. De pronto recordé que mi casa había sido el escenario de un asesinato a sangre fría y mis ilusiones de tumbarme en mi cama se desvanecieron. - Disculpe ¿a dónde se supone que debo ir?
- Bueno, normalmente la gente vuelve a casa, pero en su caso supongo que será mejor que busque un hotel donde pasar el resto de la noche.
El oficial me escoltó hasta que subí al taxi. Tenía un olor repugnante. El conductor había tratado de ocultar tal hedor con un desodorante de ambiente pero sólo había logrado empeorarlo. Pedí que me llevara al hotel más cercano.
Eran ya las 4:56am según las manecillas de mi reloj; a esas alturas, lo único que quería era contar con algún lugar cómodo donde tratar de conciliar el sueño al menos por unas horas.

Entré a mi habitación y, justo como lo había imaginado, al tumbarme en la cama no pude conciliar el sueño. Mi mente seguía repasando los hechos ocurridos aquella noche y aún me reprochaba el no haber siquiera tratado de contactar a Roxana cuando aún tenía la oportunidad. Ahora parecía imposible saber si al menos vivió feliz los últimos años de su vida. Después de todo, cuando estás tanto tiempo en una relación con alguien, los malos recuerdos no hacen desaparecer a todos los buenos y, por lo tanto, un cierto cariño hacia esa persona también perdura.
Una sensación eléctrica salía de mi pecho y recorría todo mi cuerpo hasta llegar a la punta de mis dedos. Quería llorar, pero me sentía tan abrumado que me resultaba imposible derramar una sola lágrima.
Luego estaba él. Ese chico de la estación de policía me parecía haberlo visto antes, aunque no estaba seguro dónde o cuándo. Quizá nunca lo había visto; después de todo, la luz de la habitación, la gorra de la sudadera y mi propio cansancio me habían impedido prestar demasiada atención a su rostro.
Harto de intentar conciliar el sueño, me levanté, me puse los zapatos y salí a la calle. Pronto, lo que comenzó como sólo un paseo nocturno se convirtió en una caminata hasta la puerta de mi casa. Ahora que la gente y las luces parpadeantes de las patrullas habían desaparecido, la calle era tan tranquila como de costumbre, a excepción de una única patrulla que se encontraba estacionada frente a mi casa. Arranqué las cintas amarillas de "prohibido el paso" de la puerta y busqué inútilmente en mi saco las llaves de mi casa que habían olvidado devolverme, quizá intencionalmente, en la estación de policía, lo cual explicaría que el único policía que aún debía vigilar la calle se encontrara profundamente dormido en su patrulla.
Me agaché para tomar las llaves que siempre ocultaba debajo de la maceta de sábila a un lado de la puerta, busqué debajo sin éxito pues la palma de mi mano sólo encontró el frío suelo bajo la maceta. En cuanto me incorporé, una mano vestida con un guante y un pañuelo me cubrió la boca y la nariz. Traté de luchar para liberarme, pero unos momentos después, mis brazos se debilitaron, mis piernas perdieron su fuerza para sostenerme y mis párpados cayeron sobre mis ojos.

Cuando desperté, mi vista estaba tan borrosa que casi no fui capaz de reconocer el horrendo cuadro que colgaba en la sala de mi casa. Era una deforme representación en óleo de un paisaje submarino que mi madre nos había regalado a Roxana y a mi cuando nos mudamos a esa casa juntos.
- No eres muy listo ¿cierto?
La voz venía de la cocina, que se encontraba a mis espaldas en ese momento. Era una voz ronca y que, estaba seguro, había escuchado hace poco.
Suspiró.
- Es una lástima - Finalmente apareció frente a mi. Era el mismo chico que no dejaba de mirar la pantalla de su celular en la estación de policía. Aún llevaba puesta su sudadera azul marino y, aunque ahora tenía la cabeza descubierta, la poca luz que entraba de la calle no me permitía ver el rostro del chico con claridad a pesar de estar ahora sentado frente a mi. Debía tener unos 20 años de edad.
- ¿A... a qué te refieres?
Una risa sarcástica fue lo que obtuve como respuesta.

Hace más de 2 años

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