SilviaLlamas
Rango7 Nivel 34 (2151 ptos) | Autor novel
#1

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Demasiado real

Me faltaba el aire, no podía respirar, abrí los ojos pero estaba oscuro y me sentía… ¿atrapada? Intenté moverme y noté que algo me lo impedía. ¡Joder, estaba atada! La cuerda que me rodeaba el cuerpo mantenía mis brazos pegados a los costados, sin dejarme un mínimo margen de movimiento. Mis piernas lo mismo, juntas y atadas… ¿qué estaba pasando? ¿Dónde coño estaba? Y sobre todo, ¿qué hacía yo en ese lugar? La cabeza no dejaba de darme vueltas, me sentía mareada y no era sólo por la sensación de asfixia que me provocaba esa maldita cuerda, estaba como atontada, sin fuerzas, puede que drogada. Intenté zafarme de la cuerda sin mucho éxito, y cuanto más esfuerzo hacía, más me ahogaba… me estaba quedando sin aire. Y entonces la vi. Una sombra que se movía en la oscuridad, frente a mí. No estaba sola. Allí había alguien observándome. Grité pidiendo que me soltase, preguntándole quién era y por qué yo estaba allí. Su imagen aún en penumbra se estaba volviendo cada vez más nítida, sin duda, el efecto de las drogas estaba desapareciendo poco a poco.

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David_escritor
Rango7 Nivel 30
hace más de 4 años

Me gusta como empieza Kyra, ánimo con el resto :)

Fluoxetina
Rango9 Nivel 40
hace más de 4 años

Me has hecho sentir claustrofobia, enhorabuena! Querrías ayudarme con un like en el concurso? A ver si te gusta!

escritor_6151
Rango1 Nivel 0
hace alrededor de 4 años

Me encanta !!!! Quiero mas 😍😍😍😍

Marilam
Rango7 Nivel 33
hace alrededor de 4 años

Me ha encantado! Pásate por mi perfil


#2

Vi cómo se acercaba lentamente mientras el miedo se apoderaba completamente de mí. Estiró su mano, estaba a punto de tocarme y cerré los ojos como si con eso pudiese evitar que llegase a hacerlo. El tacto de su mano no llegaba y quise saber por qué. Abrí los ojos y seguía estando delante de mí, con la mano alzada a escasos centímetros de mi cara, pero no era capaz de tocarme. Había algo que se lo impedía, una especie de pared invisible entre los dos. Era imposible. No lo entendía, pero no me paré a analizar la situación. Tenía que soltarme como fuese, antes de que esa pared desapareciera y ese tipo consiguiese hacerme lo que fuera que pretendía. Sabía que entonces sería mi final. Me revolví como pude, preparándome para poner todas las fuerzas que me quedaban en liberarme de esa prisión y salir de allí pitando, y entonces ocurrió todo, tan deprisa que no tuve tiempo de asimilarlo. Las cuerdas se aflojaron de golpe, sentí un dolor horrible en mi cabeza y a continuación unas manos que me apretaban el cuello impidiendo que el aire llegase a mis pulmones. Caí al suelo con el peso de ese hombre sobre mi cuerpo, sin poder evitar que siguiese en su empeño de estrangularme. Sentía que la vida se me iba a cada bocanada de aire que intentaba tomar y que no llegaba a darle vida a mis pulmones. Estaba a punto de desmayarme. Me estaba muriendo. Me estaban matando. Volví a sentir ese pinchazo en la cabeza, ¡qué dolor!

Me incorporé en la cama empapada en sudor, no podía parar de temblar. Al abrir los ojos vi de nuevo la sombra de mis sueños y empecé a gritar de puro pavor, a lo que se unieron unos gritos de otra persona… una mujer… pero ¿qué…? Encendí la luz de la lámpara que había en la mesita de noche y me encontré con la cara de Silvia pegada a la mía.

—¡Joder, qué susto! –le pegué tal grito que creo que tuvo el eco de mi voz en su cabeza durante un buen rato– Silvia, ¿se puede saber qué coño haces aquí?

—Perdona bonita, la que me ha dado un susto de muerte eres tú –me miró con sus grandes ojos llenos de preocupación–. Pensaba que te iba a pasar lo de la última vez… Has vuelto a tener uno de esos sueños, ¿verdad?

—Me temo que sí –no podía mentirle, a ella no–. No sé por qué ahora. Llevaba mucho tiempo sin soñar esas cosas. Tiene que ser el estrés.

—Claro, sí… será eso –estaba claro que con Silvia no colaban ni las mentiras–. Vamos Amy, que nos conocemos. Eso no tiene nada que ver con el estrés. Las dos sabemos que si tienes esos sueños, es por algo. Son un aviso.

—Lo sé, lo sé, ¡no me agobies más de lo que ya estoy! –me levanté de la cama de malas formas sin mirarla a la cara. Estaba preocupada por mí, y eso me gustaba menos que nada. Me acerqué a ella de nuevo y me senté a su lado– Sé que te preocupas por mí, lo sé y lo siento. Sabes que me gustaría que estas… cosas no te afectasen como lo hacen. Estoy segura que esta pesadilla ha sido cosa del estrés y de los nervios por la entrevista de mañana, puede ser ¿no? Además, hace muchísimo que no soñaba algo así, y solo ha pasado una vez…

—Pero también sé lo que pasó con tu… bueno, lo que pasó y la huella que dejó en ti –me cortó sin dejarme terminar la frase. No pude evitar tocarme la cicatriz del brazo–. Sabes tan bien como yo que todo pasa por algo.

—Sabía que eras una terca de narices, ¡pero no tanto, monina! –agarré la almohada y le arreé tal guantazo que acabó tumbada en la cama.

No tardó en llegar su respuesta, en forma de un cojinazo que me dejó tumbada en la alfombra de la habitación. Qué fuerza tenía la tía. Después de lucha de almohadas, acabamos tiradas en la cama mirando al techo, riéndonos, como siempre, olvidando por un momento lo que nos había llevado a esa situación.

—No quiero que vuelvas a sufrir, Amy –sabía que lo decía de corazón.

—No lo haré. Estoy segura que nada va a pasar –la empujé con los pies hasta tirarla al suelo, y me metí en la cama como si tal cosa–. Venga petarda, a la cama ya, que todavía nos quedan unas horas de sueño. ¡Joder, si sólo es la una de la mañana!

—¡Serás zorra! Menos mal que te quiero un poquito, que si no, me montaba la fiesta del siglo yo solita, con la música a tope y una cacerola como percusión personalizada, para que no pudieses dormir y mañana te despertases con ojeras de panda… —me guiñó un ojo y se fue a dormir con una indignación nada creíble por su parte.

Me giré hasta acurrucarme en una esquina de la cama, en posición fetal. Mi posición de defensa. Ese sueño me hacía temer algo que todavía no sabía lo que era. Sabía que era malo, eso sí, pero no sabía por qué. No era una pesadilla más, con un asesino que rapta a una chica indefensa, típico de guión de un thriller policíaco o de terror, no. El temor, la sensación de asfixia, de sentirme atrapada y sobre todo ese dolor en mi cabeza eran muy reales.

Nada va a pasar. Tenía que creerlo. Necesitaba creerlo.

Hace alrededor de 4 años

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#3

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El primero de muchos

Por mucho que lo intenté, no fui capaz de dormir. Tampoco es que tuviese muchas ganas de volver a tener ese sueño. El de esa noche ya había cubierto mi cupo hasta el fin de mis días. Pero dudaba que la cosa se quedase ahí. Tenía la extraña sensación de que aquello había sido más real de lo que se supone que puede llegar a serlo un sueño. Mejor dicho, estaba segura de ello. Para qué engañarme, mis sueños de simples e inofensivos no tenían nada. Nunca lo tuvieron. Y eso me quedó completamente claro aquella noche, en la casa donde vivía con mi madre. Con apenas once años, me di cuenta por primera vez de que si los sueños te hablan, es mejor que los escuches atentamente.

Habían pasado más de quince años de todo aquello, y todavía lo recordaba como si estuviese allí.

Vivíamos en una pequeña casita de dos plantas, rodeada de un precioso jardín con un montón de flores y árboles que siempre estaban verdes y llenos de vida, gracias a la bastante frecuente lluvia del norte que los mantenía así. Era uno de los privilegios que tenía vivir en un pueblecito de la costa gallega, esa tierra capaz de mantenerse verde durante todo el año, repleta de naturaleza y de vida. Mi madre me arropaba como siempre antes de darme las buenas noches, y yo como siempre, me quejaba de que me tratase como a una niña.

—¡Mamáaaaa!, que ya no soy una niña pequeña, jolines…

—Amelia cariño, para mí siempre serás mi pequeña. Y te recuerdo que todavía no tienes edad para maquillarte –levantó la mano cuando vió que abría la boca para protestar–, aunque quieras, así que mientras tanto seguiré mimándote todo lo que me dé la gana.

—¡Jo! Pues la madre de Silvia le deja…

—No me mientas Amy. Que nos conocemos.

—Bueno vale… no le deja coger el maquillaje, pero no la arropa como si fuese un bebé.

—Eso es porque su mamá trabaja tanto, que la pobre casi nunca la puede ver despierta. Seguro que a Silvia le gustaría que la arropase todas las noches, si así la pudiese ver más. ¿A que sí?

Puso una de esas caras de sé que sabes que tengo razón, que toda madre tiene en su repertorio, junto a esa otra que dice como se te ocurra hacer eso empieza a correr, que yo vi tantas veces, y no pude negar lo evidente. Silvia era mi mejor amiga, y sabía que no tener a su madre más tiempo con ella la ponía triste, pero trabajaba casi todo el día y hasta muy tarde, haciendo imposible que pasara más tiempo con ella. La adoraba tanto, que siempre me recordaba la suerte que yo tenía por tener a la mía tan cerca y pendiente de mí. Cuando ella no estaba, mi madre hacía a la vez de la suya. Por eso nosotras prácticamente habíamos crecido juntas, como dos hermanas cualquiera.

—¿Mamá…? –le dije, apartándome un poco para dejarle hueco a mi lado en la cama– Cuéntame otra vez esa historia que la abuela te contaba cuando eras pequeña.

—Cariño mío… ¿no eres ya demasiado mayor para eso? –me dijo sonriendo– Umm… vamos, que eres demasiado mayor para que te dé un beso de buenas noches, pero no para que te cuente un cuento… –se puso un dedo en la boca, simulando que estaba pensando una lógica sumamente difícil, pero se le escapaba la risa– pues no te entiendo, la verdad…

—¡Bo! ¡Deja de reírte! No es un cuento… es una historia… venga, ¡porfa!
Me acurruqué bajo las mantas, apoyada en su pecho, mientras ella me abrazaba. Levantamos la cabeza mirando hacia el cielo estrellado, que se veía desde la ventana de mi habitación, como siempre hacíamos cuando me contaba aquella historia que a mí tanto me gustaba. Me encantaban esos momentos, y me encantaba compartirlos con ella.

"Cada noche desde su ventana, la pequeña Luna miraba al cielo esperando ver una estrella fugaz. Nunca había visto una, pero en un pequeño libro que su abuela le leía todas las noches se había fijado en lo bonita que podía ser. En el libro también decía que si eras capaz de verla, debías pedir un deseo y que no tardaría en cumplirse. Luna tenía un deseo muy importante que pedir, quería que su madre, que estaba muy enferma, se recuperase. Era lo que más deseaba. Por eso, noche tras noche su mirada no se apartaba del cielo hasta que se quedaba dormida. Era entonces, en sus sueños, donde conseguía verla atravesar el cielo, brillante, dejando una estela de luz a su paso que tan sólo duraba unos segundos. Así iban transcurriendo los días, las semanas, los meses… y Luna, noche tras noche mantenía su costumbre. Necesitaba verla, necesitaba pedir su deseo. Algunas noches, la oscuridad era tan grande que no se podían ver las estrellas, pero ella no desistía, seguía con la vista en ese cielo negro, porque sabía que en algún momento, la oscuridad dejaría paso de nuevo a la luz que desprendían los astros, y podría seguir buscando eso que tanto deseaba ver. Pero su estrella fugaz seguía sin aparecer, aunque sí la veía en sueños. Un día le preguntó a su abuela:

—Abuela, ha pasado mucho tiempo, y por más que miro al cielo, no consigo ver esa estrella fugaz de la que siempre me hablaste, pero en cuanto me duermo aparece, y siento como si ese sueño fuese real. Pero no lo es, y necesito que lo sea, abuela. Pronto.

—Mi pequeña Luna, no todo lo que vemos despiertos es real, ni todo lo que soñamos se queda en un simple sueño. A veces, estando despiertos, no somos capaces de percibir lo que el mundo quiere decirnos. Como tú, que mientras intentas ver esa estrella, no has prestado atención al cielo que te está hablando y diciendo que, mientras la sigas buscando, no llegará a ti, porque algo tan especial y mágico como una estrella fugaz, debe aparecer por sorpresa, para hacer a la persona que consigue verla, tan especial como ella, y hacerla así merecedora de pedir un deseo. Que mientras tanto, deberías estar aprovechando el tiempo con lo que no te hace falta buscar porque lo tienes a tu lado, y que es tan valioso como un deseo. Sin embargo, cuando te rendes a tus sueños, tu estrella aparece y se deja ver en todo su esplendor, ¿a que sí? –la niña asintió efusivamente con la cabeza. Su abuela tenía razón– Eso es porque los sueños también nos hablan, hija mía. En ocasiones mucho más de lo que pensamos. A veces nos dan lo que no somos capaces de conseguir despiertos, porque es algo imposible o demasiado difícil. Otras veces, se quedan en una bonita historia que contar al despertarnos, con una sonrisa en la cara, o en una historia de terror, si se trata de una pesadilla, que deja el miedo reflejado en tu piel, y otras veces… otras veces son un aviso de algo que está por llegar. Un aviso que a veces sirve para prepararnos para lo inevitable, ya sea bueno o malo, y otras veces nos da las claves para justamente evitar que algo ocurra.

—En mis sueños sigo viendo cada noche a mi estrella, cada vez más bonita y brillante. ¿Eso quiere decir que debo seguir mirando al cielo esperando que aparezca, abuela?

—Eso quiere decir que, cuando dejes de mirar al cielo con tanto anhelo y te dejes guiar por tus sueños, ellos te dirán qué noche es la que debes pasar en vela para poder pedir tu deseo. Ellos te avisarán. Si lo inevitable es que veas a tu querida estrella, tarde o temprano la verás.

Esa noche, Luna se fue a dormir sin mirar al cielo, y todo el tiempo que antes se lo habría dedicado a la búsqueda de aquella luz fugaz, lo pasó con su madre, disfrutando de ella y del tiempo que les quedaba juntas. Esa noche, simplemente se metió en su cama con una sonrisa en la boca, y se dejo ir lenta y tranquilamente hacia sus sueños, porque sabía que cuando llegase el momento, ellos le darían una señal."

Hace alrededor de 4 años

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#4

Pero esa noche mi sueño fue otro. Mi estrella no apareció. En su lugar, sólo podía ver un cielo oscuro, repleto de relámpagos y truenos, que se intensificaban cada vez más. No me gustaba, me ponía nerviosa. Empecé a dar vueltas en la cama hasta que terminé despertándome. En la habitación donde dormía mi madre se oían voces y algo que se rompía contra el suelo. Ya no tenía claro si me había despertado por mi mal sueño o por aquello. Me levanté todavía medio adormilada para ver qué estaba pasando… y de repente, un grito me dejó helada. Era ella. Salí corriendo hacia la habitación, asustada pero decidida, y cuando estaba a punto de cruzar el umbral de la puerta, todo se quedó negro. No veía absolutamente nada, pero no podía parar de correr, no sabía hacia donde iba pero necesitaba encontrar a mi madre. Necesitaba saber que estaba bien, y en ese momento lo que estaba sintiendo me decía todo lo contrario.

—¡Mamá! ¡Mamá! ¿Dónde estás? ¡Mamá!

—Amelia, despierta cariño… estás teniendo una pesadilla. Despierta cielo –oí a mi madre decirme a lo lejos, mientras me agitaba levemente.

—¿Mamá…? Estás… ¿aquí? –balbuceé todavía asustada, mirando sus ojos fijos en mí, y me abracé a ella con todas mis fuerzas.

—Sí, cariño. Estoy aquí, no ha pasado nada. Está todo bien… Sólo ha sido un mal sueño, princesa –me decía, mientras me acariciaba la cabeza para tranquilizarme–. Anda, intenta volver a dormirte, yo me quedaré aquí contigo y no te dejaré sola.

—¿Nunca? –levanté la cabeza para mirarla directamente a los ojos, y la calma que veía en su cara me relajó por completo. Siempre había tenido ese don.

—Nunca, mi vida. Nunca te dejaré sola. Pase lo que pase.

—Yo… es que… Mamá, te quiero.

En ese momento, no supe por qué sentí la necesidad de decirle que la quería, pero pocas horas después lo iba a descubrir.

Fue la última vez que vi a mi madre con vida. A la mañana siguiente, mientras estaba en el colegio, entraron a robar en casa, a través del pequeño balcón que daba a una de las habitaciones de la parte trasera, rompiendo el gran ventanal por el que se salía a ese jardín en el que tantas tardes me había pasado las horas muertas. Pensando que no había nadie dentro, no se molestaron en no hacer ruido, pero se equivocaron. Mi madre seguía en casa, y al verse descubiertos no lo dudaron, para evitar que avisara a la policía, le dieron un golpe en la cabeza que la dejó inconsciente. Ya nunca despertó.

Al menos esa fue la versión que mi abuela me dio. Recuerdo cuando me sacaron de la clase de dibujo y me llevaron al despacho, donde ella me estaba esperando. Escucharla contarme lo que había pasado, me dejó literalmente helada, en shock.

—Es mi culpa –ni una lágrima, ni un grito. Simplemente tres palabras que repetía una y otra vez.

Mi cabeza empezó a dar mil vueltas, me culpé desde un primero momento de lo que había pasado, no porque yo le hubiese hecho aquello, sino porque lo había soñado. Y lo peor de todo, es que había sentido que algo no iba bien. No sabía el por qué de aquella sensación, hasta que me dijeron que mi madre se había ido para siempre, a pesar de prometerme esa misma noche que nunca lo haría, que siempre estaría a mi lado. Entonces lo supe, supe que mi pesadilla había sido un aviso, y el hecho de no haber podido interpretar y evitar que le sucediera eso, para mí ya era un motivo de culpa.

La noche anterior había sentido la necesidad de que supiera cuánto la quería, porque algo me decía que si no lo hacía en ese momento, nunca podría escucharlo de mi boca.
Aquel sueño me había hablado, y yo no había sabido entenderlo. Supe desde ese momento que algo no iba bien, lo supe. Y no me equivocaba.

Hace alrededor de 4 años

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Rango11 Nivel 51
hace alrededor de 3 años

Oiga Guapita, y usted cuándo tenía pensado volver? A ver si nos cuenta otra de esas como "el primer beso en el parque", y todo eso.