OniriaHaze
Rango5 Nivel 20 (446 ptos) | Escritor en ciernes
#1

- ¡Vamos!, ¡Golpéalo! ... ¡Adelante!
Miré fijamente el cojín, supuestamente tenía que canalizar la rabia y la ira mientras pensaba en Ti.
- Recuerda cómo te utilizó, cómo supo aprovecharse de tus sentimientos. ¡No tiene escrúpulos! Sabía perfectamente cómo engañar tu inocencia ...
Un cojín... ya arrugado. ¿Cuántas veces habrán golpeado aquí? ¿En serio esto era necesario? José me aseguró que Lola era una de las mejores psicólogas de Madrid, su ex aún sigue viniendo aquí. No sé por qué creyó que sería buena idea regalarme veinte sesiones, si estoy bien, joder. Igual dentro de un futuro me convertiré en otra ex de las terapias de Lola y haremos el club de las traumáticas anónimas y ...
- ¡Venga, Marina! ¿En qué piensas? ¡Pega el puñetero cojín!
- No puedo.
- Sí, sí puedes.
- No, no puedo y esto es absurdo. Si algún día me encontrara con Juan, lo último que haría sería pegarle una paliza.
- ¿Y qué harías?

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Benny
Rango7 Nivel 32
hace más de 4 años

¡Me encanta como empieza! A favoritos ya mismo, quiero estar pendiente de esta historia :)

OniriaHaze
Rango5 Nivel 20
hace más de 4 años

Muchas gracias, qué ilusión. Es la primera vez que me atrevo con la narrativa, espero que el resto te guste. Un saludo! ;-)


#2

Capítulo I. De cómo llegue hasta aquí.
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Regresar a Cádiz me hace pensar en ti. Cada vez que camino por el casco antiguo me convierto en un camaleón triste. Mis ojos se vuelven más rápidos e imagino que de repente aparecerás, entre la multitud, para rescatarme con un fuerte abrazo y decirme Toma, aquí tienes tu novela.

- Espera. ¿Otra vez la novela? Ya te dije que eso nunca sucederá.

Lola es rígida, infranqueable. Desde su silla me observa, arqueando sus grandes ojos azules sobre una libreta, haciendo cosquillas sobre las hojas con la punta recién afinada del lápiz.

- Sí pero es lo único que podría ayudarme de verdad.
- ¿Quieres que Juan escriba qué sentía por ti? ... Te utilizó. En el mundo, por desgracia, te encontrarás con personas desalmadas y tuviste la mala suerte de conocer a alguien así demasiado pronto.

A veces pasan los minutos y aún seguimos en silencio. Cuando una bola toca la otra y se escucha tac, hay una tercera bola, en un extremo que repite la misma operación.
Tendemos a romper los silencios porque nos resultan incómodos y al final uno siempre termina hablando del tiempo o las noticias.

- Sé que es improbable pero es lo que necesito. A veces me siento tan impotente que me entran ganas de golpear ese cojín hasta reventar. Pero no pensando en Juan, sino en mí misma.
A veces pienso que todo lo que he vivido ha sido mentira, que sólo yo escribí un cuento en mi mente y me he aferrado tan fuerte que todos los personajes me abandonaron, dejándome sola con un puñado de letras sin sentido. Y en ese cuento sólo queda Juan, al final del pasillo, junto a la puerta del aula de literatura.

- El cuento que pides no existe, te aferras a la idea de sobrevivir de entre sus palabras, magnificar un amor imposible. No puede haber pureza en todo esto, es enfermizo.

La última vez que te vi fue hace cuatro navidades. Apareciste de pronto, de entre la gente, en plena plaza de San Francisco. Frené en seco y sonreíste asombrado. Te conté que soy fotógrafa y que vivo en Cantabria. Apretaste los labios y apuraste que debí terminar la carrera de Filología Hispánica. La fotografía está muy bien pero no es lo tuyo. Sentenciaste como si hubiera echado a perder un don especial por un simple hobbie.
Te fijaste en mis trenzas y antes de poder responderte mi madre, que había dado la vuelta, me agarró bruscamente del brazo.
Tengo que irme. Y sin mediar palabra gesticulaste a través de un suspiro entrecortado.

Y no eché en falta ese cojín. Sólo un abrazo y el cuento que nunca escribiste para mí.

José y yo nos conocimos en Madrid cuando un amigo en común nos puso en contacto. Buscaba trabajo y él necesitaba una secretaria para su escuela jurídica.

- Bien, comienzas mañana pero el único favor que te voy a pedir es que te quites el piercing de la ceja antes de entrar aquí.

A los pocos días comprobó que adorné ciertas partes del currículum y que no tenía ni idea de cómo añadir datos en una hoja Excel.

- Bueno, seguro que sabes mandar emails y preparar café.

El trabajo era agradable, entraba justo a la una del mediodía, tras terminar mis clases en la escuela de Diseño Gráfico. Poco a poco sentí que formaba parte de aquel mundo un poco más gris, si cabe, que Madrid.
Los alumnos me daban las buenas tardes y sobre mi mesa ya estaban preparadas todas las fotocopias que pacientemente había impreso a dos caras al mediodía.

A los tres meses un conocido estudio de fotografía me contactó por email para trabajar con ellos, siendo imposible compaginar mi labor de secretaria con el nuevo cargo de fotógrafa.
Di tres toques sobre su puerta y al entrar me miró con una amplia sonrisa.

- Tengo algo que decirte ...
- No te preocupes, te echaremos de menos.

Comencé a trabajar en el que sería mi nuevo puesto. Estaba muy ilusionada, al fin encontré algo de lo mío y en un estudio enorme. En la primera planta, había una mesa alargada con cinco monitores donde durante toda la jornada las retocadoras estarían mejorando las fotografías que se realizaban diariamente a los recién nacidos en las clínicas privadas.
Tras descender por unas finas escaleras de caracol, en la planta baja, había cuatro mesas en cruz para las fotógrafas del estudio. La ausencia de la anterior, fue motivo más que justificado por sus compañeras. Me habían dejado la silla que cojeaba y un teclado mellado sobre la mesa. A continuación, una enorme sala con tres fondos, equipos de iluminación y una estantería metalizada donde se encontraba el atrezzo.
La puerta de dirección siempre estaba cerrada.
El trabajo era más duro, a cada hora venía un cliente y mis tardes transcurrían de niño en niño haciéndoles reír a cada destello. Aún así y pese a que no había tiempo para hablar con nadie, mi vida se volvió un poco más cálida.
Las preguntas no solían ser bien recibidas, la carga de trabajo estaba sobre mi mesa y el horario con las sesiones que debía realizar. Si no me daba tiempo de hacer las copias de seguridad, responder los emails y retocar las fotos pendientes, debía hacerlo de igual modo hasta que todo estuviera en orden.
La hora de salida era a las ocho de la tarde pero siempre me despedía de las limpiadoras a las diez de la noche.
A las semanas recibí un mensaje de José, era escueto y me decía que iban a organizar la cena de Navidad de la escuela y que estaba invitada.
Acepté y quedamos en un bar de Lavapiés ese mismo fin de semana. Al llegar, José estaba al fondo, en la mesa de la esquina, junto a la ventana. Le sonreí y me senté mirando discretamente a mi alrededor.

- No busques, al final se suspendió pero me pareció buena idea cenar contigo.

Hace más de 4 años

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Mente_divergente
Rango9 Nivel 40
hace más de 4 años

Tu texto se lee con facilidad, a ver que sucede ahora!


#3

Llevaba unas botas altas rojas, un short vaquero y una cazadora marrón. Probablemente, no me reconocieras a primera vista. Hacía años que dejé de usar los pañuelos de colores anudados como una zíngara en el cabello. Me gustaba cuando me decías beduina y en tus mensajes de texto siempre finalizabas con un beso, bedu.

José siempre va en traje de chaqueta, con una corbata a juego. Hace años que decidió ocultar su alopecia rapándose todo el cráneo pero su mentón era muy pronunciado, adornado con una fina barba bien recortada de medio centímetro de espesor, poblándose algo más en la barbilla. Tenía los ojos grandes y rajados de color miel. Cuando reía desaparecían en líneas curvas y dos hoyuelos parpadeaban como un semáforo en ámbar.

Tras las cervezas dimos paso a los cubatas y posteriormente a los chupitos. No recuerdo cómo llegamos a su casa pero sé que le hablé de ti.

Recostado sobre el sofá me acercó hasta a él y dejó sobresalir su sexo a través del pantalón desabrochado. Toda la habitación giraba como un carrusel y después de observarle con atención, retrocedí un par de pasos.

- Perdona, todavía no está al cien por cien.
- ¿Cómo? ¿Todavía hay más?

No pude evitar tapar mi boca con la mano mientras le miraba sorprendida, retrocediendo dos pasos más. Él se incorporó y caminó hasta mí, cogió mi mano con delicadeza. Su miembro no era como la media, más bien tres veces superior a la media. Besó tímidamente mis labios - No te preocupes, no te dolerá.

El mundo de José llegó como una bocanada de aire fresco. Aparentemente no había secretos, ni mentiras, ni segundas intenciones.
Era el príncipe que años atrás dejé de buscar porque después de conocerte supe que ya no existía.
Desde aquella noche cada amanecer se convirtió en un arma letal para la soledad. Sus mensajes, nada más despertar, los emails a media mañana y los planes de espectáculos que comenzaron a poblar mi agenda solo fueron el presagio de haber encontrado la cura de tu enfermedad.

Hace más de 4 años

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#4

La consulta de Lola estaba al final de un estrecho pasillo. Su secretaria siempre dejaba la puerta abierta cuando pulsaba el interfono y tras ascender las cuatro plantas desnudas a través de las rejas entrelazadas del ascensor, un halo de luz se dejaba entrever en forma de ele.
El sofá donde me sentaba era de piel marrón y a mis espaldas, un ventanal enorme mostraba la salida de metro de Alonso Martinez.

Hablamos de hace años, demasiados. Cuando uno piensa en los primeros recuerdos y visualicé mi primera bicicleta, de color rosa y que bauticé con el nombre de Ginebra.
Atravesaba todo el parque a gran velocidad y cuando ya era imposible pedalear más, elevaba las piernas y cerraba los ojos imaginando que montaba a caballo.

La imagen de mi padre, sentado en un banco, en silencio. Esperando que pasaran las horas y me cansara de cabalgar.

- Algún día me iré de casa.
- ¿Por qué te vas a ir?
- Porque no quiero a tu mamá.

El atardecer cerraba sus párpados sobre los edificios.

- ¿Y por qué no te has ido ya?
- Porque te quiero y aún es pronto.

Algunas noches de insomnio y para asegurarme que nada de eso sucedería, terminaba recostada sobre mi almohada justo delante de la puerta. Así, si el momento había llegado, él tendría que ingeniárselas para moverme y poder salir. Pero siempre amanecía en la cama, sin haber notado que sus brazos me recogían y me recostaban suavemente bajo las mantas. Y así, con el corazón un poco más pequeño, despertaba con el temor de que algún día no encontrara su taza del desayuno sobre la mesa.

En la segunda sesión con Lola no hablamos de ti y sin embargo, nunca te tuve tanta tristeza como en aquella tarde de vuelta a casa.

Hace más de 4 años

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