Curtis73
Rango5 Nivel 21 (507 ptos) | Escritor en ciernes
#1
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VIAJE

Rubén Mesías Cornejo

Un pasajero elevó su brazo con la intención de hacerle el alto a uno de aquellos taxis amarillos que parecían andar patrullando la urbe en plena madrugada. De pronto, la rutilante carrocería de un vehículo de alquiler se detuvo, y el pasajero pudo contemplar el remoto fulgor de las lucernas reflejándose sobre aquella coraza metálica y perfecta. Suavemente el cristal de la ventanilla delantera descendió sin ruido, y una voz, entre grave y profunda surgió del interior a manera de saludo.

Rápidamente el pasajero se animó a darle las coordenadas precisas de su destino, mientras el conductor meditaba lo que costaría la carrera, y cuando al fin se lo dijo, al pasajero le pareció que la cantidad era elevada, sin embargo la hora y la distancia justificaban el monto; era demasiado tarde para pedir menos. Además el pasajero tenía esa indescriptible sensación, propia de los noctámbulos, de estar dirigiéndose hacia ninguna parte, precisamente fue la presencia de aquella circunstancia la que indujo al pasajero a aceptar sin regateos lo que le estaban pidiendo.

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Gabo
Rango2 Nivel 6
hace más de 4 años

Menos adjetivos y subordinadas, hacen un ritmo narrativo más vívido. Vamos bien, pero en mi opinión, sobra barroquismo... "No hay que crear literatura en cada frase".


#2

En seguida, una de las puertas traseras del vehículo se abrió, y aquella voz, que le sonaba patriarcal, empezó a modular con acento sibilino una invitación para que subiera. El pasajero sabía que le estaban haciendo una petición que no podía desairar, y agachó la cabeza para ingresar al vehículo como una criatura dócil y obediente.

Adentro la escena era sombría, casi como si un fragmento de noche se hubiera adherido con firmeza sobre aquel espacio tan reducido. Tan solo las esferas de los indicadores de velocidad centelleaban, en medio de esa penumbra, con la intensidad que tienen las estrellas de un firmamento despejado, en ese instante el pasajero le pareció encontrarse atrapado en una especie de capsula espacial procedente de una de esas naves interestelares que se ven en los filmes de ciencia ficción; sin embargo el rugido del motor de explosión le devolvió a la realidad, y el carro empezó a deslizarse raudamente por una avenida semivacía, tenuemente iluminada que hacia aparecer a los edificios aledaños como colosales fantasmas de cemento, y sobre esas veredas desfilaban todas las formas de la bohemia y de sus prosélitos, de aquellos que concebían la evasión de los viernes como el mejor de los mundos posibles. Empero, estas escenas se diluían convirtiéndose en un recuerdo que se escapaba velozmente, junto con la sensación de estar comenzando de nuevo algo intenso, que le exigía poner más atención a su propio periplo.

Afuera la ciudad estaba cambiando, y el pasajero sentía su ritmo desplegándose en la vastedad de una visión todavía intermitente, aquello era como una canción llegando a su crescendo más alto que luego caía en picado y volvía a comenzar. De ese modo, la geometría de las calles se agitaba y se transformaba, al menos para él.

En aquellos momentos hubiera querido fijar la escena para detener el tiempo y así disfrutar de él, pero ese deseo era tan imposible como lo era describir aquel caos exterior mediante palabras. El pasajero solo sabía que estaba viajando hacia alguna región desconocida en el mapa de su propia realidad.

Así el vehículo continuó atravesando las etapas de la madrugada, de ese espacio intermedio que sus semejantes habían consagrado al sueño. El conductor ni siquiera miraba a su pasajero, y su rostro permanecía adusto, milenario, dotados de una mirada profunda y llameante, como procedente de una etapa de existencia más lejana de que la misma senectud. Aquel hombre parecía el capitán de una nave errante que se complacía en rozar la frontera de todos los mundos posibles contenidos dentro del universo, y un conocedor de que cada madrugada era una oportunidad de abrirle la puerta a alguien para inducirle a cruzar los limites. De un vistazo miró a su pasajero y decidió que aquel hombre dormido era valeroso, aunque le faltaba el conocimiento que solo se consigue con la búsqueda.

El vehículo siguió alejándose de la ciudad, hasta internarse en la órbita del naciente crepúsculo. Dos leves conos de luz eran su única guía en medio de la soledad y la niebla. Claro que, a veces, otros vehículos aparecían a su costado, compartiendo la carretera pero su peregrinar, pues todos pasaban de largo como ignorándolos.

Y el viaje continuó, paulatinamente el cielo se fue aclarando, mientras la luz de la mañana empezó a perfilar el árido desierto cuyo límite extremo era el mar. Ambos, pasajero y conductor, podían oír el vasto rumor de las olas rompiéndose a la distancia. Fue entonces cuando ambos sintieron que el camino se había terminado, pues algo inconcreto, quizá celeste, parecía llamarlos desde el mar, siendo así la playa era obviamente el último paradero de los dos.

Ambos abandonaron el vehículo y se quitaron la ropa, entonces sintieron que la paz invadía sus cuerpos cansados, en ese momento ya no existía conflicto ni duda, solo decisión. Habían recuperado el equilibrio y la hostilidad de su antiguo entorno ya no perturbaría jamás sus decisiones, Conductor y pasajero enfilaron su mirada hacia el horizonte todavía envuelto en brumas, y la arena mojada registro la huella de sus pies descalzos y anhelantes, ya no necesitaban hablar, solo sentir la frescura de la brisa, la caricia del viento conversando sobre su piel desnuda.

Sobre ambos flotaba la sensación de haber resuelto un misterio, detrás de la niebla estaba lo buscado y no era la contemplación de la verdad, sino de la fuerza de la trascendencia lo que los indujo a internarse, cogidos de la mano, en el océano que ahora envolvió sus cuerpos desnudos dispuestos a nadar hasta aquel horizonte que parecía inconmensurable aunque no lo fuera.

FIN

Hace más de 4 años

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3
Demer
Rango6 Nivel 29
hace más de 4 años

¡Me ha gustado! :)