Julian_Reva
Rango12 Nivel 56 (10246 ptos) | Ensayista de éxito
#1

Era un día calmado, sin sol ni luna, sólo las nubes y la lluvia. Recuerdo haber mirado a través de la ventana y ver el reflejo de mi rostro en las gotas de agua que escurrían en el vidrio. Me miré y sentí cierto asco en mí. Verme tan pálida, tan demacrada y sin dormir…era espantoso. Era sólo un cadáver más en la sociedad, atrapada en rutinas y ciclos, como un uróboros condenado a morder mi cola eternamente y mis encías ya se hallaban enrojecidas de las tantas veces que mordí mi cola; era momento de cambiar, de saltar por esa ventana y dejar de ver mi rostro gotear.

Entonces dejé de fantasear con mi introspectiva odisea, la mesera trajo mi café y empecé a beber. Sin azúcar ni pan, sólo café negro y amargo. Pero de nuevo empecé a recorrer mi travesía imaginaria cuando vi el reflejo de mi rostro palidecido en el café. Y empecé a soñar como cuando lo hacía de niña. A soñar con castillos en el cielo, con pinturas pastel que regocijan el escenario de los atardeceres, empecé a soñar con el escape de la realidad y con el uróboros muerto a mis pies.

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CamilleAnnais
Rango12 Nivel 55
hace casi 4 años

Tenes mucho talento! He leído casi todo y realmente bueno! Te felicito :)

Julian_Reva
Rango12 Nivel 56
hace casi 4 años

@CamilleAnnais muchas gracias por tus comentarios;) cuando tenga tiempo me paso por tu perfil a ver qué tal.


#2

Pero mi fantasía fue nuevamente interrumpida: un cretino había empezado mofarse de la misma mesera que había servido mi café. Sentí tanta pena por esa pobre mujer y demasiada rabia por el hombre porque capaz él no sabía nada de ella pero asumía a su vez mucho; él capaz no sabía que su nombre era Ana, capaz no sabía que su esposo la había dejado con dos niños pequeños, capaz no sabía que ese día vencía su plazo de quince días para pagar la renta, sin embargo el asumía que ella era una perdedora por ser una simple mesera, a pesar de que ella tuviese sus estudios terminados y hubiera estudiado leyes. Y capaz, sólo capaz, a su vez yo asumía mucho de un cretino que era el hombre más rico de la ciudad.

Me levanté del asiento decidida a defenderla, decidida a cortar la cabeza al uróboros y saltar por la ventana. Dije tantas palabras que difícilmente recuerdo cuáles fueron exactamente, tantas palabras sutiles y formales, todo lo que le hacía falta a aquél hombre. Pero lo único que recibí fue lo mismo que aquella mujer había recibido. Entonces fue cuando comprendí la primera regla del poder: es absoluto.

Tan sólo un movimiento de su muñeca al gerente del lugar bastó para que nos sacaran a Ana y a mí. Me lamenté por no haber podido ayudarla, al igual de que me lamenté por no haber terminado mi café. Lo último que pude hacer bien para ella fue pagar el taxi que compartimos hasta su casa, y lo primero que ella hizo por mí fue dejarme entrar a su departamento. Entonces ella se abrió para mí y me contó sus penas y yo escuché cada detalle muy atenta; desde su esposo hasta sus niños. De su alquiler y miles de cosas más. Todo se revolvió con tazas de café y lágrimas, pero yo no dije nada sobre mí (aunque lo deseara con toda mi alma).

Ella hablaba y hablaba, era tan encantadora. Quedé enamorada de ella de inmediato y para ello sólo hicieron falta tres tazas de café amargo y galletas.

Sin darnos cuenta la noche ya había caído al igual que el cielo caía por la lluvia. Los niños se hallaban con su tía para nuestra suerte y la suerte de nuestras pláticas. En el fondo conforme pasaban las horas, más la deseaba pero sabía que era indebido y me seguía repitiendo que debía cortar la cabeza al uróboros; al final me conformé con seguir su conversación y reír cuando ella reía y más importante aún, hacerla reír a ella también.

Y así, poco a poco la noche nos cubrió por completo y ella hizo lo que yo esperaba que ella hiciera; me invitó a pasar la noche con ella.

#3

Recostada en su cama y yo en la sala, mientras que surcaban por mi mente miles de fantasías e ilusiones, me perturbaba el castigo que podría recibir por parte de dios. En la pequeña sala de Ana se hallaba un pequeño cepillo y un espejo, así que pequé de vanidad e hice lo que se me había prohibido.

Miré mi reflejo por primera vez y era tan hermoso verlo reflejado tal y como era, ya no había reflejos oblicuos de gotas de agua, ni manchas borrosas o pálidas. Mi piel es más blanca que la luna, pero en ese momento me di cuenta de que era algo tan hermoso, al igual que mis cabellos como los rayos de otoño; pero por desgracia comprendí que nada de eso haría que Ana me amara igual que yo lo hacía con ella.

Comprendí que nadie se enamora de un ángel.

Nunca podría cortar la cabeza del uróboros ni saltar por la ventana ni dejar de obedecer a dios. Así que Ana no amaría a su ángel, aquél que toda la vida la había seguido y el cual se había enamorado de ella. Me hallaba tan frustrada y desesperada que hice lo que nunca me hubiera atrevido a hacer.

Porque ya era demasiado tiempo que había esperado y tantas órdenes que había acatado, porque ya era momento de dejar de hacerle caso a la moral y entregarme al deseo. La segunda regla del poder: todo es mío y para mí, sólo habría que tomarlo.

Para el poder no hay buenos comportamientos o méritos por la conducta, para el poder sólo existe el poder y nadie más que él. Dios no le pide permiso a nadie porque sabe que él es el poder, así pues yo no le pediría permiso a él, ni mucho menos perdón. Tomé un cuchillo de la cocina de Ana, ese que deja escondido de los niños, lo tomé y me miré al espejo; ya era momento de cortar la cabeza.

#4

Así cayeron al suelo mis mechones rojizos y mi rostro, no de hombre, no de mujer, se hizo más pronunciado, sentía un ardor enorme en la espalda y me estrujaban las alas y me asfixiaba el aire, pero no me detendría porque yo lo quería todo. Tomé a Ana y la hice mía en esa noche. No me pregunten cómo, ya que los ángeles tenemos muchos secretos.

Salí de aquél departamento el cual me trae tantos recuerdos en estos momentos, desnuda y nadie me detuvo ni me miró raro, porque al poder no se le cuestiona. Ante los ojos de dios era un demonio, ante los de la naturaleza, una aberración, pero ante los del hombre, era perfecta y cuando se conoce otra regla del poder: todo y todos se doblegan ante él.

Entré a una tienda y tomé el traje que más me gustó y todos se morían por servirme; eligieron los colores adecuados y las marcas más caras. Comprendían quién era yo y qué quería, así pues salí sin pagar nada y nadie preguntó.

Fui a la cafetería del día anterior y ahora Ana era la dueña y el hombre anterior ahora era el mesero, me sonrió y yo en mi profunda arrogancia le escupí. Entré y besé a mi amada, me senté en el mismo lugar que el día anterior y terminé la taza de café que había dejado.

Desde aquél día comencé a gobernar el mundo.

Sin alas y sin corona, sólo con el poder y con el deseo. Perdí mucho y gané casi todo, no me esperan en el cielo ni en el infierno, ya que yo soy el poder absoluto.