rubensc91
Rango6 Nivel 28 (1168 ptos) | Novelista en prácticas
#1

Beltrán llevó su dedo índice al timbre situado en el marco de la puerta. Al accionarlo, un sonido chirriante que provenía del interior de la casa, como un eco lejano, llegó a sus oídos. A los pocos instantes, una mujer joven, de aproximadamente veinticinco años, apareció del interior de la casa.
– ¿Usted es…?
– Beltrán Tovar, el del servicio técnico.
– Adelante, pase.
La mujer se echó a un lado para permitir que el hombre entrase en su vivienda. Él no pudo evitar detenerse un instante, una milésima de segundo, para observar el rostro de la mujer. Era preciosa. Sin embargo, no fue eso lo que más le llamó la atención. Su cabello pelirrojo le indujo un coma del que se creía incapaz de salir. Y ella, nada más entrar el hombre en su apartamento, se fijó en unos cables de cobre que sobresalían del bolsillo trasero de su pantalón.

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Benny
Rango7 Nivel 32
hace más de 4 años

Mmmm tengo mucha curiosidad con esta historia, tiene muy buena pinta. Felicidades por esta primera caja.


#2

– Yo no he tocado nada… – dijo Carlota, para romper el hielo.
– No se preocupe, señora… esto en breve estará arreglado.
El hombre, sentado en una silla de oficina, inspeccionaba carpetas y archivos del ordenador de escritorio de la mujer. Ella, a un lado de él, observaba medio aburrida los movimientos que el cursor del ratón efectuaba en la pantalla.
– Bueno, eso de señora… ¿Cuántos años cree que tengo?
Beltrán detuvo su mano y observó a Carlota con más detenimiento.
– Lo siento, señora, no nos está permitido intimidar con nuestros clientes. Y siempre debemos llamarles de usted.
La mujer le lanzó una mirada de incomprensión.
– Aquí solo estamos usted y yo, no creo que nadie se vaya a enterar de lo que pase o deje de pasar.
El hombre retomó su trabajo con el ordenador, y Carlota, no contenta con la negativa que había recibido de aquel sujeto, volvió a la carga.
– Mi vida es una mierda – dijo, prestando especial atención a la pronunciación de la última palabra. Beltrán volvió a hacer una pausa –. Todo lo hice mal. Y lo peor de todo es que lo sigo haciendo. Con doce años quería ser actriz para desfilar en las pasarelas de moda. Mis padres alimentaron ese sueño, privándome de una educación para priorizar mi presencia en castings y pruebas de belleza. Creían que su hija marcaría tendencia en el mundo al que pretendían que perteneciese, sin darse cuenta que mi posición real era la cola de la carrera. A los dieciocho años surgió el sentimiento de culpa. Comprendí que había pasado seis años de mi vida sumida en una pesadilla de la que ahora me despertaba. Y no me gustó nada.
– Es lógico – la interrumpió –. A nadie le gusta abrir los ojos y descubrir que su mundo está en ruinas por culpa de unos cimientos mal construidos.
A Carlota le sorprendió que aquel hombre le estuviese prestando atención, y más aún después de la respuesta que le había dado anteriormente. Sonrió tímidamente, y continuó su historia.
– Traté de cambiar, de convertirme en algo totalmente diferente a lo que había sido hasta ese momento. Pero la vida está hecha de instantes, y cuando tratamos de retroceder en el tiempo, la maquinaria no funciona. A partir de ese momento, todo fue a peor. Terminé los estudios básicos y mis padres se prestaron para costear todos mis gastos mientras no apareciese “el hombre de mi vida”, aquel con la cartera lo suficientemente grande como para cubrir mis despilfarros económicos y mi cama de pétalos de rosa. No tardó en llegar, pues según mi madre la belleza llama al dinero. Víctor era un chico guapo, alto, de ojos azules, apuesto… un príncipe para una princesa. Salvo que en este cuento, la princesa no era tan encantadora como pretendía hacer creer. Dos años más tarde nos casamos. Recuerdo su “sí, quiero” con el mismo tono con el que respondes con tres años si te gustan las chucherías. He de admitir que todo fue bien. Al menos nos soportábamos, lo cual suponía una gran ventaja con respecto a otras parejas que se consideraban sólidamente enamoradas.
– Ay, el amor…
Beltrán no apartó la vista de la pantalla del ordenador, pero aquella simple frase le hizo entender a Carlota que aquel tipo estaba siguiendo su relato. Y, en ese momento, solo necesitaba a alguien que le escuchase.
– A pesar de todo, un año después mi marido descubrió que le había estado robando dinero e ingresándolo en una cuenta personal que él desconocía. Pretendía ahorrar lo suficiente como para abandonarle, independizarme y formar una nueva vida, pero mi plan se vio truncado el mismo día que él me desenmascaró. Le pedí que si realmente me quería, no me denunciase. Que tan solo me dejase ir para poder formar mi nuevo yo. Y al parecer, catalogar de “amor” al sentimiento que él experimentaba hacia mí sería un insulto. Ingresó voluntariamente en mi cuenta cien mil euros, y minutos antes de abandonar nuestra casa, se despidió de mí dándome un libro que todavía guardo recelosamente en uno de los cajones de mi mesilla de noche…
– ¿Cómo se llama?
Carlota suspiró profundamente, y cuando fue a pronunciar la primera palabra del título del libro, un golpe que provenía de la entrada de la vivienda la detuvo. La mujer giró su cabeza y vio como una figura vestida totalmente de negro y con la cara encapuchada avanzaba a paso ligero hacia ella.

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#3

Beltrán y Carlota. Carlota y Beltrán. Ambos sentados en el suelo. Ambos con la espalda pegada a la pared. Y ambos maniatados.
El recién llegado había hecho bien su trabajo. Con la pistola que sostenía en su mano derecha, había obligado a la mujer que se tumbase bocabajo en un sillón cercano a su posición. Mientras, él había examinado al hombre sentado enfrente del ordenador y le había pedido que sacase todo lo que llevaba en sus bolsillos. Tras un examen táctil por parte del secuestrador, procedió a inmovilizarle las manos con unas bridas y, utilizando cinta de carrocero, tapó su boca. Con Carlota hizo exactamente el mismo proceso, hasta que ambos quedaron en la posición que se encontraban en aquel momento: sentados en el suelo y con la espalda pegada a la pared.
El secuestrador, apuntando a Carlota con la pistola, le acababa de preguntar dónde guardaba el dinero.
– No… no tengo nada – respondió entre lágrimas –. Solo hay algunas joyas y otros objetos de poco valor en mi habitación…
El hombre dirigió la mirada hacia Beltrán, quien se la sostuvo durante unos segundos.
– ¿Y tú? ¿Eres su marido?
– No – respondió firmemente –. Soy Beltrán Tovar, asistente del servicio técnico de la compañía telefónica de…
– ¡Basta! Es suficiente – el secuestrador reflexionó durante unos instantes –. No os mováis de aquí.
Y, raudo, abandonó la estancia dejando a ambas personas sentadas en el suelo y con las manos atadas. Carlota empezó a llorar y Beltrán intentó tranquilizarle diciéndole que no iba a pasar nada, que aquel hombre no les iba a hacer daño. De pronto, la mujer detuvo sus lágrimas.
– No, no puede ser… – dijo ella, mirando fijamente al hombre.
– ¿Qué ocurre?
– ¿Cómo sabe que no nos va a hacer daño? ¿Es usted realmente quien dice ser?
Beltrán mostró una expresión sorprendida, incrédulo ante lo que la mujer acababa de insinuar.
– ¿No creerá usted que…?
– Le conoces, ¿verdad? Tú conoces a ese secuestrador, habéis planeado todo esto para entrar a robar en mi casa. Tú no eres en verdad del servicio técnico…
Carlota abrió mucho los ojos y se sintió estúpida por no haberse dado cuenta antes. De nuevo, su vida había tomado el peor de los caminos posibles. De nuevo, se encontraba en una encrucijada de la que se creía imposible salir con vida. Todos estos pensamientos estaban vagando en el interior de su mente, cuando escuchó como la puerta de la entrada se cerraba de un portazo. Ambos se mostraron alerta, sin saber muy bien quién acababa de entrar en el apartamento ni las intenciones que traía consigo. Los pasos del individuo se fueron volviendo cada vez más nítidos, hasta que una sombra alargada hizo presencia en la habitación en la que la mujer y el hombre estaban maniatados.
– Carlota… – pronunció el tipo, que acababa de detenerse antes de entrar a la sala – ¿Qué ha pasado?
Ella empezó a llorar. A llorar de emoción, de esperanza, de alegría, de exaltación… pues conocía a aquel hombre que acababa de aparecer, como un rayo de luz en la noche más oscura.
– Beltrán – dijo ella un poco más calmada –, le presento a Víctor, la persona que sustentó mi vida en los últimos cinco años. Mi marido.

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#4

– Quizá sea mejor que se esconda detrás del sillón – aconsejó Beltrán.
Carlota le echó una mirada cargada de reproches, justo en el mismo instante en el que Víctor comenzó a desatar a su mujer.
– ¿Cómo me has encontrado? – le preguntó ella.
– Eso ahora da igual, tenemos que salir de aquí.
Quizá por culpa de la tensión y de los nervios, no escucharon los pasos cada vez más cerca del secuestrador, que acababa de hacer su trabajo y volvía a la habitación, con la recompensa metida en un saco negro. Nada más aparecer y ver los hechos que allí estaban ocurriendo, dejó la bolsa en el suelo y sacó una pistola del costado. Con ella apuntó a Víctor, pidiéndole que se detuviese y que colocase las manos donde él pudiese verlas. El recién llegado acató las órdenes del secuestrador y levantó las manos por encima de su cabeza.
– Y tú, vuelve al suelo – le dijo a Carlota.
La mujer hizo caso al hombre, y se sentó en el piso, pero esta vez con las manos ya desatadas y recogidas en la espalda, para que el secuestrador no se diese cuenta.
– ¿Qué haces aquí? ¿Quién te ha llamado?
– Soy, soy… – tartamudeó Víctor – el marido de Carlota. No vivo con ella, se fue de mi casa hace cinco años. Pero…
No le dio tiempo a terminar la frase. Una de las balas de la pistola salió disparada para alojarse en su cabeza, provocando que el cuerpo del hombre se tambalease unos segundos para después caer desplomado de espaldas.
– ¡¡VÍCTOR!! ¡¡VÍCTOR!! – gritó la mujer, con las lágrimas cayéndole por el rostro.
– Quédate quieta, o la próxima serás tú – le advirtió el secuestrador.
El hombre se dirigió a la posición que ocupaba el cuerpo inhabitado de Víctor y lo miró fijamente, para comprobar que realmente lo había asesinado.
– Hijo de puta… – comenzó a decir Carlota –, lo has matado. ¡Lo has matado!
– Somos más de siete mil millones de personas en todo el mundo. ¿Crees que alguien notará su ausencia?
La mujer se secó las lágrimas frotándose contra uno de sus hombros, cubiertos por una fina camiseta.
– No os mováis de aquí. Al más mínimo ruido, no dudaré en meter otra de estas balas en vuestras cabezas.
Y con ese juramento, el secuestrador volvió a abandonar la habitación, dejando tras de sí un reguero de sangre y una muerte de por medio. Beltrán no tardó en intervenir.
– Carlota, por favor, suélteme.
Ella ni le dirigió la mirada.
– Escuche… yo no tengo nada que ver con ese sujeto. Confíe en mí, y todo saldrá bien. Por favor.
Y entonces por la mente de Carlota se paseó una idea, un sentimiento de culpa. Estaba harta de elegir siempre el camino equivocado, cansada de arrepentirse de sus decisiones. Por una vez en su vida, quería hacer algo correcto. Y lo que le estaba pidiendo Beltrán se convirtió en la encrucijada más difícil de toda su existencia. Aquella decisión, sin que ella lo supiese, iba a cambiarle la vida.

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#5

El saco que el señor Serpiente (tal y como a él le gustaba llamarse, debido al tatuaje de dicho animal que llevaba en el costado) portaba a los hombros pesaba cada vez demasiado. Nunca imaginó que aquel simple apartamento pudiese contener tantos objetos de valor, pero al parecer trabajar en una empresa telefónica te podía privilegiar para conocer las tarifas de todos tus clientes. Por lo cual, asociar las tarifas más caras a un mayor nivel económico del propietario era un simple juego de niños.
Y luego estaban los estúpidos del servicio técnico. No se enteraban de nada, parecían ajenos a todo lo que pasaba a su alrededor. Una vez al mes, el señor Serpiente seguía a uno de ellos hasta la casa del propietario al que iban a resolver la incidencia. Cuando entraban, él esperaba unos minutos a que el dueño se hiciese con el asistente del servicio técnico y… ¡PUM! Irrumpía en la vivienda, creaba terror, miedo y angustia. Todos se paralizaban al verle y, como si fuese una serpiente, se movía a pasos lentos pero seguros. Hacía su trabajo, saqueaba la casa y abandonaba la escena, dejando tras de sí un robo como otro cualquiera. No había huellas, no había pruebas, y nadie le había visto la cara.
Con éste último habían sido ya veinte los robos que había llevado a cabo con éxito, pensó mientras se dirigía al salón para despedirse de Beltrán y de la mujer. Beltrán… el más estúpido de todos los miembros de su compañía. Gastaba una formalidad y unos modales dignos de la realeza, a pesar de sus escasos treinta años. Y, como suponía, su educación se extendía a la parte más práctica de su trabajo: el trato con las personas. Beltrán sería incapaz de levantar la voz a alguien, de llevarle la contraria y de, mucho menos, acabar con su vida. Aquel hombre era la bondad personificada.
Nada más entrar en el salón, el señor Serpiente sintió que algo no iba bien. Los dos sujetos que había maniatado no se encontraban en el lugar que los había dejado. Una sensación incómoda se apoderó de él, que no tardó mucho tiempo en ser sustituida por otra mucho peor: la angustia. Notó como alguien, escondido en la pared que estaba pegada a la puerta, se había colocado a sus espaldas e intentaba estrangularle con lo que se asemejaba un cordón finísimo. Sin embargo, aquel instrumento parecía dotado de unos pinchos que hicieron que su cuello empezase a sangrar en determinados puntos. El señor Serpiente estaba a punto de morir, y antes de que la oscuridad se apoderase de su mente, pudo llegar a ver cómo la silueta de Carlota avanzaba a paso lento hacia su posición. Cuando llegó a distinguirle el rostro, comprobó que la mujer había dibujado una pequeña sonrisa, mientras que sus ojos se dirigían a la persona que le estaba infligiendo el daño al secuestrador. Y, como un último rayo de sol antes de que las nubes cubriesen el cielo, el señor Serpiente lo entendió todo. Beltrán con un trozo de hilo de cobre en el bolsillo de su pantalón, que él no llegó a sustraer; Víctor desatando las manos de Carlota; Beltrán intentando convencer a la mujer de que le soltase… Y por último, el maldito Beltrán enrollando el hilo de cobre en espiral para formar rizos. Una estrategia de lo más simple para que, al más mínimo contacto con su cuello, los bucles que había elaborado cortasen su piel en finísimas hemorragias que provocarían su muerte. Ricitos de cobre.

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#6

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– Y entonces los tres ositos dejaron que Ricitos de Oro se quedase a vivir con ellos, prometiéndole que nunca más le asustarían ni le harían daño. Y todos juntos fueron felices y comieron perdices.
Antes de cerrar el cuento, Beltrán echó una mirada furtiva a su hija, que acababa de dormirse sin darse apenas cuenta. Cuando sea mayor, pensó, se acordará de todas las historias, pero no de cómo terminan. Su reflexión le hizo cierta gracia, a lo que su rostro le respondió con una pequeña sonrisa. El hombre cerró la contraportada del cuento, y justo antes de que la última página tocase con la anterior, distinguió un pequeño bulto que sobresalía del fino trozo de cartón. Beltrán cogió unas tijeras del estuche de su hija, y perfiló la extraña figura, haciéndola aparecer. Se trataba de un chip diminuto, con una lucecita roja que no dejaba de parpadear. Entonces el asistente telefónico terminó de atar los cabos que habían quedado sueltos del suceso que ocurrió siete años atrás.
Beltrán, con el libro entre las manos, volvió a su habitación, en la que Carlota, tumbada en la cama, esperaba el regreso de su marido.
– Ya se ha dormido – dijo él.
Y ella levantó las sábanas que cubrían el colchón y se echó a un lado, para que él pudiese acostarse. Nada más hacerlo, él le entregó el libro.
– Le encanta, como a mí – dijo ella. Y fue pasando las páginas hasta llegar al final, donde descubrió el chip que se iluminaba de forma intermitente. – ¿Y esto?
– Es la última pregunta que nos quedaba por responder. Cómo descubrió Víctor que esta era tu casa. Él no quería perderte, deseaba tenerte controlada. Y, tal y como me contaste, antes de abandonarle te dio un libro. Este libro. En él, había escondido este microchip que envía señales de localización a un receptor que, supongo, Víctor tenía en su casa.
– Víctor… – fue lo único que ella llegó a pronunciar.
– ¿Sabes? – dijo Beltrán para extraer a Carlota de sus pensamientos – nunca me ha gustado el título de este libro. “Ricitos de oro”… – leyó en la portada –. Yo le pondría otro mucho más interesante – dijo mirando las ondulaciones del cabello pelirrojo de Carlota, las mismas que el primer día le dejaron sin respiración –. ¿Qué te parece “Ricitos de cobre”?

FIN

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