daimon_3442
Rango8 Nivel 37 (2754 ptos) | Poeta maldito
#1

Las visiones, asuntos de santos, profetas o de todos esos que nacen bajo una luz distinta y que orientan sus ojos hacia caminos para muchos inexistentes, eran también causa de tormento para el señor Tomás. Él, que se creía un hombre sencillo, para nada tocado por gracia alguna, jamás llegó a considerar que aquella virtud suya que le quitaba el sueño fuera un don o sirviera para algo bueno. Sobre todo por todas esas historias que a lo largo de los años hasta él habían llegado, historias sobre brujos que mostraban esa misma facultad. Historias de mala fama que, como una peste de azufre, les precede siempre entre susurros: hablando de brujos, parece que no es buena cosa alzar la voz, por miedo a todos esos malentendidos que serían difíciles de aclarar al corrompido personaje cuando de imprevisto apareciera convocado con tan solo la simple mención de su nombre. Ésta es la primera verdad que sobre los brujos se extiende, atando parte de su poder a sus nombres, como si éstos los atesoraran con la misma fuerza de su esencia.

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daimon_3442
Rango8 Nivel 37
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Mente_divergente siempre me gusta que te pases a comentar y asi dar una bocanada de animo para el siguiente cachito


#2

Concentrando la magia en la unión de unas justas palabras, si hay algún loco que persiga su compañía o simplemente los busque, solo le será necesario encontrar o hacerse con el nombre que más le interese, y aquí es cuando lo sencillo se retuerce. Pues la segunda verdad es que los brujos suelen mentir acerca de su nombre: al fin y al cabo, ¿qué menos se podía esperar de ellos que solo una pizca de engaño?
Lo que también es asegurado por todos es que nada bueno pueden o quieren llegar a hacer, que tarde o temprano, y sin importar mucho la intención en todos sus haceres, solo germina la semilla del mal. Tomás era respetuoso con la fe, para nada parecido a lo que se tenía por un brujo, pues en su cuerpo no se mostraban todas esas marcas demoníacas tan características entre todos los brujos, que ellos sin pudor tienden a mostrar con un extraño orgullo, haciéndoles parecer burlas, más animales que hombres. Cosas como cuernos, pezuñas, rabos de gato, morros de cerdo y transformaciones aún peores o no menos extrañas. No, el señor Tomás nada tenía de brujo. Aun así, al despertar todos los días comprobaba ante el espejo (no por vanidad, sino más por miedo) que ahí estaban y eran todas, ni una más, cada una de las partes de su cuerpo, que como todo hijo de Dios eran cinco sus dedos en cada mano, y que ahí estaban las orejas, ojos y boca que durante años le habían estado acompañado. Así era feliz, al descubrir que un amanecer más al menos nada tenía que ver su cuerpo con el de cualquiera de los componentes de su piara de cerdos.

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Mente_divergente
Rango9 Nivel 40
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Nuevamente no puedo faltar, adelante me encanta este akelarre particular ;)


#3

Por eso daba gracias a Dios y se aseguraba de tener siempre bien iluminados a todos los santos, con velas encendidas en su nombre para que tuvieran a bien, siempre en su recuerdo, al bueno de Tomás. Todo se lo debía a ellos y a esa piedad que mostraban, al brindarle la ayuda tan necesaria y divina que hacía refrenar esta su maldición para que siguiera dormida, dejándolo al menos un día más mantener su sosegada vida que tanto, y como la más preciosa de sus posesiones, había llegado a amar. Pero como la maldición era cosa ya de viejos, pues hasta de niño el señor Tomás recordaba que las visiones siempre le habían acompañado, había rumiado una teoría en sus eternas horas de divagación, sobre por qué y, lo más importante, cómo burlar a la maldición. Vivía siempre con ese miedo. No tenía precio para él aquello que le librara de una vez, limpiando su alma manchada de este mal que jamás había deseado. Con clara astucia había llegado a refrenar, a duras penas, todas esas apariciones, a hacerle oídos sordos cuando no se les podía impedir que llegaran hasta él. Con toda esa practica, con cierta concentración y a fuerza de pura voluntad, llegaba a negar las voces dentro de su cabeza: ése era su plan, así era como también lograría, hasta el día de su muerte, mantenerse tal y como un día su madre vino a traerle a este mundo. ¿Cómo iba a pasarle factura el diablo, marcando su cuerpo hacia lo animal, de algo que ni siquiera había gastado?
En la noche que sigue a un día de duro trabajo, era costumbre y pasión la de Tomás por los caldos. Una agitada noche de esas en la taberna, noche de descanso, como solía llamarla su infatigable amigo Prudencio, en que vaso a vaso había sido más fuerte el vino. Noche que explica y aclara la forma en que el bueno de Tomás venía a ver el mundo. Se ha hablado de su virtuosa lucha del reparo por seguir, por mantenerse lo más humano posible, lucha que a veces traía consigo las dulces decepciones que el hombre tiende a cosechar, por aquello de que no hay cosa más humana que la simple debilidad, y a veces hasta el puro vicio. Don Tomás estaba más decidido en la versión del brujo, pues con honesta honradez, y pese a su fanática fe, seguro estaba de poder ser más un brujo frustrado que un santo. De alguna manera se tendría que medir ahí arriba la virtud y llevar buena cuenta de nuestros actos, para, tras la muerte, alcanzar esa gloria, la de las almas tranquilas. Quizás por eso, pensando en todas esas tablas y gracias al puro examen de conciencia, estaba seguro que aún era mucho lo que le faltaba y eran todavía más las cosas buenas que estaba destinado a hacer a esta tierra. Eran demasiadas las necesarias para que, al llegarle su hora, se pudiera, con falso orgullo, considerar a sí mismo un santo.

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#4

Así, con el cantar del gallo, decidido estaba, como siempre en su ya rutinaria tarea, esta vez con la cabeza un poco perdida (ahogadas las voces, nublada la vista), delante del espejo, preparado para la exploración. Recuento de todas sus partes, miembro a miembro, trazo tras trazo, sin olvidar ni un simple pelo, pues llevaba buena cuenta de cualquier forma y posible tamaño, que conocía por la observación del reflejo de aquella superficie pulida que, apartada en un rincón por su gran tamaño destacaba entre todos los sencillos muebles y adornos del dormitorio. Así, a primera vista, tras contemplar ese reflejo, algo engañoso por la borrosa visión del que no se ha conseguido despertar, apareció eso que tanto y a lo largo de todas esas mañanas había llegado a temer. Estaba ahí, en su frente, un bulto, que no por pequeño dejaba de ser menos evidente. “No, no puede ser, el espejo debe estar sucio”, pensó, “o a lo mejor es el vino enturbiándome la mente” Esa misma mente era la que se empeñaba en tejer todas esas ideas, que como un muro, se levantaban ante la oleada de terror que recorría su cuerpo, naciendo de muchos lugares pero yéndose más tarde a estrellar en su corazón, encongiéndolo en la angustia. Se acercó al espejo, lo frotó con su manga, y armándose con los restos de toda su rota esperanza, volvió una vez mas a mirar, para solo ver lo que en un principio se empeñaba en negar.

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#5

El bulto ahí estaba, como una parte más de la simple realidad. Ahora hasta parecía estar creciendo, habiendo casi doblado su tamaño. Fuera de toda duda, fuera de toda esperanza, Tomás cayó en un pozo de desesperación, de impenetrable oscuridad, la misma oscuridad de la que una bestia desbocada salta para clavar sus colmillos ansiosos y, tras desgarrar con dolor la carne, sacia la sed en la sangre que mana de las heridas engendradas por el miedo. Miedo, el más profundo, aquel dirigido hacia esa cosa que se teme por encima de todo, de la que es totalmente imposible alejarse. Con los ojos vacíos Tomás se sentó en su cama. Era como si estuviera realmente muerto: una parte de su alma, ahí dentro, yacía desmembrada. Nada hizo, no se movió ni para probar bocado. Por su mente solo navegaba una idea, que lo mantenía anclado en un estado totalmente ajeno a la realidad, como si Tomás ya no fuera Tomás, sino una estatua olvidada, una estatua perdida, dejada a su suerte y rota por el tiempo. Era pobre y desgraciado, no había duda de que ahí, en su frente, nacía el que sería su primer estigma: la marca que don Tomás atribuía al bulto era el claro nacimiento de un cuerno. Ese día se sintió derrotado, pues a pesar de todos sus desvelos la maldición, al final y en esa mañana, había acabado venciendo, como burlándose de todos esos vanos esfuerzos, acercándolo aún más al brujo que escondía dentro, dejando un poco más atrás al hombre que un día creyó conocer.

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#6

No fue hasta el siguiente amanecer cuando Tomás reunió el valor necesario para inspeccionar, él mismo y con sus manos, aquel bulto. En su cabeza se había formado una clara imagen, con formas y dimensiones indudables, que tendría, en esos momentos, el mítico cuerno.
Difícil expresar el alivio experimentado por Tomás al palpar y comprobarlo ante el espejo: no había tal cuerno, pero el bulto aun estaba ahí y seguía creciendo. El tiempo parecía haberse aliado, dándole la oportunidad de enfrentarse al destino que la maldición le había volcado, así que se encaminó hacia el el único lugar donde podría sanar su alma.
Corrió a través de todo el pueblo, sin importarle nada más que la visión de la aguja del campanario. Ésta crecía al acercarse a la casa de Dios, donde don Braulio encontraría remedio y fin a su cuerno, ya que era un buen hombre y el más cercano a Dios en todo el pueblo, siendo como era un ministro de su fe.
Y así, don Braulio encontró al bueno de Tomás a los pies de la figura del patrón, rogando entre susurros.

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