Helienne
Rango3 Nivel 13 (170 ptos) | Cuentacuentos freelance
#1

Le dolían las manos de practicar acordes y el ardiente escozor de sus ojos hacía que las notas de la partitura se vieran borrosas. Pero no podía detenerse, nunca era suficiente, no era una ejecución perfecta, al menos no del tipo de perfección que contentaría a sus padres. Qué ganas de salir volando y perderse como una de las notas que inundaban el aire escapando del piano. En aquella familia no era más que un peón movido por las manos de sus padres. La vida era como el ajedrez, siempre a expensas de otro y con la muerte dándole jaque pero era imposible pactar tablas, sólo esperaba, con el tiempo, poder ser dueña de su propia partida.
Suspiró ahogando un sollozo y posó las trémulas manos sobre las teclas. Quiso mirar disimuladamente a su alrededor por si al menos le estaba permitido derrumbarse durante un instante sin nadie cerca que la juzgase. En su lugar, se enderezó, inspiró hondo y volvió a tocar.
Acabaría aborreciendo la pieza, como tantas otras. Esperaba no acabar detestando la música, sería tan injusto como renegar de la primavera por el único pinchazo de la espina de una flor.

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Cristina_Ogando
Rango7 Nivel 33
hace más de 4 años

Es posible odiar la música...espero que a ella no le pase >.<

Egoclastia
Rango12 Nivel 55
hace más de 4 años

Yo también conozco el triste caso de acabar aborreciendo algo tan hermoso como la música. Me recuerda a la mítica escena de la Naranja mecánica, cuando el protagonista dice que es un crimen que lo obliguen a asociar a Beethoven con las nauseas y el malestar. Creo que algo así le pasa a los niños que tocan a la fuerza...

Helienne
Rango3 Nivel 13
hace más de 4 años

Disculpad, no es que no aprecie vuestros comentarios, de hecho agradezco que os hayáis tomado el tiempo de leer y comentar pero ayer me dio una crisis de jaqueca de esas que me inhabilitan para ser persona y no tenía ánimos para nada. Y sí, los padres tiranos son de lo peor para la educación de un niño.


#2

La infancia atesora entre sus recuerdos olores, sonidos, imágenes y colores que al ser evocados nos transportan a aquella tierna etapa. Para Erika, sin embargo, revivir aquellas sensaciones que sus sentidos habían apresado en su niñez no era algo agradable. Se empeñaba en tratar de alejar todo aquello con lo que pudiese rememorar aquellos años.
A veces ocurre que las familias presentan una gran ambivalencia entre la imagen que se ofrece de cara al público y la que realmente impera en la intimidad del hogar familiar, de puertas para adentro. Desde que tenía la capacidad de albergar recuerdos, Erika había percibido claramente esa dualidad en su familia. Siempre la había maravillado el comportamiento de su madre en las distintas reuniones sociales, sus gestos de cariño casi coregrafiados, los besos, los abrazos y las melifluas sonrisas obnubiladas que les dedicaba a ella y a sus dos hermanos. Esa fachada de familia perfecta siempre lograba conmover y agradar a quiénes estuvieran presentes que no dudaban en alabar lo unidos que parecían estar. Por su parte, su padre, no tan cariñoso, se encargaba en deshacerse en halagos hacia sus hijos explicando lo orgulloso que se sentía de ellos.
Pero la realidad era bien distinta, cuando no había que aparentar y ya en la soledad de su casa sólo había gritos, reproches, golpes… Erika era la menor de tres hermanos y única hija de una familia bastante acomodada. Se podía decir que sus padres pertenecían a una pseudo-aristrocracia. Sus antepasados lejanos apoyaron un régimen autoritario que controló el país ya que compartían la ideología del gobernante que se alzó en el poder y con ello consiguieron hacer fortuna. Aquella idiosincrasia recalcitrante y anquilosada había pervivido con más o menos calado durante generaciones y los tres hijos sufrían sus efectos. Si el Estado confiaba su destino a su gobernante ya que poniéndose en sus manos lograría el bien común, en su casa se reproducía un microcosmos similar: el bien común sería asegurado por los adultos de forma que los tres hijos debían seguir sus designios y sacrificarse por el bien común.
Aquella férula paterna atosigó a Erika pero esta no se dejaba engatusar y desde muy pequeña notaba la tiranía de sus progenitores y cómo habían pervertido el fin inicial del supuesto bien común familiar para trocarlo por sus propios intereses y aspiraciones. Sus padres les decían cómo vestir, comportarse, qué libros leer y qué música escuchar. Su educación era exquisita pero también espartana, nada era improvisado y todo se planificaba hasta el más milimétrico detalle, no era casual que, por ejemplo, los tres hermanos cursasen estudios en el conservatorio y el piano de su hogar casi siempre estuviera derramando acordes. Pero nunca era suficiente para ellos, estos nunca estaban satisfechos ni con su implicación ni con su talento. Aún así, parecían estar cultivando perlas o tallando diamantes en bruto ya que con aquella educación pretendían potenciar sus aptitudes y así encaminarlos a un futuro profesional lo más acorde posible con ellos.
La pequeña Erika siempre había sido una niña raquítica, enfermiza, tímida y huidiza. Prefería quedarse horas encerrada en su habitación leyendo antes que salir a jugar, encontraba en los libros paraísos a los que huir para dejar a un lado la gris realidad que la rodeaba. Si por un casual abandonaba aquel refugio era frecuente verla soñando despierta, tal vez con la imaginación en aquellos mundos que sus lecturas habían erigido en su mente.

Entre los tres hermanos parecía haberse instalado una guerra abierta como si no tuvieran bastante hostilidad con el trato de sus padres hacia ellos. Erika lamentaba que no fueran capaces de unirse y oponerse a la educación de sus padres, empezar su particular rebelión. No obstante, tal vez el hecho de no ser lo suficientemente buenos para sus padres los había llevado a competir entre sí. El hermano mayor de Erika, Aiden, acabó siendo cirujano aunque según ella su carácter macabro lo llevaría a decantarse por la medicina forense. Y William, el mediano, contra todo pronóstico, se hizo policía. Su carácter violento e impulsivo lo llevaron a ello y a practicar deportes de contacto, de ahí su decisión.
No obstante, en mitad de aquella rivalidad, Erika comprobó para su asombro que William le defendía de las burlas de su hermano mayor y de sus compañeros de clase, además de ponerse de su parte en algunas discusiones con sus padres. Erika creyó que hallaría un poderoso aliado en William pero este sólo le acabó demostrando lo inútil y enclenque que parecía ser. A modo de venganza, Erika le retaba en alguna que otra partida de ajedrez, había leído monografías sobre el tema hasta poder conocer el juego y las victorias sobre el tablero frente a su hermano, comenzaron a convertirse en pequeñas victorias personales. Por otro lado, empezó a interesarle aquel juego de estrategia se le antojaba una manera de ordenar el caos y hacer que triunfase lo correcto entre aquellos movimientos precisos.
La arrogancia de William la llevó a comenzar a practicar esgrima y defensa personal, disciplinas para las que sus padres pusieron objeciones pero que terminaron por aceptar ya que encajaban bastante bien en aquella refinada educación. Con ello buscaba sentirse mejor consigo misma y además poder prescindir de la ayuda de William puesto que Erika sospechaba que tarde o temprano su hermano se encargaría de reprocharle toda su ayuda sin haber recibido nada a cambio. Para cuando Erika llegó a la edad de elegir una carrera universitaria había dejado atrás su faceta de niña delgaducha y pusilánime para transformarse en una joven atlética y decidida.
Escogió la carrera de Derecho, una forma a gran escala de mejorar el mundo y proveer justicia, como el ajedrez. Sus padres se negaron a ello pero Erika había logrado sobreponerse poco a poco a ellos a base de pequeñas y graduales demostraciones de rebeldía. Si bien era cierto que le recomendaban estudiar literatura y que era una materia que no le desagradaba, Erika se sentía especialmente atraída por el mundo jurídico y el impacto que aquellos conocimientos podrían tener en la realidad.
Los primeros meses de clase se sintió reconfortada pero pronto fue creciendo en ella un desasosiego, un malestar, una incomodidad que le decían que aquel no era su sitio como si hubiera descubierto que sus ideales eran colosos vacíos o que no podía echar raíces. Decidió, por tanto, tomar sus ahorros y marcharse, dejar atrás el hogar familiar el cual creía una de las grandes fuentes de aquella desazón. Pidió a William un arma puesto que se sentiría insegura al viajar y este se la consiguió y la enseñó a disparar de forma algo rudimentaria en algunas clases antes de su marcha, haciéndole prometer que se lo compensaría en un futuro, aunque tal vez sólo quisiera volver a reírse de ella demostrándole ser superior y perderla de vista.
Erika viajó al sur, lejos de su país natal. Se matriculó de nuevo en la universidad retomando poco a poco las ganas de aprender pero cuidando siempre de sus ahorros. Buscando una forma de conseguir ingresos encontró trabajo en una floristería, se le daba bien la jardinería y desde pequeña había ayudado a cuidar el jardín de la mansión en que vivía, aplicando los conocimientos que había leído. Las flores y las plantas le transmitían calma, sus sutiles cambios le recordaban a los de cualquier persona y en ocasiones les tomaba más afecto a su belleza efímera pero sincera que a los propios seres humanos.
Aquello cambió cuando una noche de insomnio tras una de sus frecuentes pesadillas pobladas de terrores infantiles salió a correr por la parte más céntrica de la ciudad. Un ladrón la asaltó, amenazándola con una navaja. Por suerte no se amedrentó y sus conocimientos de defensa personal la llevaron a revolverse y forcejear hasta conseguir tomar la navaja. Dialogó con el ladrón y le hizo prometer que no volvería a delinquir, no creyó su promesa pero sí que se sintió poderosa y entonces tomó la determinación de hacerse asesina a sueldo. Con ello esperaba restituir la justicia que a través de sus estudios de Derecho creía que no podría enmendar del todo. Recordó el arma que su hermano había conseguido para ella y dictaminó que sólo elegiría objetivos y casos con móviles y sujetos que suscitasen su interés y se ajustasen a sus valores y moral.
En las partidas de ajedrez había que matar al rey para ganar, tal vez para hallar la justicia fuesen necesarias ese tipo de acciones. Por ello, como sello distintivo adoptó el siguiente: dejaría una dama blanca del ajedrez junto a sus víctimas junto con una tarjeta de visita con las palabras “Jaque-mate”. La dama era la pieza más valiosa del ajedrez y las blancas movían primero, esperaba que aquella simbología se convirtiese también en su peculiar amuleto. Fue esta particular decisión la que la hizo ganarse el sobrenombre (en parte autroproclamado) de “la reina blanca”.

Hace más de 4 años

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#3

Empezaba a amanecer. Los esquivos y pálidos rayos de sol reptaban por el suelo hasta escalar acariciando las sábanas del lecho. Erika despertó tras un sueño inquieto, era la condena que estaba condenada a sufrir por su ritmo de vida. Se incorporó lentamente, fue hasta el salón y observó a su alrededor: en la mesita baja descansaba un ordenador portátil aún abierto, un plato, un vaso y restos de comida, señal de que se había pasado hasta altas horas de la madrugada trabajando.
El día, un lunes otoñal que para los locales sería gélido, a ella se le antojaba templado e incluso idílico. Se miró en el espejo contrariada, quizás era el momento de cambiar de vida, tal vez aquella locura había durado demasiado, había llegado demasiado lejos… decididamente, aquella promesa fallida revoloteaba por su mente muchas veces sin resultado, y permanecía como mera intención sin llegar a más. Sabía que aquel propósito era renunciar a su identidad, que, por otro lado, había forjado personalmente con trabajo y empeño.
Se contempló atentamente frente al espejo quizá buscando situarse y despejarse entre las brumas del sueño. Sus rasgos casi angelicales resplandecían con aún más fuerza en su juventud: alta, atlética, con una melena del rubio más blanquecino y ojos celestes de una transparencia felina sólo rota por la negrura de la pupila.
Erika sintió todo el peso de aquel lunes rutinario sobre sus hombros. Tras consultar la hora concluyó que no llegaría a tiempo a su trabajo, por lo que no trató de apresurarse. Había logrado un empleo en una floristería cercana cuyo salario apenas le permitía cubrir los gastos. Sin embargo, era un modo de guardar las apariencias, no era su “verdadero oficio”, aunque trabajar entre violetas y orquídeas la tranquilizaba. Irónicamente cuidaba con mimo y solícita atención todas aquellas plantas, incluso experimentaba una leve desazón existencial si las veía marchitarse, pero no se amedrentaba a la hora de apretar el gatillo. La belleza de las flores es sincera, la belleza de las personas es la que suele ajarse, eso era lo que se repetía mentalmente como un mantra para mantenerse apegada a aquel prosaico oficio.
Procedió a tomar una ducha con la que sacudirse el cansancio. Envuelta en una toalla blanca, sintiendo la frialdad del mármol bajo sus pies y de la constelación de minúsculas gotas de agua que serpenteaban caprichosamente por su espalda avanzó hasta el salón y se sentó frente a su ordenador. Meditaba si acudiría a su trabajo aquella mañana, un probable despido no la preocupaba, aunque ante la posibilidad de abandonar a sus flores sintió cierto amago de desdicha.
Tomó de la mesita la más reciente de las varias tarjetas de cartulina que había recibido en su buzón. No tenían firma, estaban manuscritas y contenían mensajes enigmáticos, lo que le indicaba que quizá se trataba del intento de un “cliente” por contactar con ella. La persona que realizaba los envíos debía personarse para introducirlos en el buzón de Erika, por lo que conocía su dirección. Ignoraba cómo alguien podía haberla encontrado con tanta facilidad. El apartamento en que vivía era el quinto en que lo había hecho desde que llegase al país. Por otra parte, el hecho de que su anónimo cliente (o rival) las escribiese de su puño y letra denotaba un interés personal y firme por llamar su atención. Además de un rasgo de inexperiencia. La letra es una manera muy sutil de darse a conocer cuya importancia suele ser ignorada por la gran mayoría de la gente.
Aquel misterio estimulaba su curiosidad y la incitaba a resolverlo. A pesar del peligro al que podía exponerse tomó la determinación desentrañar el asunto por completo. Colocó las tarjetas por orden cronológico y las analizó detenidamente, la caligrafía era puramente femenina, aunque con trazos infantiles y erráticos. Los mensajes se habían hecho cada vez más complejos y elaborados, al menos hasta la última tarjeta, que había aparecido en su buzón una semana atrás. Su lacónico y amenazante contenido rezaba: “si realmente te interesa salvarla, ven a verme” a modo de ultimátum e incluía una dirección, un día y una hora para celebrar un encuentro. No sabía a qué se refería y no se había molestado en pensar en ello hasta precisamente aquel lunes de fines de octubre, fecha en la que, si acudía, tendría la ocasión de encontrarse con aquel anónimo remitente.
Optó por asistir a la cita, si se trataba de una amenaza debía combatirla frontalmente. Se vistió enseguida y se maquilló lo suficiente como para disimular la mella que las pocas horas de sueño y descanso habían dejado en ella. Le quedaba bastante tiempo hasta la hora convenida, sin embargo, como para mentalizarse se enfundó unos guantes de piel negros y cargó su Walther P99, su leal compañera de fatigas. Luego tomó la dama blanca modelo Staunton que tenía preparada para su próxima misión, junto con la tarjeta en que se podía leer “jaque mate” y lo introdujo todo en su bolso.

Hace más de 4 años

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#4

La cafetería, de estilo inglés, se encontraba en una céntrica zona de la ciudad. Erika entró y paseó su mirada distraídamente por el lugar, fingía desinterés, su cliente ya la habría localizado y contactaría con ella, no debía apresurarse. Se dirigió a la barra aspirando el fuerte aroma a café y comprobó que se hallaba casi vacía, puesto que era bastante temprano. Pidió un té verde y abonó el importe. Junto a ella se sentó una joven morena de pelo corto y rizado, que la observaba sin afán de disimular, dominada por la inquietud. Erika se sonrió, jamás se había enfrentado a una situación tan curiosa.
-Tú debes ser…-comenzó su interlocutora con un hilo de voz.
-Sentémonos allí,-sugirió Erika señalando una mesa apartada, bajo el hueco de la escalera que subía hacia el comedor-¿Te parece?
No quería que ningún camarero o cliente pudiese captar parte de su conversación, cosa que aquella inexperta joven parecía no considerar. Avanzaron hasta la mesa y tomaron asiento la una frente a la otra. Erika bebió un sorbo de té sintiendo su amarga calidez unida al penetrante frescor de la menta y la hierbabuena. Luego observó a la joven que tenía delante, el rostro demudado por la preocupación. Era bastante joven, posiblemente aún fuese menor de edad, sus enormes ojos de un tono castaño con trazas de ámbar parecían cuestionarla por las razones que tenía para dedicarse a un oficio tan extraño y arriesgado.
-Mi nombre es…-empezó aquella chica tal vez creyendo que la educación era esencial hasta en un encuentro de tal calibre.
-No digas algo de lo que puedas arrepentirte.-la interrumpió Erika de nuevo con una sonrisa cómplice-Evidentemente no tienes ni idea del peligro al que te expones.
La joven sopesó la advertencia y asintió en silencio. Erika se sintió aliviada, no parecía que aquella chica constituyese una amenaza, pero no debía confiarse.
-Escúchame, no quiero saber nada de ti, los únicos datos que me interesan son los de tu objetivo a eliminar, el resto es irrelevante.-sentenció Erika con firmeza aunque con un deje casi melódico-Cuanto menos sepamos la una de la otra será mejor para ambas, ni siquiera deseo saber cómo has llegado a saber de mi existencia, aunque confieso que me intriga, ¿comprendes?-explicó Erika.
Apreció el entendimiento en la expresión de su cliente e hizo una pausa para valorar las circunstancias, la posible misión se le antojaba interesante y divertida.
-¿Quieres tomar algo?-inquirió Erika cortésmente, ante la negativa prosiguió:-Mira, acostumbro a utilizar nombres en clave con mis clientes para evitar problemas y reforzar la confidencialidad, a partir de ahora te llamaré “Black Hair” y tú sólo me conocerás como “White Queen”, ¿tienes algún inconveniente?
-No, obviamente es lo más sensato.-accedió Black Hair con voz aún temblorosa, aunque Erika percibió que se encontraba más serena e incluso algo entusiasmada.
-Bien, pues, ¿Cuál es la jugada?-cuestionó sacando la dama blanca y colocándola sobre la mesa-Cuéntame todos los detalles y los motivos que te llevan a matar a tu objetivo, solamente lo aceptaré si creo que mi intervención actúa a favor del restablecimiento de la justicia, esa es la única condición.
La posible cliente suspendió su mirada sobre el trebejo que Erika había apresado con su mano izquierda, perfilado sobre el negro cuero de los guantes que ésta lucía. Luego inspiró profundamente mientras pensaba de qué manera podía relatarle su historia a la asesina para que aceptase su caso. La observó con gesto suplicante no exento de admiración y pavor a un mismo tiempo.
-Se trata de un chico que vive en el mismo edificio que yo. Vivo en un piso de estudiantes, él vive con su abuela pero tiene serios problemas de adicción y bueno…-su voz se quebró y Erika percibió un audaz destello en sus ojos que presagiaba la presencia de una lluvia de lágrimas-se comporta muy mal con ella. Sus padres murieron en un accidente y la pobre señora se hizo cargo de él desde entonces, aunque no la deja vivir. Hemos denunciado pero… ¡Tienes que hacer algo!
Erika apuró la taza de té y consideró la propuesta, no era un encargo convencional pero había algo que la hacía dudar.
-Tú no quieres matarlo,-apuntó la asesina con una sonrisa de suficiencia-de lo contrario me lo habrías dejado claro. Nunca he aceptado este tipo de trabajos que me ofreces, si te soy sincera. Es muy honesto, muy justo lo que me planteas pero, ¿tienes idea de lo que me supondría dejar un testigo vivo?
Black Hair bajó la mirada ante la reprimenda casi maternal de su interlocutora, sin embargo, en su fuero interno admitía que estaba en lo cierto.
-Tengo mis convicciones y mi metodología: “veni, vidi, vinci”. Apunto, disparo y me voy, no me ocupo de filosofar o disertar sobre cuestiones morales con el objetivo con el fin de que mude su conducta, eso no me corresponde.-precisó White Queen.
El plan de su cliente tenía numerosas fisuras, su historia la había absorbido por completo pero era una locura. Nunca se había replanteado las consecuencias de sus actos, eso la habría llevado a abandonar, sólo le interesaba que sus clientes estuviesen seguros de su decisión.
-Mira,-White Queen se sentía bastante incómoda y algo culpable, pero no podía inmolarse de aquel modo así que se removió en su asiento-sigue ahorrando y espera a que me licencie en Derecho, si algún día lo hago, ¿de acuerdo?
Black Hair derramó un par de lágrimas silenciosas presa de la rabia, entonces Erika supo que le quedaba la última alternativa.
-¿Estás dispuesta a llegar hasta el final, a acarrear con el sentimiento de culpa y a asumir las consecuencias?-cuestionó con voz queda y colocando una mano sobre su hombro-Te advierto que puede destruirte, condicionaría toda la hermosa vida que te queda por delante. Yo aprieto el gatillo y me desentiendo, pero ¿y tú?
Su cliente la miró directamente por primera vez y su penetrante mirada destilaba una seguridad aplastante, era todo lo que necesitaba para seguir adelante.
-Este sábado acompañaré a su abuela a hacer las compras necesarias. La ayudo siempre que me es posible, se ha convertido en mi segunda madre.-expuso con una nostalgia que demostraba el afecto que sentía hacia ella y su interés en protegerla-Tú aprovecharás y entrarás en la casa, el resto, ya lo sabes.

Hace más de 4 años

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#5

Aquel sábado se levantó temprano, la adrenalina previa al cumplimiento de una misión la había mantenido durante la noche sumida en un duermevela disperso, a pesar de que todo lo tenía planeado. Era un sábado soleado y luminoso, presidido por un cielo diáfano, radiante. Se duchó y se vistió con un sencillo traje de chaqueta granate, además se caló una peluca rojiza para evitar ser reconocida.
Black Hair le había dado autorización para decidir sobre la vida del objetivo, algo que la convertía en una juez suprema, nunca había tenido tal potestad. Por todo ello, intuía que aquella misión tenía suma importancia, era el encargo definitivo, con él tendría la posibilidad de decidir con todas las garantías si continuaba o abandonaba la profesión, algo que era materialmente imposible pero en lo que, llegado el caso, pondría todo su empeño.
Entró en su coche y condujo hasta el lugar indicado, un modesto barrio situado cerca de un polígono industrial. Aparcó cerca del portal y esperó dentro del vehículo hasta que vio salir a Black Hair del brazo de una señora de avanzada edad, cuando ambas se hubieron alejado, salió de él.
Se adentró en el edificio, olía a humedad y la pintura cubría a retazos las paredes, la estrechez de la escalera le mostró que no había ascensor y los diminutos ventanales apenas aportaban luz natural a aquella negrura polvorienta. Llegó hasta el primer piso y comprobó que no había nadie que pudiese verla, después llamó al timbre.
Abrió un hombre que según las indicaciones rondaría la treintena aunque cualquiera diría lo contrario dado su aspecto: desaliñado, demacrado, enjuto, con la barba rala en la que las canas formaban extrañas agrupaciones, como dibujando formas caprichosas. Posó sus diminutos y hundidos ojos desprovistos de brillo en la recién llegada, sin entender.
-Buenos días, ¿es usted el señor de la casa?-cuestionó la mujer de forma afable sacando una carpeta de su bolso-Me gustaría hacerle unas preguntas sobre el estado de su vivienda.
-No me interesa.-espetó con aspereza sin ánimo de dejarla proseguir.
La asesina le impidió que cerrase la puerta colocando el pie como tope. Sacó su arma y apuntó al estómago de su objetivo.
-Insisto, déjame pasar.-musitó con dureza, dejando a un lado la fingida y convencional amabilidad previa.
Entró en la casa sin dejar de apuntar a su objetivo. Aquel hombre estaba desconcertado, pero pese a tratar de disimular el pánico no apartaba la vista de la boca de la P99 que no le había dado tregua desde que Erika entrase.
-¿Quién eres tú?-quiso saber mientras se alejaba de ella y miraba a su alrededor buscando alguna escapatoria inexistente.
-La que ahora mismo está en posesión de tu insignificante y mísera vida.-respondió la reina blanca clavando sus ojos en él, instándole a detenerse.

Hace más de 4 años

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#6

Black Hair tuvo que lidiar con los constantes comentarios de su vecina señalando que aquella mañana “estaba muy rara”. No obstante, mientras la morena acarreaba con las bolsas repletas de fruta, pan y otros comestibles con gesto ausente no podía dejar de sentirse culpable. Ahí estaba la contrición de la que la asesina le había advertido encarecidamente.
Recordó que había visitado a la Reina Blanca aquella semana. Sus pasos la llevaron de manera casi inconsciente hasta el céntrico barrio de callejuelas estrechas en el que la joven y temible asesina habitaba, a pesar de que la distancia que mediaba entre su hogar y el de la misma era bastante considerable. Sin embargo, aquel camino se había convertido en una rutina obligada durante los meses en que se esforzó con sus anónimos en tratar de atraerse su atención.
Aquel martes en concreto, a pesar de saber que le había dado su palabra de tomar el caso, se encontró frente a su puerta como en una ensoñación y sintió un imperioso impulso de volver a hablar con aquel enigmático personaje. Aquel barrio fresco, de calles angostas estaba imbuido en la sombra y le parecía un entorno demasiado idílico, demasiado lejano, demasiado ajeno, como la mujer a la que se disponía a visitar. El plañir de una campana marcaba la cotidianeidad y las horas, como si se tratase del pulso de un espíritu invisible que todo lo dominase de manera imperceptible.
Accedió al antiguo edificio, su vista se dirigió de nuevo al conglomerado de buzones y colocó la mano sobre el que pertenecía al tercer piso, no había nombre del inquilino. Suspiró contrariada mientras trataba de interrogarse sobre su presencia en aquel lugar en el que no terminaba de encajar. Escuchó unos pasos que consiguieron hacer gemir la desvencijada madera de la escalera y quedó petrificada sin saber cómo reaccionar.
-No me lo digas, reflexionaste y has cambiado de opinión…-la cantarina voz de la rubia la hizo sobresaltarse.
Se volvió hacia ella, se hallaba en la parte más alta de la escalera y esbozaba una sonrisa con la que mostraba su sorpresa. Tras un breve silencio en el que dudó entre huir y tratar de componer una respuesta, volvió a hablar:
-Sube. Supongo que necesitas decirme algo y yo estoy segura de que necesito alguien que me escuche. Nuestros intereses materiales coinciden, así que…
Sin insistir en su hospitalaria invitación la asesina comenzó a subir las escaleras de nuevo haciendo tintinear un manojo de llaves a modo de reclamo. La morena comenzó su ascenso poco después y al llegar halló la puerta de madera blanca y lacada entreabierta, en un derroche de confianza de la propietaria y entró. Era mejor mantener toda conversación que pudiese surgir entre ambas en un lugar apartado.
White Queen regresó al salón y acondicionó la mesa para que su invitada pudiese tomar asiento fácilmente apartando todo el caos de papeles y libros que la dominaba casi por completo. La asesina sonrió otra vez tratando de componer así una muda disculpa por aquel desorden pues obviamente no acostumbraba a recibir visitas, finalmente le indicó a la chica de oscuros cabellos que se sentase, aunque ella permaneció en pie, apoyada sobre el respaldo de una silla, contemplando el suelo con una divertida expresión en su rostro, como una niña que se empeña en resolver un complejo acertijo de un juego de pistas.
La visitante la observó, llevaba unos vaqueros oscuros, un jersey de lana rojo cereza y una boina negra, indudablemente cuando la había encontrado bajando se disponía a dar un paseo o simplemente a realizar algunas compras de poca importancia.
-Está bien.-susurró la asesina al fin con cierta condescendencia-Una partida.
Para asombro de la joven, la rubia tomó un diminuto tablero de ajedrez y se lo colocó justo delante, haciendo girar la superficie de cristal del mismo con el objetivo de determinar qué color manejaría cada contendiente.
-Sólo una partida.-repitió en tono grave para dejarlo claro aunque tal vez aquellas palabras fueran una reflexión en voz alta-Cuando hayamos acabado te marcharás y no me volverás a ver, ni siquiera el sábado. A ninguna nos conviene que nos relacionen, especialmente a ti.
La de pelo bruno asintió aliviada y comprobó que las negras le habían tocado en suerte, la Reina Blanca jugaba en su territorio.
-Voy a preparar algo, pero esta vez no me niegues la invitación, por favor.-suplicó su anfitriona de manera solícita.
-Tomaré lo que tú.-accedió ella rápidamente, evitando contrariarla y que le pidiera que se marchase.
Era tarde y comenzaría a anochecer en apenas un par de horas, por lo que se preguntó qué sería lo que le ofrecería. La oyó trajinar en la cocina con lo que se levantó y se tomó la licencia de inspeccionar el apartamento: cajas a medio desembalar, archivadores, libros, una nutrida colección de discos de música y vinilos todos ordenados alfabéticamente junto a un gran aparato para reproducirlos en un rincón y en especial muchas flores, en jarrones o simples vasos además de en el grupo de maceteros que presidía el balcón que se asomaba al patio interior del edificio. Había violetas, orquídeas, lirios, crisantemos, malvas y algún que otro geranio. Jamás pensó que alguien como ella se interesase por la jardinería, aunque la delicadeza de las flores quizá la hacía abstraerse de la aparente crueldad de su rutina. Observó luego los libros apilados sin orden ni concierto y se maravilló de la exquisitez de aquella biblioteca. Su anfitriona colocó sobre la mesa una bandeja con un par de porciones de tarta de queso, dos diminutas tazas de té de fina porcelana con una filigrana de flores azuladas sobre fondo blanco y un recipiente metálico repleto de terrones de azúcar. La Reina Blanca comenzó a servir con parsimonia el té en ambas tazas y su invitada, diligente, se apresuró a regresar a su sitio. Tomó asiento y esperó a que su anfitriona terminase para probar aquella amarga infusión, mezcla de té negro y verde, con trazas de hierbabuena y menta.
La mayor se cruzó de brazos y reflexionó unos segundos hasta adelantar dos casillas el peón de reina. El juego había comenzado y la conversación también, aunque a ambos les esperaba el mismo final.
-Tiene que haber una razón…-se encontró murmurando la morena al tiempo que su mano sobrevolaba el ejército de trebejos planeando su jugada.
-Sí.-respondió la otra chica tras captar el trasfondo de las palabras de su invitada-Tiene que haberla, pero lo único que he podido averiguar es que el ser humano no puede ser un esclavo de su pasado, si no quiere avanzar a ciegas por el futuro. Sin embargo, las razones pueden ser útiles y congruentes en un momento determinado, aunque eso no quiere decir que su validez se mantenga eternamente.-compuso una sonrisa quebrada, nostálgica y estoica que apagó el brillo azul de sus ojos.
-¿Te arrepientes, entonces?-cuestionó inesperadamente, no quería tratar de que aquella asesina cambiase su idiosincrasia, pero la pregunta brotó sin que pudiese remediarlo, deseaba fervientemente comprenderla.
-Lo único que sé, es que todo esto ya me supera.-apuntó mientras cerraba los ojos en un gesto de dolor.
Black Hair apreció la violenta crisis emocional que sacudía a la Reina Blanca como una tormenta que cruzaba la estancia y quiso decirle que se olvidase de su misión, que desistiese, pues le inspiraba lástima. No obstante, supuso que aquella sensación de hallarse al borde del abismo debía ser consustancial a su propia naturaleza.
La joven morena comprobó que había sufrido muchas bajas en la partida, las piezas de cristal oscuro derramaban sobre la superficie de la mesa sombras profundas como lagos de petróleo. Su enemiga iba tomando posiciones en el tablero con lentitud y seguridad mientras que ella sólo podía replegarse. Su tiempo se acababa pero la asesina parecía obrar con condescendencia, otorgándole un lapso mayor, aunque sabía que el rey negro sufriría una lenta agonía.
-¿Nunca te has sentido culpable? ¿Nunca te has odiado por hacer lo que haces?-indagó para ganar algo de tiempo planificando su jugada.
La interpelada terminó de ingerir el resto del té y dejó vagar sus ojos sin rumbo fijo buscando desprenderse de toda emoción para responder:
-Rousseau nunca tuvo razón, no somos buenos por naturaleza. Cuanto más inmersa me veía en mi oficio más fácil me ha resultado comprobar que el hombre es un lobo para el hombre. Ciertamente, nuestra especie ha canalizado gran parte de su ingenio a autodestruirse, por desgracia. Sin embargo, me he mantenido anclada en mis convicciones para evitar hundirme en una espiral de desprecio hacia mí misma.-Recitó, un discurso madurado durante años que emergía de lo más profundo de su mente.
La invitada observó con una mezcla de horror y contrariedad cómo una torre blanca alcanzaba sin problemas el final del tablero, poniendo en serio peligro al rey. Su oponente jugaba de manera mecánica, limpia y precisa, seguramente de la misma manera en que llevaba a cabo sus encargos. No obstante, aquellas respuestas no la satisfacían.
-Estoy de acuerdo contigo, de veras, pero aún así… no lo entiendo.-manifestó la chica de cabellos oscuros de forma pueril, tratando de hurgar en la enrevesada madeja de sentimientos de la Reina Blanca.
-Simplemente tienes que coger un arma por primera vez-comenzó la asesina colocando su mano sobre la muñeca de su sorprendida invitada-una vez que posas tus manos sobre una pistola y accionas el gatillo no hay vuelta atrás. La descarga de emociones que sacude tu cuerpo y tu mente es irrefrenable: en parte repugnancia, sí. Pero también una placentera sensación de poder y superioridad. He tratado de eliminar toda carga moral de mis actos, porque no todo lo lícito es honesto, de ahí se puede desprender que lo honesto, lo justo, no se consigue muchas veces a través de la licitud.

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#7

Ángel estaba tan aturdido que no podía siquiera pensar. Sentía un vértigo doloroso cada vez que sus ojos reparaban en aquel pozo sin fondo, el cañón del arma que le apuntaba. Su corazón latía peligrosamente rápido y la sequedad de su boca le impedía respirar con normalidad. No podía entender su situación por más que trataba de hallar una explicación racional, por tanto, sólo le quedaba la posibilidad de desandar lo andado en retrospectiva.
Recordaba los primeros años de su vida precipitándose en cascada: una sucesión de fragmentos de su memoria que se desperdigaban de manera inconexa. Su mente, obviamente siempre había tratado de borrar los recuerdos más horribles, pero ahora renacían con más fuerza, quizás porque no tenía nada más a lo que asirse. Su infancia había sido un laberinto en el que había tenido que aprender a desenvolverse en solitario. Sus padres no le prestaban demasiada atención y él nunca había tratado de granjeársela de modo que cuando estos murieron, simplemente se esforzó en pasar desapercibido, había aprendido que la soledad a veces, era mejor que el sufrimiento. Se había criado en medio de un caos en el que la ley del más fuerte imperaba sobre la ternura o la dignidad.
Ahora se cuestionaba todo su pasado, quizás no podía haberlo evitado porque al fin y al cabo las circunstancias habían forjado su personalidad, pero algo lo hacía dudar. Nada encajaba, pensó siempre que si la vida se le había escapado de forma que transcurría ajena a sus planes tal vez podía planear el fin de su camino, aunque nunca hubiese tenido el valor suficiente como para avanzar hacia el callejón sin salida. Ahora le parecía que tendría que adentrarse por aquella senda guiado por aquella extraña mujer.
No podía moverse, estaba atado a una silla, confinado en la estancia más recóndita de la casa, cuya ventana se asomaba a un minúsculo patio interior. Inspiró hondo y notó cómo su cuerpo se destensaba, lo único que podía hacer era afrontar su destino, fuese cual fuese.

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#8

La chica morena sintió la mano de la asesina sobre la propia y su gélido tacto la hizo estremecerse a pesar de que debía tratarse de un gesto de acercamiento y cariño. La rubia ladeó la cabeza y dijo en tono solemne dulcificado con una sonrisa:
-El rey está muerto.-ante la perplejidad de su invitada continuó:-Eso es lo que significa la expresión jaque mate en su lengua originaria, el árabe.
Se levantó y recogió la pieza del rey negro con firme delicadeza, temiendo hacerla añicos pero al mismo tiempo con la seguridad y suficiencia con la que un cazador se hace con su presa, aún con ella en su poder dio unas cuantas zancadas en el salón y emitió un profuso suspiro, finalmente se apostó junto a la puerta.
-Por favor, te ruego que te vayas.-suplicó la Reina Blanca en un mandato velado.
La joven se puso en pie con celeridad y se dispuso a obedecer, la mano de su anfitriona descansaba sobre la manija.
-Te pido que no vuelvas.-insistió-No quiero que todo esto se complique.
La Reina Blanca la abrazó inesperadamente, pero era como entrar en contacto con un témpano de hielo. Todavía recuperándose de aquel gesto, la morena apreció un inusual brillo en sus ojos que presagiaba la pronta llegada de un torrente de lágrimas, por lo que optó por marcharse sin dilatar más su despedida. Cuando salió a la calle llovía copiosamente y tuvo que correr hundiéndose en los charcos. Mientras sentía el frío cortante de la lluvia deslizándose por su cuello y sus ensortijados cabellos comprendió que se veía obligada a quebrantar la orden.
De hecho, la visitó durante toda la semana y la encontró cada vez más enigmática, distante y abstraída. Sus ojos se iban cubriendo de una capa vidriosa al tiempo que sus gestos y su comportamiento se hacían cada vez más extraños, imprevisible, erráticos y mecánicos. Temía el rumbo por el que pudiera decidirse y era consciente de que la estaba sometiendo a una prueba de gran dificultad. Bajo aquella presión sólo podría escapar o continuar, pero seguir adelante quizá implicase entregarse a una etapa aún más incierta que la anterior.

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#9

La dama blanca paseó por la habitación reordenando sus pensamientos. Dos. Había sólo dos balas en la recámara de su P99. Eran exactamente las justas y necesarias para cumplir con su cometido, nunca llevaba más munición que la que sabía que iba a emplear. Con una sola, si apuntaba bien y el disparo era a la distancia correcta su objetivo caería fulminado, la otra la reservaba para algo más urgente.
-Tiene gracia-apuntó ocultando su desprecio tras una fina ironía-Cuando llegué y me abriste la puerta supusiste que era una vendedora ambulante. Creo que no ibas desencaminado al fin y al cabo te estoy ofreciendo la oportunidad de cambiar tu vida o de despedirte de ella para siempre.
Aquel hombrecillo la miró impertérrito, no se apreciaba señal alguna de arrepentimiento en su rostro.
-¿Sabes? Alguien dijo alguna vez que la Justicia consiste en el conjunto de condiciones que le permiten a alguien actuar de forma libre.-Comentó ante el silencio de su objetivo, se hallaba sorprendentemente cómoda y ni siquiera había amartillado su arma de forma que esbozó una sonrisa enigmática-Lo que sí tengo claro es que Derecho no es igual a Justicia. La Justicia es algo tan simple y tan complejo como dar a cada uno lo que se merece.
-Oye, no sé de qué me estás hablando.-afirmó su objetivo con voz ronca a causa de la sequedad de su garganta-Al fin y al cabo no me vas a dar una sola oportunidad, ¿cierto?
Le dio la espalda a su objetivo paladeando la imprudencia cometida y notando cómo su pulso se aceleraba, aquella sensación de embriaguez que sólo le proporcionaba el riesgo, la adrenalina inundando su torrente sanguíneo. Amartilló su pistola e inspiró hondo a la vez que su cuerpo se tensaba, como si todos sus miembros fuesen cables de acero. Esperaba una confesión de su objetivo, un gesto de culpa, algo que le permitiese continuar poniendo en práctica su plan. El hombre se revolvió en su asiento al igual que un pez recién sacado del agua, pugnando horrorizado para que su vida no se le escapase.
“Todos somos iguales-se dijo la asesina-enfrenta al más desdichado de los seres humanos a la cercanía de la muerte y aunque se repugne a sí mismo tratará de seguir luchando por otra bocanada de oxígeno. El egoísmo del hombre, siempre ansiamos lo que hemos perdido, pero nunca queremos perder lo que tengamos, aunque no lo estimemos en absoluto. Gran contradicción.”
-¡Yo no he hecho nada! ¡Lo prometo! Por favor, dime qué quieres saber…-clamó aquel hombre al borde de la desesperación.
La rubia se volvió hacia aquel hombre, sintió la tibieza de sus propias lágrimas horadando sus mejillas y se sorprendió de su propia reacción. ¿Piedad a esas alturas? ¿O una serie de emociones yuxtapuestas e inexplicables que se ponían de acuerdo para colapsar y aflorar ahora? Sea como fuere trató de reponerse pero sólo logró murmurar con voz fría y vacilante:
-Excusatio non petita, accusatio manifesta.

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#10

Tomó todos los bártulos que había comprado junto con Esperanza y subió con ellos hasta la casa apresuradamente sintiéndose sumamente ligera, había dejado atrás a la anciana casi sin darse cuenta, mientras que una angustiante sensación de opresión crecía en su pecho, como si una loza le aplastase los pulmones: la zozobra. Depositó las bolsas de forma caótica y descuidada en el suelo de la cocina. Una enorme y jugosa manzana brillando bajo un declinante rayo de sol que se colaba por el ventanal, un orbe de rubí, se deslizó fuera de la bolsa y rodó sobre las blancas baldosas. Aquella visión la hipnotizó por un instante como salida de una profecía, un extraño presagio, hasta que con un movimiento eléctrico se percató de la razón que la había llevado allí y salió disparada internándose en la vivienda.
Comenzó a andar por el pasillo, la puerta del fondo estaba cerrada. El tiempo parecía dilatarse a cada paso hasta que oyó un disparo acompañado de su explosión luminosa. Aquello la petrificó, durante unos escasos y agónicos segundos el tiempo cristalizó a su alrededor y al volver a la realidad los acontecimientos se precipitaron, en unos segundos se abalanzó sobre la manija de la puerta, aunque no llegó siquiera a rozarla. Su aliento se heló al oír otro disparo con su consiguiente fogonazo. Temblorosa, se aferró al picaporte tratando de recobrar la entereza pero no sabía si estaba preparada para abrir y barajaba las distintas posibilidades que podría encontrarse.
Pero en cualquier caso, todo aquello sólo podía significar una cosa: jaque mate.

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