NinaCrucio
Rango8 Nivel 36 (2588 ptos) | Poeta maldito
#1

Todo había pasado muy deprisa. Estaba en su casa, me besó y después se comportó como si no hubiera tenido importancia y mi corazón no pudiera romperse en mil pedazos. Entonces salí corriendo y terminé sentada en un banco en mitad de la calle, sola y con la impetuosa lluvia calándome los huesos. Mi cazadora ni siquiera tenía capucha. Podía oír mis propios dientes castañeando. Me sentía demasiado agotada como para moverme, me dolía la misma vida… y no quería continuar luchando.
Entonces llegó él. Un completo desconocido que hizo que mi mundo diera un giro inesperado. No tenía ni idea de quién era, pero se sentó a mi lado y, de repente, la lluvia dejó de caer sobre mí. Me estaba cubriendo con su paraguas.
—Qué penita me das. —Me dijo simplemente, su voz una caricia de aire fresco en mitad del desierto, y añadió—: Pareces triste.

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#2

Mantuve el silencio durante unos instantes mientras trataba de eliminar el nudo de mi garganta y me secaba las lágrimas de la cara. Podía oír las gotas de lluvia cayendo fuertemente sobre el paraguas. Desvié levemente la mirada y vi que él se estaba haciendo un cigarrillo. Cuando terminó, me ofreció una calada sin decir palabra. Yo nunca lo había hecho, pero aun así acepté. Después se lo devolví.
—Una no puede estar siempre sonriendo —respondí al cabo de un rato, y una sonrisa afligida se asomó por mis labios—. Ah… y, en realidad, yo no fumo.
Él soltó una risa ligera.
—Puedes contármelo, si quieres. Lo que te ha pasado, quiero decir.
Y no sé cómo, ni por qué, ni en qué momento comencé a hacerlo, pero después de ni si quiera sé cuánto tiempo, le había contado toda mi historia.
—Vaya. Será mejor que te acompañe. Está lloviendo más fuerte.
Entonces se levantó y se me quedó mirando, como si fuera completamente normal lo que estaba pasando.
—Podrías ser un violador, o un asesino en serie —solté sin pensar, pues me había quedado totalmente asombrada.
—Ya, tú también —contestó tendiéndome una mano.
Me reí débilmente y al final acepté, tomé su mano y me levanté. Caminamos juntos en silencio durante unos minutos hasta que él se paró frente a un portal. Me dijo que esperara un momento y que en seguida volvería. Al cabo de unos instantes ya estaba de vuelta, y traía otro paraguas con él. Me lo dio y comenzamos a caminar hacia mi casa. El resto del camino fue tan callado como el rato anterior, pero no importaba en absoluto, porque su presencia me reconfortaba tanto como un oasis en mitad del páramo.
—Puedes dejarme aquí —le dije cuando ya llevábamos un buen rato caminando, y él me respondió que me acompañaba un poco más.
Cuando ya estábamos cerca del supermercado al que solía ir a comprar, nos paramos porque ya estaba demasiado lejos de su casa. Se quedó mirándome fijamente, y la verdad es que intimidaba un poco. Un minuto después, me dijo su nombre, que quería recuperar su paraguas y que se lo devolviera otro día.
—Búscame en las redes sociales —añadió con una media sonrisa de película, y tan rápido como había aparecido en un primer momento, se marchó.

#3

En cuanto llegué a casa y pude conectarme a internet, comencé a buscarlo por todas partes, y finalmente lo encontré en Instagram. Casi con desesperación, le di al botón de seguir. No habían pasado ni diez segundos cuando él me siguió a mí. Y entonces me mandó una foto directa con un comentario que significó para mí más que todo el oro del mundo.
«¿Ves cómo siempre sale el sol?»
Le contesté con «supongo que sí».
«Me debes un paraguas», me envió a continuación.
Y respondí: «el paraguas es de París, no me había fijado. Me encanta».
«Vaya, qué idílico todo: pasear con París sobre el techo, Audrey Hepburn empapada en un desayuno sin diamantes y sin beso bajo la lluvia y un Gene Kelly un poco más joven y sin sombrero ofreciéndole un piti sin saber que no fuma.»
Como lo que me dijo me dejó totalmente boquiabierta, no tuve más remedio que decir «¿es tuyo o lo has sacado de alguna canción?»
A lo que él respondió «¿una canción? Te lo acabo de escribir ahora.»
«Te he inspirado y lo sabes», escribí con una sonrisa pícara en el rostro.
«No todos los días me paro a ayudar a alguien que lo necesita.»
«Gracias. Necesitaba algo interesante en el día. Si no, hubiera llegado a casa aún más deprimida.»
«Al menos ahora soy una historia curiosa que contar.»
Y lo fue. Sí que lo fue.