rubensc91
Rango6 Nivel 28 (1168 ptos) | Novelista en prácticas
#1

Dados. Dados por todas partes. Dados encima de la mesa. Dados debajo del sofá, escondidos en el hueco que hay entre la cama y la pared. Dados ocultándose en todos los cajones, dados perdidos entre las páginas de mis libros, rodando desconsolados sobre la alfombra del salón. Dados cayendo como gotas de agua sobre el colchón de mi cama, mojando mis sábanas de puntos organizados de forma aparentemente aleatoria. Dados girando sobre sí mismos, bailando como soldados una danza macabra sin ritmo ni sonido. Dados. Y, en el interior de mi cabeza, una frase no deja de repetirse: no existe un objeto natural más aleatorio que un dado.

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Egoclastia
Rango12 Nivel 55
hace más de 4 años

"Dios no juega a los dados con el universo". A.Einstein. "No le diga a Dios que hacer con sus dados." Bohr. Y mientras tanto los dados siguen ahí, sin dignarse a contestar, pero devolviendonos la mirada. Genial el texto, de verdad.

rubensc91
Rango6 Nivel 28
hace más de 4 años

Muchísimas gracias a ambos! :)


#2

Cuando abrí los ojos, Frede seguía ahí. Como siempre, me miró extrañado, preguntándome con sus ojos inmensos qué tal que había ido.
– Como todas las veces, tío – respondí a su pregunta imaginaria.
Frede se levantó de la silla y la acercó aún más a mi posición. Su mirada seria y firme se posó en mis ojos y no pude evitar asustarme un poco.
– Ya no sé qué más hacer...– dije para romper el hielo, si es que acaso alguna vez había existido entre nosotros. – Quizá deba ir a un médico. Quizá esos mata-sanos, por mucho que nos cueste admitirlo, sean los únicos capaces de averiguar lo que realmente me pasa.
– Estás completamente loco – pronunció él, por fin. – Nunca, bajo ningún concepto, vayas a ver a un médico. Esos tíos son la muerte personificada, los secuaces que envía Tánatos desde el otro lado y que son los encargados de remar la barca que nos conduce hasta su orilla.
– Odio cuando te pones tan filosófico – le respondí.
Frede hizo caso omiso al comentario y alargó la mano para dar con un trozo de papel que minutos antes había dejado encima de la mesa de trabajo.
– Mientras estabas soñando, has dicho algo sobre unos dados…
– ¿Ah, sí? – le interrumpí – Vaya novedad…
– Cazo ironías al vuelo. El caso, – dijo, intentando retomar su exposición – dijiste algo sobre unos dados escondidos, mientras que otros caían sobre tu cama, sobre la alfombra del salón… Te pueden parecer conceptos muy diferentes, pero yo los veo estrechamente relacionados.
– Adelante, soy todo dados… digo – corregí – oídos.
– Los dados escondidos – pronunció muy lentamente – es dinero que debes y tienes que conseguir. Y los dados que caen sobre tu cama muestran el método para conseguir ese dinero. Simbolizan una cascada, Raúl. Y no hay un lugar con mayores cataratas de dinero que un casino, ¿no crees?
No tuve que reflexionar mucho para responder a la pregunta que Frede me había hecho. Tenía claro que su interpretación era errónea, estaba equivocada y carecía de sentido. Y esto último se debía principalmente a que partíamos de un supuesto falso: los sueños tenían un significado. Aquella afirmación que Frede, mi amigo afroamericano, me repetía desde que le conté mi primera experiencia con los dados, caló profundamente en él. ¿Acaso no entendía que los sueños y la realidad son indisolubles? ¿Por qué no llegaba a comprender que lo que vivimos y lo que soñamos no son las dos caras de una misma moneda?
Y, sin saber por qué, me vi respondiéndole que tenía razón. Quizá por la excitación de hacer algo nuevo, algo diferente. Quizá por la emoción de comenzar una aventura que no sabía a dónde me llevaría. Quizá por el halo misterioso que rodeaba a todo lo que había soñado hasta ese momento. O quizá porque en todos esos sueños, un rostro femenino de facciones delicadas y cuerpo de cristal aparecía a mi lado, acompañándome y sosteniendo, entre sus dedos, un dado de madera de un tamaño bastante considerable mientras sonreía. Quizá, simple y definitivamente, fue esa sonrisa que solo yo había visto la que me impulsó para descubrir todo lo que se escondía detrás del misterio de los dados.

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#3

La mayoría de las personas coincide en que lo que más caracteriza a un casino es el sonido. La melodía de las máquinas traga-perras, el bullicio de las apuestas, el crujido de las mesas de juego, el grito de algún que otro agraciado, la música de una combinación ganadora y el ruido que genera la emoción. Sin embargo, para mí, lo que más me impresionó la primera vez que entre en un local de este tipo fue el silencio. Tanto el de los crupieres, haciendo su humilde trabajo, como el de los jugadores, deseosos de volver a casa con unos millones de euros bajo el brazo. No podemos culpar a los primeros de estafarnos ni de engañarnos, pues simplemente hacen lo que se les ha pedido. Solamente los buenos jugadores, aquellos capaces de encontrar el talón de Aquiles de los casinos (máquinas tragaperras defectuosas, dados trucados, mezclas de cartas falsas…) son capaces de llenar sus bolsillos de cantidades astronómicas de dinero, así como de ser expulsados de estos lugares sin miramientos ni consideraciones.
Todo esto me lo iba contando Frede cuando íbamos de camino al casino Escarlata, una gran edificación con toques americanos construida en las afueras de la ciudad, cuya inauguración había tenido lugar hacía apenas dos semanas. Mi amigo afroamericano, con su tupé de pelo rizado, alegaba que los casinos recién abiertos suponían carne fresca para los jugadores decentes, pues en aquellos sitios el fallo y la novatez jugaban un papel mucho más importante que en cualquier otro lugar.
Nada más llegar, nos identificamos en el gran hall que se abría antes de entrar en las salas de juego. Dimos nombres y DNI falsos porque así nos ahorrábamos tener que pagar impuestos y que nuestra reputación se viese influenciada por los actos que pudiesen ocurrir aquella noche.
Mis primeras víctimas fueron unas máquinas traga-perras. Las observaba extrañamente solitarias…
– Con lo que vosotras habéis sido… – dio Frede, agarrándose a una de ellas.
Dos guardias de seguridad bastante cachas nos echaron una mirada inquisitiva, a lo que mi amigo respondió apartándose de ella.
Introduje las fichas en la ranura de la máquina, y las tres ruletas que contenía en su interior empezaron a girar.
– Relájate, colega – me indicó Frede a mi lado –. Ahora, pulsa el botón y seremos millonarios.
Le hice caso, con la esperanza estúpida de que sus palabras contuviesen más lógica que la realidad. Y, como era de esperar, no sucedió nada. La ruleta se paró en nueve símbolos aleatorios cuyas combinaciones no nos resultaron ganadoras.
– Puta. Normal que estés sola… – le reprochó Frede.
Sonreí tímidamente ante su ocurrencia y le pedí que continuásemos visitando el casino. Nuestra próxima parada fue una gran mesa cuyo tapiz estaba dividido en cuadrados con números grabados en su interior, y una gran ruleta de madera con dígitos rojos y negros. Mi amigo y yo tomamos asiento y confirmamos al crupier nuestra presencia para la próxima partida. En los pocos minutos que tuvimos para observar el mecanismo de juego, nos dimos cuenta de que era bastante fácil. Colocábamos nuestras fichas sobre uno de los números de la mesa, o incluso también se podía apostar por un color. El crupier hacía girar la ruleta y segundos después soltaba una pequeña bolita que recorría las paredes de ésta y acababa por encajar en uno de los números que aparecía en la madera. Si coincidía con tu apuesta, ganabas todo lo que había sobre la mesa. Si no, era el crupier quien se llevaba todo lo que había encima del tablero, a grito de “gana la casa”. En aquel momento no me di cuenta, pero aquellas tres palabras eran las que más se escuchaban en todas las salas de juego.
Y la partida comenzó. La gente elegía números como el trece y el veintitrés, los dos que yo nunca habría elegido. Así que lo tuve más fácil.
– A por el quince – le dije a Frede.
Colocamos la mitad de las fichas que nos quedaban en el número indicado y el crupier accionó la ruleta. Ésta empezó a girar bastante rápido, haciendo que los números resultasen casi imposibles de ver. La bola cayó pocos segundos después, comenzó a haces loopings en las paredes de madera y poco a poco se fue deslizando hacia la parte baja de la ruleta. Todos los allí presentes observamos con expectación el movimiento del cuerpo esférico hasta que su velocidad comenzó a disminuir y empezó a dar saltitos entre los números tallados de la ruleta. El elegido por la bola fue el 5, justo en el otro extremo del que nosotros habíamos hecho la apuesta.
– Vámonos, tío – le dije a Frede, levantándome de mi asiento.
– ¡Espera, espera!
Al girarme vi a Frede abalanzándose sobre la mesa de juego y acercándose a la ruleta, tirando todas las fichas que en ese momento se encontraban en el tablero de apuestas. Antes de que los guardias de seguridad se echasen encima suya para reducirle, pude escuchar cómo le gritaba al aparato de madera.
– ¡Tú antes molabas, tía! ¡¡TU ANTES MOLABAS!!

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#4

Mal momento fue en el que dije que yo era amigo de Frede. Me pidieron que le acompañase al despacho del que, según aquellos hombres, era el director del casino. Recorrimos pasillos y escaleras que me fueron imposibles de memorizar y cruzamos una puerta en la que un pequeño letrero había sido fijado y en el que se informaba que aquella estancia pertenecía al “Señor Collado”.
El despacho era bastante pequeño. Detrás de un escritorio metálico había una minúscula estantería con algún que otro libro, lo que me sorprendió bastante. Que entre ellos no se encontrase una edición moderna de “Teo viaja en tren” me dejó algo confuso.
El supuesto señor Collado, un hombre entrado en años, con una barba sedosa y abundante, y un pelo suscrito a una conocida marca de champús, pidió que tomásemos asiento.
– Señor Collado, – improvisé yo – le ruego nos disculpe por el incidente causado por mi amigo. Creo que ha bebido demasiado, deberíamos…
El hombre levantó su mano derecha, mostrándonos la palma y, supuse, pidiéndome que guardase silencio.
– No se preocupe, señor…
– Bruna – alegué, tal y como nos habíamos identificado nada más llegar.
– Señor Bruna – continuó –. Creo que es la primera vez que vienen a un sitio como este. Si es así, espero que hayan leído la normativa interna de nuestra empresa, así como las condiciones de uso de nuestras instalaciones. La actitud de su amigo no se justifica por nada del mundo. Tienen media hora para abandonar este edificio por su propio pie, o nuestros encargados se ocuparán de hacerlo por ustedes.
Justo cuando nos levantamos para abandonar aquella habitación, en la estantería que ocupaba el fondo de la estancia pude distinguir un libro que me llamó bastante la atención. Lo observé durante varios segundos, suficientes para que el señor Collado me mirase con el rostro descompuesto y se girase para observar hacia dónde dirigía mi mirada. Nunca olvidaré su título, ni el color verde chillón que se mostraba en su lomo. “Teo viaja en tren”.

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#5

– ¡Tenemos que irnos, Frede! – exclamé tirando de su camisa.
De vuelta al salón principal, mi amigo pedía volver a las máquinas tragaperras y a la ruleta, buscando de nuevo a la suerte.
– La última, Raúl. Te prometo que esta será la última.
– Lo que tienes que prometerme es que no la vas a liar más. Nos han dado treinta minutos para salir de aquí. Ahora solo nos quedan veinte, no nos da tiempo a hacer nada.
Frede tiró fuerte de mi mano, consiguiendo soltarse y echó a andar hacia las mesas de juego. No me quedó más remedio que seguirle y, cuando tras varios minutos andando a paso rápido me vi en una mesa en la que los jugadores sostenían unos dados entre sus manos, tuve que tomar asiento al lado de Frede.
El hombre que estaba sentado a nuestro lado adivinó que era nuestra primera vez. Quizá por la cara de pardillo que ambos nos habíamos autoimpuesto. El caso es que aquel tipo nos explicó más o menos las reglas del juego. “El crupier os pedirá que hagáis una apuesta, del 2 al 12. Luego os hará entrega de dos dados, los cuales deberéis agitar en el cubilete y lanzarlos sobre la mesa. Si sale vuestro número, ganáis. Eso sí, cuanto más cerca esté el número elegido del siete, menor porcentaje de premio os lleváis.”
Me pareció bastante abusivo. No solo debíamos acertar el número, sino que si el premiado era un doce ganaba mucho más que si fuese un siete. Pero claro, todo eso es culpa de la probabilidad.
Frede pidió al crupier una tirada, y él nos preguntó a qué número íbamos a jugar. Mi amigo me buscó con la mirada, y yo, desbordado por lo que había dado de sí aquella noche, levanté mi cabeza y miré al frente. Y en aquel instante la vi. Una chica de sonrisa tímida y encantadora, y frágil como el cristal apareció delante de mí, recorriendo uno de los pasillos que rodeaba a las mesas de juego. Era ella, estaba seguro. La chica que protagonizaba mis sueños. La observé detenidamente por unos instantes, los suficientes para darme cuenta de que, en la camisa que rozaba su brazo izquierdo, llevaba impresa un número.
– El diez.
Frede casi arrebató al crupier el cubilete con los dados. Mostró una enorme sonrisa y comenzó a agitarlo con una fuerza desmesurada. Cuando creyó conveniente, hizo un extraño ademán con la mano para dejar escapar los dados del cubículo, pero se detuvo. Me dirigió la mirada, me pasó el cubilete y me dijo:
– Este es tu momento. Son tus dados.
No lo pensé. Los arrojé sobre el tapiz. Rodaron, giraron, saltaron, se tambalearon… hicieron millones de acciones a la vez, o una detrás de otra. Y pese a ello un seis y un cuatro quedaron al descubierto.
Frede y su pelo saltaron a la vez del asiento y se tiraron encima de mí. No recuerdo si caímos al suelo, si las sillas salieron volando por los aires o si el hombre que estaba sentado a nuestro lado se asombró o no de que unos niñatos como nosotros hubiesen ganado cien mil euros en un juego como aquel. Sinceramente, no lo recuerdo. Tan solo grabo en mi memoria los dos dígitos de la camiseta que aquella chica llevaba puesta y la imagen de dos hombres fornidos y vestidos de negro dirigiéndose hacia nosotros. Llegaba el momento de abandonar aquel antro.

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#6

A la mañana siguiente, me desperté con un dolor horrible de cabeza. El sol se había empeñado en traspasar con toda su fuerza las pequeñas rendijas que las persianas dejaban al descubierto. Tardé más de veinte minutos en acostumbrarme a mi habitación, mi cama, mi cuerpo… pero allí estaba todo. Después de la noche más extraña de mi vida, todo seguía igual.
Quien parecía totalmente extraído de su cuerpo era Frede. La postura que dibujaba su contorno en la cama era imposible de imitar. Manos y pies se mezclaban en un espectáculo que cualquier contorsionista habría envidiado. Pensé en despertarle, pero borré aquella idea de mi mente. A decir verdad, él lo había pasado mucho peor que yo la noche anterior.
Me dirigí entonces hacia la cocina, con la esperanza de encontrar alguna fruta en el frigorífico que no se hubiese visto afectada por el paso del tiempo. Di con una pera que tenía forma de mujer, la metí debajo del grifo unos segundos y me apoyé en la encimera para degustarla con total tranquilidad. En eso que me disponía yo a propinarle el primer mordisco a la fruta cuando distinguí un pequeño sobre de un blanco nuclear a pocos centímetros de mi posición. Alargué la mano, no sin antes pedirle permiso a mi resaca, y lo sujeté un segundo con mis dedos. Al abrirlo encontré una tarjeta de crédito completamente negra y una nota escrita a mano.
“Espero que tengáis suficiente con lo que hay en esa tarjeta. No quiero volver a veros más por mi casino. Señor C.”
Tuve que leerla cuatro veces para entender el verdadero significado de todo aquello. El dueño del casino nos había ofrecido dinero por no pisar de nuevo su mega construcción. Lo cierto es que me impactó bastante, y la resaca que minutos antes jugaba al pingpong en mi cabeza fue derrotada por mi lucidez.
– ¿Qué es… eso? – preguntó una voz cercana.
Dirigí la mirada hacia la posición que debería haber ocupado Frede, pero no estaba allí. Lo encontré a mis espaldas, levantando la vista por encima de mis hombros e intentando mezclar las letras de forma aleatoria para obtener un significado concreto.
– El jefe del casino… ésta tarjeta es para nosotros. No sé el dinero que habrá, pero quiere que no volvamos más.
– ¿Somos millonarios?
La rojez de sus ojos me sorprendió bastante.
– Si eso es lo que quieres… Aunque yo pienso volver al casino. El dinero ya no me importa. Lo que verdaderamente me atrae es algo mucho más personal.

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#7

***
Son las once y media de la noche. Acabo de llegar al casino y esta vez le he pedido a Frede que se quede en casa. Quizá a mí no lleguen a reconocerme, pero su careto lo identificarían hasta un grupo de ciegos. En un principio se negó en rotundo, pero al final logré convencerle diciéndole que le daría un cincuenta (qué digo cincuenta, sesenta) por ciento de lo que iba a ganar esta noche. Aliviado, aunque en cierto modo desconfiado, Frede me dejó marchar de nuestra casa, no sin antes pedirme que no hiciese ninguna locura. “Y cuidadito con los dados”.
Me identifico de nuevo en el hall con un documento de identidad falso y cambio cincuenta euros en fichas para jugar. Cuando entro en la sala de juego, vuelvo a quedar impactado por el silencio de las personas en yuxtaposición al ruido de las máquinas. ¿Cómo es posible pensar de forma racional y lógica en un ambiente con estímulos lumínicos y sonoros?
Me centro en las mesas de juego y voy divisando las apuestas y partidas que se llevan a cabo en cada una de ellas. Recuerdo el juego de la ruleta que nos fue tan mal, y también la experiencia de Frede con la máquina tragaperras. Sonrío levemente al evocar esas imágenes en mi mente y de pronto me acuerdo de la chica de cristal. Y recuerdo el extraño número diez grabado sobre su camiseta que nos hizo ganar tanto dinero la noche anterior.
Tomo asiento en una de las mesas en las que se está llevando a cabo el juego de los dados. La última persona en jugar, una mujer con un extraño tocado de pelo, maldice su mala suerte ante el resultado obtenido y abandona la mesa algo enfurruñada. El crupier sonríe ante tal demostración de mal perder, y me informa que en el próximo turno yo seré el encargado de tirar. Me pasa entonces el cubilete con los dados en su interior y me pide el número al que voy a jugar. Espero unos segundos, mirando hacia el pasillo y buscando la aparición de la chica de la noche anterior. Sin embargo, esta vez no pasa nada. Ni nadie. La chica no aparece, empiezo a desesperarme. El crupier vuelve a pedirme que diga un número, y esta vez sí que estoy más perdido que nunca. “Di uno, el que sea”, pienso. Pero mi mente es incapaz de decidirse.
– Perdona, ¿llevas hora?
La voz que proviene de mis espaldas me sobresalta levemente. Me giro y observo a la chica de mis sueños con un vestido rojo impecable y una sonrisa maravillosa.
– S… sí – titubeo, y levanto la manga de mi camisa para observar el reloj – las… las… doce.
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#8

Lo primero que escuché al despertar fue el chasquido de dedos que alguien hacía a pocos centímetros de mi rostro. Poco a poco, la nitidez volvió a instalarse en su sitio y comencé a distinguir caras, colores, rasgos físicos. Al parecer, estaba tirado en el suelo del casino porque me había desmayado sin razón aparente. Les dije a todos los que me rodeaban que estaba bien, que quería seguir jugando. Tomé asiento de nuevo, más concentrado que nunca en la partida, y miré mi reloj de pulsera para saber el tiempo que permanecí desmayado. Las doce menos cuarto. ¿Cómo? No podía ser, la chica de cristal me había preguntado la hora a las doce. El tiempo no se podía haber retrasado quince minutos, era imposible. A no ser que todo hubiese sido un sueño…
– Bien, eh… señor. Disculpe – el crupier se dirigía a mí –. ¿Está seguro de que quiere seguir jugando?
– Claro.
– Entonces necesito que me diga la apuesta.
– El doce – respondí sin dudarlo ni un segundo.
Las miradas de todos los allí presentes se dirigieron hacia mí. No entendí a qué venía tanto revuelo, pues era mi apuesta, no la suya. El crupier me pasó el cubilete y me hizo un gesto con la mano, indicándome que podía lanzar los lados. Así hice, y tras caer de forma bastante aparatosa en el tapiz, los hexaedros tomaron rumbos opuestos. Eran tan diferentes y a la vez tan parecidos, que me sorprendió la espontaneidad de sus movimientos. Cuando dejaron de bailar, todo el mundo quiso saber el resultado obtenido. Y tuvieron que socorrer a más de una persona cuando vieron dos seis, cada uno en una esquina de la mesa.

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#9

Me retiré. No quise jugar más, no quise seguir tentando a la suerte. Vagué sin rumbo en aquel mundo de luces y sonidos, observaba los movimientos de todos los jugadores mientras acariciaba el vale de cien mil euros que había ganado en la partida anterior. No sabía qué hacer, no sabía a dónde ir ni con quien estar. Era lo más parecido a un zombi en aquel lugar. Solo, sin Frede, aquella victoria sabía mucho más amarga. ¿Y ahora qué? Estaba igual que al principio, los interrogantes sobre los dados y la chica de mis sueños seguían en mi cabeza, solo que esta vez se habían visto alimentados por una cantidad astronómica de dinero.
Decidí ir a la barra para tomar una copa de lo que fuese y despejar todas las dudas de mi cabeza. No recuerdo qué fue lo que pedí al camarero, pero nada más servirlo, una chica se sentó a mi lado.
– ¿Así que cien mil euros, no?
Y al mirarla, cien mil millones de dados cayeron a nuestro alrededor. Era la chica de mi sueño.
– ¿Perdona?
– Sí, he visto cómo has ganado cien mil euros en el juego de los dados. Has hecho una apuesta muy arriesgada.
– Tenía una corazonada – y sonreí.
Ella me devolvió la sonrisa y me pregunté si no estaba allí por todo el dinero que acababa de ganar.
– Te habías desmayado, ¿no?
Decidí contárselo todo.
– ¿Sabes? Eres la primera persona a la que le voy a contar esto. Resulta que…
Y le dije todo lo que me había pasado con los sueños relacionados con los dados, con nuestra visita al casino la vez anterior, con la advertencia del director… sin embargo, no le conté nada sobre ella.
– Tú y yo… ¿nos hemos visto antes? – preguntó.
Dudé demasiado tiempo, pero después entendí que fue el necesario para que todo ocurriese tal y como sucedió.
–… no.
– Me llamo Dafne – dijo, extendiéndome la mano.
– Yo Raúl.
Y al estrechar su mano con la mía llegué a distinguir una pequeña pulsera que colgaba de la muñeca de Dafne. Unos dados diminutos decoraban el adorno, otorgándole a aquel momento que la cualidad de aleatoriedad se transformase en otra mucho más profunda: destino.

Le invité a dar un paseo por la sala, (lo único a lo que podía invitarle en un lugar como ese) y ella lo aceptó con mucho gusto. Mientras andábamos, Dafne me explicaba que dos o tres días a la semana solía acudir a aquel casino a probar suerte. Desde su reciente apertura, la gente decía maravillas (puntos flacos) de aquel centro, y nadie desaprovechaba la oportunidad de comprobar con sus propios ojos si lo que se decía era cierto o no. Y así fue como había acabado ella en aquel lugar. Algunos días en compañía de sus amigas, otros iba sola y se sentaba en la barra u observaba las jugadas de las mesas de juego. Intentaba descifrar las combinaciones ganadoras de las máquinas traga-perras, o la frecuencia con la que salía el número doce en el juego de los dados. Y así fue como dio conmigo.
– Nunca había visto a nadie ganar con un doce en ese juego – me dijo.
– Ni yo. Ayer fue la primera vez que jugué y gané. Y hoy…
– ¿Cómo lo haces?
– Es… difícil de explicar.
Dafne me miró con una expresión que denotaba cabreo e insatisfacción.
– ¿Mejor te lo demuestro? – le sonreí.
Y ella me devolvió la sonrisa.
Ambos tomamos asiento en la mesa que Dafne escogió. Quise que fuese así para que ella pudiese comprobar que mi éxito no dependía de cuestiones relacionadas con el mobiliario del casino. Como las dos veces anteriores, pedí al crupier que contase con nosotros para la siguiente ronda. Le expliqué brevemente a la chica en qué consistía el juego, aunque recordé que minutos antes me había dicho que ya lo conocía.
El turno llegó a nuestra posición.
– ¿Con qué número van a jugar? – nos preguntó el crupier.
Miré a Dafne desconcertado, y ella me devolvió la misma expresión.
– ¿Qué tal el…? – empecé a decir yo.
Y nada más pronunciar aquel artículo, agarré con fuerza la mano de la chica. No pude ver el rostro que mostró en aquel momento, pues agaché la cabeza y esperé que el sueño llegase a mí, como quien espera que el tren de su vida llegue a la estación de destino.
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Hace más de 4 años

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#10

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Son las diez de la mañana y el despertador acaba de sonar. Abro lentamente los ojos y tanteo la mesilla de noche en busca del maldito aparato para detener aquel sonido gutural. No lo encuentro, por lo que me veo forzado a girar la cabeza y utilizar un órgano más, los ojos, para adivinar su posición en la robusta tabla de madera. Al fin lo encuentro. Con la forma de un hexaedro, los primeros días tras su adquisición me costó bastante habituarme a él. Tenía seis pantallas, una en cada uno de sus lados, y (como si de un dado de tratase) reflejaba la hora con unos puntitos negros. Lo mejor era la forma de detenerlo, pues debías lanzarlo y, tras cambiar el valor numérico de sus caras de forma aleatoria, si la suma de las seis caras daba la hora exacta que era en realidad, dejaba de sonar. Un auténtico entretenimiento.
Así que sostengo el reloj entre mis manos y lo lanzo indiscriminadamente contra el suelo de mi habitación. Misteriosamente, en ese primer lanzamiento, la suma de sus seis caras da diez como resultado.
Me incorporo de la cama y me sacudo el pelo. Miro al suelo buscando mis zapatillas, y cuando doy con ellas encajo los pies en su interior.
– ¿Qué hora es? – escucho a mis espaldas.
Al girarme, veo a Dafne acurrucada todavía entre las sábanas. Apenas ha abierto los ojos, y su pie derecho ha abandonado el terreno de batalla, precipitándose al vacío por uno de los laterales de la cama.
– ¡Idiota! ¿Me vas a decir la hora que es?
Recojo el reloj dado del suelo y se lo lanzo a su espalda. Al notarlo, ella lo atrapa con su mano y se lo lleva a la cara.
– ¿LAS DIEZ? ¡¡¿LAS DIEZ?!! Mierda, voy tarde.
Y la veo levantarse enfundando solamente esa fina y delicada ropa anterior. Y la veo andando con ese cuerpo de cristal. Y confieso en silencio que no puede existir hombre más feliz en el mundo que yo.
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#11

– ¡¡EL DIEZ!!
– ¿Raúl?
Dafne me miraba fijamente nada más abrir los ojos.
– Jugamos con el diez.
– Va… vale.
El crupier nos entregó el cubilete, y le cedí los honores a Dafne. Ella me preguntó si estaba seguro, y yo le respondí que nunca antes había estado tan seguro de algo.
La chica movió levemente el recipiente y me miró esperando mi aprobación. No quise influenciarla, pero al parecer ella entendió que era suficiente. Los dados salieron disparados del cubilete y saltaron a la mesa de juego. Y en ese momento llegué a entender que nuestra vida es un dado que acaba de ser lanzado a una mesa gigante. Nos empeñamos en llevar un orden, en hacer las cosas de forma correcta. Y no nos damos cuenta que por cada movimiento que hacemos, salimos disparados a otro punto del tablero.
Perfeccionamos nuestra imperfección, pero somos perfectamente impredecibles.
Y, como si de un truco de magia se tratase, dos cincos quedaron boca arriba en el tablero. Dafne se abalanzó sobre mí y nos fundimos en el abrazo más sincero que he recibido y dado en toda mi vida. Acabábamos de ganar diez mil euros cuando dos hombres trajeados se dirigieron hacia nuestra posición.

Nos depositaron en el despacho del director como si fuésemos una mercancía recién llegada de una empresa de reparto. El señor Collado pidió a los dos matones que abandonasen la estancia y que nos dejasen a solas, y así lo hicieron. Fue entonces cuando comprobé que el señor Collado todavía guardaba entre sus estantes el libro de Teo, y una leve carcajada apareció en mi mente. La contuve como pude y pasé a reflexionar la forma de abandonar aquel lugar con todo mi dinero.
– ¿Otra vez usted por aquí? – empezó a decir él – Mire que le advertí que no quería volver a verle, y no me hizo caso.
– El dinero llama al dinero…
– ¿Se cree que por una vez que ganó a los dados va a volver a tener esa suerte?
Me llevé la mano al bolsillo y saqué la autorización que acreditaba que acabábamos de ganar diez mil euros en el mismo juego. Se la mostré al hombre que tenía delante de mí, y sonrió levemente.
– Usted piensa que las cosas pasan por una razón, ¿verdad? Que si ha ganado todo ese dinero ha sido porque el destino ha querido que así sea.
Ni asentí ni negué con la cabeza.
– He investigado un poco más sobre su vida, Raúl. Porque realmente se llama Raúl, y no Ángel Bruna, tal y como se registró la noche anterior. Aquí – dijo sosteniendo una pila de papeles entre sus dedos – tengo un resumen de toda su existencia. Sé que se quedó huérfano con apenas cinco años, que nunca encontraron unos padres de acogida, que en el colegio sus pantalones verdes eran la mofa de todo el patio, que terminó sus estudios básicos y decidió no seguir estudiando… ¿sigo?
Miré a Dafne disimuladamente.
– ¿Qué es lo que quiere?
– Simplemente que os vayáis. Que me dejéis tranquilo, que os olvidéis de mí…
– Creo que eso no va a ser posible – ahora fue Dafne la que habló.
El señor C. se levantó de su asiento y rodeó la mesa hasta la posición de la chica. Ambos le seguíamos con la mirada, pero ninguno pudimos llegar a adivinar sus intenciones. Ninguno logramos distinguir el revolver que escondía en su cintura, listo para ser desenfundado mientras agarraba a Dafne del cuello.

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#12

– Suéltela… – pronuncié lentamente.
– Creo que no lo has entendido, Raúl. No puedes salir de este casino con ese dinero en tu propiedad.
– No, señor Collado. Quien no lo ha entendido es usted. Nunca vine aquí buscando ganar millones de euros en sus estúpidas máquinas y enrevesados juegos de mesa. Nunca quise hacerme rico, ni desbancarle su paraíso fiscal. Simplemente acudí a estas instalaciones persiguiendo un sueño. La mujer que usted tiene ahora mismo agarrada del cuello es la protagonista de ese sueño. En él, aparte de ver a Dafne, también aparecen dados de todas las formas y colores posibles. Vine aquí intentando establecer una relación entre ambos fenómenos. Y ahora que la he encontrado, solo quiero irme.
Intenté relajar al señor C. con la mirada, pero sirvió para todo lo contrario. Se alejó un poco más de mi posición y apretó con más fuerza el revólver contra el cuello de Dafne. Estaba claro que si quería salir de allí, debía llevar a cabo una maniobra suicida.
– ¿Quiere su dinero? Adelante… – dije alargando mi mano, en la que sostenía la tarjeta negra que nos había enviado el día anterior y la acreditación que conseguimos aquella noche.
El señor C. adivinó mis intenciones, pues fue avanzando cada vez más hacia atrás hasta que llegó un momento en el que quedó aplastado contra la estantería. Yo me acerqué poco a poco.
– No quiero tu dinero, maldito hijo de puta. No podéis iros de aquí sabiendo ahora todo lo que sabéis.
– Mis sueños, esas extrañas imágenes… no pertenecían a un mundo alternativo, no. ¿Sabe qué, señor Collado? Al fin lo he entendido todo. Esas premoniciones pertenecían a mi futuro, y usted no aparecía en él.
En ese mismo instante, la puerta del despacho se abrió de par en par. Lo que voy a narrar ahora ocurrió demasiado rápido, así que pido disculpas por la inexactitud de los sucesos.
Al escuchar la puerta abrirse, me giré para observar quién era el inesperado visitante. Y quedé totalmente sorprendido cuando vi la silueta de un hombre de mi estatura con una cabellera rizada, un tupé a lo afro y la tez oscura entrar en la estancia. Aquel hecho demostraba la existencia de los milagros.
No me dio tiempo a sonreír, ni a agradecerle a Frede que no me hubiese hecho caso y me hubiese seguido hasta el casino. No me dio tiempo de nada de eso, pues segundos después de su entrada triunfal escuché un disparo. Con un temor horrible al pensar que fuese el señor C. quien hubiese disparado, me giré para observar el cuerpo de Dafne sin vida, pero no fue eso lo que encontré. El empresario se había llevado una mano al vientre, mientras que con la otra todavía sostenía el revólver, que humeaba como una pipa. Vi su mano mancharse de un rojo intenso, y al girarme de nuevo hacia Frede, lo comprendí todo.
En verdad, lo que había escuchado no fue el sonido de un disparo, sino de dos que ocurrieron en el mismo instante. La mano de Frede también sostenía una pistola humeante.
En aquel preciso instante, no comprendí lo que había pasado, si el disparo del señor C. se había estrellado con una de las paredes de la estancia o si Frede o Dafne habían sido las víctimas, no lo supe. Simplemente me desmayé, como otras muchas veces, y soñé con dados. Con hexaedros de todas las formas y colores que inundaban la estancia y cuyos sonidos prometían un futuro mejor.

Eran las diez de la mañana y el despertador acababa de sonar.

FIN

Hace más de 4 años

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Mabyliteral
Rango4 Nivel 16
hace más de 4 años

Me ha encantado tu historia! :D

rubensc91
Rango6 Nivel 28
hace más de 4 años

Ya me he dado cuenta ;) Millones de gracias!! =)