Julian_Reva
Rango12 Nivel 56 (10246 ptos) | Ensayista de éxito
#1
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  • #2

[Elevación]

Darse cuenta de la inmundicia no era tan difícil para mí; he vivido toda mi vida entre lodo y estiércol, he convivido con ratas y es por ello que siempre he buscado más allá de lo que sé que puedo lograr. Siempre he intentado alcanzar las estrellas de un brinco y a veces me asusta cuando lo logro, aunque parezca absurdo, aunque parezca imposible.

Mamá nunca quiso que me fuera de casa pero yo no podía tolerar un día más viviendo en el lodo y rascándome las pulgas. A pesar de ser un gato he sabido cómo vivir la vida con lujos, aunque papá no quiera, aunque a mamá le duela. Es por ello que hace unas cuantas noches, en aquél mismo sitio de apuestas que llamo segundo hogar (Casino Leviatán), decidí apostar todo lo que traía en los bolsillos.

No iba a perder, esa noche era mía decía y por suerte lo era.

Doblé todas las apuestas, me jugué los pocos chances que tenía, soplé los dados y los tiré a la suerte; un siete. Grité cuán afortunado era, mas no sabía que no lo era. En una ciudad de ciegos soy el tuerto, pero para mi suerte mi ojo bueno me falló aquella noche.

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#2

No quise aceptar la verdad tan rápido, porque de verdad que fue rápido. El tiempo en el que tomé el dinero, el tiempo que me llevó salir de allí con dos mujeres dispuestas a cualquier cosa por una tajada de dinero, el tiempo que pasamos en la cama de un hotel caro hasta el amanecer. Todo el tiempo que desperdicié en estupideces me costó muy caro, como una mala apuesta en blackjack o una mala vuelta a la ruleta. Gané todo lo que podría haber ganado en diez años de trabajo en la vieja fábrica. Esa fábrica tan gris y aplastante, tan gris y muerta. Cómo odio la fábrica. Si pudiera la quemaría hasta los cimientos, aunque no viene al caso ahora así que seguiré con lo que venía contando.

Gané tanto dinero que me di inclusive el lujo y permiso para desperdiciarlo más de la mitad. Nunca sospeché que ya me seguían los pasos. Nunca sospeché que a todos nos seguían los pasos. A viejos y malolientes, a jóvenes pudientes y hasta las ratas más limpias; todos éramos parte de algo que no entendíamos, y en todo caso que lo supiéramos, lo ignorábamos. Nadie sospechaba de nadie, porque eran todos ciegos, pero como he dicho antes, yo soy un tuerto.

Perder el ojo, aunque suene extraño, siempre ha sido una bendición para mí. Siempre he dicho que un parche me hace lucir más galante o como dicen algunas personas: "con clase". Esa clase que a veces intento aparentar para hacerme notar ante la sociedad (esto último no lo he comprendido del todo de mi parte, ya que no necesito probarle nada a ninguna persona). Pues bien, ser tuerto para mí es algo fenomenal ya que no se me escapa detalle alguno debido a mi misma condición de precavido y observador (aunque esto suene irónico).

Tengo que abrir más el ojo para poder ver con total claridad, por lo que los detalles son mi fuerte aunque tal vez ustedes se preguntarán cómo lo perdí y es cuando les tengo que confesar que ni yo lo recuerdo. Desde que estoy apto para recordar y soñar he visto sólo con el lado izquierdo, ese lado que un diestro tanto odia pero que por algo he sido bendecido con la condición de tuerto.

En aquella noche de juerga he hecho trampa y debo contarlo ahora para desahogar las penas. Mi ojo izquierdo puede que haya visto de más en una que otra ronda de póker, pero sería bastante estúpido creer que todos los hombres del Leviatán somos honrados. Todos los que quedamos somos rufianes y malnacidos que no buscan más que satisfacer ese hueco enorme que la depresión ha dejado en cada uno de nosotros los que sobrevivimos después de tanta miseria. Las apuestas no son más que nuestro escape al dolor constante que nos ha marcado desde el día en que nacimos. Dios maldiga al tipo que se le ocurrió soltar la primera bomba.

Así de igual manera dios maldiga al tipo que me robó la otra mitad del dinero que quedaba al salir del cuarto del hotel, pero aún más malditas las perras que me clavaron la estaca y me dejaron sangrando en el corredor del Majestic Palace. No pude elegir una peor suerte aquella mañana al despertar que la de decidir ir por un trago al bar del hotel. Hicieron basta unos cuantos segundos para amordazarme en la esquina del corredor y arrastrarme hasta el interior del elevador. No los vi y nunca los podría volver a identificar, pero a las perras nunca las olvidaré ya que cuando me hallaron inconsciente frente a la puerta de la habitación sólo tomaron mi reloj y se limitaron a verificar si tenía aún pulso, para luego comprobarlo de verdad y entonces hundirme el hierro helado en la espalda.

El tiempo es algo bastante curioso y maldito. Hace menos de cinco horas era el rey del mundo y cabalgaba la gloria, pero en menos de un minuto me volvía a hundir en la mierda. El tiempo es directamente proporcional a la suerte y sin duda alguna ambos son inciertos. Son tan inciertos como el destino, así que tal vez los tres sean el mismo, sólo basta esperar que transcurra el tiempo adecuado y la suerte llegará a culminar nuestro destino...y vaya que así fue aquella mañana en el Majestic Palace.