Figueroarock
Rango4 Nivel 18 (330 ptos) | Promesa literaria
#1

I Pesadilla
Corría con desesperación, en medio de la profundidad y lo denso de la noche, la luz de la luna penetraba débilmente, pero era suficiente para tocar cada célula expuesta de su piel, su respiración entrecortada era el único sonido en medio de aquella confusa oscuridad.

Una extraña niebla comenzó a envolverlo, entre esa extraña niebla aparecían algunas personas que se habían convertido en recuerdos de su pasado. Estaba aquel anciano que le había salvado de ahogarse, cuando tenía 12 años, un instante en el que se sintió muy hombre para entrar en las profundidades del mar, aún sin saber nadar.
Estaba también aquel muchacho al que había visto ser atropellado mientras él viajaba en bus, desde ese día empezó a tener terror por cruzar las calles, terror por los autos, por la velocidad. Ya casi al final de aquel místico desfile, aparecía ella flotando en medio de la niebla, de los muertos (supuso que todos ellos no eran más que muertos). Ella estaba allí, con un vestido que no podía tener color, la luz de la luna lo hacía verse plateado, pero el reflejo de su rostro, lo hacía verse triste.

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#2

II Pesadilla
Se preguntó en ese momento si el triste podía ser un color, y si fuera un color ¿cómo lo usaría? ¿Podría combinar con otros colores?
Su mirada se posó en los vacíos ojos de ella, estaban también pintados de color triste. Quiso al menos poderla tocar, pero se sentía cada vez más distante, se sintió como esa vez en que fue a despedirse de ella. No sabía que iba a ser una despedida, pero de pronto ella se lo dijo, con la mirada que ambos cruzaron esa tarde y también con unas cuantas de sus palabras.
De una forma inesperada se abrió un abismo negro como la noche misma, que la hacía estar fuera de su alcance. Sólo la escuchó decirle que lo lamentaba mucho, y él agregó que nunca quiso decirle lo que le dijo el día que se despidieron, que había sido un tonto.
Poco a poco el mismo iba cayendo en el abismo sin poderla alcanzar y sin poder salir de allí, mientras empezaba a sentir un vacío como si el verla a ella no hubiese sido suficiente, vio como los cadáveres que antes había dejado atrás trepaban ahora por las paredes, cadáveres de personas que no podían ser reconocidas, porque su rostro había sido ya desfigurado, habían sufrido las secuelas de la putrefacción.

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#3

Despertar
Empapado en gotas de sudor y envuelto entre las viejas sábanas despertó; no tenía idea de con que material las habían fabricado tampoco era muy importante saberlo, supo que podía secarse con ellas el sudor.
De nuevo las pesadillas con ella volvieron a atormentarlo.
Vio a su alrededor, todo estaba casi igual que en su pesadilla, todo estaba cubierto por la profunda y hosca tela de la oscuridad, la única diferencia era que aquí en definitiva no podía ver sus propias manos, esta oscuridad era más densa que la de sus pesadillas.
Se detuvo un momento a reflexionar lo que había hecho con su vida desde que ella ya no estaba, casi nada importante, se preguntó que habría cambiado de estar ella aquí.
Encendió la lámpara y sacó de su cajón la foto que tenía de ella, era lo único que quedaba, se le veía con un gesto sonriente, un vestido blanco y su cabello sujetado, en su sonrisa se reflejaba la felicidad de aquellos días, en ese entonces –cuando fue tomada la foto aún no se conocían-.
Se veía muy radiante, no podía sospecharse nada de su tristeza.
Hacía mucho tiempo que no sabía nada de ella, de su paradero, o si aún vivía en el mismo lugar, era un espejismo que se había ido borrando con el tiempo; el tiempo que corría sin dar tregua, ese es su trabajo.
Tic, Tac, Tic, Tac…
El reloj le robaba a cada segundo, le arrancaba un pedazo de existencia como lo hace con cualquiera, sin embargo para él, el tiempo no pasaba. Desde que ella ya no estaba el tiempo se había vuelto tan solo una mentira, pues no pasaba para él, se había detenido el día de la despedida.
Si el tiempo no iba a pasar lo mejor para no pensarla, para no recordarla era dormir, seguir durmiendo.
Aunque sabía muy bien que ni en los sueños estaba a salvo de su recuerdo.
Volvió a dormir.

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#4

Hospital
La Habitación Iluminada por una tenue luz, a ratos amarillenta, en otros instantes azul opaco. Daba la impresión de que todo dentro de aquel cuarto estaba hecho de metal, incluso las sábanas, que decían estaban hechas de algodón, allí parecían del metal más duro que pudiera imaginarse. La mesa llena de objetos quirúrgicos, un poco de sangre circulando por varios tubos que salen de una bolsa teñida por dentro del más lúgubre de los tonos negros.
Ella intentaba ver algo por la ventana, no logró ver nada, le habían corrido las cortinas para evitar cualquier intento por asomarse.
Bip, bip, bip…
La máquina ejecutaba la sinfonía de su palpitación. ¿Cómo se llamaba esa máquina? Lo habían mencionado antes los doctores, pero no lo pudo memorizar por prestarle demasiada atención a sus caras, también un poco por ver el gesto en la cara de sus padres, cuando el doctor les había comunicado la noticia.
Pensaba y pensaba, en los hospitales hay mucho tiempo para pensar, para descansar, pero no para la esperanza.

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Louis
Rango13 Nivel 64
hace más de 3 años

Buena descripción.
¿Qué parte de mi relato te parece más interesante?
¿Puedes opinar en cada parte?


#5

La doctora Brenda, se acomodó los anteojos y volvió a ojear su informe. Le parecía un poco cruel que la tuvieran en la sección de enfermos terminales, era innoble, pero le enseñaba a no encariñarse con nadie, así había aprendido a no querer, y en la vida no tenía a nadie, ya sus padres no estaban, y eran su única familia a quienes pudo querer. Vivía sola, recluida en su apartamento en el centro de la ciudad.
Era una mujer que a sus treinta años aún seguía soltera, a pesar de poseer una incalculable belleza aún no explotada, unos ojos de color café, cabello castaño, una piel clara, las facciones de su rostro eran muy finas.
La vida se le tornaba rutinaria, por las mañanas muy temprano casi a las 5 am despertaba, sin desearlo, solo lo hacía, sin haberle encontrado nunca un remedio, luego no podía volver a dormir hiciera lo que hiciera, ni una experta en medicina como ella con varios doctorados, podía diagnosticar que enfermedad o trastorno era el que la acusaba.
A veces se le ocurría atribuirle este mal a aquella carta que le había escrito a un viejo amor. Ese día lo recordaba perfectamente bien, se había levantado justo a las 5:00 am y luego había corrido a su vieja Máquina Royal –en sus tiempos se usaba máquina de escribir-.
En ella había volcado todos los pesares que sentía en su alma y toda la ansiedad que le provocaba el verlo, escribió y marcó las letras con tanta fuerza –casi tanta como la de su amor- que más de una vez rompió el papel.
Esa historia era difícil de recordar, después de llenar la carpeta con hermosas cartas y poemas escritos para él, nunca se los mostró, pensó que era algo tonto hacerlo.
Un día tuvo el valor de hacerlo, había sido muy tarde, él se iba al extranjero a no sé qué país a no sé qué asuntos y no tenía ni la menor idea si algún día iba a volver.
Después de eso nunca más supo que había sido de él.
Eran muy malos recuerdos.
Pasaba todo el día metida en el hospital, aunque le pagaban por eso, era lo de menos, había decidido ser doctora desde el accidente de sus padres, antes había sido una muy buena y aplicada estudiante de ingeniería, lo abandonó en cambio para poder salvar vidas como las de sus padres a quienes no pudo salvar.
Por las noches caminaba a su casa bajo la luz de la luna y de algunos focos del alumbrado público de la ciudad.
Hoy nada de la rutina había cambiado, o eso creyó, pues despertó a la misma hora, pensó en él, fue al hospital, pensó en sus padres, volvió a casa con la mente en blanco.
A menudo evitaba pensar en sus pacientes, pero hoy todo cambió, no supo por qué el rostro de esa chica se le clavó en la mente, ella y el doctor Estrada habían tenido que comunicar la noticia a los padres de Claudia, Cáncer en la sangre, y desgraciadamente para la niña no había nada que hacer, sólo esperar el momento.
Caminando, sus pasos creaban un eco que podría escucharse a muchas cuadras de distancia de allí como el golpeteo producido por dos tablas al chocar una contra la otra.
Llegó al apartamento, la luz estaba apagada, la encendió y la habitación continuaba estando igual, los efectos de la iluminación eran inútiles allí, siempre estaba oscuro.
Buscó en la nevera algo para comer, sacó un surtido de lo poco que había allí, unos cuantos cadáveres vegetales, sombras y escombros de la noche anterior, metió todo en una sartén, le agregó aceite y preparó un platillo sólo conocido por ella, lo preparaba cada vez que la nevera se vaciaba, cuando olvidaba hacer la compra.
Camino a su habitación, alcanzó a ver la foto de sus padres sonrientes de vacaciones por España.
En su habitación, se sentó en la orilla de la cama, un poco a pensar y otro tanto a no hacer nada, se levantó y se vio al espejo, a sus 30 años había perdido ya la vivacidad que hay en los ojos de las mujeres, su cabello desparramado sobre sus hombros similar al musgo que cuelga de los árboles en el bosque, no usaba maquillaje, era una pérdida de tiempo que las mujeres sin alma ni personalidad utilizaban, solo ellas se deforman el rostro con esa basura.
Recogió su cabello y echó una última ojeada al espejo, notó en su rostro una prematura línea, que surcaba su frente casi de un extremo al otro, a sus 30 tenía ya en el rostro una marca de la vejez, de cercanía con la muerte, sólo entonces se dio cuenta de los estragos de la soledad.
Se acostó con la vista al techo oscuro, y el pensamiento navegando de allá para acá, de acá para allá, en un vaivén sin sentido.
De todas maneras y sin remedio alguno ella volvería a despertar a las 5 am del día siguiente, a empezar de nuevo.

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Romahou
Rango18 Nivel 89
hace más de 3 años

Es bonito y el comienzo diferente


#6

El doctor Estrada era junto con la doctora Brenda encargado del cuidado de Claudia.
No hacía más de seis meses que había regresado de Alemania, donde recibió el doctorado. Al igual que la doctora Brenda, él también pensaba que el área en la que ahora lo asignaron no era justa para él, hubiera deseado quirófano. Pero por sus estudios especializados lo mejor era esa área.
Ver a todos esos enfermos allí, le recordaba mucho la vez que fue al hospital a visitar a su abuela, tenía tan sólo 55 años, pero se veía ya como de 80, era a causa de la enfermedad, tenía alrededor de los ojos, la sombra de la muerte, se le veían hundidos, sus labios resecos denotaban la deshidratación a la que había sido sometida, su cabello poco a poco se iba desvaneciendo como olas espumosas cuando llegan a la costa y se pierden, el espesor de la espuma desaparece.
Su abuela estaba en los últimos días, el cáncer la iba devorando poco a poco hasta que un día, Estrada quiso ver a su abuela, pero no se lo permitieron, ya no pudo verla. Pocos días después, pudo ver el cuerpo de su abuela en aquella hendidura hecha en la húmeda tierra, se veía casi tan negra como el traje de su abuela.
Desde ese día se decidió a ser médico, hubiera querido tener los suficientes conocimientos, decía que su abuela murió porque ningún doctor pudo salvarla. Lo que él no sabía de niño es que su abuela estaba ya en una fase en la cual nadie podía hacer nada.
Ahora estaba en la habitación del hospital, fija la vista en las blancas cortinas marmolinas agitadas de un lado a otro en una monótona danza de izquierda a derecha, sujetas a la fuerza del viento.
Con la vista puesta en las cortinas recordaba y revivía la muerte de su abuela.
Visitaba de uno en uno a sus pacientes, cama por cama para ver cómo iba el progreso de la enfermedad, cuantos días le quedaban a cada quién, además de conversar con ellos para no hacerlos sentir que no valían nada como decían ellos y para subir un poco su autoestima.
Caminaba por entre las camas de los enfermos, dándoles un poco de esperanza y haciendo otras labores de rutina. Tenía por bien sabido que no podía encariñarse con ninguno de los enfermos, por la simple y sencilla razón de que ellos iban a irse tarde o temprano y les quedaba poco tiempo, si se encariñaba con cualquier paciente la despedida iba a ser difícil como fue despedirse de su abuela.
A pesar de la normativa no pudo evitar sentir una inquietud en su interior cuando vio por primera vez a la joven Claudia.
Al verla no pudo creer que una criatura de belleza tan enternecedora, estuviese a punto de dejar este mundo, dirigió sus ojos a la mirada que tenía Claudia, estaba tan llena de vida, su silueta tan radiante, que nadie en todo el hospital creería que ella estaba pronta a irse, que a no era posible encontrar cura.
Desde ese momento la belleza de Claudia lo había deslumbrado, desde entonces evitaba acercarse a ella.
Fue una tarde noche, en la que se dio cuenta de que se había enamorado de ella, una tarde noche en que la doctora Brenda tuvo que irse temprano a casa, y dejarla al cuidado del Dr. Estrada quien al principio se rehusó de todas las formas concebibles, y argumentó cada silaba que encontró. Al final y solo después de mucho refunfuñar, accedió malhumorado.
No era la gran cosa solamente revisar su presión, y algunos otros aspectos médicos, como los demás pacientes.
Se acercó a la cama y la vio dormida.

Hace más de 3 años

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