nilda
Rango5 Nivel 22 (542 ptos) | Escritor en ciernes
#1

En horas de la siesta del cálido verano de aquellos lejanos días en que la ciudad de Encarnación dormía un largo letargo, los pequeños acostumbrábamos a sentarnos en el umbral de la vieja casona que pertenecía a mi abuela.

La casona situada casi en los límites de la ciudad de Encarnación, demarcado geográficamente por el Arroyo Potiy, en el acceso principal a varias colonias agrícolas como Cambyretá, Nueva Alborada, Puerto Samuhú y otras
que bordeaban el majestuoso río Paraná.
Ella era muy antigua, toda de madera, excepto por sus cimientos y sus grandes escalones. Su techo de chapa corroído por la herrumbre, algunos clavos que se habían desprendido de él, dejaban penetrar oblicuamente la luz del amanecer en los despejados días, así como la lluvia, el viento y el frío en invierno en el sur de mi tierra.
En la parte frontal de la casa funcionaba un concurrido almacén, donde lucía un amplio corredor de estilo colonial, con piso de ladrillo rústico, cinco columnas que apuntalaban la casa bicolor. Para el acceso contaba con siete escalones, los que iban aumentando a según pasaban los años

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#2

La ruta se fue ensanchando y la antigua casa fue subiendo sobre el nivel del suelo, cada vez más alta, tanto que en los últimos años parecía echada sobre el polvoriento camino.
En en el umbral de la puerta que daba al este de la misma, al cobijo del viejo gigante, sentada a sus pies de madera carcomido por los años y las penas, observaba el acompasado transcurrir de las horas, pues el tiempo transitaba lento, como la vida en un pequeño y tranquilo poblado, donde todo parecía cercano y familiar.
El caluroso verano de mi tierra colorada corría para nosotros al costado de un sinuoso camino. Mirábamos pasar una interminable peregrinación de vehículos de tracción a sangre; carros, carretas, carumbés y jinetes montados en hermosos corceles.Eran esas las distracciones de las siestas.Sólo de cuando en cuando transitaba un automóvil hacia Cambyretá levantando el polvo hasta las nubes, el que luego se depositaban lentamente sobre la vegetación del entorno, la que iba pintando el paisaje de un vetusto color ocre.
Cuando el frenético remolino de polvo se iba disipando, emergía súbitamente una silueta alta, iba montada y portaba un gran sombrero, luego aparecían otras y muchas más avanzando ligero, hincando despiadadamente las espuelas al caballo, en medio de una inmensa nube de polvo, con un ruido que hacía temblar la tierra quebrando estrepitosamente el silencio de la siesta. Se trataba de una desbandada tropa de reces que al grito de los troperos, pasaban furibundas por el angosto y polvoriento camino rumbo a Potiy, Barrero Guazú o Campichuelo, por entonces eran fuentes de cristalinas aguas, esenciales en épocas de sequía.
Las que se adueñaban de nuestra atención eran las imponentes carretas guiados por un tranquilo boyero, tirada de dos gigantes. Parecían esculturas de mármol, que avanzaba fatigosas rumbo al hogar, a las campiñas.
Las carrozas eran otra de las atracciones, hacían tanto ruido como si fueran a destartalarse en medio de la ruta.Sin embargo se desplazaban seguras, soportando sin dificultad el sinuoso camino de irregular terreno. A veces iban guiadas por una pareja de colonos, un hombre de rasgos europeos y una mujer que lucía una colorida pañueleta de seda en la cabeza, otras iba sólo una mujer, vestida de negro absoluto, quien sorbía contínuamente un oscuro cigarro de hoja dejando a su paso una pequeña estela de humo que pronto se confundía con el polvo del camino.
En cada uno de estos típicos transportes iban varios niños, quienes alegres saludaban al pasar en un sencillo gesto de fraternidad. Fueron también ellos los personajes que poblaron mi infancia, ajenos a mí, seres anónimos, admirados por su libertad, sencillez y laboriosidad.
La puerta terracota guardaba recuerdos sin fin, historias de luchas, de esfuerzos pero por sobre todo de esperanzas en un mundo mejor. Aquel polvoroso camino fue la alegría de mi infancia, desprovista de lujos pero repleta de una inmensa alegría de vivir.

LA VENTANA SUR.
El sosiego de las tardes de la Encarnación de antaño se quebraba abrupta mente con el ruido ensordecedor de un coloso de metal que como un rayo rajaba la siesta, cuyo estruendoso sonido se oía desde muy lejos, avanzando sin pausa, y cada vez más cercano.Nos llenaba de incertidumbre el no saber de dónde provenía ese inaudito sonido. Luego nos percatábamos que era tan solo el viejo tren que atravesaba la ciudad dos veces al día, desplazándose pesadamente sobre unos maltratados durmientes.
Era el tren Carlitos de la tarde, cuyas durmientes cruzaban muy cerca de la casa.
Desde la ventana sur de la vieja casona, todos los días a la misma hora veíamos pasar al negruzco reptil, desplazándose ruidoso por las vías en su incesante traqueteo, dejando a su paso una gran estela de humo.Los niños de entonces lo obsevábamos con expectación. Parecía que el tiempo se detenía en el preciso instante en que el tren realizaba su cotidiano desfile, luego todo volvía a la normalidad.Todos quienes se hallaban sobre o cerca de las vías debían salir raudamente, pues de los contrario la gran serpiente los habría de devorar.
Viendo desde la desvencijada ventana de madera y agudizando bastante la vista, podía ver a sus pasajeros, tenía curiosidad por saber quienes viajaban en él. ¿Qué motivaciones guiaba a esa gente para ocupar un lugar en el estómago de ese reptil?Me preguntaba de dónde venían y hacia dónde iban, sentía cierta melancolía por ellos, aún sin conocerlos, por el solo hecho de verlos pasar.Imaginaba que viajaban muy lejos, que dejaban sus hogares, padres, madres hijos, para migrar y quizás nunca regresarían. Esos rostros sin duda jamás volvería yo a ver, y en una especie de empatía sentía tristeza por sus ignotos destinos, tan ajenos a mí pero con historias similares a la de los míos, quienes en su mayoría migraron a la Argentina, se establecieron allá en busca de mejores horizontes y no regresaron. Algunos sólo cada cinco o diez años y a quienes la ausencia le ha ganado la partida volvieron al cabo de veinte años o más, otros nunca volvieron a pisar su terruño.La roja tierra la llevaban en la sangre y la patria en el corazón.Pero quien a todos nos iguala toco a su puerta temprano, antes de lo prevista y quedaron durmiendo el sueño eterno en tierras extrañas, que sin quejas ni lamentos recibió sus cuerpos cansados,pero llenos de esperanzas para darles la gloria en un mundo mejor.
Mi mundo estaba repleto de un eterno partir de los míos, tanto que a algunos no los he conocido, cruzaron la frontera muy temprano y nunca volvieron.Los motivos, los mismos de siempre, búsqueda de fuentes de trabajo, mejora de la calidad de vida. Aunque por entonces me hallaba excluida de todo esto, solo tomaba conocimiento esporádicamente por las conversaciones entre mi madre y mi abuela, sin siquiera comprender el alcance de sus palabras, cuando hablaban de la distancia, el tiempo, los que han partido, la añoranza por la tierra. La tierra parte de cada uno, como la sangre, es un ente inmaterial que se instala en nuestros corazones, en nuestra peculiar manera de ser y de percibir la vida, la que añoraban quienes lejos estaban y a la que anhelaban regresar.

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David_escritor
Rango7 Nivel 30
hace más de 2 años

Me gusta, me la llevo a favoritos para seguir pendiente. ¡Ánimo!

nilda
Rango5 Nivel 22
hace más de 2 años

Gracias David.


#3

Desde este privilegiado lugar también podía divisar Loma Clavel, y oía el retumbar del viejo campanario de la Iglesia San Roque González de Santa Cruz, en su acompasado repiqueteo llamando a los fieles a la oración, e incluso se podía ver una faz de la misma cuando el sol aun la reflejaba.
El antiguo correo de Encarnación, situado muy cerca del río, constituyó una institución insustituible por aquellos años. Cartas, con palabras mal escritas, sueños truncados, amores lejanos, promesas incumplidas, melancolía y soledad eran parte de las diversas historias de los tantos que se fueron y de quienes se quedaron. En cambio para otros, era la alegría del pronto reencuentro, de una agradable noticia que tardaba en llegar y mil historias más que guardaba el Correo en sus vetustas paredes. Esto era un mundo de sueños en sus alforjas y un corazón atrapado en un sobre de papel. No fue parte de mi historia personal, aunque si la de quienes migraron.
Algunos volvieron con el seño fruncido y el desgaste propio de los años. Otros, partieron sin volver a pisar su suelo natal. Volaron en busca de sus sueños y en el vuelo olvidaron regresar.

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#4

LA PUERTA DEL OCASO.
La puerta ubicada al poniente de la casa, era rústica como toda ella, llena de estrías, sus junturas dejaban translucir en noches de clara luna su platino fulgor, así como los serenos amaneceres de aquellos tiempos.
Desde la madrugada se oía el clac, clac, clac, acompasado, de los carumbés,(medio de transporte propio de antigua ciudad) carros, carretas que al despuntar el alba emprendían su lenta marcha hacia Encarnación. El cimiento de la casa en este sector al igual que al frente sobresalía casi un metro del nivel del suelo, y desde el umbral saltaba yo a un espacio del terreno que era sólo mío, a un mundo paralelo lugar de mis juegos, con los accesorios de mi mundo; el almacén, con su balanza hecha con un viejo pedazo de madera, quizás desprendida de la propia casa, dos tapas de leche en polvo y varias piedras rescatadas del arroyo.
Allí, también vivían mis hijos de entonces, una sonriente muñeca de trapo, otra hija de porcelana y cabello de estopa, que tenía un brazo roto, un caballo de madera de color abano que se balanceaba dificultosamente y era el más antiguo de todos los juguetes. Había pertenecido a mis tíos que por entonces ya pisaban los cuarenta y vivían en Buenos Aires. Éste al igual que otros objetos preciados de mi niñez habitaba ese espacio el que se hallaba entre la puerta y el límite del terreno enmarcado por unos alambres de púas y unos ennegrecidos postes que parecían cansados por el paso del tiempo. Las tranquilas horas de la tarde transcurrían en este espacio esperando el ignoto mañana de un futuro mejor, sin saber que a pesar de todo, ése fue el mejor.

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#5

Esta fue la Encarnación de un tiempo pasado aunque no muy lejano, pero que definitivamente quedó en el recuerdo. Hoy gozamos de otros paisajes igualmente hermosos, pero radicalmente diferentes como distintas son nuestras percepciones y modos de vida. La pintoresca Encarnación de antaño se ha convertido en una exquisita ciudad turística con bellos paisajes que la convierte en una ciudad nueva pero antigua a la vez.

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#6

La vieja casona vivirá por siempre en mis recuerdos, parte de un feliz pasado dulcemente acariciado, al que vuelvo con nostalgia, con relativa frecuencia cuando el brillo de las luces y la majestuosidad de la hermosa ciudad me encandilan, y vuelvo a ella indefinidamente…

NILDA BEATRIZ CABALLERO RAMIREZ

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