SandraMnoz
Rango7 Nivel 32 (1830 ptos) | Autor novel
#1
    Partes:
  • #2

Era temprano, pero por las nubes que cubrían aquella pequeña ciudad, no se sentía con certeza la hora que era. Cuando nos roban el Sol no nos percatamos de cuánto envejece el día, hasta que nace la noche.
Había ráfagas de lluvia, y hacía aire del que te despeina sin permiso siquiera. La gente que transitaba por las calles mojadas, buscaban prisa en cuanto empezaba a llover, como si les esperase algo importante y se los recordara la lluvia. Había otros más cautos, que esperaban bajo algún portal a que parase de llover. Y luego estaban ellas. Era muy fácil darse cuenta de que aquellas cuatro chicas iban por aquella calle, pues simplemente caminaban, a paso tranquilo, como si no lloviera. O como si mojarse no les importara. Andaban a paso dispar, alguna con más prisa, otra ensimismada en sus propios pasos. Dos de ellas iban riendo, tratando de salvar la vida de su débil paraguas...
Llevaban chaquetas de colores llenos de vida, y hacían mucho ruido. Gritaban entre sí en otra lengua, interrumpían el tráfico para fotografiarse con esa felicidad que irradian los de veintitantos.

Hace casi 4 años Compartir:

5

6
Louis
Rango13 Nivel 64
hace casi 4 años

Huele bien este café.


#2

Llevaban ya un tiempo lejos de casa. Se habían conocido por la más remota de las casualidades, para quienes crean en ellas, y habían congeniado como las amistades que se afianzan en muchos años. Quizá porque desde la soledad, siempre te agarras con entusiasmo a cualquier cosa que te saca de nuevo a flote.
Una de ellas se quejaba del frío, mientras que la chica que iba absorta en sus pasos empezó a quejarse de que la batería de su móvil estaba a punto de morir.
Y a causa de una muerte tecnológica nació la mejor idea que pudieron pensar entre cuatro mentes. Vamos a tomar café.

Al poco tiempo de adaptarse al nuevo país, descubrieron que el ocio tanto de jóvenes como de cualquier otra edad, ocurría en las cafeterías. Los autóctonos más valientes cambiaban ese plan a veces, por refugiarse de la lluvia detrás de una fría Guiness. A cualquier hora. De ahí lo de valientes.

La cafetería era colorida, y nueva. Ellas al menos jamás habían entrado, teniendo en cuenta que estaba localizada en la calle principal de esa pequeña ciudad de cuento. Pidieron lo de siempre, y si el sabor no era distinto el barista lo fue. Una persona muy intensa, como el café que vendía. Hablaba del proceso, de los granos de café y de la elaboración, como quien habla de la más grandes de sus pasiones. Cuatro o cinco mesas estaban ocupadas. Caras raciales y caras de allí mezcladas hablando con diferentes acentos.
Ellas se sentaron al fondo, y uno de los clientes captó la atención de una de ellas. A tono normal, pensando que nunca nadie entendía su idioma más allá de las sentadas a su mesa, señaló a la persona tan peculiar que tomaba café solo. Solo en compañía, probablemente su café iba aderezado con whisky.
Era un hombre en sus treinta, pelirrojo. Su ropa y su actitud era lo que llamaba la atención de aquellas cuatro extranjeras. A pesar de no tener compañía, no paraba de sonreír. Daba igual si a la gente, o a la nada. Su estilo era de siglos atrás, gorra a cuadros junto a los pantalones, chaleco verde oscuro y camisa blanca debajo. La chaqueta colgada en su silla era parte del mismo traje que llevaba. Apostaron a que era Escocés, pero sólo por los cuadros.