Diecoke
Rango7 Nivel 30 (1431 ptos) | Autor novel
#1

Papá y mamá siempre me dijeron que en mi vida podía hacer grandes cosas, que podía vencer cualquier cosa. Obviamente, eran unos necios, o no sabían nada de lo que estaba por venir. Todos se plantean la propia vida con frases positivas, optimistas. “Se valiente y podrás hacer lo que te propones”. Necios, imbéciles e ilusos eso es lo que son.
Me encontraba de mudanza, yéndome a vivir a un pequeño pueblo minero de Asturias. El paisaje era como aquellos que encontrabas en las postales navideñas, todo nevado, praderas blancas con un fondo de montañas rocosas que se alzaban impotentes como gigantes que iban a aplastar al pequeño pueblo.
El pueblo, ya no parecía tan idílico, pues su aspecto recordaba a esos pueblos fantasma de Estados Unidos. Era un lugar de extracción de mercurio, cosa que se notaba en la salud de sus habitantes, pues parecían algunos intoxicados por aquella sustancia.
La poca confianza en aquel lugar se desvaneció al ver al que parecía ser alguna dignidad del pueblo minero. Una persona de avanzada edad, cara tapada por un pañuelo y una mirada negra que se clavó en mí, acercándose.

Hace más de 3 años Compartir:

1

10
Romahou
Rango18 Nivel 88
hace más de 3 años

Conozco la zona y ya especulo con el buen inicio...


#2

Pocas palabras articulaba aquella persona, cuya presencia hacía que mi medula espinal se estremeciera, temblara… ¿Quién era aquel que hacía que entrara en mi cuerpo aquella sensación de desconfianza? Igualmente, no había motivos para desconfiar de esa persona, de rasgos rudos escondidos detrás del pañuelo facial, además, me habían pedido expresamente que supervisara las operaciones mineras, así que tocaba seguir en contacto con él.
El pueblo me miraba fijamente, con ojos vacíos que me seguían mientras yo iba detrás de aquella personalidad pueblerina. Todos compartían las mismas características que aquel anciano que ahora mismo sigo: callados, pálidos, con caras negras… Parecía que su vitalidad se había esfumado. Hasta los niños, caracterizados por su vitalidad, se encontraban junto a sus progenitores mirándome fijamente. No debía de preocuparme, pues en mi largo recorrido dentro del mundo de la minería esto era una postal típica de estos lugares, aunque en este caso fuera aún más exagerado.
Me alojé es un pequeño hostal de la zona, no muy apartado del escaso centro del pueblo que tenía con su modesta iglesia, el Ayuntamiento y unos pocos edificios más. La habitación, fría como las noches árticas, recordaba a aquellas descripciones de ambientes tétricos que se podían leer en algunos relatos de terror, con un cuarto de baño que tenía algún que otro habitante en forma de insecto y suciedad, la cual, viendo como era el servicio de habitaciones del hotel, poco querrían limpiar. Aun así, descubrí una pequeña estufa de carbón, cosa que me ayudaría a calentarme en la fría noche que estaba por llegar.
Poco había que quejarse de la comida, en comparación a la habitación. Un guiso de carne, la cual extrañamente no pude identificar, me devolvió el calor corporal que, como mínimo, agradecí, pues aunque su sabor no era lo mejor del mundo, te lograba mantener con vida.
La noche llegó, y con ello aún más silencio. La pasividad sonora que se podía percibir durante el día se acrecentaba cuando el sol se escondía. Era tal que incluso llegaba a ser un tanto tenebroso y siniestro. En momentos así, con una paz que parecía el preludio de una catástrofe, me preguntaba si valía la pena ir a pueblos dejados de la mano de Dios para supervisar los trabajos mineros. La recompensa era buena, pero había sitios donde parecías no ser bienvenido.
Eran ya las 12 de la noche. Por fin había logrado alcanzar el sueño, pero fue entonces cuando un gran estruendo me despertó de aquel letargo que había logrado alcanzar. Me levante rápido y me dirigí a la ventana, la cual daba vista directa hacia la montaña.
Aquel ruido parecía como de maquinaria, pero la cual no podría corresponder a 1925. Sonaba tosca y ruidosa, pero a la vez fluida, no chirriaba… Parecía algo de nueva tecnología. Al mismo tiempo, una especie de canticos, los cuales no sabría decirte si estaban sacados del cielo o del mismo infierno, provenían de la montaña, los cuales iban a la vez acompañados de un baile de luces, provenientes del mismo lugar, que danzaban entre si cual aurora boreal.
Aquel espectáculo, que mezclaba lo más bello jamás visto y a la vez se podía percibir un atisbo de horror en todo aquello, hizo que me inquietara un poco más. Jamás había visto aquello en ninguno de mis trabajos.
El ruido de maquinaria aún seguía, más fuerte y frenético. Los canticos cada vez eran más fuertes y la luz llegó a iluminar toda mi habitación. Y de repente, todo acabó. El silencio y la oscuridad volvieron a gobernar aquel pueblo y mi habitación.
Preocupado y la vez extrañado, me metí en mi cama, la cual se había enfriado e intenté volver a recobrar el sueño, cosa que no logré.

#3

Las oscuras ojeras que presentaban mis ojos eran los testigos vivos de cómo pasé la noche. Un punzante dolor de cabeza me recordaba toda la mañana lo que viví esa noche. Mi mente no olvidaba aquellos ruidos mecánicos que provenían de la montaña, los cuales hicieron que mi curiosidad creciera.
Esa misma mañana me dirigí hacia el improvisado despacho que me la callada y extraña gente del pueblo me cedieron. No era nada del otro mundo: una silla de escritorio de cuero rojo desgastado, donde en algunas partes se podía ver la espuma, un escritorio con marcas de quemado de cigarrillos y marcas de copas o vasos. El resto de la estancia era fría y algo diáfana, con unos archiveros pegados a las pareces, algún papel por el suelos de madera vieja y astillada una puerta con un cristal translucido donde aún se podía entrever las palabras “Ernesto Lamora. Ingeniero de minas”, ahora ya prácticamente desaparecidas para ser sustituidas por las mías.
Todo indicaba que ese despacho perteneció a mi antecesor, el cual, no sé nada de él ni de su trabajo. Nadie me envió un informe sobre su trabajo en este pueblo y aun preguntando a la gente del pueblo, la mejor respuesta que pude obtener fue un unido ininteligible.
Una vez me establecí en mi despacho, cogí el viejo teléfono negro que había y que por suerte aún seguía teniendo señal. Me puse en contacto con la operadora y pedí que me pusiera con el Colegio de Ingenieros de Minas de Asturias. Una vez pude hablar, dije si me podían poner en contacto o hablarme de los trabajos de Ernesto Lamora. La única respuesta que obtuve es que estaba destinado al pueblo donde yo estaba trabajando y qué él debería seguir trabajando ahí. No sabían nada más y colgué.
La llamada me dejó más confuso que al despertarme. La llamada que recibí cuando le dijeron de venir a trabajar aquí me comentó que mi antecesor tuvo que dejar el puesto por problemas de salud. La cosa es que cuando alguien deja su trabajo debe notificarlo al Colegio de Ingenieros de Minas.
Igualmente, me puse manos a la obra y empecé a ordenar todos mis documentos que recibí previamente sobre los trabajos a realizar en esta montaña. La mina era de mercurio, un elemento del que vivía el pueblo. Por otro lado, no había un inversor que explotara aquella mina, ni el propio estado estaba metido en las labores de excavación ya sea para la supervisión y para invertir en aquella actividad. La única explicación era que había algún papel traspapelado donde figuraba el nombre o la entidad inversora.
Pasé toda la tarde ordenando y rebuscando entre los papeles de los archivadores, intentando hacerme a una idea de cuales fueron los trabajos que se realizaron y así poderlos continuar. Por otro lado, también debía hablar con el encargado o capataz para concertar una visita a la mina, lugar el cual pasaría bastante tiempo supervisando las actividades mineras, es por ello que gracias al listado de trabajadores, pude localizar al hombre en cuestión. Se llamaba Eduardo Arruñada, un hombre bastante grande, con media cara inferior tapada con un gran pañuelo con manchas negras, al igual que el resto de su ropa: una camiseta de trabajo negra, pantalones negros y unos tirantes desgastados para aguantar los pantalones. Le comenté al hombre de concertar una visita a la mina y su respuesta me inquietó. Me dijo que no hacía falta que fuera a la mina, que yo trabajara desde el despacho, que así era más seguro. Ante mi obvia insistencia, el hombre, con una voz muy impersonal y ronca, accedió a dejarme ir en dos días.
A lo tonto, la tarde estaba terminando, pero encontré un documento que era importante para los sucesivos trabajos, llamado “Estudio estructural y mineral de los trabajos realizados en la mina de mercurio”. Parecía ser un informe realizado en partes a máquina y otras a puño y letra del propio Ernesto Lamora, el cual, en las sucesivas líneas, hubo cosas que me llamaron ciertamente la atención…

#4

“- Los trabajos realizados en los últimos meses para la extracción del mercurio han sido exitosos. La maquinaria cedida por el pueblo nos ha ayudado a encontrar unas zonas ricas en el elemento en cuestión. A continuación procedemos a su extracción.
- Tras un mes de trabajos hemos optado por excavar en dirección noroeste. En los trabajos hemos visto que el material pétreo cambia a más oscuro. No logro identificar cual es.
- Entre este material se encuentra se encuentra una betas de otro metálico cuya densidad y color desconozco. Los obreros parecen estar contentos de haber encontrado estas betas de este extraño mineral.
- Esto es imposible. Hemos encontrado una caverna. Un simple estudio realizado a primera vista da a entender que es artificial. Las trazas en la roza son muy extrañas, como de una maquinaria nunca vista antes. Además, por la erosión de estas, podría datarse de milenios de antigüedad.
- Este informe va dirigido a quien me vaya a sustituir. No sé cuánto tiempo me queda. Lo que he visto ahí es indescriptible. La gente del pueblo está con ellos. Ahora mismo estoy encerrado en mi despacho escribiendo esto a pluma. No se cuanto más podré estar oculto aquí… Otra vez ese ruido horroroso de la montaña. ¡Mierda! Están aporreando la puerta. ¡Vienen a por mí! ”
No se registró ninguna actividad posterior a esto y la última fecha era de hace un mes. ¿Ernesto no quería de verdad escaquearse y por eso se inventó esta historia? La gente del pueblo parece un tanto extraña, pero bueno, la gente de estas zonas parece algo más introvertidas y no gustarle los extranjeros.
No era la primera vez que un Ingeniero de Minas dejaba su trabajo de un pueblo que no aguantaba para irse y se inventaba alguna excusa. Los pueblerinos de las zonas mineras a veces eran personas difíciles de tratar para gente de la ciudad. Por otro lado, las costumbres y tradiciones de esta gente muchas veces chocaban con ingeniero de diversas capitales, llegando a incomodarlos.
Una vez dejé de leer el documento la noche ya llegó. Salí del desastroso despacho que intenté ordenar y me dirigí con calma hacia mi habitación. Al salir a la calle, el frío y la niebla llegaron con todo su odio, por lo que tuve que abrigarme hasta tapar media cara.
Mientras caminaba hacia mi habitación, vi que la Iglesia tenía todas sus luces encendidas y que la gente del pueblo empezaba a salir de ella con cirios y en procesión, entonando un cantico el cuya letra no alcanzaba a entender. Podría ser que fuera latín o alguna otra lengua propia de la zona. Lo extraño fue que se dirigían hacia la gran montaña mientras cantaban.
La fe nunca fue lo mío, por eso apenas conocía el santoral o el nombre de todas las Vírgenes de España. Aquella procesión era posible que fuera en honor a alguna Virgen patrona o Santo del pueblo y que ahora fueran sus fiestas, pues es bien conocido que España es un país muy creyente y católico.
Aquella noche apenas tenía hambre, además de que no había ni un alma en el pueblo para que me pudieran preparar algo. Es por ello que dediqué parte de las primeras horas de la noche a hacer la planificación de la intervención minera que empezaría en unos días tras por fin ver la dichosa mina.
Las horas pasaban, me duche para despejarme y quitarme el olor a papeles viejos y me puse el pijama. El cansancio me podía y mis ojos se entrecerraban, por lo tanto me metí en la cama en intenté que el sueño llegara.
Y otra vez empezó todo.
El ruido de la maquinaria extraña volvió, los canticos lo acompañaba y la extraña pero bella danza de luces recorría los alrededores de la montaña. Me levante y cerré la cortina, pero la luce se colaba en mi habitación de forma inexplicable. El sonido taladraba mi mente y los cánticos hacían temblar cada parte de mi cuerpo.
Me puse la fina y desgastada almohada alrededor de mi cabeza, en un vano intento de dejar de oír todo aquello y poder dormir. ¿Esto sería obra de los habitantes del pueblo? Ahora mismo no podía pensar claro, solamente necesitaba dormir.
Cogí la almohada y la tiré hacia el otro lado de la habitación. El sonido era más fuerte y hacía que todo en el cuarto temblara. El vaso de agua de cayó al suelo, los objetos de metal sonaban como nunca y mi cerebro no paraba de rebotar en mis paredes craneales provocándome el mayor dolor de cabeza de mi vida.
Grité, grité muy fuerte de desesperación. Solo quería que todo acabara, que me dejaran en paz. Y todo acabó.
Un nuevo día llegó con el sol entrando por la ventana.

Jose_Mierez
Rango13 Nivel 64
hace casi 2 años

Me gustó esa expresión de "y mi cerebro no paraba de rebotar en mis paredes craneales"


#5

El caso de Ernesto Lamora me seguía dando vueltas a la cabeza. Era como si se lo hubiera tragado la tierra y por más que preguntara a los lugareños, la respuesta era un ronco silencio que hacía que me preocupara más sobre él.
Aquel documento donde estaban escritas las notas de Ernesto no se las enseñé a ninguno de los mineros de aquel pueblo y menos después de verles la otra noche yendo de procesión hacía la montaña y organizando aquella horrorosa amalgama de ruidos de maquinaria con canticos de coro sacados de ultratumba.
Pasó un día entero desde aquel acontecimiento y hoy tocaba ir a la mina. Esta algo nervioso, pues me acompañaba el capataz Eduardo Arruñada, el cual ahora mismo me transmitía una inseguridad y un nerviosismo nunca antes visto en mí.
Me llevó en una vieja furgoneta oxidada y llena de polvo, piedrecilla y tierra. El golpeteo de las herramientas de minería sonaba al son del repiqueteo y los baches del coche mientras subía la sinuosa cuesta que llevaba a la mina. Una vez ahí, la cosa no mejoró mucho.
Tras cerrar la puerta del coche, con el consiguiente ruido que denota el estado del automóvil, todos los trabajadores que iban a entrar se quedaron mirándome. Su mirada no se despegaba de mí y en cada movimiento que hacía lo seguían. El silencio era sepulcral y solamente alguna herramienta o el sonido de la propia naturaleza rompían aquel incómodo y siniestro momento.
La entrada a la mina me aterró aún más. Era curioso, porque estaba más que acostumbra a estar en ellas, pero esta vez era diferente. Un escalofrío recorrió todo el cuerpo mientras sentía las cientos de miradas clavándose como cuchillos por todo el cuerpo. Junto a eso, el frío y lo siniestro de aquel lugar hacía que me repeliera entrar, pero sentía que ahí podría encontrar alguna respuesta.
La oscura piedra no dejaba el ojo pudiera distinguir formas y figuras dentro de aquel lugar, cosa que se agravaba con la escasez de luz. El ambiente era recargado, lo cual me dificultaba respirar ahí dentro. Poco a poco mientras me iba internando, la visibilidad iba cayendo y me era más difícil tomar las pertinentes notas sobre el nivel estructural y mineral de la mina.
El camino por el interior seguía y la oscuridad estaba cada vez más presente en nuestros alrededores. Esta gente parecía no necesitar el uso de luces, pero era extraño pues aun con la vista acostumbrada, era imposible trabajar en condiciones sin una fuente de luz.
Fue entonces cuando vi lo que creo que describió Ernesto en sus notas. Era un túnel sellado con unas telas de lona marrón. Me fijé lo mejor posible y vi que entre los pequeños huecos que dejaba la tela se podía entrever un pequeño destello verde intenso. Pregunté porque no podíamos pasar ahí y la única respuesta era que hubo un desprendimiento. Le dije que como ingeniero debía de verlo, pero la frase acabó con un seco y fuerte no.
Me llevaron de nuevo a mi habitación ya al atardecer, donde más que respuestas y cosas claras solo tenía preguntas y más dudas. Solo había una cosa que tenía claro: en ese túnel había algo que respondería a todas mis preguntas.
La noche llegó e intenté dormirme, pero otra vez volvió a pasar. Los sonidos retornaron a la oscura noche, pero esta vez más fuertes. Los colores y luces hicieron su aparición, pero su intensidad era tan que las cortinas no podían resistirse a su poder.
Con dificultad miré a la calle, donde la gente se reunió en la entrada de la Iglesia y empezaron a entonar un canto que apenas podía entender. Las únicas palabras, si es que se podían definir así, era como una especie de grito, tal vez religioso o parecido que decía ¡Iä iä!
La gente marchó en procesión hacía la mina, entonando esas horrorosas palabras en aquella lengua que hacían que mi mente se horrorizara y quisiera salir de mi cabeza para nunca volver. Cuando las luces y los infectos cánticos se alejaban me quedé mirando con horror la escena.
Algo extraño y perverso estaba ocurriendo en este pueblo y en aquella montaña, algo que nunca nadie había visto antes, de eso estaba seguro. Mi cabeza tenía cientos de ideas y a la vez estaba mareada de las luces, los cantos y las palabras que se le grababan en la mente. Tenía miedo, joder sí, lo reconozco. Debía de irme de ahí, pero el tren no llegaba al pueblo en 3 días, así que no sabía qué hacer.
Y fue entonces cuando tomé la decisión de la cual me arrepentiría para toda mi vida. Decidí ir a la mina.

Diecoke
Rango7 Nivel 30
hace casi 2 años

el desenlace se acerca


#6

Casi una hora de ascenso es lo que tarde en llegar a la enorme entrada de la mina. El sudor de mi frente me cegaba, las piernas apenas me respondían y mi respiración dolía al intentar que no fuera muy fuerte para que los cientos de personas que habían subido a la montaña no me oyeran.
Intentaba recordar el camino que recorrí ese mismo día Eduardo. Por suerte, encontré una lámpara de aceite y con mi mechero logré encenderla, mostrándome así las profundidades negras de aquella mina del horror.
Estuve 10 min dando vueltas, recobrando mi cuerpo y mi mente todo lo que podía. El ambiente estaba más cargado que antes, la respiración me costaba más y la densidad del polvo hacía que la linterna solo alumbrara menos de un metro. Parecía que de verdad me había perdido en aquella espirar de oscuridad, hasta que entonces lo oí.
Los gritos y rezos llegaron a mis oídos. Los seguí con precaución, intentando que el denso polvo del ambiente no me provocara un accidente o algo peor. El retumbar del eco de aquellas voces se juntaba con el incipiente sonido de la maldita maquinaria del diablo. El sonido se introducía en mi mente como cuchillos empuñados por un psicópata. Entraban y salían, así todo el rato, sin dejarme tregua.
Mientras iba de un lado a otro, intentando mantener el equilibrio, logré diferencias entre la espesura de aquella niebla mineras un pequeño destello de color verde, el cual me indicaba donde estaba la entrada del túnel, el cual vi tapado esta mañana.
Como por si mi cuerpo tuviera inercia propia, me dirigí hacia dentro, donde los gritos, rezos y ruidos era la banda sonora de mí trágica historia. Junto a esto, mientras me aproximaba hacia la fuente de aquella luz verde intensa, una tormenta de zumbidos se mezclaba con todo lo anterior.
La cueva se abría hacia una galería de proporciones titánicas. A simple vista parecía ser un enorme templo, de grandes bloques ciclópeos de piedra negra muy brillante, la cual no vi nunca. Las grandes columnas salomónicas, o eso relacioné yo, parecían tener vida propia, retorciéndose en un grotesco movimiento viscoso que parecía no tener fin. Al fondo del todo, pero centrado y en altura, había una especie de altar donde un cuerpo, aparentemente humano, yacía tumbado y sangrando.
Frente a este altar, pero a menos altura, estaban los cientos de habitantes del pueblo, con túnicas negras balanceándose de un lado a otro, al grito de ¡Iä, Iä! Mientras, algunos se quitaban sus prendas y procedían a realizar actos sexuales de la más grotesca índole. Los gritos de placer se juntaban con los anteriores, formando así una magna orgía de depravación y de lo más grotesco que había podido ver en mi vida.
Los zumbidos se hicieron más fuertes. Fue entonces cuando aparecieron. Como si de ángeles enviados por la entidad más maligna se tratara, bajaron volando de la parte más oscura de la gran caverna, a un vuelo lento, como si estuvieran suspendidos en el tiempo. Sus cuerpos eran insectoriodes, con cabezas bulbosas y con cientos de colores. Su tamaño era poco más grande que el del humano más alto del mundo y de su espalda aparecían unas enormes alas membranosas, como las de una mosca o algo peor. Pude contar como 5 de estas horribles y grotescas criaturas se ponían frente al cuerpo. Pude ver como en un alarde de maestría de sus indescriptibles extremidades, sacaron de ahí el cerebro del pobre desdichado.
Ente tal espectáculo donde el horror era indescriptible, solamente tuve la opción de salir corriendo, mientras los gemidos, los ruidos de maquinaria, los zumbidos y los cantos destruía la poca cordura que me quedaba en mi cabeza.
Tras llegar a una esquina donde supuse que no podían verme, vomité del mareo y del asco de ver aquel infecto espectáculo. Fue entonces cuando vi como otra luz, también verdosa, brillaba por otro pasillo que parecía no ser el que usé anteriormente.
El hipnotismo de aquella luz que bailaba entre las formas heterogéneas de la cueva me llevó a ir al origen. Cada vez era más intenso aquel brillo que me llevó al horror. La sala estaba llena de artilugios que parecían ser quirúrgicos. Sangre, herramientas y camillas reinaban en la sala, junto a una decena de cuerpos con el cráneo abierto y sin cerebro.
Entonces vi el origen de aquella luz verde. Era una urna, una urna con una especie de ojo de buey, una tecnología que nunca había visto antes y lleno de algún líquido. Lo realmente horripilante fue lo que lo que había suspendido dentro: se tratada de un cerebro humano. Yo, ante la situación y el miedo, me fui al otro lado de la habitación, sin dejar de mirar el cerebro.
La urna empezó a emitir un sonido, al principio no sabía que quería decir, pero luego poco a poco, desde un pequeño altavoz que tenía está instalado, pude oír la palabra más simple y en ese momento tan aterradora que podría escuchar: Hola.
El cerebro me estaba saludando, o eso pensaba yo. Me dijo que no tuviera miedo, que ellos venían a liberarnos de nuestro mortal cuerpo para darnos la inmortalidad, la perduración de la mente. Me contó que ha viajado más allá de Plutón, que vio caer planetas y nacer estrellas. Antes él tenía miedo, pero desde que le liberaron, no tiene palabras de agradecimiento suficientes para quienes le liberaron. Fue entonces, con el miedo en el cuerpo y la voz quebrada cuando le pregunte quién era, cómo se llamaba. Las 4 palabras que me dijo hizo que mi mente muriera para siempre: Yo soy Ernesto Lamora.

Romahou
Rango18 Nivel 88
hace casi 2 años

Lovecraniano e inquietante.

Gran historia...

Diecoke
Rango7 Nivel 30
hace casi 2 años

De mis autores favoritos cuyo universo amo y disfruto como un niño. Siempre es bueno ofrecer tu visión de este universo que Lovecraft siempre fomentó ampliar.

Romahou
Rango18 Nivel 88
hace casi 2 años

En eso ando yo también....


#7

La monstruosidad de aquellas palabras hizo que me llevara a un estado de locura que me llevó a huir corriendo de aquel demente lugar. La cabeza y la cueva me daban vueltas, cada una a su ritmo y dirección. Por un momento parecía que la mina tenía vida propia y que se movía al son de los gritos orgásmicos y los cantos del inframundo.
Mi mente se perdió por aquellos pasillos de la locura, pero mi cuerpo, por suerte logró orientarse, fruto de la adaptación por sobrevivir. La luna, verde a causa de la luz que la propia montaña desprendía, me lograba iluminar mi camino, como si fuera un pequeño eco de cordura y realidad que pode atisbar aquella noche.
Tropiezos, mareos y caídas fueron la tónica de aquel largo descenso que realizaba presa por el terror que tenía a mis espaldas. Aun así, mis piernas no paraban de moverse, pues la desesperación por sobrevivir y contar todo lo que pasaba en aquella oscura montaña se aferraba a mi cabeza.
Poco a poco, el pueblo aparecía ante mí, con sus pequeñas y escasas luces. Me fui corriendo hacía mi despacho y me encerré con llave. No me fiaba ya de nadie y en mi habitación era fácil forzar la cerradura y asesinarme mientras duermo. No tardé en poner todo mueble y objeto en la puerta para que nadie entrara. Por otro lado, cerré toda ventana y bajé las persianas para que nadie me viera ni yo verles a ellos.
En unos días llegaba el tren y solamente me aferraba a esa esperanza para seguir con vida. Si todo iba bien, podría escabullirme sin que se den cuenta e irme de una maldita vez de aquel pueblo de locura.
Los días pasaron. No comí, no pude dormir. Mis ojeras eran negras como el carbón, la barba sobresalía ya desaliñada, siendo testigo de que hacía días que no me afeitaba. Mis manos me temblaban y tenía marcas de sangre a causa de apretarme demasiado los puños a causa del nerviosismo y del miedo.
Desde aquella noche, los ruidos y los cantos no se volvieron a oír y aun así mi cuerpo y mi mente no se volvieron a conciliar con el sueño. Nadie intentó entrar en mi despacho y mucho menos comunicarse conmigo. La vida a mi alrededor parecía que no existía.
Y aquí me hallo yo, intentando escribir todo lo que viví en aquel pueblo al que Dios, o el que sea, abandonó a su suerte y se llenó del mayor horror y locura que uno podría presenciar. Confío que estas palabras no sean las de un loco, porque os aseguro que en ellas se encuentra la verdad, pues les juro, que lo que hay ahí es cierto.
Estas pues parecen ser mis últimas palabras antes de intentar salir de este infierno. Los muebles están apartados de la puerta. El miedo me consume y cada vez estoy menos convencido de poder hacerlo. No sé si estas serán mis últimas palabras. No, no, no… Los zumbidos. ¡YA VIENEN!

WitcHeart
Rango8 Nivel 37
hace casi 2 años

Vaya @Diecoke Estuve en el borde de mi asiento hasta el último momento. Genial historia.

Diecoke
Rango7 Nivel 30
hace casi 2 años

@WitcHeart gracias, te animo a leerte los otros que tengo que también tienen cosas muy tensas y de misterio

WitcHeart
Rango8 Nivel 37
hace casi 2 años

Por supuesto que los leeré @Diecoke . También espero contar con tu opinión sobre mis relatos de terror. :)