ChufiJim
Rango10 Nivel 45 (4509 ptos) | Fichaje editorial
#1

Odio la puta lavandería.

No soy una persona que crea en el destino. Soy una persona racional, directa, sencilla, pragmática. Mierda, soy el tipo de persona que si no le gusta algo lo dice. Sin tapujos. Me parece que eso es pragmático, ¿no? Hostias, es jodidamente pragmático. Soy el jodido rey del pragmatismo, mierda. Y debo decir, debo dejar claro antes de que me reviente la maldita vena del cuello, que odio la puta lavandería.

¿Qué es esa mierda del «destino»? Es un cuento chino, una excusa para los que no son capaces de sacarse las castañas del fuego, para los conformistas, los débiles de mente o de corazón que buscan esconderse de la realidad dentro de alguna loca fantasía lovecraftiana. Tío, ni siquiera estoy seguro de saber qué es eso de «lovecraftiano», pero suena épico y me vale. Nadie maneja los hilos, nadie te está metiendo un dedo por el culo y obligándote a tomar una dirección hacia un lugar determinado bajo unas circunstancias determinadas simplemente por el hecho de que te tocó vivirlo.

No, coño, no.

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Romahou
Rango18 Nivel 89
hace casi 4 años

Cuanta indignación amigo.

Y yo que uso el término Lovecraftiana, pero no como excusa o justificación, sino como referencia.....

Tampoco creo en el destino

Saludos

Gabe
Rango8 Nivel 36
hace casi 4 años

No tengo claro como me siento tras leerlo, ni si me gusta ni si me intimida. Qué pragmático todo.

JbSkyline
Rango4 Nivel 17
hace casi 4 años

Exacto @Romahou , Lovecraftiano no se debe usar como eso pues para nada significa eso jajaja, Muchas palabrotas pero es una buena manera de materializar en los escritos la frustracion y el odio que seguramente quieras transmitir, te doy el Like que te falta, a ver como sigue.


#2

Tu vida es tuya, tus errores son tuyos y de nadie más y tus éxitos son del tipo al que le chupaste la polla para conseguirlos. Por eso mismo no soy una persona que crea en el destino.

Y sin embargo ahí está. Aquello que algunos llaman una señal. Como que por ejemplo el día que te manchas toda tu puta ropa, de arriba abajo, y necesitas lavarla urgentemente para seguir trabajando esa misma noche, va tu lavadora y se le jode la electroválvula. No es bonito eso. Tu piso se convierte en una piscina privada y entonces te vuelves consciente de que te has quedado sin la puta herramienta para limpiar tu puto uniforme y salvar tu puto culo. Así que te toca coger las llaves de tu casa, salir por la puerta y dirigirte a la lavandería más cercana. Mierda, estoy desvariando. No pienso con claridad. Se hacen cosas bastante ridículas cuando uno no piensa con claridad. Como emborracharte en una fiesta y decirle a la chica que te gusta lo que sientes por ella estropearlo todo. O quizá hartarte del todo de tu amigo «el bocazas» y proceder a reventarle los dientes con tu puño cerrado. Da igual. Recuerdo haber salido del piso franco aquella tarde, donde todo ocurrió. Hacia la gélida tarde invernal de Madrid, el viento del norte golpeándome en la cara, haciéndome lagrimear los ojos; respirando lo más cercano a aire puro que puede ofrecerte esta maldita ciudad y fingiendo que estoy feliz y conforme con mi trabajo.

Y de nuevo, las señales me traen al presente. El encargado, un morillo que habla español como si tuviera una zapatilla en la boca, comienza a tararear una canción. La misma canción que él. Entonces pienso en lo que he hecho. En lo que he hecho cuando no pensaba con claridad. Y la realidad me golpea como una patada en los cojones, me deja encogido, doblado, y casi termino en el puto manicomio, aullando por todo el camino. Pienso que el chaval era un mierdecilla egoísta, idiota y arrogante. Me lo repito una y otra vez, queriendo convencerme a mí mismo. Queriendo autoengañarme. Pero no funciona. Sólo sé de una cosa que seguro funcionaría. Una borrachera de dos o tres días, quedarme mamado hasta perder el sentido y que nada importe y todo quede en segundo plano tras el dolor borroso detrás de las cuencas de mis ojos. Tras esto es cuando vendría sentirme como una mierda, como si algún cabrón desalmado me hubiera forrado las tripas con cemento rápido y hubiera metido mi cerebro en un frasco de formol mezclado con mis vómitos. Pero eh, estaría pensando con claridad.

Saco un cigarrillo marca «Ducados» mientras observo, una vez más, la estampa a mi alrededor. Dos señoras mayores están sentadas cerca de mí, cotorreando como posesas de una forma alegremente enfermiza acerca de la calidad del filete que compraron esta mañana en la carnicería; un negro tiene los auriculares puestos mientras susurra lo que parece un intento de componer un rap; el morillo sigue tarareando la puta canción mientras marca un número en el teléfono del mostrador y se lo lleva a la oreja; una mujer le da de amamantar a su bebé mientras la que parece su hija mayor juega a desvestir a sus muñecos y tumbarlos unos encima de otros; junto a mí, el que parece el patriarca de esa modélica familia está resolviendo la sopa de letras de un periódico desgastado. Miro a la pared que tengo enfrente.

Las doce menos veinte de la noche.

Bajo el reloj de pared, un cartel naranja con letras negra que reza «ABIERTO 24 HORAS». Suspiro con cansancio. Llevo casi dos horas esperando a que la ropa termine de lavarse y mi crispación sigue creciendo. Me llevo a los labios el cigarrillo que saqué antes y busco el Zippo entre los bolsillos de mi chaqueta. Es entonces cuando caigo en la cuenta de que lo tengo en el abrigo. Y el abrigo está colgado en el puto perchero junto a la puerta. Me levanto con desgana y llego hasta allí. Cuando saco el mechero y me dispongo a encender el cigarro que sujeto entre mis labios, el morillo me mira con enfado y me hace gestos para que salga fuera a fumar mientras sigue hablando por teléfono. Sí hombre, con el puto frío que hace. Lo miro impasible, mi puño derecho se alza y mi dedo corazón se estira hacia el cielo mientras mis labios articulan una frase muy concreta sin pronunciar sonido alguno: «Que te follen». El morillo me mira con desprecio y pasa de mí, así que decido hacerle el mismo favor y vuelvo a mi asiento de mierda. Me enciendo el cigarro y le doy una profunda calada. El sabor del tabaco negro inunda mis pulmones llenándolos un poquito más de alquitrán. Mientras exhalo el humo, veo que las viejas me están mirando con atención, en silencio. Vale, ¿qué coño miran? Es angustioso y perturbador a partes iguales que dos pasas con peluquines canosos recién salidos de la peluquería te miren con tanta fijación, como si fueras el mismísimo y codiciado filete del que hablaban momentos antes y que ambas habían visto esa mañana en la carnicería del barrio. Dios, solo de pensar que soy un filete me estremezco. Imaginarme a esas mujeres arrugadas colocándose sus dentaduras postizas mientras sonríen grotescamente, y me mastican, y me devoran, y lo único que pueden pensar sus polvorientas mentes es lo rico y de buena calidad que es ese filete que están degustando como si de putas hienas se trataran. De nuevo mi mente se dispersa y tengo que obligarme a mí mismo a centrarme y a pensar con claridad. Malditas zorras, siguen observándome. ¿Tengo monos en la cara?

Romahou
Rango18 Nivel 89
hace casi 4 años

El mundo enemigo... Me he sentido así...

Es una gran narración compañero.

Gabe
Rango8 Nivel 36
hace casi 4 años

Mola que el propio relato se intenté leer más rápido de lo que lo estás leyendo, o al menos es la sensación que me da.

Te aconsejo que repases las siguientes (si las hay) continuaciones muy concienzudamente, seguro que así gana mucho más.

Sigue así c:

ChufiJim
Rango10 Nivel 45
hace casi 4 años

Muchísimas gracias, @Romahou. Quisiera colgar más trozos, pero han quitado la opción de editar los textos con HTML y ahora no puedo poner negritas, cursivas, y cosas que me gustaría añadir

Romahou
Rango18 Nivel 89
hace casi 4 años

Perdemos matices entonces, nos roban profundidad.

Yo ni tan siquiera sé o sabía añadir (o que pudierase hacer) esos recursos.

Habla con la web. Sigo atento

ChufiJim
Rango10 Nivel 45
hace casi 4 años

@Gabe muchas gracias, compañero. Tomo nota, cierto es que con la narrativa pura siempre he sido más torpe. En las siguientes cajas incluiré diálogos, con lo que me suelo sentir mucho más cómodo. Y como le comentaba a @Romahou me gustaría poder editar las futuras cajas con negritas y demás (Sttorybox es demasiado básico en eso), pero si no pensaré alguna alternativa para no dejar parado este relato corto, que ya lo tengo terminado.

Feandir_el_octarino
Rango6 Nivel 25
hace casi 4 años

no tengo necesidad de recordarte lo buen escritor que me pareces siempre, y lo bien que se te da la ambientacion, sin abundar en detalles excesivos ^^. solo hay una frase que no me ha quedado clara, pareciera estar aislada y sin conexion a nada mas, entre dos puntos seguidos:

"La misma canción que él. "

Saludos amigo ^^

ChufiJim
Rango10 Nivel 45
hace casi 4 años

@Ivory_Falcon como siempre muchísimas gracias, amigo jajaja. Si te explicara esa frase, te haría spoiler de lo que viene más adelante. Con eso creo que contesto a tu pregunta XD.

Sherezada_Onirica_Viajera
Rango6 Nivel 26
hace casi 4 años

Bueno, lo pensé mucho para escribir el comentario pero al fin me decidí. Te cuento que salté de tu cuento de "Simon dice" a este, y me estrellé. No solo por el cambio de tono, estilo, y demás sino porque no tiene la misma calidad del otros, si me pusieran esos dos cuentos sin decirme nada nunca hubiera apostado que son del mismo autor.
Aquí se nota que tienes una debilidad en manejar la prosa extensa, que los dialogos te salen magistrales, pero que cuando no los usas estás algo incomodo. Me encanta que te atrevas con un texto así pero si le hace falta mucho trabajo, yo te propongo que edites las partes que lleves quitandoles todo lo que puedas, todos, signos, palabras, frases enteras, trata de mutilarlo y dejar solo lo mínimo necesario, luego con ese mínimo adornarlo con prosa, es un ejercicio extenso que puede resultar en la absoluta nada, pero es interesante para manipular la prosa mejor. Espero que no te molestes por la crítica y que lo puedas terminar. :)

ChufiJim
Rango10 Nivel 45
hace casi 4 años

@Sherezada_Onirica_Viajera lamento que no te haya agradado esta historia. Pero no te preocupes, toda crítica es bienvenida. Yo creo que mi error principal fue no haberla colgado entera y haber parado en esta segunda caja, cuando el relato al ser tan corto solo puede funcionar como un todo. Igualmente anoto tus observaciones, y gracias por leerme ^^


#3

[[No... Por favor... Ya sé que... Ya sé que... Por favor, te lo ruego.]]
[[No volverá a pasar...]]

—¿En qué piensas, cariño?
—¿Qué?
Una de las viejas me ha hablado. Parece simpática. Esas son las peores.
—Que en qué piensas. Estás como en otro mundo, joven.
—Sabes que aquí dentro no se puede fumar, ¿verdad? —me inquiere la otra—. O sea, seguro que lo sabes, por lo de la ley esa antitabaco. Pero a mí no me molesta. El humo digo. Ni que fumes, tampoco. Julia siempre me dice que fumaba demasiado y que por eso mis dientes se pudrieron tan pronto, pero Julia siempre ha sido una exagerada...
—Ay, cállate ya, María Luisa. ¿No ves que al joven no le interesa? Discúlpala, cielo. Es peor que una cotorra.
—No te habíamos visto antes por aquí, ¿verdad, Julia?
—Sí, bueno —respondo con tranquilidad—, no suelo venir demasiado. Soy un tipo hogareño. Pero hoy me apetecía salir un rato. Ya saben, cambiar de aires, conocer gente nueva...
—¡COOPER! —grita la loca amante del humo.
—¿Perdon?
Junto al mostrador, el morillo sigue hablando por teléfono. «Se lo dije a la muy guarra, ¿pero crees que le importó algo? En absoluto. La tipa siguió como si nada...»
—El agente Cooper, de esa serie de los ochenta creo que era —prosigue la tal Julia—. Twin Peaks. Me recuerdas mucho a él.
—Es la primera vez que me lo dicen —«Puta vieja de los cojones».
La niña pervertida deja sus muñecos desnudos y me mira fijamente. Sus ojos son verdes.
—¿Pero qué dices, Julia? ¡No se parece a Cooper! Cooper era moreno. Y bebía café...
Las viejas siguen discutiendo sobre si me parezco o no a un puto agente del FBI de una serie de culto que a nadie le importa un carajo. Tanto da si discuten sobre si me parezco a ese o al filete de la carnicería; siguen siendo igual de perturbadoras. El retumbar de las lavadoras del local resuena en mi mente, recordándome a los mismos sonidos que produciría una licuadora gigante. En la licuadora puedes meter cosas y triturarlas, hacerlas zumito para diabéticos. Si alguien se porta mal, si necesitan que se le dé una lección a algún memo, me llaman. Y yo los trituro como granos de café en un molinillo. A veces me siento como una maldita trituradora.
¿Qué es eso...? ¿Qué...? Oh, no por favor. ¡NO!
—...El café sólo está bueno si trituras correctamente los granos de café, Julia. Lo sabe todo el mundo. Tú lo haces mal.
—¿Suelen pasarse mucho por aquí, señoras? —pregunto a la que se hace llamar María Luisa. Parece la más cuerda de las dos y necesito distraer mi mente.
—¡Oh, sí! Venimos casi todos los días, cariño. Nos conocimos aquí cuando veníamos a lavar la ropa. Ahora lo usamos como punto de reunión. Nos recuerda a aquellos tiempos, es bonito.
—Sí, antes éramos más —interviene Julia—. Matilde estaba también con nosotras. ¡Menuda bruja! Pero era buena persona. Aunque muy mala gente, no sé si me entiendes. Pero bueno, ella, digamos que...
María Luisa interrumpe sin rubor alguno a su compañera para ser más concisa y directa.
—Está muerta.
—¡ASESINO! —grita el patriarca, el hombre de la sopa de letras sentado junto a mí. Lo miro con una mezcla de sorpresa y alarma, y veo que es la palabra que acaba de encontrar en el puto rompecabezas.

Las señales. Las viejas siguen hablando sobre Matilde, pero yo ya no escucho nada. Solo veo las señales. Tío, un ataque de pánico, sólo ha sido eso. Un ataque de pánico. O sea, mira a tu alrededor, joder. Estás en una maldita lavandería, por el amor de Dios. A diez minutos de tu casa. Te estás convirtiendo en un tío raro; un hombre adulto, hecho y derecho, que se caga de miedo por una palabra en una puta sopa de letras. Es una crisis nerviosa, solo eso. Ha sido una mala idea venir. Miro el reloj de pared. Las doce menos cuarto. Había bajado a las diez pasadas y el morillo me dijo que aproximadamente tardaría dos horas y pico en terminarse el lavado y secado. De puta madre... Recuerdo cómo he dejado mi piso, inundado de agua antes de salir. Mierda de electroválvula. Me recuerdo a mí mismo que tengo que llamar lo antes posible al técnico de la lavadora. Pasara por donde pasara, pisaba aquellos charcos de...

[[¿Sangre...?]]

...agua, dejándolo todo aún más empapado de lo que estaba. Dios, me duele la cabeza. Mi cerebro martillea como si estuviera aprisionado en un zulo y la desesperación lo inundara, golpeando incesantemente para poder salir de allí. Me llevo las manos a las sienes, y comienzo a masajearlas con mis dedos. El cigarrillo se consume lentamente entre mis labios y el humo que inhalo provoca que me arda la garganta. Alzo la mirada y veo a la niña pervertida que no ha dejado de mirarme con sus malditos y penetrantes ojos verdes. De pronto, coge uno de sus muñecos y comienza a golpear su cabeza contra el suelo violentamente. Las putas señales...

#4

No es la primera vez que lo hago. En absoluto. Es mi trabajo, es a lo que me dedico, lo que la vida me ha destinado a hacer. Mierda... no, la vida no me ha destinado nada. Yo, y solo yo, he elegido eso. Yo he elegido mi trabajo, mi camino. Un camino de muerte. No es la primera vez que lo hago. No es la primera vez que mato. Todo resultó ser igual ese día, pero al mismo tiempo, todo era diferente. Soy alguien que ajusta cuentas, que pega palizas, que si es necesario, mata. Pero no soy un asesino. Mierda, no, no soy uno de esos asesinos. Yo no. Yo solo ajusto cuentas, lo hago porque me lo ordenan. Pero no disfruto.

¿Disfruto?

—...Matilde siempre disfrutaba con las charlas sobre el vecindario. Era una maruja en toda regla —María Luisa suelta un cacareo que intenta sonar como una carcajada.
El bebé hace rato que dejó de chuparle las tetas a su madre, quizá por eso comienza a llorar ruidosamente. La cabeza me martillea.
—Te lo digo, sí... ¡Te lo juro! ¿Te puedes creer que la muy puta va y quiere denunciarme? O sea, sangraba un poco cuando me largué, pero te aseguro que seguía viva y perfecta... Sí... ¡Sí! Yo me quedé igual. Le hizo lo mismo al anterior, la muy zorra...

El negro sigue intentando rapear, sin éxito.

Las doce menos diez.

—Yo creo que Matilde murió de pena. Cuando se enteró que su hijo era uno de esos... ¿cómo los llaman? ¿bujarras?
—Julia, cariño, era un maricón. Dilo por su nombre.
—Bueno, eso, un maricón vaya. Yo creo que Matilde murió de pena al enterarse de eso.
—No murió de pena, Julia. Murió al tirarse por el balcón desde un octavo.
—¡Es lo mismo! Además, el hijo también tiene los días contados. Se dice que tiene el VHS ese.
—El VIH —digo secamente.
—¿Qué dices, cariño?
El bebé llora más fuerte.
—El VIH, se llama así. Es una enfermedad de transmisión sexual.

[[¡Dios! Duele... Por favor, tío... Te juro que solo les dije lo de la mercancía... Por favor... No, no, el alicates otra vez no... ¡No!]]

[[¡AAARGH!]]

—Bueno, eso, el VIH. Qué cosas, ¿eh? Eso les pasa por hacer cosas que no deben. Los jovenzuelos están demasiado descarriados últimamente. Y si no mira a ese negrito de ahí... Es... No sé.
—A mí el negrito me da repelús, Maria Luisa. Te entiendo perfectamente.
—Menos mal que has terminado viniendo hoy, Julia. Cuando llegabas tarde y pensé que me iba a quedar sola aquí... Bueno, al tú me hubieras hecho compañía, cariño.
—Sabes que tengo la pierna mal, María Luisa. Me duele mucho la rodilla cuando ando mucho rato. Simplemente vengo más lenta.
—Claro, claro, tu pierna. Se me olvidaba, querida.
—Sí... no puedes ir muy lejos sin piernas, ¿no?

[[¡AAAARGH! ¡Tio, joder! ¡Me has roto la puta rodilla! ¿Qué...? ¿Qué haces con esa sierra...?]]

—¿Estás bien, cariño?
Paso de las putas viejas, me tienen hasta los huevos. El bebé llora más fuerte. El negro rapea cada vez peor y comienza a tartamudear mientras piensa en sus versos.
—¡SANGRE! —grita el patriarca de los cojones.
—¿A que es todo una puta mentira? La guarra esta se cree que porque yo sea marroquí todos van a creer automáticamente que soy un violador o...

[[Tío... ¿por qué me haces esto?]]

—Cállate...
—¿Qué dices, cielo?
—Ya, ya, Carlos. Deja de llorar, toma un poco más de leche... ¡Ay! Tienes los dientes afilados, granujilla.

[[Mizh... dienteehz...]]

—Cállate.
—Ojalá se muera esa hija de una puta sifilítica.

[[¿Por... qué?]]

—¡CÁLLATE JODER!

Romahou
Rango18 Nivel 89
hace casi 4 años

La conversación se vuelve exasperante por lo real, con el cerebro latiendo a punto de estallar....


#5

Todos en la lavandería se quedan en silencio, mirándome con asombro y miedo. Las viejas ya no me hablan, sólo me observan con ojos desorbitados; el morillo ha dejado de hablar por el teléfono, el negro se ha quitado los auriculares; el patriarca se ha apartado un poco de mí; la madre y la hija me miran asustadas; el bebé solo llora. Tranquilidad. No pierdas la cabeza. Esta es solo una mierda en tu cabeza, no hay señales de ningún tipo. Estás en una lavandería en mitad de Pan Bendito, el puto peor barrio de la capital. Sin problema. Respira hondo y déjate de gilipolleces.
Mi móvil comienza a vibrar dentro del bolsillo en mis pantalones. Lo saco y miro la pantalla. Es el jefe.

—Dime.
—Julián te recogerá en diez minutos en la puerta de tu casa.
Miro el reloj de la pared. Las doce menos cinco.
—De acuerdo.
—¿Eso es un bebé llorando? ¿Dónde estás?
—En la lavandería.
—Odias las lavanderías.

Odio las putas lavanderías.

—Nos vemos en un rato.

Cuelgo el teléfono. Nadie de los presentes se ha movido. Mi ropa sigue girando dentro de la lavadora. Pienso en la sangre incrustada por todo el traje. No importa las veces que se lave. La sangre seguirá ahí, encima de mí. Sangre de un chaval de dieciséis años de una familia marginal que no sabía dónde se estaba metiendo hasta que era demasiado tarde. Y yo recordaré por siempre que he cruzado la línea. Estas son las cosas que no se olvidan. Soy un asesino. Y disfruto con mi trabajo. Al menos, disfrutaba hasta esta noche.
Dejo el traje dando vueltas dentro de la lavadora, me acerco al morillo y dejo sobre el mostrador un billete de veinte euros. El cigarro se ha consumido hace rato. Lo cojo entre mis dedos y tiro la colilla al suelo. Cojo mi abrigo y salgo al frío invernal de Madrid. Nadie dice nada en ningún momento. Ya en la calle, saco otro cigarrillo y me lo enciendo. Esto es el puto infierno. Me siento como en casa.

Camino unos cuantos metros cuando de pronto alguien me clava un objeto afilado en la espalda.

—Métete en el callejón, hijo de puta.
Lo que me faltaba. Obedezco. Según nos adentramos, veo al fondo una figura con un bate. Me está esperando. Avanzamos unos pasos más y noto cómo el objeto punzante se separa de mi espalda. No tengo tiempo para chorradas, me tocará acabar rápido con estos dos hijos de perra para no llegar tarde a mi cita con el jefe. Me giro despacio. Y entonces lo veo. Un chaval de no más de dieciséis años. Se parece tanto a él... El chaval está temblando.

—Dame la cartera y todas las putas cosas de valor que tengas encima. ¡Venga!
—¿Qué edad tienes?
—¿Qué coño dices, blanco?
—¿Qué edad tienes? —repito, incapaz de reaccionar.
Es él. Es su puto fantasma. Es igual que él, mierda. Maldita sea, es él.
—¡Que me des la puta cartera, gilipollas!
El chaval se pone nervioso.
—¿Qué hora es?
Como si el destino me hubiera oído y estuviera contestándome, unas campanas comienzan a repiquetear a lo lejos. Las doce. Son las doce.

Todo pasa muy rápido. El otro tipo que tenía a mi espalda, y del que me había olvidado completamente, me golpea con el bate en la cabeza. Caigo al suelo. Noto algo húmedo y viscoso empapándome la cabeza. No reacciono, y no sé por qué. Entonces el del bate me sigue golpeando con fuerza mientras el fantasma del chico grita asustado, que qué hace, que qué coño está haciendo, que me está matando, que pare. El del bate no para. Entre la sangre que me empapa la cara y me hace ver todo teñido de rojo y borroso, creo verme a mí mismo sujetando ese bate y golpeándome. Sí, soy yo. Mierda, lo que me faltaba.
Los chavales comienzan a discutir. Entonces el fantasma del chico se acerca a mí, llorando. Comienza a registrarme los bolsillos. Coge mi cartera y llora más fuerte mientras se aproxima un poco más a mí. Yo no puedo moverme. Me susurra algo parecido a un «lo siento» y me clava la navaja en la garganta. Luego ambos salen corriendo. Noto un charco de sangre extendiéndose por el suelo, empapando toda la acera y haciéndome pensar en mi estúpida lavadora y la electroválvula rota. Pienso en mi casa inundada. Pienso en el piso franco, inundado también, pero de sangre. Todo se vuelve borroso. Puto destino. Qué coño, esto es pragmatismo elevado a la máxima potencia. La vida es una hija de la grandísima puta.

Sonrío. Es lo único que me apetece hacer.

Romahou
Rango18 Nivel 89
hace casi 4 años

Que magnífico personaje atormentado. Bien narrado y ambientado a su vez.

Gran historia

ChufiJim
Rango10 Nivel 45
hace casi 4 años

@Romahou muchísimas gracias, amigo! Valoro mucho tus palabras y que te haya gustado esta historia tan rara y oscura.