Jesght
Rango11 Nivel 53 (8219 ptos) | Artista reconocido
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Hay algunas historias que no puedo olvidar, porque marcaron algo en mi vida. Algunas de ellas son cosas simples, otras son más largas y complejas, y requieren un mayor contexto. La que quiero contar ahora es de las primeras, pero el efecto que tuvo en mí se mantiene resonando en mi mente, incluso durante estos días.

Debo haber tenido unos doce años, y ya estaba en mi segundo colegio. Como había sido un cambio bastante abrupto, todavía no tenía un grupo de amigos establecido, así que tendía a pasar los recreos solo, muchas veces leyendo en la biblioteca o paseando por el patio (que, en ese colegio en particular, era bastante pequeño). Una de las cosas más interesantes en el patio era el teléfono público, colgado en la pared cerca de la oficina de los coordinadores. A diferencia de los típicos teléfonos en la calle, era blanco y se veía casi como un teléfono de casa. Como todos aquellos artilugios, el teléfono requería monedas para llamar. Como niño de colegio, la plata a mi disposición se gastaba generalmente en dulces en el quiosco, así que llamar por ese teléfono estaba fuera de mi alcance.

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Un día, sin embargo, decidí experimentar apretando los números en un cierto orden. Al poco tiempo, descubrí que el asterisco ponía al teléfono en un modo en que se podían introducir códigos. Días pasaron, de los cuales invertí largos recreos en intentar lograr algo con tales códigos. Un día, pasó algo increíble: uno de los códigos le daba tono al teléfono, permitiendo llamar gratis a cualquier persona, a cualquier lugar, incluso números regionales o internacionales. Como niño muy fijado en no causar problemas, decidí guardarme el secreto.

La gente se enteró de todas formas. A veces me pedían, como favor, que pusiera el código porque tenían una emergencia, o necesitaban hablar con alguien… o veces simplemente porque sí. A pesar de que nunca entregué directamente el código, hubo personas que lo descubrieron simplemente mirando mis dedos. Fue un paraíso, para ellos. Usaban el teléfono gran parte del tiempo, como una herramienta gratis. Las cosas, evidentemente, no podían mantenerse así de paradisíacas.

Un día que parecía igual a los demás el coordinador me llamó. A su lado estaba alguien desconocido, con un uniforme. El primero en hablar fue el coordinador mismo, preguntándome si era yo quién había descubierto un cierto código en el teléfono. Admití de inmediato que sí. El técnico entonces explicó que el teléfono tenía muchas más llamadas hechas que plata dentro de él, y que la compañía estaba perdiendo gran cantidad de recursos en vez de ganarlos. El coordinador, entonces, dijo algo que quedó grabado para siempre en mi cabeza: “No es que te esté retando por descubrir el código, todo lo contrario, demuestra que eres una persona muy creativa e inteligente, pero no quiero que experimentes más con el teléfono.”

Así, sin siquiera un reto, el código cambió en el teléfono, y nunca más experimenté con él.

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