Jesght
Rango11 Nivel 53 (8250 ptos) | Artista reconocido
#1
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  • #2

Entre los matices de la noche se perdió una llave. Amarillo entre naranjos, el sonido de las ruedas rozando el pavimento lentamente, la oscuridad absoluta. Por una vez, no estaba solo. Ella manejaba, él ocupaba el asiento de atrás y miraba con atención los ángulos de los cerros. Algo faltaba, pero no lo sabíamos. Ella conducía quizás demasiado lento, quizás con demasiado cuidado. Los camiones marcaban el ritmo, un constante palpitar de un paciente que no tiene tiempo, la salida de un sol demasiado viejo, un tic tac en la muñeca. No hablaban, como si fuera demasiado importante tener los ojos en el camino. Quizás lo era.

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#2

Los cortos cinco kilómetros de camino se hacían demasiado largos. Jugué con el volumen y las estaciones de radio pero tan lejos había poco y nada. Me decidí por los ochentas, pero él me pidió que bajara el volumen. Este hombre solo habla en indirectas. La apagué de inmediato y descubrí que asentía. Ella tenía los ojos tristes, medio perdidos entre un camino que apenas se veía. Era como quién espera el pelotón de fusilamiento con tanta aceptación como coraje. Un muerto en vida, un sarcófago que todavía no termina de cerrarse, una persona con los ojos fijos en el reloj de la pared, esperando la última hora. Al menos se concentraba en el camino. Pensé en hablarle, quizás hacerle una de esas preguntas de las que uno sabe la respuesta, que solo sirven para mover las silabas, dejar la conversación fluyendo en un espiral que no llega a ninguna parte. Desistí. Prefería un silencio deferente que uno indiferente. En el asiento de atrás él silbaba una melodía de soprano rota. Estábamos llegando.

Un asentimiento, una palabra corta e insignificante. Estábamos dentro. La misión de nuestras vidas, algo tan simple. Llegar y tomar, discretamente. Ir y volver desde lejos, que parezca algo normal. El camino hacía una zeta, un ángulo extraño, una subida y una bajada unidas e iluminadas por faroles. Sin comunicarnos, decidimos bajarnos en grupo. Nuestros pasos hacían un tic tac en el pavimento. Poco a poco llegamos a la puerta e hicimos cerrar el picaporte. Estaba cerrado… porque entre los matices de la noche se perdió una llave, nuestra llave. No pudimos encontrarla nunca. Quizás se había perdido, quizás nosotros estábamos perdidos.

Ya estábamos en camino de vuelta, preparados para la decepción de nuestras vidas, cuando explotó la bomba, sin aviso, una paleta de sonidos en un ambiente sombrío, una luz en la noche apenas iluminada, otra portada en las noticias. Y nosotros vivos. Era hora de cambiar de empleador.

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