LillyHaggard
Rango6 Nivel 25 (783 ptos) | Novelista en prácticas
#1

CAPÍTULO CERO

—Me encantaría tener un poco de emoción en mi vida como la de esas mujeres.
Temblé de miedo, casi dejé caer el teléfono. No escuché cuando Sandra se aproximó a mí, desconocía el tiempo que llevaba mirando a escondidas la pantalla donde yo revisaba las fotografías que me habían tomado, semi desnuda, el día anterior.
—¿De qué hablas? —traté de componerme. Apagué el teléfono. Las imágenes eran parciales, no se notaba mi rostro, de modo que nadie podría afirmar que esa era yo. Aún así preferí sacar mi ensayo para revisar por enésima vez que estuviera bien. Muchos profesores nos pedían ese tipo de trabajos al final o simplemente para presentar examen.
—Lo suyo no solo es sexo —dijo Sandra. Solamente había un compañero en el aula, estaba alejado, pero podía escucharnos—. Esas chicas son más para brindar compañía.
Comencé a sospechar que Sandra sabía algo sobre mi secreta vida. La paranoia se apoderó de mí en cuestión de segundos. La miré asustada. Esperé a que me señalara y dijera “sí, te atrapé, sé que eres una de ellas”.

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#2

—¡Bueno, está bien! Son putas, ya. Es inmoral —contestó a la defensiva. Me percaté de que mi mirada era incómoda para ella, así que preferí acomodar mis hojas en el pupitre.
—¿Las investigaste para tu ensayo?
—Ajá. Resulta que tienen una vida interesante.
—¿De qué están hablando? —comentó el compañero que estaba estudiando al fondo del salón.
—De las Cherry Ladies —continuó mi amiga. Yo comencé a idear una respuesta por si Sandra me hacía la pregunta de por qué estaba revisando una página de cherries.
—¿Qué es eso, una élite?
—Una élite de prostitutas —respondió Sandra, estaba visiblemente animada. Sentí como si mi estómago empequeñeciera, sabía demasiado y estaba esparciendo la información.
—¿Y eso cómo es? —mi compañero, Miguel, se levantó de su asiento para quedar frente a Sandra. Era claro que estaba interesado en el tema.
—Ay, chicos. Ya no hablen, estoy muy nerviosa por el examen. Además ya va a llegar el profe.
—No, dime —Pidió Miguel a Sandra.
—Hay varias empresas que se dedican a la “renta” de cherries, por decirlo de una forma. Tú vas a sus oficinas, te haces una ficha de cliente y pagas por el acceso a la base de datos que tienen, así buscas a la chica que te gusta y pagas por ella.
—¿Quieres decir que es doble pago?
—Claro que sí. No cualquiera puede ingresar. Es como un club privado. Además, brindan compañía a gente de negocios, gente importante, incluso a políticos.
—¿Cómo sabes todo eso? —le pregunté yo. Ella estaba tan bien enterada que podía creerle si me dijera que también trabajaba como cherry.
—Le pregunté a la gente indicada para hacer mi investigación. La página de internet no tiene mucha información, aunque sí hay una que otra fotografía.
—Ah. Está bien —contesté, sin darle importancia.
El profesor entró al salón y con él entraron los demás compañeros. Ya nadie tocó el tema. Hasta que Sandra entregó su ensayo. El profesor la miró asombrado, “La secreta vida de las Cherry Ladies”, dijo a Sandra, “quién va a estar interesado en la vida de unas prostitutas”. Luego abandonó el ensayo entre el montón que tenía sobre el escritorio. Sandra le dirigió una mirada de odio, ambas sabíamos que él ni siquiera lo leería.
En ese momento pensé que tenía razón, ¿quién habría de interesarse en la vida de una prostituta?
Por ese motivo nunca hablé sobre mi empleo.
Yo trabajo en la Agencia de edecanes Crimson Satin, como cherry lady. Su página de internet es muy visible, cualquier buscador online la encuentra. Pero de manera gratuita no se puede revisar a todas las chicas de las que dispone.
Salimos del salón comentando sobre las respuestas del examen. Al día siguiente tendríamos los dos últimos, los más difíciles. Ya no surgió el tema de las cherries, pero yo continuaba con la sensación de que Sandra me estaba expresando su conocimiento sobre mi forma de ganarme la vida, con ese ensayo.
Nos despedimos como siempre, nos enviamos suerte para los siguientes exámenes. Continué mi vida, pero ahora tenía las palabras del profesor en mi cabeza.
¿Es realmente desagradable ser una prostituta?

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#3

CAPÍTULO 1 : RUBÍ

Terminé de maquillarme los ojos. Me aplicaba una segunda capa de pomada para los labios cuando Pete abrió la puerta de mi departamento. Dejó cualquier cosa que llevara en la mano sobre la mesa y se acercó a mí. Me abrazó por la espalda. En ocasiones sí me gustaba que hiciera eso, pero cuando estaba nerviosa o apurada (y esa vez eran ambas) en lugar de sentirme mejor me exasperaba.
—¿A qué hora te vas? —me preguntó.
—Ya en quince minutos —contesté secamente.
Comencé a meter el rímel, la pomada, la cuchara que uso de rizador, las sombras y el rubor en el bolso, pero Pete me estorbaba los movimientos.
—Oye, tengo prisa —me quejé e intenté zafarme—. Se me va a hacer tarde y tengo examen.
Él continuó besándome el cuello. Sus brazos ciñeron mi cadera y sus manos se abrieron paso por entre la ropa. Dejé el maquillaje y le abrí los brazos para que me soltara. Caminé apresurada hacia la mochila que tengo al lado del ropero, metí a la fuerza dos libros que la noche anterior había dejado en el suelo para no olvidarlos. Sin embargo, quizá solo los arrojé sin fijarme pues uno de ellos tenía toda la portada doblada; con el corazón dolorido intenté regresar mi libro a su forma anterior, pero fue imposible, se veía muy mal.
—Te llevo.
—Gracias —gruñí—. Prefiero caminar. —Agarré la mochila y me apresuré a salir.
—Te llevaré.
Al pisar el pasillo helado me percaté de que estaba aun descalza. Me volví para mirar detrás de la mesita de noche.
—¿No viste dónde dejé mis zapatos?
Él me sonrió divertido. Le gustaba molestarme cuando me encontraba estresada.
—¿Los bajitos o los de tacón?
—¿Qué te parece mejor? —abrí los brazos y él me miró evaluando mi atuendo. Estaba vestida de manera muy relajada, era sólo una blusa blanca con estampado tipo tribal en color morado y unos jeans ajustados en los tobillos.
—Los bajitos.
—Ah, creo que esos están debajo de la mesa. Los usé ayer.
—No. Ayer llevaste los rojos. Los bajitos están en el cajón de tu cuarto.
Anoche había botado los zapatos rojos debajo de la mesa, él tenía razón; así que solté la mochila, recogí esos rojos y fui por los zapatos que me interesaban, me los puse en la entrada de la casa.
Pete agarró las llaves de su coche y se cargó mi mochila. No podía rechazarlo, aquello era una misión imposible. Así que terminé de colocarme los aretes y salimos juntos al pasillo.
Colocó su mano derecha en mi baja espalda y con la izquierda cargó la mochila. La del piso superior miró a Pete y desvió la mirada. Siempre supe lo que mis vecinos hablaban a mis espaldas, los escuchaba cuchichear en el pasillo y porque Chelsea era mi vecina y me contaba todo lo que le decían o llegaba a escuchar.
Saludé a los señores García que viven en la puerta de al lado. Llegaban de traer su mandado. Intenté no hacer contacto visual con ellos, porque sus miradas intensas reprobaban a los hombres con los que me ven. Por el contrario a Pete le encanta amedrentarlos con sonrisas cínicas.
Un día que volví del trabajo, eran como las ocho de la mañana y traía puesto un vestido de fiesta, la señora García me dijo:
—Preciosa, si no dejas tus costumbres nunca vas a encontrar al hombre de tu vida.
El hombre de mi vida era Pete. Él era mi dueño. Dueño de mi vida, de mi tiempo, de mi espacio, de mi cuerpo. Yo tenía en el hombro la marca de Pete, literalmente: un tatuaje que forma un corazón y a la vez una P.
—Oh, no se preocupe, señora —le había dicho—. Después de todo pretendo seguir soltera toda la vida.
—¡Ay, Dios! No, lindura, no.
Había terminado la conversación diciendo que estaba cansada y tenía que ir a dormir. Siguió diciendo: Hazme caso, muchacha, hazme caso. A pesar de todo ella no me caía mal.
Desde hace mucho tiempo me hice a la idea de seguir soltera siempre. Nunca busqué hombres para tener una relación formal, después de todo el amor no llega por sí solo. Además, nunca me había enamorado. Claro que en mi época de estudiante de secundaria alguno que otro compañero me alborotó las hormonas, pero más allá de besos y caricias nadie me removió verdaderos sentimientos de amor. No soy de esas mujeres que habla sobre su primer beso o su primera vez, porque fui abusada de joven y prefiero no referirme al pasado. No porque duela, sino porque ya no tiene caso. Así que no soy una mujer romántica y tampoco le "doy alas" a nadie.
Subí con Pete al coche, él arrojó mi bolso a la parte trasera y yo me coloqué el cinturón de seguridad. Su música se reprodujo cuando encendió el coche, de modo que decidí bajar mi ventana y así escuchar el ruido del tráfico.
Nunca hablé sobre mi trabajo. Ni a mis vecinos, los señores García, ni siquiera a mis compañeros de la escuela. Así que supongo ellos se hacían todo tipo de ideas, como que frecuentaba hombres, bares o fiestas, pero nunca regresé a casa con nadie. Excepto Pete. Pero él frecuentaba otras mujeres y nunca se comportó como un novio.
—Tu novio también se las anda de galán con tu amiga —me dijo una vez la señora García.
—Pete no es mi novio —había anunciado, totalmente honesta—, es sólo un... amigo... con quien suelo acostarme.
Esa vez yo intenté molestarla con mi cinismo, pero la señora me miró con tristeza haciéndome sentir mal. Traté de acomodar lo que dije con otro comentario tonto, le dije que Pete era como mi sugar daddy. Es decir, un hombre que no mantiene un compromiso formal con su sugar baby porque son menores de edad, pero le da regalos y paga algunas cuentas como la escuela, los servicios como el gas o el predio o la renta solo por contar con la compañía de dicha mujer, y con "compañía" no me refiero a algo sexual, sino que es una joven que va con ese hombre (o mujer) a comer, pasear, de compras, situaciones así de sencillas similares a las que haría una novia. Las sugar babies que dejan de ser menores de edad pasan a ser sugar ladies. Pete tiene muchas sugars, quienes de hecho terminan siendo cherry ladies.
De no ser porque ya pertenezco a Pete yo sería una cherry, un tipo de prostituta de lujo que no necesariamente tiene sexo con sus clientes, es como un rango superior y más profesional que sugar. Además de mantener encuentros sexuales si el cliente lo pide, nosotras brindamos compañía a gente profesional, estamos capacitadas para fingir que somos o artistas o catedráticas o mujeres de negocios o lo que el cliente pida que seamos.
—¿Por qué estás tan nerviosa?
Dejé de observar la vida fuera del coche y miré a Pete, él me señaló las manos. Dejé de morderme las uñas de manera automática.
—Los exámenes siempre me ponen los pelos de punta —dije.
Es una verdad absoluta, siempre ha sido así por más preparada que esté. Es uno de mis más grandes miedos: hacer un examen.
—Tú te metes sola en todo esto, Rubí —me dijo sin perder de vista el camino.
—¿Qué es "todo esto"?
—¿Para qué querías estudiar? De no ser por mí tú ya estarías despedida.
—Soy tu favorita, no una sugar. Tengo derecho a privilegios.
Pete sonreía siempre que hablaba en esa forma. Yo sabía cuánto le encantaba mi descaro, mi cinismo. Siempre supe cómo ganarme sus favores porque sabía lo que a él le gustaba. Esa vez no fue diferente. Me mostró su atractiva sonrisa ladeada y me miró de reojo. Ese gesto era, en realidad, muy espontáneo; solo lo usaba cuando estábamos solos. Lo había visto con otras mujeres y jamás sonreía así. Solo a mí.
Me acerqué para besarle la curva de la mandíbula importándome un cuerno que estuviera conduciendo. Me raspé con su barba mientras él intentaba alejarme.
—No empieces de empalagosa —gruñó aun entre mis brazos.
—Cállate y disfrútalo —dije burlona, besando su cuello.
—Lo que voy a disfrutar van a ser los moretones que te deje ahora que te agarre a chingadazos.
Reí contagiándolo. Honestamente, me gustaba que fuera así, rudo. Cuando lo hacíamos él no era gentil, pero le molestaba que alguien más me tratara de esa manera. De hecho no permitía que nadie más me tocara sin su permiso. Si llamaba pidiendo auxilio porque un cliente me había golpeado él se ponía como energúmeno y acudía a rescatarme de inmediato. Hay clientes que específicamente piden mujeres a quienes golpear, yo no era una de esas. Era muy raro que él lo permitiera.
Estacionó frente a la puerta de entrada y yo me puse los zapatos, agarré mi bolsa dispuesta a salir.
—¿Ya llevas todo lo que necesitas?
—Ajá —murmuré, pensé en las cosas que necesitaba: bolígrafos, las copias que saqué para realizar el examen, el ensayo que debía presentar para que se me permitiera realizar el otro examen. Sí, estaba segura de que nada me faltaba.
Abrí la puerta, pero él me detuvo.
—Voy a pasar por ti al rato. Me esperas.
Comencé por asentir, en automático, pero luego recordé que no tenía ya el mismo horario por encontrarme en el último día de clases.
—Ah, pero como solo presento exámenes no salgo a la misma hora —le informé—. Te mando mensaje cuando termine.
—Bien.
Bajé del coche y él realizó una maniobra para salir del tráfico mientras yo saludaba a mis compañeras. Quedó justo a mi lado y se acercó para hablarme.
—Ru —gritó desde su ventanilla, yo me giré para mirarlo—. Suerte con tus exámenes.
Después movió el coche y se perdió en el tráfico.
Sandra, mi compañera, me codeó repetidas veces para llamar mi atención, como si yo no la hubiera visto. Habló riendo.
—Ay, tu novio es todo un galán. Tan guapo y agradable.
Yo reí. Me encogí de hombros. Pete era muy apuesto, eso lo admito, pero ni era galante ni mucho menos agradable. Sin embargo, podía hacer como que sí.
—Sí, tengo suerte.

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#4

CAPÍTULO 1 (Continuación)

Decidí no hablarle a Pete después de mis exámenes. Tenía casi hora y media para disfrutar sola, de modo que en lugar de hacerlo me fui a la cafetería de la escuela y ocupé una mesa solitaria en la terraza.
Desde siempre me ha gustado leer el periódico. Suelo comprar aquellas editoriales que no contienen tantas imágenes porque incluyen artículos literarios y ensayos de calidad. En ese momento leía uno sobre un caso de abuso. Un hombre había sido descubierto por su esposa, teniendo sexo con dos mujeres; pero el verdadero problema no fue la infidelidad sino el hecho de que él las había atado y las estaba golpeando con látigos en el momento en que ella entró a la habitación. El artículo hablaba sobre el BDSM desde un punto de vista más abierto y me sentí identificada. Yo no creía que él fuera "pervertido" solo por disfrutar de juegos rudos. Ninguna de las dos supuestas mujeres lo demandó o denunció por abuso, sino fue la esposa quien se había creado toda una historia sobre él, y tal fue el impacto en la sociedad que casi lo llevó a la ruina. Otra versión sobre ese caso hablaba de ella mintiendo por quedarse con mucho más dinero que le podría brindar el divorcio. Había sido un caso muy sonado, al que no muchos dieron importancia a pesar de ser conocido.
Después de investigar me percaté de que ese hombre era el CEO de una empresa educativa a la que pertenecía la universidad donde estudio. Pero esa era información que no muchos sabían.
Además, eran muchos directores y demás ejecutivos los que se paseaban por los campus sin que lograra distinguirlos. ¿Quién era ese CEO del que hablaba el ensayo? Probablemente nunca iba a saberlo.
Cuando terminé mi café doblé el periódico y envié un mensaje a Pete para informarle que estaba por salir. Descrucé las piernas y cogí el envase vacío para tirarlo a la basura. Fue ese pequeño movimiento lo que me llevó a mirar hacia la entrada del edificio de estacionamiento; allá en las sombras estaba un hombre, vestido de manera muy formal y correcta, mirándome fijamente. Sabía que me miraba a mí porque no había ninguna otra persona a mi lado y los ventanales de la cafetería no permiten la vista desde afuera hacia adentro debido a la luz. El hombre estaba recargado en su coche y definitivamente se deleitaba con mi imagen. Cuando notó que lo descubrí, se enderezó y sacó el teléfono. Sonreí al notarlo incómodo. No di más importancia al asunto y tiré el envase en un bote. Miré de reojo y sí, seguía allí observándome. Era un hombre de como sesenta años, elegante y bien parecido. Me dio gusto saber que aún a alguien como él yo le parecía atractiva.
Con mi autoestima elevada entré al coche de Pete. Como se me quedó mirando me acerqué para besarlo y así forzarlo a continuar conduciendo.
—¿Qué tal te fue en el examen?
—El primero se me dificultó un poco —gruñí complicándome con el cinturón de seguridad para lograr abrocharlo—. Había algunas preguntas que no supe responder, pero fue bien. El otro... creo que saqué diez.
—Ah. Ya veo por qué la sonrisa boba.
Rodé los ojos y siseé. En el radio estaba una canción que me desagradó así que me estiré para cambiarle.
—Tienes un nuevo cliente. Me llamó hace unos minutos.
—¿Para hoy? —pregunté molesta, tenía planes de dormir temprano o descansar o mirar la tele. Cualquier cosa.
—Mañana sábado.
—Ah. Está bien.
—Es kinky.
Kinky es la palabra destinada a situaciones que incluyen fetichismo o excentricidades. Me sorprendió que él me ofreciera el trabajo que siempre da a cualquier otra. Lo miré asombrada.
—¿En serio? ¿Yo?
—Pues sí. Me ofrecieron una buena paga. Te pidieron específicamente.
Sonreí de manera inevitable.
—Mmhh... señor Dinero. Seguro es un cliente muy gordo.
—No hace falta decirte que tienes que gustarle.
—Ay, en serio —gruñí ofendida, luego hablé con mucho orgullo—. Es un hecho absoluto. Yo le gusto a cualquiera.
—Deja ya de decir esas cosas. Tú, calladita te ves más bonita. Es algo que no entiendes.
—¿Por qué habría de callar lo que pienso? Es la verdad.
Esa solía ser nuestra discusión de todos los días. Lo que debería, lo que no. En algunas cosas aprendí a aceptar lo que él me daba, pero otras no las soportaba, como el hecho de modificar mi personalidad o mi manera de ser en público o con algún cliente.
—¿Pide que sea callada?
—No, en realidad no. Pero si tengo suerte te volverá a pedir y a pagar más. Así que has lo que te digo.
—Como si lo que tú dices fuera la ley —mascullé.
—Te estás ganando esos chingadazos, Ru. No me hagas enojar.
Yo usualmente no discutía cuando se ponía así, a veces sí le gustaba que le diera guerra, otras no. A algunas chicas sí que las intimidaba, en especial a la nueva, a Joey. Esa chica era un ratón e idolatraba a Pete.
Cuando llegamos a casa yo ya estaba muriendo de hambre así que comí todo lo que Pete me preparó mientras yo estaba en la escuela. Algo que debo admitir es que él sabía cocinar, todo lo que le pedía me lo preparaba; siempre y cuando estuviera de buenas. Esa vez pedí comida japonesa y sí que me complació.
—¿Ya tienes la tarjeta del cliente? —pregunté. Dejé el tazón de arroz sobre la mesa y me estiré como una gatita.
Pete miraba el futbol, por lo que no me contestó de inmediato. Gritó al jugador por no sé que mala maniobra.
—¿Qué dijiste?
—La tarjeta del cliente.
—Ah, sí. Está en la... ¡otra vez! ¡Será idiota! ¡Tírale desde ahí! ¡Ah! imbécil.
Yo rodé los ojos. Decidí buscar entre su portafolio y saqué el sobre negro que contenía los documentos.
Su nombre, Vincent Connolly, se me hizo familiar. No así su físico. Era muy apuesto, algo que no me esperaba.
—Vaya, está guapo. Por fin.
—Da igual. Mientras paguen.
Y comenzó de nuevo a gritar como idiota al televisor.
—¿Trajiste ropa?
—Solo te pide con zapatillas de tacón de aguja. Tal vez le tiene fetiche a los pies.
Usualmente esos son los más raros, pero no me incomodan. No siempre.
—¿Debería pintarme las uñas?
—No lo menciona.
Y gritó gol como si estuviera en el estadio, se levantó y aplaudió. Me cubrí los oídos de inmediato. Seguramente mis vecinos se enteraron así de a quién le iba él. En una ocasión un vecino, al que casi no le hablo, me saludó en las escaleras y me dijo: Cuando tu novio te visita, se nota. La música estaba casi a todo volumen y salía de mi casa. Odio a la gente que es así de ruidosa, pero no siempre logré hacer que Pete se callara.
—¿Te vas a quedar conmigo?
—No. Ya me voy. Ya se va a acabar esto, faltan diez minutos. Más lo que agregue el árbitro.
—¿Por qué no te quedas? ¿Vas con Joey?
A él le encanta que yo sienta celos de esa “niñita” (en las palabras de Pete). Joey es una mujer divina y hermosa, de ojos almendrados, piel clara, pestañas largas y rizadas naturalmente, piernas largas, pechos bonitos y una composición ósea bastante artística. Incluso tiene hoyuelos y labios sensuales, llenos y sonrosados. No la odio ni la envidio, pero sí, siento celos de ella porque no tiene que hacer nada para que le lluevan clientes, amores a quienes no puede corresponder o cualquier cosa que desee. En cambio, yo tengo que esforzarme para casi todo. Solamente siento celos de ella, nadie más.
Me miró sonriendo, paseó sus ojos por todo mi cuerpo logrando que se me pusiera la piel de gallina. Ni siquiera el ruido de un posible gol hizo que dejara de mirarme.
—¿Qué? —pregunté incómoda.
Su sonrisa se hizo más grande.
—¿Por qué tú de entre todas las chicas eres la que más desconfías de esa niña?
—Con veintitrés años no es niña.
—No fue eso lo que te pregunté, Rubí.
—¡Ash! —gruñí, miré hacia adelante e intenté darle la espalda aún sin moverme de mi lugar—. Vete con ella. De todas formas mañana voy a tener a alguien más guapo que tú. Alguien que sí hace ejercicio.
Para mi sorpresa se carcajeó como si hubiera sido un chiste muy bueno.
—Pequeña estúpida —susurró y continuó viendo su programa.

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#5

CAPÍTULO 2 : RUBÍ

El corazón me golpeó fuertemente las costillas, podía sentirlo en la garganta.
Di los últimos retoques a mi cabello y me humecté los labios con una pomada.
Esta vez andaba con buen tiempo. Muy a pesar de la fuerte lluvia, la avenida Reforma no estaba inundada y el tránsito fluía con moderación.
No sabía por qué sentía miedo.
Miré por enésima vez la tarjeta del cliente. Sus peticiones eran muy específicas, pero no me expresaban mucho sobre él. Me quería vestida de manera común, con stilettos en negro. Debía llevar el cabello suelto y maquillaje discreto.
Usualmente los clientes me pedían con ropa elegante o de coctel, o marcaban la opción “muy sensual” en en mi perfil y así yo podía saber lo que el cliente deseaba.
En este caso mis servicios se solicitaban por cuatro horas en un solo lugar. Tal vez esto era lo que me atemorizaba. Ese hombre tenía dinero suficiente para pagar el doble por mí.
El chofer estacionó en la calle Thornfield, frente al hotel Rochester Inn y se volvió hacia a mí.
—Bajamos en cuanto esté lista, señorita.
—Estoy lista.
Si esperaba más tiempo podría volverme loca.
Él se bajó y abrió el paraguas. Me abrió la puerta cubriéndome lo más posible, aunque él se mojara.
—Gracias, Julio.
Yo siempre le di las gracias a pesar de las tantas veces que me pedía no hacerlo. Él solía argumentar que era su trabajo y yo le respondía que eso no importaba. Me gustaba mucho coquetear con él. No es muy mayor, tendría tal vez unos cincuenta y algo. Su altura y físico corpulento era la mezcla perfecta para su trabajo. En cambio el otro, Moisés, quien es el guardaespaldas personal del jefe, no era para nada agradable, nunca respondió a mis saludos ni me hablaba.
Yo brinqué los charcos apoyada en el brazo de Julio. Me había vestido como cualquier mujer que labora en alguna oficina de la ciudad: pantalones capri negros, saco de manga corta a juego y blusa crema con volantes. Llegué a la recepción del hotel apenas fijándome en la exquisita decoración lujosa del lobby, mientras mi chofer se regresaba al coche, y pedí la habitación del señor Connolly.
—Habitación 1231 —contestó la empleada, después de mirar la pantalla de la computadora.
Agradecí y me retiré.
Cuando salí del elevador vi a Moisés hablando con mi jefe. Crucé el amplio corredor percatándome de que se trataba de una suite a donde me dirigía. Llegué a la puerta y llamé con los nudillos.
Esperé por casi un minuto hasta que el señor Connolly apareció detrás de la puerta. Miré de reojo hacia el final del pasillo, el guardaespaldas enviaba (o fingía enviar) un mensaje y yo recreé mi usual número. Dejé caer mi bolsa para que su contenido se vaciara por el pasillo, obligando así al señor Connolly a recoger mis cosas. De este modo el guardaespaldas podía pasar por detrás de mí y mirar hacia el interior de la habitación.
—Lo siento —dije. Doblé las piernas para llegar hasta el suelo sin necesidad de agacharme, los tacones altos me obligaron a balancearme para mantener bien el equilibrio y poder recoger algunas cosas.
El señor Connolly fue rápido, pescó lo demás en cuestión de segundos, así que se levantó casi al momento en que el guardaespaldas pasaba detrás de mi y comprobaba que no hubiera nadie más en la habitación.
—No te preocupes, pasa —murmuró el cliente. Me tendió la mano y me levantó con mucha facilidad. Colocó su brazo en mi baja espalda y me empujó con ligereza para poder cerrar la puerta tras de mí.
No pude evitar asombrarme por el lujo y la belleza de la habitación. Era como cinco veces mi departamento. La recámara, apartada de la sala de estar, mantenía las puertas abiertas, por lo que pude observar la cama tamaño King y la decoración en colores claros.
Me volví hacia mi cliente y él me sonrió mirándome con curiosidad.
Sus ojos, de un azul claro, resultaban casi hipnóticos. Alcancé a descubrir un halo más oscuro bordeando el iris. Sus labios delgados, escondidos entre una ligera barba castaña, se tensaron un poco más para formar una sonrisa ladeada.
Resultaba intimidante a pesar de su estatura no superior al metro con ochenta y poco y cuerpo delgado. El traje gris que usaba le quedaba a la perfección; parecía un reflejo de lo más profundo que habitaba en él: algo tenebroso, elegante y mortal.
—¿Desea que la invite a beber algo, señorita?
Con esa voz tan profunda él definitivamente resultaba siniestro, pero con buen gusto.
—Tomaré lo que usted tome, señor.
Debo admitir algo, el señor Connolly era todo lo que jamás me habría imaginado. Estaba vestido con un traje a medida, como si regresara de una importante reunión de negocios. Traía puesto un chaleco a juego con unos pantalones gris oscuro y una corbata de color vino. Su cabello rojizo estaba alborotado, como si él mismo se hubiera pasado los dedos por los mechones rizados. Su barba se notaba bien cuidada, seguramente tenía alguien que se la recortaba. Decididamente era un hombre que se ejercitaba y llevaba una dieta saludable. Olía delicioso, a colonia y tabaco.
—¿Está bien un martini?
Me mordí los labios automáticamente al notar sus ojos fijos en ellos.
¿Martini? Estaba bebiendo cocteles. Creí que bebía vino.
—Está bien.
Me quité el saco y lo dejé sobre uno de los sillones. Me acerqué al bar mientras lo miraba. Tenía un buen trasero. El corte del pantalón le daba una buena forma redondeada. Me sentí con suerte. Su manera de moverse al momento de revolver el coctel me hacía irresistible observarlo.
Incluso le colocó una aceituna cruzada.
A pesar de que yo estaba a su lado, cogió ambas copas y se volvió hacia el centro de la habitación, alejado de la cama y el bar; las colocó en la mesita de centro y me pidió que lo acompañara.
Ocupé el espacio que él me señaló. Me ofreció la copa con una agradable sonrisa, sin decir una sola palabra. Estaba muy bueno. Me refiero al coctel, pero sí, el señor Connolly también estaba muy bueno.
No era del tipo ¡Oh, Dios! ¡Qué hombre! No era David Beckham ni Michael Fassbender. Había algo más que su buen cuerpo. Tal vez la actitud. Tal vez la mirada.
Era la mirada.
Me observó, mientras yo le daba un largo trago al martini, evaluando cada parte de mí. Yo intenté ocultar un estremecimiento que recorrió desde mi cuello hasta la espalda baja, crucé las piernas y tensé el cuello; pero no debí hacerlo porque sentí los músculos tensos, lo que significaba que si temblaba se notaría.
Mi corazón volvió al ritmo desesperado que solía tener cuando era adolescente y me topaba en la escuela con el chico que me gustaba. Era idiota que sintiera algo así por un hombre que no conocía y que debía tener como treinta y cinco.
Este hombre me ponía nerviosa.
—¿Sabe preparar cocteles, señor Connolly?
—¿Te ha gustado?
No supe decir si esa fue una respuesta, una pregunta o una afirmación. Yo suelo enojarme cuando alguien me contesta con otra pregunta y reclamo de inmediato, pero él, con su mirada intensa y su porte decidido, me era intrigante. Su voz gruesa reverberó en mi mente y por un par de segundos no pude hablar. Solo asentí.
—Me alegra. Ahora, señorita Rubí, necesito que tratemos un par de cosas.
—Muy bien.
—Debo notificarle que usted es libre, puede salir de esta habitación en cualquier momento que desee.
Asentí, como había hecho una pausa creí que necesitaba mi respuesta.
—Hágalo.
¿Hacer qué? Lo miré con los ojos abiertos, sorprendida. Él no modificó su sonrisa ni su postura cómoda. Con los ojos y un gesto de su mano me indicó que me moviera hacia la puerta. Coloqué la copa en la mesita, me levanté y caminé hacia la salida. Pero allí me detuve, me volví para mirarlo.
—Ábrala, señorita Rubí.
Yo lo hice, aunque no la abrí toda, solo apenas lo necesario para descubrir que, en efecto, decía la verdad. La cerré y regresé con él.
El señor Connolly sacó del interior de su saco una cajetilla y su cartera. Contó los billetes frente a mí y me los dio. Creo que es necesario aclarar que él ya había pagado a Pete por mí. En el catálogo se publican los perfiles de las chicas y los precios, que varían dependiendo de la chica. Sin embargo, están las chicas llamadas Sugar Babies, las Sugar Ladies, las Cherry Ladies y estamos las chicas “VIP” o “Chicas de Pete”. Hay que hacer una petición especial para poder jugar con nosotras. Así que ese dinero que él me ofrecía era mi propina, que usualmente no pasaba de dos mil. Pero él me estaba dando cinco mil pesos; y ya había pagado cuarenta mil por las cuatro horas.
Yo los acepté sin hablar y los metí en la bolsa.
—¿Qué puedo hacer por ti?
Era mi pregunta cliché. La hacía a todos los clientes, todos. Servía para entrar de lleno en el negocio y evitar que continuaran hablándome de usted. De inmediato recibía respuestas sobre lo que deseaban: sexo oral, que me desnudara, que bailara para ellos. Todo lo común. El señor Connolly únicamente me miró sin una expresión definida. Aquello me hizo pensar que estaba molesto. Sentí mi corazón alocarse de nuevo, esta vez por ansiedad. Apreté los labios sin poder reprimirlo.
—No has terminado tu martini —dijo. Había funcionado, dejó el trato formal. Aunque tal vez fui demasiado directa y eso no me hacía sentir bien.
Miré el coctel que se encontraba sobre la mesita. Lo cogí de inmediato y bebí el resto. Paladeé el sabor, pero lo sentí amargo, un sabor distinto, como cuando bebes un trago a la taza de café que no es la tuya. Preferí quitarme ese sabor con la aceituna. Solo después de tragarla me percaté de que no hice el intento de verme sensual al morderla. No estaba cumpliendo con mi trabajo, eso se tenía que acabar.
—Muy bien, ha pagado mucho por mí, señor Connolly. Tal vez…
—Tenemos cuatro horas, Rubí. No es necesario precipitarse. Yo te diré lo que quiera que hagas.
(Continúa)

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