AnaMM513
Rango8 Nivel 38 (2846 ptos) | Poeta maldito
#1
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Nunca pensé que esconder un cadáver fuera tan difícil. Mi jefe, más conocido como 'El Señor', siempre había sido muy meticuloso en ese aspecto. Primero limpiar la escena del crimen porque inevitablemente siempre, por mucho cuidado que se tuviese, quedaba algún rastro de sangre, después la limpieza del cuerpo con extrema delicadeza, aunque estaban muertas eran personas y se merecían respeto. Finalmente, transportar el cuerpo envuelto en algún material similar al plástico y esconderlo.

No podía renegar de sus órdenes ni manías, aunque creyese que estaba loco, él me había sacado de la calle cuando las drogas eran mi única vía escape. Me había enseñado a ser valiente y demostrar hombría en situaciones límite, a ver la vida de otro modo y sobretodo, me había enseñado la constancia en el trabajo. Para él, cualquier cliente se merecía respeto y ser tratado en las mejores condiciones, porque sólo se aceptaban encargos justificados, que no fuesen promovidos por un arrebato o por motivos de mínima importancia.

Este caso estaba más que justificado, así que deje de pensar y seguí el plan...

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#2

Bajé las escaleras que accedían al garaje privado y me escondí tras el coche del futuro asesinado y en unos minutos que se hicieron horas, tal vez por el silencio total del momento, lo oí. Era él. Justo cuando estaba introduciendo la llave en la cerradura de su Lamborghini me levanté y sin darle tiempo a reaccionar, tres tiros. Dos tiros en el suelo para tumbarlo y otro en la frente, para rematarlo.

El jefe había muerto y su legado me pertenecía.

Pasaron los años, incluso cree una escuela de asesinos a sueldo, clandestina evidentemente. Me iba bien, puede decirse que la vida me sonreía: los encargos aumentaron por una temporada y mis empleados eran tan eficaces que yo sólo me encargaba de repartirles los asesinatos. También llegamos a controlar los medios de comunicación y durante un tiempo, no había muertes de cara a quienes se creían todo lo que oían.

Pero eso cambio, un 3 de Abril de 1994, tuve que desaparecer del mapa. La interpol, junto con la policía Europea, me buscaban. Tuve que huir y borrar mi vida por completo.
Me fugue a una ciudad al norte de Francia y allí, alquilé una casita en el bosque. Mi identidad era otra, mí pasado otro. Yo era otro hombre que nunca llegue a conocer en mi anterior vida.

Todo iba bien, pues el transcurrir de los meses y la incompetencia de las fuerzas de seguridad, hicieron que mi caso se archivará con el tiempo, así que pude formar una familia con una mujer llamada Annie. Tuvimos un hijo al que bautizamos como Joe.
¡Incluso encontré trabajo!.

Como decía todo iba demasiado bien, hasta que un 4 de Mayo del 2016, salí a por la correspondencia, como todos los días. La mayoría de cartas eran de familiares de mi mujer y de pagos de facturas, lo típico en una familia tan humilde como la nuestra - ya que todo lo que gané tuve que invertirlo en mi cambio de vida y evidentemente, sólo lo sabía yo- , excepto una. Un sobre rojo en el que sólo estaba escrito mi nombre y dirección.

Inmediatamente me asusté, pues el pasado siempre vuelve, como el asesino a la escena del crimen.

Lo abrí con manos temblorosas y extraje el papel. Estaba escrito a ordenador y con un tamaño de letra sumamente grande. Leí:

Domingo 22 de Abril del 2016, próximo encargo: tú, Alan Baularner.
Te espero en el árbol caído junto al arroyo a las 23:27 de la noche. Si no vienes, tu bonita mujer y tu hijito, serán los primeros. Tú el último. Se valiente al menos para morir, para matar ya lo has demostrado, asesino.

La sangre se me acumulaba en el corazón y mi cara se había tornado pálida. Como pude, metí la carta en el bolsillo del pantalón y fui a sentarme al sofá mientras mi vista, poco a poco, se iba nublando culpa del pánico. Angustia, miedo y pánico eran las palabras que mejor describían ese momento. Por suerte, todavía tenía tiempo hasta que llegará mi mujer del colegio con el niño. Así que volví a levantarme, subí las escaleras hacía la habitación y abrí el armario. Saqué mi pistola y, ya cargada, la posicioné sobre mi sien.

Era el momento, no podía dejar que mi familia muriese por el pasado que no tuvo, yo en cambio si. Sentía el frío del arma en mi cabeza y el corazón luchando por no salirse de su orbita.

Sólo un disparo, sólo uno...
3, 2,1...

Hace alrededor de 3 años

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