AnaMM513
Rango8 Nivel 38 (2846 ptos) | Poeta maldito
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La derrota era inminente, pero eso no fue motivo suficiente para que ese hombre se diese por vencido. Lo sé porque su vida salvo la mía, pero no la de su mujer e hijoPor eso hoy, quiero contaros la breve historia de como la perdida, no es el final.

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#2

Lo veía aparecer cada domingo a las 22:59; cuando llegaba, se tumbaba y cruzaba los brazos, como si quisiese protegerse del aire o de la suerte, del propio azar que él estaba tanteando. Así pasaba hasta las 23:59, momento en que se levantaba y durante unos minutos, de pie, miraba al horizonte o a un punto fijo que nunca logré apreciar. Después, se giraba, accedía al altillo del edificio y ya, no volvía a verlo hasta el próximo domingo. Siempre me imaginé que vivía allí.

La primera vez que lo vi fue gracias a las perseidas, esa lluvia de estrellas que a todo el mundo gusta. Sinceramente nunca he creído en ningún dios, ni en el destino, pero ese domingo, tenía necesidad de pedir un deseo. Así que me asome a disfrutar de los viajes de esas estrellas tan brillantes y elegantes. Disfruté, puede decirse que mucho, porque había aprendido a valorar los detalles de la vida un poco más, hasta que lo vi a él.

Ver a un hombre subido a la cornisa de un rascacielos no es alentador a no ser que sea un equilibrista formando parte de un espectáculo. Pero no, no lo era. Ni los carteles de la cuidad, ni los periódicos, ni los noticiaros de la televisión local anunciaban ningún espectáculo, sólo hablaban del trágico accidente de avión en el que habían fallecido el 93% de sus ocupantes. Así sólo lograban que el sentimiento de culpa, el mío, de seguir vivo cuando ellos murieron, se acrecentase.

Volviendo al hombre de la cornisa, yo me asusté y por ello, llame a la policía. En esos casos, ellos sabrían que hacer, me imagino. Pero no, antes de que llegasen, el hombre desapareció en el interior del edificio, así que de inmediato, no me quedó más remedio que buscarme un chubasquero y bajar a hablar con los agentes.

Al final todo quedo en nada, el hombre no estaba. Tampoco se sabía quien era ni en que altura vivía, así que se dejó pasar. ‘Un loco que sólo sabe llamar la atención’, oí comentar.

Esa misma madrugada me desperté sobresaltado y angustiado. Otra vez. Una pesadilla recordando el accidente. No volví a conciliar el sueño.

A partir de esa noche, los días siguientes transcurrieron con más que pena que gloria ya que dormía poco y mal. Ni infusiones, ni médicos, ni psicólogos. Yo sólo quería estar sólo. Supongo que es normal tras un episodio tan trágico como que el que viví, que casi me costó la vida, pero no. En el trabajo, evidentemente, me habían dado unos días de descanso, tal vez porque sabían que aunque no me los concediesen, no iba a aparecer por allí en un tiempo. Mi familia estaba preocupada por mi, dado que tras comunicarles que estaba vivo, hablé con todos y cada uno de ellos para hacerles saber que no quería llamadas ni mensajes ni visitas hasta que yo mismo me sintiese con fuerzas.

Y así, pasaron los días, alimentándome a base de pizzaa y cervezas y dejando mi vida en punto muerto, quizás porque yo también lo estaba.

Necesitaba ayuda y no quería aceptarla.

Por fin, llego el domingo y como la noche no era fría, cene en el balcón mientras escuchaba algo de música de artistas que ni conocía. Allí estaba, otra vez. Comprobé la hora y tal y como supusé, misma hora y mismo ritual. No llamé a la policía, no me pregunten porqué, pero esa segunda vez que lo vi supuse que ese hombre no tenía intención de suicidarse, quería otra cosa y desde luego, en ese momento, no sabía que, pero lo averiguaría.

Esa misma noche, como todas las anteriores, reviví el accidente.

Era un viaje largo cuya salida era en Rusia y su destino de llegada Nueva York. Mi asiento estaba al lado del pasillo, por suerte, y en los tres asientos contiguos estaban un hombre con su mujer e hijo pequeño.

Siempre me gustó viajar, ir de un sitio a otro y descubrir otras gentes, porque al final, siempre acababas volviendo al sitio que te vio crecer.

Ese viaje, era tras las navidades y por ello había caras de los más variopintas: de desgana en aquellos que habían agotado los días de libertad, de satisfacción por volver a la rutina en aquellos que odiaban las reuniones familiares etc.
La familia de mi izquierda era de los primeros. El hombre se llamaba John y había conocido a su mujer en una clase de salsa. Tenían un hijo muy educado.

Volviendo al viaje, en una de esas conversaciones, la mujer acompaño al pequeño al baño. Justo ahí, la vida cambio. No sabíamos que pasaba pero el avión caía en picado. Gritos. Lloros. Sin tiempo de reacción.

Nos estrellamos.

Recuerdo los siguientes minutos como confusos.

Fuego y humo, gritos.

Sombras.

Amasijos del avión me estaban atravesando cortando la respiración. No sentía las piernas. En ese momento, no sentí dolor. Sólo angustia y pánico. Miedo a morir.

Cerré los ojos e intente respirar pausadamente, yo sólo no podía apartar los escombros que me oprimían. De repente, un hombre empezó a quitarlos. Abrí los ojos y era él, John.

Su mujer e hijo fallecieron y yo no supe nada más de él.

Esa escena se repetía todos los días en mi mente, día y noche. Tuve que desconectar la televisión y apagar móvil y ordenador. No había más noticias que esta en que yo sobreviví. Me sentía culpable por ello. ¿Por qué yo? ¿Por qué ellos no?

Recordar a ese hombre en la cornisa me hizo replantearme un poquito mi sentimiento de culpa. Tal vez, ese hombre necesitaba ayuda y casualidad o no, yo lo veía cada domingo.

Dicho y hecho, me dedique toda la semana a trazar un plan de entrada al edificio. Estudie su seguridad, sus puertas de acceso, si tenía cámaras o no de vigilancia, si disponían o no de portero. Y así, ese domingo subí. Llegué mucho antes, sobre las 21:30 horas. Y esperé.

Esperé.

Mi cabeza no estaba bien y sinceramente croe que tenía un trauma por el accidente, pues en esa espera tuve pensamientos más que suicidas. No lo pensé, siquiera lo medite, simplemente la vida me ahogo que opte por el camino más fácil. Estaba a punto de lanzarme cuando la puerta del altillo se abrió y apareció. Inmediatamente me aparté.

Pude reconocer su cara. Era John. Él también me reconoció.

Nos pasamos la noche entera hablando, evidentemente después de que él hiciese ese ritual tan extraño. Me explicó que, hacía eso para sentir el aire, la paz, la calma. Para estar más cerca de las estrellas. Era algo así como su forma de sobrellevar la perdida, era su duelo. Él nunca pensó en quitarse la vida.

Ese hombre salvó mi vida, pero también la cambió.

Hoy soy un hombre renovado que ese día reemplazo sus ganas de acabar con todo con su ilusión por comenzar de cero.

Hace alrededor de 3 años

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