ValentinBayonMuntaner
Rango11 Nivel 50 (6184 ptos) | Artista reconocido
#1
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  • #2

Ondeaba en el aire mi vestido de seda azul, brillantes faros de un auto es lo último que recuerdo, antes de la plácida ingravidez, el aire frío nocturno, el cielo oscuro y sereno, bocinas que sonaban lejanas, me sentía tan liviana, tan pausada, que solo me dejé caer hasta que ya no hubo sensación alguna. Después las llamas ascendieron desde la oscuridad rodeándome, quemándome, sintiéndome. Y él vino con ellas, en mi busca, con sus grandes alas negras de odio cortando el gélido viento del mundo de los míseros humanos. Al fin y al cabo, me lo había ganado con creces. Tantas muertes a mis espaldas, tantos niños inocentes arrebatados de las protectoras manos de sus amadas madres me habían canjeado lo que toda la vida había deseado, un billete directo para el dulce infierno.

Mi nombre es Sara y supongo que para mi edad no lo habré hecho tan mal. No padezcan que tardaré poco en contarles mi historia, es corta. Al fin y al cabo, sólo tengo seis años.

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ValentinBayonMuntaner
Rango11 Nivel 50
hace más de 3 años

Ni idea jaja. Ni siquiera sabia que la escribiria. Son los resultados de noche de insomnio jja

G_Rurba
Rango15 Nivel 73
hace más de 3 años

Buen insomnio! :D

FuchsiaSheep_23
Rango2 Nivel 5
hace más de 3 años

Buen comienzo..espero tu próxima noche de insomnio!

Loki_Good
Rango13 Nivel 62
hace más de 3 años

Vaya forma de atrapar.


#2

Nací en Gandía, una bonita ciudad de Valencia. Mi nacimiento trajo mucha felicidad a mi familia, mis padres llevaban cinco años intentando tener su segunda hija, desde que Mónica, mi hermana mayor, tenía diez. Fui una niña muy introvertida, no mostraba cariño por, los que tenían que ser, mis seres queridos. Desde que tenía uso de razón me planteaba la misma pregunta: ¿Cómo puedo odiar a las personas que quiero?

Desde que cumplí mi primer año una serie de pesadillas vívidas inundaron mis sueños, abriendo mi mente a extraños recuerdos. Con apenas tres añitos, decía llamarme Sara Toppan, no María como me habían bautizado mis padres, y haber muerto en Montreal, Maine, a los pies del río Misisipi. Al principio a mis padres les hacía gracia, pero un día, cuando tenía cuatro años, llamaron a mi madre del colegio para que acudiera urgentemente. La profesora le contó que ese día en clase había dicho que pintáramos el recuerdo más lejano que tuviéramos. Mientras que en los dibujos de los demás niños se veían bebés jugando con sus queridos padres, en el mío se veía una casa en llamas con una mujer y tres niños ardiendo dentro. Mi madre quedó horrorizada. Yo decía que ese era el recuerdo más antiguo que tenía: yo, cuando era mayor, muriendo quemada junto a mis hijos. La profesora, la directora y mi madre se quedaron paralizadas, sin saber que decir. Los días siguientes comencé a decirle a mis padres cosas como: "Cuando yo era mayor trabajaba de enfermera y veía morir mucha gente, o, cuando me estaba quemando veía a mis hijos arder frente a mí, llamándome."

Esto asustó tanto a mis padres que rápidamente me mandaron a un psicólogo. Éste dijo no poder ayudarme y que sería conveniente mandarme a un psiquiatra para que me medicara. Mis padres desesperados buscaron ayuda por todos los medios, hasta que, finálmente, les dirigieron al departamento de medicina psiquiátrica de la Universidad de Virginia, donde un doctor llamado Nikola Stevenson realizaba un estudio de personalidad en niños con recuerdos de otras vidas. A pesar del escepticismo de mis padres le llamaron, no sabían ya a quién acudir.

El doctor nos pagó un billete a Estados Unidos. Fuimos mis padres y yo. Mónica, que ya tenía diecinueve años, se quedó con su novio Ian. Llevaban juntos desde que yo había nacido y a mis padres no les molestaba que se quedaran solos. A los pocos días cogimos un avión, aterrizamos en el Estado de Maine, donde ya nos esperaba el doctor. Subimos en su coche y sin que nadie me dijera nada comencé a darle las señas al hombre para llegar a la que había sido mi antigua casa. Los recuerdos acudían en cascada a mi mente. Pero al llegar a la orilla en la que yo recordaba mi hogar, sólo había una gran llanura de pastos junto al río. Habían pasado demasiados años, aún no sabía cuántos realmente. El doctor investigó en los documentos de la zona y preguntando a los vecinos, pero nadie conocía, ni había conocido antes, a ninguna Sara Toppan por ahí. Tampoco recordaban ninguna casa incendiada en la que murieran una mujer y tres niños. Sin ninguna prueba el doctor estipuló que yo tenía una creatividad desbordante, que no mentía, pero que creía reales mis fantasías. Mis padres le pidieron disculpas y, pese a mis gritos y a mis ataques de histeria, me volvieron a traer a España.

La visita a mi antiguo hogar había despertado todos los recuerdos en mi cabeza, todo cobraba sentido. Mi alma estaba de nuevo completa. Se despertó de nuevo mi sed de sangre , mi sed de mal.

Nací en el 1809 en Connecticut. Mi madre falleció al darme a luz y mi padre fue brutalmente asesinado cuando yo tenía cinco años. Nadie encontró jamás ninguna prueba, ya me había encargado yo de esconderlas bien. No iba a permitir que supieran que yo había matado a aquel maldito pederasta. Me adoptó una familia y me cambió el nombre por Aileen Homalkaa, por eso, y por el tiempo transcurrido, el doctor no había encontrado nada sobre mi nombre real ni en las gentes ni en los registros de Maine. Crecí resentida con mis padres adoptivos y con mi hermanastro, Ducan, que murió tres años después de una extraña intoxicación. Con diecisiete años entré en la escuela de enfermería, donde cogí gusto por las autopsias, cosa que irritaba a mis compañeras. Durante mis prácticas en el hospital murieron misteriosamente siete pacientes, entre ellos tres niños. Nunca se me pudo culpar.

En 1849 me hice cargo de un asqueroso anciano, Ralph Mesmet, tras la repentina muerte de su mujer al caer, la pobre, accidentalmente por las escaleras. Dos años después Ralph murió de una parada cardiaca que los médicos achacaron a la edad, y no a que yo le dijera que había matado a su mujer y me iba a quedar con todo por lo que él había luchado. Heredé todo y me casé con un rico magnate de los caballos, que murió de una intoxicación alimentaria tras haberme hecho tres hijos. Un día, me obsesioné con que mis hijos crecieran y se volverían como mi padre, y en un ataque de locura le prendí fuego a la casa con ellos dentro. Pero algo salió mal. La brea que utilicé para incendiar la casa me salpicó el brazo y se me prendió fuego. Conseguí apagarlo con una manta pero ya era tarde, una viga caída cerraba la salida. Quedé también encerrada, muriendo abrasada con un terrible dolor.

Al recordar todo esto entendí el porqué de las manchas de nacimiento que recorren mi brazo como una quemadura. Pero ahí no acababan los recuerdos de mi muerte: Todo se volvió negro y pude ver como las almas de mis inocentes hijos ascendían a los cielos amparados y protegidos por las alas de los ángeles. En cambio a mí, me aferró sin piedad una mano invisible que me arrastró al manantial de fuego eterno. Ahí lo conocí a él, tan bestial, tan bello. El mal personificado. Me enamoré locamente de él, y él de mí. Nuestro romance fue lo más intenso que jamás haya sentido ser alguno, y duró así por décadas. Pero, de repente, hace seis años, algo tiró de mí, arrebatándomelo y arrastrándome de nuevo a la mísera vida.

Yo no quería estar ahí, esa tierra inmunda y asquerosa no era mi sitio. Pero no podía quitarme la vida, porque mi alma ahora estaba limpia y moriría como ángel, yendo inmediatamente al patético e insípido cielo. No, eso nunca. Necesitaba volver con mi amor al infierno. Un gran pesar se posó sobre mi alma. El siguiente año, tras la vuelta de Estados Unidos, lo pasé sin dirigirle apenas unas palabra a mis padres. Entonces vino Mónica con la noticia que lo cambiaba todo, se iba a casar. Era mi oportunidad perfecta. Hice muestras de la ilusión que me hacía y cambié mi comportamiento. Intenté comportarme como una hija modelo, cosa que puso muy contentos a mis padres, que no sospecharon nada. Ayudé a mi hermana con todos y cada unos de los preparativos de la boda, por pequeños que fueran.

Fue un año intenso. Un par de meses antes de la boda murieron doce niños del cole por una intoxicación que nadie supo cómo se había producido, bueno, nadie menos yo. Esos niñatos siempre se reían de mí, ahora me río yo. En noviembre llegó el gran día. Todo salía según lo planeado, estaba siendo una boda perfecta. Al fin y al cabo, era el día más feliz de la vida de mi hermana, y de la mía, claro. Como tenía planeado, unos diez minutos después de que trajeran la tarta nupcial, todo comenzó.

El primero en caer fue Ian, el novio, que cayó de golpe sobre la mesa rompiendo el plato con la cara y desplomándose ensangrentado contra el suelo. Varias personas se acercaron para auxiliarle, pero otro grito sonó al otro lado de la sala. Mónica se había caído de bruces en medio de la pista, muerta. En cuestión de diez segundos, cuando habían caído ya otras siete personas, cundió el pánico. La gente se dirigió a las salidas corriendo, pasando unos por encima de otros sin importarles si aplastaban a alguien. Ninguno consiguió salir, por una parte porque la tetrodotoxina que había introducido en las bebidas estaba haciendo su trabajo, y por otra, porque yo ya me había encargado de cerrar con llave las puertas a la salida de los camareros. Me acerqué a la poca gente, entre ellos mi madre, que no había brindado, no eran más de ocho de los noventa y cuatro que había en la boda. Intentaban desesperadamente tirar la puerta abajo. Sigilosamente, entre todo el estruendo, fui uno a uno, por la espalda, cortándoles la garganta, sin darles tiempo a reaccionar.

Después me acerque a los trece niños que gritaban aterrorizados al otro lado del salón. No tenían más de siete años, excepto uno de once, y tres eran bebés aún en las manos de sus madres muertas. No os preocupéis, les dije con el cuchillo largo en la mano, no os haré daño. Uno a uno les fui dando un vaso y les obligué a beber. Uno de ellos, el mayor, se negó, pero después de cortarle el cuello los demás obedecieron sin rechistar. A los pocos segundos, era la única que quedaba viva de esas ciento siete almas insensatas, mis padres entre ellos, que habían acudido a la boda de mi querida hermana. ¿Qué se había creído? ¿Qué iba a permitir que ella se casara mientras yo estaba separada por un abismo infinito de mi amado? No, querida, no.

Ahora estaba lista, y en un último acto que me asegurara la entrada en los infiernos, salí corriendo del restaurante y salté al asfalto de la concurrida avenida, y corrí sin parar hasta llegar al centro, donde paré de golpe en medio de un carril.

Ondeaba en el aire mi vestido de seda azul de dama de honor, los brillantes faros del auto frente al que me paré es lo último que recuerdo, antes de la plácida ingravidez de saberme sentenciada al abismo, el aire frío nocturno que me llevaría al calor de mi amado, el cielo oscuro y sereno de este mundo infame y odioso, bocinas que sonaban lejanas como las trompetas del juicio final que tanto ansiaba, me sentía tan liviana saliendo de ese asqueroso y mísero cuerpo, tan pausada ahora que nada importaba, que solo me dejé caer al infinito abismo hasta que ya no hubo sensación alguna que no fuera la alegría de unirme de nuevo a mi amor.

Loki_Good
Rango13 Nivel 62
hace más de 3 años

Qué fuerte e impactante historia. Hasta ahorita pude concluirla. Estoy sin palabras. Es realmente buena @ValentinBayonMuntaner mis respetos.
Incluso le metiste un poco de comedia a todo el suceso tétrico. Jaja en la parte donde relata.
"No os preocupéis, les dije con el cuchillo largo en la mano, no os haré daño." Jaja fue un toque épico. Menos mal que les avisó.

Mucho éxito. Otro de los buenos que he leído.

ValentinBayonMuntaner
Rango11 Nivel 50
hace más de 3 años

@Julius muchísimas gracias por tus palabras. No se ni que contestar.
La verdad es que los relatos que tengo los guardo como ideas para algo más largo, gracias por el consejo.
La comparación con Poe me ruboriza hasta la médula, muchas gracias, son palabras mayores.
Tengo 33 años, no es ninguna indiscreción. Llevo leyendo toda la vida y me aventuré a comenzar a escribir hará un año. Con comentarios como el tuyo me animo a seguir, ahora estoy preparando mi primera novela larga, termine hace poco una corta que tengo en tramites de concurso.

Me sentiría alagado si te pasaras por el resto de mis relatos y dieras tu opinión ya que tu relate me parece impresionante.
Saludos!!!

ValentinBayonMuntaner
Rango11 Nivel 50
hace más de 3 años

@La_Apatrida_De_Suburbia muchas gracias por tus palabras. Cada uno es un estilo diferente, a mi el de Paula me hizo mucha gracia. Pero me alegra que te gustara más el mio, para que engañarnos. Quede accésit con el otro relato así que más feliz que unas castañuelas.
Gracias