A_Pereira
Rango9 Nivel 42 (3694 ptos) | Escritor autopublicado
#1
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  • #2

La derrota era inminente, Marcial, el boticario, tenía a Don Baudolino atrapado contra las cuerdas. Aquella partida de ajedrez había llegado a un punto decisivo. El más mínimo error y...
— Bueno, «páter», ¿va a mover o no? Esta tarde le toca a usted oficiar el entierro de Doña Eladia, y como siga así «le va a coger el toro»...—le dijo su oponente con retintín. Su voz era de lo más grave; cosa del tabaco...
— Ni me lo recuerde... ¡En fin!, ¿lo dejamos para mañana?
— Usted mismo, pero creo que tiene tantas posibilidades de ganarme en esta mano como Doña Juana de echarse a un pretendiente —arqueó las cejas.
— Bueno, ya que lo menciona, yo soy cura, pero usted...
— ¡«Páter»! Que yo soy un hombre casado, como Dios manda —se quejó.
— ¡Claro, claro...! Dejemos al bueno de nuestro Señor al margen de esta conversación ¿eh? Le recuerdo que conozco muy bien sus hazañas en ese club al que suele ir la soltería del pueblo.
— Pero Baudolino, que esas cosas se las cuento en el confesionario—le dijo éste con un toque de indignación.
— Y de mí no van a salir, descuida, solo estaba tomándote el pelo, Marcial,

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Papan
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Promete

Sariet
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Interesante sin duda.


#2

mira que te lo tengo dicho, contención, Marcial, contención, que cualquier día su mujer va a «coscarse» de todo...
— La pobre no se da cuenta de nada, pasa todo el día, «triqui, triqui», con la máquina de coser, cuando no va a echarle una mano a Doña Dorita, la vecina de la esquina que, ya sabe usted lo perjudicada que está, desde que su Lorenzo emigró a Argentina, pobre...
— «Pobre, sí, sí...» —bisbiseó para sí el párroco.
— ¿Cómo que sí, sí? Lagarto, lagarto, no habrá vuelto a las andadas con el «ruano» del Demonio, ¿eh?
— No, que yo sepa —respondió con naturalidad, encogiéndose de hombros.
— Baudolino, que ya nos conocemos, ¿no me estará usted ocultando algo?
— ¡Yo! —se santiguó—. Dios me libre, Marcial, Dios me libre.
— Ahora sí le interesa meter a nuestro Señor en el ajo ¿eh?
— Señor Marcial, le juro por Dios y por la Virgen Santísima que las únicas personas que tienen cabida en el corazón de Doña Gracita, su mujer, son usted y Jesús, de eso no tenga ninguna duda, y ya estoy hablando más de la cuenta —se levantó de un modo enérgico—, tengo que irme, los difuntos, de momento, no se entierran solos. —sentenció.
— ¿Vendrá esta noche a la partida?
— Ya veremos... —respondió tras lo cual se colocó el bonete y salió del bar, como alma que lleva... ¡Ejem! A lo que iba...
Don Baudolino es el párroco de Rabanal, una pequeña aldea enclavada en la Comarca leonesa de la Maragatería; pequeña, no cuenta con más de 100 almas piadosas, o casi. Don Baudolino, como suele ser habitual por estos lares, es el hombro y el oído de la aldea. No hay «chisme» que le pase inadvertido, ni trifulca en la que no intervenga. Es, junto con Marcial, el boticario, Paco, el tabernero, Julián, el cartero, Don Santiago, el sargento de la Guardia Civil, Don Fulgencio, el maestro y Don Alberto, el grandilocuente alcalde, uno de los hombres clave de este perdido lugar entre las montañas, pero como suele decirse, junto a cada gran hombre hay siempre una gran mujer, o algo parecido, aunque ese tema lo dejaremos para otra ocasión.
Hemos dejado al «bueno» de Don Baudolino de camino hacia su parroquia...
— «Cosa extraña es que la puerta de la sacristía se encuentre abierta de par en par» —se dijo a sí mismo, algo mosqueado.
A falta de unos pasos para llegar, salió a su encuentro Doña Adela, su «sobrina», una solterona de las de toda la vida...
— ¡A buenas horas! —exclamó ella al verlo llegar.
— ¿Ha pasado algo? —preguntó con reservas.
— Nada..., bueno..., algo—titubeó.
— ¿Nada o algo?
El párroco miró tras la señora y oyó una letanía, bisbiseada por varias mujeres, procedente del interior. Baudolino miró a Adela, contrariado, y se asomó dentro con suma cautela. Se volvió a incorporar y la miró, entrecerrando los ojos.
— ¿Por qué hay un ataúd dentro de la sacristía?, ¿se ha muerto alguien más? —preguntó extrañado.
— No..., exactamente... —ella dudó.
El párroco pasó al interior y se topó con un reducido grupo de plañideras, de riguroso luto, rodeando un sarcófago de madera bastante deteriorado. Al mirar dentro se encontró con una mujer de avanzada edad. Iba ataviada con un vestido de color rojo, a lo Marilyn Monroe; la reconoció nada más verla. Ésta, al notar la presencia del cura, abrió los ojos.
Baudolino se dio la vuelta.
— Adela ¿por qué está la suegra del alcalde, vestida como una pilingui, en un ataúd, dentro de la sacristía?, ¿me he perdido algo?
— Bueno..., la señora Herminia se ha empeñado en ir a la verbena del pueblo de esa guisa y, como pasa todos los años, a su yerno le entra el pánico, y a ella..., bueno, lo de siempre.
— ¿Quién me mandaría meterme a cura? —miró hacia arriba con resignación.
Ella hizo un gesto de indiferencia.
El sacerdote entró y volvió a mirar dentro del féretro.
— Doña Herminia ¿qué le ha pasado esta vez? —le preguntó.
Ésta se incorporó bastante enfadada.
— ¿Que qué me ha pasado? Dígaselo al zopenco de mi yerno, dice que es una indecencia que vaya al carnaval disfrazada de Kelly LeBrook ¿qué le parece a usted?
— Doña Herminia ¿todavía estamos con estos dilemas? Madre de Dios...
— Pues sí, padre, mis compañeras del taller de costura y yo —las plañideras levantaron la cabeza—, nos negamos a seguir soportando este abuso, si mi yerno se niega a que participe en el carnaval, yo, directamente, me niego a vivir, así que ya puede ir oficiando, oficialmente, mi entierro «in corpore in sepulto» o cómo diantre se diga.
Baudolino resopló.
— Espéreme aquí y no corra tanto, ahora vuelvo —dijo algo contrariado.
Baudolino salió al exterior y cogió por la Calle Real, arteria principal de la urbe, de camino hacia la casa del señor alcalde.
Dos mujeres caminaban en dirección opuesta y saludaron al cura con un gesto sobrio.
— Buenas tardes, señor cura ¿está abierta ya la parroquia?
— Adela lo hará dentro de un rato... —dijo algo apresurado.
— ¿Es verdad que a doña Herminia se le ha vuelto a ir la cabeza? Esa mujer está que «chochea».
— Lo siento doña Ana, pero tengo que ir a casa..., a casa del fontanero, el grifo del baño ha vuelto a soltarse... —dijo éste, entrecortadamente—, las veré en misa ¡con Dios! —se perdió tras una esquina.
— ¿Te has enterado de lo de Lola? —le dijo la una a la otra.
— Sí..., dicen que se ha sacado el permiso de conducir y se ha comprado un Seiscientos ¿adónde vamos a ir a parar?, ¿para qué querrá esa mujer un Seiscientos?
— Pelandrusca...
5 minutos después, en casa de Don Alberto...
— ¡No, no y no! Vestida como una pilingui ¡no! —gritó el alcalde con exasperación.
— Pero Alberto, que tiene 95 años ¿y a ti qué más te da, «"joio" Dios»?
— ¡No! El choteo de Rabanal ¡ni hablar! Para las próximas elecciones, me he enterado de que Don Fulgencio, el maestro de la escuela, quiere «hacerme la oposición» y menudo pájaro que está hecho... —agitó una mano con fuerza.
— Alberto, esta tarde tenemos entierro y, no me parece un acto muy católico, oficiarlo con su suegra en la sacristía vestida para el carnaval ¿por qué no le dice que sí y después...?
— ¡Ni hablar! ¡Si digo sí es que sí, y si digo no, es que no! Y por las barbas de mi abuelo es que ¡no!
El párroco lo miró con gesto muy serio.
— Muy bien, conque que esas tenemos ¿eh?
— ¡Pues sí! —respondió tajante.
El cura se dio la vuelta y salió de la casa con gran celeridad.
Recorrió un par de calles más cuando, al pasar por una esquina, vio de soslayo a dos tipos que esperaban frente a un portal. El párroco frenó en seco y dio un par de pasos hacia atrás. Al fijarse con más detenimiento, descubrió a dos muchachos jóvenes, muy rubios y con unos maletines de cuero. Sobre su pecho destacaban unas plateadas insignias.
—«Pero qué demonios…» —se dijo bastante mosqueado—. ¡Eh, vosotros! —los llamó.
Estos se dieron la vuelta con cara de circunstancias. Al ver al cura se miraron entre sí, recelosos.
—«Buenios días, padrie, bionito dia para alabiar al Señior ¿nio le parece?» —lo saludó uno de ellos con una abierta sonrisa.
— ¡Alabar? ¡A hacer puñetas! ¡La Autoridad religiosa en este pueblo soy yo! —recalcó— ¡Así que a «alabiar» a Dios a otra parte!, ¡estamos? —les dijo con sumo enfado tras lo cual ambos se marcharon de allí con bastante prisa—. «Éramos pocos y parió la abuela, lo que a mí me hacía falta, ahora ¡Los mormones! Ya te digo, en fin…, ¿adónde iba yo? ¡Ah, eso!» —se dijo a sí mismo.
Salió corriendo y pasó junto a la escuela. Una de las ventanas se encontraba abierta; Fulgencio, el maestro se asomó al verlo pasar. Un alargado bigote y unos binoculares redondos destacaban en un rostro afable.
—Buenas tardes, Don Baudolino —lo saludó con una sonrisa bastante sarcástica—, ¿qué? He oído que el carnaval de este año viene un poco movidito ¿no?
Éste se detuvo.
— ¿Movidito? Que va, lo de siempre…, nada del otro mundo, si es que este pueblo no sé qué es lo que tiene que hasta pecar aquí es como pagar una multa…, un rollo…
— Hombre, Baudolino…, no querrá que salgamos todos disfrazados como en las cabalgatas, ésas…, ya sabe, la de los «guays» ¿eh?
—Es curioso que lo mencione, he oído que el alcalde de Azadón piensa salir este año disfrazado de bandolero, para que luego digan que los políticos solo saben mentir ¿eh? —rio con retintín.
— ¿En serio? —preguntó con incredulidad.
—Por Dios y la Virgen Santísima, que me ahorquen si miento.
El maestro lo miró muy serio.
—Baudolino, Baudolino, que aquí ya nos vamos conociendo ¿eh?
—Si tiene usted alguna pega, al respecto, busque a Marcial, el boticario, él se lo confirmará.
— ¿El boticario? Pero si usted sabe que, desde que me sacó aquella muela, no me hablo con él.
—Pues entonces, usted mismo —dijo tras lo cual se marchó de allí a gran velocidad.
El maestro se quedó bastante pensativo.
—«Mmm…, mira que si me pongo el traje de mariscal del bisabuelo…, con un par de arreglillos, seguro que sí…» —se dijo a sí mismo acariciándose el bigote.
Baudolino se rio, mientras caminaba por las empedradas calles de Rabanal. Poco antes de llegar a la iglesia se encontró con Don Paco, el cual barría con esmero la puerta de la taberna…
— Buenas tardes, «páter», ¿cómo va ese rebaño?
— Bueno, Don Paco, de lo más festivo, de lo más festivo…
— ¿En serio? Vaya, pues es la primera noticia que tengo—dijo éste con cierto asombro.
El párroco prosiguió con su marcha, sin detenerse siquiera.
—Espere a Carnaval, Don Paco, espere a Carnaval… —dijo el cura perdiéndose entre las calles del pueblo, camino de la iglesia, con los deberes, ya de por sí, hechos con suma antelación…
Un mes después…
—Jaque, Don Marcial, de ésta no se escapa… —le dijo Don Baudolino con un tono de burla.
—Mmm…, me tiene contra las cuerdas, «páter» —dijo mirando hacia el tablero, mientras se acariciaba la barbilla.
—«Sí, sí…, contra las cuerdas…» —dijo éste, sonriendo.
Frente a él, colgado de una de las pétreas paredes de la botica, podía verse un retal de periódico con grandes letras, sobre una foto en la que Don Alberto, algo perjudicado, bailaba disfrazado de lagarterana, abrazado a Don Fulgencio, que lo hacía de mariscal de campo.
Lo que no consiga este hombre…, no lo consigue ni Dios…

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Papan
Rango6 Nivel 25
hace más de 3 años

Me ha gustado mucho. Tantos personajes y tan bien llevados. Bien ambientada y los diálogos perfectos.

A_Pereira
Rango9 Nivel 42
hace más de 3 años

Gracias @Papan me alegra de que te haya gustado. Un saludo y suerte :)