Iker_Salart
Rango12 Nivel 55 (9568 ptos) | Ensayista de éxito
#1

El día que la naturaleza llamó a la puerta de Amelia, ella ya había perdido las llaves. Pero no se resignó. No estaba dispuesta a perder en la carrera. Ella y Mario, su pareja, recorrieron todos los centros médicos de la provincia. Ningún profesional les daba la respuesta adecuada. La tarde del día del último médico, la tarde a la que llamaron resignación, llamó la madre de Mario.
Amelia escuchó el teléfono desde la bañera. Sales, calor, la luz apagada.
¿Dígame? — la voz de Mario.
Unos minutos de conversación, los pasos de Mario a través del pasillo, unos nudillos, el chirrido de la puerta, la luz. Amelia abre los ojos, le cuesta mirar a Mario a la cara.
Cariño, era mi madre, — apaga la luz, piensa Amelia — dice que conoce a una persona.
La lluvia llegó el domingo, justo cuando arrancaban el coche para dirigirse a un pequeño pueblo, a 30 kilómetros de la capital. La radio emitía “Aída” y Amelia cerró los ojos mientras reclinaba el respaldo del asiento.
En las primeras nieblas, tras de sus parpados, Amelia pudo verse de la mano de su madre. Caminaba junto a ella camino del colegio.

Hace más de 3 años Compartir:

0

9
#2

Casi sintió sus mejillas humedecerse como aquel día, cuando vio a su madre partir hacia lo desconocido. Sintió de nuevo el tacto firme de la mano de aquella señora que sonreía, vestida con una bata con mariposas y flores bordadas. Creyó escuchar tras la poderosa voz de la Callas los llantos y gritos de las demás niñas.
Amelia sonrió, recostada como estaba, mientras Mario conducía en silencio y la lluvia tamborileaba sobre el cristal.
Recordaba el pequeño rincón de la clase. La cocina, los platos, los cubiertos, la comida de plástico con la que jugaban horas y horas. Y aquel carrito. El pequeño muñeco de plástico, roto y desnudo, que pasaba de mano en mano, al que daban de comer, castigaban o simplemente observaban.

Hace más de 3 años

0

2
#3

Amelia se revolvió un poco. Mario notó el movimiento y volvió la cabeza. Parecía dormir y no quiso despertarla.
Aquellas niñas crecieron en su cabeza. Cada una de ellas llevaba una carpeta, cogida sobre el pecho. En todas las carpetas, las mismas fotos de aquel grupo inglés. Eran tan guapos…
Mario giró en la salida de la autopista y paró en el peaje. Amelia sintió la deceleración y abrió los ojos. Fuera seguía lloviendo.
Una bata blanca surgió de la oscuridad. “Pasen”, dijo. Amelia cogió a Mario de la mano.
Cuatro meses después Amelia vomitaba por las mañanas, comía obsesivamente fresas y leía con avidez las revistas que sus amigas le pasaban. Mario había cambiado de trabajo, para estar más cerca de casa, y la nueva habitación comenzaba a tomar forma.

Hace más de 3 años

0

2
#4

Salía de cuando en cuando, siempre en compañía, y disfrutaba hablando de colores y formas. Daba y recibía miles de consejos. Se sentía segura y en camino. El resto de meses Amelia viajaba en una nube desde la que observaba a las personas, las cosas, los coches y el humo que estos despedían. Quedaba siempre por debajo de ella, sin tocarla, y le gustaba inclinarse un poco para observar, siempre desde la distancia que da ser una elegida.
A Amelia le encantaba recostarse sobre uno de los bancos del parque, donde los niños jugaban. A veces Mario también iba con ella, y le cogía de la mano, y le susurraba palabras de amor cerca del oído. Aunque a ella le gustaba más estar allí sola, cerrar los ojos y levantar la cabeza hacia el cielo, mientras respiraba el aroma de las margaritas que crecían bajo ella.
Un día Mario y ella quedaron en el centro para ir de compras.

Hace más de 3 años

0

1
#5

Amelia esperaba en la parada del autobús, tal y como él le había pedido. Pasada una media hora, el teléfono de Amelia vibró en su bolso. Mario. Llegaba tarde. Algo del trabajo, su jefe, una reunión importante. Quizá a ella no le importara ir sin él a comprar esas ropas para la pequeña habitación. Luego estarían juntos, para cenar. Él llevaría fresas de postre.
Esa noche, tras la cena, Mario se acercó a Amelia, que dormitaba sobre el sofá. Cuidadosamente posó su mano sobre el vientre de ella y la acarició. Amelia, adormecida, de manera suave pero firme, retiró la mano de Mario y se arropó con la manta.
Al día siguiente, Amelia despertó temprano. Mario todavía dormía a su lado.

Al octavo mes las cosas ya estaban un tanto torcidas. Su pareja pasaba más y más tiempo fuera de casa y a Amelia las cuentas ya no le salían. Un día, por la noche, él entró por la puerta como de costumbre. Ella realizaba los ejercicios prescritos sobre la alfombra del salón, como cada noche. Él no saludo. Ella tampoco a él. Él entro en la habitación y ella escuchó desde su posición los ruidos que él hacía al guardar la ropa en una maleta. Ella estaba todavía allí, tumbada sobre un enorme cojín verde, cuando él se acercó a la puerta de la habitación y le dijo:
— Necesito tiempo, Amelia.
Ella oyó la puerta cerrarse tras él. Sus pasos en la escalera, descendiendo a la calle.
En aquel día del noveno mes estaba sola. Al menos con nadie que le resultara conocido. Batas blancas, rosas y verdes. Muchas. Calor, dolor, sudor y algo de rencor. Poco, a decir verdad.
Tres horas después se sintió por fin la mujer más feliz del mundo.

Hace más de 3 años

0

1
#6

Nunca le habían gustado los jardines sin flores.
A partir de ese momento todas las palabras que Amelia conseguía pronunciar, embargada como estaba por la eternidad, estaban destinadas a hacer crecer eso que notaba por dentro como una enredadera. Le gustaba quedar con sus amigas, sentirse parte de la historia y de la naturaleza. Comentaban una y otra vez los pequeños pasos, el tamaño, el peso, la longitud, los primeros sonidos. Se sentía en una montaña rusa, que parecía no acabar nunca.
El tiempo fue pasando, y un día Amelia se vio ella misma al otro lado de la carretera, saludando con la mano, esperando que la persona de la bata blanca con flores y mariposas bordadas supiera, como ella, la responsabilidad que se le había encomendado.
Le gustaba pasear después, más tarde, y observar tras los barrotes el juego, las carreras, los saltos y los gritos, y buscar con la vista donde se encontraba su amor, deseando entrar y salvarlo, separándolo de lo que a ella se le antojaban alimañas, terribles fieras que ponían en peligro a su bien más preciado.

Hace más de 3 años

0

1
#7

Amelia vio pasar los años sin asomarse a ningún espejo. En realidad, solo poseía uno, de carne y hueso, en el que le gustaba mirarse y reflejarse. Pero ese espejo se fue haciendo grande, y llego un momento en el que el material del que estaba hecho se fue haciendo más opaco y más distante.
Todo cambió, al fin, el día que ella entró por la puerta. Ella. Desde ese momento, Amelia se sintió huérfana. Sintió que ella misma perdía gravedad, que su presencia se iba haciendo más leve y casual. El tiempo fue avanzando y fue perdiendo lo que más quería, en manos de aquella que un día entrara por la puerta. Bajaba sola al parque, jugueteaba con las margaritas que crecían bajo el banco donde le gustaba sentarse, e intentaba de nuevo escuchar el ruido de los niños, entre los edificios levantados sobre los antiguos juegos.
Un día entró por la puerta de su casa y la encontró en los brazos de él. Él. Con su uniforme de maquinista de Renfe recién estrenado. Al día siguiente acababa su período de prácticas, y se convertía oficialmente en maquinista. Ese día Amelia entró en la estación tarde y apurada. El pañuelo verde anudado a su cuello ondeaba tras ella por la prisa. La gente se arremolinaba en el andén. Al fondo, el color gris metalizado de la máquina comenzaba a reverberar bajo las luces que iluminaban el lugar. Amelia le vio a él. Pero él, sonriente, saludaba a otra persona. Ella. La máquina avanzó unos metros, y al llegar a la altura de Amelia, cerró los ojos, y se dejó caer. Al fin y al cabo, aquella era su última parada.

FIN

Hace más de 3 años

0

1