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Rango3 Nivel 13 (156 ptos) | Cuentacuentos freelance
#1

Nos conocimos en la estación de metro Sherbrooke. Era el día de mi cumpleaños (Treinta y cinco años... Vaya! Cómo pasa el tiempo). También era mi primer día como instructora de yoga en el centro. Llevaba el tapete bajo el brazo, igual que hoy (creo que hasta portaba la misma camiseta de COMME de GARÇONS. Es posible. Mi preferida). Sábado, a esta hora de la mañana, las calles, el metro están vacíos y a mí me gusta salir, para sentir que la ciudad es mía. El andén frente a mí está desértico, pero ahora una mujer baja las escaleras y detrás de ella, llega un grupo de jóvenes, hombres y mujeres, que portan uniformes deportivos. Aquel día, Saúl era el único pasajero en ese andén. Lo vi tan pronto bajé las escaleras. Hicimos contacto visual. Sonreímos. En segundos, mi tren llegó. (Los vagones que cruzaban frente a nosotros nos despidieron). Las puertas se abrieron, entré y le busqué una vez más. Pero el tren en dirección contraria había llegado. El timbre sonó alertando el cierre de las puertas. Giré y entonces vi que, de un brinco, Saúl entraba al vagón del tren en el que yo viajaba.

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pilymap
Rango6 Nivel 29
hace casi 5 años

Me encanta esta historia de verdad, ojalá tengas suerte y te clasifiques, sigue escribiendo. Un beso 😘

Demer
Rango6 Nivel 29
hace casi 5 años

Adelante con la historia, parece interesante:)

635
Rango3 Nivel 13
hace casi 5 años

Gracias por sus comentarios.


#2

- ¡Ana! Pero dónde tienes la cabeza. ¡Ana, por dios! - era Ester, la recepcionista del centro.
- Hola. Lo siento, no te vi llegar. Estaba…
- Ya lo sé, en otra parte. Vengo corriendo detrás de ti desde que dejaste el centro. ¡Olvidaste tu cartera!
- ¿¡Qué!? Gracias, Ester. Te debo una.
- No te preocupes. Todas tenemos días así.
- No sé si todas, Ester. Hoy sale Saúl de la cárcel.
- ¡Ay, qué intensa eres mujer!

Entramos al vagón del tren. Ester fue a ocupar uno de los asientos y me llamó agitando una mano. Al sentarme a su lado, tomó mi mano izquierda con sus dos manos y la colocó sobre su regazo. Sonreí, al reconocer su gesto en aquellas mujeres que ocupan los bancos en las iglesias. Agradecí su silencio.

A_Pereira
Rango9 Nivel 42
hace casi 5 años

Ánimo, aún puedes lograrlo. Me gusta tu historia. Suerte.

635
Rango3 Nivel 13
hace casi 5 años

Gracias. Saludos!


#3

Un par de estaciones de metro después, me preparé para bajar; en el metro Laurier.

- Ánimo, - me dijo Ester.

Al salir a la calle, sentí el frío de los primeros días de invierno. El aire es fresco, pero todavía no se siente seco y violento. Me cerré el abrigo y sujeté la bufanda; estoy de frente a los montículos que la nieve de la primera tormenta de la temporada, formó con los arbustos y plantas en las jardineras.

Ahora camino por la vereda que las máquinas quitanieve hicieron sobre la acera. Montreal en invierno, para muchos, es una ciudad de quietud y silencio. Pero no para mí. Voy pateando un trozo de hielo (un juego que aprendí de Saúl); si tengo suerte, este pedazo llegará conmigo hasta la puerta de la panadería -mi primera parada- y continuará, sin desintegrarse, hasta mi casa.

- Hey. I’m out. - Saúl está libre.

Leo el mensaje de texto en mi móvil mientras hago la cola en la panadería. Guardo el teléfono en el bolsillo del abrigo y repito en mi mente: Hey. I’m out. I’m out. I’m out. Mis labios se secan. Mi corazón palpita más rápido. Tengo miedo de verlo. (¿Miedo de sentir amor por él?).

- Quatre croissants, s’il te plaît. - Ordeno mi pan y camino a la caja registradora con un billete en la mano.

Anoche terminé de limpiar la casa de madrugada. Me preparé un té de limón y me senté frente a la ventana. Cómo seremos, Saúl y yo, a partir de hoy, me pregunté.

Afuera el sol dibujaba las copas de los árboles frente a casa. El laberinto de los recuerdos me llevó a recorrer las semanas antes del encarcelamiento de Saúl. Cuando prácticamente se mudó al sótano de la casa de su “socio” y allí, ambos, bajo lámparas de luz azul, se dedicaron a regar y podar doscientas plantas de marihuana, esperando doblar su follaje en un mes. Días y noches de delirio. Hasta que el día de la entrega llegó y el cliente resultó ser un agente federal.

Una estupidez. Una bravuconada. Una cerrazón. Un deseo, propulsado por un disparate, de cambiar el curso de la vida en unos días, en unas semanas. Y todo esto habla más de mí, que de él.

#4

Salgo de la panadería. Continuo mi camino a casa. Hace dos años que no veo a Saúl. Me pidió que no fuera a visitarlo. Nuestra comunicación durante este tiempo ha sido, sobretodo, por correo y una que otra, conversación telefónica.

Él tiene ojos grandes de color azul, y hombros anchos. No sé por qué me enamoré de él. Los primeros minutos de nuestro encuentro, las primeras horas, los primeros días, marcharon bien. Después se fue de gira con su grupo de rock, pero Saúl me llamaba cada noche y nuestras conversaciones duraban hasta las dos o tres de la mañana. Me contaba de los contratiempos en la carretera, hacía bromas de sus ideas, reíamos juntos. En ese entonces, él todavía tenía el negocio de impresión en la calle Sherbrooke. Durante su ausencia, yo iba cada lunes y miércoles al lugar para ver que el negocio marchara bien, que los empleados cubrieran su horario y que los facturas se pagaran a tiempo. Después él regresó y al poco tiempo, el negocio quebró y entonces hubo días buenos y desagradables. Empezó a fumar más marihuana con el pretexto de calmar su ansiedad, luego se embarcó en el negocio que lo llevó a hacer tiempo en prisión.

No sé por qué no corté contacto con Saúl cuando estuve a tiempo, es decir, antes de saber tanto sobre su vida. Porque aunque me sentía feliz con él, creo que en el fondo, estaba desesperada.

En aquellos días, yo tenía poco tiempo de haber llegado a la ciudad. Buscaba trabajo y tenía un par de amigos nada más. Dudaba de mi capacidad de poder establecerme en Montreal, el lugar que yo había escogido para vivir. Entonces conseguí unas horas como instructora en el centro de yoga y conocí a Saúl, quien no dejó pasar la oportunidad de conocerme aquel día en el metro.

Abro la puerta de la casa y sin entrar, de pie bajo el estribo, escucho los ruidos del interior como si esperara (deseara) escuchar sus pasos en el pasillo, ir de la recámara a la puerta. Solo escucho el murmullo que hace el motor del refrigerador.

#5

Tomé un baño de tina. Puse música. Sumergida en la bañera llena de agua tibia y burbujas, hubo momentos en que olvidé que Saúl llegaría a casa en cualquier momento.

Salí del baño. Fui a la recámara. Saqué un jeans, una blusa cómoda y un suéter. Me visto sin elaborar pensamientos que vayan más allá de las acciones mecánicas que realizo.

Suena el timbre de la casa. Tomo el lápiz labial que está en el peinador. Me pinto los labios. Coloco el bilé en el lugar que estaba. Me observo en el espejo de cuerpo completo. Escucho el timbre una vez más. Camino hacia la puerta. Giro la perilla. Abro la puerta. Y allí está Saúl.

- Hey Girl.